San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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lunes, 29 de julio de 2013

Santa Marta de Betania

En el conocido episodio del Evangelio, Santa Marta aparece ocupada en limpiar la casa y en disponer todo para a que Jesús, que ha ido a visitarla a ella y a sus hermanos Lázaro y María, no le falte nada.
En el episodio, Jesús entra en la casa de los hermanos, en Betania, y mientras Marta se pone a trabajar para que la casa esté limpia y ordenada, y para que Jesús tenga algo para comer como invitado de honor que es, María en cambio, se queda a los pies de Jesús, contemplándolo en éxtasis de amor. Esta actitud de María motiva la queja de Marta: “Señor, dile a mi hermana que me ayude”, al tiempo que causa también la respuesta de Jesús: “Marta, Marta, te preocupas por muchas cosas, pero solo una es necesaria. María ha elegido la mejor parte, y no le será quitada”. Jesús no le dice a Marta que lo que hace -ocuparse de la casa- esté mal; le dice que “sólo una cosa es necesaria”, la adoración contemplativa en éxtasis de amor de María, pero no le dice a Marta que deje de hacer lo que está haciendo, o que lo que hace no está bien.
Esta misma situación se repite en la comunión eucarística, puesto que Jesús también entra en nuestra casa, en nuestra alma, en cada comunión eucarística; Él es nuestro invitado de honor, que golpea a las puertas de nuestro corazón, y al cual le respondemos abriéndoselas con amor, según Él lo dice en el Apocalipsis: “Mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguien me escucha y abre, entraré y cenaré con él y él conmigo”.
A su vez, las dos hermanas representan dos aspectos distintas de la misma alma en relación a Jesús: Marta representa al alma que se preocupa por tener la casa limpia, es decir, la vida de la gracia; Marta limpiando la casa, sacudiendo el polvo la tierra para que la casa brille, es El alma cuando lucha contra los pecados veniales y mortales, que ensucian el corazón, y lo mantiene en condiciones impecables, para que Jesús Eucaristía entre en él; Marta encendiendo el horno a leña para preparar la comida, es el alma que ora y por la oración enciende su corazón en el Amor de Dios y desea ardientemente comulgar; María, contemplando a Cristo en éxtasis de amor, es el alma que goza ya de la Presencia sacramental de su Señor y se postra a sus pies. María tiene la mejor parte, pero sin el afanoso ocuparse de Marta, no habría sido posible.

¿Trabaja nuestra alma, así como trabaja Santa Marta para limpiar su casa, para que el corazón esté resplandeciente por la gracia, la fe y el amor, para cuando entre el invitado de honor, Jesús Eucaristía?

