San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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viernes, 28 de junio de 2019

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús


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Historia del Detente del Sagrado Corazón de Jesús
Supongamos que alguien, luego de escuchar acerca de las apariciones de Jesús como el Sagrado Corazón, quedara tan enamorado de este dulcísimo y suavísimo Corazón, que quisiera llevarlo consigo a todas partes. Supongamos que alguien, luego de conocer que Jesús se apareció como el Sagrado Corazón a Santa Margarita, quedara con el deseo de llevar consigo al Corazón de Jesús, las veinticuatro horas del día para, en tiempos de tribulación, pedir auxilio divino o, en tiempos de consolación, para decirle a este Corazón que lo amamos y que queremos ser suyos. Si existe un alma así, que haya quedado tan enamorada del Sagrado Corazón al punto de no querer separarse de Él ni por un instante en las veinticuatro horas del día, para esa alma ya pensó Dios, en su Sabiduría infinita y eterna, cómo solucionar su deseo: por medio del Detente.
¿Qué es un Detente?[1]
Es, ante todo, un sacramental y una “armadura espiritual” contra los enemigos, sobre todo, los enemigos del alma: el demonio, el pecado y la carne. El Detente o Escudo del Sagrado Corazón de Jesús es un sencillo emblema con la imagen del Sagrado Corazón y la divisa: “¡Detente! El Corazón de Jesús está conmigo. ¡Venga a nosotros el tu reino!”. El Detente surgió por inspiración divina, como un pequeño pero poderoso Escudo que la Divina Providencia colocó a nuestra disposición a fin de protegernos contra los más diversos peligros espirituales que enfrentamos en nuestra vida cotidiana. Para ello, basta llevarlo consigo, no siendo necesario que esté bendito, pues el Papa Pío IX extendió su bendición a todos los Detentes. El Detente entonces es una imagen del Sagrado Corazón de Jesús, al que se lleva consigo las veinticuatro horas del día, para pedirle ayuda en la desolación y para decirle cuánto lo amamos en la consolación.
Origen del Detente del Sagrado Corazón de Jesús
El Detente no surgió por deseo humano, sino por explícito deseo del mismo Sagrado Corazón y esto lo sabemos por los escritos de Santa Margarita María de Alacoque[2]. En efecto, en su carta del día 2 de marzo de 1686, dirigida a su superiora, la Madre Saumaise, transcribe un deseo que le fuera revelado por Nuestro Señor: “(El Sagrado Corazón) desea que encargue una lámina con la imagen de ese Sagrado Corazón, a fin de que los que quieran tributarle particular veneración, puedan tener imágenes en sus casas, y otras pequeñas para llevar consigo”. Estas “láminas pequeñas para llevarlas consigo” son el Detente: como vemos, fue el mismo Jesucristo quien quiso que el Detente fuera un sacramental de la Iglesia Católica. De este modo fue como se originó la costumbre de portar estos pequeños Escudos.  Santa Margarita, devota del Detente, lo llevaba siempre consigo e invitaba a sus novicias a hacer lo mismo. Ella confeccionó muchas de estas imágenes y decía que su uso era muy agradable al Sagrado Corazón.
“El Sagrado Corazón será la salvación del mundo”
“La Iglesia y la sociedad no tienen otra esperanza sino en el Sagrado Corazón de Jesús; es Él que curará todos nuestros males. Predicad y difundid por todas partes la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, ella será la salvación para el mundo”. Esta afirmación del Bienaventurado Papa Pío IX (1846-1878) al padre Julio Chevalier, fundador de los Misioneros del Sagrado Corazón de Jesús, muestra que en esta devoción depositaba el Santo Padre toda su esperanza.
Milagros: curación del cuerpo y protección contra la peste espiritual, el pecado
Con el Detente se produjeron muchos milagros, como la desaparición de una peste en curso en la ciudad francesa de Marsella, en 1720: a la religiosa Venerable Ana Magdalena Rémuzat, Nuestro Señor le hizo saber anticipadamente el daño que causaría una grave epidemia en Marsella, así como el maravilloso auxilio que los marselleses recibirían con la devoción a su Sagrado Corazón. La Madre Rémuzat hizo, con la ayuda de sus hermanas de hábito, millares de estos Escudos del Sagrado Corazón y los repartió por toda la ciudad en donde se propagaba la peste.
La historia registra que, poco después, la epidemia cesó como por milagro. No contagió a muchos de aquellos que llevaban el Escudo, y las personas contagiadas tuvieron un extraordinario auxilio con esta devoción. El Detente, entonces, puede curar las enfermedades del cuerpo, como en este caso, aunque en primer lugar es un remedio contra la enfermedad espiritual que es el pecado.
Su uso por parte de los contra-revolucionarios, cristeros, requetés y cubanos anti-comunistas
En 1789 estalló en Francia, con trágicas consecuencias para el mundo entero, un flagelo muchísimo más terrible que cualquier epidemia: la calamitosa Revolución Francesa, cuyo objetivo explícito es destruir el orden cristiano y construir uno nuevo, basado en una humanidad sin Dios; en una humanidad libre de los Mandamientos Divinos –Libertad-; igual a Dios –Igualdad-, pero sin la gracia, lo cual es imposible; fraterna –Fraternidad-, pero sin la hermandad que da el Amor de Dios, por lo que lo que propone la Revolución Francesa es una utopía. En ese período los verdaderos católicos encontraron amparo en el Sacratísimo Corazón de Jesús, y el Escudo protector fue llevado por muchos sacerdotes, nobles y plebeyos que resistieron a la sanguinaria revolución anticatólica. El simple hecho de llevarlo consigo se transformó en señal distintiva de aquellos que eran contrarios a la Revolución Francesa. Entre las pertenencias de la Reina María Antonieta, guillotinada por el odio revolucionario, fue encontrado un dibujo del Sagrado Corazón, con la llaga, la cruz y la corona de espinas, y la expresión: “¡Sagrado Corazón de Jesús, ten misericordia de nosotros!”.
En la región de Mayenne (oeste de Francia), los Chouans —heroicos resistentes católicos, que enfrentaron con energía y ardor religioso a los impíos revolucionarios franceses de 1789— bordaron en sus trajes y banderas el Escudo del Sagrado Corazón de Jesús; como si fuese un blasón y, al mismo tiempo, una armadura: “blasón” usado para reafirmar su Fe católica; “armadura” para defenderse contra las embestidas adversarias.
También como “armadura espiritual”, este Escudo fue ostentado por muchos otros líderes y héroes católicos que murieron o lucharon en defensa de la Santa Iglesia, como los bravos campesinos seguidores del aguerrido tirolés Andreas Hofer (1767-1810), conocido como “El Chouan del Tirol”. Estos portaban el Detente para protegerse en las luchas contra las tropas napoleónicas que invadieron el Tirol.







