San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
Mostrando las entradas con la etiqueta conversión. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta conversión. Mostrar todas las entradas

martes, 26 de agosto de 2014

Santa Mónica, modelo de madre y esposa católica


         En un mundo secularizado como el nuestro, el modelo ideal para la inmensa mayoría de las madres del siglo XXI, para sus hijos, es el que les presentan los medios masivos de comunicación: para muchas madres de hoy, un hijo debe aspirar, en la vida, a cursar una carrera universitaria con mucho prestigio social, para luego conseguir el mejor trabajo posible y así lograr reconocimiento profesional, el cual debe ir acompañado de una excelente remuneración económica; a esto, se le debe agregar una buena esposa, hijos, casa, auto, vacaciones –pagadas, mejor, y a los lugares más exóticos posibles-; si a todo esto se le suma, por algún motivo -no importa cuál sea-, un reconocimiento mediático –apariciones en programas de televisión, entrevistas radiales, etc.-, estas madres del siglo XXI, así influenciadas por el pensamiento materialista, existencialista, hedonista y ateo de nuestros días, ven prácticamente colmadas sus ansias y expectativas acerca de lo que consideran “el éxito” para sus hijos, aunque debido a que estas ansias no se satisfacen nunca, no terminan nunca de estar contentas, por lo que siempre están exigiendo y pidiendo a sus hijos más y más triunfos y éxitos mundanos.
         Santa Mónica es, por el contrario, el ejemplo de madre a la cual estas cosas mundanas nada le importan, porque solo le importa una sola cosa para su hijo: que salve su alma y llegue a la vida eterna, porque todas estas cosas mundanas, y todos estos éxitos que el mundo otorga, “pasan como un soplo”[1], y así como llegan, así se van ya que todo eso es, como dice el Eclesiastés, “vanidad de vanidades y atrapar vientos”[2]. Lo único que deseaba Santa Mónica para su hijo San Agustín era verlo convertido en “cristiano católico” y que “renunciara a la felicidad terrena”; después de eso, nada de este mundo le importaba, y así se lo dijo a su hijo antes de morir, según lo narra el mismo San Agustín[3]: “Hijo, por lo que a mí respecta, ya nada me deleita en esta vida. Qué es lo que hago aquí y por qué estoy aún aquí, lo ignoro, pues no espero ya nada de este mundo. Una sola cosa me hacía desear que mi vida se prolongara por un tiempo: el deseo de verte cristiano católico, antes de morir. Dios me lo ha concedido con creces, ya que te veo convertido en uno de sus siervos, habiendo renunciado a la felicidad terrena. ¿Qué hago ya en este mundo?”.
         Este deseo de la eternidad y de contemplar a Dios Uno y Trino se expresa en el diálogo que tienen Santa Mónica y San Agustín días antes de su muerte; en este diálogo se refleja la maravillosa en el amor entre el hijo y la madre, pero sobre todo, se expresa la comunión en la fe y en el amor entre San Agustín y Santa Mónica. Dice así San Agustín: “Cuando ya se acercaba el día de su muerte –día por ti conocido, y que nosotros ignorábamos–, sucedió, por tus ocultos designios, como lo creo firmemente, que nos encontramos ella y yo solos, apoyados en una ventana que daba al jardín interior de la casa donde nos hospedábamos, allí en Ostia Tiberina, donde, apartados de la multitud, nos rehacíamos de la fatiga del largo viaje, próximos a embarcarnos. Hablábamos, pues, los dos solos, muy dulcemente y, olvidando lo que queda atrás y lanzándonos hacia lo que veíamos por delante, nos preguntábamos ante la verdad presente, que eres tú, cómo sería la vida eterna de los santos, aquella que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar. Y abríamos la boca de nuestro corazón, ávidos de las corrientes de tu fuente, la fuente de vida que hay en ti. Tales cosas decía yo, aunque no de este modo ni con estas mismas palabras; sin embargo, tú sabes, Señor, que, cuando hablábamos aquel día de estas cosas –y mientras hablábamos íbamos encontrando despreciable este mundo con todos sus placeres–…”[4].
Días después de este diálogo con San Agustín, Santa Mónica cae enferma y muere. Por su desprecio de la vida mundana y por su ardiente deseo de la vida eterna para su esposo y para sus hijos, Santa Mónica es modelo inigualable para las esposas y sobre todo para las madres cristianas porque ella, a fuerza de años enteros pasados en oración y sacrificios pidiendo por la conversión de su familia, principalmente de su hijo San Agustín –oró por treinta años pidiendo por su conversión-, y al final de sus días obtuvo la gracia de ver el fruto de tantos ruegos y de tantos sacrificios y penitencias, porque su hijo no solo se convirtió, sino que alcanzó tal grado de santidad, que llegó a ser uno de los más grandes santos de la Iglesia Católica.
Al conmemorar a Santa Mónica en su día, pidamos por todas las madres del mundo, para que deseen para sus hijos no el “éxito mundano”, que pasa “como un soplo”, sino la sabiduría divina, la vida eterna y el Amor de Dios, que se nos dan, aquí, contenidos, condensados, en el misterio insondable de la Eucaristía. Que Santa Mónica interceda por todas las madres del mundo, para que todas las madres del mundo deseen, con todo el ardor del amor maternal que las caracteriza, que sus hijos den sus vidas por recibir la Eucaristía, anticipo, ya en la tierra, de la vida eterna y de la feliz bienaventuranza del Reino de los cielos.





[1] Al igual que nuestra vida, como dice el libro de Job; cfr. Job 7, 7.
[2] Cfr. 2, 26.
[3] Confesiones, Libro 9, 10, 23-11, 28.
[4] Cfr. Confesiones, ibidem.

jueves, 3 de julio de 2014

El consuelo del Sagrado Corazón de Jesús


         En la Tercera Revelación, el Sagrado Corazón de Jesús le pide a Santa Margarita María de Alacquoque que se levante “entre las once y las doce de la noche” para “postrase con Él durante una hora, con la cara en el suelo, tanto para apaciguar la cólera divina, pidiendo por los pecadores, como para endulzar de algún modo la amargura” que Él sentía “por el abandono” de sus apóstoles, lo cual lo había llevado a “reprocharles que no habían podido velar una hora” con Él[1].
         Este pedido de Jesús, realizado a Santa Margarita, si bien fue realizado en el siglo XVII, conserva toda su actualidad y, por lo tanto, debemos considerarlo como realizado a todo el Cuerpo Místico, es decir, a toda la Iglesia, a todos los bautizados. El Sagrado Corazón, desde el sagrario, nos pide a todos que reparemos por las tremendas ingratitudes, por los sacrilegios, por las indiferencias, que Él recibe de continuo, día a día, en el sagrario. Eso es lo que les dice el Ángel de Portugal, cuando en la Tercera Aparición, antes de darles a comulgar la Eucaristía y de beber el Cáliz, se postra con la frente en el suelo ante la Hostia suspendida en el aire que mana Sangre sobre el Cáliz y pronuncia la oración de adoración a la Santísima Trinidad y de reparación al Santísimo Sacramento del Altar: “Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”. Al darles de comulgar la Hostia a Lucía y de beber del Cáliz a Jacinta y Francisco, el Ángel les dijo al mismo tiempo: “Tomad el Cuerpo y bebed la Sangre de Jesucristo, horriblemente ultrajado por los hombres ingratos. Reparad sus crímenes y consolad a vuestro Dios”[2].
         Tanto el pedido de Nuestro Señor Jesucristo a Santa Margarita, como el del Ángel a los Pastorcitos, hablan de una misma cosa: la necesidad de reparación, la cual se puede hacer con actos de amor y de adoración, en el momento de la comunión eucarística, por la ingente cantidad de sacrilegios, ultrajes, crímenes, desprecios, ingratitudes, que no solo recibió el Sagrado Corazón en su Pasión, por parte de los Apóstoles, que no pudieron velar con Él ni siquiera una hora, sino también por los que continúa recibiendo, hora a hora, minuto a minuto, segundo a segundo, por la inmensa mayoría de los cristianos de hoy, dormidos por el indiferentismo, el relativismo, el materialismo y el neo-paganismo. La reparación de consuelo que quiere Jesús es la reparación del amor y de la adoración a su Presencia Eucarística y el Amor necesario para hacer esta reparación se lo obtiene de las Llamas de Amor que envuelven a su Sagrado Corazón Eucarístico.




