San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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jueves, 6 de junio de 2019

El Sagrado Corazón y las tres armas para la lucha espiritual



          En sus apariciones como el Sagrado Corazón, Jesús le dio a Santa Margarita tres armas espirituales, necesarias en la lucha por su santificación, es decir, en la lucha por lograr, con la ayuda de la gracia, su purificación y transformación[1].
           La primera arma espiritual es una conciencia delicada, que ame estar en gracia y que deteste y se duela no solo por el pecado, sino ante la más mínima falta. Una vez que Santa Margarita había cometido una falta –que puede ser, por ejemplo, el hablar de alguien-, Jesús le dijo: “Sabed que soy un Maestro santo, y enseño la santidad. Soy puro, y no puedo sufrir la más pequeña mancha. Por lo tanto, es preciso que andes en mi presencia con simplicidad de corazón en intención recta y pura. Pues no puedo sufrir el menor desvío, y te daré a conocer que si el exceso de mi amor me ha movido a ser tu Maestro para enseñarte y formarte en mi manera y según mis designios, no puedo soportar las almas tibias y cobardes, y que si soy manso para sufrir tus flaquezas, no seré menos severo y exacto en corregir tus infidelidades”. Lo que nos hace ver Jesús es que el alma, por la gracia, está delante suyo, así como los bienaventurados están delante de Dios en el cielo y así como nadie imperfecto puede estar delante de Dios en el cielo, así Jesús tampoco tolera no ya el pecado, sino ni siquiera la más leve imperfección. Santa Margarita adquirió esta conciencia delicada y por eso ella afirmaba que “nada era más doloroso para ella que ver a Jesús incomodado contra ella, aunque fuese por poca cosa”. Y en comparación a este dolor, nada le parecía los demás dolores, correcciones y mortificaciones y por eso mismo acudía inmediatamente a pedir penitencia a su superiora cuando cometía una falta, pues sabía que Jesús solo se contentaba con las penitencias impuestas por la obediencia.
               La segunda arma espiritual, la santa obediencia.
Jesús reprendía a Santa Margarita, de modo severo, sus faltas en la obediencia, ya sea a sus superiores o a su regla. Jesús mostraba molestia cuando Santa Margarita, ante la orden de una superiora, replicaba o daba aunque sea ligeras señales de incomodidad o repugnancia. Una vez corrigiéndola le decía: “Te engañas creyendo que puedes agradarme con esa clase de acciones y mortificaciones en las cuales la voluntad propia, hecha ya su elección, más bien que someterse, consigue doblegar la voluntad de las superioras. ¡Oh! yo rechazo todo eso como fruto corrompido por el propio querer, el cual en un alma religiosa me causa horror, y me gustaría mas verla gozando de todas sus pequeñas comodidades por obediencia, que martirizándose con austeridades y ayunos por voluntad propia”. La obediencia a los superiores es arma espiritual de gran valor, porque corrige y abate nuestra soberbia y nuestro orgullo, que siempre son participación en la soberbia y el orgullo de Satanás, pecados que le valieron la expulsión del cielo. Además, la obediencia implica amor y humildad, que son virtudes propias del Sagrado Corazón, con lo que el alma que obedece, imita muy de cerca a Jesús.
                La tercera arma espiritual: Su Santa Cruz.
Santa Margarita relata que un día después que ella recibió la comunión, se hizo presente ante los ojos de ella una gran cruz, cuya extremidad no podía ver; estaba la cruz toda cubierta de flores. Y el Señor le dijo: “He ahí el lecho de mis castas esposas, donde te haré gustar las delicias de mi amor; poco a poco irán cayendo esas flores, y solo te quedarán las espinas, ocultas ahora a causa de tu flaqueza, las cuales te harán sentir tan vivamente sus punzadas, que tendrás necesidad de toda la fuerza de mi amor para soportar el sufrimiento”. La cruz entonces no es un lecho de rosas, sino la muestra del Amor de Dios para con las almas elegidas: cuanto más cerca de la cruz, tanto más es amada esa alma por Dios. Esto significa que rechazar la cruz es rechazar el Amor de Dios. Si el Padre nos entrega el Amor del Hijo por medio de la Cruz, entonces no solo no debemos rechazar la cruz, sino que debemos abrazarla con todo el corazón.
Con el uso de estas tres armas espirituales, lo que buscaba Jesús era hacer que el alma de Santa Margarita creciera cada vez más en el desprecio de sí y en el Amor de Dios. En otra ocasión le dijo el Señor: “Has de querer como si no quisieras, debiendo ser tus delicias agradarme a mí. No debes buscar nada fuera de mí pues de lo contrario injuriarías a mi poder y me ofenderías gravemente, ya que yo quiero ser solo todo para ti”.
           Al día siguiente de su profesión destinaron a Margarita a la enfermería, como auxiliar de la enfermera, Sor Catalina Marest, excelente religiosa, aunque de temperamento activo, diligente y eficiente. Margarita en cambio era callada, lenta y juiciosa. Recordándose ella después de su paso por la enfermería, escribía: “Sólo Dios sabe lo que tuve que sufrir allí”. Y no eran exageradas sus palabras pues había recibido un sin número de insultos y desengaños durante ese tiempo. A través de esta severa religiosa, Jesús le dio la oportunidad a Santa Margarita de practicar las tres armas espirituales que le había revelado. Por último, y como una gracia extraordinaria, Jesús le comunicó una parte de sus terribles angustias en Getsemaní, diciéndole que la quiere víctima inmolada. Ella le dice a Jesús: “Nada quiero sino tu Amor y tu Cruz, y esto me basta para ser Buena Religiosa, que es lo que deseo”.
            Imitemos a Santa Margarita y usemos las tres armas espirituales, una conciencia delicada, la santa obediencia y el amor a la Santa Cruz, para así poder entrar en el Sagrado Corazón de Jesús.


