San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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jueves, 30 de abril de 2015

Las espinas, las llamas, la cruz y la herida abierta del Sagrado Corazón


         Jesús se le apareció a Santa Margarita y le mostró su Sagrado Corazón, el cual poseía diversos elementos: estaba envuelto en llamas, poseía una corona de espinas, en su base tenía una cruz, y del costado abierto fluía sangre y agua. Aunque en un primer momento pueda parecer que no tiene nada que ver con nosotros, sin embargo, cada elemento del Sagrado Corazón tiene una muy estrecha relación con nuestra vida personal, y veremos porqué.
Las llamas que envuelven al Sagrado Corazón representan el Amor de Dios, el Espíritu Santo, y está en estrecha relación con nosotros, porque precisamente el Hijo de Dios se encarna y adquiere un Cuerpo para donarlo en sacrificio en la cruz, para luego poder hacernos el don del Amor de Dios, el Espíritu Santo. Así como Moisés contempla la zarza que arde y no se consume con las llamas, así las llamas del Divino Amor arden en el Sagrado Corazón sin consumirlo, convirtiéndolo en un horno ardentísimo de caridad divina, que desea abrasar con sus llamas a todas las almas humanas, para encenderlas en el fuego del Amor a Dios. La contemplación de las llamas que envuelven al Sagrado Corazón deben hacer recordar al alma que es el Amor Divino el que lleva al Hijo de Dios a encarnarse, a dar su vida en la cruz y a continuar su don en la Eucaristía y que en cada Eucaristía, esas llamas, que envuelven al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, encenderán al instante a todo corazón que, como hierba seca, reciba la Eucaristía con fe y con amor. Esas llamas están en relación con nosotros, porque están destinadas a cada uno de nosotros, de modo personal y particular.
El Sagrado Corazón se aparece a Santa Margarita también rodeado de espinas, formando una apretada corona que lo ciñe a su alrededor. El hecho de que lo contemplemos en imágenes estáticas, puede hacernos perder de vista que el Sagrado Corazón está vivo y latiendo en la realidad y que por lo tanto la corona de espinas, ceñida a su alrededor, le provoca profundos, agudos y lacerantes dolores a cada latido, en los movimientos del corazón, el diastólico o de llenado y el sistólico o de expulsión de la sangre. Y la otra consideración que se debe tener en cuenta al contemplar la corona de espinas que rodea al Sagrado Corazón, es que esa corona de espinas no es otra cosa que la materialización de nuestros malos pensamientos, deseos y obras, es decir, son nuestros pecados, los que se materializan en las gruesas espinas de la corona que lacera al Corazón de Jesús. Esto nos debe llevar al propósito de no pecar, ya que, como dice Santa Teresa, si no nos mueve ni el amor del cielo ni el temor del infierno, al menos nos mueva la piedad de no herir más a Jesús, ya tan malherido a causa de nuestros pecados. Las espinas tienen relación con nosotros, porque somos nosotros los que colocamos y ceñimos la corona de espinas alrededor del Sagrado Corazón de Jesús.
En la base del Sagrado Corazón se encuentra la cruz, lo cual quiere decir que al Amor de Dios, que está contenido en el Sagrado Corazón de Jesús, se accede solo por la cruz y que si no es por la cruz, no hay modo de llegar a él. Solo quien se sube al Árbol Santo de la Cruz, puede saborear su fruto exquisito, el Corazón de Jesús, que contiene en su pulpa el sabor más dulce que jamás alguien pueda probar, el Amor de Dios, y eso es lo que significa la cruz en la base del Sagrado Corazón. La cruz se relaciona con nosotros, porque es el camino para acceder al Sagrado Corazón.
Por último, el Sagrado Corazón aparece con su costado abierto, del cual fluye, de modo ininterrumpido, Agua y Sangre: Agua, que lava las almas y Sangre, que las santifica. Es por eso que el que comulga, ve justificada su alma, porque sus pecados –veniales, no mortales- son perdonados, y su alma es cubierta por la Sangre del Cordero, siendo embellecida y convertida en una imagen viviente del Hombre-Dios Jesucristo, al punto tal que Dios Padre ve en el alma no ya al alma, sino a su mismo Hijo Jesús, y lo ama con el Amor de su Corazón, el Espíritu Santo. El costado abierto, el último elemento del Sagrado Corazón de Jesús, también está en estrecha relación con nosotros, porque quien lo desea, puede libremente arrodillarse ante Jesús crucificado, para que caiga sobre Él su Sangre y Agua, que brotan, precisamente, de su costado traspasado.
         Por último, la contemplación y meditación de las apariciones del Sagrado Corazón de Jesús a Santa Margarita, nos debe llevar a profundizar en nuestras comuniones eucarísticas, porque la Eucaristía es el mismo Sagrado Corazón, aparecido en visión a Santa Margarita, pero donado en la realidad a cada uno de nosotros, para nuestro disfrute y gozo.

         

jueves, 5 de marzo de 2015

Las tres armas espirituales que el Sagrado Corazón le dio a Santa Margarita para que alcanzara la santidad


Santa Margarita María de Alacquoque recibió del Sagrado Corazón de Jesús tres armas espirituales, necesarias e indispensables para alcanzar su santidad[1]. Estas armas eran: una conciencia delicada y odio y dolor ante la más pequeña falta; la santa obediencia y el amor a la Santa Cruz. Si bien Santa Margarita era religiosa y por lo tanto estas armas espirituales le correspondían con mayor razón, no deja de ser cierto que estas armas espirituales son válidas para cualquier alma, en cualquier estado de vida, por lo que las consideraremos como un preciosísimo tesoro dado por el mismo Jesús en Persona.
La primera arma espiritual consistía, como dijimos, en una conciencia delicada y un profundo odio y dolor ante la más pequeña falta. Una vez le dijo el Señor cuando había Margarita cometido una falta: “Sabed que soy un Maestro santo, y enseño la santidad. Soy puro, y no puedo sufrir la más pequeña mancha. Por lo tanto, es preciso que andes en mi presencia con simplicidad de corazón en intención recta y pura. Pues no puedo sufrir el menor desvío, y te daré a conocer que si el exceso de mi amor me ha movido a ser tu Maestro para enseñarte y formarte en mi manera y según mis designios, no puedo soportar las almas tibias y cobardes, y que si soy manso para sufrir tus flaquezas, no seré menos severo y exacto en corregir tus infidelidades”. Esto se debe a que Jesús, siendo Dios, es la santidad personificada, por lo que cualquier no ya pequeño pecado venial, sino imperfección, queda en gran evidencia. Para darnos una idea, imaginemos un mar de un cristal limpidísimo, en el cual arrojáramos una pequeñísima gota de tinta negra: inmediatamente, la gota negra resaltaría; ese mar de cristal limpidísimo, es Dios en su santidad; la gota de tinta negra, es cualquier imperfección; de esta manera, nos damos cuenta de cómo, frente a Dios, no ya nuestros pecados, sino nuestras imperfecciones, quedan completamente al descubierto. Cuando Santa Margarita cometía una imperfección, acudía a pedir penitencia a su superiora cuando cometía una falta, pues sabía que Jesús solo se contentaba con las penitencias impuestas por la obediencia.
La segunda arma espiritual que le dio el Sagrado Corazón era la santa obediencia y si bien Santa Margarita, al ser religiosa, tenía superiores inmediatos a quien obedecer, un laico también puede obedecer a sus superiores. Por ejemplo, un hijo, a sus padres, o un fiel bautizado, a su director espiritual, o los parroquianos, a su párroco, etc.
Santa Margarita sostiene que lo que más severamente le reprendía Jesús a ella eran sus faltas en la obediencia, ya sea a sus superiores o a su regla y que no le agradaba cuando Santa Margarita lograba, a costa de su terquedad, doblegar la voluntad de sus superiores. Una vez, Jesús le dijo: “Te engañas creyendo que puedes agradarme con esa clase de acciones y mortificaciones en las cuales la voluntad propia, hecha ya su elección, más bien que someterse, consigue doblegar la voluntad de las superioras. ¡Oh! yo rechazo todo eso como fruto corrompido por el propio querer, el cual en un alma religiosa me causa horror, y me gustaría mas verla gozando de todas sus pequeñas comodidades por obediencia, que martirizándose con austeridades y ayunos por voluntad propia”.