[1] Cfr. http://www.corazones.org/santos/margarita_maria_alacoque.htm
[2] http://es.catholic.net/mariologiatodoacercademaria/572/1428/articulo.php?id=13435

lunes, 26 de agosto de 2013

Santa Mónica y su mensaje de santidad para las madres del siglo XXI


          Para conocer acerca de la vida de santidad de Santa Mónica, es necesario recurrir a lo que de ella dice su propio hijo, San Agustín, quien así escribe en sus Confesiones: "Ella me engendró sea con su carne para que viniera a la luz del tiempo, sea con su corazón, para que naciera a la luz de la eternidad". Según San Agustín, su madre fue doblemente madre, ya que fue madre biológica, engendrándolo para la vida terrena, pero también fue madre espiritual, porque por sus oraciones y sacrificios le obtuvo el don de la fe, engendrándolo para la vida eterna.
          Este doble oficio materno lo desempeñó Santa Mónica toda su vida, pero particularmente al cumplir San Agustín los diecinueve años, momento en el que comienza a transitar un inicia un camino de doble perdición: llevaba una vida disoluta y había abrazado la herejía maniquea -error filosófico que, entre otras cosas, niega la responsabilidad del hombre por los males cometidos, desde el momento en que consideran erróneamente que no hay libre albedrío-, y fue así que, movida por su amor materno, pero sobre todo movida por el Amor de Dios, Santa Mónica, que desde muy pequeña vivía una vida de oración y penitencia, la intensificó todavía más, agregándole sacrificios y ayunos y derramando abundantes lágrimas ante el peligro de condenación eterna de su hijo.
          Durante casi nueve años, Santa Mónica no dejó de orar y llorar por su hijo, de ayunar y velar, de rogar a los miembros del clero para que lo persuadieran acerca de la verdadera doctrina de salvación. Ante las lágrimas e insistencia de Santa Mónica, un obispo, que había sido también maniqueo, pronunció las famosas palabras: "Estad tranquila, es imposible que se pierda el hijo de tantas lágrimas".
          La conversión de San Agustín, fruto de las oraciones, sacrificios y lágrimas de Santa Mónica, se produjo en la Pascua del año 387, recibiendo el santo el bautismo de parte de San Ambrosio.
          Años después, poco antes de morir, y con su hijo ya sacerdote, Santa Mónica revela las alegrías y las esperanzas de su corazón, que ya no están en este mundo. Le dijo así a San Agustín: "Hijo, ya nada de este mundo me deleita. Ya no sé cuál es mi misión en la tierra ni por qué me deja Dios vivir, pues todas mis esperanzas han sido colmadas. Mi único deseo era vivir hasta verte católico e hijo de Dios. Dios me ha concedido más de lo que yo le había pedido, ahora que has renunciado a la felicidad terrena y te has consagrado a su servicio". Hacia el final de su vida, Santa Mónica ve, con satisfacción, que su hijo no solo se había convertido, sino que se había consagrado a Dios con todo su corazón y con toda su vida -con lo cual da por cumplida su segunda maternidad, la espiritual-, al tiempo que se muestra ansiosa por dejar esta vida terrena e ingresar en la vida eterna.
          El mensaje de santidad de Santa Mónica es sobre todo importante en nuestros días, en el que muchas madres, habiendo perdido la fe y el sentido de la eternidad, solo se interesan por el progreso material y la felicidad terrena de sus hijos, sin importarles la vida del más allá. Con su doble amor maternal, Santa Mónica es ejemplo para las madres cristianas, puesto que no se preocupa porque su hijo adquiera un título profesional; tampoco le interesa que sea exitoso según el mundo, o que posea abundantes bienes materiales; no le importa tampoco que consiga una buena esposa que le de numerosos hijos: lo único que le importa a Santa Mónica es que su hijo se convierta, es decir, que conozca y ame a Jesucristo, el Salvador, para que así, conociéndolo y amándolo, lo siga por el Camino Real de la Cruz y salve su alma. El mensaje que da Santa Mónica a las madres cristianas del siglo XXI podría entonces resumirse así: "No te preocupes por las cosas del mundo: ¡salva el alma de tus hijos!".


jueves, 21 de febrero de 2013

Santa Jacinta Marto




A partir de las visiones y apariciones de la Virgen a los tres pastorcitos en Fátima, Jacinta experimentó, con tan sólo 9 años de edad, un extraordinario crecimiento espiritual: además de rezar todos los días el Rosario y las oraciones que el Ángel les había enseñado, y de experimentar una gran devoción y amor a la Eucaristía, Jacinta demostró tener, cada vez más, una gran sensibilidad y una gran preocupación por el destino eterno de los pecadores, es decir, por aquellos que no vivían en gracia de Dios y nada hacían por cambiar su estado.

Jacinta quedó vivamente impresionada por la visión del infierno que la Virgen María en persona les mostró, en la que los niños pudieron apreciar la gran cantidad de almas que caían en este verdadero lago de fuego. También quedó profundamente impactada por las palabras de la Virgen, quien le dijo que “los pecadores van allí –al lado de fuego- porque no tienen quién rece y haga sacrificios por ellos”.

Con tan sólo nueve años de edad, pero con una gran comprensión e inteligencia sobrenaturales de lo que el cielo le transmitía a través de la Virgen, Jacinta comprendió que su misión en la tierra, con su escasa edad y con el escaso tiempo que le quedaba de vida terrena –la Virgen le había comunicado que pronto la llevaría al cielo, junto a Francisco-, era ofrecerse como víctima por la salvación de los pecadores, y eso es lo que hizo hasta el fin de sus días: rezó e hizo toda clase de mortificaciones y penitencias –como por ejemplo, no tomar agua durante días seguidos, en épocas de mucho calor, o dormir con una cuerda atada, que le provocaba dolor, y a tal punto, que la Virgen misma tuvo que decirle que suspendiera esta penitencia- por la conversión de los pecadores.

El ejemplo de Santa Jacinta Marto es válido para toda época, pero sobre todo para nuestros días, puesto que, por un lado, la impiedad, la apostasía, el materialismo, el egoísmo y toda clase de males, crecen día a día en una sociedad que se aleja cada vez más de Dios y de sus Mandamientos; por otro lado, como consecuencia de este oscurecimiento espiritual, ha aumentado el número de hombres que se encuentran en estado de condenación eterna, lo cual significa que en nuestros días, mucho más aún que en los días de Santa Jacinta Marto, son necesarias la oración y la penitencia por la conversión de los pecadores.

