San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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martes, 23 de julio de 2019

Santa Brígida de Suecia y los que crucifican a Jesús



Brígida nació en Upsala (Suecia), en 1303[1].
De niña su mayor gusto era oír a la mamá leer las vidas de los Santos.
Cuando apenas tenía seis años ya tuvo su primera revelación. Se le apareció la Santísima Virgen a invitarla a llevar una vida santa, totalmente del agrado de Dios. En adelante las apariciones celestiales serán frecuentísimas en su vida, hasta tal punto que ella llegó a creer que se trataba de alucinaciones o falsas imaginaciones. Pero consultó con el sacerdote más sabio y famoso de Suecia, y él, después de estudiar detenidamente su caso, le dijo que podía seguir creyendo en esto, pues eran mensajes celestiales.
Cuando tenía trece años asistió a un sermón de cuaresma, predicado por un famoso misionero. Y este santo sacerdote habló tan emocionantemente acerca de la Pasión y Muerte de Jesucristo, que Brígida quedó totalmente entusiasmada por nuestro Redentor. En adelante su devoción preferida será la de Jesucristo Crucificado.
Un día rezando con todo fervor delante de un crucifijo muy chorreante de sangre, le dijo a Nuestro Señor: - ¿Quién te puso así? - y oyó que Cristo le decía: “Los que desprecian mi amor”. “Los que no le dan importancia al amor que yo les he tenido”. Desde ese día se propuso hacer que todos los que trataran con ella amaran más a Jesucristo.
         Según esta misma revelación de Jesús, Él está todo cubierto de Sangre en la Pasión y en la Cruz no sólo por los soldados romanos, sino por todos los que “desprecian su amor”.
         ¿Y quiénes son los que desprecian su amor?
         Son los que prefieren ver horas de televisión o internet, en vez de dedicar un tiempo a la oración.
         Son los que prefieren el ocio y los pasatiempos, antes que asistir a Misa los domingos.
         Son los que prefieren ocultar sus pecados a Dios, antes que confesárselos en la Confesión Sacramental.
Son los que prefieren los manjares del mundo antes que alimentarse del manjar de los cielos, la Sagrada Eucaristía.
         Son los que prefieren el rencor y la venganza, antes que el perdón y el amor al enemigo, como Cristo nos enseñó en el Evangelio.
         Son, en fin, los católicos tibios, a los que el mismo Dios desea vomitar de su boca a causa de su tibieza.


lunes, 23 de julio de 2018

Santa Brígida de Suecia


         Vida de santidad[1].

         Santa Brígida nació en Upsala (Suecia), en 1303, en el seno de una familia sumamente religiosa y muy acaudalada, perteneciente a la nobleza de su tiempo. Tanto sus abuelos como sus bisabuelos, llevados por el amor a Jesús, fueron en peregrinación hasta Jerusalén; sus padres se confesaban y comulgaban todos los viernes, y como eran de la familia de los gobernantes de Suecia y tenían muchas posesiones, empleaban sus riquezas en construir iglesias y conventos y en ayudar a cuanto pobre encontraban. Su padre era gobernador de la principal provincia de Suecia. Su madre le leía, las vidas de los santos, vidas que Santa Brígida escuchaba con mucho gusto.
         Se caracterizó, entre otras cosas, por sus visiones místicas. A los seis años se le aparece la Virgen por primera vez, invitándola a llevar una vida de santidad. A partir de entonces, las visiones y apariciones celestiales serán frecuentes; tanto, que llegó a pensar que podían tratarse de alucinaciones o imaginaciones suyas. Pero una consulta con uno de los sacerdotes más santos de la época en Suecia le despejó las dudas y le dijo que podía seguir creyendo en esto, pues se trataba de verdaderos dones del cielo.
         A los trece años, un episodio sobrenatural orientó su vida hacia la Pasión del Señor: escuchó con mucha avidez un sermón sobre la Pasión del Señor predicada por un misionero; desde entonces, su meditación preferida era acerca de Jesús crucificado.
         Fue estando en oración frente a Jesús crucificado que tuvo también una significativa experiencia mística. Rezando frente a un crucifijo caracterizado por la sangre que podía verse brotando con abundancia de sus llagas, Santa Brígida le preguntó a Jesús: “¿Quién te puso así?” y oyó que Cristo le decía: “Los que desprecian mi amor. Los que no le dan importancia al amor que Yo les he tenido”. Desde ese momento se propuso hacer que todos los que trataran con ella amaran más a Jesucristo y su Pasión.
         Por decisión de su padre, se casó con el hijo de otro gobernante, llamado Ulf, con el cual tuvo un feliz matrimonio que duró unos veintiocho años. Tuvieron ocho hijos, cuatro varones y cuatro mujeres, todos santos, menos uno, que con su vida disipada le provocó un gran dolor en su corazón. Sin embargo, en premio a las lágrimas y dolores y oraciones de Santa Brígida por su hijo rebelde, Dios le concedió la gracia de que su hijo, antes de morir en una batalla, se arrepintiera de su mala vida pasada, se confesara y así consiguiera el perdón de sus pecados. La Santa tuvo una experiencia mística que le confirmó que su hijo había muerto arrepentido de sus pecados.
         Santa Brígida peregrinó con su esposo Ulf a Santiago de Compostela; en el camino, su esposo enfermó gravemente. Brígida oró por él y se le apareció San Dionisio en sueños quien le dijo que su esposo sanaría, con tal de que se dedicara a una vida santa. Así lo hizo Ulf, quien luego de curado, entró como religioso cisterciense, muriendo años después santamente en el convento.
         Al pertenecer a la nobleza, Santa Brígida era una de las principales damas que colaboraban con el rey y la reina de Suecia. Allí la santa pudo observar cómo se derrochaba gran cantidad de dinero en gustos lujosos y comidas exóticas, mientras los súbditos pasaban hambre. Sus llamados de atención a los reyes no tuvieron éxito. Fue entonces cuando tuvo una visión en la que oyó que Jesús crucificado le decía: “Yo en la vida sufrí pobreza, y tú tienes demasiados lujos y comodidades”. Fue desde ese entonces que Santa Brígida dejó de lado los elegantes vestidos que usaba en la corte, para empezar a vestir pobremente. También desde entonces, dejó de dormir en cómodas camas, para hacer penitencia durmiendo sobre duras tablas. Además, repartió sus bienes entre los pobres, quedando ella misma en la pobreza.
         Partió hacia Roma con su hija Santa Catalina de Suecia y allí permaneció durante catorce años, dedicándose a la oración y hacer obras de misericordia, sobre todo la visita y ayuda de enfermos. Además, se dedicó a peregrinar a los santuarios. También escribió sus visiones, las cuales están contenidas en ocho tomos, incluidas las revelaciones recibidas en Tierra Santa, adonde había ido en peregrinación, acerca de la Pasión del Señor. Desde Roma escribió a muchas autoridades civiles y eclesiásticas y al mismo Sumo Pontífice (que en ese tiempo vivía en Avignon, Francia) corrigiendo muchos errores y repartiendo consejos sumamente provechosos.
         Cuando regresó de su última peregrinación, la de Tierra Santa, comenzó a sentirse enferma y débil, muriendo en Roma el 23 de julio de 1373, a la edad de 70 años con fama de santidad.