Es decir, a Jesús le agrada más lo que se hace con la mortificación de la obediencia, que con la satisfacción de la propia voluntad, porque al hacer una obra por obediencia, mortificando a la propia voluntad, obtenemos una victoria espiritual, porque doblegamos nuestro orgullo; por el contrario, cuando hacemos una obra satisfaciendo nuestra propia voluntad, en contra de la obediencia, lo único que hacemos es hacer crecer nuestra soberbia. De ahí el gran valor que el Sagrado Corazón le concede a las obras hechas por obediencia.
Por último, la tercera arma espiritual concedida por el Sagrado Corazón, era el amor a su Santa Cruz, el más precioso de todos sus regalos. Un día después que ella recibió la comunión, se hizo presente ante los ojos de ella una gran cruz, cuya extremidad no podía ver; estaba la cruz toda cubierta de flores. Y el Señor le dijo: “He ahí el lecho de mis castas esposas, donde te haré gustar las delicias de mi amor; poco a poco irán cayendo esas flores, y solo te quedarán las espinas, ocultas ahora a causa de tu flaqueza, las cuales te harán sentir tan vivamente sus punzadas, que tendrás necesidad de toda la fuerza de mi amor para soportar el sufrimiento”.
Junto con la cruz, vinieron para Santa Margarita toda clase de humillaciones, enfermedades, desprecios, injurias, tribulaciones todas permitidas y queridas por el Sagrado Corazón de Jesús, para hacerla partícipe de sus propias amarguras, tribulaciones, humillaciones e injurias, sufridas en la Pasión. Fue humillada por sus compañeras y por sus superioras. De su paso por la enfermería, dijo: “Sólo Dios sabe lo que tuve que sufrir allí”. Como Santa Margarita era callada, lenta y juiciosa, su superiora, estando ella delante del obispo, dijo de ella: “Es una tonta”. Es por eso que se equivoca quien piensa que el seguimiento de Jesús crucificado es un camino de diversión; Jesús nos quiere desapegar de todos los afectos terrenos, para que apeguemos nuestros corazones a su Sagrado Corazón, que está en la cruz, que es la Puerta abierta al cielo, y es la única forma en que podremos alcanzar la eternidad. Si no crucificamos nuestros corazones junto con el Sagrado Corazón de Jesús, nunca podremos ingresar en la feliz eternidad; para hacerlo, para que entremos a gozar del Reino de los cielos, no hay otro camino que ser crucificados junto al Sagrado Corazón de Jesús. Eso es lo que hizo Jesús con Santa Margarita, al regalarle la tercera arma espiritual, la Santa Cruz, para despegar su alma y su corazón del apego y del afecto a las cosas de esta tierra y sobre todo a sí misma, y por eso permitió que le sobreviniesen continuas humillaciones y desprecios, como a Él en la Pasión, aunque al mismo tiempo, no dejaba de asistirla con toda clase de gracias. Lo mismo hace con todos nosotros y con todo aquel que quiera tomar su cruz de cada día y seguirlo camino del Calvario, para crucificar su corazón junto al Sagrado Corazón de Jesús.
Una vez le dijo Jesús a Santa Margarita: “Has de querer como si no quisieras, debiendo ser tus delicias agradarme a mí. No debes buscar nada fuera de mí pues de lo contrario injuriarías a mi poder y me ofenderías gravemente, ya que yo quiero ser solo todo para ti”. Querer algo fuera del Sagrado Corazón, es injuriarlo: todo se debe querer por Él, en Él y para Él.
Conciencia delicada, santa obediencia, amor a la Santa Cruz: las tres armas espirituales que nos da a todos el Sagrado Corazón de Jesús para que alcancemos el cielo.