No vemos a la Virgen María, como sí lo hicieron los tres pastorcitos, pero conocemos las apariciones de Fátima, además de tener los ejemplos de santos como Jacinta. Al igual que ella, y siguiendo su ejemplo, además de hacer oración y de ofrecer penitencias y mortificaciones, cada cristiano puede y debe ofrecerse a sí mismo como víctima en la Santa Misa, junto a la Víctima Inmaculada, Jesús en la Eucaristía, por la salvación de los pecadores.

jueves, 24 de enero de 2013

La Conversión de San Pablo




         San Pablo es el ejemplo paradigmático de la conmoción que se produce en lo más íntimo del ser cuando alguien encuentra a Cristo: antes de su encuentro con Cristo, San Pablo es religioso, pero de aquella clase de religiosos criticada duramente por el mismo Cristo antes de ser crucificado: hipócrita, cínico, falso. Antes de encontrar a Cristo personalmente, San Pablo tiene una idea muy errónea acerca de qué es la religión y en qué consiste su esencia: piensa que la religión es cumplir preceptos externamente, y que su esencia es la obediencia ciega, material, fría e irracional, a las normas humanas.
         Antes de encontrar a Cristo, San Pablo cree que ser religioso practicante es asistir al culto religioso, recitar de memoria y mecánicamente las oraciones, conocer al pie de la letra los preceptos y aplicarlos rigurosamente, sin importar si con eso se dejan de lado la compasión, la misericordia, la caridad, para con el prójimo, además de la verdadera piedad para con Dios, porque nadie puede ser piadoso  con Dios si desatiende las necesidades de su prójimo.
         Antes de su encuentro con Cristo, guiado por este falso celo, San Pablo ha participado de numerosas persecuciones y cacerías contra cristianos, además de ser testigo presencial y por lo tanto, cómplice directo, del asesinato del proto-mártir San Esteban. Al momento del encuentro con Cristo, San Pablo se caracteriza por una larga serie de “méritos” –si pueden llamarse así-, obtenidos por la equivocada concepción que de la religión y de Dios tenía: violencias, amenazas, persecuciones, participación en un homicidio.
Antes de la conversión, San Pablo es religioso practicante, pero se caracteriza por la dureza de corazón y por la impiedad, es decir, por la disonancia o discordancia entre su obrar exterior –aparece como religioso- y su ser interior –es frío, calculador, sin amor ni a Dios ni al prójimo-, todo lo cual constituye al perfecto fariseo. Aun más, la carrera enloquecida a caballo, en busca de enemigos a los cuales denunciar para que los atrapen, es un símbolo del fariseo-cristiano-católico: corre apresuradamente a denunciar, para que corran de la Iglesia a los que no son fariseos como ellos.
Antes de su conversión, San Pablo encarna al cristiano-católico fariseo, aquel que cree que porque cumple exteriormente con los preceptos, tiene licencia para criticar, defenestrar, ignorar, vilipendiar, a su prójimo.
         Este estado espiritual de San Pablo cambiará radicalmente luego del encuentro con Jesús, quien al infundirle su Espíritu Santo, Espíritu que es Amor divino, le hace comprender, por un lado, que Dios es Amor celestial, infinito, sobrenatural, eterno, y que si alguien se dice servidor de Dios y por lo tanto se dice religioso, ese tal debe sobresalir no solo por su piedad externa, sino ante todo por la caridad, es decir, el Amor sobrenatural, que debe brotar des de lo más profundo de su ser. El Pablo ciego, enceguecido luego del encuentro con Jesús, que camina lento y ayudado por alguien, es símbolo del cristiano que ha descubierto la mansedumbre y la humildad de Cristo, siendo la ceguera un símbolo de quien no ve a Dios en esencia, pero mantiene la esperanza de recuperar la vista algún día, es decir, de ver a Dios cara a cara en el cielo.
         Jesús le hace comprender a San Pablo –y en esto consiste su conversión- que la religión no es mera práctica exterior; es más, que la práctica exterior, sin la auto-humillación y sin la adoración en espíritu y en verdad a Dios, es cáscara seca de un fruto putrefacto; la religión sin caridad es una pantomima de la verdadera religión, una caricatura grotesca, una impostura cínica y radicalmente falsa, que repugna a Dios y a los hombres.
         La reflexión acerca de la experiencia de San Pablo, antes y después del encuentro personal con Cristo, nos debe servir para que meditemos acerca de con cuál de los dos Pablos nos identificamos: con el Pablo religioso externo, perseguidor, denunciador de faltas ajenas, pronto a la ira y a la ausencia de misericordia, cómplice, cuando no autor, de delitos cometidos contra el prójimo, o el Pablo luego de la conversión, el Pablo humilde, adorador del Dios verdadero “en espíritu y en verdad” (Jn 4, 23), pronto al perdón y al olvido de la ofensa, rápido para tender la mano a quien lo necesita.
                

