San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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viernes, 3 de noviembre de 2017

Las promesas del Sagrado Corazón valen también para quien entronice la Eucaristía en su propio corazón


         Cuando Jesús se le apareció a Santa Margarita María de Alacquoque, le reveló la devoción al Sagrado Corazón y le reveló además cuáles serían las promesas para los devotos del Sagrado Corazón, quienes para alcanzarlas, debían comulgar y confesar nueve primeros viernes de mes.
         Estas promesas[1] son:
         1. Les daré todas las gracias necesarias a su estado.
2. Pondré paz en sus familias.
3. Les consolaré en sus penas.
4. Seré su refugio seguro durante la vida, y, sobre todo, en la hora de la muerte.
5. Derramaré abundantes bendiciones sobre todas sus empresas.
6. Bendeciré las casas en que la imagen de mi Corazón sea expuesta y venerada.
7. Los pecadores hallarán en mi Corazón la fuente, el Océano infinito de la misericordia.
8. Las almas tibias se volverán fervorosas.
9. Las almas fervorosas se elevarán a gran perfección.
10. Daré a los sacerdotes el talento de mover los corazones más empedernidos.
11. Las personas que propaguen esta devoción tendrán su nombre escrito en mi Corazón, y jamás será borrado de Él.
12. Les prometo en el exceso de mi misericordia, que mi amor todopoderoso concederá a todos aquellos que comulgaren por nueve primeros viernes consecutivos, la gracia de la perseverancia final. No morirán sin mi gracia, ni sin la recepción de los santos sacramentos. Mi Corazón será su seguro refugio en aquel momento supremo.
         Las promesas son válidas para quienes confiesen y comulguen nueve primeros viernes de mes y también para quienes entronicen la imagen del Sagrado Corazón en sus hogares. Ahora bien, al ser la Eucaristía ese mismo Sagrado Corazón de Jesús, que late, vivo, resucitado, glorioso, en la Eucaristía, podríamos decir que las promesas del Sagrado Corazón se hacen extensivas a quienes no solo entronicen el Sagrado Corazón en sus casas, sino también para quienes entronicen al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús en sus propios corazones. En otras palabras, serían merecedores de las mismas promesas del Sagrado Corazón, aquellos que conviertan a sus propios corazones en otros tantos altares en donde el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús sea ensalzado, amado y adorado, en el tiempo y en la eternidad.

viernes, 7 de julio de 2017

Como en el Huerto, también hoy el Sagrado Corazón es abandonado por sus discípulos, nosotros


         En una de sus apariciones Jesús, mostrándole su Sagrado Corazón, le dice a Santa Margarita: “He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres y solo ha recibido de ellos ingratitud, desprecio e indiferencia”. Se trata de un claro reproche de Nuestro Señor hacia sus discípulos. Pero, ¿cuáles de ellos? Porque inmediatamente vienen a la memoria los pasajes de la Escritura relativos al Huerto de los Olivos, en donde se pone de manifiesto, con toda crudeza, el desinterés por Jesús, la frialdad de los corazones de los discípulos y la indiferencia frente a su sufrimiento, todo esto manifestado en el hecho de que los discípulos, ante el pedido de Jesús de que lo acompañen en la oración, en vez de rezar con Él y por Él, pues está por enfrentar a sus enemigos y está comenzando su dolorosa Pasión, se dejan vencer por el sueño y se ponen a dormir.
Es esta imagen la que viene a la mente cuando se recuerdan sus palabras dichas a Santa Margarita: “He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres y solo ha recibido de ellos ingratitud, desprecio e indiferencia”. Y es verdad que la queja de Jesús se dirige a este episodio particular, pero no se limita a ellos, sino que abarca a todos los católicos de todos los tiempos, incluidos nosotros y todos los que vendrán hasta el fin del mundo. Es decir, Jesús no se refería solo al abandono experimentado por Él en el Huerto de los Olivos, cuando los discípulos, en vez de orar como se los había pedido Jesús, se abandonan al sueño, sino que hace referencia a todos los bautizados que, en el transcurso de los tiempos, tendrán para con Él la misma actitud de frialdad, indiferencia, desprecio, hacia Él, actitudes todas basadas en el desamor hacia el Sagrado Corazón. También hoy, en nuestros días, el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús es dejado solo y abandonado en los sagrarios, por sus discípulos a los que más ama, los católicos que recibieron el don del bautismo sacramental, que fueron adoptados por Él como hijos suyos muy amados, que recibieron una muestra preferencial del Amor Divino al recibir su Cuerpo y su Sangre en la Comunión y su Espíritu Santo en la Confirmación y sin embargo, a pesar de esta muestra de Amor de predilección por parte de Jesús, los católicos, por quienes Jesús sufrió y derramó su Sangre en la Pasión y dio su vida por salvarlos, se muestran indiferentes hacia su Presencia Eucarística; se muestran ingratos frente a su Presencia Eucarística; se muestran despreciativos hacia su Presencia Eucarística, porque lo dejan solo, lo abandonan en el sagrario, no acuden a recibir el Don de dones, que es su Sagrado Corazón Eucarístico el Día del Señor, el Domingo, no preparan sus corazones por la Confesión Sacramental para recibirlo, no muestran ningún interés en recibir a Jesús Eucaristía, y esto comprende tanto a niños y jóvenes, que abandonan la Iglesia apenas terminada la instrucción catequística, como a adultos y ancianos que literalmente se olvidan de que una vez aprendieron que Jesús estaba vivo, glorioso y resucitado, en la Eucaristía. Pero también comprende a aquellos cristianos que, diciéndose católicos, lo reciben en la Comunión, pero luego no viven de acuerdo a lo que han recibido, es decir, no configuran sus vidas a la vida de Jesús y no buscan de imitarlo en su mansedumbre, en su humildad y en su caridad.

“He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres y solo ha recibido de ellos ingratitud, desprecio e indiferencia”. Las palabras de Jesús se dirigen a todos y cada uno de nosotros, por lo que debemos despertar del sueño en el que nos sumerge nuestra indolencia, nuestra indiferencia, nuestro desamor, y pedir la gracia de reparar, por la adoración al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, por tanta ingratitud, tanto nuestra, como de nuestros hermanos.