[1] http://www.corazones.org/santos/margarita_maria_alacoque.htm

domingo, 2 de noviembre de 2014

San Carlos Borromeo


San Carlos Borromeo se caracterizó por ser uno de los principales promotores del Concilio de Trento y por intentar llevar a la práctica las importantes reformas allí surgidas[1]. Se le confió la supervisión de la publicación del Catecismo del Concilio de Trento y la reforma de los libros litúrgicos y de la música sagrada; él fue quien encomendó a Palestrina la composición de la Missa Papae Maecelli[2]. Convocó a un sínodo, cuyas decisiones sobre la observancia de los decretos del Concilio de Trento, sobre la disciplina y la formación del Clero, sobre la celebración de los divinos oficios, sobre la administración de los sacramentos, sobre la enseñanza dominical del catecismo y sobre muchos otros puntos, que fueron tan acertado que el Papa escribió a San Carlos para felicitarlo[3].
En la diócesis de Milán, de la cual era su Arzobispo, se conocía mal la religión y se la comprendía aún menos; las prácticas religiosas estaban contaminadas por la superstición y profanadas por los abusos. La gran mayoría de los bautizados habían abandonado los sacramentos, ya sea porque muchos sacerdotes apenas sabían cómo administrarlos y poco les importaba su correcta administración, o porque eran ignorantes o porque llevaban una vida no acorde a su dignidad sacerdotal. Además, los monasterios eran un completo desorden. En esa caótica situación, San Carlos Borromeo convocó concilios provinciales y sínodos diocesanos y aplicó progresivamente las medidas necesarias para la reforma del clero y del pueblo, las cuales fueron tan sabias y acertadas, que todavía hoy se las consideran como un modelo y se las estudian para aplicarlas. San Carlos fue uno de los hombres más eminentes en teología pastoral que Dios enviara a su Iglesia para remediar los desórdenes producidos por la decadencia espiritual y por los excesos de los reformadores protestantes[4]. Empleando por una parte la ternura paternal y las ardientes exhortaciones y, poniendo rigurosamente en práctica, por la otra, los decretos de los sínodos, sin distinción de personas, ni clases, ni privilegios, doblegó poco a poco a los obstinados y llegó a vencer dificultades que habrían desalentado aun a los más valientes[5].
Además, se caracterizó por su gran humildad, por su caridad, por su atención hacia los más necesitados y por vivir pobremente, a pesar de contar con grandes recursos económicos, debido a su alta condición jerárquica –era Arzobispo-; el motivo de su pobreza era que no utilizaba el dinero para sí mismo, sino para obras de caridad para los indigentes.
De toda la inmensa obra de San Carlos Borromeo, destacamos dos obras: la publicación del Catecismo y la Reforma de los libros litúrgicos, porque ambos constituyen el núcleo o el corazón, por así decirlo, de la vida espiritual del cristiano (en nuestros días, obviamente, se trata del Catecismo de la Iglesia Católica, aprobado por el Santo Padre Juan Pablo II, y el Misal de Pablo VI). Por el Catecismo, el cristiano conoce las Verdades de la Fe, reveladas por Jesucristo, y sin estas verdades, es imposible acceder a la salvación;  por la reforma de los libros litúrgicos, principalmente, los de la Santa Misa, el cristiano tiene acceso a la Santa Misa, que es la renovación incruenta del Santo Sacrificio de la Cruz, porque la Santa Misa es la renovación incruenta del Santo Sacrificio de la Cruz, y por eso uno de sus nombres es el de “Santo Sacrificio del Altar”, y al tener acceso al Santo Sacrificio de la Cruz, tiene acceso a la Fuente misma de la salvación, el Sagrado Corazón de Jesús.
Hoy, como en tiempos de San Carlos Borromeo, se presentan tiempos similares, y si no más oscuros todavía, porque la religión católica, o se la conoce poco, o se la conoce mal, o si se la conoce, se la abandona masivamente, ya sea en la apostasía masiva, silenciosa, que se da de facto, en las grandes masas que domingo a domingo desertan de la Santa Misa por espectáculos deportivos o de cualquier clase, o por masas un poco más restringidas, más ideologizadas, pero que igualmente la abandonan, como las que conforman los movimientos de apostasía organizados, para los que cuentan con páginas web[6], personería legal y jurídica, etc.; además, muchos en el clero, al igual que en tiempos de San Carlos Borromeo, no conocen o conocen mal los sacramentos, y los administran peor aún. Es por estos motivos que la Santa Iglesia necesita de otros tantos San Carlos Borromeos –ya sean arzobispos, obispos, sacerdotes, religiosas, laicos- que, iluminados por el Espíritu Santo, emprendan una silenciosa y fructífera tarea de catequizar y de salvar almas para el Reino de los cielos.





[1] http://www.santopedia.com/santos/san-carlos-borromeo
[2] http://www.corazones.org/santos/carlos_borromeo.htm
[3] http://www.corazones.org/santos/carlos_borromeo.htm
[4] http://www.corazones.org/santos/carlos_borromeo.htm
[5] http://www.corazones.org/santos/carlos_borromeo.htm
[6] Por ejemplo, el triste caso del sitio: http://www.apostasia.com.ar/

miércoles, 15 de octubre de 2014

Santa Margarita María de Alacquoque, las apariciones del Sagrado Corazón y la Comunión Eucarística


         Santa Margarita María de Alacquoque recibió, de parte de Nuestro Señor Jesucristo, grandes dones, el más grande de todos, fue, obviamente, el haberla elegido para que fuera ella el instrumento que divulgara al mundo una de las devociones más hermosas de la Iglesia Católica, junto con la del Inmaculado Corazón de María, y es la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.
         Fueron estas apariciones y revelaciones las que colmaron la vida espiritual de Santa Margarita de manifestaciones extraordinarias, reservadas por el Señor solo a los grandes místicos, y a las almas a las cuales Él elige. Ahora bien, si todo el conjunto de las apariciones constituye en sí mismo un don de gracia infinita, porque Jesús se revela, por su intermedio, como el Sagrado Corazón, para toda la Iglesia universal, hubieron apariciones en las que  Santa Margarita recibió gracias y dones especiales, reservados solo para ella, que había sido especialmente elegida por Jesús (hay que tener en cuenta que Jesús le dijo que ella era “un abismo de miseria e indignidad”), como por ejemplo, cuando Jesús le pide su corazón y le da a cambio el mismo devuelto en forma de llama; o bien cuando la hace partícipe de las penas y amarguras y agonía del Huerto de Getsemaní. Se trata de gracias particulares, extraordinarias, enmarcadas dentro de la gran gracia que significa para la Iglesia la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.
Sin embargo, a pesar de lo extraordinario y lo maravilloso que significa el hecho de que Jesús la haya elegido para ser el instrumento de difusión de la devoción al Sagrado Corazón, con todo, Jesús no se le dio a Santa Margarita en alimento, como hace con nosotros en cada Comunión Eucarística, y este hecho es algo incomparablemente mayor a la aparición en sí misma, porque quien comulga, no ve sensiblemente al Sagrado Corazón de Jesús, sino que recibe en cambio como alimento a este mismo Sagrado Corazón. Si en la aparición el alma ve al Sagrado Corazón, con las llamas del Amor de Dios que lo envuelven, con la Cruz en su base, con la corona de espinas que lo rodea, en la comunión eucarística el alma incorpora a su ser al Sagrado Corazón, es ella misma envuelta en las llamas del Amor de Dios que inhabita a este Corazón Divino, y es hecha partícipe y asociada como víctima al sacrificio de Jesús, es decir, que la cruz y la corona de espinas que en la aparición solo se ven, en la comunión eucarística se hacen carne en la carne y alma en el alma del que comulga.

En síntesis, con todo lo maravilloso que supone la aparición de Jesús como el Sagrado Corazón, sin embargo, una sola comunión eucarística, en estado de gracia, constituye un don de gracia infinitamente superior a cualquier aparición. En efecto, esto es así, porque en la comunión eucarística, Jesús, el Hombre-Dios, se dona al alma con todo su Ser trinitario, derramando sobre ella la infinita plenitud del Amor Divino, que sobrepasa al alma como miles de millones de universos sobrepasan a un grano de arena. Para graficar esta plenitud del Amor Divino derramado en cada comunión, podemos utilizar la imagen de una mística, Marta Robin, la cual comparaba al alma con una esponja, y al Amor de Dios como un océano, en el que la esponja es arrojada: ¿qué más quiere la esponja, que ser colmada por el agua, si está sedienta de ella?, era la pregunta que se hacía Marta Robin. De la misma manera, también nosotros podemos comparar al corazón que se dispone a recibir la Eucaristía –en estado de gracia, por supuesto-, con una esponja seca, en tanto que el Océano de Amor en el cual esta esponja es arrojada –más que incorporar nosotros a Cristo, es Cristo quien nos incorpora a Él, dice San Agustín- es la Eucaristía. Entonces, al conmemorar a Santa Margarita María y a la maravillosa devoción que por su intermedio se dio a conocer al mundo, el Sagrado Corazón de Jesús, hagamos el propósito de valorar nuestras comuniones eucarísticas, teniendo en cuenta que comulgamos al Sagrado Corazón de Jesús en Persona y le pidamos a la Virgen, la Madre del Sagrado Corazón, de aprovecharlas al ciento por uno, de manera tal que nuestro corazón, como esponja seca arrojada al océano, viva permanentemente inmersa en el Océano infinito del Amor de Dios, que inhabita en el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús.

