San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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martes, 13 de agosto de 2019

San Maximiliano Kolbe



         Vida de santidad[1].

Nacido en Polonia, su familia, fervientemente devota de la Santísima Virgen bajo la advocación de Nuestra Señora de Schesztokowa, le transmitió este gran amor por la Madre de Dios, amor que habría de marcar toda su vida, a la cual podemos definir esencialmente mariana. Ingresó en 1910 en los franciscanos, obteniendo en 1915 en la Universidad de Roma el doctorado en filosofía y en 1919 el doctorado en teología. Fue ordenado sacerdote en 1918.
Decimos que su vida fue esencialmente mariana, porque todos los esfuerzos de San Maximiliano estaban dirigidos a hacer conocer a la Santísima Virgen. Para conseguir este objetivo, fundó en 1927 en Polonia la Ciudad de la Inmaculada, una gran organización, que tuvo mucho éxito y una admirable expansión. Luego funda en Japón otra institución semejante, con éxito admirable.
Para propagar aún más el conocimiento, el amor y la devoción a la Santísima Virgen, el padre Maximiliano fundó dos periódicos: “El Caballero de la Inmaculada”, y “El Pequeño diario”, además de organizar una imprenta en la ciudad de la Inmaculada en Polonia. En Japón fundó una revista católica que pronto llegó a tener una tirada de quince mil ejemplares, lo cual se considera un verdadero milagro en ese país donde los católicos casi no existían. También fundó y dirigió una revista llamada “El caballero de la Inmaculada” y una radiodifusora. Todo lo que construyó fue destruido por la guerra, ya que el padre San Maximiliano fue hecho prisionero por los nazis al poco tiempo de iniciada la Segunda Guerra Mundial. Una vez prisionero en el campo de Auschwitz, San Maximiliano ofrendó su vida en testimonio de Cristo, intercambiándola por un padre de familia que iba a ser fusilado por los nazis. Estos aceptaron la propuesta del Padre Maximiliano, de morir él en lugar del padre de familia y fue así que fue conducido a una celda en donde se lo dejó morir de hambre junto con otros diez prisioneros. Todos murieron menos él, por lo que los nazis, que necesitaban la celda para nuevos prisioneros, pusieron fin a la vida de San Maximiliano Kolbe inyectándole cianuro. Era la víspera de la Asunción de la Virgen, el 14 de agosto de 1941.

         Mensaje de santidad.

Además de su gran amor a la Virgen, particularmente bajo la advocación de la Inmaculada Concepción y el deseo ardiente de que la Madre de Dios fuera conocida por la mayor cantidad de gente posible, podemos decir que el legado de santidad de San Maximiliano consta de dos coronas: la de la pureza y la del martirio. En efecto, cuando era niño tuvo un sueño en el cual la Virgen María le ofrecía dos coronas, si él permanecía fiel a la devoción mariana. Eran dos coronas, una corona blanca y otra roja: la blanca simbolizaba la virtud de la pureza, mientras que la roja, el martirio. El santo vivió a la perfección la doble pureza necesaria para el Reino de los cielos, la pureza del cuerpo y la pureza del alma, es decir, la castidad perfecta y la fe perfecta, sin contaminaciones con herejías y también mereció la corona del martirio porque, imitando a Cristo, que en la Cruz se ofreció como Víctima Inocente por nuestra salvación, San Maximiliano Kolbe, participando de la Pasión del Señor, se ofreció en intercambio para salvar la vida de un padre de familia. En su día, le pedimos a San Maximiliano Kolbe que intereceda para que, a imitación suya, amemos hasta el extremo a la Madre de Dios y a su Hijo Jesucristo.

miércoles, 29 de agosto de 2018

Santa Rosa de Lima



         Vida de santidad[1].

         Nació en el año 1586 de ascendencia española en la capital del Perú, Lima, en 1586. Sus padres, de origen humilde, fueron Gaspar de Flores y María de Oliva. Mientras vivía en su hogar y hasta que se consagró, llevó una vida de piedad, oración y virtud. Una vez consagrada y vistiendo el hábito de la Tercera Orden de Santo Domingo, profundizó todavía más su camino de penitencia y contemplación mística. Murió el día 24 de agosto del año 1617.
El nombre de Rosa lo adquirió la santa el día de su confirmación por parte del arzobispo de Lima, Santo Toribio. El  modelo de vida y santidad para Sana Rosa de Lima fue Santa Catalina de Siena. En una ocasión, su madre le coronó con una guirnalda de flores para lucirla ante algunas visitas; considerando esto como una vanidad y para reparar por esto, Santa Rosa se clavó una de las horquillas de la guirnalda en la cabeza, con la intención de hacer penitencia. Debido a que era muy agraciada por naturaleza, recibía constantes elogios de parte de la gente acerca de su belleza, por lo que la santa solía restregarse la piel con pimienta para desfigurarse y no ser ocasión de tentaciones para nadie.
En otra ocasión, una dama le hizo un día ciertos cumplimientos acerca de la suavidad de la piel de sus manos y de la finura de sus dedos; inmediatamente la santa se talló las manos con barro, a consecuencia de lo cual no pudo vestirse por sí misma en un mes. Estas y otras penitencias daban muestra de cómo aún a temprana edad, la santa poseía un espíritu de penitencia, mediante el cual combatía contra las acechanzas y peligros del mundo exterior y de las propias pasiones. Sin embargo, Santa Rosa era también consciente de que la penitencia de nada le serviría si antes no desterraba de su corazón la fuente de todo mal, que es el orgullo, el cual es una pasión que se manifiesta en el amor propio y es capaz de esconderse bajo el disfraz de la oración y el ayuno. Decidió emprender esta lucha contra su amor propio mediante la humildad, la obediencia y la abnegación de la voluntad propia.
Jamás desobedeció a sus padres, dando ejemplo de perfecto cumplimiento del Cuarto Mandamiento y no mostró nunca hacia nadie, aún en las dificultades y contradicciones, gestos del más mínimo fastidio, siendo con todos caritativa y paciente. Sufría mucho por quienes no tenían visión sobrenatural y no comprendían su camino de penitencia, austeridad y piedad.
Su familia padeció penurias económicas luego del fracaso en una empresa por parte del padre de Santa Rosa. Para ayudar al sostenimiento de la familia, Santa Rosa trabajaba todo el día en el huerto y durante parte de la noche, se dedicaba a la costura. A pesar de que sus padres querían que se casara e insistían permanentemente en ello, la santa hizo voto de virginidad durante diez años para confirmar su resolución de vivir consagrada al Señor. Pasados esos diez años e imitando a Santa Catalina de Siena, ingresó en la Tercera Orden de Santo Domingo. Desde ese momento, se recluyó en una cabaña que había construido en el huerto. Sobre su cabeza solía portar una cinta de plata, cuya parte interna estaba recubierta de puntas, sirviendo dicha cinta a modo de corona de espinas. Su amor de Dios era tan ardiente que, cuando hablaba de Él, cambiaba el tono de su voz y su rostro se encendía como un reflejo del sentimiento que embargaba su alma. Ese fenómeno se manifestaba, sobre todo, cuando la santa se hallaba en presencia del Santísimo Sacramento o cuando en la comunión eucarística su corazón se unía sobrenaturalmente al Amor Increado y Fuente del Amor.
A Santa Rosa le fueron concedidas enormes gracias extraordinarias, aunque también permitió Dios que sufriese durante quince años la persecución de sus amigos y conocidos, al mismo tiempo que su alma se veía sumergida en la más profunda desolación espiritual. Además de esto, sufría constantes ataques por parte del Demonio, quien la molestaba con violentas tentaciones. El único consejo que supieron darle aquellos a quienes consultó fue que comiese y durmiese más. Más tarde, una comisión de sacerdotes y médicos examinó a la santa y dictaminó que sus experiencias eran realmente sobrenaturales. Santa Rosa vivió los tres últimos años de su vida en la casa de Don Gonzalo de Massa, un empleado del gobierno, cuya esposa le tenía particular cariño. Durante la penosa y larga enfermedad que precedió a su muerte, la oración de la santa era: ·”Señor, auméntame los sufrimientos, pero auméntame en la misma medida tu amor”. Dios la llamó a Su Presencia el 24 de agosto de 1617, a los treinta y un años de edad. Al momento de su muerte su fama de santidad había trascendido tanto que el capítulo, el senado y otros dignatarios de la ciudad se turnaron para transportar su cuerpo al sepulcro. Fue canonizada por el Papa Clemente X en el año 1671.