martes, 23 de julio de 2013

Santa Brígida de Suecia y los enemigos de Jesús



En una de sus revelaciones a Santa Brígida, Jesús se queja de sus enemigos. Según su descripción, estos son “como las más salvajes de las bestias”, que “nunca pueden estar satisfechos ni permanecer en calma”, porque solo desean obrar el mal, y solo en el mal encuentran reposo y satisfacción. Jesús le dice también a la santa que el corazón de sus enemigos “está tan vacío de su amor, que el pensamiento de su Pasión nunca entra en ellos”, y que jamás agradecen el sacrificio que Él hizo por ellos. En estas almas, dice Jesús, no puede vivir su Espíritu, porque no sienten el divino amor por Él, y como no sienten amor por Él, experimentan solo deseos de traicionar a otros para conseguir su propio beneficio”. Dice así Jesús: “Mis enemigos son como la más salvaje de las bestias, que nunca pueden estar satisfechos ni permanecer en calma. Su corazón está tan vacío de mi amor que el pensamiento de mi pasión nunca lo penetra. Ni siquiera una sola vez, desde lo más íntimo de su corazón, ha escapado una palabra como ésta: “Señor, tú nos has redimido, ¡alabado seas por tu amarga pasión!” ¿Cómo puede vivir mi Espíritu en personas que no sienten el divino amor por mí, personas que están deseando traicionar a otros por conseguir su propio beneficio?”
Ahora bien, ¿quiénes son estos enemigos?
Ante todo, son aquellos que “no tienen el Amor de Dios” en sus corazones; son aquellos cuyos corazones están por lo tanto llenos de amor a sí mismo, pero como el amor a sí mismo sin el Amor de Dios es un amor impuro y no santo, se trata de un amor egoísta que excluye a Dios del objeto de su amor; por lo tanto, es un amor impuro y egoísta; es un amor-enamoramiento de sí imita al amor-enamoramiento de sí mismo que experimentó el demonio en los cielos, y que fue el motivo de su caída, porque excluye a Dios, que es Amor en sí mismo. En el cielo, el demonio y sus ángeles experimentaron el amor a sí mismos pero excluyendo a Dios; se vieron perfectos y hermosos, pero en vez de atribuir esa perfección y hermosura al Autor y Creador de toda perfección y hermosura, lo excluyeron y se atribuyeron falsamente la condición de ser los creadores del ser, y en esto consistió su mentira, su auto-engaño y su perdición. En la tierra, el hombre que vive sin el Amor de Dios porque no contempla a la Misericordia Divina encarnada, Cristo Jesús, se encierra en sí mismo, se contempla a sí mismo, se enamora de sí mismo, y comete el mismo error de soberbia y vanidad que cometieron en el cielo el demonio y sus ángeles: enamorarse de sí mismos, dejando de lado al Amor de Dios, a Dios, que “es Amor”. Sin el Amor de Dios, el corazón humano se llena de un amor impuro, egoísta, vanidoso y soberbio, el amor de sí mismo. No significa que el hombre no deba amarse a sí mismo; todo lo contrario, está prescripto en el Primer Mandamiento - “Amarás a Dios y al prójimo como a ti mismo”-; lo erróneo es el amor de sí excluyendo al Amor Primero, Dios, sin el cual nada hay puro y santo en el hombre.
Los enemigos de Cristo, entonces, están vacíos de este Amor divino, y llenos de amor impuro y egoísta a sí mismos, tal como lo está el corazán angélico del Príncipe de las tinieblas, y esta es la razón por la cual Jesús dice que “no tienen el Amor de Dios”.
Pero no suceden las cosas por acaso; hay una explicación bien precisa por parte de Jesús, acerca del origen de esta ausencia del Amor divino en los corazones de los hombres malvados, y es el olvido de su Pasión, olvido que los lleva a cometer las más grandes ingratitudes, desprecios e indiferencias hacia su Sacrificio redentor: “Su corazón está tan vacío de mi amor que el pensamiento de mi Pasión nunca lo penetra. Ni siquiera una sola vez, desde lo más íntimo de su corazón, ha escapado una palabra como ésta: “Señor, tú nos has redimido, ¡alabado seas por tu amarga pasión!”. La razón por la cual el corazón del hombre se vacía del Amor a Dios y se llena del amor impuro y egoísta a sí mismo, es el olvido de la Pasión de Jesús: “...el pensamiento de mi Pasión nunca lo penetra”. Y este amor impuro convierte al hombre en un ser ingrato para con su Dios, que ha sacrificado su Vida en la Cruz y ha derramado su Sangre para su salvación: Ni siquiera una sola vez, desde lo más íntimo de su corazón, ha escapado una palabra como ésta: “Señor, tú nos has redimido, ¡alabado seas por tu amarga pasión!”. El olvido de la Pasión de Jesús es la causa de la ausencia del Amor de Dios en el corazón del hombre, en quien no solo no se encuentra el más mínimo rastro del Divino Amor, sino que se expresa con fuerza el anti-amor egoísta que lo colma: ¿Cómo puede vivir mi Espíritu en personas que no sienten el divino amor por mí, personas quere están deseando traicionar a otros por conseguir su propio beneficio?”. La traición es la consecuencia directa de no poseer en sí el Amor de Dios.