         Mensaje de santidad.

         A pesar de sus visiones y éxtasis místicos, que como hemos visto los tuvo desde muy corta edad, la santidad de Santa Brígida se basó en la meditación de la Pasión del Señor y en el deseo de participar vivamente de la misma, principalmente mediante obras de misericordia. Además, conformó su vida a la vida del Señor, abandonando la vida de lujos que se vivía en la corte, viviendo pobremente y repartiendo todos sus bienes entre los pobres. Santa Brígida de Suecia nos deja este mensaje de santidad: lo más importante de esta vida terrena, o más bien, lo único importante, es meditar en la Pasión del Señor y luego configurar la propia vida a su misterio pascual de muerte y resurrección, participando de este misterio con todo el ser y con todos los actos de la vida.
        



[1] https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Br%C3%ADgida_7_23.htm

domingo, 30 de julio de 2017

Santa Brígida de Suecia


         Vida de santidad[1].
         Santa Brígida era hija de Birgerio, gobernador de Uppland, la principal provincia de Suecia; su madre, Ingerborg, era hija del gobernador de Gotland oriental. A los siete años tuvo una visión de la Reina de los cielos. A los diez, a raíz de un sermón sobre la Pasión de Cristo que la impresionó mucho, soñó que veía al Señor clavado en la cruz y oyó estas palabras: “Mira en qué estado estoy, hija mía”. “¿Quién os ha hecho eso, Señor?”, preguntó la niña. Y Cristo respondió: “Los que me desprecian y se burlan de mi amor”. Desde entonces, la Pasión del Señor se convirtió en el centro de su vida espiritual. Antes de cumplir catorce años, la joven contrajo matrimonio con Ulf Gudrnarsson, quien era cuatro años mayor que ella. Dios les concedió veintiocho años de felicidad matrimonial, tuvieron cuatro hijos y cuatro hijas, una de las cuales es venerada con el nombre de Santa Catalina de Suecia. Durante algunos años, Brígida llevó la vida de una señora feudal en las posesiones de su esposo en Ulfassa, con la única diferencia de que cultivaba la amistad de los hombres sabios y virtuosos.
Hacia el año 1335, la santa fue llamada a la corte del joven rey Magno II para ser la principal dama de honor de la reina Blanca de Namur. Pronto comprendió Brígida que sus responsabilidades en la corte no se limitaban al estricto cumplimiento de su oficio. Magno era un hombre débil que se dejaba fácilmente arrastrar al vicio; Blanca tenía buena voluntad, pero era irreflexiva y amante del lujo. La santa hizo cuanto pudo por cultivar las cualidades de la reina y por rodear a ambos soberanos de buenas influencias. Pero, como sucede con frecuencia, aunque santa Brígida se ganó el cariño de los reyes, no consiguió mejorar su conducta, pues no la tomaban en serio.
Fue en ese tiempo en el que la santa comenzó a experimentar las visiones que habían de hacerla famosa, las cuales versaban sobre las más diversas materias, desde la necesidad de lavarse, hasta los términos del tratado de paz entre Francia e Inglaterra. “Si el rey de Inglaterra no firma la paz -decía- no tendrá éxito en ninguna de sus empresas y acabará por salir del reino y dejar a sus hijos en la tribulación y la angustia”. Pero tales visiones –concedidas por el cielo-, no solo no eran tenidas en cuenta por los cortesanos suecos, sino que, llevados por su mundanidad y paganismo, hacían burla de las mismas, preguntando con sorna: “¿Qué soñó Doña Brígida anoche?”. Por otra parte, la santa tenía dificultades con su propia familia. Su hija mayor se había casado con un noble muy revoltoso, a quien Brígida llamaba “el Bandolero” y, hacia 1340, murió Gudmaro, su hijo menor. Por esa pérdida la santa hizo una peregrinación al santuario de San Olaf de Noruega, en Trondhjem. A su regreso, fortalecida por las oraciones, intentó hacer volver al buen camino a sus soberanos, pero al no lograrlo, les pidió permiso de ausentarse de la corte e hizo una peregrinación a Compostela con su esposo. A la vuelta del viaje, Ulf cayó gravemente enfermo en Arrás y recibió los últimos sacramentos, ya que la muerte parecía inminente. Pero santa Brígida, que oraba fervorosamente por el restablecimiento de su esposo, tuvo un sueño en el que san Dionisio le reveló que no moriría. A raíz de la curación de Ulf, ambos esposos prometieron consagrarse a Dios en la vida religiosa. Según parece, Ulf murió en 1344 en el monasterio cisterciense de Alvastra, antes de poner por obra su propósito. Santa Brígida se quedó en Alvastra cuatro años dedicada a la penitencia y completamente olvidada del mundo. Desde entonces, abandonó los vestidos preciosos: sólo usaba lino para el velo y vestía una burda túnica ceñida con una cuerda anudada. Las visiones y revelaciones se hicieron tan insistentes, que la santa se alarmó, temiendo ser víctima de las ilusiones del demonio o de su propia imaginación. Pero en una visión que se repitió tres veces, se le ordenó que se pusiese bajo la dirección del maestre Matías, un canónigo muy sabio y experimentado de Linköping, quien le declaró que sus visiones procedían de Dios. Desde entonces y hasta su muerte, santa Brígida comunicó todas sus visiones al prior de Alvastra, llamado Pedro, quien las consignó por escrito en latín.
Ese período culminó con una visión en la que el Señor ordenó a la santa que fuese a la corte para amenazar al rey Magno con el juicio divino; así lo hizo Brígida, sin excluir de las amenazas a la reina y a los nobles. Magno se enmendó algún tiempo y dotó liberalmente el monasterio que la santa había fundado en Vadstena, impulsada por otra visión. En dicho monasterio había sesenta religiosas. En un edificio contiguo habitaban trece sacerdotes (en honor de los doce apóstoles y de San Pablo), cuatro diáconos (que representaban a los doctores de la Iglesia) y ocho hermanos legos. En conjunto había ochenta y cinco personas, que era el número de los discípulos del Señor. Santa Brígida redactó las constituciones; según se dice, se las dictó el Salvador en una visión. Pero ni Bonifacio IX en la bula de canonización, ni Martín V, que ratificó los privilegios de la abadía de Sión y confirmó la canonización, mencionan ese hecho y sólo hablan de la aprobación de la regla por la Santa Sede, sin hacer referencia a ninguna revelación privada. En la fundación de santa Brígida, lo mismo que en la orden de Fontevrault, los hombres estaban sujetos a la abadesa en lo temporal, pero en lo espiritual, las mujeres estaban sujetas al superior de los monjes. La razón de ello es que la orden había sido fundada principalmente para las mujeres y los hombres sólo eran admitidos en ella para asegurar los ministerios espirituales. Los conventos de hombres y mujeres estaban separados por una clausura inviolable; tanto unos como las otras, asistían a los oficios en la misma iglesia, pero las religiosas se hallaban en una galería superior, de suerte que ni siquiera podían verse unos a otros. La orden del Santísimo Salvador, que llegó a tener unos setenta conventos, actualmente es pequeña, pero continúa existiendo en distintas partes del mundo. El monasterio de Vadstena fue el principal centro literario de Suecia en el siglo XV.
A raíz de una visión, santa Brígida escribió una carta muy enérgica a Clemente VI, urgiéndole a partir de Aviñón a Roma y establecer la paz entre Eduardo III de Inglaterra y Felipe IV de Francia. El Papa se negó a partir de Aviñón pero, en cambio envió a Hemming, obispo de Abö, a la corte del rey Felipe, aunque la misión no tuvo éxito. Entre tanto, el rey Magno, que apreciaba más las oraciones que los consejos de santa Brígida, trató de hacerla intervenir en una cruzada contra los paganos letones y estonios. En realidad se trataba de una expedición de pillaje. La santa no se dejó engañar y trató de disuadir al monarca. Con ello, perdió el favor de la corte, pero estaba compensada con el amor del pueblo, por cuyo bienestar se preocupaba sinceramente durante sus múltiples viajes por Suecia. Había todavía en el país muchos paganos, y santa Brígida ilustraba con milagros la predicación de sus capellanes.
En 1349, a pesar de que la “muerte negra” hacía estragos en toda Europa, Brígida decidió ir a Roma con motivo del jubileo de 1350. Acompañada de su confesor, Pedro de Skeninge, y otros personajes, se embarcó en Stralsund, en medio de las lágrimas del pueblo, que no había de volver a verla. En efecto, la santa se estableció en Roma, donde se ocupó de los pobres de la ciudad, en espera de la vuelta del Pontífice a la Ciudad Eterna.