viernes, 3 de octubre de 2014

El significado de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús

         

    Una inmensa mayoría de católicos desconoce o malinterpreta la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Muchos piensan que se trata de una devoción puramente sentimentalista, basada en afectos pasajeros, o que está reservada a señoras de edad, integrantes de cofradías propias de siglos pasados, destinadas a desaparecer, puesto que ya no tienen lugar en una época como la nuestra, caracterizada por el avance de la ciencia, de la técnica y de la tecnología. Precisamente, una devoción sensiblera, anticuada, y sentimentalista, en una época de la historia dominada por la razón tecnológica y cientificista, no tiene razón de ser, y es lógico que quede relegada a señoras mayores de edad, ancladas en el pasado y nostálgicas de un catolicismo anticuado, deudor de unas formas de las que precisamente debe desligarse, para poder sobrevivir en el mundo actual.
         Sin embargo, quienes así piensan, son quienes desconocen por completo el verdadero sentido y significado de las apariciones del Sagrado Corazón de Jesús, y lo hacen, porque en el fondo, desconocen al Sagrado Corazón de Jesús, es decir, desconocen por completo a Jesús, el Hombre-Dios. Si conocieran a Jesús, jamás podrían decir que la devoción al Sagrado Corazón de Jesús es una devoción sensiblera, sentimentalista, o pasada de moda; por otra parte, si conocieran al Sagrado Corazón de Jesús, las cofradías estarían repletas de fieles de todas las edades, desde niños que apenas están comenzando a hacer uso de la razón, pasando por jóvenes y adultos, hasta ancianos a punto de morir. Si los católicos conocieran verdaderamente la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, las iglesias rebosarían de fieles, y no se encontrarían vacías o semi-vacías, como en la actualidad.
         Pero para saber de qué se trata la devoción, es necesario recordar lo que el mismo Sagrado Corazón le dijo a Santa Margarita en su primera Aparición, el 27 de diciembre de 1673, en Paray-le-Monial, en Francia, cuando Santa Margarita tenía 26 años de edad y llevaba 14 meses de profesa. En esa primera aparición, Jesús le dijo: “Mi Divino Corazón está tan apasionado de Amor por los hombres y por ti en particular que, no pudiendo ya contener en Sí Mismo las Llamas de Su Ardiente Caridad, le es preciso comunicarlas por tu medio y manifestarse a todos para enriquecerlos con los preciosos Tesoros que te estoy descubriendo, los cuales contienen las Gracias santificantes y saludables necesarias para separarles del abismo de perdición”. En estas palabras, hay ya demasiados elementos para advertirnos de que no se trata de una mera devoción sensiblera: por un lado, Jesús, el Hombre-Dios, le declara todo el Amor de su Divino Corazón, tanto hacia ella, como hacia toda la humanidad, lo cual quiere decir, hacia todos y cada uno de nosotros: “Mi Divino Corazón está tan apasionado de Amor por los hombres”, y le dice también que no es tanto ese amor, que no puede contenerlo y que quiere darlo a comunicar, porque se trata de un Amor divino, lo cual es, por definición, un Amor eterno, infinito, celestial, sobrenatural, incomprensible e inagotable, y la ha elegido a Santa Margarita para darse a conocer: “no pudiendo ya contener en Sí Mismo las Llamas de Su Ardiente Caridad, le es preciso comunicarlas por tu medio y manifestarse a todos”.
Pero el Sagrado Corazón agrega después una revelación que nos advierte que el Amor de Dios, además de comunicarnos su Amor, nos quiere salvarnos de un peligro cierto, y ese peligro, no es el peligro de la inseguridad, de la inflación, de la escasez de alimentos, sino de algo infinitamente más grave: es el peligro de la eterna condenación: “(Mi Divino Corazón) contiene las Gracias santificantes y saludables necesarias para separarles del abismo de perdición”. Aquí se encuentra uno de los elementos fundamentales de la devoción al Sagrado Corazón, y que hace que esta devoción, lejos de ser una devoción sensiblera y sentimentalista, destinada a viejitas piadosas y anticuadas, esté destinada a toda la humanidad, y que sea una devoción recia y viril, y que el que no quiera ser devoto del Sagrado Corazón, o el que lo desprecie y no quiera ser abrasado por las Llamas de Amor que envuelven al Sagrado Corazón, se vea gravemente expuesto a ser envuelto, para siempre, por las llamas azulinas del Infierno.
Otro elemento de la devoción al Sagrado Corazón, es que Jesús elige a quienes son los más inútiles a los ojos del mundo, y eso es lo que le dice a Santa Margarita: “Te he elegido como un abismo de indignidad y de ignorancia, a fin de que sea todo Obra Mía”. Y esto lo hace, para que no nos ensoberbezcamos y pensemos que valemos algo, puesto que, como dice Jesús, “nada” podemos, sino es por Él: “Nada podéis hacer sin Mí.” (…).
Por último, el que es devoto del Sagrado Corazón, recibe a cambio, como Santa Margarita, al mismo Sagrado Corazón de Jesús, como le pasó a Santa Margarita: “Me pidió después el corazón y yo Le supliqué que lo tomase. Lo tomó y lo introdujo en Su Corazón adorable, en el cual me lo mostró como un pequeño átomo que se consumía en aquel Horno encendido. Lo sacó de allí, cual si fuera una llama ardiente en forma de corazón y lo volvió a colocar en el sitio de donde lo había tomado”. A nosotros no se nos aparece de esa manera, pero en la comunión eucarística, nos entrega su Sagrado Corazón Eucarístico, y a cambio, nosotros le entregamos nuestro pobre corazón, que es pequeño como un grano de arena y negro y duro como una roca.