miércoles, 9 de enero de 2013

San Simeón el estilita


5 de enero


Vida y milagros de San Simeón[1]
San Simeón es el fundador del movimiento de los estilitas, hombres que vivían en lo alto de una columna (estilita significa: el que vive en una columna), en oración ininterrumpida[2].
Nace cerca del año 400 en el pueblo de Sisan, en Cilicia, cerca de Tarso, donde nació San Pablo. Un día, al entrar en una iglesia, oyó al sacerdote leer en el sermón de la Montaña las bienaventuranzas, y se sintió atraído por dos en particular: “Dichosos los pobres, porque de ellos es el Reino de los cielos. Dichosos los puros de corazón porque ellos verán a Dios”.
Preguntó a un anciano monje por su significado, y le rogó que le dijera cómo podía alcanzar la felicidad prometida. El anciano le respondió que el texto sagrado proponía como camino a la felicidad, la oración, la vigilia, el ayuno, la humillación y la paciencia en las persecuciones, y que la vida de soledad era la mejor manera de practicar la virtud. Decidido a ir en busca de las bienaventuranzas, Simeón se retiró a orar largamente, luego de lo cual, se quedó dormido y tuvo un sueño, relatado por él. Se vio a sí mismo cavando los cimientos de una casa. Las cuatro veces que interrumpió su trabajo para tomar aliento, oyó una voz que le ordenaba seguir excavando. Finalmente, recibió la orden de cesar, porque el foso era ya tan profundo, que podía abrigar los cimientos de un edificio de la forma y el tamaño que él escogiera. Como comenta Teodoreto, “los hechos verificaron la predicción, ya que los actos de ese hombre estaban tan por encima de la naturaleza, que los cimientos debían ser muy profundos para soportar peso tan enorme”.
Al despertar, Simeón se dirigió a un monasterio de las proximidades, cuyo abad se llamaba Timoteo y se detuvo a las puertas durante varios días sin comer ni beber, suplicando que le admitieran como el último de los sirvientes. Su petición fue bien acogida y por fin se le recibió por un plazo de cuatro meses. Ese tiempo le bastó para aprender de memoria el salterio.
Este contacto con el texto sagrado iba a alimentar su alma durante el resto de su vida.
Una vez en el monasterio, provocaba asombro por su austeridad: se pasaba semanas sin probar bocado, dormía sobre piedras, y se había enlazado a la cintura un cilicio[3] de mirto salvaje y espinoso, al que no se lo quitaba ni de día ni de noche. Un día el superior del monasterio se dio cuenta de que derramaba gotas de sangre y al examinarlo los monjes, se dieron cuenta de que la cuerda o cilicio se le había incrustado en la piel, logrando quitársela con mucha dificultad. El abad o superior le pidió que se fuera a otro sitio, porque allí su ejemplo de tan extrema penitencia podía llevar a los hermanos a exagerar en las mortificaciones.
Se fue entonces a vivir en una cisterna seca, abandonada, y después de estar allí cinco días en oración  decidió imitar a Nuestro Señor y pasar los 40 días de cuaresma sin comer ni beber. Le consultó a un anciano y éste le dijo: “Para morirse de hambre hay que pasar 55 días sin comer. Puedes hacer el ensayo, pero para no poner en demasiado peligro la vida, dejaré allí cerca tuyo diez panes y una jarra de agua, y si ves que vas desfallecer, come y bebe”. Así lo hizo. Los primeros 14 días de cuaresma rezó de pie. Los siguientes 14 rezó sentado. En los últimos días de la cuaresma era tanta su debilidad que tenía que rezar acostado en el suelo. El domingo de Resurrección llegó el anciano y lo encontró desmayado y el agua y los panes sin probar. Le mojó los labios con un algodón empañado en agua, le dio un poquito de pan, y recobró las fuerzas. Y así paso todas las demás cuaresmas de su larga vida, como penitencia de sus pecados y para obtener la conversión de los pecadores.
Lueo se retiró a una cueva del desierto para no dejarse dominar por la tentación de volverse a la ciudad y se hizo atar con una cadena de hierro a una roca y mandó soldar la cadena para no podérsela quitar. Pero varias semanas después pasó por allí el Obispo de Antioquía y le dijo: “A las fieras sí hay que atarlas con cadenas, pero al ser humano le basta su razón y la gracia de Dios para no excederse ni irse a donde no debe”. Entonces Simeón, que era humilde y obediente, se mandó quita la cadena.
Pronto se extendió la fama de gran santidad, y fue así que acudían de regiones vecinas y también lejanas para consultarle, pedirle consejos y tocar su cuerpo con objetos para llevarlos en señal de bendición, llegando hasta quitarle pedacitos de su manto para llevarlos como reliquias.
Entonces para evitar que tanta gente viniera a distraerlo en su vida de oración, se ideó un modo de vivir totalmente nuevo: se hizo construir una columna de tres metros para vivir allí al sol, al agua, y al viento. Después mandó hacer una columna de 7 metros, y más tarde, como la gente todavía trataba de subirse hasta allá, hizo levantar una columna de 20 metros, y allí pasó sus últimos 37 años de su vida.
Es precisamente de aquí de donde viene el nombre con el que es conocido, “Simeón el estilita”, pues columna se dice “Stilos” en griego. Lejos de atenuarse, las penitencias en la columna se volvieron extremas -como así también la gracia recibida y alcanzada por San Simeón-: no comía sino una vez por semana;  la mayor parte del día y la noche la pasaba rezando, unos ratos de pie, otros arrodillado y otros tocando el piso de su columna con la frente.
Cuando oraba de pie, hacía reverencias continuamente con la cabeza, en señal de respeto hacia Dios. En un día le contaron más de mil inclinaciones de cabeza. Un sacerdote le llevaba la Sagrada Comunión. Su columna no pasaba de tener unos dos metros de superficie, lo cual le permitía apenas acostarse. Por lo demás, carecía de todo asiento. Sólo se recostaba para tomar un poco de descanso; el resto del tiempo lo pasaba encorvado en oración. Se vestía de pieles de animales, y jamás permitió que una mujer penetrara en el espacio cerrado en el que se levantaba su columna.
Las gentes acudían por multitudes a pedir consejos. Él les predicaba dos veces por día desde su columna y los corregía de sus malas costumbres. Y entre sermón y sermón oía sus súplicas, oraba por ellos y resolvía pleitos entre los que estaban peleados, para amistarlos otra vez. A muchos ricos los convencía para que perdonaran las deudas a los pobres que no les podían pagar. Convirtió a miles de paganos. Un famoso asesino, al oírlo predicar, empezó a pedir perdón a Dios a gritos y llorando. Algunos lo insultaban para probar su paciencia y nunca respondió a los insultos ni demostró disgusto por ellos. Hasta Obispos venían a consultarlo, y el Emperador Marciano de Constantinopla se disfrazó de peregrino y se fue a escucharlo y se quedó admirado del modo tan santo como vivía y hablaba.
Para saber si la vida que llevaba en la columna era santidad y virtud y no sólo un capricho, los monjes vecinos vinieron y le dieron la orden de que se bajara de la columna y se fuera a vivir con los demás. Simeón, que sabía que sin humildad y obediencia no hay santidad, se dispuso inmediatamente a bajarse de allí, pero los monjes al ver su docilidad le gritaron que se quedara otra vez allá arriba porque esa era la voluntad de Dios. Su discípulo Antonio nos cuenta que el santo oró muy especialmente por su madre, a la muerte de ésta.
Para que nadie piense que se trata de una leyenda, recordamos que la vida de San Simeón Estilita la escribió Teodoreto, Padre de la Iglesia y discípulo del Santo; Teodoreto era monje en aquel tiempo y fue luego Obispo de Ciro, ciudad cercana al sitio de los hechos.  Un siglo más tarde, un famoso abogado llamado Evagrio escribió también la historia de San Simeón y dice que las personas que fueron testigos de la vida de este santo afirmaban que todo lo que cuenta Teodoreto es cierto.
Murió el 5 de enero del año 459. Estaba arrodillado rezando, con la cabeza inclinada, y así se quedó muerto, como si estuviera dormido. El emperador tuvo que mandar una gran cantidad de soldados porque las gentes querían llevarse el cadáver, cada uno para su ciudad. En su sepulcro se obraron muchos milagros y junto al sitio donde estaba su columna se construyó un gran monasterio para monjes que deseaban hacer penitencia.

Mensaje de santidad de San Simeón el estilita
La vida y la conducta de San Simeón llamaron la atención, no sólo de todo el Imperio Romano, sino también de los pueblos bárbaros, que le tenían en gran admiración. Los emperadores romanos se encomendaban a sus oraciones y le consultaban sobre asuntos de importancia. Sin embargo, debe reconocerse que se trata de un santo más admirable que ejemplar[4]. Su vida es profundamente edificante, en el sentido de que no podemos menos de sentirnos confundidos, al comparar su fervor con nuestra indolencia en el servicio divino. Sin embargo, hay que hacer notar que la santidad de almas como la de San Simeón no consiste, ni en sus acciones extraordinarias, ni en sus milagros, sino en la perfección de su caridad, de su paciencia y de su humildad; y estas virtudes brillaron esplendorosamente en la vida de San Simeón. Exhortaba ardientemente al pueblo a corregirse de su inveterada costumbre de blasfemar, a practicar la justicia, a desterrar la usura, a la seriedad en la piedad, y a orar por la salvación de las almas.
En su mensaje de santidad, San Simeón nos enseña además el valor de la oración, de la obediencia, de la humildad y de la penitencia corporal, para llegar a la santidad. La oración, porque la oración es el alimento del alma, alimento por el cual el hombre recibe la substancia misma de Dios; la obediencia, porque así se imita mejor a Jesucristo, Hombre-Dios, que “se hizo obediente hasta la muerte”, por amor, para salvar a la humanidad; la humildad, que es la virtud, junto con la obediencia, que más nos asemeja al Hombre-Dios, infinitamente humilde y bueno y obediente a Dios, su Padre; la penitencia corporal, que es una forma de rezar con el cuerpo, al tiempo que se expían los pecados propios y los de los demás, siendo necesaria para entrar en el cielo según las palabras de Jesús: “Si no hacéis penitencia, todos pereceréis”. La celebración de la memoria de Simeón el Estilita nos debe llevar a recordar las palabras de Jesucristo y a dedicarnos a ofrecer penitencias por nuestros pecados y por los pecados del mundo entero.