Asistía diariamente a misa a las cinco de la mañana; se confesaba todos los días y comulgaba varias veces por semana. El brillo de su virtud contrastaba con la corrupción de costumbres que reinaba entonces en Roma: el robo y la violencia hacían estragos, el vicio era cosa normal, las iglesias estaban en ruinas y lo único que interesaba al pueblo era escapar de sus opresores. La austeridad de la santa, su devoción a los santuarios, su severidad consigo misma y su bondad con el prójimo, su entrega total al cuidado de los pobres y los enfermos le ganaron el cariño de todos aquéllos en quienes todavía quedaba algo de cristianismo. Santa Brígida atendía con particular esmero a sus compatriotas y cada día daba de comer a los peregrinos suecos en su casa, que estaba situada en las cercanías de San Lorenzo in Damaso.
Pero su ministerio apostólico no se reducía a la práctica de las buenas obras ni a exhortar a los pobres y a los humildes. En cierta ocasión, fue al gran monasterio de Farfa para reprender al abad, “un hombre mundano que no se preocupaba absolutamente por las almas”. Hay que decir que, probablemente, la reprensión de la santa no produjo efecto alguno. Más éxito tuvo su celo en la reforma de otro convento de Bolonia. Ahí se hallaba Brígida cuando fue a reunirse con ella su hija, santa Catalina, quien se quedó a su lado y fue su fiel colaboradora hasta el fin de la vida de Brígida. Dos de las iglesias romanas más relacionadas con nuestra santa son la de San Pablo Extramuros y la de San Francisco de Ripa. En la primera se conserva todavía el bellísimo crucifijo, obra de Cavallini, ante el que Brígida acostumbraba orar y que le respondió más de una vez; en la segunda iglesia se le apareció san Francisco y le dijo: “Ven a beber conmigo en mi celda”. La santa interpretó aquellas palabras como una invitación para ir a Asís. Visitó la ciudad y, de ahí partió en peregrinación por los principales santuarios de Italia, durante dos años.
Las profecías y revelaciones de santa Brígida se referían a las cuestiones más candentes de su época. Predijo, por ejemplo, que el papa y el emperador se reunirían amistosamente en Roma al poco tiempo (así lo hicieron el beato Urbano V y Carlos IV, en 1368). La profecía de que los partidos en que estaba dividida la Ciudad Eterna recibirían el castigo que merecían por sus crímenes, disminuyeron un tanto la popularidad de la santa y aun le atrajeron persecuciones. Por otra parte, ni siquiera el Papa escapaba a sus críticas. En una ocasión le llamó “asesino de almas, más injusto que Pilato y más cruel que Judas”. Nada tiene de extraño que Brígida haya sido arrojada de su casa y aun haya tenido que ir, con su hija, a pedir limosna al convento de las Clarisas Pobres. El gozo que experimentó la santa con la llegada de Urbano V a Roma fue de corta duración, pues el Pontífice se retiró poco después a Viterbo, luego a Montesfiascone y aun se rumoró que se disponía a volver a Aviñón. Al regresar de una peregrinación a Amalfi, Brígida tuvo una visión en la que Nuestro Señor la envió a avisar al papa que se acercaba la hora de su muerte, a fin de que diese su aprobación a la regla del convento de Vadstena. Brígida había ya sometido la regla a la aprobación de Urbano V, en Roma, pero el Pontífice no había dado respuesta alguna. Así pues, se dirigió a Montefiascone montada en su mula blanca. Urbano aprobó, en general, la fundación y la regla de santa Brígida, que completó con la regla de san Agustín. Cuatro meses más tarde, murió el Pontífice. Santa Brígida escribió tres veces a su sucesor, Gregorio XI, que estaba en Aviñón, conminándole a trasladarse a Roma. Así lo hizo el Pontífice cuatro años después de la muerte de la santa.
En 1371, a raíz de otra visión, Santa Brígida emprendió una peregrinación a los Santos Lugares, acompañada de su hija Catalina, de sus hijos Carlos y Bingerio, de Alfonso de Vadaterra y otros personajes. Ese fue el último de sus viajes. La expedición comenzó mal, ya que en Nápoles, Carlos se enamoró de la reina Juana I, cuya reputación era muy dudosa. Aunque la esposa de Carlos vivía aún en Suecia y el marido de Juana estaba en España, ésta quería contraer matrimonio con él y la perspectiva no desagradaba a Carlos. Su madre, horrorizada ante tal posibilidad, intensificó sus oraciones. Dios resolvió la dificultad del modo más inesperado y trágico, pues Carlos enfermó de una fiebre maligna y murió dos semanas después en brazos de su madre. Carlos y Catalina eran los hijos predilectos de la santa. Esta prosiguió su viaje a Palestina embargada por la más profunda pena. En Jaffa estuvo a punto de perecer ahogada durante un naufragio. Sin embargo durante la accidentada peregrinación la santa disfrutó de grandes consolaciones espirituales y de visiones sobre la vida del Señor. A su vuelta de Tierra Santa, en el otoño de 1372, se detuvo en Chipre, donde clamó contra la corrupción de la familia real y de los habitantes de Famagusta, quienes se habían burlado de ella cuando se dirigía a Palestina. Después pasó a Nápoles, donde el clero de la ciudad leyó desde el púlpito las profecías de santa Brígida, aunque no produjeron mayor efecto entre el pueblo. La comitiva llegó a Roma en marzo de 1373. Brígida, que estaba enferma desde hacía algún tiempo, empezó a debilitarse rápidamente, y falleció el 23 de julio de ese año, después de recibir los últimos sacramentos de manos de su fiel amigo, Pedro de Alvastra. Tenía entonces setenta y un años. Su cuerpo fue sepultado provisionalmente en la iglesia de San Lorenzo in Panisperna. Cuatro meses después, santa Catalina y Pedro de Alvastra condujeron triunfalmente las reliquias a Vadstena, pasando por Dalmacia, Austria, Polonia y el puerto de Danzig. Santa Brígida, cuyas reliquias reposan todavía en la abadía por ella fundada, fue canonizada en 1391 y es patrona de Suecia y de Europa.
Mensaje de santidad.
Uno de los aspectos más conocidos en la vida de Santa Brígida, es el de las múltiples visiones con que la favoreció el Señor, especialmente las que se refieren a los sufrimientos de la Pasión y a ciertos acontecimientos de su época. Por orden del Concilio de Basilea, el sabio Juan de Torquemada, quien fue más tarde cardenal, examinó el libro de las revelaciones de la santa y declaró que podía ser muy útil para la instrucción de los fieles, aunque esta declaración de Torquemada significa únicamente que la doctrina del libro es ortodoxa y que las revelaciones no carecen de probabilidad histórica. El papa Benedicto XIV, entre otros, se refirió a las revelaciones de santa Brígida en los siguientes términos: “Aunque muchas de esas revelaciones han sido aprobadas, no se les debe el asentimiento de fe divina; el crédito que merecen es puramente humano, sujeto al juicio de la prudencia, que es la que debe dictarnos el grado de probabilidad de que gozan para que creamos píamente en ellas”. Santa Brígida, con gran sencillez de corazón, sometió siempre sus revelaciones al juicio de las autoridades eclesiásticas y, lejos de gloriarse por gozar de gracias tan extraordinarias, que nunca había deseado, las aprovechó como una ocasión para manifestar su obediencia y crecer en amor y humildad. El mensaje de santidad que Santa Brígida de Suecia nos deja es que, si bien sus revelaciones fueron las que la hicieron famosa, lo que la convirtió en santa y la llevó al cielo no fueron ni estas revelaciones ni la fama obtenida por ellas, sino el hecho de vivir de modo heroico las virtudes cristianas, y la garantía de que ello es así, es el haber sido consagrada la santa por el juicio de la Iglesia.
Lo que vale a los ojos de Dios es que el alma, humildemente, se deje iluminar por la gracia divina, a fin de vivir según la voluntad de Dios el espíritu de los misterios de nuestra religión. Es decir, lo que agrada a Dios en un alma, más que las visiones más extraordinarias y el conocimiento de las cosas ocultas –que, por otra parte, es el mismo Dios quien las concede, a quien Él elige-, es la humildad y la sumisión a la gracia. Si alguien posee la inteligencia de un ángel, el don de profecías, de lenguas, y muchos otros dones más, pero no tiene caridad, a los ojos de Dios, es “como un címbalo hueco”.
Forma parte de su mensaje de santidad para nosotros, así como es parte de las virtudes que la santificaron, el hecho de que para la santa la Pasión de Cristo fuera el centro de su vida, de sus afanes, de sus desvelos, de sus fatigas. Como vimos en su biografía, cuando tenía diez años, tuvo un sueño en el que veía a Nuestro Señor crucificado, y con el cual la niña entablaba el siguiente diálogo: “Mira en qué estado estoy, hija mía”, le dijo Jesús. “¿Quién os ha hecho eso, Señor?", preguntó la niña. Y Cristo respondió: “Los que me desprecian y se burlan de mi amor”. Tal como refieren sus biógrafos, desde entonces, “la Pasión del Señor se convirtió en el centro de su vida espiritual”[2]. Que por intercesión de Santa Brígida de Suecia, la Madre de Dios nos obtenga la gracia de que la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo sea plantada en nuestros corazones, y que nuestra vida toda, aun siendo nosotros pecadores como lo somos, participe de la Pasión de Jesús, a fin de que seamos, por la gracia, su imitación viviente.