miércoles, 31 de mayo de 2017

Las llamas de fuego que envuelven al Sagrado Corazón


         En las apariciones del Sagrado Corazón, Jesús le muestra a Santa Margarita su Corazón, el cual, además de estar rodeado de espinas, tener una cruz en la base y estar traspasado, está envuelto en llamas de fuego.
         ¿Qué significan estas llamas de fuego? Ante todo, es un fuego que arde pero no consume, lo cual hace recordar al episodio de la zarza ardiente (cfr. Éx 3, 2), en donde el fuego también arde, pero no reduce a la zarza a cenizas, sino que está en ella, sin dañarla. Podemos decir entonces que la zarza ardiente es como una prefiguración del Corazón de Jesús, envuelto en llamas. Pero todavía no hemos respondido la pregunta: ¿qué significan estas llamas de fuego? Significan al Espíritu Santo, pero el Espíritu Santo no está en el Corazón de Jesús como algo añadido, sino como algo que le pertenece intrínseca y esencialmente. Es decir, el Espíritu Santo, el Fuego del Divino Amor, no está en el corazón de Jesús como algo agregado, como lo puede estar en los corazones de los santos y de los ángeles: puesto que Jesús es Dios Hijo, Él espira el Espíritu Santo, con el Padre, desde la eternidad, de manera que al encarnarse, el Espíritu Santo es soplado por Él y por el Padre en su Cuerpo –constituido por una célula llamada “cigoto”, cuyos genes paternos han sido creados al momento de la Encarnación y no donados por hombre alguno-, lo cual constituye la unción que Jesús recibe en el momento de la Encarnación en su Cuerpo. Dicho de otro modo, en el momento mismo de encarnarse, el Cuerpo de Jesús es ungido por el Espíritu Santo, porque Él lo infunde con el Padre y por eso se constituye en el Mesías, el Ungido por el Espíritu de Dios. Y ese mismo Espíritu es el que, al formarse ya el Corazón de Jesús en el seno virgen de María, arde en el fuego del Amor de Dios, porque el Amor de Dios, el Espíritu Santo, está en Él, en su Cuerpo humano, desde la Encarnación, porque Él es el Dador del Espíritu junto al Padre desde la eternidad.
         Esto es entonces lo que significan las llamas del Sagrado Corazón: es el Fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo que el Padre dona al Hijo y el Hijo al Padre, desde toda la eternidad.

Ahora bien, en la Eucaristía está el mismo Corazón ardiente de Jesús, que arde como una brasa incandescente por la acción del Fuego del Amor de Dios, el Espíritu Santo. Así como el fuego penetra el carbón a tal punto de convertirlo en parte de sí mismo, puesto que el carbón y el fuego se convierten en una misma cosa, al ser el carbón, por la acción del fuego, una brasa incandescente, así también el Corazón Eucarístico de Jesús, envuelto en las llamas del Divino Amor, es una sola cosa con este Divino Amor, de manera que el Amor de Dios, el Espíritu Santo, es inseparable del Corazón de Jesús. Por esta razón, quien comulga la Eucaristía, comulga al Corazón de Jesús envuelto en el Fuego del Amor de Dios, el Espíritu Santo, y el deseo de Jesús es que estas llamas que envuelven su Sagrado Corazón, enciendan en el Amor de Dios a los corazones de los que comulgan, según sus palabras: “He venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo quisiera verlo ya ardiendo!” (Lc 12, 49).

viernes, 3 de marzo de 2017

El Sagrado Corazón late en la Eucaristía


         La aparición de Jesús a Santa Margarita María de Alacquoque constituye una de las mayores gracias que jamás un alma pueda recibir, porque además del crecimiento espiritual y la predilección en el amor que la aparición supone para Santa Margarita, la santa se constituye en un instrumento o medio para la santificación de centenares de miles de almas. Cuando se considera la aparición y todo lo que esta trae aparejado, los innumerables beneficios espirituales, tanto para la persona de la santa como para la Iglesia universal, no puede dejar de ponderarse el grado de predilección en el Amor por parte de Dios, que la elige a ella, entre miles de consagradas, para que sea destinataria de tan maravillosa devoción, como es la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Ahora bien, si de parte de Dios es una muestra de amor de predilección, de parte de Santa Margarita –estamos hablando de una santa-, no existe mérito alguno para recibir tan grande muestra de amor, y esto, dicho por el mismo Jesús. En efecto, Jesús le dice que la ha elegido a ella por ser “un abismo de miseria, indignidad e ignorancia”. Es decir, por parte de la elegida, no hay mérito alguno para una muestra tan abismal de amor por parte de Dios; es más, parecería que la falta de mérito –abismo de miseria, indignidad e ignorancia-, sería, paradójicamente, el “mérito” que la hace digna de ser la destinataria del Amor del Corazón de Jesús.
         A nosotros, Jesús no se nos aparecerá como el Sagrado Corazón; sin embargo, no podemos decir que no somos afortunados como Santa Margarita, por el contrario, podemos decir que somos infinitamente más afortunados que ella. ¿Por qué? Porque cuando se le apareció, Jesús solo se le apareció, pero no la alimentó con su divina substancia; en cambio, a nosotros, nos da, como alimento de nuestras almas, su Cuerpo glorioso y resucitado en la Eucaristía; a Santa Margarita le pidió su Corazón para introducirlo en el suyo y se lo devolvió convertido en una imagen del suyo; a nosotros, en cambio, nos da su propio Corazón Eucarístico, envuelto en las llamas del Divino Amor, para encender nuestros corazones con estas divinas llamas y esto constituye una muestra de Amor de predilección infinitamente más grande que el que demostró a Santa Margarita en las apariciones. Por último, al igual que Santa Margarita, tampoco somos dignos, ni siquiera mínimamente, de tanto amor, porque si Santa Margarita era un “abismo de miseria, indignidad e ignorancia”, mucho más lo somos nosotros –al menos quien les habla-, que por el solo hecho de vivir en la tierra, no somos santos, porque nadie en estado de viador puede recibir ese nombre, y en el mejor de los casos, somos pecadores que buscan la santidad.

         Postrados ante su Presencia Eucarística y en acción de gracias por su Amor Misericordioso, le digamos al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús: “Oh Sagrado Corazón de Jesús, que lates en la Eucaristía y te dignas entrar, por la Comunión Eucarística, a la mísera morada de mi alma, te suplico que te dignes tomar mi pobre corazón como altar en el cual pueda yo adorarte, bendecirte, alabarte y darte gracias por tu infinito Amor Misericordioso. Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, sé Tú mi refugio, mi fortaleza y mi amparo ante la Divina Justicia. Cúbreme con tu Sangre, para que me sirva de divina protección contra el pecado mortal, contra las tentaciones, contra los falsos atractivos del mundo, contra las acechanzas del demonio; que tu Sangre purifique mi alma, borrando y cancelando todo aquello que, naciendo de mi corazón pecador, ofenda a tu Divina Majestad. Oh Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, que vienes a mi pobre e insignificante corazón por la Comunión Eucarística, me postro ante tu Presencia Eucarística y te suplico que tu Sangre, derramándose sobre el abismo de miseria, indignidad e ignorancia que es mi alma, inunde este abismo de iniquidad con tu gracia y tu vida divina, y concédeme también la gracia de que mi corazón, y los de mis seres queridos, sean convertidos en imágenes vivientes de tu Sagrado Corazón. Oh Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, que seas carne en mi carne, sangre en mi sangre, hueso en mis huesos, para que todo aquel que me vea, Te vea; el que me oiga, Te oiga. Amén”.