[1] Cfr. Butler, Alan, Vidas de los Santos de Butler, Tomo I, México2 1968, 37ss.
[3] Cilicio: cuerda hiriente que algunos penitentes se amarran en la cintura para hacer penitencia corporal, como método que dispone al cuerpo para recibir la gracia que permita dominar las tentaciones. Se considera a San Simeón inventor del cilicio.
[4] Cfr. Butler, o. c., 38.

jueves, 26 de enero de 2012

San Pablo y la conversión




Antes de recibir la gracia de la conversión, San Pablo era un hombre religioso, pero con la práctica de su religión desmentía, en los hechos, a Aquel en quien decía creer, es decir, Dios. San Pablo era escrupuloso en el cumplimiento de la ley, conocedor de las Sagradas Escrituras, pero al mismo tiempo era intolerante y violento, al punto que “respiraba amenazas de muerte” contra la Iglesia de Jesucristo. Aún más, cuando Ananías lo recibe, en la oración que le dirige a Dios, le dice que tiene a alguien que “ha hecho mucho daño” a la Iglesia, y que tiene “cartas” que lo autorizan a “encarcelar a los cristianos” (Hch 9, 1-19). En su respuesta, Dios le dice que Saulo es el instrumento que Él ha elegido.
Todas estas características suyas –violencia, intolerancia-, se ven en su asistencia al asesinato del diácono San Esteban (cfr. Hch 8, 1-4). Incluso, podemos decir, que si bien no llegó a ser un asesino, fue un cómplice de asesinato, porque asentía todo lo que le hacían a San Esteban.
         Esto nos lleva a ver qué es el hombre sin Dios, sin su gracia, aún cuando se diga ser religioso, y qué es el hombre con Dios, con su gracia. Sin la gracia de Dios, San Pablo va a caballo, galopando, símbolo de su orgullo; lleva una dirección que no es la que Dios quiere; está en la oscuridad, porque no ve ni conoce a Jesús. Luego de la conversión, luego de recibir la luz de la gracia, conoce y ama a Jesús, y ahí comienza su conversión: se cae del caballo, es decir, se cae de su soberbia, y comienza a vivir en la humildad; se dirige no ya en busca de prójimos a los que culpar y asesinar, sino que camina por el camino de la Voluntad de Dios, por el camino que Dios le indica; ya no vive en la oscuridad, porque ha recibido interiormente la luz de la gracia, que le ha hecho conocer y amar a Cristo y por lo tanto, conocer y amar a su prójimo, imagen de Cristo. De ahora en adelante, ya no será soberbio, sino humilde; ya no buscará acusar a su prójimo y suprimirlo, sino amarlo en Cristo; ya no vive en la oscuridad y en la ignorancia, consecuencias del pecado, sino en la luz y en verdad, consecuencias de un corazón que está en gracia.
         Todos estamos llamados, como San Pablo, a convertir nuestro corazón, a despegarlo de las cosas bajas de la tierra, de las pasiones, de los odios, de los rencores, de las maledicencias, de los prejuicios, que llevan a condenar al prójimo; la conversión consiste en abatir el propio orgullo, que impide tanto perdonar como pedir perdón.
En esto consiste el comienzo de la felicidad en esta tierra y en la eternidad: que en nuestro corazón esté impreso el rostro de Jesús: su rostro de adulto, sangriento, su rostro agonizando en la Cruz. Quien lleva impreso en su corazón el rostro de Jesús, ha iniciado ya el camino de conversión, y debe, como San Pablo, caminar en humildad y no en soberbia, y predicar la verdad del amor de Dios y no el propio egoísmo, con las obras de misericordia corporales y espirituales.
Por el contrario, quien no quiere convertirse, se comporta como San Pablo antes de la conversión: es orgulloso, soberbio, maldiciente, mezquino, prejuicioso, pronto a la cólera y a la ira, a la mentira y a la falsedad, y aunque rece y diga amar a Dios, al condenar, aunque sea de palabra, a su prójimo, imagen viviente de Dios, demuestra que en realidad no ama a Dios.

domingo, 1 de enero de 2012

San Basilio



Nació en Cesárea de Capadocia, alrededor del año 330 en una familia de santos, que vivía en un clima de profunda fe. Es uno de los tres Padres Capadocios, y es considerado como el Padre del monasticismo oriental. 
Estudió con los mejores maestros de Atenas y Constantinopla, y llegó a adquirir una gran cultura. A pesar de este brillo y éxito intelectual en los ambientes mundanos, al darse cuenta de que había perdido mucho tiempo en vanidades, él mismo confiesa: “Un día, como despertando de un sueño profundo, me dirigí a la admirable luz de la verdad del Evangelio…, y lloré sobre mi miserable vida”[1].
El proceso de conversión lo lleva no solo a desviar su mirada del mundo, sino a ser atraído por Cristo, el único para el cual tiene ojos y  al único al cual escucha, según sus palabras[2].
Se dedicó a la vida monástica en la oración, en la meditación de las Sagradas Escrituras y de los escritos de los Padres de la Iglesia y en el ejercicio de la caridad[3], siguiendo también el ejemplo de su hermana, santa Macrina, quien ya vivía el ascetismo monacal. Después fue ordenado sacerdote y, por último, en el año 370, consagrado obispo de Cesarea de Capadocia, en la actual Turquía[4]
El mensaje que San Basilio nos deja, con su ejemplar vida cristiana, es el enseñarnos a ser cristianos, principalmente para quienes vivimos en un mundo materialista, hedonista, y profundamente egoísta, en donde la acumulación de bienes importa más que el prójimo; en donde Cristo, el Hombre-Dios, es rebajado a un personaje de fantasía, y en donde el Espíritu Santo es un animador de misas convertidas en celebraciones mundanas.
Frente al materialismo individualista y egoísta de nuestro tiempo, que lleva a querer poseer cada vez más bienes materiales, de modo avaro y codicioso, San Basilio nos enseña cómo debe ser nuestra caridad para con los pobres. En una de cartas ellas, anticipa aquello que sería la Doctrina Social de la Iglesia: “¿A quién he perjudicado, dices tú, conservando lo que es mío? Dime, sinceramente, ¿qué te pertenece? ¿De quién recibiste lo que tienes? Si todos se contentaran con lo necesario y dieran el resto a los pobres, no habría ni ricos ni pobres”.
En otra carta, se dirige duramente, tratándolos de ladrones, a los cristianos que, de modo egoísta, no comparten sus bienes con los más necesitados: “Óyeme cristiano que no ayudas al pobre: Tú eres un verdadero ladrón.  El pan que no necesitas le pertenece al hambriento.  Los vestidos que ya no usas le pertenecen al necesitado.  El calzado que ya no empleas le pertenece al descalzo.  El dinero que gastas en lo que no es necesario es un robo que le estás haciendo al que no tiene con qué comprar lo que necesita.  “Si pudiendo ayudar no ayudas, eres un verdadero ladrón”.
Frente a las sectas, que desde dentro y fuera de la Iglesia intentan destruir la verdad acerca de la divinidad de Jesucristo, rebajándolo a un simple hombre, San Basilio combatió a los herejes, quienes negaban que Jesucristo fuera Dios como el Padre[5].
Frente a quienes rebajan al Espíritu Santo a un animador de encuentros, defiende su divinidad: afirmó que también el Espíritu Santo es Dios y “tiene que ser colocado y glorificado junto al Padre y el Hijo”[6]. Por este motivo, Basilio es uno de los grandes padres que formularon la doctrina sobre la Trinidad: el único Dios, dado que es Amor, es un Dios en tres Personas, que forman la unidad más profunda que existe, la unidad divina. 
Finalmente San Basilio nos enseña también cómo debe ser nuestra muerte: muere, en el año 379, según sus mismas palabras, “con la esperanza de la vida eterna, a través de Jesucristo, nuestro Señor”[7].