[1] La biografía más antigua, escrita inmediatamente después de la muerte de santa Brígida por Pedro de Alvastra y Pedro de Skeninge, no fue publicada sino hasta 1871, en la colección Scriptores rerum suecicarum, vol. VI, pte. 2, 185-206. Otras biografías, como la del arzobispo de Upsala, Birgerio, pueden verse en Acta Sanctorum y en las publicaciones de las sociedades suecas. Isak Collijn publicó una edición crítica de los documentos de la canonización, con el título de Acta et Processus canonizationis Beatae Birgittae (1924-1931). Existen numerosas biografías y estudios sobre la santa, particularmente en sueco, sobre todo por lo que se refiere a los personajes que estuvieron relacionados con ella en Suecia y en Roma. Sobre este punto hay que citar la obra de Collijn, Birgittinska Gestalter (1929). La obra de la condesa de Flavigny, Sainte Brigitte de Suéde supone un conocimiento profundo de las fuentes suecas. Es muy difícil demostrar que las Revelaciones no están retocadas por los confesores de Brígida, que las copiaron o las tradujeron al latín. El mejor texto es probablemente el del sueco G. E. Klemming (1857-1874).
Cfr. http://evangeliodeldia.org/main.php?language=SP&module=saintfeast&localdate=20170723&id=12137&fd=0; cfr. Herbert Thurston, SI, Vidas de los santos de A. Butler.
[2] Cfr. ibidem.

viernes, 29 de julio de 2016

Santa Brígida de Suecia


         Santa Brígida de Suecia es una de las más grandes santas de la Iglesia Católica. Nació en 1303 en Upsala, Suecia, en una familia con una larga tradición católica[1]. Sus abuelos y bisabuelos fueron en peregrinación hasta Jerusalén y sus padres se confesaban y comulgaban todos los viernes, y como pertenecían a la familia de los gobernantes de Suecia y tenían muchas posesiones, empleaban sus riquezas en construir iglesias y conventos y en ayudar a cuanto pobre encontraban[2]. De niña su mayor gusto era oír a su madre leer las vidas de los Santos. Cuando apenas tenía seis años ya tuvo su primera revelación. Se le apareció la Santísima Virgen para invitarla a llevar una vida santa, totalmente del agrado de Dios. En adelante las apariciones celestiales serán frecuentísimas en su vida, hasta tal punto que Santa Brígida llegó a creer que se trataba de alucinaciones o imaginaciones. Esto la llevó a consultar con el sacerdote más sabio y famoso de Suecia, y él, después de estudiar detenidamente su caso, le dijo que podía seguir creyendo en esto, pues eran mensajes celestiales[3]. Es decir, no se trataba de invenciones de su mente, sino que eran reales y verdaderas apariciones y manifestaciones celestiales, por parte de Nuestro Señor Jesucristo, la Virgen, y santos y almas del Purgatorio.
Una de estas manifestaciones sucedió precisamente cuando se encontraba rezando con piedad y fervor delante de un crucifijo, que se caracterizaba por la abundancia de sangre en el Cuerpo de Jesús. Santa Brígida le dijo a Nuestro Señor: “¿Quién te puso así?” - y oyó que Cristo le decía: “Los que desprecian mi amor (…) Los que no le dan importancia al amor que yo les he tenido”. Y desde ese día, la santa se propuso hacer que todos los que trataran con ella amaran más a Jesucristo.
Ahora bien, el “desprecio del amor de Jesús” y el “no darle importancia al amor que Jesús nos tuvo” –según las propias palabras de Jesús-, que es lo que causa las heridas de las que sale abundante sangre, no es otra cosa que el pecado, porque el pecado, que es ofensa a Dios, debe ser castigado severamente por la Justicia Divina –“De Dios nadie se burla”- y el hecho de que no recibamos ese castigo luego de cometido el pecado –por el contrario, cuando nos confesamos, recibimos misericordia y perdón en vez del justo castigo- se debe a que Jesús se interpone entre la Divina Justicia y nosotros, cambiando o convirtiendo, esa Justicia, en Misericordia. Es decir, Jesús, en la Pasión y en la Cruz, es el “transductor” -podríamos decir así- que, interponiéndose entre la Justicia de Dios, ofendida por la malicia de nuestros pecados, y nosotros, recibe en su Cuerpo Sacratísimo todo el peso de esa Justicia que castiga el pecado, y nos da a cambio, con su Sangre derramada, el Amor Divino, la Misericordia Divina, el Amor de Dios, el Espíritu Santo. Cada pecado nuestro –el pecado se produce como consecuencia de la ausencia de amor a Dios en el corazón del hombre-, se traduce en un golpe de puño en el Rostro de Jesús, o en la corona de espinas, o en la flagelación, y es así que somos nosotros, con nuestros pecados, los que causamos las heridas de Jesús y el consecuente abundante brotar de su Preciosísima Sangre.
Teniendo en cuenta esta experiencia mística de Santa Brígida, y que no suceden por casualidad, sino que Dios las permite para nuestro provecho, deberíamos preguntarnos: ¿Soy consciente de que son mis pecados personales, los que ponen a Jesús en un estado tan lamentable? ¿Me doy cuenta de que son mis pecados, es decir, mi desprecio y desinterés por el Amor de Dios, los que causan la Pasión, Crucifixión y Muerte de Jesús? Y sabiendo esto, que soy yo quien hace sangrar a Jesús con mis pecados, ¿sigo pecando, sigo sin apreciar la vida de la gracia, sigo sin amar al Amor?