viernes, 5 de abril de 2019

El Sagrado Corazón se queja de las ingratitudes y desamores de los cristianos



         En la tercera gran revelación, que ocurrió durante la fiesta de Corpus Christi de 1674, el Sagrado Corazón le reveló a Santa Margarita “las maravillas de su puro amor y hasta qué exceso había llegado su amor para con los hombres, de quienes no recibía sino ingratitudes”[1]. En esta aparición, que es más brillante que las demás, según la descripción de Santa Margarita, quien lo describe así: “Jesucristo mi Amado se presentó delante de mí todo resplandeciente de Gloria, con sus cinco llagas brillantes, como cinco soles y despidiendo de su sagrada humanidad rayos de luz de todas partes pero sobre todo de su adorable pecho, que parecía un horno encendido”[2], además de hacerle algunas peticiones y revelarle que le concederá la gracia del dolor de su Costado traspasado, el Sagrado Corazón se muestra como un “amante apasionado de los hombres, que se queja del desamor de los suyos y, como si fuera un divino mendigo, nos tiende la mano el Señor para solicitar nuestro amor”[3].
         Es decir, en esta aparición, el Sagrado Corazón se queja de las “ingratitudes” y del “desamor” de los suyos, que no somos otros que nosotros, los cristianos, además de presentarse como un “mendigo de amor”, que viene a mendigar nuestro miserable amor, aun teniendo Él el amor de los querubines y serafines que se postran ante Él y lo aman y adoran de día y de noche.
         Somos ingratos y desamorados con el Sagrado Corazón, cada vez que preferimos los viles placeres del mundo, antes que el más pequeño grado de gracia; somos ingratos y desamorados con el Sagrado Corazón de Jesús, cada vez que preferimos los atractivos y manjares del mundo, antes que el banquete celestial que nos prepara el Padre en cada Santa Misa, compuesta por manjares celestiales: la Carne del Cordero, el Pan Vivo bajado del cielo y el Vino de la Alianza Nueva y Eterna; somos ingratos y desamorados con el Sagrado Corazón cuando preferimos el amor mísero de las creaturas y cuando mendigamos el amor de estas, antes de venir a beber del Amor Infinito de Dios, que se derrama incontenible desde la Eucaristía; somos ingratos y desamorados para con el Sagrado Corazón de Jesús, cada vez que, teniendo que cargar la cruz, en vez de abrazar la cruz –que puede ser bajo la forma de una enfermedad, una tribulación-, dejamos de lado la cruz y corremos para que alguien nos la quite y no dudamos en aliarnos con los enemigos de Dios –brujos, hechiceros, chamanes-, con tal de no tener tal o cual enfermedad, es decir, con tal de no llevar la cruz.
         El Sagrado Corazón se queja de las ingratitudes y desamores de los cristianos, ingratitud y desamor que llegan al extremo de convertirse en pecados, que se materializan en la corona de espinas que laceran y lastiman, a cada latido, al Sagrado Corazón.
         Hagamos el propósito de no solo no ser ingratos y desamorados, sino de acudir a rendirle amor, honor y adoración al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, adorándolo en la Adoración Eucarística y recibiéndolo en la Comunión Eucarística con todo el amor del que seamos capaces, para así reparar por nuestras ingratitudes y desamores y por las de nuestros hermanos.



[1] https://www.corazones.org/santos/margarita_maria_alacoque.htm
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.

viernes, 1 de marzo de 2019

Las espinas y el dolor del Sagrado Corazón de Jesús



         Cuando se contempla a Jesús en sus apariciones como el Sagrado Corazón, hay algo que se destaca a primera vista y es lo siguiente: Jesús se aparece resucitado, glorioso: de hecho, de sus llagas no brota sangre, sino luz, que es el símbolo de la gloria divina. Su Cuerpo no es el Cuerpo martirizado, cubierto de sangre y de heridas abiertas en la Cruz: es el Cuerpo glorioso, luminoso, lleno de la luz, de la vida y de la gloria de Dios. Su Corazón no es el Corazón sufriente de la Cruz –al menos no lo parece- porque está envuelto en las llamas del Divino Amor, el Espíritu Santo; tiene una Cruz en su base y de su Costado traspasado brota Sangre y Agua. Es el Corazón de Jesús glorificado y por lo tanto, sin sufrimiento. Sin embargo, hay algo que llama la atención y es la corona de espinas que rodea al Sagrado Corazón. Ya no rodea su Cabeza, como en el Calvario, sino su Corazón. Y puesto que el Corazón es un Corazón vivo, late, es decir, se expande y se contrae en cada latido y por supuesto, sufre las consecuencias de las espinas, que se introducen en él en cada expansión y se retiran de él, desgarrándolo, en cada contracción. Entonces aquí parece haber algo que no parece estar bien: Jesús está con su Cuerpo glorioso y el Cuerpo glorioso no sufre; sin embargo, al mismo tiempo, su Corazón está rodeado por una corona de espinas y las espinas le provocan dolor en cada latido.
         ¿Cuál es el significado de esta contradicción? Ante todo, no es una contradicción, porque se trata de una realidad y de un misterio sobrenatural: si bien Jesús está glorificado y en cuanto glorificado no sufre, sin embargo sí sufre moralmente, no corporalmente, por los pecados de los hombres y su sufrimiento no es corporal, sino moral, como cuando una madre ve que su hijo se acerca peligrosamente y por propia voluntad a un abismo y quiere precipitarse en él. Jesús sufre y sufrirá así hasta el fin de los tiempos, a consecuencia de nuestros pecados. Aun cuando está resucitado y glorioso, entonces, Jesús sufre por nuestros pecados, porque son nuestros pecados los que se materializan en la corona de espinas que rodean al Sagrado Corazón y lo hacen sufrir a cada latido. Ahora bien, existe un modo por el cual el Sagrado Corazón no sufre y es cuando luchamos para no caer: de esa manera, consolamos al Corazón de Jesús en vez de hacerlo sufrir. Es decir, nosotros podemos, libremente, o hacerlo sufrir más, o consolarlo: cualquiera de las dos acciones, las recibirá el Sagrado Corazón.
De nuestra parte, para no hacerlo sufrir, podemos hacer el propósito de no pecar, o al menos de poner todo de nuestra parte para no solo no pecar, sino para aumentar cada vez más la gracia en nuestras almas. De esta manera, no solo no seremos causa del dolor de Jesús, sino que lo consolaremos en sus dolores, que durarán hasta el fin del mundo.

viernes, 1 de febrero de 2019

El Sagrado Corazón y las Comuniones de los Primeros Viernes



         Nuestro Señor Jesucristo, cuando se le apareció a Santa Margarita María de Alacquoque, le hizo la promesa de que todo aquel que comulgara –obviamente, en estado de gracia- los nueve primeros viernes de mes, recibiría una recompensa que le valdría la vida eterna: no morirían sin los auxilios divinos, lo cual significa que habrían de ganar el Cielo eterno. Además, Jesús hizo otras hermosas promesas, pero podemos decir que la más grandiosa de todas es esta: por comulgar nueve meses seguidos, ¡nos ganamos el Cielo!
         Cuando observamos las promesas del Sagrado Corazón, tenemos la tentación de decir: ¡Qué fácil es ganarse el cielo! Y de verdad que es fácil: lo único que debemos hacer, es comulgar nueve meses seguidos, en estado de gracia, además de, por supuesto, amar y adorar al Sagrado Corazón que late en la Eucaristía.
         Pero como somos humanos, siempre tenemos tendencia a quedarnos en la superficie y no ver un poco más allá: es verdad que, para hacernos merecedores de la promesa de Jesús, debemos comulgar nueve meses seguidos, pero también es verdad que, aparte de hacerlo en gracia, debemos hacer cada comunión con todo el amor, con todo el fervor, con toda la piedad de la que seamos capaces y la gracia nos capacite. En efecto, comulgar, para el devoto del Sagrado Corazón, no es ingerir un poco de pan: es recibir, al mismo Sagrado Corazón de Jesús en Persona, a ese Corazón que está envuelto en las llamas del Divino Amor y que enciende en el Divino Amor a todo aquel a quien a Él se le acerca. Recordemos las comuniones que hacían los santos y cómo los santos utilizaban imágenes, tomadas de la vida cotidiana, para graficar qué es lo que sucedía en la comunión. Por ejemplo, San Vicente Ferrer, decía que en quien comulgaba, su corazón comenzaba a hervir, así como el agua comienza a hervir bajo la acción del fuego y esto es así, literalmente hablando, aun cuando no seamos conscientes de esto y aun cuando no sintamos nada: nuestros corazones son inmersos en ese horno ardentísimo del Divino Amor, que es el Corazón Eucarístico de Jesús y es por eso que, al contacto con él, deben –o al menos, deberían- encenderse en el fuego del Divino Amor.
         Quienes somos devotos del Sagrado Corazón y queremos ganarnos el Cielo, no comulguemos, entonces, distraídamente, como quien ingiere un poco de pan: quien ingresa en el alma es el mismo y único Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús y, aunque no sintamos nada sensiblemente, dejemos que sus llamas incendien, en fuego del Divino Amor, a nuestros pobres corazones.