Pero no son enemigos de Cristo solo los que obran decididamente el mal, porque si la causa de ser enemigos de Cristo es el olvido de su Pasión, esto quiere decir que se convierten en enemigos de Jesús aquellos que, por tibieza, olvidan la Pasión. Unos, olvidan la Pasión por maldad; otros, por tibieza, por pereza, por indiferencia, por hastío de las cosas de Dios. El tibio, el católico que prefiere un programa de televisión antes que rezar; el que prefiere un partido de fútbol antes que el Rosario; el que elige dormir en vez de acudir a la Santa Misa el Domingo, Día del Señor, ese tal se convierte en enemigo de Dios, porque se olvida de la Pasión de Jesús. O, peor aún, se acuerda de ella, pero solo para rechazarla como pensamiento tedioso y reemplazarlo por otro más “divertido” o “alegre”. ¿No son centenares de miles los niños, jóvenes y adultos, que abandonan en masa las iglesias los domingos, para acudir, también en masa, a conciertos, espectáculos deportivos, mundanos?
Al reflexionar entonces sobre las palabras de Jesús dichas a Santa Brígida, no debemos, por lo tanto, pensar que los “enemigos de Cristo” son solo aquellos que, de modo ostensible y directo, obran el mal: olvidarse de la Pasión y volcarse al mundo, es causa de conversión en enemigos de Jesucristo.
¿De qué manera podemos librarnos de este vacío del corazón, de esta frialdad del alma que lleva a dejar de lado a Jesús y su Pasión? Teniendo presente, continuamente, a lo largo del día, desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, la Pasión de Jesús, y pedirle que se grabe a fuego en nuestros corazones, y de manera tal, que nunca se borre de ellos. La Pasión de Jesús debe estar tan dentro nuestro y debe estar tan identificada con nuestro ser, que si la olvidamos, debe equivaler a olvidarnos de nosotros, de quienes somos y para qué existimos y vivimos en este mundo. Además, el recuerdo de la Pasión debe ser como un avivamiento del fuego de amor que Jesús enciende en nuestros corazones, así como el pasto seco se incendia al contacto con un carbón ardiente: el carbón ardiente es el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús; el pasto seco es nuestro pobre corazón. De esta manera, Jesús sopla sobre nosotros su Espíritu de Amor, que es Fuego de Amor divino, y este Espíritu nos incendia en su Amor, y el Amor a su vez, nos inflama con nuevos ardores de Amor divino, que a su vez atraen más al Espíritu Santo, con lo cual se establece un círculo virtuoso de amor y gratitud, que se eleva desde el fondo del corazón hasta el trono de la majestad divina.
El Amor a Dios, expresado en el agradecimiento por su Pasión de Amor, y encendido cada vez en la Comunión Eucarística, es entonces el “antídoto” para no solo no convertirnos en sus enemigos, sino para ser sus amigos más dilectos y preferidos. Dice así Jesús a Santa Brígida: “Pero tú, hija mía, a quien he elegido para mí y con quien hablo en el Espíritu, ¡ámame con todo tu corazón, no como amas a tu hijo o a tu hija o a tus padres sino más que cualquier cosa en el mundo! Yo te creé y no evité que ninguno de mis miembros sufriera por ti. Aún amo tanto a tu alma que, si fuera posible, me dejaría ser de nuevo clavado en la cruz antes que perderte. Imita mi humildad: Yo, que soy el Rey de la gloria y de los ángeles, fui vestido de pobres harapos y estuve desnudo eel pilar mientras mis oídos oían todo tipo de insultos y burlas. Antepón mi voluntad tu ya porque mi Madre, tu Señora, desde el principio hasta el final, nunca quiso nada más que lo que yo quise. Si haces esto, entonces tu corazón estará con el mío y lo inflamaré con mi amor, de la misma forma que lo árido y seco se inflama fácilmente ante el fuego.
Tu alma estará llena de mí y Yo estaré en ti, todo lo temporal se volverá amargo para ti, y el deseo carnal te será como el veneno. Descansarás en mis divinos brazos, donde no hay deseo carnal sino sólo gozo y deleite espiritual. Ahí, el alma, colmada tanto interior como exteriormente, está llena de gozo, no pensando en nada ni deseando nada más que el gozo que posee. Por ello, ámame sólo a mí y tendrás todo lo que desees en abundancia. ¿No está escrito que el aceite de la vida no faltará hasta el día en que el Señor envíe lluvia sobre la tierra según las palabras del profeta? Yo soy el verdadero profeta. Si crees en mis palabras y las cumples, ni el aceite ni el gozo ni la alegría te faltarán jamás en toda la eternidad”. 