[1] Cfr. Carta 223: PG 32,824.
[2] Cfr. “Moralia” 80,1: PG 31,860bc.
[3] Cfr. Cartas. 2 y 22.
[5] Cfr. Basilio, Carta 9,3: PG 32,272a; Carta 52,1-3: PG 32,392b-396a; “Adversus Eunomium” 1,20: PG 29,556c.
[6] Cfr. “De Spiritu Sancto”: SC 17bis, 348.
[7] “De Bautismo” 1, 2, 9.

martes, 20 de septiembre de 2011

Por qué San Expedito es el santo de las causas urgentes



¿Por qué San Expedito es el santo de las causas urgentes? Porque San Expedito no demoró ni siquiera un segundo su conversión. A pesar de que el demonio lo tentaba, para que postergara su conversión para otro día, apareciéndose como cuervo y gritando: “Cras”, que significa “Mañana”, San Expedito, movido por el amor a Dios, dijo: “Hodie”, que quiere decir: “Hoy”.

Esta es la verdadera “causa urgente” por la que debemos recurrir a la intercesión de San Expedito. Seguramente que hay muchas otras causas urgentes, pero la primera y fundamental, la más importante de todas, es la causa urgente de nuestra conversión.

A San Expedito tenemos que pedirle, antes de cualquier otra cosa, que nos comunique el amor que él tenía a Jesucristo, que fue lo que lo hizo convertirse sin dudar, rechazando las insidias del demonio.

Cuando el demonio nos dice esto, miente: “Espera a mañana para convertirte; continúa hoy con tu vida de pagano; continúa viendo ese programa indecente en televisión; continúa creyendo en los horóscopos y en la suerte; continúa depositando tu confianza en el dinero; continúa aferrado a tus vicios; continúa con el rencor a tu prójimo; Dios es bueno y te esperará, y te va a perdonar todas tus faltas; no es necesario que te conviertas ya, déjalo para mañana”. El demonio miente, porque no sabemos si hemos de vivir mañana; no sabemos si habremos de amanecer vivos; no sabemos si esta noche hemos de morir, y si no nos convertimos ya, ahora, hoy, en este momento, corremos el riesgo de morir en pecado mortal, y así, con la oscuridad en el alma, nos presentaremos ante el juicio de Dios, en donde no habrá ya tiempo para el arrepentimiento y la conversión.

Pero si decidimos a convertirnos, le pedimos a San Expedito que nos ayude en la conversión, para estar en paz con Dios y con el prójimo, y si morimos, iremos a disfrutar de la Presencia de Dios por toda la eternidad.

martes, 30 de agosto de 2011

Santa Rosa de Lima



En una época materialista y hedonista, como la nuestra, caracterizada por la búsqueda desenfrenada del bienestar en todos los órdenes, por la satisfacción del apetito sensible del hombre, y por el egoísmo individualista como derecho a ser ejercitado, el ejemplo de vida vivida en el sacrificio, en la penitencia y en la mortificación de Santa Rosa, constituye un claro signo de la vida que debemos llevar como cristianos, si es que queremos salvar el alma.
Algo que caracterizó la vida de Santa Rosa fue su mortificación extrema, lo cual no puede explicarse por razones humanas, ni por un mero ascetismo, ni por simplemente refrenar sus pasiones, sino por un don sobrenatural que la llevaba a identificarse con Cristo crucificado, y es esta búsqueda de la imitación de Cristo es lo que explica su estado de casi continua mortificación y penitencia.
Santo Rosa vivió unida, místicamente, a la Pasión del Señor y buscaba la penitencia y la mortificación para identificarse con Jesucristo en la cruz.
Buscó permanentemente, ya desde niña, consagrándose a Dios con voto de virginidad, la configuración con Cristo humillado en la cruz, y para convertir a los que estaban más alejados de Dios, hizo de su vida un continuo sacrificio.
Para doblegar su orgullo, despreció las vestimentas seglares, y si bien ella era seglar –no fue religiosa porque al arrodillarse delante de una imagen de la Virgen no se pudo levantar hasta que comprendió que Dios no la quería como religiosa-, vistió siempre con una sencilla túnica blanca y con un velo negro.
Santa Rosa hacía también penitencia con los alimentos, buscando reparar, junto al hambre que padece Cristo en la cruz, los pecados de gula y la búsqueda desenfrenada de placeres terrenos por parte de los hombres. Comía lo mínimo necesario para mantenerse en la vida activa, y hacía voluntariamente una restricción total de carne.
En los días de calor, no bebía nada refrescante, y solía pasar días sin beber, para unir su sed a la sed que de almas experimentaba Jesús en la cruz. Y cuando la sed se le volvía insoportable, le bastaba mirar el crucifijo y recordar la sed de Jesús crucificado, para seguir todavía aguantando sin beber.
El momento de descanso era también para Santa Rosa un momento propicio para ofrecerlo como mortificación, porque nunca durmió en colchones ni usó almohadas: dormía sobre tablas de madera, y su almohada era un leño. Una vez tuvo deseos de cambiar las tablas y el leño por un colchón y una almohada, y mirando al crucifijo, le pareció que Jesús le decía desde la cruz: “Mi cruz, era mucho más cruel que todo esto”, y desde ese día nunca más volvió a pensar en buscar un lecho más cómodo.
La mortificación en Rosa no es mera ascesis, ni búsqueda egoísta de la perfección por medio del dominio de las pasiones. La mortificación persigue fines mucho más elevados: en sus escritos explica que es necesaria para ser saciados por el Espíritu de Dios, para vivir orientados por el Espíritu Santo, y para renovar la faz de la tierra a partir de la configuración con Cristo crucificado.
Pero además de la mortificación, Rosa se destacaba por sus obras de misericordia con los más necesitados y sobre todo con los indígenas, sometidos en algunos casos a grandes injusticias. Frente a sus prójimos es una mujer comprensiva: disculpa los errores de los demás, persona las injurias, se empeña en hacer retornar al buen camino a los pecadores, socorre a los enfermos. Se esfuerza en la misericordia y la compasión.
Su estado de permanente oración y de continuos sacrificios y penitencias no solo la configuraban místicamente con Jesús crucificado, sino que conseguían numerosas conversiones de pecadores, y aumento de fervor en muchos religiosos y sacerdotes, todo lo cual llevó a la ciudad de Lima a la convicción de que era una santa en vida.
Durante la penosa y larga enfermedad que precedió a su muerte, la oración de la joven era: “Señor, auméntame los sufrimientos, pero auméntame en la misma medida tu amor”.
Y a esta muchacha de condición económica pobre y sin muchos estudios, le hicieron un funeral poco común en la ciudad de Lima. La primera cuadra llevaron su ataúd los monseñores de la catedral, como lo hacían cuando moría un arzobispo. La segunda cuadra lo llevaron los senadores, como lo hacían cuando moría un virrey. Y la tercera cuadra lo llevaron los religiosos de las Comunidades, para demostrarle su gran veneración.
Para los cristianos del siglo XXI, como nosotros, el ejemplo de santidad de Santa Rosa de Lima nos dice que no es en la búsqueda de placeres y comodidades terrenas en donde se encuentra la felicidad, sino en la imitación de Cristo crucificado.

lunes, 24 de enero de 2011

La conversión de San Pablo


Jesús resucitado, por medio de una luz resplandeciente, se manifiesta a San Pablo. Por su Espíritu, le comunica a San Pablo, que hasta entonces era enemigo suyo, el conocimiento sobrenatural acerca de quién es Él, Dios encarnado, lo convierte en apóstol suyo, y lo envía a predicar el evangelio, a anunciar que Él ha resucitado y ha venido a llevar a toda la humanidad al seno de Dios Trinidad.