viernes, 3 de agosto de 2018

El simbolismo del Sagrado Corazón de Jesús



         
         Jesús se le apareció a Santa Margarita María de Alacquoque con su Sagrado Corazón transparente como un cristal, con la cruz en la base, con una corona de espinas rodeándolo, con el costado traspasado y manando sangre y envuelto en llamas de fuego. ¿Qué significado tiene todo esto?
         El corazón transparente como un cristal significa la santidad de Dios, santidad en la cual no cabe ni la más pequeñísima mancha de pecado: puesto que Jesús es la Gracia Increada y Fuente de toda gracia creada, su Sagrado Corazón es la Santidad Increada y la Fuente de toda gracia creada y ésa es la razón por la cual Jesús promete tantas gracias[1] para quienes confiesen y comulguen devotamente los Nueve Primeros Viernes de mes.
La cruz en la base del Corazón de Jesús: la Cruz es el Árbol de la Vida y el Fruto exquisito de este Árbol es el Sagrado Corazón. Quiere decir que quien desee alcanzar el fruto exquisito del Corazón de Jesús para saborear la dulzura del Amor Divino, debe subirse al Árbol de la Cruz, de la misma manera a como alguien, viendo un fruto exquisito en un árbol terreno, debe subirse a él para alcanzarlo y comer de él. Vale la pena aclarar que es la Santa Cruz el único Árbol de la Vida para el cristiano, porque de Jesucristo obtenemos la Vida eterna; el cristiano debe abstenerse de creer en cualquier otro árbol de la vida, como por ejemplo, el árbol de la vida gnóstico, que tiene forma de árbol, pero que constituye en realidad un amuleto mágico. Ambos árboles son excluyentes entre sí, de manera que el que cree en el Árbol de la Vida que es la Cruz, no puede creer en el árbol de la vida del gnosticismo, y viceversa.
Las llamas de fuego que envuelven al Sagrado Corazón: significan el Fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo, la Tercera Persona de la Trinidad. Cabe señalar que el Espíritu Santo está en el Corazón de Jesús no de forma añadida exteriormente, como si Jesús fuera un hombre a quien Dios ama de modo especial y le da el Espíritu Santo: el Espíritu Santo está en el Corazón de Jesús porque es Jesús quien, junto al Padre, lo espira, de manera que el Espíritu Santo inhabita en el Corazón de Jesús como algo que le pertenece por derecho y por naturaleza a Jesús. Es decir, Jesús espira el Espíritu Santo junto al Padre y ésa es la razón por la cual el Espíritu Santo inhabita en el Corazón de Jesús, no como don externo sino como Persona Tercera de la Trinidad que proviene del mismo Jesús y del Padre.
La corona de espinas que aprieta y rodea al Corazón de Jesús: la corona de espinas son nuestros pecados, veniales o mortales, del orden que sea, que si al alma pecadora le producen placer de concupiscencia, en Jesús se materializan en las espinas de la corona. De esta manera el pecador debe considerar que, con su pecado, lastima al Corazón de Jesús, ya que las espinas se introducen en el Corazón en la fase de dilatación, mientras que se desprenden de Él, desgarrándolo, en la fase de contracción del corazón.
El costado traspasado y la Sangre: significan el don del Espíritu Santo y el perdón misericordioso de Dios al hombre que, aun cometiendo deicidio, no es castigado por Dios, sino que Dios, teniendo su Corazón traspasado, dona de lo más profundo que hay en su Ser divino trinitario, el Amor Misericordioso de su Corazón de Dios. Jesús no se contenta con darnos un poco de su amor, sino que se nos da todo Él, además de darnos el Amor de Dios, porque en la Sangre está contenido el Don de dones, el Espíritu Santo.
Todos estos dones están contenidos en uno solo: la Eucaristía, porque en la Eucaristía late el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús.



[1] Cfr. Las Doce Promesas del Sagrado Corazón: Les daré todas las gracias necesarias para su estado de vida; Les daré paz a sus familias; Las consolaré en todas sus penas; Seré su refugio durante la vida y sobre todo a la hora de la muerte; Derramaré abundantes bendiciones en todas sus empresas; Los pecadores encontrarán en mi Corazón un océano de misericordia; Las almas tibias se volverán fervorosas; Las almas fervorosas harán rápidos progresos en la perfección; Bendeciré las casas donde mi imagen sea expuesta y venerada; Otorgaré a aquellos que se ocupan de la salvación de las almas el don de mover los corazones más endurecidos; Grabaré para siempre en mi Corazón los nombres de aquellos que propaguen esta devoción; Yo te prometo, en la excesiva misericordia de mi Corazón, que su amor omnipotente concederá a todos aquellos que comulguen nueve Primeros Viernes de mes seguidos, la gracia de la penitencia final: No morirán en desgracia mía, ni sin recibir sus Sacramentos, y mi Corazón divino será su refugio en aquél último momento.

viernes, 8 de junio de 2018

El Sagrado Corazón a la Hermana Encarnación: “Los hombres no recuerdan los dolores de mi Pasión”