Meditemos en la Pasión de Jesús, día y noche; pidamos que el Espíritu Santo grabe a fuego su Pasión en nuestros corazones, agradezcamos su infinito Amor por nosotros, y así viviremos por anticipado la alegría de la vida eterna en el Reino de los cielos.

lunes, 22 de julio de 2013

Santa María Magdalena


“Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?” (Jn 20, 1-3. 11-18). María Magdalena acude al sepulcro el Día de la Resurrección; ve la piedra de la entrada corrida; se da cuenta de que Jesús no está en el sepulcro, y comienza a llorar, porque piensa que “se han llevado el Cuerpo”, y ella no sabe dónde lo han puesto; incluso, se encuentra con Jesús en Persona, pero no lo reconoce, ya que lo confunde con el jardinero; le pregunta a Jesús “donde lo han puesto” a su Señor, que ella lo irá a buscar.
María Magdalena busca a Jesús, pero busca a un Jesús muerto; ha quedado anclada en la Tragedia del Viernes Santo; el Deicidio la ha conmovido, pero no ha sido capaz de trascender la Muerte de la Cruz, que finaliza en la Resurrección del Sepulcro. María Magdalena busca a Jesús, pero llora, porque no busca a Jesús resucitado; no busca al Jesús vivo, al Jesús Victorioso, que ha vencido a los enemigos mortales del hombre, el demonio, el mundo y el pecado; María Magdalena llora porque busca a un Jesús muerto, que es un Jesús inexistente, porque es verdad que Jesús murió en la Cruz, pero es también verdad que resucitó y que ya no muere más, y por eso el llanto de María Magdalena no está justificado y no se entiende a la luz de la Resurrección; el llanto de María Magdalena es el llanto de quien no ha recibido la gracia de ser iluminado por el Espíritu Santo, para contemplar el misterio pascual de Jesucristo en su totalidad.
El estado de congoja de María Magdalena; el estado de angustia, y el llanto que la embarga, es lo que motiva la pregunta de Jesús: “Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?”. En la misma pregunta de Jesús, está ya la respuesta que calma su llanto: María Magdalena llora porque no encuentra a Jesús, y ya lo tiene delante; María Magdalena busca a Jesús, y ya lo ha encontrado, porque está delante suyo. Con su Presencia, Jesús calma el llanto y la desazón de María Magdalena, porque le dice: “No llores, aquí estoy, Soy Yo, he resucitado. Alégrate, y ve a anunciar a tus hermanos que he vencido a la muerte, al demonio y al mundo; ve a anunciarles a tus hermanos que las puertas del cielo están abiertas para todo aquel que quiera seguirme por el Camino Real de la Cruz; ve a decirles que la felicidad eterna ya está disponible para todo aquel que quiera compartir mi Pasión, mi Muerte y mi Resurrección; ve a anunciar a tus hermanos que la tristeza de este mundo ha sido vencida para siempre por la Alegría del Señor resucitado, y que ya no hay motivos para llorar, porque Yo he resucitado”.
“Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?”. La misma pregunta que Jesús le dirige a María Magdalena, la dirige a muchos en la Iglesia, que al igual que ella, buscan a un Jesús muerto pero no resucitado; muchos, en la Iglesia, buscan a Jesús como si estuviera muerto, como si nunca hubiera resucitado el Domingo de Resurrección, y es así que se dejan abatir por las tribulaciones de la vida, sin pensar en la vida eterna y sin detenerse a contemplarlo resucitado en la Eucaristía. Y al igual que a María Magdalena, también a ellos, desde la Eucaristía, Jesús les dice: “¿Por qué lloran? ¿Acaso no estoy vivo en la Eucaristía?”.



martes, 9 de julio de 2013

Vida y milagros de San Cristóbal[1] (redactado para niños)



            Cristóbal significa “el que carga o portador de Cristo”. San Cristóbal, popularísimo gigantón que antaño podía verse con su barba y su cayado en todas las puertas de las ciudades: era creencia común que bastaba mirar su imagen para que el viajero se viese libre de todo peligro durante aquel día. Hoy que se suele viajar en coche, los automovilistas piadosos llevan una medalla de san Cristóbal junto al volante.
¿Quién era? Con la historia en la mano poco puede decirse de él, como mucho que nació en el año 405, y quizá un mártir de Asia menor a quien ya se rendía culto en el Siglo V. Su nombre griego, “el portador de Cristo”, es enigmático, y se empareja con una de las historias más bellas y significativas de toda la tradición cristiana. Nos lo pintan como un hombre muy apuesto de estatura colosal, con gran fuerza física, y tan orgulloso que no se conformaba con servir a amos que no fueran dignos de él.