         Mensaje de santidad[2].

         Aunque sus dones y gracias eran particulares para su persona y por lo mismo no todos pueden imitar sus prácticas ascéticas, sí podemos pedirle a la santa que interceda por nosotros ante Nuestro Señor Jesucristo para que, por manos de la Virgen, Mediadora de todas las gracias, seamos capaces de imitarla en su ardiente amor por Nuestro Redentor Jesucristo.
Su mensaje de santidad también está contenido en sus escritos. En uno de ellos, Santa Rosa de Lima, haciendo hablar a Nuestro Señor Jesucristo, la Santa resalta el enorme valor de dos grandes dones del Cielo: las tribulaciones y la gracia que nos viene por los sacramentos. Escribe así la santa: “El Salvador levantó la voz y dijo, con incomparable majestad: “¡Conozcan todos que la gracia sigue a la tribulación. Sepan que sin el peso de las aflicciones no se llega al colmo de la gracia. Comprendan que, conforme al acrecentamiento de los trabajos, se aumenta juntamente la medida de los carismas. Que nadie se engañe: esta es la única verdadera escala del paraíso, y fuera de la cruz no hay camino por donde se pueda subir al cielo!”. La santa describe una experiencia mística en la que Nuestro Señor es el que habla, ponderando el valor del sufrimiento aceptado con humildad y jamás rechazado, como preludio del don de la gracia. Muchos cristianos se quejan de la cruz que les toca llevar, cometiendo así un grave error, puesto que la Santa Cruz es el único camino al Cielo. De allí tenemos que tomar lección nosotros, para no solo nunca quejarnos de la Cruz, sino para abrazarla con todo el amor del que seamos capaces.
Continúa luego la santa: “Oídas estas palabras, me sobrevino un ímpetu poderoso de ponerme en medio de la plaza para gritar con grandes clamores, diciendo a todas las personas, de cualquier edad, sexo, estado y condición que fuesen: “Oíd pueblos, oíd, todo género de gentes: de parte de Cristo y con palabras tomadas de su misma boca, yo os aviso: Que no se adquiere gracia sin padecer aflicciones; hay necesidad de trabajos y más trabajos, para conseguir la participación íntima de la divina naturaleza, la gloria de los hijos de Dios y la perfecta hermosura del alma”. En un mundo como el nuestro, en el que el predominan el materialismo y el hedonismo, es decir, la ausencia de Dios y la búsqueda de los placeres sensuales, el mensaje de santidad de Santa Rosa de Lima se dirige en dirección absolutamente contraria al espíritu mundano de nuestro siglo, desde el momento en que la santa nos anima a participar de la Pasión del Señor –sus aflicciones, su Cruz, su tribulación-, como modo de participar de la naturaleza divina, por medio de la gracia, adquirida por estas tribulaciones y aflicciones.
Luego continúa la santa elogiando el tesoro de la Gracia Divina: “Este mismo estímulo me impulsaba impetuosamente a predicar la hermosura de la divina gracia, me angustiaba y me hacía sudar y anhelar. Me parecía que ya no podía el alma detenerse en la cárcel del cuerpo, sino que se había de romper la prisión y, libre y sola, con más agilidad se había de ir por el mundo, dando voces: “¡Oh, si conociesen los mortales qué gran cosa es la gracia, qué hermosa, qué noble, qué preciosa, cuántas riquezas esconde en sí, cuántos tesoros, cuántos júbilos y delicias! Sin duda emplearían toda su diligencia, afanes y desvelos en buscar penas y aflicciones; andarían todos por el mundo en busca de molestias, enfermedades y tormentos, en vez de aventuras, por conseguir el tesoro último de la constancia en el sufrimiento. Nadie se quejaría de la cruz ni de los trabajos que le caen en suerte, si conocieran las balanzas donde se pesan para repartirlos entre los hombres”. 
Santa Rosa nos anima no solo a no desear los bienes y placeres terrenos, sino a desear un único bien, el bien divino de la Gracia celestial, que nos hace partícipes de la naturaleza divina, conseguida por Nuestro Señor Jesucristo para nosotros al precio de su Pasión. Su mensaje, entonces, puede resumirse así: no solo no quejarse de la Cruz, sino abrazarla con amor para participar de la Pasión del Redentor, de sus trabajos, aflicciones y tribulaciones, para así recibir la gracia divina que, al unirnos a la naturaleza divina, se convierte para nosotros en el bien más preciado y en la fuente de todo bien sobrenatural.

viernes, 8 de junio de 2018

El Sagrado Corazón a la Hermana Encarnación: “Los hombres no recuerdan los dolores de mi Pasión”