El Sagrado Corazón se le apareció a la hermana Encarnación del Sagrado Corazón en Guatemala para manifestarle cuánto dolor le causaban los hombres porque estos –distraídos con las cosas del mundo- no recuerdan su Pasión –y si no recuerdan su Pasión, no recuerdan los motivos de ésta, que es la Misericordia de Dios y el pecado de los hombres-. El día 9 de abril de 1857 la Madre fue a la Capilla a meditar la Pasión, en la parte en la que Jesús es traicionado por Judas Iscariote y sintió en ese momento que el Señor le decía al oído: “Los hombres no recuerdan los dolores de mi Corazón”.
En otra aparición, Jesús le dice así a Santa Gemma Galgani, quejándose de cómo los cristianos se olvidaban de su Corazón y su Amor y de cómo comulgaban muchos cristianos, con hipocresía y cinismo, además de convertir a sus templos en verdaderos "teatros": “Nadie se cuida ya de Mi amor; Mi corazón está olvidado, como si nada hubiese hecho por su amor, como si nada hubiera padecido por ellos, como si de todos fuera desconocido. Mi corazón está siempre triste. Solo Me hallo casi siempre en las iglesias, y si muchos se reúnen, lo hacen con motivos bien distintos de los que Yo quisiera; y así tengo que sufrir viendo a mi Iglesia convertida en teatro de diversiones; veo que muchos, con semblante hipócrita, me traicionan con comuniones sacrílegas”[1].
         Es decir, a través de estas dos apariciones, Jesús le dice a la Iglesia que los cristianos no solo no recuerdan los dolores de la Pasión, sino que no toman conciencia de que lo que reciben en la Eucaristía es el Corazón dolorido de Jesús, puesto que lo reciben distraídamente, haciendo comuniones sacrílegas en la mayoría de los casos porque cuando comulgan están pensando en cosas mundanas o en cualquier otra cosa menos en Él y además nos revela su dolor porque se encuentra abandonado en su Prisión de Amor, el sagrario
         ¿Por qué Jesús quiere que nos acordemos de sus dolores en la Pasión y por qué quiere que recibamos su Corazón Eucarístico con piedad, con amor, con fervor? Por un lado, porque este recuerdo no se trata de una mera afectividad y tener devoción al Sagrado Corazón no es una simple devoción dejada al libre querer del que le parezca: así como en la Pasión de Jesús están contenidas todas las gracias que necesitamos para la salvación, así también, de la misma manera, en el Sagrado Corazón  están contenidas todas las gracias necesarias para nuestra eterna salvación, según le dijo Jesús a Santa Margarita.
         Que en la devoción al Sagrado Corazón están contenidas las gracias más que suficientes y necesarias para la eterna salvación en el Reino de Dios y para al mismo tiempo evitar la eterna condenación en el Infierno, eso es lo que Jesús le dice a Santa Margarita en una de las apariciones: “Me hizo ver que el ardiente deseo que tenía de ser amado por los hombres y apartarlos del camino de la perdición, en el que los precipita Satanás en gran número (y que ese Amor) le había hecho formar el designio de manifestar su Corazón a los hombres, con todos los tesoros de amor, de misericordia, de gracias, de santificación, y de salvación que contiene, a fin de que cuantos quieran rendirle y procurarle todo el amor, el honor y la gloria que puedan, queden enriquecidos abundante y profusamente con los divinos tesoros del Corazón de Dios, cuya fuente es, al que se ha de honrar bajo la figura de su Corazón de carne, cuya imagen quería ver expuesta y llevada por mi sobre el corazón, para grabar en él su amor y llenarlo de los dones de que está repleto, y para destruir en él todos los movimientos desordenados. Que esparciría sus gracias y bendiciones por dondequiera que estuviere expuesta su santa imagen para tributarle honores y que tal bendición sería como un último esfuerzo de su amor (…) a fin de apartarlos del imperio de Satanás, al que pretende arruinar, para ponernos en la dulce libertad del imperio de su amor, que quiere restablecer en el corazón de todos los que se decidan a abrazar esta devoción”.
Para esto se manifiesta Jesús como Sagrado Corazón y para esto quiere que le tengamos devoción: para “Apartar (a los hombres) del camino de la perdición, en el que los precipita Satanás en gran número (es decir, el Infierno); destruir en él (en el hombre) todos los movimientos desordenados (los movimientos desordenados son los pecados que, si son mortales y no se confiesan, conducen al Infierno); apartarlos del imperio de Satanás (el Príncipe del Infierno) (y que los hombres queden) bajo el imperio de su Amor”.
          Es para que nos apartemos del camino de Satanás y para que lo reconozcamos a Él, a Jesús, como a Nuestro único Rey, es para lo que Jesús nos revela su Sagrado Corazón y es para este fin que sufrió la Pasión ya desde el momento mismo de la Encarnación. Otro elemento a tener en cuenta es que si las gracias para nuestra eterna salvación están contenidas en la Pasión y en el Sagrado Corazón, están contenidas por lo tanto también en la Eucaristía, porque es allí donde está vivo y glorioso el Sagrado Corazón. Por esta razón es que nos entrega en cada comunión eucarística su Sagrado Corazón Eucarístico, porque en la Eucaristía el Sagrado Corazón está, lleno de la gloria y del Amor de Dios, vivo y palpitante.
Entonces, recordar, meditar, pedir la gracia de participar de los dolores de la Pasión de Jesús, ser devotos del Sagrado Corazón de Jesús es necesario para nuestra eterna salvación y es tan necesario, que quien no es devoto del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, no tiene modo de salvarse eternamente y quien rechaza esta devoción no tiene modo de librarse de Satanás y por lo tanto pone su salvación eterna en grave riesgo. Jesús se manifestó como el Sagrado Corazón para destruir los movimientos desordenados de nuestros corazones, que nos conducen al pecado; para librarnos de Satanás y de la eterna condenación en el Infierno y para colmarnos de toda clase de gracias necesarias para nuestra santificación y eterna salvación. Nada de esto tiene que ver con una devoción que se queda solo en la afección sensible, como erróneamente afirman muchos que desconocen al Sagrado Corazón.