A comienzos del siglo XX, el Detente fue usado en México por los Cristeros, que se levantaron en armas contra gobiernos anticristianos opresores de la Iglesia, y en España por los famosos tercios carlistas —los llamados requetés— célebres por su piedad como por su arrojo en el campo de batalla, cuya contribución fue decisiva para el triunfo de la insurgencia anticomunista de 1936-39.
Un hecho histórico semejante ocurrió, en la época actual, en Cuba. Los católicos cubanos que no se dejaron subyugar por el régimen comunista y lo combatieron, tenían especial devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Cuando estando presos eran llevados al “paredón” (donde eran sumariamente fusilados), enfrentaron a los verdugos fidelcastristas gritando “Viva Cristo Rey”.
El Papa Pío IX y el Detente
En 1870, una piadosa romana, deseando saber la opinión del Sumo Pontífice Pío IX acerca del Detente del Sagrado Corazón de Jesús, le presentó uno. Conmovido a la vista de esta señal de salvación, el Papa concedió aprobación definitiva a tal devoción y dijo: “Esto, señora, es una inspiración del Cielo. Sí, del Cielo”. Y, después de un breve silencio añadió: “Voy a bendecir este Corazón, y quiero que todos aquellos que fueren hechos según este modelo reciban esta misma bendición, sin que sea necesario que algún otro sacerdote la renueve. Además, quiero que Satanás de modo alguno pueda causar daño a aquellos que lleven consigo el Escudo, símbolo del Corazón adorable de Jesús”.
Para impulsar la piadosa costumbre de llevar consigo el Detente, el bienaventurado Pío IX concedió en 1872, cien días de indulgencia para todos los que, portando esta insignia, rezasen diariamente un Padrenuestro, una Avemaría y un Gloria.
Después de ello, el Santo Padre compuso esta bella oración: “¡Abridme vuestro Sagrado Corazón oh Jesús! …mostradme sus encantos, unidme a Él para siempre. Que todos los movimientos y latidos de mi corazón, incluso durante el sueño, os sean un testimonio de mi amor y os digan sin cesar: Sí, Señor Jesús, yo Os adoro… aceptad el poco bien que practico… hacedme la merced de reparar el mal cometido… para que os alabe en el tiempo y os bendiga durante toda la eternidad. Amen”.
El Sagrado Corazón de Jesús y
María
San Juan Eudes (1601-1680) —fundador de la Congregación de Jesús y María— de tal modo consideraba una sola las devociones al Sagrado Corazón de Jesús y al Inmaculado Corazón de María, que solía referirse al “Sagrado Corazón de Jesús y María”. Nótese bien, la frase está en singular, como si fuese un solo corazón, para así acentuar la íntima unión de ambas devociones. Dos Corazones inseparables, tan unidos que no se puede pretender considerarlos separadamente. No ama verdaderamente al Sagrado Corazón de Jesús, quien no ama al Inmaculado Corazón de María. Por esta razón es que en el reverso de la Medalla Milagrosa, universalmente conocida, están acuñados los dos corazones: el de Jesús y el de María. El primero rodeado de espinas y el segundo traspasado por una espada.
La devoción al Detente
Es santa, como es santo el culto y el amor a Jesucristo.
Es fructuosa, por las virtudes que ejercita de fe, oración y esperanza en el mismo Jesús, y las grandes gracias y favores que se han obtenido y se pueden confiadamente esperar del culto y uso del Detente.

Llevemos con nosotros al Sagrado Corazón; llevemos el Detente, para pedirle al Sagrado Corazón consuelo en las tribulaciones y para decirle que lo amamos, cuando sea el tiempo de la consolación. Llevemos al Detente mientras vivimos en el tiempo, para el Sagrado Corazón nos lleve, al finalizar nuestra vida terrena, al Reino de los cielos, en su eternidad.



[2] El Sagrado Corazón de Jesús se apareció a una humilde religiosa, Santa Margarita María de Alacoque (1647-1690), del convento de la Visitación de Santa María, en Paray-le-Monial (Borgoña, Francia), el 16 de junio de 1675, mientras ella estaba rezando ante el Santísimo Sacramento.

viernes, 3 de mayo de 2019

El Sagrado Corazón se nos da en la Eucaristía



         En una de las apariciones a Santa Margarita María de Alacquoque –más precisamente, el 27 de diciembre de 1673, día de San Juan el Apóstol, en lo que se conoce como “Primera revelación”[1]-, Jesús, que se le aparecía como el Sagrado Corazón, le pidió su corazón, el corazón de la santa, y lo introdujo en el suyo, devolviéndoselo luego convertido en una llama flameante en forma de corazón. Así lo relata la propia Margarita: “(…) me pidió el corazón, el cual yo le suplicaba tomara y lo cual hizo, poniéndome entonces en el suyo adorable, desde el cual me lo hizo ver como un pequeño átomo que se consumía en el horno encendido del suyo, de donde lo sacó como llama encendida en forma de corazón, poniéndolo a continuación en el lugar de donde lo había tomado”[2].
         Ahora bien, nosotros podemos considerar a Santa Margarita como una santa afortunada, porque Jesús se le aparece como el Sagrado Corazón y además, convierte su corazón humano en un corazón que posee el mismo fuego de Amor que el suyo, ya que se lo devuelve convertido en una llama en forma de corazón. Sin embargo, nosotros podemos decir que no somos menos afortunados que la santa; todavía más, podemos decir que, por la comunión eucarística recibida en la Santa Misa, somos infinitamente más dichosos que la santa. ¿Por qué? Porque en la Santa Misa, Jesús no se nos aparece visiblemente, como a la santa, pero sí se nos aparece invisiblemente, oculto en la apariencia de pan; por otro lado, en vez de pedirnos nuestros corazones para introducirlos en el suyo, como hizo con la santa, Jesús Eucaristía nos dona, por la Eucaristía, su Sagrado Corazón Eucarístico, envuelto en las llamas del Divino Amor, el Espíritu Santo, para convertir a nuestros corazones, por el contacto con este fuego, en otros tantos corazones similares al suyo. Con la Eucaristía sucede como con el fuego y la leña o el pasto seco: cuanto más secos están estos, al contacto con las llamas, se incendian inmediatamente, convirtiéndose en brasas incandescentes y a tal punto que se puede decir que la leña, convertida en brasa y el pasto seco, convertido en llama, son una sola cosa con el fuego. Entonces, cuanto más secos de amor sean nuestros corazones, tanto más arderán en el fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo, cuando entren en contacto con el mismo por medio de la comunión eucarística. Ésta es entonces la razón por la cual nos podemos considerar infinitamente más dichosos que la santa: Jesús no nos pide nuestros corazones, sino que introduce su Sagrado Corazón Eucarístico en nuestros corazones, para convertirlos en corazones semejantes al suyo, que arden en el fuego del Divino Amor.