viernes, 3 de junio de 2016

El Sagrado Corazón late en la Eucaristía


En el siglo diecisiete, Nuestro Señor Jesucristo se apareció a Santa Margarita María de Alacoque, en Paray-le-Monial, Francia, para dar inicio a una nueva devoción a su Corazón en la Iglesia. Su Corazón estaba rodeado de llamas, coronado de espinas, con una herida abierta de la cual brotaba sangre y, del interior de su corazón, salía una cruz. En la aparición, Jesús le dijo: “He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres, y en cambio, de la mayor parte de los hombres no recibe nada más que ingratitud, irreverencia y desprecio, en este sacramento de amor”.
¿Por qué se queja Jesús de los hombres?
Para saber la respuesta, podemos meditar en sus palabras, pero también podemos contemplar su Sagrado Corazón: las llamas simbolizan al Espíritu Santo, el Amor de Dios, que inhabita en el Sagrado Corazón y que es la Causa de la muerte en cruz de Jesús y del don de sí mismo a los hombres; la cruz en la base del Corazón, es para significar que el Corazón de Jesús es el fruto santo del Árbol de la Vida eterna, la Santa Cruz, y que todo el que quiera saborear este fruto exquisito, que deleita el alma con el sabor exquisito del Ser divino, lo único que tiene que hacer es subir al Árbol de la Cruz e introducir su mano en el Costado traspasado del Salvador, así como cuando alguien se sube a un árbol con frutos deliciosos, para deleitarse en ellos; la Sangre y el Agua que brotan de la herida abierta por la lanza significan, como dice San Buenaventura, los sacramentos de la Iglesia con su “virtud de conferir la vida de la gracia”, para que los sacramentos fueran, “para los que viven en Cristo como una copa llenada en la fuente viva, que brota para comunicar vida eterna”[1]. Por último, las espinas que atenazan al Sagrado Corazón y lo estrechan fuertemente, provocándole agudísimos dolores a cada latido, sin darle descanso en su dolor, ni en la contracción ni en la relajación del Corazón, es decir, a cada momento, a cada instante, representan los pecados de los hombres, y no sólo de los discípulos que, en el Huerto de Getsemaní, llevados por el desamor, la frialdad y la indiferencia ante el sufrimiento del Sagrado Corazón, se pusieron a dormir en vez de orar con Él, tal como Jesús se los había pedido: la corona de espinas representan a todos los hombres de todos los tiempos, cuyos pecados personales se materializan y forman duras, gruesas y filosas espinas que se introducen y desgarran, en cada latido, al Sagrado Corazón.
“He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres, y en cambio, de la mayor parte de los hombres no recibe nada más que ingratitud, irreverencia y desprecio, en este sacramento de amor”. Puesto que el Sagrado Corazón de Jesús late en la Eucaristía, el reproche de Jesús se dirige también a los cristianos que, habiendo recibido toda clase de dones, favores y gracias de parte de Jesús, lo dejan abandonado en el sagrario y lo desairan en la Santa Misa –sobre todo la dominical-, prefiriendo los falsos y pasajeros placeres del mundo, antes que deleitarse con el Fruto exquisito del Árbol de la Cruz, el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús.
Jesús se queja por la “ingratitud, irreverencia y desprecio” a su Corazón, “sacramento de amor”. Ese mismo Corazón, sacramento de amor, late en la Eucaristía, esperando nuestra reparación, nuestra acción de gracias, nuestra adoración, nuestro amor. Reparemos, con la Adoración Eucarística, las ofensas al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, cometidas por nosotros mismos y por nuestros hermanos.



[1] Cfr. Opúsculo 3, El árbol de la vida, 29-30. 47: Opera omnia 8, 79.

jueves, 1 de octubre de 2015

Santa Teresita del Niño Jesús y su misión en la Iglesia


         Santa Teresita del Niño Jesús y su misión en la Iglesia
         Luego de reflexionar acerca de su misión en la Iglesia, y habiendo deseado en un primer momento ser enviada como misionera a tierras lejanas, Santa Teresita dijo: “En el corazón de la Iglesia, yo seré el Amor”[1]. Esto, que puede parecer una frase sentimentalista, es sin embargo una profunda reflexión, que alcanza las más altas cumbres místicas. Analicemos la frase de Santa Teresita.
         “En el corazón de la Iglesia”: ¿Cuál es el “corazón de la Iglesia”? El corazón de la Iglesia, Cuerpo Místico de Jesús, es la Eucaristía, el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, así como su Sagrado Corazón es el corazón de su Cuerpo real. El “corazón de la Iglesia” es el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, que late con el impulso del Espíritu Santo y arde en las llamas del Divino Amor, y se dona a las almas en cada Santa Misa, renovación incruenta del Santo Sacrificio del Calvario, así como se donó en el Santo Sacrificio de la Cruz. Santa Teresita había descubierto que su misión en la Iglesia, era una misión eucarística, porque su misión estaba en el corazón de la Iglesia, que es la Eucaristía.
         “Yo seré”: Santa Teresita dice: “En el corazón de la Iglesia, “yo seré” el Amor”. Santa Teresita no dice: “Siento que voy a ser el amor” y esto porque no se refiere a un sentimiento pasajero, como un afecto sensible que pasa y se va; no es un deseo veleidoso, inconstante, que aparece y desaparece. Santa Teresita Utiliza el verbo “ser”, con lo cual está indicando el compromiso de toda su persona, de todo lo que es, ontológicamente hablando, y de todo lo que tiene. Al utilizar el verbo “ser”, está indicando que en la misión en el corazón de la Iglesia está implicada ella misma con todo su ser metafísico, con todo su acto de ser, es decir, toda ella, con lo que es y con lo que tiene; está implicada en la totalidad de su persona y esto quiere decir que se dona a ese “corazón de la Iglesia”, es decir, al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, a sí misma, con su historia de vida, con su actualidad como religiosa y con su futuro como alma bienaventurada. Al decir: “seré”, significa que se entrega toda a sí misma al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, sin reservarse nada para sí. El “ser” implica la donación total y absoluta de todo sí misma a Jesús Eucaristía, Corazón de la Iglesia.
         “El Amor”: Santa Teresita dice: “en el corazón de la Iglesia, yo seré el Amor”. No está hablando de un amor meramente humano, de un amor pasajero, de un amor que se deja llevar por las apariencias, como es el amor humano. Está hablando del Amor de Dios; de Dios, que “es Amor” (cfr. 1 Jn 4, 8); está hablando del Amor que envuelve con sus llamas y aparece como lenguas de fuego en el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús. Santa Teresita quiere ser el Amor; no parecer ni sentir, sino ser el Amor. ¿De qué manera? Uniéndose, en el Amor, a Jesús, que se le dona todo a sí mismo en la Eucaristía, sin reservas, permitiendo que Jesús la abrace con sus llamas de Amor, dejando que su alma se incendie en el Fuego del Divino Amor, haciendo así realidad el sueño de Jesús: “He venido a traer fuego a la tierra, ¡y cómo quisiera ya verlo ardiendo!” (Lc 12, 49).
“En el corazón de la Iglesia, yo seré el Amor”. La misión de Santa Teresita es la misión de todo cristiano; cumplir o no esa misión depende de la medida en que cada uno desea fusionarse con el Amor de Dios que envuelve al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús.