[1] Cfr. www.religionenlibertad.com/la-terrible-carta-de-gema-galgani-13999.htm

viernes, 1 de junio de 2018

El Sagrado Corazón de Jesús y los Santos



         En el Antiguo Testamento, el corazón es símbolo no solo de los afectos del hombre, sino sede y representación de todo su ser: todo lo que es el hombre, en cuerpo y alma, está representado en el corazón. “Dar el corazón” es dar, literalmente, a la persona dueña de ese corazón. Así, por ejemplo, en Deuteronomio 6, 4-6, Dios pide que le amen “con todo su corazón”, es decir, con todo lo que el hombre es.
         Y es tan significativo el simbolismo del Sagrado Corazón que, cuando ese mismo Dios del Antiguo Testamento, que hasta entonces era invisible a los ojos de los hombres, se decide a encarnarse y manifestarse, expresa su Amor al permitir que su Corazón sea traspasado por la lanza, porque de esa manera, expresa que lo que contiene su Corazón, que es su Ser divino trinitario con el Amor que brota de él, todo en su totalidad, se derrama sobre el hombre, sin reservarse nada para Él. La lanzada del soldado romano sobre el Corazón de Jesús hace que éste se abra, así como se abren las compuertas de un dique, y derrame sobre la humanidad el contenido del Corazón, que es el Ser de Dios con su Divino Amor. Dios se da a sí mismo a través de su Corazón traspasado.
         Luego, el Dios del Antiguo y del Nuevo Testamento se manifestará visiblemente a su Iglesia –y, a través de la Iglesia, al mundo-, por medio del Sagrado Corazón, porque es el órgano que representa lo que Dios Es: Amor. “Dios es Amor” (cfr. 1 Jn 4, 8) y lo que representa al Amor es el Corazón y un Corazón traspasado significa que Dios derrama su Amor sobre los hombres.
         A lo largo de los siglos, Dios se  manifestará a diversos santos por medio de su Sagrado Corazón, dejando en cada manifestación un mensaje distinto, pero que convergen todos en su simbolismo: Dios se entrega a sí mismo a los hombres por medio del don de su Sagrado Corazón.
         En Francia, Jesús se manifiesta a una monja, Santa Margarita María de Alacquoque, revelándole que el órgano por medio del cual los hombres habrían de unirse a Él, es el Corazón traspasado por la lanza. Es decir, si los hombres quieren unirse a Él, deben hacerlo por medio de su Amor, expresado, simbolizado y significado en el Amor que se derrama incontenible a través de la herida abierta de su Corazón. Dios no nos pide doctorados para unirnos a Él: nos pide nuestro amor, porque Él nos da su Amor, a través de su Sagrado Corazón.
         En España, en Valladolid, el Beato Padre Bernardo de Hoyos recibirá del Corazón Sacratísimo el siguiente encargo: que el culto y la devoción a su Sagrado Corazón sea conocido y difundido entre los hombres, para que sea cada vez más amado, adorado y glorificado. Le hace ver al beato una visión en la que el corazón del beato es alcanzado por las llamas del Sagrado Corazón y es incendiado por estas llamas: significan cómo Dios arde en amor por nosotros, y cómo desea transmitirnos y comunicarnos de ese Amor, contenido en su Sagrado Corazón. Al beato le da esta revelación: “En España reinaré con más y mayor devoción que en otras partes”. Puesto que podemos considerarnos, racial, cultural y espiritualmente, parte de la España de ultramar, podemos pensar que esa promesa se hace extensiva a nuestra Patria y a Hispanoamérica. También le dice al beato que cualquier cosa que se le pidiera al Sagrado Corazón sería concedido.
         En el año 1820, precisamente en lo que era la Provincia ultramarina de Guatemala, Jesús se aparece como el Sagrado Corazón a la hermana Encarnación del Sagrado Corazón. A esta hermana le habría de manifestar el dolor que le causaban los hombres, al no celebrar su Pasión, es decir, los dolores de su Corazón: en 1857, un 9 de abril, la Madre fue a la Capilla a meditar lo que en ese día habría de haber pasado que Judas Iscariote traicionaría a Jesús. en un determinado momento, el Señor le dijo a su oído: “Los hombres no celebran los dolores de mi Corazón”. Esta experiencia se repitió unos días después, mientras comulgaba, oyendo siempre la misma petición.
         Por último, se le apareció a Sor Faustina Kowalska como Jesús de la Divina Misericordia, manifestación que es una evidente e innegable continuación y prolongación de la devoción al Sagrado Corazón, puesto que Jesús aparece de pie, vestido con túnica blanca y con los rayos de color rojo y blanco, símbolo de la Sangre y Agua que brotaron de su Corazón traspasado el Viernes Santo. La Divina Misericordia es el contenido de la Sangre y Agua del Corazón de Jesús. 
         Ahora bien, este mismo Sagrado Corazón, que se apareció a los santos en distintos siglos, no se nos aparece visiblemente a nosotros pero, mucho mejor que una aparición, se nos dona, en su totalidad, con su Sangre y Agua, con la Cruz en su base, con la corona de espinas que lo rodea y con las llamas de Amor del Espíritu Santo que lo envuelven, en cada comunión eucarística. En cada comunión eucarística, realizada en estado de gracia, recibimos al Sagrado Corazón de Jesús, vivo, palpitante, glorioso, resucitado, que quiere unirse a nosotros por medio de su Corazón Eucarístico; quiere comunicarnos las llamas de Amor Divino que lo envuelven e incendiar con ellas nuestros corazones; quiere que recordemos y tengamos siempre presentes los dolores de su Corazón en la Pasión y quiere derramar sobre nuestras almas, con la Sangre y el Agua de su Sagrado Corazón traspasado, su Divina Misericordia. No seamos indiferentes al Divino Amor que se nos dona en la comunión eucarística.
        
        

viernes, 2 de febrero de 2018

El Sagrado Corazón busca víctimas de amor


        Muchas veces se piensa que la devoción al Sagrado Corazón es algo que “ha pasado de moda”, o que está reservada para personas mayores, generalmente mujeres, cuyo pasatiempo piadoso es acudir a la Iglesia y formar parte de una cofradía, además de hacer unas cuantas oraciones. Esta forma de pensar corresponde a una mentalidad y a una espiritualidad infantiles, con el perdón de los infantes. No se corresponde, en absoluto, con la realidad. Una de las claves para poder apreciar la inmensidad de la riqueza de la devoción al Sagrado Corazón, está en una de las frases dichas por Jesús a Santa Margarita: “Busco una víctima para Mi Corazón, que quiera sacrificarse como hostia de inmolación en el cumplimiento de Mis Designios”[1]. Jesús busca “víctimas” que quieran “sacrificarse como hostias de inmolación”, para “cumplir sus Designios”.
¿Qué significan estas palabras de Jesús? ¿Qué quiere decir “víctimas”? ¿Qué quiere decir “sacrificarse alguien como víctima de inmolación”? ¿Cuáles son sus designios?
Podremos responder a estas preguntas, si contemplamos a Jesucristo crucificado, ya que Él es la Víctima Inmolada por excelencia, que cumple el designio divino de la salvación de los hombres, por medio del sacrificio de la cruz. Jesús es Víctima Inocente, puesto que siendo Dios Hijo encarnado, no solo no hay en Él ni la más mínima sombra de malicia y ni siquiera de imperfección, sino que en Él resplandece la santidad divina, puesto que Él es la Santidad Increada en sí misma. Jesús es “Víctima de inmolación”, porque siendo Inocente, se ofrece a sí mismo, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, para aplacar la Ira divina, ofreciendo al Padre el don Preciosísimo de su Sangre derramada en el Calvario, como también se inmola para, una vez perdonados los pecados de los hombres a causa de esta Sangre Preciosísima, donarles a ellos la gracia de la filiación divina. Por último, los designios de Jesús son los designios de Dios Padre, y los designios de Dios Padre se resumen en uno solo: que toda la humanidad se salve de la eterna condenación y alcance la feliz bienaventuranza en el Reino de los cielos. Lo que desea Jesús es que los cristianos, en vez de afanarse inútilmente por las riquezas del mundo terreno, que “pasa como un soplo”, se unan a Él en la cruz y se conviertan, por participación, en víctimas en la Víctima, para la salvación de sus hermanos.  
“Busco una víctima para Mi Corazón, que quiera sacrificarse como hostia de inmolación en el cumplimiento de Mis Designios”. Si a alguien le falta el Amor Divino necesario para cumplir el deseo de Jesús, de conseguir víctimas de amor que se unan a Él para la salvación de la humanidad, lo único que debe hacer es, primero, contemplar al Sagrado Corazón, tal como se le apareció a Santa Margarita, con el Corazón en la mano, y luego, con el alma en gracia después de recibir el Sacramento de la Confesión, recibir sacramentalmente a ese mismo Corazón que late, vivo, glorioso, resucitado, envuelto en las llamas del Divino Amor, en la Sagrada Eucaristía. Si algún alma hace esto, estará colmando el deseo más profundo del Sagrado Corazón de Jesús, y así sí, no solo habrá comprendido la esencia de la devoción, sino que se convertirá, más que en un devoto, en una imitación viviente del Sagrado Corazón de Jesús.