Por último, el que quiera verdaderamente saber cómo es la verdadera devoción al Sagrado Corazón de Jesús, debe pedir unirse a los dolores de la Pasión de Jesús, y pedirle experimentar sus penas y sus amarguras, para ser, junto con Él, y unido a la Virgen de los Dolores, corredentor de la humanidad, porque el Sagrado Corazón de Jesús busca, así como buscó en Getsemaní  a los apóstoles, que se unieran con Él en la oración del Huerto, almas que quieran unirse con Él en el sacrificio redentor de la cruz: “Busco una víctima para Mi Corazón, que quiera sacrificarse como hostia de inmolación en el cumplimiento de Mis Designios”. Y esta unión con el Sagrado Corazón, la puede hacer cada uno, en el Santo Sacrificio del Altar, en la Santa Misa, uniéndose a Jesús, que renueva sobre el altar, su Santo Sacrificio de la cruz. En esto consiste la verdadera devoción al Sagrado Corazón de Jesús: unirse a Él, como víctima, como hostia de inmolación, en la Santa Misa, que es la renovación incruenta del Santo Sacrificio de la cruz, para reparar por los pecados del mundo”.

jueves, 4 de septiembre de 2014

El significado de las espinas, las llamas y la cruz del Sagrado Corazón de Jesús


         El Sagrado Corazón, el corazón del Hombre-Dios, posee tres elementos, que no están presentes en ningún corazón humano: las espinas, que forman una corona alrededor suyo; el fuego, cuyas llamas lo envuelven, y la cruz, que se yergue, triunfante, en su base.
         ¿Qué significan estos tres elementos?
Las espinas son la materialización de nuestros malos deseos, de nuestros malos  pensamientos, y la realización de nuestras malas obras; es decir, la corona de espinas que rodea al Sagrado Corazón, es la materialización de nuestros pecados, lo cual quiere decir que todo aquello que para nosotros no representa dolor -o, por el contrario, representa placer, como por ejemplo, el placer que provoca la ira homicida en un acto de venganza-, en Jesús, se convierte en dolor, y en máximo dolor, puesto que la corona de espinas que rodea al Sagrado Corazón, lo rodea en todo momento apretándolo contra sí misma, de manera tal que las espinas hieren la musculatura del Corazón de Jesús en los dos movimientos propios del Corazón, tanto en la fase de llenado -diástole porque las espinas se hunden de lleno contra las paredes cardíacas-, como en la fase de expulsión de la sangre, es decir, en la fase de la contracción cardíaca -sístole, porque en la retracción de las paredes ventriculares, las espinas desgarran la musculatura ventricular-. De esta manera, en cada latido, el Corazón de Jesús dice: “Amor, dolor”, Amor, que es lo que Él da, en cada latido, a las creaturas ingratas; dolor, por lo que El recibe de las creaturas, a cambio de su Amor. Entonces, las espinas que rodean al Sagrado Corazón de Jesús deben recordarnos, por un lado, el Amor infinito y eterno de Dios Uno y Trino, que se nos dona a través del Corazón de Jesús, Amor que está contenido en cada Eucaristía; por otro lado, debe recordarnos el dolor que nuestros pecados le provocan al Sagrado Corazón de Jesús -que si bien ha muerto y resucitado, continúa su Pasión en su Cuerpo Místico, hasta el fin de los tiempos-, y esto debe servir para que evitemos el pecado y hagamos el propósito de morir antes de cometer un pecado mortal o venial deliberado, es decir, antes de provocar un dolor de tal magnitud a Jesús.
Las llamas de fuego que envuelven al Sagrado Corazón significan el Amor de Dios que inhabita en el Sagrado Corazón desde la Encarnación misma del Verbo. El Amor de Dios se representa con fuego, porque es ardiente como el fuego y abrasa como el fuego, pero a diferencia del fuego material, no solo no provoca dolor, sino que provoca en el alma amor, dulzor, alegría, paz, y dicha sin fin, y envuelve al Sagrado Corazón porque el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo y al encarnarse el Hijo, este Espíritu Santo, que procede eternamente del Padre y del Hijo, comienza a inhabitar en el Sagrado Corazón de Jesús, santificando su Humanidad santísima, glorificándola y haciéndola arder en el fuego del Amor Divino. Y como este Fuego es el que abrasa a Jesús en la cruz y es el que le hace exclamar: “Tengo sed” (Jn 19, 28), Jesús arde en deseos de comunicar el Amor que vuelve a su Corazón incandescente como una brasa; ese Fuego es el que desde el Sagrado Corazón quiere expandirse y comunicarse a los hombres y lo hará a través de la efusión de Sangre, cuando el Corazón de Jesús sea traspasado por la lanza, y es esto lo que explica que, sobre todo aquel sobre quien cae esta Sangre, ve lavados sus pecados y ve su corazón arder en el Amor de Dios, porque la Sangre del Cordero “como degollado” (cfr. Ap 5, 7-14) es vehículo del Espíritu Santo, y es por eso que el Cordero de Dios, “quita los pecados del mundo” (Jn 1, 29) y concede la Vida eterna y enciende al alma en el Amor de Dios.
En la base del Sagrado Corazón, está la cruz, y esto es para significar que el Corazón del Hombre-Dios está crucificado y que por lo tanto, quien quiera acceder a los tesoros inagotables del Amor Divino, no tiene otro camino que el camino de la cruz; también quiere decir que quien quiera gozar del Amor Eterno de Dios Uno y Trino, del Amor de un Dios que “es Amor” (cfr. 1 Jn 4, 8) en sí mismo, no debe temer, ni debe desconfiar, ni debe pensar que Dios no lo ama, porque precisamente, para que el hombre no tema, ni desconfíe, ni piense que Dios Trino no lo ama, es que Dios se ha encarnado por Amor al hombre, se ha dejado crucificar por Amor al hombre y ha dejado su Sagrado Corazón en la cruz, traspasado, con su Sangre fluyendo y con su Amor vivo, latiendo, deseoso de ser recibido por un corazón contrito y humillado, humilde, piadoso, fervoroso y necesitado de su Amor Divino. Viendo al Sagrado Corazón traspasado en la cruz, que deja fluir, inagotable, su Sangre Preciosísima, y con su Sangre, el Espíritu Santo, el Amor Divino, para donarlo a quien quiera recibirlo, ¿quién puede dudar del Amor de Dios?
Por último, el Sagrado Corazón se le apareció a Santa Margarita María de Alacquoque, y le mostró estos tres elementos, que no están en ningún corazón humano, pero con toda la gracia que significa tan maravillosa aparición, Jesús no se le dio en alimento; a nosotros, diariamente, se nos da en alimento en la Eucaristía y allí, en la Eucaristía, está latiendo, vivo y glorioso, el Sagrado Corazón de Jesús, envuelto en las llamas del Amor Divino, Amor que se comunica en el silencio y en la intimidad del alma que comulga con fe, con humildad, con piedad y con amor.