El Sagrado Corazón se le apareció a la hermana Encarnación del Sagrado Corazón en Guatemala para manifestarle cuánto dolor le causaban los hombres porque estos –distraídos con las cosas del mundo- no recuerdan su Pasión –y si no recuerdan su Pasión, no recuerdan los motivos de ésta, que es la Misericordia de Dios y el pecado de los hombres-. El día 9 de abril de 1857 la Madre fue a la Capilla a meditar la Pasión, en la parte en la que Jesús es traicionado por Judas Iscariote y sintió en ese momento que el Señor le decía al oído: “Los hombres no recuerdan los dolores de mi Corazón”.
En otra aparición, Jesús le dice así a Santa Gemma Galgani, quejándose de cómo los cristianos se olvidaban de su Corazón y su Amor y de cómo comulgaban muchos cristianos, con hipocresía y cinismo, además de convertir a sus templos en verdaderos "teatros": “Nadie se cuida ya de Mi amor; Mi corazón está olvidado, como si nada hubiese hecho por su amor, como si nada hubiera padecido por ellos, como si de todos fuera desconocido. Mi corazón está siempre triste. Solo Me hallo casi siempre en las iglesias, y si muchos se reúnen, lo hacen con motivos bien distintos de los que Yo quisiera; y así tengo que sufrir viendo a mi Iglesia convertida en teatro de diversiones; veo que muchos, con semblante hipócrita, me traicionan con comuniones sacrílegas”[1].
         Es decir, a través de estas dos apariciones, Jesús le dice a la Iglesia que los cristianos no solo no recuerdan los dolores de la Pasión, sino que no toman conciencia de que lo que reciben en la Eucaristía es el Corazón dolorido de Jesús, puesto que lo reciben distraídamente, haciendo comuniones sacrílegas en la mayoría de los casos porque cuando comulgan están pensando en cosas mundanas o en cualquier otra cosa menos en Él y además nos revela su dolor porque se encuentra abandonado en su Prisión de Amor, el sagrario
         ¿Por qué Jesús quiere que nos acordemos de sus dolores en la Pasión y por qué quiere que recibamos su Corazón Eucarístico con piedad, con amor, con fervor? Por un lado, porque este recuerdo no se trata de una mera afectividad y tener devoción al Sagrado Corazón no es una simple devoción dejada al libre querer del que le parezca: así como en la Pasión de Jesús están contenidas todas las gracias que necesitamos para la salvación, así también, de la misma manera, en el Sagrado Corazón  están contenidas todas las gracias necesarias para nuestra eterna salvación, según le dijo Jesús a Santa Margarita.
         Que en la devoción al Sagrado Corazón están contenidas las gracias más que suficientes y necesarias para la eterna salvación en el Reino de Dios y para al mismo tiempo evitar la eterna condenación en el Infierno, eso es lo que Jesús le dice a Santa Margarita en una de las apariciones: “Me hizo ver que el ardiente deseo que tenía de ser amado por los hombres y apartarlos del camino de la perdición, en el que los precipita Satanás en gran número (y que ese Amor) le había hecho formar el designio de manifestar su Corazón a los hombres, con todos los tesoros de amor, de misericordia, de gracias, de santificación, y de salvación que contiene, a fin de que cuantos quieran rendirle y procurarle todo el amor, el honor y la gloria que puedan, queden enriquecidos abundante y profusamente con los divinos tesoros del Corazón de Dios, cuya fuente es, al que se ha de honrar bajo la figura de su Corazón de carne, cuya imagen quería ver expuesta y llevada por mi sobre el corazón, para grabar en él su amor y llenarlo de los dones de que está repleto, y para destruir en él todos los movimientos desordenados. Que esparciría sus gracias y bendiciones por dondequiera que estuviere expuesta su santa imagen para tributarle honores y que tal bendición sería como un último esfuerzo de su amor (…) a fin de apartarlos del imperio de Satanás, al que pretende arruinar, para ponernos en la dulce libertad del imperio de su amor, que quiere restablecer en el corazón de todos los que se decidan a abrazar esta devoción”.
Para esto se manifiesta Jesús como Sagrado Corazón y para esto quiere que le tengamos devoción: para “Apartar (a los hombres) del camino de la perdición, en el que los precipita Satanás en gran número (es decir, el Infierno); destruir en él (en el hombre) todos los movimientos desordenados (los movimientos desordenados son los pecados que, si son mortales y no se confiesan, conducen al Infierno); apartarlos del imperio de Satanás (el Príncipe del Infierno) (y que los hombres queden) bajo el imperio de su Amor”.
          Es para que nos apartemos del camino de Satanás y para que lo reconozcamos a Él, a Jesús, como a Nuestro único Rey, es para lo que Jesús nos revela su Sagrado Corazón y es para este fin que sufrió la Pasión ya desde el momento mismo de la Encarnación. Otro elemento a tener en cuenta es que si las gracias para nuestra eterna salvación están contenidas en la Pasión y en el Sagrado Corazón, están contenidas por lo tanto también en la Eucaristía, porque es allí donde está vivo y glorioso el Sagrado Corazón. Por esta razón es que nos entrega en cada comunión eucarística su Sagrado Corazón Eucarístico, porque en la Eucaristía el Sagrado Corazón está, lleno de la gloria y del Amor de Dios, vivo y palpitante.
Entonces, recordar, meditar, pedir la gracia de participar de los dolores de la Pasión de Jesús, ser devotos del Sagrado Corazón de Jesús es necesario para nuestra eterna salvación y es tan necesario, que quien no es devoto del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, no tiene modo de salvarse eternamente y quien rechaza esta devoción no tiene modo de librarse de Satanás y por lo tanto pone su salvación eterna en grave riesgo. Jesús se manifestó como el Sagrado Corazón para destruir los movimientos desordenados de nuestros corazones, que nos conducen al pecado; para librarnos de Satanás y de la eterna condenación en el Infierno y para colmarnos de toda clase de gracias necesarias para nuestra santificación y eterna salvación. Nada de esto tiene que ver con una devoción que se queda solo en la afección sensible, como erróneamente afirman muchos que desconocen al Sagrado Corazón.



[1] Cfr. www.religionenlibertad.com/la-terrible-carta-de-gema-galgani-13999.htm

martes, 23 de mayo de 2017

Santa Rita de Casia


Vida de santidad[1].