[1] https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Br%C3%ADgida_7_23.htm
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem

jueves, 23 de julio de 2015

Santa Brígida de Suecia



Santa Brígida de Suecia, Patrona de Europa, recibió abundantes locuciones y apariciones de Nuestro Señor Jesucristo, las cuales fueron puestas por escrito por la santa, y compiladas en un libro que se llama: “El Libro de las revelaciones celestiales”.
En el Capítulo 1 de dicho libro, Nuestro Señor se refiere a Santa Brígida como “su elegida y muy querida esposa”, le dice quién Es, le relata su Encarnación, condena la violación profana y el abuso de confianza que hacemos de nuestra fe y bautismo, e invita a su “querida esposa” a que lo ame.
Jesús comienza sus alocuciones a Santa Brígida relatando su origen divino y su Encarnación por obra del Amor de Dios en el seno de María Virgen, comparando su admirable y prodigiosa Encarnación con la de un rayo de sol que atraviesa un cristal -al igual que los Padres de la Iglesia- y relatando además que asume nuestra naturaleza, pero no por eso deja de ser Dios: “Yo soy el Creador del Cielo y de la tierra, uno en divinidad con el Padre y el Espíritu Santo. Yo soy el que habló a los profetas y patriarcas, y a quien ellos esperaban. Para cumplir sus deseos y de acuerdo con mi promesa, tomé carne sin pecado ni concupiscencia, entrando en el cuerpo de la Virgen, como el brillo del sol a través de un clarísimo cristal. Igual que el sol no daña al cristal entrando en él, tampoco se perdió la virginidad de mi Madre cuando tomé la humana naturaleza. Tomé carne pero sin abandonar mi divinidad”[1].
Luego relata de qué manera Él, siendo Dios, se encarnó en la Virgen, y siguió siendo Dios en el seno de María –en la etapa gestacional, desde cigoto, pasando por embrión, hasta el Niño de nueve meses y compara a esta unión de la divinidad con su humanidad, a la unión del fuego con el resplandor: “No fui menos Dios, todo lo gobernaba y abastecía con el Padre y el Espíritu Santo, pese a que, con mi naturaleza humana, estuve en el vientre de la Virgen. Igual que el resplandor nunca se separa el fuego, tampoco mi divinidad se separó de mi humanidad, ni siquiera en la muerte”. Jesús le dice a Santa Brígida que inmediatamente después de la Encarnación, deseó sufrir la Pasión; es decir, adquirió un Cuerpo para que sea sacrificado en la cruz, por nuestra salvación: “Lo siguiente que deseé para mi cuerpo puro y sin mancha fue ser herido desde la planta de mis pies hasta la coronilla de mi cabeza, por los pecados de todos los hombres, y ser colgado en la Cruz”. Y ese mismo Cuerpo, que fue crucificado en el Monte Calvario, se ofrece ahora, por la Santa Misa, en la Eucaristía, para poder Él ser adorado y amado cada día más: “Ahora mi cuerpo se ofrece cada día en el altar, para que las personas puedan amarme más y recordar mis favores con más frecuencia”[2]. Pero luego se queja amargamente no solo por el abandono e indiferencia hacia su Presencia sacramental, que recibe de parte de los cristianos, sino porque estos, despreciándolo en su condición de Rey, que quiere reinar en los corazones de los hombres, han elegido al demonio por su amo y señor: “Ahora, sin embargo, estoy totalmente olvidado, ignorado y despreciado, como un rey desterrado de su reino en cuyo lugar ha sido elegido un perverso ladrón al que se colma de honores. Yo quise que mi reino estuviera dentro del ser humano, y por derecho yo debería ser Rey y Señor de él, dado que Yo lo creé y lo redimí. Ahora, sin embargo, él ha roto y profanado la fe que me prometió en el bautismo. Ha violado y rechazado las leyes que establecí para él. Ama su propia voluntad y despectivamente se niega a escucharme. Encima, exalta al más malvado de los ladrones, el demonio, por encima de mí y en él deposita su fe”[3].
Jesús le dice que no rechazará a quien, arrepentido, se vuelva a su Misericordia, pero quienes persistan en su alejamiento voluntario, les aplicará su Justicia Divina, porque es como Él mismo le dijo a Santa Faustina: “Quien no quiera pasar por mi Misericordia, pasará por mi Justicia” y quienes lo desprecien, se lamentarán de haberlo hecho. Dice así Jesús: “Pese a que ahora soy tan menospreciado, aún soy tan misericordioso que perdonaré los pecados de cualquiera que pida mi misericordia y se humille a sí mismo, y lo liberaré del perverso ladrón. Pero aplicaré mi justicia sobre aquellos que perseveren en menospreciarme, y los que la oigan temblarán, mientras que los que la experimenten dirán: ‘¡Ay de nosotros, que fuimos nacidos o concebidos! ¡Ay, que hemos provocado la ira del Señor de la majestad!’”[4].
Por último, Jesús le habla a Santa Brígida, animándola a que lo ame “más que a cualquier cosa en el mundo”, puesto que Él ha sufrido la Pasión por su amor, y que si esto hace, se gozará y alegrará “por toda la eternidad”: “Pero tú, hija mía, a quien he elegido para mí y con quien hablo en el Espíritu, ¡ámame con todo tu corazón, no como amas a tu hijo o a tu hija o a tus padres sino más que cualquier cosa en el mundo! Yo te creé y no evité que ninguno de mis miembros sufriera por ti. Aún amo tanto a tu alma que, si fuera posible, me dejaría ser de nuevo clavado en la cruz antes que perderte. Imita mi humildad: Yo, que soy el Rey de la gloria y de los ángeles, fui vestido de pobres harapos y estuve desnudo en el pilar mientras mis oídos oían todo tipo de insultos y burlas. Antepón mi voluntad a la tuya porque mi Madre, tu Señora, desde el principio hasta el final, nunca quiso nada más que lo que yo quise. Si haces esto, entonces tu corazón estará con el mío y lo inflamaré con mi amor, de la misma forma que lo árido y seco se inflama fácilmente ante el fuego (...) Si crees en mis palabras y las cumples, ni el gozo ni la alegría te faltarán jamás en toda la eternidad”[5].
Ahora bien, puesto que las palabras dichas a Santa Brígida se aplican a toda alma, debemos tomarlas como dichas también a nosotros; por lo tanto, hagamos el propósito de no solo no dejar a Jesús Eucaristía en el abandono y la indiferencia, sino de adorarlo y amarlo cada vez más en su Presencia Eucarística, para que Él sea el único Rey de nuestros corazones, en el tiempo y en la eternidad.