jueves, 3 de julio de 2014

El consuelo del Sagrado Corazón de Jesús


         En la Tercera Revelación, el Sagrado Corazón de Jesús le pide a Santa Margarita María de Alacquoque que se levante “entre las once y las doce de la noche” para “postrase con Él durante una hora, con la cara en el suelo, tanto para apaciguar la cólera divina, pidiendo por los pecadores, como para endulzar de algún modo la amargura” que Él sentía “por el abandono” de sus apóstoles, lo cual lo había llevado a “reprocharles que no habían podido velar una hora” con Él[1].
         Este pedido de Jesús, realizado a Santa Margarita, si bien fue realizado en el siglo XVII, conserva toda su actualidad y, por lo tanto, debemos considerarlo como realizado a todo el Cuerpo Místico, es decir, a toda la Iglesia, a todos los bautizados. El Sagrado Corazón, desde el sagrario, nos pide a todos que reparemos por las tremendas ingratitudes, por los sacrilegios, por las indiferencias, que Él recibe de continuo, día a día, en el sagrario. Eso es lo que les dice el Ángel de Portugal, cuando en la Tercera Aparición, antes de darles a comulgar la Eucaristía y de beber el Cáliz, se postra con la frente en el suelo ante la Hostia suspendida en el aire que mana Sangre sobre el Cáliz y pronuncia la oración de adoración a la Santísima Trinidad y de reparación al Santísimo Sacramento del Altar: “Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María os pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”. Al darles de comulgar la Hostia a Lucía y de beber del Cáliz a Jacinta y Francisco, el Ángel les dijo al mismo tiempo: “Tomad el Cuerpo y bebed la Sangre de Jesucristo, horriblemente ultrajado por los hombres ingratos. Reparad sus crímenes y consolad a vuestro Dios”[2].
         Tanto el pedido de Nuestro Señor Jesucristo a Santa Margarita, como el del Ángel a los Pastorcitos, hablan de una misma cosa: la necesidad de reparación, la cual se puede hacer con actos de amor y de adoración, en el momento de la comunión eucarística, por la ingente cantidad de sacrilegios, ultrajes, crímenes, desprecios, ingratitudes, que no solo recibió el Sagrado Corazón en su Pasión, por parte de los Apóstoles, que no pudieron velar con Él ni siquiera una hora, sino también por los que continúa recibiendo, hora a hora, minuto a minuto, segundo a segundo, por la inmensa mayoría de los cristianos de hoy, dormidos por el indiferentismo, el relativismo, el materialismo y el neo-paganismo. La reparación de consuelo que quiere Jesús es la reparación del amor y de la adoración a su Presencia Eucarística y el Amor necesario para hacer esta reparación se lo obtiene de las Llamas de Amor que envuelven a su Sagrado Corazón Eucarístico.




[1] Cfr. http://www.corazones.org/santos/margarita_maria_alacoque.htm
[2] http://es.catholic.net/mariologiatodoacercademaria/572/1428/articulo.php?id=13435

jueves, 6 de febrero de 2014

Las espinas que rodean al Sagrado Corazón de Jesús


         Cuando Jesús murió en la cruz, estaba coronado de espinas. Al resucitar, esa corona había desaparecido. Sólo quedaba, como recuerdo de su Pasión, las llagas de sus manos y de sus pies y la llaga abierta de su costado, de las cuales ya no manaba Sangre, sino Luz gloriosa.
         Sin embargo, cuando Jesús se le apareció a Santa Margarita María de Alacquoque, al mostrarle su Corazón, este se encontraba, además de abierto por la lanza y envuelto en las llamas del Espíritu Santo y con la Cruz en su base, rodeado de una corona de espinas, con lo cual, la corona de espinas con la cual Él murió en la cruz, nunca le fue quitada con la Resurrección, sino que le fue quitada de la Cabeza y de la Cabeza le fue trasladada al Corazón.
         ¿Por qué? ¿Cuál es el significado?
         El significado es que, si bien Jesús murió y resucitó y ascendió a los cielos y está glorioso y resucitado en los cielos y en la Eucaristía y ya no muere más y ya no sufre más, es verdad también que la Pasión de Cristo continúa, misteriosamente, en su Cuerpo Místico y continuará hasta el fin de los tiempos. La corona de espinas en la cabeza -que es la materialización de nuestros pecados, desde el pecado más insignificante, hasta el pecado mortal más abominable-, que estaba en la cabeza de Jesús crucificado aparece luego rodeando al Sagrado Corazón para representar precisamente este hecho: que así como los hombres continuarán pecando hasta el fin de los tiempos, así también la Pasión redentora de Jesús continuará hasta el fin de los tiempos. Hasta el Último Día, el Sagrado Corazón de Jesús continuará latiendo y redimiendo con sus latidos de Amor el pecado y la malicia de los hombres, representado y materializado en la corona de espinas que lo rodea y lo estrecha fuertemente. Es por esto que el que vive en gracia, alivia y repara los terribles dolores del Sagrado Corazón; el que vive en pecado, provoca lacerantes y desgarradoras heridas al Corazón de Jesús.

jueves, 2 de enero de 2014

Oración al Sagrado Corazón de Jesús




Si la santidad de los miembros de la Iglesia no solo no aumenta, sino que muchas veces se encuentra ausente en una inmensa cantidad de bautizados -incluidos muchos sacerdotes-, es sencillamente porque no se recurre ni se hace uso de los abundantísimos tesoros que la Iglesia pone a nuestra disposición, el más grande de todos, el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús. Si los cristianos acudiéramos al sagrario, en donde late de Amor el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, y a Él le pidiéramos las gracias que necesitamos para nuestra santificación y la de nuestros seres queridos, la santidad aumentaría abismalmente y esta vida se convertiría en un anticipo del Paraíso. Pero además de rezar ante el sagrario, el alma tiene a su disposición algo que no tienen los ángeles, y es el poder comulgar y ser alimentado con el mismo Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, y esto es tan real, que por la comunión eucarística, el alma se convierte en un sagrario viviente de Jesús, que deja de estar en el sagrario para estar en el sagrario viviente que es el corazón de quien comulga con fe y con amor.
El bautizado no solo tiene la oportunidad –que la querrían tener cientos de miles de hombres de buena voluntad que no conocen el mensaje de Cristo- de adorar a su Dios, que se hace Presente en Persona en la Eucaristía, sino que tiene el don inmerecido de ser alimentado con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad y su Amor, que late en el Sagrado Corazón y lo envuelve en ardientes llamas de Amor Divino que Jesús desea comunicar sin medida a quien lo recibe en la comunión sacramental.
Por esto, el cristiano debería vivir cada Misa como si fuera la última vez que asiste a Misa; debería hacer cada adoración como si fuera la última vez que hace adoración eucaristía; debería comulgar con el todo el ardor del amor, con toda a fe y la piedad de la que es posible, cada vez, como si fuera la última vez que comulga, porque es el modo de corresponder la entrega que hace Jesús en cada Santa Misa, en cada Adoración Eucarística, en cada Comunión sacramental, de su Sagrado Corazón Eucarístico.
El momento de la comunión eucarística es un momento de insuperable privilegio para orar al Sagrado Corazón, y si bien la oración es individual y personal, una oración al momento de comulgar, en la intimidad del diálogo de amor entre el alma y Jesús, podría ser esta: “Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, que por amor has venido hasta mí, te suplico, por los dolores de tu Pasión, que me des la Cruz que está en la base de tu Sagrado Corazón; que me des la corona de espinas que rodean tu Sacratísimo Corazón, que me hagas beber del cáliz de tus amarguras contenido en tu Sacratísimo Corazón, que me hagas sentir las mismas penas que inundan, como mares impetuosos, tu Sacratísimo Corazón; que me des también el Amor que envuelve tu Sacratísimo Corazón en forma de llamas de fuego; haz que esas llamas, junto con las espinas que rodean tu Corazón y junto con la Sangre contenida en tu Corazón, envuelvan, perforen, e inunden, con la Fuerza impetuosa del Amor Divino, “más fuerte que la muerte” (cfr. Cant 8, 6), nuestros pobres corazones, duros, fríos, sin amor, y los corazones de nuestros seres queridos, y los corazones de todos los pecadores, para que encendidos por las llamas del Espíritu Santo, perforada la dureza pétrea de los corazones pecadores con las espinas que rodean tu Corazón, e inundados con la Sangre contenida en tu Corazón, Sangre que a su vez contiene al Amor Divino, nos convirtamos todos, del pecado a tu Amor, y así ablandados los corazones por la contrición perfecta y convertidos de corazones de piedra en corazones de carne, llenos del Espíritu Santo, seamos movidos a hacer penitencia y a descargar nuestros delitos en el sacramento de la penitencia, para así recibir nuevas y nuevas oleadas de gracia y Amor que provienen de Ti. ¡Oh Sagrado Corazón de Jesús, nada soy más pecado, porque solo soy un abismo de miseria y de indignidad, pero en mi nada y en mi condición de pecador y desde el fondo de miseria de mi alma, tengo algo para ofrecerte, y ese algo es la Eucaristía, que es tu mismo Corazón traspasado; acéptalo, y por la Cruz que está en su base, que representa los dolores acerbos de tu Pasión; por la corona de espinas que rodean tu Corazón, espinas que son la materialización de nuestros malos pensamientos y deseos; por el Fuego que envuelve tu Corazón, Fuego que es el Amor de Dios, el Espíritu Santo; por la llaga que abrió la lanza del soldado, permitiendo que por la herida de tu Corazón fluyera tu Sangre y, con tu Sangre, el Amor de Dios, y por la Eucaristía, que contiene todo esto que te ofrezco, te suplico, oh Sagrado Corazón, la conversión de los pobres pecadores!”.