Santa Rita nació en 1381 en Casia, Umbría. Se casó con Pablo Fernando, de su aldea natal. Debido al carácter irascible de su esposo, su matrimonio constituyó, desde sus primeros inicios, un verdadero martirio, el cual es aceptado por la santa con heroicidad cristiana. Ante el constante maltrato de su esposo, Santa Rita pone en juego las armas espirituales que la Madre Iglesia le ha enseñado: callar, sufrir en silencio y ofreciendo su dolor, rezando por la conversión de su esposo, conversión que llega finalmente gracias a su bondad y paciencia y la acción de la gracia.
Su matrimonio, del cual nacieron dos gemelos, vivió una verdadera tragedia al ser asesinado su esposo, como consecuencia de los enemigos que se había acarreado por su mala vida pasada, antes de su conversión. Santa Rita perdona a los asesinos de su esposo y les pide a sus hijos que hagan lo mismo, imitando el perdón que Cristo nos dio a cada uno de nosotros, al ser nosotros, con nuestros pecados, los que le quitábamos la vida. Sin embargo, sus hijos no escuchan el pedido de su madre e insisten en la idea de vengarse. Al ver que estaban en peligro de eterna condenación, Santa Rita ora pidiendo a Dios que se lleve a sus hijos, antes de que estos cometan un pecado mortal, lo cual sucede efectivamente.
Al haber enviudado y al haber quedado sin hijos, Santa Rita vislumbra la posibilidad de concretar su deseo de consagrarse, por la vida religiosa, al Señor, por lo que pide la admisión por tres veces en las Agustinas de Casia, siendo rechazada las tres veces.
Es admitida en el monasterio luego de que, milagrosamente, se le aparecieran San Juan Bautista, San Agustín y San Nicolás de Tolentino. Hace la profesión religiosa ese mismo año de 1417, y allí pasa 40 años, vividos sólo para Dios. Como religiosa, fue ejemplar, viviendo en extrema humildad, pobreza, obediencia, y ofreciendo continuos ayunos, vigilias y penitencias con cilicios. Llevada por la gracia, recorrió con alegría y amor las tres vías de la vida espiritual, purgativa, iluminativa y unitiva.
Sus hermanas en religión refieren un episodio que da cuenta de su santidad. La Priora le manda regar un sarmiento seco, lo cual, visto humanamente, no tenía mucho sentido, puesto que era imposible que reverdeciera. Sin embargo, Rita cumple la orden rigurosamente durante varios meses y el sarmiento reverdece.
Santa Rita solía pasar largas horas de rodillas, en un reclinatorio, ante la imagen de Jesús crucificado, meditando en su Pasión y en el dolor que nuestros pecados le provocaban. Fue en una de esas meditaciones que recibió una gracia muy particular: se le produjo una herida en la frente, como si fuera producida por una de las espinas de la corona de Jesús, la cual le procuraba un intenso dolor continuo, además de humillación permanente. Esta herida no cicatrizaba nunca y, aún más, empeoraba y comenzaba a supurar, emitiendo un olor nauseabundo, con lo que Santa Rita, a  pesar de ser religiosa y amar la vida comunitaria propia de la vida consagrada, tuvo que vivir hasta su muerte, apartada del resto de la comunidad. La herida desapareció solo una vez, por unos días, cuando Santa Rita, con sus hermanas en religión, salieron del convento para asistir a una misa en Roma, presidida por el Santo Padre. También desapareció definitivamente cuando Santa Rita murió, y en vez del olor nauseabundo que hasta ese entonces se sentía, el cuerpo de Santa Rita comenzó a exhalar un exquisito perfume de rosas.
En los días anteriores y en el momento de su muerte, sucedieron también hechos prodigiosos, como el florecer de una rosa y el madurar de dos higos en pleno invierno, para satisfacer sus antojos de enferma. También al morir se produjo otro sorprendente milagro, indicios de que su alma en gracia ingresaba en el Reino de los cielos: al momento de expirar, las campanas comenzaron a tañer solas a gloria y su celda se iluminó con una luz resplandeciente y desconocida. Murió en el año 1457 y fue canonizada por el Papa   León XIII en el año 1900.   

         Mensaje de santidad.

         A pesar de todos estos prodigios que verdaderamente sucedieron, lo que la hizo santa no fueron estos, sino una vida de virtudes heroicas cristiana en todos los estados de vida que le tocó vivir: fue un modelo extraordinario de esposa, de madre, de viuda y de monja. Como esposa, sufrió en silencio la brutalidad de su esposo antes de su conversión, además de rezar permanentemente por su conversión, obteniendo del Señor esta gracia. Como madre, amaba tanto a sus hijos, que pidió para ellos la muerte terrena, antes de que cometieran el pecado mortal de la venganza y así sufrieran la segunda muerte, es decir, la eterna condenación en el infierno. Como viuda, guardó luto cristiano y desde el momento mismo en que enviudó, guardó con respeto y caridad cristiana la memoria de su esposo fallecido, tomando la decisión de ingresar en el convento para consagrarse como religiosa. Ya como religiosa, cumplió siempre a la perfección la regla de su Orden, además de recibir la gracia mística de sufrir, de modo permanente y hasta su muerte, una herida producida por una de las espinas de la corona del Señor, participando y uniéndose místicamente a su Pasión, la cual amaba meditar, día y noche. Por todo esto, Santa Rita es modelo ejemplar para toda mujer, en cualquier estado de vida que se encuentre.