            Mensaje de santidad de San Cristóbal[2]
Según la tradición, había una vez un joven, muy alto y con mucha fuerza, que se llamaba Cristóbal, quien se ofreció a un rey para trabajar en el castillo. Un día, había una fiesta en el castillo, y había unos que hacían una obra de teatro. En algunas partes, nombraban al diablo, y cada vez que nombraban al diablo, el rey se santiguaba, y entonces Cristóbal le preguntó que porqué hacía eso. El rey le dijo que era porque le tenía miedo al diablo, entonces Cristóbal le dijo que él iba a buscar al diablo para servirlo, porque él quería servir al más fuerte de todos.
 Cristóbal salió del castillo y comenzó a caminar, y se encontró con el diablo, que venía a caballo, y le dijo si podía servirlo, y el diablo le dijo que sí, y siguieron caminando. Iban así por el camino, el diablo a caballo y Cristóbal a su lado, cuando de repente vieron, al costado del camino, una cruz de madera. Apenas vio la cruz, el diablo se puso blanco del miedo, se bajó del caballo, y comenzó a correr para el otro lado de donde estaba la cruz, se metió en el monte, y lleno de espanto, salió por otro lado del camino, más delante de donde estaba la cruz. Cristóbal, que creía que el diablo tenía mucha fuerza, le preguntó al diablo que porqué había escapado de la cruz, y el diablo le dijo: “En esa cruz murió el Hijo de Dios, y por eso le tengo terror a la cruz”. Entonces Cristóbal le dijo al diablo que él no era tan fuerte como creía, y que lo iba a dejar para buscar a ese Hijo de Dios, que ése sí era fuerte, y se fue.
Cristóbal seguía caminando, buscando a Cristo para servirlo, y se encontró con un sacerdote viejito, que le preguntó qué era lo que buscaba. Cristóbal le dijo que a Jesús, porque le habían dicho que era muy fuerte, y por eso quería servirlo.
Entonces el sacerdote anciano le dijo que había una forma en que podía servir a Jesús: ahí cerca había un río que tenía mucha agua y que era hondo, y mucha gente se había ahogado tratando de pasarlo. El sacerdote le dijo a San Cristóbal que lo que él podía hacer, para servir a Jesús, era ayudar a la gente a cruzar el río. Como él era grande y fuerte, esto no le iba a costar mucho. San Cristóbal le dijo que sí al sacerdote viejito, y se armó una casita a la orilla del río, y se puso a esperar a que pasara la gente, y así se pasó mucho tiempo, ayudando a la gente a cruzar.
Un día, Cristóbal estaba en su casa, a la orilla del río, esperando que viniera más gente, cuando oyó la voz de un niño: “¡Cristóbal, sal de la casa, y ayúdame a cruzar el río!”. Salió Cristóbal, pero no encontró a nadie, así que se volvió a meter en su casa. Le volvió a pasar lo mismo otra vez, y se volvió a meter en la casa. Parecía que el niño estaba jugando a las escondidas con Cristóbal. Por tercera vez, volvió a sentir la misma voz que lo llamaba, salió, y ahí sí vio a un niño, que era el que lo llamaba. Cristóbal se acercó, y el niño le pidió que lo llevara a la otra orilla del río, y eso hizo Cristóbal, subiéndolo al niño, que era pequeño, como de unos nueve o diez años, sobre sus hombros y, usando su bastón, se metió en el río.
Cristóbal se metió en el río, pensando que era un trabajo fácil, porque era pequeño, y no pesaba mucho. Él ya había pasado otras veces el río, llevando a gente mucho más pesada que el niño, y nunca había pasado nada.
Iba así caminando Cristóbal con el niño, cuando empezó a pasar algo raro: el agua comenzó a aumentar mucho, tanto, que casi le llegaba al pecho a Cristóbal, y además, lo más raro de todo, el niño empezó a aumentar de peso. A cada paso que daba, el niño aumentaba más y más de peso, hasta que Cristóbal pensó que ya no podía soportar más. Pero como era muy fuerte, hizo más fuerza, y siguió caminando por el río, hasta que pudo salir. Cuando llegó a la orilla, bajó al niño del hombro, y le dijo: “¿Quién eres, niño, que me pesabas tanto que me parecía llevar el mundo entero en mis hombros?”.
“Cristóbal –le dijo el niño-, acabas de decir una gran verdad, no te extrañes que hayas sentido ese peso, pues como bien lo has dicho, sobre tus hombros llevabas al mundo entero y al Creador de ese mundo. Yo Soy Cristo tu Rey. Me buscabas y me has encontrado. A cualquiera que ayudes a pasar el río, me ayudas a mí.voy a darte una prueba de que lo que te estoy diciendo es verdad. Cuando pases de nuevo la corriente, una vez que hayas llegado a tu choza, hinca al lado de la casa tu bastón; mañana estará verde y lleno de frutos”.
Cristóbal hizo lo que el Niño Jesús le había dicho, y al día siguiente su bastón se había transformado en una palmera con dátiles. A partir de ahí, Cristóbal creyó en Jesús y se bautizó como cristiano en un lugar llamado Antioquía.
Ya cuando era cristiano, Cristóbal se encontró con un rey que le dijo que ya no creyera más en Jesús, porque si no él lo iba a matar. Cristóbal dijo que prefería morir antes que decir que no creía en Jesús. Entonces el rey mandó a dos jóvenes para que lo convencieran, porque si no lo iban a matar, pero al final fue Cristóbal el que las convenció de que creyeran en Jesús. El rey se enojó mucho, y mandó que le pegaran con barras de hierro, y después que le pusieran un casco caliente en la cabeza, pero a Cristóbal nada le pasaba, porque el Niño Jesús lo protegía. También lo ataron a una parrilla, de esas parecidas a las de los asados, pero bien grande, y le pusieron mucho fuego para que Cristóbal se quemara, pero la parrilla se derritió con el fuego, y Cristóbal no se quemó. Entonces el rey les dijo a sus arqueros, que eran más de veinte, que le tiraran flechas a Cristóbal y lo mataran, pero cuando los arqueros tiraron las flechas, estas se quedaron quietas en el aire, y no llegaron hasta donde estaba Cristóbal, hasta que en un momento, cuando estaban así quietas en el aire, se dieron vuelta y salieron volando adonde estaba el rey, y se clavaron en los ojos del rey, que se quedó ciego.
Cristóbal le dijo al rey: “Escucha, tirano, mañana estaré muerto. En cuanto haya expirado, toma del suelo un poco de polvo, empápalo con mi sangre, y ponlo sobre tus ojos, y recobrarás la vista”.
Al día siguiente, Cristóbal fue decapitado y murió, y por eso es mártir, que quiere decir que está en el cielo. El rey hizo lo que Cristóbal le dijo, y recuperó la vista, y empezó a creer en Jesús, y se arrepintió de todo el mal que había hecho[3].
Y esa es la historia de San Cristóbal. ¡Qué lindo lo que le pasó a Cristóbal! Él buscaba a Cristo, y lo encontró, y quería servir a un rey fuerte, y Cristo es el rey más fuerte que todos los reyes juntos. Nosotros también tenemos que hacer como Cristóbal: buscar a Jesús, y servirlo con todas nuestras fuerzas.
Aprendamos a ser como San Cristóbal, que quería servir al rey más poderoso. Como San Cristóbal, nosotros no tenemos que servir ni a un rey de la tierra, y ni mucho menos al demonio. Sirvamos a Cristo Rey, que es Dios Todopoderoso; Jesús es Dios, y como Dios tiene mucha, muchísima más fuerza que cualquier hombre y que cualquier ángel, y que todos los hombres y todos los ángeles juntos. Tratemos de ser como San Cristóbal, que sirvió a Jesús, llevándolo en su hombro, y haciéndolo pasar un río, aunque a nosotros seguramente que Jesús no se nos va a aparecer, y tampoco lo vamos a llevar en el hombro para hacerlo pasar un río, de una orilla a la otra, pero sí podemos hacer otra cosa: podemos llevar al Niño Dios en nuestro corazón, para que así pasemos de esta vida a la vida eterna.