jueves, 5 de septiembre de 2013

El dolor y las espinas del Sagrado Corazón de Jesús


          Muchos en la Iglesia menosprecian la devoción al Sagrado Corazón, reduciéndolo a un mero afecto; otros tantos -incluso creyentes- reducen la devoción a una banal muestra de sensiblería piadosa. Sin embargo, la devoción al Sagrado Corazón constituye la muestra más grande del Amor divino, que se ha encarnado y materializado en Cristo Jesús. Precisamente el Amor divino, que es eterno e infinito y es inaccesible a los sentidos humanos, se encarna, se materializa y se hace visible en el Corazón de Jesús, de manera tal que los hombres, a partir de esta devoción, no puedan decir que "no saben" dónde está el Amor de Dios, porque este tiene su sede en el Corazón de Jesús y desde allí se irradia a los hombres que a Él se le acercan.
          Puede decirse entonces que el Amor divino está todo concentrado, con la infinita plenitud de su perfección eterna, en el Corazón de Jesús, y esto no quiere decir que no se encuentren manifestaciones del Amor divino en todos lados y en cualquier momento, sino que el Amor de Dios está Presente en Acto de Ser perfectísimo en el Sagrado Corazón, lo cual significa que quien se acerca a Él, recibe de Él la plenitud de su Amor, mientras que quien se aleja de Él, se aleja del Amor de Dios.
          El Amor de Dios por el hombre no se reduce a una mera declaración, ni tampoco se encuentra perdido en los cielos empíreos, en donde es inaccesible para el hombre: para que el hombre pueda acceder a Él, y para que de declaración pase a ser una misteriosa realidad que lo envuelve desde la raíz de su ser, el Amor de Dios se manifiesta al hombre de modo visible, sensible, tangible, en el Sagrado Corazón de Jesús. El Corazón palpitante de Jesús, que late con la fuerza infinita del Amor de Dios y cuyo ritmo de latidos está dictado por el Espíritu Santo, que es su fuerza vital, es la muestra más asombrosa, por parte de Dios, de que su Amor por el hombre -por cada hombre, por todo hombre- no tiene medida, porque es infinito, y no tiene tiempo, porque es eterno. Contemplar el Sagrado Corazón es contemplar entonces al Amor de Dios que no encuentra otra forma más elocuente de declarar su amor por los hombres.
          Pero, si esto es así de parte de Dios, ¿cuál es la respuesta del hombre frente a este Amor divino? Nos lo dice Santa Margarita en la Segunda Revelación, en el año 1674: "Ese día el divino Corazón se me presentó en un trono de llamas, transparente como el cristal, con la llaga adorable, rodeado de espinas significando las punzadas producidas por nuestros pecados". Esto quiere decir que si contenido del Corazón de Dios, el Amor divino, se materializa en el Sagrado Corazón de Jesús, el contenido del corazón del hombre, la maldad del pecado, se materializa en las espinas que lo rodean y lo estrechan fuertemente. Las espinas que punzan al Sagrado Corazón en cada latido, son la expresión material y dolorosa del contenido del corazón humano, que responde con malicia a la Bondad y Santidad de Dios. A cada latido del Corazón de Jesús, que se expande con la potencia infinita del Amor divino, le corresponde la dolorosa potencia del pecado del hombre, que no tiene otro modo de tratar a Dios que no sea con la malicia. Para que nos demos una idea de cuánto ofende a la santidad divina nuestra malicia, baste saber que un solo gesto de impaciencia, o un prejuicio formado en el pensamiento y asentido en el corazón atribuyendo malicia a nuestro prójimo, se materializan en las gruesas espinas que forman la corona que rodea al Corazón de Jesús. Y si esto sucede con los pecados más pequeños, ni siquiera podemos imaginar el dolor que causan a Jesús los pecados más horrendos y graves, los ultrajes más horrorosos, las injurias, ingratitudes y blasfemias más inconcebibles...



          ¿Qué hacer entonces? Con mucho cuidado, cortar una de las espinas, aunque sean las más pequeñas, de las que rodean al Sagrado Corazón, y con ella punzar el nuestro y de nuestros seres queridos, para que de ellos salga, como si de un absceso se tratara, todo aquello que no pertenece al Amor de Dios. De esta manera aliviaremos, al menos ínfimamente, el inmenso dolor del Sagrado Corazón de Jesús.

viernes, 5 de abril de 2013

Sagrado Corazón de Jesús, Puerta abierta del cielo a través de la cual se derrama el Amor de Dios