viernes, 7 de septiembre de 2018

El Sagrado Corazón y las armas para la lucha espiritual



Santa Margarita recibió del Sagrado Corazón tres armas espirituales necesarias en la lucha que debía emprender para lograr la purificación del pecado y la transformación del alma en una imagen viviente del Sagrado Corazón por medio de la gracia.
Estas tres armas espirituales son: conciencia delicada y dolor ante el pecado, por pequeño que sea; la santa obediencia; el amor a la Santa Cruz[1].
Con respecto a la primera arma, Jesús le dijo una vez a Santa Margarita, cuando había cometido una falta: “Sabed que soy un Maestro santo, y enseño la santidad. Soy puro, y no puedo sufrir la más pequeña mancha. Por lo tanto, es preciso que andes en mi presencia con simplicidad de corazón en intención recta y pura. Pues no puedo sufrir el menor desvío, y te daré a conocer que si el exceso de mi amor me ha movido a ser tu Maestro para enseñarte y formarte en mi manera y según mis designios, no puedo soportar las almas tibias y cobardes, y que si soy manso para sufrir tus flaquezas, no seré menos severo y exacto en corregir tus infidelidades”. Es decir, Dios es la Pureza Increada, la Santidad Increada; en Él no hay la más ligerísima mancha de pecado. Cuando el alma está en gracia, Dios inhabita en ella y es por esto que la más pequeña falta, el más ligero desvío, la más pequeña imperfección, contrastan inmediatamente con la pureza divina. Por eso es necesario pedir la gracia del odio contra el pecado.
Con respecto a la segunda arma, la santa obediencia, Jesús le dijo a Santa Margarita: “Te engañas creyendo que puedes agradarme con esa clase de acciones y mortificaciones en las cuales la voluntad propia, hecha ya su elección, más bien que someterse, consigue doblegar la voluntad de las superioras. ¡Oh! yo rechazo todo eso como fruto corrompido por el propio querer, el cual en un alma religiosa me causa horror, y me gustaría más verla gozando de todas sus pequeñas comodidades por obediencia, que martirizándose con austeridades y ayunos por voluntad propia”. Es decir, el orgullo y la soberbia son pasiones que se esconden en el amor propio y es así que una persona orgullosa puede hacer grandes obras, grandes penitencias, grandes mortificaciones, pero serán solo una muestra de su orgullo si es que todo esto lo hace motivado por su orgullo y no por obediencia. Jesús dice que es preferible gozar de las pequeñas comodidades por obediencia, que hacer grandes sacrificios y ayunos por voluntad propia, porque ahí se está dando rienda suelta al propio orgullo y vanidad. Jesús no tolera ni la más mínima señal de incomodidad o repugnancia frente a las órdenes de los superiores, según Santa Margarita. Esta arma es necesaria porque la obediencia ayuda a adquirir la virtud de la humildad que, junto con la caridad, son las virtudes que más asemejan a las almas a los Sagrados Corazones de Jesús y María. Y así confiesa Margarita que para ella lo más doloroso era ver a Jesús incomodado contra ella, aunque fuese ligeramente. Y en comparación a este dolor, nada le parecía los demás dolores, correcciones y mortificaciones y por tanto, acudía inmediatamente a pedir penitencia a su superiora cuando cometía una falta, pues sabía que Jesús solo se contentaba con las penitencias impuestas por la obediencia. Más vale hacer una pequeña obra por obediencia, que una gran obra por orgullo propio: el orgullo es el pecado capital de Satanás y quien peca de orgullo desobedeciendo a sus legítimos superiores –por ejemplo, los hijos a padres, los pastores a sus obispos, los religiosos a sus superiores, los laicos a los párrocos-, participa del pecado de orgullo de Satanás-.
         Con respecto a la tercera arma, el amor a la Santa Cruz, le dijo así Jesús a Santa Margarita, mostrándole una gran cruz toda cubierta de flores: “He ahí el lecho de mis castas esposas, donde te haré gustar las delicias de mi amor; poco a poco irán cayendo esas flores, y solo te quedarán las espinas, ocultas ahora a causa de tu flaqueza, las cuales te harán sentir tan vivamente sus punzadas, que tendrás necesidad de toda la fuerza de mi amor para soportar el sufrimiento”. Pretender vivir esta vida sin la cruz, es como pretender vivir sin oxígeno. Ahora bien, el sufrimiento de la cruz no solo no debe ser rechazado, sino que debe ser ofrecido a Jesús con todo el amor del que se es capaz. Aún más, no basta con amar la cruz con nuestro amor humano: es necesario abrazar la cruz y amar la cruz con el amor mismo de Jesucristo y esto sólo se logra si se participa de su Pasión por la fe, el amor y la gracia. Además de mostrarle la cruz, Jesús le comunicó una parte de sus terribles angustias en Getsemaní, puesto que quería hacer de Santa Margarita una víctima inmolada por el Amor. Lejos de quejarse por estos padecimientos, la santa le dijo a Jesús: “Nada quiero sino tu Amor y tu Cruz, y esto me basta para ser Buena Religiosa, que es lo que deseo”.

A través de estas tres armas espirituales, el Sagrado Corazón quería no solo desapegarla de sus pasiones y de las cosas terrenas, sino conformar cada vez más el corazón de Margarita al suyo, preparándola así para la vida eterna. Cada cristiano, cuando le sobrevengan humillaciones y desprecios, debe estar convencido de que esto lo quiere el Sagrado Corazón para que nos desapeguemos de nosotros mismos y de esta tierra, que es pasajera y así nos preparemos cada vez más y mejor para ingresar en la vida eterna.


viernes, 4 de mayo de 2018

El Sagrado Corazón y las comuniones sacrílegas



         Muchas veces pensamos que nuestras comuniones son algo común, intrascendente, a juzgar por la manera indiferente y la falta de preparación interior -actos de fe, de amor y adoración- con la cual comulgamos. Pensamos que basta con levantarnos del asiento y acercarnos a comulgar, para luego volver a nuestro lugar y esperar el fin de la Santa Misa. Pensamos que no importa lo que pensemos en el momento de la comunión, que casi nunca es, paradójicamente, pensar en la comunión, sino en los asuntos más banales e intrascendentes. Pensamos que no importan nuestros pensamientos, ni lo que hayamos hecho más o menos recientemente, ni el estado en el que está nuestra alma al momento de comulgar. Creemos que la comunión pasa desapercibida, como pasa desapercibido quien en la multitud come un poco de pan a escondidas. Y sin embargo, Jesús en la Eucaristía tiene ante sí nuestros pensamientos más ocultos y nuestros deseos más ocultos, sobre todo en el momento de la comunión. Y se queja de nosotros, los cristianos católicos, que deberíamos comulgar y llorar de alegría en cada comunión, si al menos no exteriormente, por lo menos sí interiormente. Jesús le dice así a Santa Gemma Galgani, refiriéndose a las comuniones –en donde recibimos al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús- de los cristianos: “Nadie se cuida ya de Mi amor; Mi corazón está olvidado, como si nada hubiese hecho por su amor, como si nada hubiera padecido por ellos, como si de todos fuera desconocido. Mi corazón está siempre triste. Solo Me hallo casi siempre en las iglesias, y si muchos se reúnen, lo hacen con motivos bien distintos de los que Yo quisiera; y así tengo que sufrir viendo a mi Iglesia convertida en teatro de diversiones; veo que muchos, con semblante hipócrita, me traicionan con comuniones sacrílegas”[1].
         Si nos parecen duras las palabras del Señor, es porque más duros son nuestros corazones en el momento de comulgar.