viernes, 29 de abril de 2016

Santa Catalina de Siena y la corona de espinas


En un momento de su vida, Santa Catalina de Siena tuvo una aparición de Jesús, en la que Nuestro Señor tenía dos coronas en sus manos, una de oro y otra de espinas. Jesús le preguntó cuál de ambas quería y Santa Catalina le dijo que quería la de espinas. En su biografía, se relata así el episodio: “En una visión, Jesús se le presentó con dos coronas, una de oro y otra de espinas, ofreciéndole elegir con cuál de las dos se complacería. Ella respondió: “Yo deseo, Oh Señor, vivir aquí siempre conforme a tu pasión, y encontrar en el dolor y en el sufrimiento mi reposo y deleite”. Luego, tomando ansiosamente la corona de espinas, se la colocó sobre la cabeza” [1].
¿Por qué esta elección de Santa Catalina? ¿No hubiera sido mejor que eligiera la corona de oro, puesto que ella, como sabemos, estaba unida en desposorios místicos con Jesús? Es decir, si Santa Catalina era –como lo era- la esposa mística del Rey de los cielos –en una aparición, Jesús en Persona le colocó el anillo esponsal-, y siendo Jesús como es, el Rey de la gloria, ¿no correspondía que una esposa de semejante Rey llevara una corona de gloria y no de espinas?
Para entender el porqué de la elección de Santa Catalina, debemos meditar en su respuesta[2]: “Yo deseo, oh Señor, vivir aquí conforme a tu Pasión y encontrar en el dolor y en el sufrimiento mi reposo y deleite”.
“Deseo vivir aquí conforme a tu Pasión”: en la Pasión, Jesús no llevaba una corona de oro, sino una corona de espinas; luego, al elegir la corona de espinas, Santa Catalina de Siena desea “conformarse” a la Pasión de Jesús, es decir, vivir unida a la Pasión de Nuestro Señor. Esto implica recibir, en esta vida, lo que Jesús recibió en su Pasión: ignominia, humillación, dolor y muerte, lo cual es contrario a la cultura hedonista que impera en nuestros días.
“Encontrar en el dolor y en el sufrimiento mi reposo y mi deleite”: No se trata de querer sufrir por el solo hecho de sufrir; tampoco se trata de una alteración de los valores en Santa Catalina: el “reposo y deleite en el sufrimiento y en el dolor” se deben a que, al unirse a la Pasión de Jesús prefiriendo la corona de espinas y no la de oro, Santa Catalina se une al sacrificio redentor de Nuestro Señor, lo cual quiere decir que el dolor, de tortura del alma y del cuerpo, se convierte en fuente de santificación, tanto personal, como de muchas almas, que por este dolor y santificación, se verán libres de la eterna condenación, lo cual, a su vez, es lo que explica el deleite y el reposo, es decir, la alegría y la paz que sobrevienen al alma, cuando participa de la Pasión de Jesús, y es la salvación propia y de muchas otras almas.
Ahora bien, en otra aparición de Jesús, Nuestro Señor le revela a Santa Catalina que no es la intensidad del dolor lo que posee valor expiatorio, sino el dolor por el pecado, que nace del amor a Dios: cuanto más grande sea el amor –y, si es infinito, mejor- con el que se desea reparar las ofensas propias y ajenas cometidas contra Dios, tanto mayor será la expiación. Es decir, es la magnitud del amor con el que se sufre, y no la intensidad del sufrimiento, lo que posee el valor redentor, y siempre que este amor esté unido al Amor de su Sagrado Corazón. Dice así Jesús a nuestra santa: “Debes saber hija mía, que todas las penas que sufre el alma en esta vida no son suficientes para expiar la más mínima culpa, ya que la ofensa hecha a Mí que soy Bien Infinito, requiere satisfacción infinita. Más si la verdadera contrición y el horror por el pecado tienen valor reparador y expiatorio, lo hacen, no por la intensidad del sufrimiento (que será siempre limitado), sino por el deseo infinito con que se padece, puesto que Dios, que es infinito, quiere infinitos el amor y el dolor; dolor del alma contra la ofensa cometida al Creador y al prójimo”[3].
Entonces, porque es necesaria la expiación de los pecados por el dolor y el amor, unidos a Santa Catalina, le pedimos a Jesús que, si es su Divina Voluntad, y aunque somos indignos, nos conceda la gracia de llevar espiritualmente su corona de espinas, para tener los mismos pensamientos, santos y puros, que Él tiene en su Pasión.





[1] http://www.corazones.org/santos/catalina_siena.htm
[2] Al decir esto, debemos aclarar que es obvio que debemos hacerlo con categorías sobrenaturales, pidiendo la iluminación del Espíritu Santo, porque si nada encontraremos si analizamos su respuesta desde el punto de vista de la mera razón humana, absolutamente insuficiente, por sí misma, de elevarse a lo sobrenatural
[3] Cfr. Santa Catalina de Siena, La Verdad Eterna.

martes, 24 de noviembre de 2015

Santos Andrés Dung-Lac, presbítero y compañeros, mártires


         
         La vida y muerte de estos santos nos muestra cómo la tribulación y el dolor, sufridos no simplemente de modo paciente y estoico, sino en unión con Jesucristo crucificado, constituyen un camino de santidad y un acceso directo al cielo.
         En efecto, los santos vietnamitas fueron apresados y sufrieron mucho en la cárcel, antes de morir, pero en todo momento fueron asistidos admirablemente por el Espíritu Santo, quien les dio clara conciencia de ser partícipes de la Pasión del Señor y de estar, por lo tanto, a un paso del cielo. Dice así en su carta Andrés Dung-Lac: “Yo, Pablo, encarcelado por el nombre de Cristo, os quiero explicar las tribulaciones en que me veo sumergido cada día, para que, enfervorizados en el amor a Dios, alabéis conmigo al Señor, porque es eterna su misericordia. Esta cárcel es un verdadero infierno: a los crueles suplicios de toda clase, como son grillos, cadenas de hierro y ataduras, hay que añadir el odio, las venganzas, las calumnias, palabras indecentes, peleas, actos perversos, juramentos injustos, maldiciones y, finalmente, angustias y tristeza. Pero Dios, que en otro tiempo libró a los tres jóvenes del horno de fuego, está siempre conmigo y me libra de estas tribulaciones y las convierte en dulzura, porque es eterna su misericordia”[1].
         San Pablo sufre mucho, pero al mismo tiempo, el sufrimiento se ve atemperado por la misteriosa Presencia de Cristo, que lo consuela, lo conforta y lo “llena de gozo y alegría”: “En medio de estos tormentos, que aterrorizarían a cualquiera, por la gracia de Dios estoy lleno de gozo y alegría, porque no estoy solo, sino que Cristo está conmigo”[2].
         La razón de la alegría de San Pablo Dung-Lac es que es el mismo Jesús en Persona quien, a través suyo, sufre en él, tomando consigo la casi totalidad del peso de la cruz, y dejándole para el mártir sólo una parte de la cruz “pequeña e insignificante”: “Él, nuestro maestro, aguanta todo el peso de la cruz, dejándome a mí solamente la parte más pequeña e insignificante”[3].
Pero además de llevar la cruz, Jesús vence en la lucha a favor del mártir y lo hace partícipe de su victoria, de su corona de gloria, y es aquí en donde radica la razón última de la felicidad del mártir, en que es Jesús el que vence y concede la participación en su gloria: “Él, no sólo es espectador de mi combate, sino que toma parte en él, vence y lleva a feliz término toda la lucha. Por esto en su cabeza lleva la corona de la victoria, de cuya gloria participan también sus miembros”[4].
La entrega del mártir a Jesucristo, para que Él sufra y triunfe a través suyo, se debe al Amor de Dios, porque el mártir no puede tolerar que el Nombre Santo de Dios y su Cristo sean ultrajados: “¿Cómo resistir este espectáculo, viendo cada día cómo los emperadores, los mandarines y sus cortesanos blasfeman tu santo nombre, Señor, que te sientas sobre querubines y serafines? ¡Mira, tu cruz es pisoteada por los paganos! ¿Dónde está tu gloria? Al ver todo esto, prefiero, encendido en tu amor, morir descuartizado, en testimonio de tu amor”[5]. El mártir muere no por defender los derechos de los hombres, sino por defender los derechos de Dios: respetando los derechos de Dios, todo recto derecho humano es a su vez respetado.
Esto quiere decir varias cosas: por un lado, que el sufrimiento y la tribulación no son vanos si se ofrecen a Jesucristo; Jesucristo sufre por el mártir, en el mártir, para el mártir y para las almas; Jesucristo lleva la casi totalidad del peso de la cruz, dejando una parte insignificante para el mártir que le ofreció su cuerpo, su alma y su vida para que Él sufra a través suyo; Jesucristo vence a través del mártir, o también, el mártir vence a través de Jesucristo, porque es del triunfo de Jesucristo del que es hecho partícipe el mártir; el mártir es hecho partícipe no solo del triunfo de Jesucristo, sino de su también de su gloria eterna, es decir, por una pequeña tribulación en la tierra, al mártir se le concede una felicidad y glorias eternas. Por último, a diferencia de otras religiones, en las que los “mártires” son los que quitan la vida a sus enemigos, en el caso del mártir católico, el mártir, porque participa de la cruz de Jesús, da su propia vida por la salvación de sus enemigos, de aquellos que le quitan la vida, cumpliendo así el mandato de la caridad de Jesús: “Amen a sus enemigos y oren por los que los persiguen” (Mt 5, 44).