[1] Manuscrits autobiographiques, Lisieux 1957, 227-229.

miércoles, 3 de junio de 2015

El Sagrado Corazón se nos dona en la Eucaristía


        Jesús se le apareció a Santa Margarita como el Sagrado Corazón de Jesús, lo cual supone una de las gracias más extraordinarias y sublimes que jamás santo alguno pueda haber recibido. Además, en la Primera revelación, acaecida el 27 de diciembre de 1673, Jesús le concedió otra gracia extraordinaria, que consistió en tomar el corazón de Santa Margarita e introducirlo en el suyo, para devolvérselo en forma de “llama encendida en forma de corazón”. Así relata Santa Margarita esta gracia extraordinaria: “Luego, me pidió el corazón, el cual yo le suplicaba tomara y lo cual hizo, poniéndome entonces en el suyo adorable, desde el cual me lo hizo ver como un pequeño átomo que se consumía en el horno encendido del suyo, de donde lo sacó como llama encendida en forma de corazón, poniéndolo a continuación en el lugar de donde lo había tomado, diciéndome al propio tiempo: “He ahí, mi bien amada, una preciosa prenda de mi amor, que encierra en tu costado una chispa de sus más vivas llamas, para que te sirva de corazón y te consumas hasta el último instante y cuyo ardor no se extinguirá ni enfriará””[1]. Es decir, lo que hace Jesús es tomar el corazón de Santa Margarita, introducirlo en su pecho y en su Sagrado Corazón, encenderlo en el Fuego de su Amor, y devolvérselo convertido en una llama de amor, en forma de corazón.
         Ahora bien, si esta gracia nos parece y es extraordinaria, con todo, es muy inferior a la que recibimos, cada uno de nosotros, sin manifestaciones sensibles de ningún tipo, en la comunión eucarística, porque allí, Jesús, más que tomar nuestro corazón para introducirlo en las llamas de Fuego que envuelven al suyo, nos entrega su propio Sagrado Corazón Eucarístico, envuelto en las llamas del Amor Divino, y lo introduce en nuestros corazones por la comunión eucarística y esto es una gracia incomparablemente más grande que la concedida a Santa Margarita María de Alacquoque. En otras palrabras, a Santa Margarita, lo que hizo Jesús fue encenderle su corazón en su Amor, introduciéndolo en su Sagrado Corazón; con nosotros, hace al revés: introduce en nosotros su Sagrado Corazón Eucarístico, envuelto en las llamas del Fuego del Espíritu Santo, para encender nuestro corazón, nuestra alma y todo nuestro ser, en el Fuego Santo del Divino Amor. Santa Margarita respondió a la gracia que le concedió Jesús, amándola con todas las fuerzas de su ser; ¿cómo respondemos nosotros al Amor del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús? Nuestro corazón, ¿es como hierba seca, que se enciende al instante, al contacto con las llamas del Divino Amor que envuelven al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús? ¿O, por el contrario, nuestro corazón es como una piedra, fría y dura, que resiste al Fuego del Amor de Dios que se nos dona en la comunión  eucarística, y continúa siendo tan frío en el amor y tan negligente en el servicio a Jesús y a la Virgen, como antes de comulgar?



[1] http://www.corazones.org/santos/margarita_maria_alacoque.htm

jueves, 30 de abril de 2015

Las espinas, las llamas, la cruz y la herida abierta del Sagrado Corazón


         Jesús se le apareció a Santa Margarita y le mostró su Sagrado Corazón, el cual poseía diversos elementos: estaba envuelto en llamas, poseía una corona de espinas, en su base tenía una cruz, y del costado abierto fluía sangre y agua. Aunque en un primer momento pueda parecer que no tiene nada que ver con nosotros, sin embargo, cada elemento del Sagrado Corazón tiene una muy estrecha relación con nuestra vida personal, y veremos porqué.
Las llamas que envuelven al Sagrado Corazón representan el Amor de Dios, el Espíritu Santo, y está en estrecha relación con nosotros, porque precisamente el Hijo de Dios se encarna y adquiere un Cuerpo para donarlo en sacrificio en la cruz, para luego poder hacernos el don del Amor de Dios, el Espíritu Santo. Así como Moisés contempla la zarza que arde y no se consume con las llamas, así las llamas del Divino Amor arden en el Sagrado Corazón sin consumirlo, convirtiéndolo en un horno ardentísimo de caridad divina, que desea abrasar con sus llamas a todas las almas humanas, para encenderlas en el fuego del Amor a Dios. La contemplación de las llamas que envuelven al Sagrado Corazón deben hacer recordar al alma que es el Amor Divino el que lleva al Hijo de Dios a encarnarse, a dar su vida en la cruz y a continuar su don en la Eucaristía y que en cada Eucaristía, esas llamas, que envuelven al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, encenderán al instante a todo corazón que, como hierba seca, reciba la Eucaristía con fe y con amor. Esas llamas están en relación con nosotros, porque están destinadas a cada uno de nosotros, de modo personal y particular.
El Sagrado Corazón se aparece a Santa Margarita también rodeado de espinas, formando una apretada corona que lo ciñe a su alrededor. El hecho de que lo contemplemos en imágenes estáticas, puede hacernos perder de vista que el Sagrado Corazón está vivo y latiendo en la realidad y que por lo tanto la corona de espinas, ceñida a su alrededor, le provoca profundos, agudos y lacerantes dolores a cada latido, en los movimientos del corazón, el diastólico o de llenado y el sistólico o de expulsión de la sangre. Y la otra consideración que se debe tener en cuenta al contemplar la corona de espinas que rodea al Sagrado Corazón, es que esa corona de espinas no es otra cosa que la materialización de nuestros malos pensamientos, deseos y obras, es decir, son nuestros pecados, los que se materializan en las gruesas espinas de la corona que lacera al Corazón de Jesús. Esto nos debe llevar al propósito de no pecar, ya que, como dice Santa Teresa, si no nos mueve ni el amor del cielo ni el temor del infierno, al menos nos mueva la piedad de no herir más a Jesús, ya tan malherido a causa de nuestros pecados. Las espinas tienen relación con nosotros, porque somos nosotros los que colocamos y ceñimos la corona de espinas alrededor del Sagrado Corazón de Jesús.
En la base del Sagrado Corazón se encuentra la cruz, lo cual quiere decir que al Amor de Dios, que está contenido en el Sagrado Corazón de Jesús, se accede solo por la cruz y que si no es por la cruz, no hay modo de llegar a él. Solo quien se sube al Árbol Santo de la Cruz, puede saborear su fruto exquisito, el Corazón de Jesús, que contiene en su pulpa el sabor más dulce que jamás alguien pueda probar, el Amor de Dios, y eso es lo que significa la cruz en la base del Sagrado Corazón. La cruz se relaciona con nosotros, porque es el camino para acceder al Sagrado Corazón.
Por último, el Sagrado Corazón aparece con su costado abierto, del cual fluye, de modo ininterrumpido, Agua y Sangre: Agua, que lava las almas y Sangre, que las santifica. Es por eso que el que comulga, ve justificada su alma, porque sus pecados –veniales, no mortales- son perdonados, y su alma es cubierta por la Sangre del Cordero, siendo embellecida y convertida en una imagen viviente del Hombre-Dios Jesucristo, al punto tal que Dios Padre ve en el alma no ya al alma, sino a su mismo Hijo Jesús, y lo ama con el Amor de su Corazón, el Espíritu Santo. El costado abierto, el último elemento del Sagrado Corazón de Jesús, también está en estrecha relación con nosotros, porque quien lo desea, puede libremente arrodillarse ante Jesús crucificado, para que caiga sobre Él su Sangre y Agua, que brotan, precisamente, de su costado traspasado.
         Por último, la contemplación y meditación de las apariciones del Sagrado Corazón de Jesús a Santa Margarita, nos debe llevar a profundizar en nuestras comuniones eucarísticas, porque la Eucaristía es el mismo Sagrado Corazón, aparecido en visión a Santa Margarita, pero donado en la realidad a cada uno de nosotros, para nuestro disfrute y gozo.