viernes, 6 de abril de 2018

El Sagrado Corazón quedó lleno de amargura desde el momento mismo de la Encarnación



         Muchos pueden pensar, al contemplar al Sagrado Corazón rodeado de espinas, con una cruz en su base y con su costado lacerado por la lanza, que las amarguras y dolores causados en su Pasión por la malicia de los hombres comenzaron, precisamente, en la Pasión. Muchos, al ver al Jesús adulto siendo flagelado, coronado de espinas, crucificado, pueden ser llevados a pensar que Jesús sufrió su Pasión en su juventud y en su edad adulta. Por lo tanto, su niñez, incluida su Encarnación, habrían quedado libres de estos dolores y angustias, habiéndose desarrollado según los estándares de los niños de Palestina de esa época.
         Sin embargo, no es eso lo que nos enseña la Iglesia y lo que Jesús mismo le revela a Santa Margarita. Dos o tres meses después de la Primera Aparición se produjo la Segunda Aparición, relatada así por Santa Margarita: “El divino Corazón se me presentó en un trono de llamas, más brillante que el sol, y  transparente como el cristal, con la llaga adorable, rodeado de una corona de espinas y significando las punzadas producidas por nuestros pecados, y una cruz en la parte superior (...) la cual significaba que, desde los primeros instantes de su Encarnación, es decir, desde que se formó el Sagrado Corazón, quedó plantado en el la cruz, quedando lleno, desde el primer momento, de todas las amarguras que debían producirle las humillaciones, la pobreza, el dolor, y el menosprecio que su Sagrada Humanidad iba a sufrir durante todo el curso de su vida y en Su Santa Pasión”.
         Jesús le revela entonces, a Santa Margarita, que el dolor de la Pasión comenzó no en su juventud ni en su edad adulta, sino desde el momento mismo de la Encarnación. Recordemos que en el caso de Jesús, los cromosomas masculinos correspondientes al padre, al no haber contacto con varón alguno, fueron creados en el momento mismo de la Encarnación y que este hecho significa que, como todo hombre, Jesús ya tenía un cuerpo y un alma en el momento mismo de ser un cigoto, es decir, una sola célula. Jesús ya era el Hombre-Dios, aun cuando su Cuerpo humano estuviese formado, en la Encarnación, por una sola célula, el cigoto.
         Es desde es mismo instante de la Encarnación que Jesús comienza a sufrir su Pasión: de manera mística, espiritual, moral, pero no menos real y verdadera. Su Corazón, contenido en los genes del núcleo celular del cigoto, comenzó ya a sufrir en la concepción y continuó, por supuesto, sufriendo, hasta el día de su muerte en la Cruz. Lo que hace Jesús al mostrar su Corazón envuelto en llamas –las llamas del Amor de Dios, el Espíritu Santo; las espinas, la cruz y el Costado traspasado- es solamente graficar, en su Corazón ya perteneciente a un hombre adulto, aquello que Él comenzó a sufrir desde la Encarnación.
         Y todo este sufrimiento no es para que se desarrolle en la Iglesia una devoción sentimentalista, destinada a señoras jubiladas que porque nada tienen que hacer en sus hogares, se inscriben en la Cofradía del Sagrado Corazón: la devoción al Sagrado Corazón está íntima y estrechamente relacionada con la salvación de la eterna condenación en el Infierno y la eterna salvación en el Cielo. A tal punto, que se puede decir que quien desprecia las Llamas del Divino Amor que envuelven al Corazón de Jesús, será envuelto y quemado sin piedad, en el cuerpo y en el alma, por toda la eternidad, en el Infierno. Y la razón es que, en la devoción al Sagrado Corazón, están contenidas las gracias más que suficientes y necesarias para la eterna salvación y para evitar la eterna condenación en el Infierno. Dice así Santa Margarita: “Me hizo ver que el ardiente deseo que tenía de ser amado por los hombres y apartarlos del camino de la perdición, en el que los precipita Satanás en gran número, le había hecho formar el designio de manifestar su Corazón a los hombres, con todos los tesoros de amor, de misericordia, de gracias, de santificación, y de salvación que contiene, a fin de que cuantos quieran rendirle y procurarle todo el amor, el honor y la gloria que puedan, queden enriquecidos abundante y profusamente con los divinos tesoros del Corazón de Dios, cuya fuente es, al que se ha de honrar bajo la figura de su Corazón de carne, cuya imagen quería ver expuesta y llevada por mi sobre el corazón, para grabar en él su amor y llenarlo de los dones de que está repleto, y para destruir en él todos los movimientos desordenados. Que esparciría sus gracias y bendiciones por dondequiera que estuviere expuesta su santa imagen para tributarle honores, y que tal bendición sería como un último esfuerzo de su amor, deseoso de favorecer a los hombres en estos últimos siglos de la Redención amorosa, a fin de apartarlos del imperio de Satanás, al que pretende arruinar, para ponernos en la dulce libertad del imperio de su amor, que quiere restablecer en el corazón de todos los que se decidan a abrazar esta devoción”.
“Apartarlos del camino de la perdición, en el que los precipita Satanás en gran número (es decir, el Infierno); destruir en él todos los movimientos desordenados (los movimientos desordenados son los pecados que, si son mortales y no se confiesan, conducen al Infierno); apartarlos del imperio de Satanás (el Príncipe del Infierno)”. Es para esto para lo que Jesús nos revela su Sagrado Corazón; es para esto que comenzó a sufrir su Pasión desde la Encarnación; es para esto que nos entrega su Sagrado Corazón Eucarístico en cada comunión eucarística -la Eucaristía es la continuación y prolongación del Sagrado Corazón, porque en la Eucaristía el Sagrado Corazón está vivo y palpitante, lleno de la gloria y del Amor de Dios-. Es para esto que Jesús se revela como el Sagrado Corazón y es para esto que debemos ser sus amantes devotos: para librarnos de Satanás; para librarnos de la eterna condenación en el Infierno; para librarnos de los movimientos desordenados de nuestros corazones que nos conducen al pecado y al Infierno, todo lo cual nada tiene que ver con una devoción sensiblera, como erróneamente afirman muchos que desconocen al Sagrado Corazón.