miércoles, 3 de julio de 2013

“No seas incrédulo sino hombre de fe”

“No seas incrédulo sino hombre de fe”. Tomás el Apóstol cree solo luego de haber metido sus manos en las llagas del Cuerpo resucitado de Jesús, lo cual le vale el consejo de Jesús: “De ahora en adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe”.
         El consejo de Jesús es válido para Tomás y para todos aquellos que, como el Apóstol en su fase incrédula, no creen en el testimonio de la Iglesia: Tomás persiste en una obstinada incredulidad, a pesar de tener el testimonio de la Iglesia Naciente acerca de la resurrección de Jesús. La Iglesia, guiada por el Espíritu Santo, no erra en su testimonio sobre los misterios de Jesús, sobre todo su misterio pascual de muerte y resurrección, precisamente por el hecho de estar guiada e iluminada con la luz celestial del Espíritu de Dios. Las santas mujeres de Jerusalén, Pedro, Juan, María Magdalena, y todos aquellos que contemplaron con sus ojos a Jesús resucitado, al dar testimonio de lo que contemplaron, no están ni inventando fantasías ni mucho menos diciendo cosas falsas: están testimoniando, con sus vidas, lo que les fue dado contemplar por gracia de Dios y por medio del Espíritu Santo. Por lo tanto, rechazar su testimonio, es rechazar el testimonio de la Iglesia, y rechazar el testimonio de la Iglesia es rechazar el testimonio del Espíritu Santo, que habla a través de sus miembros.
         Santo Tomás comete un grave pecado de temeridad, pero Jesús, en su infinita misericordia, se le aparece de modo personal, para que su incredulidad no sea causa de perdición suya y la de muchos que en el tiempo cometerían su mismo pecado. Precisamente, de modo análogo, también en el día de hoy, muchos católicos, al igual que Tomás Apóstol antes de su conversión, no creen en el testimonio del Magisterio de la Iglesia y en el testimonio de fe de aquellos que, sin ver, no solo creen que Jesús ha resucitado, sino que creen en la Presencia real de Jesús resucitado en la Eucaristía. De esta manera, los modernos incrédulos se apartan del Cristo único y verdadero, el Hombre-Dios que ha muerto y resucitado para nuestra salvación y se encuentra vivo y glorioso en la Hostia consagrada.