         

miércoles, 15 de octubre de 2014

Santa Margarita María de Alacquoque, las apariciones del Sagrado Corazón y la Comunión Eucarística


         Santa Margarita María de Alacquoque recibió, de parte de Nuestro Señor Jesucristo, grandes dones, el más grande de todos, fue, obviamente, el haberla elegido para que fuera ella el instrumento que divulgara al mundo una de las devociones más hermosas de la Iglesia Católica, junto con la del Inmaculado Corazón de María, y es la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.
         Fueron estas apariciones y revelaciones las que colmaron la vida espiritual de Santa Margarita de manifestaciones extraordinarias, reservadas por el Señor solo a los grandes místicos, y a las almas a las cuales Él elige. Ahora bien, si todo el conjunto de las apariciones constituye en sí mismo un don de gracia infinita, porque Jesús se revela, por su intermedio, como el Sagrado Corazón, para toda la Iglesia universal, hubieron apariciones en las que  Santa Margarita recibió gracias y dones especiales, reservados solo para ella, que había sido especialmente elegida por Jesús (hay que tener en cuenta que Jesús le dijo que ella era “un abismo de miseria e indignidad”), como por ejemplo, cuando Jesús le pide su corazón y le da a cambio el mismo devuelto en forma de llama; o bien cuando la hace partícipe de las penas y amarguras y agonía del Huerto de Getsemaní. Se trata de gracias particulares, extraordinarias, enmarcadas dentro de la gran gracia que significa para la Iglesia la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.
Sin embargo, a pesar de lo extraordinario y lo maravilloso que significa el hecho de que Jesús la haya elegido para ser el instrumento de difusión de la devoción al Sagrado Corazón, con todo, Jesús no se le dio a Santa Margarita en alimento, como hace con nosotros en cada Comunión Eucarística, y este hecho es algo incomparablemente mayor a la aparición en sí misma, porque quien comulga, no ve sensiblemente al Sagrado Corazón de Jesús, sino que recibe en cambio como alimento a este mismo Sagrado Corazón. Si en la aparición el alma ve al Sagrado Corazón, con las llamas del Amor de Dios que lo envuelven, con la Cruz en su base, con la corona de espinas que lo rodea, en la comunión eucarística el alma incorpora a su ser al Sagrado Corazón, es ella misma envuelta en las llamas del Amor de Dios que inhabita a este Corazón Divino, y es hecha partícipe y asociada como víctima al sacrificio de Jesús, es decir, que la cruz y la corona de espinas que en la aparición solo se ven, en la comunión eucarística se hacen carne en la carne y alma en el alma del que comulga.

En síntesis, con todo lo maravilloso que supone la aparición de Jesús como el Sagrado Corazón, sin embargo, una sola comunión eucarística, en estado de gracia, constituye un don de gracia infinitamente superior a cualquier aparición. En efecto, esto es así, porque en la comunión eucarística, Jesús, el Hombre-Dios, se dona al alma con todo su Ser trinitario, derramando sobre ella la infinita plenitud del Amor Divino, que sobrepasa al alma como miles de millones de universos sobrepasan a un grano de arena. Para graficar esta plenitud del Amor Divino derramado en cada comunión, podemos utilizar la imagen de una mística, Marta Robin, la cual comparaba al alma con una esponja, y al Amor de Dios como un océano, en el que la esponja es arrojada: ¿qué más quiere la esponja, que ser colmada por el agua, si está sedienta de ella?, era la pregunta que se hacía Marta Robin. De la misma manera, también nosotros podemos comparar al corazón que se dispone a recibir la Eucaristía –en estado de gracia, por supuesto-, con una esponja seca, en tanto que el Océano de Amor en el cual esta esponja es arrojada –más que incorporar nosotros a Cristo, es Cristo quien nos incorpora a Él, dice San Agustín- es la Eucaristía. Entonces, al conmemorar a Santa Margarita María y a la maravillosa devoción que por su intermedio se dio a conocer al mundo, el Sagrado Corazón de Jesús, hagamos el propósito de valorar nuestras comuniones eucarísticas, teniendo en cuenta que comulgamos al Sagrado Corazón de Jesús en Persona y le pidamos a la Virgen, la Madre del Sagrado Corazón, de aprovecharlas al ciento por uno, de manera tal que nuestro corazón, como esponja seca arrojada al océano, viva permanentemente inmersa en el Océano infinito del Amor de Dios, que inhabita en el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús.

jueves, 26 de junio de 2014

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús


         “El Divino Corazón se me presentó en un trono de llamas, más brillante que el sol, y  transparente como el cristal, con la llaga adorable, rodeado de una corona de espinas y significando las punzadas producidas por nuestros pecados, y una cruz en la parte superior... (…) la cual significaba que, desde los primeros instantes de su Encarnación, es decir, desde que se formó el Sagrado Corazón, quedó plantado en él la cruz, quedando lleno, desde el primer momento, de todas las amarguras que debían producirle las humillaciones, la pobreza, el dolor, y el menosprecio que su Sagrada Humanidad iba a sufrir durante todo el curso de su vida y en Su Santa Pasión”[1].
El Sagrado Corazón se le apareció a Santa Margarita María de Alacquoque para que le manifestara al mundo tanto la magnitud de su Amor, que lo llevó a padecer de modo infinito en la Pasión para salvar a la Humanidad, como la ingratitud de los cristianos, que indiferentes al Amor de predilección demostrado hacia ellos de manera especial, porque fueron elegidos de entre muchos para recibir los sacramentos y la gracia santificante, lo dejan abandonado en el sagrario, viviendo en el mundo de un modo que escandaliza aun a los paganos.
         Hoy, en el siglo XXI, el Sagrado Corazón no se aparece visiblemente a los ojos y a los sentidos corporales, pero sí se hace Presente, sobre el Altar Eucarístico, por medio de las palabras de la consagración, en la Santa Misa, de modo real y substancial, con su Cuerpo glorioso y resucitado, con su Corazón palpitante, envuelto en las Llamas del Amor Divino, para donarse a sí mismo, sin reservas, a todo aquel que lo quiera recibir con fe y con amor. Pero al igual que sucedió en tiempos de Santa Margarita María de Alacquoque, también hoy el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús tiene amargos reproches para hacer a los cristianos, porque los cristianos de hoy, se comportan peores que los paganos: los cristianos de hoy conocen más de los ídolos que el mundo le presenta a través de los medios de comunicación, que de Él mismo, que murió en la cruz y que perpetúa el Santo Sacrificio de la Cruz en el Santo Sacrificio del Altar, la Santa Misa, y que se queda en el sagrario, en la Eucaristía, para donar su Amor, eterno, infinito, insondable, inabarcable, sin límites, a todo aquel que quiera acercarse a Él. Sin embargo, los cristianos, en vez de postrarse en adoración ante Él, el Sagrado Corazón Eucarístico, que está vivo y glorioso, y lleno del Amor Divino, en el sagrario, prefieren postrarse, como neo-paganos, ante los ídolos mundanos, inertes, carentes de vida, pero atractivos en la superficie, porque son multicolores y en vez del silencio del sagrario, vociferan y aúllan a través de los televisores de plasma, las pantallas de cristal líquido, los celulares inteligentes de última generación, las tabletas, y cuanto dispositivo tecnológico exista. El Anticristo se vale de la ciencia y la tecnología para atraer a ingentes masas de cristianos que, convertidos en neo-paganos, corren detrás de los modernos ídolos -del fútbol, de la política, del dinero, de la violencia, del sexo, del materialismo, de la ciencia-, los cuales los conducen hacia el abismo de la eterna condenación, y con su actitud, dejan de ser “la sal y la luz de la tierra”, para convertirse en tinieblas, atrayendo a su vez a los paganos, a los que no han conocido a Jesús, porque tenían la misión de hacer conocer al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús y no de postrarse ante los ídolos del mundo.
         La cruz del Sagrado Corazón, dice Santa Margarita, significa el menosprecio que su Humanidad iba a sufrir en su Pasión, y significa también el menosprecio que continúa sufriendo en la Eucaristía, porque los cristianos de hoy, los neo-paganos del siglo XXI, conocen y aman más a los ídolos del mundo que al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús. Está en cada uno de nosotros reparar, con actos de amor y de adoración eucarística, por todos aquellos que no creen, ni esperan, ni adoran, ni aman, al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, “horriblemente ultrajado por los hombres ingratos” -como les dice el Ángel de Portugal a los Pastorcitos-, en la Eucaristía.