viernes, 23 de junio de 2017

El Sagrado Corazón se nos dona en cada Eucaristía


         En una de las apariciones, y para demostrarle a Santa Margarita cuánto la amaba, Jesús le pidió a Santa Margarita su corazón y, tomándolo con sus manos, lo introdujo en su pecho, para sacarlo luego convertido, a este corazón de carne, en un corazón de fuego. ¿Qué era lo que había sucedido? Lo que había sucedido era que el corazón de Santa Margarita, al contacto con el Fuego del Divino Amor que ardía en el Sagrado Corazón de Jesús, se había convertido en una imagen viviente de ese Corazón, al encenderse con el fuego del Espíritu Santo.
Cuando se medita acerca de las apariciones del Sagrado Corazón a Santa Margarita María Alacquoque, no puede dejar de considerarse el extraordinario don y la inmensidad de gracias que significaron, para Margarita y para la Iglesia toda, estas apariciones y, de modo particular, el hecho de que Jesús tome el corazón de la santa, lo introduzca en su pecho y se lo devuelva convertido en un corazón encendido en el Fuego del Divino Amor. Podemos decir que es el cumplimiento cabal de las palabras de Jesús: “He venido a traer fuego a la tierra, ¡y cómo quisiera verlo ya encendido!” (Lc 12 49). El Fuego que arde en el Corazón de Jesús, sin consumirlo –como la zarza ardiente-, es el fuego que Jesús ha venido a traer a la tierra, y Él desea verlo ardiendo en nuestros corazones. Al obrar de esta manera con Santa Margarita, Jesús le demuestra que el amor por ella, en persona, no tiene límites, porque no solo se le aparece visiblemente, la elige para que sea la difusora de la nueva devoción, sino que convierte su corazón de carne, en un corazón que arde en el Fuego del Amor de Dios.

Sin embargo, para con nosotros, y aunque nos parezca difícil admitirlo, porque no poseemos el grado de santidad de Santa Margarita, Jesús nos demuestra un amor infinitamente más grande que el demostrado a Santa Margarita en la aparición. ¿Por qué? Porque en cada Santa Misa, no nos pide nuestro corazón de carne, para devolverlo convertido en una llama viva, luego de ser introducido en su Corazón que arde en el Fuego del Amor de Dios; mucho más que eso, nos da todo su Corazón, que arde sin consumirse en las llamas del Espíritu Santo, en cada Eucaristía, para que recibiéndolo nosotros en nuestra humilde morada terrena, nuestros corazones, al contacto con las llamas de este Amor Divino, se conviertan, de oscuros, negros y fríos como el carbón, en brasas ardientes y luminosas, que irradien al mundo el calor del Divino Amor. En cada Santa Misa, Jesús nos dona su Sagrado Corazón Eucarístico, envuelto en las llamas del Divino Amor, para que a su contacto, nuestros corazones se prendan fuego y se conviertan en el mismo fuego, así como le sucede al hierro que, cuando toma contacto con el fuego, al volverse incandescente, se convierte en el mismo fuego. En la Eucaristía arde, sin consumirla, el Fuego del Corazón de Dios, que Jesús trae en cada Santa Misa y quiere ya verlo ardiendo. Si después de comulgar, nuestros corazones permanecen fríos y oscuros, como el hierro o el carbón, y continuamos con rencores, venganzas, mentiras y malicias de todo tipo, el don del Sagrado Corazón fue en vano. No desaprovechemos la Comunión Eucarística, el don del Sagrado Corazón Eucarístico que Jesús nos hace en cada Eucaristía.

miércoles, 31 de mayo de 2017

Las llamas de fuego que envuelven al Sagrado Corazón


         En las apariciones del Sagrado Corazón, Jesús le muestra a Santa Margarita su Corazón, el cual, además de estar rodeado de espinas, tener una cruz en la base y estar traspasado, está envuelto en llamas de fuego.
         ¿Qué significan estas llamas de fuego? Ante todo, es un fuego que arde pero no consume, lo cual hace recordar al episodio de la zarza ardiente (cfr. Éx 3, 2), en donde el fuego también arde, pero no reduce a la zarza a cenizas, sino que está en ella, sin dañarla. Podemos decir entonces que la zarza ardiente es como una prefiguración del Corazón de Jesús, envuelto en llamas. Pero todavía no hemos respondido la pregunta: ¿qué significan estas llamas de fuego? Significan al Espíritu Santo, pero el Espíritu Santo no está en el Corazón de Jesús como algo añadido, sino como algo que le pertenece intrínseca y esencialmente. Es decir, el Espíritu Santo, el Fuego del Divino Amor, no está en el corazón de Jesús como algo agregado, como lo puede estar en los corazones de los santos y de los ángeles: puesto que Jesús es Dios Hijo, Él espira el Espíritu Santo, con el Padre, desde la eternidad, de manera que al encarnarse, el Espíritu Santo es soplado por Él y por el Padre en su Cuerpo –constituido por una célula llamada “cigoto”, cuyos genes paternos han sido creados al momento de la Encarnación y no donados por hombre alguno-, lo cual constituye la unción que Jesús recibe en el momento de la Encarnación en su Cuerpo. Dicho de otro modo, en el momento mismo de encarnarse, el Cuerpo de Jesús es ungido por el Espíritu Santo, porque Él lo infunde con el Padre y por eso se constituye en el Mesías, el Ungido por el Espíritu de Dios. Y ese mismo Espíritu es el que, al formarse ya el Corazón de Jesús en el seno virgen de María, arde en el fuego del Amor de Dios, porque el Amor de Dios, el Espíritu Santo, está en Él, en su Cuerpo humano, desde la Encarnación, porque Él es el Dador del Espíritu junto al Padre desde la eternidad.
         Esto es entonces lo que significan las llamas del Sagrado Corazón: es el Fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo que el Padre dona al Hijo y el Hijo al Padre, desde toda la eternidad.