Jesús no se aparece con su Cuerpo físico, pero sí con su Cuerpo resucitado, en el altar, en el sagrario, y por eso le dice a los hombres de hoy: “Tú, que eres incrédulo, no ves mi Cuerpo físico, pero con la luz de la fe, puedes ver mi Cuerpo resucitado en la Eucaristía. Mírame resucitado con los ojos de la fe; no toques mi Cuerpo sacramental con tus manos, si no están consagradas; más bien deja que Yo toque tu corazón al entrar por Él en la comunión, y en adelante no seas incrédulo sino hombre de fe. Dichosos los que creen sin haber visto con los ojos del cuerpo, pero creen con los ojos del alma iluminados por la luz de la fe”.

domingo, 2 de junio de 2013

San Carlos Lwanga y compañeros mártires


         En un siglo dominado por las sectas, en donde se deja cada vez más de lado al único y verdadero Dios en pos de los ídolos, San Carlos Lwanga y sus compañeros mártires constituyen un luminoso ejemplo de cómo es preferible dejar la vida en pos del Cordero, antes que rendir culto idolátrico al neo-paganismo de la Nueva Era.
En efecto, los mártires ugandeses murieron en la hoguera al oponerse a las costumbres paganas, las cuales permitían todo tipo de excesos morales y de aberraciones contra la naturaleza. En este sentido, el paganismo es aquello que se opone radicalmente al cristianismo, porque no solo no hay que negarse a uno mismo, sino que se deben exaltar las pasiones y las peores perversiones de la naturaleza humana caída a causa del pecado original. En el paganismo, se exalta el propio yo y sus pasiones hasta el punto de caer en la idolatría de sí mismo: nada se niega, ninguna pasión queda satisfecha, y el yo ególatra se envanece al adorarse a sí mismo, colocándose en el puesto que le corresponde a Dios. El hombre se convierte así en su propio centro, en su propio dios, y es él quien dictamina qué está bien y qué está mal, y como su conciencia está oscurecida por el pecado, se inclina siempre hacia la perversión. En consecuencia, para el paganismo, todo exceso está permitido, porque lo que establece qué es el bien y qué es el mal es la propia conciencia, pero como conciencia del hombre sin la gracia es solo oscuridad, todo en el paganismo es oscuridad, tinieblas, aberración y perversión moral.
No en vano Jesús nos recomienda en el Evangelio negarnos a nosotros mismos, cargar la Cruz y seguirlo todos los días (cfr. Mt 16, 24-28), porque solo de esta manera, en la negación de nuestras pasiones, en el cargar la Cruz todos los días en el seguimiento de Jesús, puede el hombre viejo, contaminado con el pecado original, subir al Calvario para allí morir crucificado, de modo que pueda nacer el hombre nuevo, el hombre regenerado por la gracia santificante de Jesucristo, el hombre que vive las virtudes naturales y sobrenaturales en su máxima plenitud y en este seguimiento de Jesús, hasta dar la vida, es en donde reside el testimonio más valioso de los mártires y santos como San Carlos Lwanga y compañeros.
Sin embargo, lo más grave, dañino y peligroso en el paganismo no es la aberración moral, sino el hecho de la desviación y perversión espiritual que esto supone: ser pagano, o neo-pagano, o wiccano, es en el fondo ceder a la trampa del gnosticismo, trampa tendida por el Tentador, Satanás, que de esta manera hace caer al hombre en su mismo y odioso pecado, la auto-idolatría de sí mismo. El paganismo o neo-paganismo wiccano es una imitación y prolongación, en el tiempo y en la historia humana, del gesto de soberbia rebelión iniciada en los cielos por el demonio, rebelión que le valió el perder la gracia para siempre. Es en esto en lo que radica la malicia del paganismo –de todas las épocas y particularmente el de nuestra época, el neo-paganismo de la Nueva Era-: desplazar a Dios del corazón y de la propia vida para erigirse en un dios propio, imitando y convirtiéndose en aliado del Dragón o Serpiente Antigua, Satanás.

La contemplación de su ejemplo de vida y de amor a Cristo nos hace ver que a quien lo sigue por el Camino Real de la Cruz, hasta dar la vida por Él, Jesús le da el ciento por uno en esta vida y la vida eterna en los cielos: ellos murieron quemados vivos en la hoguera por no postrarse a los ídolos paganos, y en recompensa ahora arden en el fuego del Amor divino, adorando al Cordero en los cielos por la eternidad.

jueves, 30 de mayo de 2013

Santa Juana de Arco, arquetipo de héroe y santo, modelo de amor a Dios y a la Patria