El encuentro de San Pablo con Jesucristo, su conversión de enemigo en apóstol y su misión de anunciar el evangelio, es un símbolo de lo que sucede en cada alma que recibe la gracia de Dios en el bautismo: de enemiga que era de Dios, a causa del pecado original, se hace hija adoptiva de Dios al recibir la gracia de la filiación divina y se convierte también en apóstol, es decir, en enviado, que tiene la misión de anunciar el evangelio, la buena noticia de la resurrección de Jesucristo.

San Pablo recibe el conocimiento de la divinidad de Jesucristo; Jesús se le manifiesta para hacerle saber que Él, Jesús, a quien Pablo perseguía con todas sus fuerzas, es el Hijo de Dios, Dios en Persona, y este conocimiento lo recibe por medio de una manifestación de Jesucristo, bajo forma de luz, que lo deja ciego, para luego recobrar la vista. A partir de esta manifestación sobrenatural, San Pablo adquiere un nuevo conocimiento de Jesucristo: antes, pensaba que era un agitador, un fundador de un movimiento pagano y sectario, un individuo peligroso, a quien había que combatir, en sus seguidores, por el medio que fuera posible, incluida la violencia. Ahora, luego del encuentro personal con Jesucristo, San Pablo sabe que Jesús es el Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Verbo y la Palabra del Padre, que se ha encarnado para morir en cruz, salvar a la humanidad, y llevarla al seno del Padre. San Pablo adquiere un nuevo conocimiento de Jesucristo, un conocimiento que no proviene ni de su razón, ni de su ciencia humana, sino que proviene de lo alto, directamente desde el cielo, del Espíritu de Dios.

Es en este nuevo conocimiento de Jesucristo en lo que consiste "la conversión de San Pablo", y es lo que lo lleva a San Pablo a cambiar radicalmente de vida: de enemigo de Cristo, a su más ferviente defensor, y de perseguidor de cristianos, a ser él mismo el primero entre los cristianos; de aprobar la muerte de los cristianos, para borrar el Nombre Santo de Jesucristo de la faz de la tierra, a donar su vida como mártir, para sellar el Nombre Santo de Jesucristo en los corazones de los hombres.

Es en este radical cambio de vida, en lo que consiste la conversión de San Pablo, conversión en la que debemos ver el anticipo y el modelo de nuestra propia conversión, la cual ya ha sido iniciada por el mismo Dios, al concedernos un milagro mucho más grande que ver una luz y que recuperar la vista de los ojos: nosotros hemos recibido algo infinitamente más grande que ver una luz y recuperar la vista: hemos recibido la luz de la fe, en germen, en el bautismo, por medio de la cual podemos ver a Cristo como luz del mundo, Presente y vivo en la Eucaristía.

A nosotros Jesús no se nos ha manifestado Jesús bajo la forma de una luz resplandeciente y enceguecedora; sin embargo, la gracia que hemos recibido en el bautismo, es una gracia similar e incomparablemente mayor que la que recibió San Pablo, porque la luz que lo hizo caer del caballo no le dio la filiación divina y no lo convirtió en hijo de Dios, en cambio a nosotros, la luz recibida en el bautismo, nos ha convertido en hijos adoptivos de Dios, y hemos recibido, en germen, la luz de la fe.

Es por esto que la conversión de San Pablo es modelo y anticipo de nuestra propia conversión: por la luz de la fe y de la gracia podemos ver, con los ojos del alma, a Cristo resucitado y glorioso, y así como San Pablo, con su conversión, recibió una misión, que era anunciar a Cristo muerto y resucitado, así también nosotros, en el bautismo, recibimos también una misión: anunciar el milagro eucarístico, signo sacramental de la Presencia de Cristo, muerto y resucitado, entre nosotros.

San Pablo cambió radicalmente su vida desde que fue llamado del judaísmo al cristianismo; los cristianos, los que hemos recibido el bautismo y la luz de la fe, estamos también llamados a la conversión, al testimonio de Cristo, muerto y resucitado; estamos llamados a ser "luz del mundo" (cfr. Mt 5, 14), a iluminar el mundo con la luz del amor y de la misericordia de Cristo, recibida en el bautismo, y es por eso que es un anti-testimonio el que un cristiano se comporte como un pagano, idolatrando al mundo y a sus placeres, en vez de adorar al Dios Uno y Trino revelado en Jesús de Nazareth.

Cotidianamente se repite ante nuestros ojos un milagro infinitamente más grande que la luz que cegó a San Pablo; un milagro infinitamente más grande que el más grande de todos los milagros realizados por los santos o por el mismo Cristo, un milagro más asombroso que dar vida a un muerto, que multiplicar panes, que convertir agua en vino, que recibir la curación de la ceguera corporal: es el milagro del altar, de la transubstanciación, por el cual el pan se convierte en el Cuerpo de Cristo y el vino en su Sangre, y por el cual el altar se convierte en el cielo en donde habita Dios en Persona.

Y es para anunciar este milagro del altar para el que debemos convertirnos y salir a anunciar a nuestros prójimos, ya que constituye la más alegre y la más hermosa noticia que el mundo haya podido escuchar desde sus comienzos, y que no escuchará otra más alegre y hermosa que esta: Cristo, Luz del mundo, está Resucitado en la Eucaristía, Presente en medio nuestro.

Convirtámonos a la luz de Cristo, a Cristo, luz del mundo (cfr. Jn 8, 12), para ser un reflejo de esa luz, y la comuniquemos a nuestros hermanos por medio de la misericordia, de la caridad y de la compasión.

miércoles, 19 de enero de 2011

Pidamos a San Expedito que intervenga urgentemente, intercediendo por nuestra conversión