[1] De la carta de san Pablo Le-Bao-Tinh a los alumnos del seminario de Ke-Vinh, enviada el año mil ochocientos cuarenta y tres; A. Launay, Le clergé tonkinois et ses pretres martyrs, MEP, París 1925, 80-83.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.

jueves, 21 de mayo de 2015

Santa Rita de Casia y su amor a Jesucristo hasta el extremo de lo imposible


         Se dice que Santa Rita de Casia es “Patrona de lo imposible” y es así como su figura viene asociada a peticiones de casos cuya solución parece, precisamente, imposible. Sin embargo, se presta poca atención a un hecho particular central en su vida, que la condujo, no solo a los altares, sino al cielo, y es el hecho de que Santa Rita amó a Jesucristo en condiciones que, humanamente, podríamos llamar “imposibles”.
         Santa Rita amó a Jesucristo hasta el final, hasta lo imposible, aun cuando ninguno de sus anhelos se cumplía ni realizaba, según puede verse en su vida, y aun así siguió amándolo, hasta lo imposible.
Desde niña, Santa Rita quería ser monja, pero sus padres no solo se negaron, sino que le impusieron un esposo y Santa Rita, por obedecerles y no contrariarlos, se casó[1]. Una vez casada, su esposo, lejos de ser un esposo dulce y amante, fue cruel y violento, causándole muchos sufrimientos, aunque ella devolvió su crueldad con oración y bondad. Con el tiempo, la bondad de Santa Rita para con su esposo dio sus frutos, ya que él se convirtió, llegando a ser un hombre con gran temor de Dios. Sin embargo, no terminaron aquí las tribulaciones matrimoniales de Santa Rita, pues tuvo que soportar un gran dolor cuando su esposo fue asesinado[2]. Como vemos, durante su dura etapa de niñez, de juventud y de vida matrimonial, aunque todos sus sueños fueron contrariados, cuando muchos otros hubieran desistido en el amor y en el seguimiento de Jesucristo, Santa Rita hizo lo que parecía imposible: se mantuvo fiel en el amor a Jesucristo, a pesar de todas las contrariedades.
Luego de la muerte de su esposo, Santa Rita se dio cuenta que sus dos hijos pensaban cometer un crimen para vengar el asesinato del padre, siguiendo la perversa y diabólica costumbre de la “vendetta” o venganza. Debido a que esto es un pecado mortal y si lo cometían se condenarían, perdiendo sus almas por toda la eternidad en el infierno, Santa Rita, demostrando un amor verdaderamente heroico y sobrenatural por sus almas, suplicó a Dios que se los llevara de esta vida antes de permitirles cometer este pecado mortal. Poco tiempo después, los dos hijos de Santa Rita murieron, no sin antes haber tenido tiempo de preparar sus almas para el encuentro con Dios.
Ya sin su esposo e hijos, Santa Rita se entregó a la oración, penitencia y obras de caridad, y luego de un tiempo, pidió ingresar al Convento Agustiniano en Casia[3], retomando su primigenia vocación religiosa. Pero tampoco aquí fue fácil para Santa Rita, ya que no fue aceptada en un primer momento: solo después de rezarle a sus tres especiales santos patronos - San Juan Bautista, San Agustín y San Nicolás de Tolentino - entró milagrosamente al convento, siendo finalmente admitida en la vida religiosa, alrededor del año 1411.
Una vez en el convento, la vida de Santa Rita fue marcada por su gran caridad y severas penitencias, al tiempo que sus oraciones obtuvieron para otros, curas notables, liberaciones del demonio y otros favores especiales de Dios. Podríamos pensar que, siendo Santa Rita una religiosa ejemplar y de gran caridad, sus tribulaciones pasadas en su vida laical deberían ya haber finalizado. Sin embargo, Nuestro Señor le concedió un don especialísimo, reservado para aquellos a quienes más ama: para que ella pudiera compartir el dolor de su Corona de Espinas, Nuestro Señor la hizo participar a Santa Rita –una vez que ella estaba meditando en la Pasión, delante de un crucifijo- de una de sus heridas de espinas en la frente, la cual le provocaba fuertes dolores. Sin embargo, la gracia no finalizaba aquí, porque Jesús no solo quería que Santa Rita participara del dolor de la coronación de espinas, sino que participara también de la humillación que Él sufrió durante su Pasión –pensemos cuán humillante y ultrajante fue para Jesús el ser condenado a muerte injusta, insultado, golpeado, desnudado, flagelado, salivado, cargado con una cruz, crucificado, y tantas otras humillaciones más, que nos son ocultas, debido a la humildad de Nuestro Señor-, y para eso, Jesús le concedió que la herida de la frente no solo fuera dolorosa y no cicatrizara nunca, sino que despidiera un olor sumamente desagradable, con lo cual Santa Rita debía vivir prácticamente sola. Esta herida duró por el resto de su vida y solo desapareció en una oportunidad, por unos días, en el que Santa Rita y sus hermanas de religión fueron a Roma en ocasión de una visita al Santo Padre. A pesar del dolor y la humillación que le provocaba la herida, el amor de Santa Rita a Jesús no solo no disminuyó, sino que aumentó cada vez más, pues ella la consideraba una “gracia divina”[4]. Santa Rita oraba así: “Oh amado Jesús, aumenta mi paciencia en la medida que aumentan mis sufrimientos”. El día de su muerte el 22 de Mayo de 1457, la herida purulenta de la frente desapareció y su cuerpo despidió una fragancia exquisita. Desde su muerte, acaecida a la edad de 76 años, Santa Rita ha intercedido innumerables veces desde el cielo, concediendo, como dijimos al principio, soluciones a casos considerados “imposibles”. Que la beata Santa Rita interceda para que, cuando agobiados por las pruebas, tribulaciones y persecuciones de este mundo, nos parezca desfallecer en el amor a Jesús, perseveremos en su amor y, llevados por María Virgen, seamos capaces, como Santa Rita de amar a Jesús hasta el extremo de lo imposible.