Ahora bien, en la Eucaristía está el mismo Corazón ardiente de Jesús, que arde como una brasa incandescente por la acción del Fuego del Amor de Dios, el Espíritu Santo. Así como el fuego penetra el carbón a tal punto de convertirlo en parte de sí mismo, puesto que el carbón y el fuego se convierten en una misma cosa, al ser el carbón, por la acción del fuego, una brasa incandescente, así también el Corazón Eucarístico de Jesús, envuelto en las llamas del Divino Amor, es una sola cosa con este Divino Amor, de manera que el Amor de Dios, el Espíritu Santo, es inseparable del Corazón de Jesús. Por esta razón, quien comulga la Eucaristía, comulga al Corazón de Jesús envuelto en el Fuego del Amor de Dios, el Espíritu Santo, y el deseo de Jesús es que estas llamas que envuelven su Sagrado Corazón, enciendan en el Amor de Dios a los corazones de los que comulgan, según sus palabras: “He venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo quisiera verlo ya ardiendo!” (Lc 12, 49).

viernes, 5 de mayo de 2017

El Sagrado Corazón se queja por nuestros abandonos


         Uno de los elementos más llamativos en las apariciones del Sagrado Corazón, es la insistente y amarga queja de Jesús por el abandono sufrido por Él en el Huerto, por parte de los discípulos, pero también por el abandono que experimenta, a lo largo de los siglos, por parte de sus otros discípulos, entre ellos, nosotros. Para saber cuál es la razón de estas quejas, reflexionemos acerca de la Segunda Aparición[1], tal como la relata Santa Margarita: “El divino Corazón se me presentó en un trono de llamas, más brillante que el sol, y  transparente como el cristal, con la llaga adorable, rodeado de una corona de espinas y significando las punzadas producidas por nuestros pecados, y una cruz en la parte superior, la cual significaba que, desde los primeros instantes de su Encarnación, es decir, desde que se formó el Sagrado Corazón, quedó plantado en Él la cruz, quedando lleno, desde el primer momento, de todas las amarguras que debían producirle las humillaciones, la pobreza, el dolor, y el menosprecio que su Sagrada Humanidad iba a sufrir durante todo el curso de su vida y en Su Santa Pasión”[2].        
         Para entender mejor estas quejas de Jesús, debemos profundizar la reflexión en la Encarnación del Verbo y en nuestro bautismo: en uno y otro, el Verbo de Dios se une a la humanidad –de modo genérico en la Encarnación y de modo personal en el bautismo- con la fuerza del Amor de Dios, un amor que se compara al amor esponsal, por la intensidad y por la pureza de este amor. El Verbo de Dios se une, en la Encarnación, a la humanidad, y lo hace de manera tal que esa naturaleza humana a la que se une –alma y cuerpo- en el seno virgen de María, queda unida a su Persona Divina, de manera tal que todo lo que pertenece a esta humanidad, de la cual el corazón es el órgano más noble, porque sin éste no puede subsistir, es propiedad personal del Verbo de Dios y de tal manera, que es el Verbo mismo. A partir de la Encarnación, el Corazón –el Cuerpo y el Alma humanos- de Jesús de Nazareth, serán el Corazón, el Cuerpo y el Alma del Verbo de Dios. La unión es en el Amor, pero no en el amor humano, que es débil, sino con el Amor Divino, esto es, por medio del Espíritu Santo, y de ahí que se compare con la unión esponsal, por la pureza de ese amor y también por la pertenencia mutua, del Verbo a la humanidad y de la humanidad al Verbo.     Lo mismo se dice de cada persona en particular, cuando se lleva a cabo el sacramento del Bautismo: el Verbo se une a esa alma de modo indisoluble, con la fuerza divina del Amor de Dios, y con un amor de tipo esponsal, esto es, único, indisoluble, personal. Por el bautismo, el Verbo de Dios Encarnado, el Sagrado Corazón, se une al alma en el Espíritu de Dios, en el Amor de Dios, así como los esposos se unen entre sí, no por el amor carnal, sino por el amor espiritual que cada uno experimenta por el otro.
         Entonces, tanto por la Encarnación, como por el bautismo que todos y cada uno de nosotros, los católicos, hemos recibido, el Verbo de Dios Encarnado, que se le apareció a Santa Margarita como el Sagrado Corazón, se unió a nosotros con amor esponsal, con todas las características de este amor esponsal. De parte de Dios Hijo, la fidelidad a esta unión es absoluta; sin embargo, de parte nuestra, toda vez que elegimos el pecado en vez de la gracia, traicionamos a ese Amor esponsal con el cual estamos unidos al Verbo de Dios. Ésta es la razón última de la amarga queja del Sagrado Corazón cuando les reprocha a sus discípulos, en el Huerto, que no han podido velar una hora con Él, porque el desamor, la frialdad y la indiferencia, han sido más fuertes que el amor hacia Él, y es la razón por la cual el Sagrado Corazón se queja de todos y cada uno de nosotros, los cristianos cuando, siguiendo los pasos de los discípulos en el Huerto, esto es, la frialdad, el desamor y la indiferencia hacia Él, traicionamos su Amor esponsal al elegir el pecado en vez de a Él, que es la Gracia Increada.

viernes, 18 de noviembre de 2016

Santa Gertrudis y el amor del Sagrado Corazón


Santa Gertrudis, la Grande.

         Nacida el 6 de enero de 1256 en Eisleben (Turingia), tuvo el privilegio de experimentar, místicamente, el amor inefable del Sagrado Corazón de Jesús, mucho antes de que Nuestro Señor se apareciera a Santa Margarita María. Se cuenta incluso que, en dos visiones diferentes, tuvo las más hermosas experiencias que un alma puede tener en esta vida: reclinó la cabeza sobre el pecho del Señor y oyó los dulces latidos de su Corazón[1], lo cual hace recordar al episodio de San Juan Evangelista en la Última Cena, quien precisamente tuvo el mismo privilegio.
Precisamente, era con San Juan Evangelista con quien la Santa mantenía frecuentes diálogos místicos; en uno de ellos, Santa Gertrudis le preguntó a San Juan Evangelista la razón por la cual, habiendo él reposado su cabeza en el pecho de Jesús durante la Última Cena, no había escrito nada para nuestro conocimiento y provecho, acerca de las profundidades y movimientos del Sagrado Corazón de Jesús. San Juan le respondió: “Mi ministerio en ese tiempo en que la Iglesia se formaba consistía en hablar únicamente sobre la Palabra del Verbo Encarnado… Pero en los últimos tiempos, les está reservado [a los hombres de los Últimos Tiempos, N. del R.] la gracia de oír la voz elocuente del Corazón de Jesús. A esta voz, el mundo, debilitado en el amor a Dios, se renovará, se levantará de su letargo y una vez más, será inflamado en la llama del amor divino”.
Y nada más desea Jesús, en este mundo, que lo amemos con todas las fueras de las que seamos capaces. Una vez le dijo Jesús a Santa Gertrudis: “Nada me da tanta delicia como el corazón del hombre, del cual muchas veces soy privado. Yo tengo todas las cosas en abundancia, sin embargo, ¡cuánto se me priva del amor del corazón del hombre!”[2].
Nosotros tenemos el privilegio inmerecido e insospechado de, más que reclinar nuestras cabezas en el pecho del Salvador, tal como lo hicieron San Juan Evangelista y Santa Gertrudis, de poseer a ese mismo Corazón, tal como está ahora en el cielo, vivo y glorioso, lleno del Amor de Dios, cada vez que comulgamos la Eucaristía. Es decir, más que reposar nosotros en el pecho del Salvador, es el Salvador mismo, Presente en la Eucaristía, Quien quiere reposar en nuestros corazones, para escuchar los latidos de amor de nuestros corazones. ¿Y vamos a privar al Sagrado Corazón de su más grande contento?