         “Si rasgaras los cielos y descendieras” (Is 64, 1). El profeta Isaías suspira e implora al Dios de toda majestad y bondad, expresando el deseo más ardiente de su corazón, pidiéndole que rasgue los cielos y descienda. ¿Por qué Isaías hace este pedido? Porque ve, por un lado, la inmensa desolación que es este mundo; ve la maldad del corazón del hombre, que se convierte en “lobo del hombre”, al usar a su prójimo como objeto de satisfacción de sus bajas pasiones; ve cómo el mundo está sumergido en las tinieblas más profundas y densas, las tinieblas del error, del pecado, de la ignorancia, de la apostasía, de la negación de Dios y de su bondad y majestad; ve cómo el mundo está asolado y sitiado por las tinieblas del infierno, tinieblas vivientes, formadas por siniestros seres, los ángeles caídos, que maquinan continuamente la perdición del hombre; ve cómo el mundo sin Dios se encamina decididamente a su perdición eterna. Ante la vista del mal que asola al mundo, San Isaías hace esta súplica a Jesús: “Si rasgaras los cielos y descendieras”. 
        Pero Isaías no solo pronuncia este deseo del descenso de la divinidad a través de los cielos rasgados, por el solo hecho de que el mal, que anida en el corazón del hombre y del ángel caído, ha tomado posesión de la tierra. El profeta Isaías clama por la venida de Dios a la tierra, rasgando los cielos, porque ha contemplado la hermosura indescriptible del Ser divino y, enamorado de Dios por la visión de su majestad incomprensible, considera que este mundo, comparado con tanta belleza y hermosura, es un sitio desolado, hórrido y siniestro, y por eso clama su venida.
“Si rasgaras los cielos y descendieras”. El profeta Isaías, arrebatado en un éxtasis de amor ante la visión de la bondad y la majestad divina, clama a Dios que rasgue los cielos y descienda, para que con su bondad y hermosura divina atraiga a los hombres hacia Él, para que así todos los hombres conozcan en qué consiste la verdadera felicidad, que no es otra cosa que contemplarlo y adorarlo por siglos sin fin. Pero el profeta Isaías, a pesar de su santidad personal y a pesar del amor a Dios que arde en su corazón, amor expresado en su ferviente súplica, no tuvo la dicha de ver los cielos rasgados, ni tampoco pudo ver a Dios descender, y así este santo profeta no pudo tener, en esta vida y en esta tierra, aquello que había contemplado en un éxtasis de amor.
Sin embargo, aquello que el profeta Isaías no pudo ver en vida, sí lo tenemos y lo podemos ver, por la fe, los católicos; todavía más, por la inefable misericordia de Dios, poseemos algo que el profeta Isaías ni siquiera podía imaginar, y es el Corazón traspasado de Jesús en la Cruz, que es algo más grande que los cielos abiertos, porque es el Amor de Dios en Persona que se derrama a través de la herida abierta del Corazón de Jesús.
El Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús es algo más grande que los cielos rasgados, porque a través del Corazón de Jesús, se derrama sobre el alma su Sangre, y con la Sangre, el Espíritu Santo, el Amor de Dios, que colma con la abundancia de su Amor divino el deseo de felicidad que tiene el alma.
“Si rasgaras los cielos y descendieras”. Jesús no solo cumple con creces el deseo del profeta Isaías, bajando del cielo para encarnarse en el seno virgen de María, sino que rasga algo más grande que los cielos, al permitir que su Corazón sea traspasado en la Cruz, para que con la efusión de su Sangre, descienda sobre nosotros el Amor de Dios.
“Si rasgaras los cielos y descendieras”, le dice el profeta Isaías a Dios, y Dios cumple con creces el pedido en Cristo, que es Dios. Pero si Isaías hace un pedido a Dios, Cristo a su vez nos dice a nosotros: “Si rasgaras tu corazón para que yo pueda entrar y darte mi amor”. Por lo  tanto, ante el pedido de Cristo Dios, debemos corresponder rasgando nuestros corazones con la oración, la mortificación y la misericordia, para que entre, a través del corazón rasgado, contrito y humillado, el Dios que ha bajado de los cielos para darnos su Amor, Jesús Eucaristía.

jueves, 28 de febrero de 2013

Las espinas del Sagrado Corazón de Jesús



         En sus apariciones a Santa Margarita, el Sagrado Corazón de Jesús aparece envuelto en llamas, las cuales representan el Amor de Dios, el Espíritu Santo. Pero también se presenta rodeado de espinas, que forman a su alrededor una especie de corona. Teniendo en cuenta que es un Corazón vivo y que por lo tanto se encuentra en movimiento continuo, y teniendo en cuenta que las espinas lo rodean estrechamente, es de suponer que en cada latido, en cada movimiento de contracción-dilatación, de sístole y diástole, las espinas le provoquen un agudo dolor, sobre todo en el momento de la diástole, es decir, en el momento en el que el corazón se relaja, luego de la contracción sistólica, para almacenar nueva sangre en los ventrículos y poder continuar su función de bomba.
         Debido a que las llamas representan al Amor de Dios, el Espíritu Santo, todo el Sagrado Corazón está en Acto continuo de Amor perfecto, simbolizado en los dos movimientos cardíacos: en la diástole, esto es, en el momento de la relajación de las paredes ventriculares, necesario para que ingrese un nuevo torrente sanguíneo, se representa el Amor de Dios que llega, que viene a los hombres, concentrándose en el Sagrado Corazón; en la sístole, en el momento de la contracción de los ventrículos, en donde se expulsa la sangre hacia el cuerpo, simboliza la efusión del Amor de Dios sobre su Cuerpo Místico, la Iglesia. En cada latido del Sagrado Corazón, late el Amor de Dios; cada movimiento del Sagrado Corazón es un movimiento del Amor de Dios hacia los hombres.
         Pero si el Amor está presente en cada latido, lo está también el dolor, puesto que las espinas, que forman una apretada corona alrededor del Corazón, provocan dolor en las dos fases del movimiento del Corazón; en la diástole, en la fase de llenado, porque las espinas se incrustan con fuerza en la pared de los ventrículos; en la sístole, porque el movimiento de contracción de la musculatura ventricular exacerba el dolor producido por la laceración ocurrida en el movimiento anterior. Si el Amor está dado por el Padre, que le dona el Espíritu Santo desde la eternidad, el dolor provocado por las espinas le es proporcionado por los hombres, porque sus pecados, la malicia de sus corazones, se traducen en gruesas espinas que laceran y desgarran al Corazón de Jesús.
         En otras palabras, en cada movimiento cardíaco, en cada diástole y en cada sístole, el Sagrado Corazón experimenta Amor y dolor: el Amor del Padre, que desde la eternidad le ha donado el Espíritu Santo, y que desea ardientemente volcarse sobre toda la humanidad y sobre todo hombre, y el dolor de parte de los hombres, que al Amor incomprensible, inagotable, inabarcable de Dios Trino, responden con indiferencias, desprecios, ingratitudes, postrándose ante vanos ídolos mundanos, despreciando y posponiendo el Amor divino, que se derrama incontenible con la Sangre del Sagrado Corazón traspasado, que se vierte por la herida abierta del costado.
         Desde la Cruz, en la cima del Monte Calvario, en donde agoniza de Amor, el Sagrado Corazón nos pide reparación, penitencias, ofrendas, holocaustos, que se sintetizan en el Primer Mandamiento, “Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo”, y en las obras de misericordia espirituales y corporales.