[1] https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Rita_de_Casia_5_22.htm
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.

martes, 22 de julio de 2014

Santa Brígida de Suecia y las promesas de Jesús y la Virgen para quienes mediten sobre la Pasión


Santa Brígida de Suecia meditaba, con mucha frecuencia, en la Pasión de Jesús y quería saber cuántos eran los latigazos que había recibido en su Pasión. Un día, estando arrodillada en oración, en la Basílica de San Pablo Extramuros, en Roma, en la capilla del Santísimo Sacramento, delante del Crucifijo, Jesús le habló y le dijo lo siguiente: “Recibí en Mi Cuerpo cinco mil cuatrocientos ochenta latigazos. Si queréis honrarlos en verdad, decid 15 veces el Padre Nuestro; también 15 veces el Ave María, con las siguientes oraciones, durante un año completo. Al terminar el año, habréis venerado cada una de Mis Llagas”. Luego, el mismo Jesús en Persona, le dictó las oraciones a Santa Brígida y además le dijo que, quien recitara estas oraciones devotamente cada día por el espacio de un año, se haría merecedor de las siguientes veinte promesas (Jesús las formuló en primera persona)[1]:
1. Cualquiera que recite estas oraciones, obtendrá el grado máximo de perfección.
2. Quince días antes de su muerte, tendrá un conocimiento perfecto de todos sus pecados y una contrición profunda de ellos.
3. Quince días antes de su muerte, le daré mi precioso cuerpo a fin de que escape el hambre eterna; le daré a beber mi preciosa sangre para que no permanezca sediento eternamente.
4. Libraré del purgatorio a 15 almas de su familia.
5. Quince almas de su familia serán confirmadas y preservadas en gracia.
6. Quince pecadores de su familia se convertirán.
7. Haz de saber que cualquiera que haya vivido en estado de pecado mortal por 30 años; pero recita o tiene la intención de recitar estas oraciones devotamente, Yo, el señor, le perdonaré todos sus pecados.
8. Si ha vivido haciendo su propia voluntad durante toda su vida y está para morir al día siguiente, prolongaré su existencia.
9. Obtendrá todo lo que pida a Dios y a la Santísima Virgen.
10. En cualquier parte donde se estén diciendo las oraciones, o donde se digan, Dios estará presenté por su gracia.
11. Todo aquél que enseñe estas oraciones a los demás, ganará incalculables méritos y su gloria será mayor en el cielo.
12. Por cada vez que se recite estas oraciones, se ganarán 100 días de indulgencia.
13. Su alma será liberada de la muerte eterna.
14. Gozará de la promesa de que será contado entre los bienaventurados de cielo.
15. Lo defenderé contra las tentaciones del mal.
16. Preservaré y guardaré sus cinco sentidos.
17. Lo preservaré de una muerte repentina.
18. Yo colocaré mi cruz victoriosa ante él para que venza a los enemigos de su alma.
19. Antes de su muerte vendré con mi amada Madre.
20. Recibiré muy complacido su alma y lo conduciré a los gozos eternos. Y habiéndolo llevado allí, le daré a beber de la fuente de mi divinidad.
         Pero además de estas oraciones y promesas, Santa Brígida recibió otras dos oraciones y promesas, una más proveniente de Jesús, en recuerdo de las veces que derramó su Preciosísima Sangre en su vida terrena, y otra de la Virgen. La de Jesús, debe rezarse durante doce (12) años, y consiste en siete oraciones diarias; la de la Virgen, consiste en la meditación diaria de sus Siete Dolores[2]. Ambas oraciones, también tienen sus respectivas promesas.
         Las promesas de las oraciones a rezar durante doce (12) años son las siguientes[3]:
         1. El alma que las reza no sufrirá ningún Purgatorio.
2. El alma que las reza será aceptada entre los mártires como si hubiera derramado su propia sangre por la fe.
3 El alma que las reza puede (debe) elegir a otros tres a quienes Jesús mantendrá luego en un estado de gracia suficiente para que se santifiquen[4].
4. Ninguna de las cuatro generaciones siguientes al alma que las reza se perderá.
5. El alma que las reza será consciente de su muerte un mes antes de que ocurra.





[1] Esta devoción ha sido declarada buena y recomendada tanto por el Sacro Collegio de Propaganda Fidei, como por el Papa Clemente XII. El Papa Inocencio X confirmó esta revelación como “venida del Señor”. Para quien desee rezarlas, éste es el enlace: http://deangelesysantos.blogspot.com.ar/p/las-quince-oraciones-de-santa-brigida.html
[2] Para quien desee rezar esta devoción, éste es el enlace: http://deangelesysantos.blogspot.com.ar/p/devocion-de-los-siete-dolores-de-maria.html
[3] Estas oraciones, como le han sido dadas por el Señor a Santa Brígida, deben rezarse durante 12 años. En caso que la persona que las rece muera antes que pasen los doce años, el Señor aceptará estas oraciones como si se hubieran rezado en su totalidad. Si se saltase un día o un par de días con justa causa, podrán ser compensadas al final de los 12 años. El enlace, para quien desee rezar estas oraciones, es el siguiente: http://deangelesysantos.blogspot.com.ar/p/las-oraciones-de-santa-brigida-para.html
[4] Escribir los tres nombres (personas vivas) en un papel y guardarlo. Los nombres no se pueden cambiar.

martes, 28 de enero de 2014

Santo Tomás y el remedio para todos los males


         Nadie puede negar que nuestra época se caracteriza por muchos males, y que a pesar del innegable progreso científico y tecnológico registrado en los últimos cincuenta años, este progreso, a pesar de ser el más grande y prodigioso que haya experimentado la humanidad en toda su historia, no solo ha sido incapaz de solucionar los males que la aquejan desde que habita en la tierra sino que, paradójicamente, parece ser la causa de la profundización de esos mismos males y, por lo tanto, de su infelicidad.
Santo Tomás, a siglos de distancia, nos proporciona una “fórmula”, ciento por ciento eficaz, con la cual saciar con creces la sed de felicidad, de paz, de amor, que anida en todo corazón humano, sed que jamás podrá ser saciada con nada de este mundo. Esa “fórmula” no es otra cosa que Cristo crucificado: “todo aquel que quiera llevar una vida perfecta –es decir, plena de amor, de paz, de dicha, de felicidad, de alegría- no necesita hacer otra cosa que despreciar lo que Cristo despreció en la cruz y apetecer lo que Cristo apeteció en la Cruz” (De las Conferencias de Santo Tomás de Aquino, sobre el Credo).