[1] http://www.corazones.org/santos/gertrudis_grande.htm
[2] Cfr. ibidem.

viernes, 7 de octubre de 2016

El Sagrado Corazón se nos entrega en la Eucaristía


         En una de sus apariciones, Jesús le pidió a Santa Margarita su corazón; la santa se lo entregó y Jesús, luego de colocarlo en su pecho, lo sacó de allí convertido en una llama de fuego. Así lo relata Santa Margarita: “Me pidió el corazón, el cual yo le suplicaba tomara y lo cual hizo, poniéndome entonces en el suyo adorable, desde el cual me lo hizo ver como un pequeño átomo que se consumía en el horno encendido del suyo, de donde lo sacó como llama encendida en forma de corazón, poniéndolo a continuación en el lugar de donde lo había tomado, diciéndome al propio tiempo: “He ahí, mi bien amada, una preciosa prenda de mi amor, que encierra en tu costado una chispa de sus más vivas llamas, para que te sirva de corazón y te consumas hasta el último instante y cuyo ardor no se extinguirá ni enfriará”[1]. Jesús le concede una gracia extraordinaria a Santa Margarita, porque transforma su corazón –“pequeño como un átomo”, tal como lo describe ella misma-, humano, en una “llama encendida en forma de corazón”, es decir, ese mismo corazón humano de Santa Margarita, pero formado por una “chispa” de sus “más vivas llamas”, la cual habría de funcionar como corazón: “para que te sirva de corazón”, de modo de poder así amar a Jesús con un amor inextinguible: “cuyo ardor nunca se extinguirá”.
         Si esto se puede considerar –y lo es- como una gracia especialísima, concedida por Jesús a quienes más ama, sin embargo, con todo, es una gracia ínfima, en comparación con el don que Jesús nos hace a cada uno de nosotros, en cada comunión eucarística, porque en la comunión, más que convertir nuestros pobres corazones en “llamas” de su Amor, nos da ese “horno encendido” que es el suyo; es decir, en vez de tomar nuestros corazones e introducirlos en el suyo, para devolvérnoslos convertidos en llamas de Amor, nos da en cada Eucaristía su propio Corazón, la totalidad de su Sagrado Corazón Eucarístico, envuelto en las llamas del Divino Amor, para encender nuestros corazones en el Amor de Dios, para que nuestros pobres corazones se fundan -así como el hierro se funde por el fuego y se convierte en el mismo fuego, cuando se pone incandescente-, en su Sagrado Corazón, que arde con las llamas del Amor Divino.
         Vivimos tan lejos del Amor de Dios, que este don suyo de su Sagrado Corazón Eucarístico, en cada comunión eucarística, o nos pasa desapercibido, o nos tiene sin cuidado.




[1] http://www.corazones.org/santos/margarita_maria_alacoque.htm

viernes, 2 de septiembre de 2016

Presencia de Dios, obediencia y amor a la Santa Cruz, los consejos del Sagrado Corazón para ser santos


Santa Margarita recibió de Jesús tres armas espirituales necesarias en la lucha que debía emprender para lograr la purificación y transformación, es decir, para llegar a la santidad: presencia de Dios, obediencia a los superiores, amor a la Santa Cruz[1].
Con respecto a la presencia de Dios, Jesús le dijo así a Margarita, luego de que esta había cometido una falta: “Sabed que soy un Maestro santo, y enseño la santidad. Soy puro, y no puedo sufrir la más pequeña mancha. Por lo tanto, es preciso que andes en mi presencia con simplicidad de corazón en intención recta y pura. Pues no puedo sufrir el menor desvío, y te daré a conocer que si el exceso de mi amor me ha movido a ser tu Maestro para enseñarte y formarte en mi manera y según mis designios, no puedo soportar las almas tibias y cobardes, y que si soy manso para sufrir tus flaquezas, no seré menos severo y exacto en corregir tus infidelidades”. Esto significa que el alma, aun en esta tierra, está ante la Presencia de Dios, así como los ángeles y los santos están ante la Presencia de Dios en el cielo, y puesto que Dios es un Ser Perfectísimo y Purísimo, cuya bondad y santidad son infinitas, cuando el alma que camina en su Presencia comete una falta, por pequeña que sea, esta es notada al instante y no pasa desapercibida, así como no pasa desapercibida una gota de tinta negra vertida en una piscina de agua cristalina. La malicia del pecado, aun el venial, destaca con toda fuerza, frente a la bondad y santidad sin manchas del Ser perfectísimo del Sagrado Corazón. Luego de ser corregida por Jesús, Santa Margarita afirmaba que nada le era más doloroso que ver a Jesús incomodado contra ella, aunque fuese por algo muy leve y que en comparación a este dolor, nada le parecía los demás dolores, correcciones y mortificaciones; lo que hacía en ese momento era acudir inmediatamente a pedir penitencia a su superiora cuando cometía una falta, pues sabía que Jesús solo se contentaba con las penitencias impuestas por la obediencia.
La segunda arma espiritual que le dio Jesús, es la santa obediencia, y en esto dice Santa Margarita, que Jesús se mostraba muy severo, puesto que la reprendía severamente ante las más pequeñas faltas contra la obediencia, como por ejemplo, un gesto de incomodidad o de disgusto frente a lo que se le mandaba. Dice Santa Margarita que a Jesús le era insoportable esto en un alma religiosa. Una vez corrigiéndola le decía: “Te engañas creyendo que puedes agradarme con esa clase de acciones y mortificaciones en las cuales la voluntad propia, hecha ya su elección, más bien que someterse, consigue doblegar la voluntad de las superioras. ¡Oh! yo rechazo todo eso como fruto corrompido por el propio querer, el cual en un alma religiosa me causa horror, y me gustaría más verla gozando de todas sus pequeñas comodidades por obediencia, que martirizándose con austeridades y ayunos por voluntad propia”. Jesús nos hace ver que le agrada la obediencia y no el propio querer y el propio parecer, porque en la obediencia, aun cuando sea en algo pequeño, se somete el propio orgullo y la propia soberbia, mientras que en el hacer la propia voluntad, se exalta el alma a sí misma, poniéndose en lugar de Dios. Mientras la obediencia es participación a la obediencia del Señor, que por obediencia se encarna y baja a la tierra para morir en cruz, la voluntad propia es participación a la rebelión de Satanás en el cielo, que por orgullo se pone en el lugar de Dios, y esa es la razón por la que Jesús ama la obediencia, porque ama que el alma se configure a Él y no al Príncipe de las tinieblas.
La tercera arma que Jesús le da a Santa Margarita, es el amor a su Santa Cruz. Un día después que ella recibió la comunión, se hizo presente ante los ojos de ella una gran cruz, cuya extremidad no podía ver; estaba la cruz toda cubierta de flores. Y el Señor le dijo: “He ahí el lecho de mis castas esposas, donde te haré gustar las delicias de mi amor; poco a poco irán cayendo esas flores, y solo te quedarán las espinas, ocultas ahora a causa de tu flaqueza, las cuales te harán sentir tan vivamente sus punzadas, que tendrás necesidad de toda la fuerza de mi amor para soportar el sufrimiento”. Un alma no puede pretender vivir esta vida en la comodidad, mientras su Señor está sufriendo en la cruz, y mucho menos puede pretender arribar al cielo por otro camino que no sea el de la cruz, el único camino que conduce al Reino de Dios. No en vano Jesús permitió que le sobreviniesen a Santa Margarita continuas humillaciones y desprecios, puesto que así la hacía participar de la humillación y el desprecio que Él mismo sufrió en la Pasión y en la cruz. No puede el cristiano pretender honores, halagos y reconocimientos mundanos, mientras su Señor es humillado y despreciado en la cruz. Como ejemplo, vale su experiencia en la enfermería, a la que fue destinada al día siguiente de su profesión, para ponerse a las órdenes de Sor Catalina Marest, excelente religiosa, aunque de temperamento activo, diligente y eficiente. Margarita en cambio era callada, lenta y juiciosa. Recordándose ella después de su paso por la enfermería, escribía: “Solo Dios sabe lo que tuve que sufrir allí”. Y no eran exageradas sus palabras pues había recibido un sinnúmero de insultos y desengaños durante ese tiempo[2].  Jesús le comunicó una parte de sus terribles angustias en Getsemaní y la quiere víctima inmolada.
En otra ocasión le dijo el Señor: “Has de querer como si no quisieras, debiendo ser tus delicias agradarme a mí. No debes buscar nada fuera de mí pues de lo contrario injuriarías a mi poder y me ofenderías gravemente, ya que yo quiero ser solo todo para ti”. Y Santa Margarita le dice a Jesús: “Nada quiero sino tu Amor y tu Cruz, y esto me basta para ser Buena Religiosa, que es lo que deseo”. El alma que ama a Jesucristo no debe deleitarse en nada que no sea Jesucristo, y Jesucristo está en la cruz y en la Eucaristía, por lo que el alma que quiera agradar a Dios, debe deleitarse en la cruz y en la Eucaristía y en nada más.
Aunque no seamos religiosos como Santa Margarita, también son para nosotros estas tres armas espirituales, camino seguro al cielo: presencia de Dios, santa obediencia, amor a la cruz.