viernes, 19 de enero de 2018

La gracia y la teología, necesarias para apreciar la devoción al Sagrado Corazón


         Además de la gracia, es necesaria la teología tomista para poder apreciar la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. De lo contrario, se corre el grave riesgo de caer en la errónea creencia de pensar que se trata de una devoción sentimentalista, quedando la devoción privada de toda realidad sobrenatural.
         La gracia es necesaria porque, tratándose la Encarnación del Verbo un misterio sobrenatural, es por lo tanto inalcanzable para la razón humana, lo cual significa que no puede ser conocido sino es por revelación divina. A su vez, la teología es necesaria porque, una vez que la gracia actúa iluminando la inteligencia y la voluntad, la teología le muestra a ambas la supra-racionalidad del misterio, que implica la donación total del Ser divino trinitario tanto en el Sagrado Corazón, como en la Eucaristía, que es el mismo Sagrado Corazón, oculto en apariencia de pan.
         La gracia, entonces, es necesaria en la devoción al Sagrado Corazón, para que ilumine nuestras mentes acerca del misterio de la Encarnación del Verbo y la prolongación de su Encarnación en la Eucaristía, y es necesaria también para que mueva nuestra voluntad –nuestra capacidad de amar- al Bien y al Amor divinos contenidos en el Sagrado Corazón.

         ¿Qué nos dice la teología tomista? Nos dice que el Sagrado Corazón de Jesús es un corazón humano, puesto que pertenece a Jesús de Nazareth, pero que está unido hipostáticamente, personalmente, a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. En otras palabras, la teología nos dice que, en el momento en el que el Verbo de Dios se encarnó, unió a Sí mismo la naturaleza humana de Jesús, de manera que esta naturaleza le pertenece personalmente a la Segunda Persona de la Trinidad. No hay una “persona humana” en Jesús de Nazareth, sino una Persona divina y es la Segunda de la Trinidad. En consecuencia, el Corazón de Jesús no es el corazón de un hombre más entre tantos, sino que es el Corazón mismo de Dios. Y este Corazón de Dios, el Sagrado Corazón de Jesús, está contenido en la Eucaristía, puesto que en la Eucaristía late, vivo, glorioso, resucitado, inflamado en el Fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo.

viernes, 1 de septiembre de 2017

El inmenso don del Sagrado Corazón de Jesús


         Si bien Jesús se le apareció a Santa Margarita María de Alacquoque[1], el contenido de sus revelaciones es universal, es decir, está destinado a todo el mundo, a todos los hombres, por lo que debemos considerarlo como destinado a nosotros, a cada uno en particular. De ahí la necesidad de conocer el contenido de los mensajes de Jesús a Santa Margarita, porque los debemos considerar como destinados a cada uno de nosotros en modo personal.
         Consideraremos por lo tanto la primera de las apariciones, considerada como la principal y reflexionaremos sobre ella.
         La Primera Aparición fue el 27 de Diciembre de 1673, día de San Juan el Apóstol, Margarita María, estaba como de costumbre arrodillada ante el Señor, en el Santísimo Sacramento expuesto en la capilla. Era el momento de la primera gran revelación del Señor. Ella lo cuenta así: “Un día, estando delante del Santísimo Sacramento, me encontré toda penetrada por esta Divina Presencia, pero tan fuertemente que me olvidé de mí misma y del lugar donde estaba, y me abandoné a este Espíritu, entregando mi corazón a la fuerza de Su Amor”. Santa Margarita está delante del sagrario, delante de la Eucaristía, y es en ese momento en que comienza a experimentar la fuerza irresistible del Amor Divino. Esto significa que Dios es un Ser totalmente distinto al nuestro; es decir, que nosotros no somos Dios, sino que Dios es Alguien distinto a nuestro ser, pero que quiere comunicarse con nosotros, con el solo objetivo de darnos su Amor. También significa que no debemos buscar “experimentar” estas sensaciones, porque se trata de gracias particulares, concedidas por Dios a Quien Él lo desee; nuestro deber de amor es adorar su Presencia Eucarística, aun cuando solo experimentemos sequedad y aridez espiritual. De lo contrario, si adoramos solo por desear experimentar sensiblemente el Amor de Dios, entonces lo que estamos buscando es a sus consuelos, y no a Dios en sí mismo, lo cual es contrario a lo que nos dicen los santos: “Hay que buscar al Dios de los consuelos y no a los consuelos de Dios”.
         Continúa Santa Margarita: “Me hizo reposar por muy largo tiempo sobre Su Pecho Divino, en el cual me descubrió las maravillas inexplicables de Su Corazón Sagrado... Y me dijo: “Mi Divino Corazón está tan apasionado de Amor por los hombres y por ti en particular que, no pudiendo ya contener en Sí Mismo las Llamas de Su Ardiente Caridad, le es preciso comunicarlas por tu medio y manifestarse a todos para enriquecerlos con los preciosos Tesoros que te estoy descubriendo, los cuales contienen las Gracias santificantes y saludables necesarias para separarles del abismo de perdición”. Significa esto que, contrariamente a lo que puede suponerse, la devoción al Corazón de Jesús no es un “accesorio” prescindible en la vida espiritual: en el Corazón de Jesús están contenidas las gracias necesarias para salvarnos, no de un estado financiero o sentimental, sino de la eterna condenación en el Infierno.
Luego le dice Jesús: “Te he elegido como un abismo de indignidad y de ignorancia, a fin de que sea todo Obra Mía”. Esto es para que tomemos conciencia de nuestra miseria delante de Dios. Si Santa Margarita es considerada por Jesús “abismo de  indignidad e ignorancia”, ¿qué podemos esperar de nosotros? Esta consideración debe servirnos para crecer en la humildad.
Continúa Santa Margarita: “Me pidió después el corazón y yo Le supliqué que lo tomase. Lo tomó y lo introdujo en Su Corazón adorable, en el cual me lo mostró como un pequeño átomo que se consumía en aquel Horno encendido. Lo sacó de allí, cual si fuera una llama ardiente en forma de corazón y lo volvió a colocar en el sitio de donde lo había tomado, diciéndome: “He ahí, mi muy amada, una preciosa prenda de Mi Amor, el cual encierra en tu pecho una pequeña centella de Sus Vivas Llamas para que te sirva de corazón y te consuma hasta el postrer momento, y cuyo ardor no se extinguirá ni enfriará. De tal forma te marcaré con la Sangre de Mi Cruz, que te reportará más humillaciones que consuelos. Y como señal de que la gran Gracia que acabo de concederte no es pura imaginación, aunque he cerrado la llaga de tu costado, te quedará en él para siempre su dolor. Y si hasta el presente sólo has tomado el nombre de esclava Mía, ahora te doy el de discípula muy amada de Mi Sagrado Corazón”. A nosotros, no nos pide nuestro corazón: nos da Su Corazón en cada Eucaristía, para inflamar, con el Fuego del Divino Amor, a nuestros corazones. Si permanecemos fríos en el Divino Amor y si no amamos al prójimo hasta la muerte de cruz, es porque desaprovechamos la comunión eucarística, y no permitimos que nuestros corazones sean encendidos en el Fuego del Amor de Dios.
Por último, Jesús le dice: “Busco una víctima para Mi Corazón, que quiera sacrificarse como hostia de inmolación en el cumplimiento de Mis Designios”. La vida del cristiano no es vida de comodidad y placer, sino de sacrificio unido al Santo Sacrificio de Jesús en la Cruz. Y el lugar para unirnos a su sacrificio es la Santa Misa, renovación incruenta y sacramental del Sacrificio de la Cruz. No asistamos a Misa como meros espectadores: pidamos la gracia de unirnos, con todo lo que somos y tenemos, a Jesús crucificado; pidamos la gracia de ser víctimas unidas a la Víctima Inocente, Cristo Jesús, por la salvación del mundo.