[1] Cfr. Santa Brígida de Suecia, El Libro de las Revelaciones celestiales, Capítulo 1.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.

martes, 22 de julio de 2014

Santa Brígida de Suecia y las promesas de Jesús y la Virgen para quienes mediten sobre la Pasión


Santa Brígida de Suecia meditaba, con mucha frecuencia, en la Pasión de Jesús y quería saber cuántos eran los latigazos que había recibido en su Pasión. Un día, estando arrodillada en oración, en la Basílica de San Pablo Extramuros, en Roma, en la capilla del Santísimo Sacramento, delante del Crucifijo, Jesús le habló y le dijo lo siguiente: “Recibí en Mi Cuerpo cinco mil cuatrocientos ochenta latigazos. Si queréis honrarlos en verdad, decid 15 veces el Padre Nuestro; también 15 veces el Ave María, con las siguientes oraciones, durante un año completo. Al terminar el año, habréis venerado cada una de Mis Llagas”. Luego, el mismo Jesús en Persona, le dictó las oraciones a Santa Brígida y además le dijo que, quien recitara estas oraciones devotamente cada día por el espacio de un año, se haría merecedor de las siguientes veinte promesas (Jesús las formuló en primera persona)[1]:
1. Cualquiera que recite estas oraciones, obtendrá el grado máximo de perfección.
2. Quince días antes de su muerte, tendrá un conocimiento perfecto de todos sus pecados y una contrición profunda de ellos.
3. Quince días antes de su muerte, le daré mi precioso cuerpo a fin de que escape el hambre eterna; le daré a beber mi preciosa sangre para que no permanezca sediento eternamente.
4. Libraré del purgatorio a 15 almas de su familia.
5. Quince almas de su familia serán confirmadas y preservadas en gracia.
6. Quince pecadores de su familia se convertirán.
7. Haz de saber que cualquiera que haya vivido en estado de pecado mortal por 30 años; pero recita o tiene la intención de recitar estas oraciones devotamente, Yo, el señor, le perdonaré todos sus pecados.
8. Si ha vivido haciendo su propia voluntad durante toda su vida y está para morir al día siguiente, prolongaré su existencia.
9. Obtendrá todo lo que pida a Dios y a la Santísima Virgen.
10. En cualquier parte donde se estén diciendo las oraciones, o donde se digan, Dios estará presenté por su gracia.
11. Todo aquél que enseñe estas oraciones a los demás, ganará incalculables méritos y su gloria será mayor en el cielo.
12. Por cada vez que se recite estas oraciones, se ganarán 100 días de indulgencia.
13. Su alma será liberada de la muerte eterna.
14. Gozará de la promesa de que será contado entre los bienaventurados de cielo.
15. Lo defenderé contra las tentaciones del mal.
16. Preservaré y guardaré sus cinco sentidos.
17. Lo preservaré de una muerte repentina.
18. Yo colocaré mi cruz victoriosa ante él para que venza a los enemigos de su alma.
19. Antes de su muerte vendré con mi amada Madre.
20. Recibiré muy complacido su alma y lo conduciré a los gozos eternos. Y habiéndolo llevado allí, le daré a beber de la fuente de mi divinidad.
         Pero además de estas oraciones y promesas, Santa Brígida recibió otras dos oraciones y promesas, una más proveniente de Jesús, en recuerdo de las veces que derramó su Preciosísima Sangre en su vida terrena, y otra de la Virgen. La de Jesús, debe rezarse durante doce (12) años, y consiste en siete oraciones diarias; la de la Virgen, consiste en la meditación diaria de sus Siete Dolores[2]. Ambas oraciones, también tienen sus respectivas promesas.
         Las promesas de las oraciones a rezar durante doce (12) años son las siguientes[3]:
         1. El alma que las reza no sufrirá ningún Purgatorio.
2. El alma que las reza será aceptada entre los mártires como si hubiera derramado su propia sangre por la fe.
3 El alma que las reza puede (debe) elegir a otros tres a quienes Jesús mantendrá luego en un estado de gracia suficiente para que se santifiquen[4].
4. Ninguna de las cuatro generaciones siguientes al alma que las reza se perderá.
5. El alma que las reza será consciente de su muerte un mes antes de que ocurra.





[1] Esta devoción ha sido declarada buena y recomendada tanto por el Sacro Collegio de Propaganda Fidei, como por el Papa Clemente XII. El Papa Inocencio X confirmó esta revelación como “venida del Señor”. Para quien desee rezarlas, éste es el enlace: http://deangelesysantos.blogspot.com.ar/p/las-quince-oraciones-de-santa-brigida.html
[2] Para quien desee rezar esta devoción, éste es el enlace: http://deangelesysantos.blogspot.com.ar/p/devocion-de-los-siete-dolores-de-maria.html
[3] Estas oraciones, como le han sido dadas por el Señor a Santa Brígida, deben rezarse durante 12 años. En caso que la persona que las rece muera antes que pasen los doce años, el Señor aceptará estas oraciones como si se hubieran rezado en su totalidad. Si se saltase un día o un par de días con justa causa, podrán ser compensadas al final de los 12 años. El enlace, para quien desee rezar estas oraciones, es el siguiente: http://deangelesysantos.blogspot.com.ar/p/las-oraciones-de-santa-brigida-para.html
[4] Escribir los tres nombres (personas vivas) en un papel y guardarlo. Los nombres no se pueden cambiar.