[1] http://www.corazones.org/santos/margarita_maria_alacoque.htm

jueves, 2 de enero de 2014

Oración al Sagrado Corazón de Jesús




Si la santidad de los miembros de la Iglesia no solo no aumenta, sino que muchas veces se encuentra ausente en una inmensa cantidad de bautizados -incluidos muchos sacerdotes-, es sencillamente porque no se recurre ni se hace uso de los abundantísimos tesoros que la Iglesia pone a nuestra disposición, el más grande de todos, el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús. Si los cristianos acudiéramos al sagrario, en donde late de Amor el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, y a Él le pidiéramos las gracias que necesitamos para nuestra santificación y la de nuestros seres queridos, la santidad aumentaría abismalmente y esta vida se convertiría en un anticipo del Paraíso. Pero además de rezar ante el sagrario, el alma tiene a su disposición algo que no tienen los ángeles, y es el poder comulgar y ser alimentado con el mismo Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, y esto es tan real, que por la comunión eucarística, el alma se convierte en un sagrario viviente de Jesús, que deja de estar en el sagrario para estar en el sagrario viviente que es el corazón de quien comulga con fe y con amor.
El bautizado no solo tiene la oportunidad –que la querrían tener cientos de miles de hombres de buena voluntad que no conocen el mensaje de Cristo- de adorar a su Dios, que se hace Presente en Persona en la Eucaristía, sino que tiene el don inmerecido de ser alimentado con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad y su Amor, que late en el Sagrado Corazón y lo envuelve en ardientes llamas de Amor Divino que Jesús desea comunicar sin medida a quien lo recibe en la comunión sacramental.
Por esto, el cristiano debería vivir cada Misa como si fuera la última vez que asiste a Misa; debería hacer cada adoración como si fuera la última vez que hace adoración eucaristía; debería comulgar con el todo el ardor del amor, con toda a fe y la piedad de la que es posible, cada vez, como si fuera la última vez que comulga, porque es el modo de corresponder la entrega que hace Jesús en cada Santa Misa, en cada Adoración Eucarística, en cada Comunión sacramental, de su Sagrado Corazón Eucarístico.
El momento de la comunión eucarística es un momento de insuperable privilegio para orar al Sagrado Corazón, y si bien la oración es individual y personal, una oración al momento de comulgar, en la intimidad del diálogo de amor entre el alma y Jesús, podría ser esta: “Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, que por amor has venido hasta mí, te suplico, por los dolores de tu Pasión, que me des la Cruz que está en la base de tu Sagrado Corazón; que me des la corona de espinas que rodean tu Sacratísimo Corazón, que me hagas beber del cáliz de tus amarguras contenido en tu Sacratísimo Corazón, que me hagas sentir las mismas penas que inundan, como mares impetuosos, tu Sacratísimo Corazón; que me des también el Amor que envuelve tu Sacratísimo Corazón en forma de llamas de fuego; haz que esas llamas, junto con las espinas que rodean tu Corazón y junto con la Sangre contenida en tu Corazón, envuelvan, perforen, e inunden, con la Fuerza impetuosa del Amor Divino, “más fuerte que la muerte” (cfr. Cant 8, 6), nuestros pobres corazones, duros, fríos, sin amor, y los corazones de nuestros seres queridos, y los corazones de todos los pecadores, para que encendidos por las llamas del Espíritu Santo, perforada la dureza pétrea de los corazones pecadores con las espinas que rodean tu Corazón, e inundados con la Sangre contenida en tu Corazón, Sangre que a su vez contiene al Amor Divino, nos convirtamos todos, del pecado a tu Amor, y así ablandados los corazones por la contrición perfecta y convertidos de corazones de piedra en corazones de carne, llenos del Espíritu Santo, seamos movidos a hacer penitencia y a descargar nuestros delitos en el sacramento de la penitencia, para así recibir nuevas y nuevas oleadas de gracia y Amor que provienen de Ti. ¡Oh Sagrado Corazón de Jesús, nada soy más pecado, porque solo soy un abismo de miseria y de indignidad, pero en mi nada y en mi condición de pecador y desde el fondo de miseria de mi alma, tengo algo para ofrecerte, y ese algo es la Eucaristía, que es tu mismo Corazón traspasado; acéptalo, y por la Cruz que está en su base, que representa los dolores acerbos de tu Pasión; por la corona de espinas que rodean tu Corazón, espinas que son la materialización de nuestros malos pensamientos y deseos; por el Fuego que envuelve tu Corazón, Fuego que es el Amor de Dios, el Espíritu Santo; por la llaga que abrió la lanza del soldado, permitiendo que por la herida de tu Corazón fluyera tu Sangre y, con tu Sangre, el Amor de Dios, y por la Eucaristía, que contiene todo esto que te ofrezco, te suplico, oh Sagrado Corazón, la conversión de los pobres pecadores!”.