[1] http://www.corazones.org/santos/margarita_maria_alacoque.htm
[2] Cfr. ibidem.

viernes, 5 de febrero de 2016

“He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres y no ha recibido de ellos más que ingratitudes”


“He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres y no ha recibido de ellos más que ingratitudes”[1]. En su Cuarta Revelación, Jesús se le aparece a Santa Margarita, le muestra su Sagrado Corazón –envuelto en llamas, con una cruz en su base y rodeado de una corona de espinas- y le dice: “He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres y no ha recibido de ellos más que ingratitudes”. ¿Por qué dice Jesús lo que dice y qué relación tienen las apariciones del Sagrado Corazón con nuestra vida personal como cristianos?
Si bien Jesús se aparece a Santa Margarita, tanto el mensaje como su contenido van dirigidos a todos los hombres, pero de modo especial a los cristianos, más específicamente, a los católicos -y de modo más especial todavía, a los consagrados-. Es decir, somos nosotros, católicos del siglo XXI –y de todos los siglos- los destinatarios de las palabras de queja y reproche por parte de Jesús y esto es así porque la corona de espinas que rodea y lacera al Sagrado Corazón a cada instante, en cada latido, se deben a nuestros pecados, puesto que esas espinas son la materialización de la malicia producida –y consentida- en nuestros corazones, y es en eso en lo que consiste el pecado.
Los cristianos no dimensionamos, por lo general, las consecuencias que el pecado tiene en Cristo Jesús, porque pensamos que el Sagrado Corazón es una devoción sensiblera, sentimentalista, propia de otra época, o reservada a ciertas personas, principalmente mujeres y, de entre las mujeres, las señoras de edad, que no tienen otra cosa que hacer que rezar. Los cristianos, en el fondo, despreciamos la devoción al Sagrado Corazón, porque pensamos que no tiene relación alguna con nuestras vidas y que no está dirigida directamente a cada uno de nosotros, de modo particular y personal.
Sin embargo, esto constituye un grave error, porque el dolor que el Sagrado Corazón experimenta debido a su corona de espinas, se debe a que esas espinas son la materialización de nuestros pecados personales y particulares, en el sentido que Jesús recibe el castigo que nosotros merecíamos de parte de la Justicia Divina: “Él fue herido por nuestros pecados, molido por nuestras iniquidades. El castigo, por nuestra paz, cayó sobre El, y por sus heridas hemos sido sanados” (Is 53, 5).
Que Jesús esté herido y doliente a causa de nuestros pecados, está confirmado por otra aparición del Sagrado Corazón a Santa Margarita, en el que Jesús se aparece de pie, todo cubierto de heridas sangrantes, al tiempo que le dice a Santa Margarita que busca algún alma que se apiade de sus heridas, producidas por los pecadores: “¿No habrá quien tenga piedad de Mí y quiera compartir y tener parte en mi dolor en el lastimoso estado en que me ponen los pecadores sobre todo en este tiempo?”. “Lastimoso estado en el que me ponen los pecadores”: puesto que somos pecadores, somos nosotros, con nuestros pecados, los que ponemos en estado lastimoso a Dios Encarnado.
Es necesario que meditemos en este hecho: que Jesús sufrió en su Cuerpo el castigo que merecíamos por nuestros pecados –tengo que reflexionar en los pecados míos, propios, personales y particulares, y no en los pecados del prójimo-, como lo dice el profeta Isaías, pero también como lo dice San Pedro: “Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño, para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia. Con sus heridas fuisteis curados” (1 Pe 2, 14).
“He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres y no ha recibido de ellos más que ingratitudes”. Si, como dice Santa Teresa, no nos mueve, para no pecar, “ni el infierno tan temido”, “ni el cielo prometido”, que nos mueva, al menos, no solo para no pecar, sino para vivir en gracia y acrecentarla cada vez más, la compasión y la piedad hacia Jesús, cuyo Sagrado Corazón sufre inimaginablemente, al ser lacerado y desgarrado en cada latido, a causa de nuestros pecados.




[1] http://www.corazones.org/santos/margarita_maria_alacoque.htm