[1] Santa Margarita María Alacoque: Nació el 22 de julio de 1647, en la pequeña aldea Francesa de Hautecour, pequeña ciudad cercana a Paray le Monial, en la región de Borgoña. Era la quinta hija de 7 hermanos. Luego de fallecer su padre fue internada en el pensionado de las Religiosas Clarisas. Desde entonces empezó a vivir una vida de sufrimiento que supo encauzar hacia el Amor de Dios: “Sufriendo entiendo mejor a Aquél que ha sufrido por nosotros”, decía. Tuvo una enfermedad que la inmovilizó y de la que se curó milagrosamente por intercesión de la Virgen María: “La Santísima Virgen tuvo siempre grandísimo cuidado de mí; yo recurría a Ella en todas mis necesidades y me salvaba de grandísimos peligros...”. El 20 de junio de 1671 entró al convento del Monasterio de la Visitación de Paray le Monial. Las extraordinarias visiones con que fue favorecida le causaron al principio incomprensiones y juicios negativos hasta cuando, por disposición Divina, fue puesta bajo la dirección espiritual del jesuita San Claudio de la Colombière. En el último periodo de su vida, elegida maestra de novicias, tuvo el consuelo de ver difundida la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, y los mismos opositores de un tiempo se convirtieron en fervorosos propagandistas. Murió a los 43 años de edad, el 17 de octubre de 1690.

sábado, 5 de agosto de 2017

Las Apariciones del Sagrado Corazón de Jesús y sus mensajes de Amor


         El Sagrado Corazón de Jesús no solo se apareció a Santa Margarita María de Alacquoque, aunque sí fue con esta aparición que la devoción se extendió a la Iglesia universal. Antes de Santa Margarita, diversos santos fueron devotos del Sagrado Corazón: por ejemplo, los Padres de la Iglesia veían en los versículos de San Juan, tanto en el episodio de la lanzada como en San Juan 13, 23-28, al Corazón de Cristo, tomando al corazón en referencia a toda la persona de Cristo, que es el Amor Misericordioso de Dios encarnado. Luego, San Juan Eudes será quien redactará la primera misa para el Sagrado Corazón en 1672; finalmente, otros santos, como Santa Gertrudis, también se caracterizarán por tener un gran devoción al Sagrado Corazón[1]. Luego de las apariciones a Santa Margarita, Nuestro Señor Jesucristo se apareció a diversos santos, eligiendo a un santo por siglo: en el 1600, en España en 1731, en el Beaterio de Belén de la República de Guatemala en 1857[2]. Las apariciones más conocidas, son la primera y la última (la de Santa Margarita y la de Santa Faustina), pero entre medio se apareció al Beato Bernardo de Hoyos y a la Beata María Encarnación Rosal[3]. En todas, dejó distintos mensajes, aunque hay un elemento común a todas las apariciones: la manifestación de su Amor, contenido en su Sagrado Corazón, y el pedido de reparación, por los sacrilegios, ultrajes e indiferencias que recibe de modo continuo de parte nuestra, los hombres ingratos.
         Con respecto a Santa Margarita María de Alacquoque, Jesús se le apareció en el año 1673, en el día del apóstol San Juan, permitiéndole a la Santa recostarse en su pecho y oír los latidos de su corazón, tal como hiciera San Juan en la Última Cena. Fue a ella a quien le reveló las Doce promesas para quien fuera su devoto[4]. El objetivo principal en esta devoción es acercarnos a la Persona Divina de Jesucristo, siendo el Corazón, como órgano sagrado, el vínculo de unión con Jesús. El fin de esta revelación es recibir el Amor que envuelve en llamas al Sagrado Corazón, que es el Espíritu Santo, la Tercera Persona de la Trinidad. Esta es la razón por la cual Jesús, al aparecerse, le muestra a Santa Margarita su Sagrado Corazón envuelto en llamas: es el Fuego del Divino Amor, el que Él ha venido a traer a la tierra, y es el fuego que Él “quiere ver encendido”, porque lo que quiere incendiar son nuestros corazones, para que al contacto con su Sagrado Corazón, ardan en las llamas del Amor de Dios. El hecho de que el Corazón se muestre con la herida abierta producida por la lanza, es para significar que Jesús nos da todo su Amor, sin reservarse nada. En las apariciones a Santa Margarita, también se queja por la ingratitud de los hombres, los primeros de todos, los católicos, que hemos recibido la filiación divina por el bautismo: “He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres, y en cambio, de la mayor parte de los hombres no recibe nada más que ingratitud, irreverencia y desprecio, en este sacramento de amor”[5].
         En Valladolid, el Beato Padre Bernardo de Hoyos recibirá del Corazón Sacratísimo el encargo de extender su culto, para que sea más amado, adorado y reverenciado su Sacro Corazón[6]. En estas apariciones, el Señor le hizo ver cómo el Sagrado Corazón, lleno de llamas, se acercaba a los corazones para incendiarlos, cosa que hizo con el mismo Padre Bernado, quien en ese entonces aún no estaba ordenado. A estas revelaciones se le sumó una aparición de San Miguel Arcángel, quien le manifestó al Padre que cuidaría de aquellos que propaguen esta devoción, pues habrían de atravesar muchas dificultades. El Sagrado Corazón volvió a prometer –como con Santa Margarita- que quienes le honren y busquen que otros le honren, habría de derramar sus bendiciones para ser más agradables sus trabajos. También le dijo al Beato Padre Bernardo que “cualquier cosa que se le pidiera al Sacro Corazón sería concedido”, finalizando con esta promesa: “Reinare en España con más y mayor devoción que en otras partes”. Recordemos que los hispanoamericanos podemos llamarnos, con orgullo, “España”, pues nuestro estatus colonial era el de “Provincias Ultramarinas de España”[7], con lo cual, esperamos que esta maravillosa promesa de Jesús se haga extensiva a nuestra Patria Argentina y a todo el continente Hispanoamericano.
         Otra aparición del Sagrado Corazón fue en Guatemala a la Madre Encarnación, en 1857, un 9 de abril. Ese día, la Madre fue a la Capilla a meditar en los sentimientos de pena y tristeza que habría experimentado el Sagrado Corazón, al ser traicionado por Judas Iscariote. Mientras meditaba, oyó el sonido como de una sutil campana, como de un metal muy fino; sintió además que tiraban suavemente de su velo, hasta que escuchó la voz del Señor que le dijo al oído: “Los hombres no celebran los dolores de mi Corazón”[8]. Esta experiencia se repitió unos días después, mientras comulgaba.
         Posteriormente, en el siglo XX, se le apareció a Sor Faustina Kowalska, a la cual, además de encargarle la difusión de la Devoción a la Divina Misericordia, le reveló que esta devoción, que habría de ser “la última, hasta el fin de los tiempos”, era para hacer conocer al mundo la Divina Misericordia, el Divino Amor, derramado sobre las almas por medio del Agua y la Sangre que brotaron del Corazón traspasado de Jesús en la Cruz[9]. La Devoción a la Divina Misericordia es, así, una continuación de la devoción al Sagrado Corazón, puesto que está indisolublemente ligado al Corazón de Jesús. Jesús se le apareció caminando con una túnica blanca mientras con su mano abre su pecho de donde brotan rayos: los rayos de color rojo y blanco, son símbolos de la Sangre y el Agua que brotaron del Corazón de Jesús el Viernes Santo. En esta devoción, también aparece el reclamo de Jesús de que Él es olvidado en su sacrificio de amor hecho por los hombres en la Cruz.
A nosotros no se nos aparece visiblemente, pero sí se hace Presente en Persona, con su Sagrado Corazón, vivo, glorioso, envuelto en las llamas del Divino Amor, en cada Eucaristía, y nos da, en silencio, el mismo mensaje: que recibamos el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico, y que hagamos reparación por los ultrajes que recibe en el Sacramento de la Eucaristía.