lunes, 30 de septiembre de 2013

Santa Teresita de Lisieux


         “En el corazón de la Iglesia, yo seré el Amor”. ¿Qué es lo que quiere decir Santa Teresita con esta frase? ¿Se trata de la frase poética de una joven religiosa? ¿Es la expresión de un amor idealista y subjetivo, que nada tiene que ver con la realidad?
         No se trata  ni de una frase poética, ni es la expresión de un amor idealista y subjetivo; por el contrario, se refiere a un proceso de conversión espiritual experimentado en la realidad por el alma por la comunión eucaristica. Cuando Santa Teresita dice: “En el corazón de la Iglesia seré el Amor”, se está refiriendo a un proceso real de conversión que sucede en el alma humana por efecto de la comunión eucarística: debido a que Cristo es la Misericordia Divina encarnada o también, el Amor de Dios materializado en un cuerpo humano, y debido a que este Amor Divino está en Acto de Ser en el Cuerpo, en el Alma y en el Corazón humano de Cristo -el cual se encuentra glorificado en la Eucaristía-, cuando un alma comulga la Eucaristía, no es ella quien la asimila a sí, sino que es la Eucaristía, es decir, el Amor Divino de Cristo latente en su Sagrado Corazón, quien asimila a sí al alma, convirtiéndola en Amor, es decir, en sí mismo, por la potentísima fuerza del Amor de Dios.
Esto es así porque en realidad, cuando comulgamos, no somos nosotros los que comulgamos la Eucaristía, sino Cristo quien nos comulga a nosotros, como dice San Agustín, y es así entonces que, de la misma manera a como un alimento ingerido por el hombre es convertido, por la acción de la fuerza vital del alma en algo nuevo -los nutrientes-, asimilándolo a través del cuerpo para sí, así Cristo, cuando nos comulga, convierte al alma, por la potente acción del Espíritu Santo, en algo nuevo, en una parte de sí, por así decirlo, y como Él es Amor, aquello en que es convertida el alma, por efecto de la comunión, es en Amor. Comulgada por el Amor, es convertida en Amor, y es a esto a lo que se refiere Santa Teresita del Niño Jesús cuando dice: “En el corazón de la Iglesia, yo seré el Amor”, es decir, “En el corazón de la Iglesia, la Eucaristía, yo seré el Amor, yo seré Eucaristía”. Esta transformación del alma por efecto del Amor contenido en el Sagrado Corazón eucarístico de Jesús, está al alcance de todos y cada uno de los bautizados; el único límite a esta transformación está dado por el que comulga, puesto que la comunión distraída, mecánica, poco piadosa, o con algún resquicio de enojo, dificulta, retrasa o impide dicha transformación.
Si comulgáramos con el corazón abierto al Amor Divino y dejáramos que el Sagrado Corazón eucarístico de Jesús obre como Él lo desea, también nosotros deberíamos decir: “En el corazón de la Iglesia, yo seré el Amor, yo seré la Eucaristía”.

viernes, 7 de junio de 2013

Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, fuente inagotable del Amor divino


         Si Jesús es Dios Hijo y en cuanto Dios Hijo, es la Sabiduría Divina, ¿no sería más adecuado que se manifestara como la “Inteligencia Suprema del Universo”, o algún título parecido? ¿Por qué elige el Corazón para su manifestación? ¿Acaso no es un atributo inferior en el hombre, toda vez que se identifica al corazón con la sensibilidad?
La respuesta nos la dan dos de los más grandes doctores de la Iglesia, Santo Tomás de Aquino y San Agustín, para quienes el corazón, en el hombre, es el símbolo del amor, pero no solo es el símbolo, sino también es la sede del amor, con lo cual quieren significar que el corazón es “el todo del hombre”.
Veamos de qué manera.
Dice Santo Tomás que el corazón es “el principio de todas nuestras acciones”, y San Agustín, por su parte, afirma que es “el principio de todos los actos de nuestra vida”, y el motivo es que el corazón es la sede del amor y es el amor –a alguien, a algo- lo que constituye el motor, el impulso, que nos empuja a conseguir aquello que amamos; el amor es como un peso que hace inclinar el alma entera y la hace dirigir hacia un fin determinado[1]. Para Santo Tomás y para San Agustín, el amor, cuya sede es el corazón, es el motor de nuestras acciones, y así, según sea aquello que amemos, así será nuestro movimiento, el movimiento de todo nuestro ser, de toda nuestra alma, de todas nuestras potencias, dirigidos a conseguir aquello que amamos. No en vano el mandamiento más importante está formulado en este sentido: “Amarás a Dios con toda tu alma, con todo tu ser, con todo tu corazón”. Es decir, amarás a Dios con todo tu amor o, lo que es lo mismo, con todo lo que eres y con todo lo que tienes: con todo tu ser, con toda tu inteligencia, con todo tu amor, con todas tus obras. El amor es un motor que pone en funcionamiento al ser mismo y, con el ser, todas las potencias del alma que del ser emanan. El amor es el motor y al mismo tiempo el combustible, sin el cual el movimiento del hombre hacia un fin es imposible. Solo cuando el hombre experimenta amor -por algo o por alguien-, es capaz de moverse a sí mismo. Por supuesto que muchas veces ama algo o alguien que solo le provoca daño y en lo cual jamás encontrará su felicidad, porque no es el objeto adecuado para su amor, pero lo que nos interesa considerar aquí es que, más allá de que el objeto de su amor sea adecuado o no, le conceda felicidad o no, el amor será siempre el motor y el combustible de su movimiento, y determinará todo en el hombre: sus pensamientos, sus deseos, sus palabras y su obrar. El amor, cuya sede es el corazón, y por lo tanto está simbólicamente representado en el corazón en cuanto órgano físico, es una fuerza dinámica cuya energía se imprime a todo el ser del hombre y lo pone en movimiento, haciéndolo obrar en la dirección necesaria para obtener aquello que ama, y lo hace con tanta intensidad, que nada lo detiene y ningún sacrificio es obstáculo para conseguir lo que ama, incluso es capaz de sacrificarse hasta la muerte.
El amor es como un foco o punto central en el hombre, en donde todo converge: la inteligencia, la voluntad, los afectos, los sentimientos. Todo pasa por el amor: la inteligencia contempla su objeto, la imaginación lo embellece, la memoria solo conserva recuerdos buenos, la voluntad solo desea lo que ama, las potencias operativas se disponen a conseguir aquello que ha sido contemplado en el amor.
Este es el motivo por el cual se dice que “el amor lo es todo para el alma, como el corazón lo es todo para el cuerpo”[2]. Esto es lo que lleva a San Agustín a afirmar que el hombre es lo que ama: “Amas la tierra, eres tierra; sois dioses, si amáis a Dios”[3].
         Llegados aquí, podemos entonces responder a las preguntas del inicio: si el corazón –y el amor, cuya sede es- es “el todo del hombre”, lo es también en el Hombre-Dios y tanto más en Él, que en cuanto Dios,  “es Amor” (1 Jn 4, 16). El hombre es imagen de Dios, y si en el hombre el corazón y el amor lo es todo, así también en Dios, cuya imagen refleja. Jesús se manifiesta como el Sagrado Corazón porque en Él todo es Amor, Amor Puro, Perfecto, en Acto Puro de Ser; Amor eterno, Amor inagotable, incomprensible, celestial, Amor que ama con locura a la humanidad toda, Amor por la humanidad que no vacila en dar la vida en el santo sacrificio de la Cruz, para salvarla y conducirla a sí mismo; Amor que se hace Carne gloriosa y resucitada en cada Eucaristía; Amor que se dona todo entero, sin reservas, en la Sangre que brota del Sagrado Corazón traspasado por la lanza y que se recoge, cada vez, en el cáliz de la Santa Misa, para ser libado por los corazones que aman a Dios Uno y Trino.
         Al manifestarse como el Sagrado Corazón, Dios Hijo nos revela que todo lo que Él es, Amor en Acto Puro de Ser, lo ha llevado a dar la vida en la Cruz por nuestra salvación y por nuestro amor y que nada más que nuestro amor y nuestra salvación quiere para nosotros. Es por eso que le dice a Santa Margarita: “He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres”, pero luego también el amargo reproche: “y solo ha recibido de ellos ingratitud, indiferencia, desprecios y ultrajes”. Amemos al Sagrado Corazón –“el Amor no es amado”, decía Santa Teresa de Ávila-, y de manera tal, que al menos de nosotros no tenga que quejarse de la frialdad y dureza del corazón de los hombres; amemos al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús con todas las fuerzas de nuestro pobre corazón, y que el Amor del Sagrado Corazón sea el motor, el combustible, el impulso y la fuerza que ponga en movimiento todo nuestro ser, en el tiempo y en la eternidad.