San Expedito es conocido como el santo de las "causas urgentes", porque él mismo, en su conversión, obró de manera rápida, urgente, sin dilatar su "sí" a Jesucristo: cuando recibió en su alma la gracia de la conversión, proveniente del Espíritu Santo, no dudó ni un instante, abandonando en el acto su vida de pagano, y abrazando la fe cristiana.
Como pagano, San Expedito llevaba una vida alejada de Dios, porque no conocía al Dios verdadero y, muy probablemente, creía en ídolos y en supersticiones, como hacían los romanos de su tiempo, que adoraban a muchos dioses. Vivía en la oscuridad, y alejado de la Verdad Absoluta, que es Dios.
Pero en el instante en el que San Expedito recibió la gracia de la conversión, en el instante en el que su alma fue iluminada por la luz de la gracia, donada por el Espíritu Santo, San Expedito no dudó ni un instante, y dando su asentimiento a la gracia, permitió que esta lo iluminara desde lo más profundo de su ser, y fue así como se convirtió. Rechazó las tinieblas del paganismo, y abrazó la luz eterna de Dios, revelada y manifestada en la cruz de Cristo y en su resurrección.
Esta conversión del santo está graficada en el episodio por el cual lo conocemos: cuando recibió la iluminación interna que lo llamaba a abrazar la cruz de Cristo, y a dejar el mundo de las tinieblas, del pecado, y del rechazo de Dios, se le apareció en ese momento la bestia del Averno, el demonio, bajo la forma de un horrible cuervo negro, que comenzó a sobrevolar sobre San Expedito, diciéndole con graznidos: "Cras, cras", que significa: "Mañana, mañana". El demonio buscaba tentar al santo proponiéndole postergar su conversión, dejándola para otro día. Si San Expedito aceptaba la propuesta del demonio, cayendo en su trampa, el demonio tendría la oportunidad de tentarlo con mucha más fuerza, aprovechando la negación que San Expedito haría de la gracia. Pero San Expedito, enamorado de la luz eterna de Dios, Jesucristo, y encendido su corazón en el Amor divino, demostrado en el sacrificio de Cristo en la cruz, rechazó en el acto la tentación demoníaca, y aprovechando que el demonio, en figura de cuervo, se le había acercado a sus pies, lo aplastó con la fuerza de Cristo crucificado, diciendo: "Hodie", que significa: "Hoy". Es decir, al "mañana" incierto del demonio, San Expedito le responde "hoy", con el eterno y seguro presente de Cristo, sin posponer en absoluto su conversión.
Debemos aprender del ejemplo de la aceptación de la gracia de San Expedito, porque Dios concede a todos la gracia de la conversión, pero también debemos aprender de su rechazo de las tentaciones del demonio, porque, al igual que en los tiempos del santo, el demonio también se presenta hoy, buscando engañarnos.
Hoy, más que nunca, el demonio se manifiesta en múltiples formas, bajo múltiples tentaciones, pues estamos inmersos en una cultura satánica, que posee manifestaciones del infierno, ya sea en la música, en el cine, en la televisión, en internet, en la cultura, en la ciencia, en la educación, es decir, en prácticamente todas las manifestaciones del hombre: aborto, eutanasia, educación sexual anti-natural para niños, eugenesia, películas con contenido pagano -Avatar- o demoníaco -Harry Potter-, programas televisivos en donde se incita a la lujuria y a la lascivia, música con mensajes subliminales, espectáculos con contenido abiertamente satánico, etc., que nos proponen dejar de lado la conversión, no sólo para un incierto mañana -no sabemos si moriremos esta noche-, sino para "nunca": la propuesta del demonio para nuestros días no es dejar la conversión para mañana, sino posponerla para siempre, para que, adormecidos en su tentación, cerremos los ojos en esta vida, y los abramos en el infierno.
Los cristianos, que vivimos en una cultura cada vez más satánica -es la cultura de la muerte, que busca la muerte corporal y también la espiritual del hombre-, estamos tentados, y lo somos cada vez más, y es por eso que el ejemplo de San Expedito es totalmente válido para nuestros días: como San Expedito, también nosotros debemos decir: "Hoy", "ya", "ahora" decido la conversión; "Hoy" rechazaré esta tentación; "Hoy" lucharé contra mi defecto dominante; "Hoy" viviré el amor cristiano con mi prójimo; "Hoy" perdonaré a quien me ofendió; "Hoy" pediré perdón por el daño o las ofensas cometidas. "Hoy" y no mañana, como San Expedito.
Es esta la "causa urgente" que debemos pedir al Santo -no hay ninguna otra "causa urgente" más importante, ni el trabajo, ni la salud, ni el pan para comer- para que interceda por nosotros y por nuestros seres queridos: la conversión del corazón, "ahora", "ya", "urgente", porque no sabemos si habremos de morir esta noche, y así la muerte nos sorprenderá con el corazón vuelto hacia la luz eterna de Cristo.

viernes, 19 de febrero de 2010

San Expedito




Era militar del Imperio Romano, y vivió a principos del siglo IV. Su conversión, desde el paganismo, fue repentina: un día, alcanzado por la gracia de Dios, resolvió cambiar su vida, dejando su vida pagana anterior, y decidiéndose a vivir como cristiano. Habiendo tomado ya esta decisión, se le apareció, con la forma de un cuervo, el espíritu del mal, el demonio, que comenzó a volar muy cerca de él, gritándole una palabra en latín. El demonio, disfrazado de cuervo, y volando muy cerca de él, hasta quedar a sus pies, le decía en latín: “¡cras...! ¡cras...! ¡cras...!, que significa: “mañana...mañana....mañana”. Después de repetirle esta palabra, le decía además: “Posterga esta decisión para mañana!. ¡No te apresures! ¡Espera para convertirte!”
Es decir, San Expedito había tomado la decisión de convertirse “hoy”, “ya”, mientras que el demonio, disfrazado de cuervo, le decía que no hacía falta apurarse tanto, que había que dejar la conversión para “mañana”. Mientras tanto, como no había apuro, se podía continuar con la vida pagana, alejada de Cristo.
Pero San Expedito no escuchó ni un momento al espíritu infernal, el demonio, y pisoteó al cuervo gritando: “¡Hodie! ¡Hodie! No dejaré nada para mañana, hoy seré cristiano!” La palabra “Hodie” significa: “hoy” en latín.
Este es el motivo por el cual San Expedito aparece en su estampa, con la cruz en la mano, que tiene la inscripción: “Hodie”, y aparece también aplastando al cuervo con su pie derecho. San Expedito, con su prontitud a la gracia, nos dice: ¡¡HOY, nada de postergaciones!!”, es decir: “Hoy quiero ser cristiano, y no mañana”. Esta es la razón también por la cual San Expedito es un Santo que escucha y que ayuda a resolver todos los casos urgentes, al momento, especialmente aquellos casos que, si se demoran, traen un gran perjuicio para la persona que lo necesita.
Pero el ejemplo de San Expedito no debe quedar en nosotros en que es un santo que ayuda para los casos urgentes. Por supuesto que San Expedito ayuda e intercede por quien se encuentra en una situación difícil, pero el ejemplo de su vida nos debe conducir a algo más que a pedirle por nuestras necesidades, por más urgentes que sean.
Su ejemplo de fidelidad a la luz de la gracia, es algo digno de imitar: tenemos que hacer como San Expedito, que no dejó pasar la oportunidad para convertirse, y no cedió a la tentación demoníaca de dejar pasar el momento, para convertirse mañana, un mañana que no sabemos si llegará, porque no sabremos si estaremos vivos.
Al igual que San Expedito, debemos decir: “Hoy quiero ser cristiano, y vivir como cristiano, y comportarme como cristiano; hoy y no mañana quiero poner por obra el mandamiento más importante de todos, el amor a Dios y al prójimo; hoy y no mañana voy a ayudar a este prójimo que necesita de mí; hoy y no mañana voy a perdonar al que me ofendió; hoy y no mañana voy a pedir perdón a quienes ofendí; hoy y no mañana voy a obrar la misericordia y la compasión”. Son a estas decisiones a las que nos tienen que conducir la vida de San Expedito; si sólo pedimos, pero sin ofrecer nada a cambio, Expedito podrá ayudarnos, pero de nada nos servirá su ayuda para la vida eterna.
Por último, el “Hoy” de San Expedito es una imitación del “Hoy” de Jesucristo en el Santo Sacrificio del altar: San Expedito le dice “Hoy” a Jesucristo, y Jesucristo le dice “Hoy” al sacerdote en el momento de la consagración, porque Jesús baja del cielo en el momento en el que sacerdote reza la oración; no deja para mañana su venida desde el cielo a la Eucaristía. Como Cristo, como San Expedito, digamos: “Hoy” a nuestra conversión, y no la dejemos para un incierto mañana.