[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] En mayo de 1673, el Corazón de Jesús le dio a Santa Margarita María para aquellas almas devotas a su Corazón las siguientes promesas: Les daré todas las gracias necesarias para su estado de vida./Les daré paz a sus familias./Las consolaré en todas sus penas./Seré su refugio durante la vida y sobre todo a la hora de la muerte./Derramaré abundantes bendiciones en todas sus empresas./Los pecadores encontrarán en mi Corazón un océano de misericordia./Las almas tibias se volverán fervorosas./Las almas fervorosas harán rápidos progresos en la perfección./Bendeciré las casas donde mi imagen sea expuesta y venerada./Otorgaré a aquellos que se ocupan de la salvación de las almas el don de mover los corazones más endurecidos./Grabaré para siempre en mi Corazón los nombres de aquellos que propaguen esta devoción./Yo te prometo, en la excesiva misericordia de mi Corazón, que su amor omnipotente concederá a todos aquellos que comulguen nueve Primeros Viernes de mes seguidos, la gracia de la penitencia final: No morirán en desgracia mía, ni sin recibir sus Sacramentos, y mi Corazón divino será su refugio en aquél último momento. Cfr. https://www.ewtn.com/devotionals/heart/promesas.htm
[7] Por ejemplo, España regía a toda Centro América como Capitanía General de Guatemala, hasta 1820.
[9] Cfr. ibidem.

viernes, 7 de julio de 2017

Como en el Huerto, también hoy el Sagrado Corazón es abandonado por sus discípulos, nosotros


         En una de sus apariciones Jesús, mostrándole su Sagrado Corazón, le dice a Santa Margarita: “He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres y solo ha recibido de ellos ingratitud, desprecio e indiferencia”. Se trata de un claro reproche de Nuestro Señor hacia sus discípulos. Pero, ¿cuáles de ellos? Porque inmediatamente vienen a la memoria los pasajes de la Escritura relativos al Huerto de los Olivos, en donde se pone de manifiesto, con toda crudeza, el desinterés por Jesús, la frialdad de los corazones de los discípulos y la indiferencia frente a su sufrimiento, todo esto manifestado en el hecho de que los discípulos, ante el pedido de Jesús de que lo acompañen en la oración, en vez de rezar con Él y por Él, pues está por enfrentar a sus enemigos y está comenzando su dolorosa Pasión, se dejan vencer por el sueño y se ponen a dormir.
Es esta imagen la que viene a la mente cuando se recuerdan sus palabras dichas a Santa Margarita: “He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres y solo ha recibido de ellos ingratitud, desprecio e indiferencia”. Y es verdad que la queja de Jesús se dirige a este episodio particular, pero no se limita a ellos, sino que abarca a todos los católicos de todos los tiempos, incluidos nosotros y todos los que vendrán hasta el fin del mundo. Es decir, Jesús no se refería solo al abandono experimentado por Él en el Huerto de los Olivos, cuando los discípulos, en vez de orar como se los había pedido Jesús, se abandonan al sueño, sino que hace referencia a todos los bautizados que, en el transcurso de los tiempos, tendrán para con Él la misma actitud de frialdad, indiferencia, desprecio, hacia Él, actitudes todas basadas en el desamor hacia el Sagrado Corazón. También hoy, en nuestros días, el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús es dejado solo y abandonado en los sagrarios, por sus discípulos a los que más ama, los católicos que recibieron el don del bautismo sacramental, que fueron adoptados por Él como hijos suyos muy amados, que recibieron una muestra preferencial del Amor Divino al recibir su Cuerpo y su Sangre en la Comunión y su Espíritu Santo en la Confirmación y sin embargo, a pesar de esta muestra de Amor de predilección por parte de Jesús, los católicos, por quienes Jesús sufrió y derramó su Sangre en la Pasión y dio su vida por salvarlos, se muestran indiferentes hacia su Presencia Eucarística; se muestran ingratos frente a su Presencia Eucarística; se muestran despreciativos hacia su Presencia Eucarística, porque lo dejan solo, lo abandonan en el sagrario, no acuden a recibir el Don de dones, que es su Sagrado Corazón Eucarístico el Día del Señor, el Domingo, no preparan sus corazones por la Confesión Sacramental para recibirlo, no muestran ningún interés en recibir a Jesús Eucaristía, y esto comprende tanto a niños y jóvenes, que abandonan la Iglesia apenas terminada la instrucción catequística, como a adultos y ancianos que literalmente se olvidan de que una vez aprendieron que Jesús estaba vivo, glorioso y resucitado, en la Eucaristía. Pero también comprende a aquellos cristianos que, diciéndose católicos, lo reciben en la Comunión, pero luego no viven de acuerdo a lo que han recibido, es decir, no configuran sus vidas a la vida de Jesús y no buscan de imitarlo en su mansedumbre, en su humildad y en su caridad.

“He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres y solo ha recibido de ellos ingratitud, desprecio e indiferencia”. Las palabras de Jesús se dirigen a todos y cada uno de nosotros, por lo que debemos despertar del sueño en el que nos sumerge nuestra indolencia, nuestra indiferencia, nuestro desamor, y pedir la gracia de reparar, por la adoración al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, por tanta ingratitud, tanto nuestra, como de nuestros hermanos.