Esta “fórmula” es eficaz en el sentido de proporcionar paz, felicidad, alegría y amor al alma, porque al “despreciar todo lo que Cristo desprecia en la cruz”, como dice Santo Tomás, se desprecia todo lo que causa infelicidad, pero que debido a la concupiscencia, aparenta falsamente ser causa de felicidad, es decir, el pecado; al mismo tiempo, al “apetecer lo que Cristo apeteció en la Cruz”, se apetece aquello que es causa directa de felicidad plena y perfecta, pero que debido a nuestra dificultad para conocer la Verdad y obrar el Bien nos parece algo arduo y difícil y hasta contrario a la felicidad, y es la gracia. Por esta doble vía, el desprecio del pecado y el aprecio y estima de la vida de la gracia, se da remedio a todos los males de esta vida y se permite el acceso a todos los bienes, como anticipo del bien absoluto de la vida eterna.

jueves, 2 de enero de 2014

Oración al Sagrado Corazón de Jesús




Si la santidad de los miembros de la Iglesia no solo no aumenta, sino que muchas veces se encuentra ausente en una inmensa cantidad de bautizados -incluidos muchos sacerdotes-, es sencillamente porque no se recurre ni se hace uso de los abundantísimos tesoros que la Iglesia pone a nuestra disposición, el más grande de todos, el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús. Si los cristianos acudiéramos al sagrario, en donde late de Amor el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, y a Él le pidiéramos las gracias que necesitamos para nuestra santificación y la de nuestros seres queridos, la santidad aumentaría abismalmente y esta vida se convertiría en un anticipo del Paraíso. Pero además de rezar ante el sagrario, el alma tiene a su disposición algo que no tienen los ángeles, y es el poder comulgar y ser alimentado con el mismo Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, y esto es tan real, que por la comunión eucarística, el alma se convierte en un sagrario viviente de Jesús, que deja de estar en el sagrario para estar en el sagrario viviente que es el corazón de quien comulga con fe y con amor.
El bautizado no solo tiene la oportunidad –que la querrían tener cientos de miles de hombres de buena voluntad que no conocen el mensaje de Cristo- de adorar a su Dios, que se hace Presente en Persona en la Eucaristía, sino que tiene el don inmerecido de ser alimentado con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad y su Amor, que late en el Sagrado Corazón y lo envuelve en ardientes llamas de Amor Divino que Jesús desea comunicar sin medida a quien lo recibe en la comunión sacramental.
Por esto, el cristiano debería vivir cada Misa como si fuera la última vez que asiste a Misa; debería hacer cada adoración como si fuera la última vez que hace adoración eucaristía; debería comulgar con el todo el ardor del amor, con toda a fe y la piedad de la que es posible, cada vez, como si fuera la última vez que comulga, porque es el modo de corresponder la entrega que hace Jesús en cada Santa Misa, en cada Adoración Eucarística, en cada Comunión sacramental, de su Sagrado Corazón Eucarístico.
El momento de la comunión eucarística es un momento de insuperable privilegio para orar al Sagrado Corazón, y si bien la oración es individual y personal, una oración al momento de comulgar, en la intimidad del diálogo de amor entre el alma y Jesús, podría ser esta: “Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, que por amor has venido hasta mí, te suplico, por los dolores de tu Pasión, que me des la Cruz que está en la base de tu Sagrado Corazón; que me des la corona de espinas que rodean tu Sacratísimo Corazón, que me hagas beber del cáliz de tus amarguras contenido en tu Sacratísimo Corazón, que me hagas sentir las mismas penas que inundan, como mares impetuosos, tu Sacratísimo Corazón; que me des también el Amor que envuelve tu Sacratísimo Corazón en forma de llamas de fuego; haz que esas llamas, junto con las espinas que rodean tu Corazón y junto con la Sangre contenida en tu Corazón, envuelvan, perforen, e inunden, con la Fuerza impetuosa del Amor Divino, “más fuerte que la muerte” (cfr. Cant 8, 6), nuestros pobres corazones, duros, fríos, sin amor, y los corazones de nuestros seres queridos, y los corazones de todos los pecadores, para que encendidos por las llamas del Espíritu Santo, perforada la dureza pétrea de los corazones pecadores con las espinas que rodean tu Corazón, e inundados con la Sangre contenida en tu Corazón, Sangre que a su vez contiene al Amor Divino, nos convirtamos todos, del pecado a tu Amor, y así ablandados los corazones por la contrición perfecta y convertidos de corazones de piedra en corazones de carne, llenos del Espíritu Santo, seamos movidos a hacer penitencia y a descargar nuestros delitos en el sacramento de la penitencia, para así recibir nuevas y nuevas oleadas de gracia y Amor que provienen de Ti. ¡Oh Sagrado Corazón de Jesús, nada soy más pecado, porque solo soy un abismo de miseria y de indignidad, pero en mi nada y en mi condición de pecador y desde el fondo de miseria de mi alma, tengo algo para ofrecerte, y ese algo es la Eucaristía, que es tu mismo Corazón traspasado; acéptalo, y por la Cruz que está en su base, que representa los dolores acerbos de tu Pasión; por la corona de espinas que rodean tu Corazón, espinas que son la materialización de nuestros malos pensamientos y deseos; por el Fuego que envuelve tu Corazón, Fuego que es el Amor de Dios, el Espíritu Santo; por la llaga que abrió la lanza del soldado, permitiendo que por la herida de tu Corazón fluyera tu Sangre y, con tu Sangre, el Amor de Dios, y por la Eucaristía, que contiene todo esto que te ofrezco, te suplico, oh Sagrado Corazón, la conversión de los pobres pecadores!”.