[1] Amor meus, pondus meum; quocumque feror, amore feror. (S. Agustín Confes. 13, 10).
[2] Diligcs Dominum, etc... Diligcs proximum, etc... in his duobus mandatis universa lex pendet et prophetae. (S. Mat 22, 37.39.405 Hoc est enim omnis horno. (Eccl. 12, 13).
[3] Terra diligis? terra cris. Deum diligis? Deus cris. Non audeo dicere ex me, Scriptu­ram audiamus. (Ps. 81,6; Ego dixi; Dii estis, et Filii Altissimi omnes. (S. Agustín, in Epist la Sti Joan., tract. II, n. 14, t. 111, p. 1997).

jueves, 2 de mayo de 2013

El Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús


         En la primera revelación, el 27 de diciembre de 1673, Jesús le dice a Santa Margarita María de Alacquoque: “Mi Divino Corazón está tan apasionado de Amor por los hombres (…) que, no pudiendo ya contener en Sí Mismo las Llamas de Su Ardiente Caridad, le es preciso comunicarlas (…) y manifestarse a todos para enriquecerlos con los preciosos Tesoros que (…) contienen las Gracias santificantes y saludables necesarias para separarles del abismo de perdición. Te he elegido como un abismo de indignidad y de ignorancia, a fin de que sea todo Obra Mía”.
         Le revela que su Corazón está “apasionado de Amor por los hombres”, y que quiere “comunicar y manifestar” las “Llamas de Ardiente Caridad” que “contienen gracias santificantes” que “los separarán del abismo de perdición”.
         Podríamos decir que en esta declaración de Amor de Jesús, hay algo que Jesús no dice, pero que está contenido, y ese algo supera infinitamente el solo hecho de concedernos gracias santificantes que evitan nuestra eterna condenación. Es verdad que la gracia santificante actúa en el alma haciéndole ver la realidad y el horror del pecado y del castigo que éste atrae, que es la eterna condenación en el infierno. Pero el Amor del Sagrado Corazón no se limita a simplemente concedernos el rechazo de la malicia del pecado y la detestación del infierno; eso sería, y es, muy poco. Hay algo que Jesús no dice, pero que está implícito en el don de su Sagrado Corazón Eucarístico que arde en las llamas del Amor divino, y ese algo es la transformación del alma, por la gracia santificante, en una imagen viviente suya.
         Una señal de esto que decimos se encuentra en la siguiente experiencia de Santa Margarita: “Me pidió después el corazón y yo Le supliqué que lo tomase. Lo tomó y lo introdujo en Su Corazón adorable, en el cual me lo mostró como un pequeño átomo que se consumía en aquel Horno encendido. Lo sacó de allí, cual si fuera una llama ardiente en forma de corazón y lo volvió a colocar en el sitio de donde lo había tomado, diciéndome: “He ahí, mi muy amada, una preciosa prenda de Mi Amor, el cual encierra en tu pecho una pequeña centella de Sus Vivas Llamas para que te sirva de corazón y te consuma hasta el postrer momento, y cuyo ardor no se extinguirá ni enfriará”.
         Esto es entonces aquello que Jesús no dice en primera instancia, pero que está contenido en su revelación: la gracia santificante, que viene al alma por el Sacramento de la Confesión, no solo destruye el pecado, sino que convierte al alma en una imagen viviente del Hijo de Dios, de modo que Dios Padre no puede hacer otra cosa que amar al alma como ama con el mismo Amor con el cual ama a su Hijo Jesús, el Espíritu Santo. Es esto lo que está representado en el intercambio que hace Jesús, tomando el corazón de Santa Margarita y dándole a cambio una llama de su Sagrado Corazón en forma de corazón: el alma arde en el Amor de Dios porque ha sido transformada en una imagen de Jesús. Tan pronto como el alma recibe la gracia, se convierte de enemiga que era por el pecado, en hija de Dios, al ser destruido el pecado por la gracia, y de esa manera no solo se aplaca la justa ira de Dios, sino que se cambia en Amor de predilección, porque el alma se vuelve un miembro viviente de su Hijo y se convierte en una imagen de su Hijo[1]. Contra el fruto venenoso del pecado, solo cabe un único remedio, la Sangre del Hombre-Dios, con su poder y fruto, la divina gracia. El hombre debe beber la Sangre del Hombre-Dios como medicina, para así lavar las manchas de la malicia del pecado, que son al alma lo que la lepra al cuerpo. Cuando el alma recibe el torrente inagotable de gracia que fluye del Costado abierto de Cristo, no solo queda lavada de sus pecados, sino que recibe una nueva vida, la vida de la gracia, la vida del Hombre-Dios Jesucristo. El poder infinito de la gracia no solo destruye la obra de malicia del pecado, que era despojar al hombre de su amor hacia Dios, de modo que se formaba un abismo entre el hombre y Dios, sino que atrae hacia el hombre el Amor de Dios, reuniendo al hombre con Dios y a Dios con el hombre.
Ahora bien, si el Sagrado Corazón se le apareció a Santa Margarita en el año 1647, ¿eso quiere decir que quienes vivimos en el siglo XXI hemos quedado fuera de sus promesas? De ninguna manera, porque si a Santa Margarita se le apareció, pero no se le dio en comunión, a nosotros no se nos aparece sensiblemente, de modo que pueda ser captado por los sentidos, pero sí se nos da todo Él en la Eucaristía, porque ahí se encuentra el Sagrado Corazón Eucarístico en Persona, y por este motivo, es en la comunión eucarística en donde el Sagrado Corazón quiere que lo recibamos: “Tengo sed, pero una sed tan ardiente de ser amado por los hombres en el Santísimo Sacramento, que esta sed Me consume y no hallo a nadie que se esfuerce según Mi Deseo en apagármela, correspondiendo de alguna manera a Mi Amor”.
El alma que recibe al Sagrado Corazón Eucarístico con fe y con amor, se esfuerza por saciar la sed de Amor que consume al Sagrado Corazón.



[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, The glories of Divine Grace, TAN Books Publishers, Illinois 2000, 178.