martes, 23 de julio de 2013

Santa Brígida de Suecia y los enemigos de Jesús



En una de sus revelaciones a Santa Brígida, Jesús se queja de sus enemigos. Según su descripción, estos son “como las más salvajes de las bestias”, que “nunca pueden estar satisfechos ni permanecer en calma”, porque solo desean obrar el mal, y solo en el mal encuentran reposo y satisfacción. Jesús le dice también a la santa que el corazón de sus enemigos “está tan vacío de su amor, que el pensamiento de su Pasión nunca entra en ellos”, y que jamás agradecen el sacrificio que Él hizo por ellos. En estas almas, dice Jesús, no puede vivir su Espíritu, porque no sienten el divino amor por Él, y como no sienten amor por Él, experimentan solo deseos de traicionar a otros para conseguir su propio beneficio”. Dice así Jesús: “Mis enemigos son como la más salvaje de las bestias, que nunca pueden estar satisfechos ni permanecer en calma. Su corazón está tan vacío de mi amor que el pensamiento de mi pasión nunca lo penetra. Ni siquiera una sola vez, desde lo más íntimo de su corazón, ha escapado una palabra como ésta: “Señor, tú nos has redimido, ¡alabado seas por tu amarga pasión!” ¿Cómo puede vivir mi Espíritu en personas que no sienten el divino amor por mí, personas que están deseando traicionar a otros por conseguir su propio beneficio?”
Ahora bien, ¿quiénes son estos enemigos?
Ante todo, son aquellos que “no tienen el Amor de Dios” en sus corazones; son aquellos cuyos corazones están por lo tanto llenos de amor a sí mismo, pero como el amor a sí mismo sin el Amor de Dios es un amor impuro y no santo, se trata de un amor egoísta que excluye a Dios del objeto de su amor; por lo tanto, es un amor impuro y egoísta; es un amor-enamoramiento de sí imita al amor-enamoramiento de sí mismo que experimentó el demonio en los cielos, y que fue el motivo de su caída, porque excluye a Dios, que es Amor en sí mismo. En el cielo, el demonio y sus ángeles experimentaron el amor a sí mismos pero excluyendo a Dios; se vieron perfectos y hermosos, pero en vez de atribuir esa perfección y hermosura al Autor y Creador de toda perfección y hermosura, lo excluyeron y se atribuyeron falsamente la condición de ser los creadores del ser, y en esto consistió su mentira, su auto-engaño y su perdición. En la tierra, el hombre que vive sin el Amor de Dios porque no contempla a la Misericordia Divina encarnada, Cristo Jesús, se encierra en sí mismo, se contempla a sí mismo, se enamora de sí mismo, y comete el mismo error de soberbia y vanidad que cometieron en el cielo el demonio y sus ángeles: enamorarse de sí mismos, dejando de lado al Amor de Dios, a Dios, que “es Amor”. Sin el Amor de Dios, el corazón humano se llena de un amor impuro, egoísta, vanidoso y soberbio, el amor de sí mismo. No significa que el hombre no deba amarse a sí mismo; todo lo contrario, está prescripto en el Primer Mandamiento - “Amarás a Dios y al prójimo como a ti mismo”-; lo erróneo es el amor de sí excluyendo al Amor Primero, Dios, sin el cual nada hay puro y santo en el hombre.
Los enemigos de Cristo, entonces, están vacíos de este Amor divino, y llenos de amor impuro y egoísta a sí mismos, tal como lo está el corazán angélico del Príncipe de las tinieblas, y esta es la razón por la cual Jesús dice que “no tienen el Amor de Dios”.
Pero no suceden las cosas por acaso; hay una explicación bien precisa por parte de Jesús, acerca del origen de esta ausencia del Amor divino en los corazones de los hombres malvados, y es el olvido de su Pasión, olvido que los lleva a cometer las más grandes ingratitudes, desprecios e indiferencias hacia su Sacrificio redentor: “Su corazón está tan vacío de mi amor que el pensamiento de mi Pasión nunca lo penetra. Ni siquiera una sola vez, desde lo más íntimo de su corazón, ha escapado una palabra como ésta: “Señor, tú nos has redimido, ¡alabado seas por tu amarga pasión!”. La razón por la cual el corazón del hombre se vacía del Amor a Dios y se llena del amor impuro y egoísta a sí mismo, es el olvido de la Pasión de Jesús: “...el pensamiento de mi Pasión nunca lo penetra”. Y este amor impuro convierte al hombre en un ser ingrato para con su Dios, que ha sacrificado su Vida en la Cruz y ha derramado su Sangre para su salvación: Ni siquiera una sola vez, desde lo más íntimo de su corazón, ha escapado una palabra como ésta: “Señor, tú nos has redimido, ¡alabado seas por tu amarga pasión!”. El olvido de la Pasión de Jesús es la causa de la ausencia del Amor de Dios en el corazón del hombre, en quien no solo no se encuentra el más mínimo rastro del Divino Amor, sino que se expresa con fuerza el anti-amor egoísta que lo colma: ¿Cómo puede vivir mi Espíritu en personas que no sienten el divino amor por mí, personas quere están deseando traicionar a otros por conseguir su propio beneficio?”. La traición es la consecuencia directa de no poseer en sí el Amor de Dios.
Pero no son enemigos de Cristo solo los que obran decididamente el mal, porque si la causa de ser enemigos de Cristo es el olvido de su Pasión, esto quiere decir que se convierten en enemigos de Jesús aquellos que, por tibieza, olvidan la Pasión. Unos, olvidan la Pasión por maldad; otros, por tibieza, por pereza, por indiferencia, por hastío de las cosas de Dios. El tibio, el católico que prefiere un programa de televisión antes que rezar; el que prefiere un partido de fútbol antes que el Rosario; el que elige dormir en vez de acudir a la Santa Misa el Domingo, Día del Señor, ese tal se convierte en enemigo de Dios, porque se olvida de la Pasión de Jesús. O, peor aún, se acuerda de ella, pero solo para rechazarla como pensamiento tedioso y reemplazarlo por otro más “divertido” o “alegre”. ¿No son centenares de miles los niños, jóvenes y adultos, que abandonan en masa las iglesias los domingos, para acudir, también en masa, a conciertos, espectáculos deportivos, mundanos?
Al reflexionar entonces sobre las palabras de Jesús dichas a Santa Brígida, no debemos, por lo tanto, pensar que los “enemigos de Cristo” son solo aquellos que, de modo ostensible y directo, obran el mal: olvidarse de la Pasión y volcarse al mundo, es causa de conversión en enemigos de Jesucristo.
¿De qué manera podemos librarnos de este vacío del corazón, de esta frialdad del alma que lleva a dejar de lado a Jesús y su Pasión? Teniendo presente, continuamente, a lo largo del día, desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, la Pasión de Jesús, y pedirle que se grabe a fuego en nuestros corazones, y de manera tal, que nunca se borre de ellos. La Pasión de Jesús debe estar tan dentro nuestro y debe estar tan identificada con nuestro ser, que si la olvidamos, debe equivaler a olvidarnos de nosotros, de quienes somos y para qué existimos y vivimos en este mundo. Además, el recuerdo de la Pasión debe ser como un avivamiento del fuego de amor que Jesús enciende en nuestros corazones, así como el pasto seco se incendia al contacto con un carbón ardiente: el carbón ardiente es el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús; el pasto seco es nuestro pobre corazón. De esta manera, Jesús sopla sobre nosotros su Espíritu de Amor, que es Fuego de Amor divino, y este Espíritu nos incendia en su Amor, y el Amor a su vez, nos inflama con nuevos ardores de Amor divino, que a su vez atraen más al Espíritu Santo, con lo cual se establece un círculo virtuoso de amor y gratitud, que se eleva desde el fondo del corazón hasta el trono de la majestad divina.
El Amor a Dios, expresado en el agradecimiento por su Pasión de Amor, y encendido cada vez en la Comunión Eucarística, es entonces el “antídoto” para no solo no convertirnos en sus enemigos, sino para ser sus amigos más dilectos y preferidos. Dice así Jesús a Santa Brígida: “Pero tú, hija mía, a quien he elegido para mí y con quien hablo en el Espíritu, ¡ámame con todo tu corazón, no como amas a tu hijo o a tu hija o a tus padres sino más que cualquier cosa en el mundo! Yo te creé y no evité que ninguno de mis miembros sufriera por ti. Aún amo tanto a tu alma que, si fuera posible, me dejaría ser de nuevo clavado en la cruz antes que perderte. Imita mi humildad: Yo, que soy el Rey de la gloria y de los ángeles, fui vestido de pobres harapos y estuve desnudo eel pilar mientras mis oídos oían todo tipo de insultos y burlas. Antepón mi voluntad tu ya porque mi Madre, tu Señora, desde el principio hasta el final, nunca quiso nada más que lo que yo quise. Si haces esto, entonces tu corazón estará con el mío y lo inflamaré con mi amor, de la misma forma que lo árido y seco se inflama fácilmente ante el fuego.
Tu alma estará llena de mí y Yo estaré en ti, todo lo temporal se volverá amargo para ti, y el deseo carnal te será como el veneno. Descansarás en mis divinos brazos, donde no hay deseo carnal sino sólo gozo y deleite espiritual. Ahí, el alma, colmada tanto interior como exteriormente, está llena de gozo, no pensando en nada ni deseando nada más que el gozo que posee. Por ello, ámame sólo a mí y tendrás todo lo que desees en abundancia. ¿No está escrito que el aceite de la vida no faltará hasta el día en que el Señor envíe lluvia sobre la tierra según las palabras del profeta? Yo soy el verdadero profeta. Si crees en mis palabras y las cumples, ni el aceite ni el gozo ni la alegría te faltarán jamás en toda la eternidad”. 

Meditemos en la Pasión de Jesús, día y noche; pidamos que el Espíritu Santo grabe a fuego su Pasión en nuestros corazones, agradezcamos su infinito Amor por nosotros, y así viviremos por anticipado la alegría de la vida eterna en el Reino de los cielos.

lunes, 23 de julio de 2012

Santa Brígida, el fuego del infierno y el fuego del Amor divino


         
 En nuestra época, caracterizada por el relativismo religioso, en donde cada uno quiere creer en lo que mejor le parece, y en donde cada uno se construye su propia religión y su propio sistema de creencias, según mejor le parece, es necesario regresar a las fuentes, es necesario escuchar la voz de aquellos que, desde el más allá, contemplan el rostro de Dios por la eternidad y se alegran en su presencia, es decir, los santos.
Es necesario escuchar su voz, porque hoy se levantan múltiples voces que niegan las realidades ultraterrenas, realidades que se reducen a dos fuegos: el fuego del infierno, para quienes en esta vida, haciendo mal uso de su libertad, prefirieron rechazar los Mandamientos de Dios y seguir en cambio los de Lucifer, y el fuego del Amor divino, que enciende los corazones en un océano infinito de paz, de amor y de alegría, para quienes eligieron el empinado y pedregoso camino de la Cruz.
En una época como la nuestra, dominada por la confusión religiosa, en donde la mayoría de los cristianos, que deberían ser “sal de la tierra y luz del mundo” han apostatado, porque han abandonado voluntariamente las armas espirituales de la oración, de la penitencia, del sacrificio y del ayuno, para pasarse en masa al enemigo, adoptando toda clase de vicios, es necesario entonces, repetimos, escuchar a los santos, como Santa Brígida de Suecia.
Dice así esta santa, comentando la respuesta enojada de un soldado ante la prédica de un sacerdote, en el que hablaba acerca de la severidad del juicio divino[1]: “Predicando el maestro Matías de Suecia, que compuso el prólogo de este libro, un soldado le dijo lleno de furor: ‘Si mi alma no ha de ir al cielo, vaya como los animales a comer tierra y las cortezas de los árboles. Larga demora es aguardar hasta el día del juicio, pues antes de ese juicio ningún alma verá la gloria de Dios’. Al oír esto santa Brígida que se hallaba presente, dio un profundo gemido, diciendo: ‘Oh Señor, Rey de la gloria, sé que sois misericordioso y muy paciente; todos los que callan la verdad y desfiguran la justicia, son alabados en el mundo, mas los que tienen y muestran tu celo, son despreciados. Así, pues, Dios mío, dad a este maestro constancia y fervor para hablar’.
Entonces la Santa en un arrobamiento vio abierto el cielo y el infierno ardiendo, y oyó una voz que le decía: ‘Mira el cielo, mira la gloria de que se hallan revestidas las almas, y di a tu maestro: ‘Lo dice esto Dios tu Criador y Redentor. Predica con confianza, predica continuamente, predica a tiempo o fuera de tiempo, predica que las almas bienaventuradas y que ya han purgado ven la cara de Dios; predica con fervor, pues recibirás la recompensa del hijo que obedece la voz de su padre.

Y si dudas quién soy Yo que te estoy hablando, has de saber que soy el que apartó de ti tus tentaciones”.
Después de oír esto vio otra vez la Santa el infierno, y horrorizada de espanto, oyó una voz que decía: “No temas los espíritus que ves, pues sus manos, que son su poderío, están atadas, y sin permiso mío no pueden hacer más que una brizna de polvo delante de tus pies. ¿Qué piensan los hombres, confiando que no me he de vengar de ellos, Yo, que sujeto a mi voluntad los mismos demonios?”.
Entonces respondió la Santa: 2No os enojéis, Señor, si os hablo. Vos, que sois misericordiosísimo, ¿castigaréis acaso perpetuamente al que perpetuamente no puede pecar? No creen los hombres que semejante proceder corresponde a vuestra divinidad, que en el juzgar manifestáis sobre todo la misericordia, y ni aun los mismos hombres castigan perpetuamente a los que delinquen contra ellos”.
Y dijo el Espíritu: “Yo soy la misma verdad y justicia, que doy a cada cual según sus obras, veo los corazones y las voluntades, y tanto como el cielo dista de la tierra, así distan mis caminos y mis juicios de los consejos y de la inteligencia de los hombres. Por tanto, el que no corrige su mal mientras vive y puede, ¿qué es de extrañar si es castigado cuando no puede? ¿Ni cómo deben permanecer en mi eternidad purísima los que desean vivir eternamente para siempre pecar? Por consiguiente, el que corrige su pecado cuando puede, debe permanecer conmigo por toda la eternidad, porque yo eternamente lo puedo todo, y eternamente vivo”.
         Más allá de esta vida, esperan a todo hombre dos fuegos: el del infierno, y el del Amor divino. Lo que el hombre elija, ya desde esta vida, eso se le dará, pues Dios es profundamente respetuoso de la libertad humana, y da a cada uno lo que cada uno elige: si elige el pecado y la impenitencia, se le da lo que elige, que en la otra vida se llama “infierno”, y si elige la virtud y la gracia, se le da lo que elige, que en la otra vida se llama “Cielo”.
Y además, es infinitamente justo y al mismo tiempo misericordioso, porque sino, no sería Dios.


[1]Cfr. Santa Brígida de Suecia, Profecías y revelaciones, Capítulo 52; http://verdadescristianas.blogcindario.com/2010/05/04487-profecias-y-visiones-de-santa-brigida-de-suecia-sobre-las-revelaciones.html