Santa Juana de Arco nació en día de la Epifanía de 1412, cerca de Champagne, Francia. Se caracterizó por su gran bondad y por su laboriosidad en el hogar, pero nunca aprendió a leer ni a escribir.
Los vecinos de la familia, en el proceso de rehabilitación de la santa, dejaron testimonios conmovedores de la piedad y ejemplar conducta de la joven. Tanto los sacerdotes que la conocieron como sus compañeros de juegos, atestiguaron que le gustaba ir a orar a la Iglesia, que recibía con frecuencia los sacramentos, que se ocupaba de los enfermos y era particularmente bondadosa con los peregrinos, a los que más de una vez, cedió su lecho. Según uno de los testigos “era tan buena, que todo el pueblo la quería”.
Santa Juana era todavía muy niña cuando Enrique V de Inglaterra invadió Francia, asoló Normandía y reclamó la corona de Carlos VI. Francia se hallaba en aquel momento dividida por la guerra civil entre los partidarios del duque de Borgoña y el duque de Orleáns, de suerte que no había podido organizar rápidamente la resistencia. Por otra parte, después de que el duque de Borgoña fue traidoramente asesinado por los hombres del delfín, los borgoñeses se aliaron con los ingleses, que apoyaban su causa. El duque de Bedford, regente del monarca inglés, prosiguió vigorosamente la campaña y las ciudades cayeron, una tras otra, en manos de los aliados. Entre tanto, Carlos VII, o el delfín, como se insistía en llamarle, consideraba la situación perdida sin remedio y se entregaba a frívolos pasatiempos en su corte.
A los catorce años de edad, Santa Juana tuvo la primera de las experiencias místicas que habían de conducirla por el camino del patriotismo hasta la muerte en la hoguera. Primero oyó una voz, parecía hablarle de cerca, y vio un resplandor; más tarde, las voces se multiplicaron y la joven empezó a ver a sus interlocutores, que eran, entre otros, San Miguel Arcángel, Santa Catalina y Santa Margarita. Poco a poco, le explicaron la abrumadora misión a la que el cielo la tenía destinada: ¡Ella, una simple campesina debía salvar a Francia! Para no despertar la cólera de su padre, Santa Juana mantuvo silencio. Pero, en mayo de 1428, las voces se hicieron imperiosas y explícitas: la joven debía presentarse ante Roberto de Baudricourt, comandante de las fuerzas reales, en la cercana población de Vaucouleurs. Santa Juana consiguió que un tío suyo que vivía en Vaucouleurs, la llevase consigo. Pero Baudricourt se burló de sus palabras y despidió a la doncella, diciéndole que lo que necesitaba era que su padre le diese unas buenas nalgadas.
En aquel momento, la posición militar del rey era desesperada, pues los ingleses atacaban Orleáns, el último reducto de la resistencia. Santa Juana volvió a Domrémy, pero las voces no le dieron descanso. Cuando la joven respondió que era una campesina que no sabía ni montar a caballo, ni hacer la guerra, las voces le replicaron: "Dios te lo manda."  Incapaz de resistir a este llamamiento, Santa Juana huyó de su casa y se dirigió nuevamente a Vaucouleurs. El escepticismo de Baudricourt desapareció cuando recibió la noticia oficial de una derrota que Santa Juana había predicho; así pues, no sólo consintió en mandarla a ver al rey, sino que le dio una escolta de tres soldados. Santa Juana pidió que le permitieran vestirse de hombre para proteger su virtud. 
Los viajeros llegaron a Chinon, donde se hallaba en monarca, el 6 de marzo de 1429; pero Santa Juana no consiguió verle sino hasta dos días después. Carlos se había disfrazado para desconcertar a Santa Juana; pero la doncella le reconoció al punto por una señal secreta que le comunicaron las voces y que ella transmitió sólo al rey. Ello bastó para persuadir a Carlos VII del carácter sobrenatural de la misión de la doncella. Santa Juana le pidió un regimiento para ir a salvar Orleáns. El favorito del rey, la Trémouille, y la mayor parte de la corte, que consideraban a Santa Juana como una visionaria o una impostora, se opusieron a su petición. El rey decidió enviar a Santa Juana a Poitiers a que la examinara una comisión de sabios teólogos.
Al cabo de un interrogatorio que duró tres semanas por lo menos, la comisión declaró que no encontraba nada que reprochar a la joven y aconsejó que el rey se valiese, prudentemente, de sus servicios. Santa Juana volvió entonces a Chinon, donde se iniciaron los preparativos para la expedición que ella debía encabezar. El estandarte que se confeccionó especialmente para ella, tenía bordados los nombres de Jesús y de María y una imagen del Padre Eterno, a quien dos ángeles le presentaban, de rodillas, una flor de lis. La expedición partió de Blois, el 27 de abril. Santa Juana iba al a cabeza, revestida con una armadura blanca.
A pesar de algunos contratiempos, el ejército consiguió entrar en Orleáns, el 29 de abril y su presencia obró maravillas. Para el 8 de mayo, ya habían caído los fuertes ingleses que rodeaban la ciudad y, al mismo tiempo, se levantó el sitio. Santa Juana recibió una herida de flecha bajo el hombro. Antes de la campaña, había profetizado todos estos acontecimientos, con las fechas aproximadas. La doncella hubiese querido continuar la guerra, pues las voces le habían asegurado que no viviría mucho tiempo. Pero La Trémouille y el arzobispo de Reims, que consideraban la liberación de Orleáns como obra de la buena suerte, se inclinaban a negociar con los ingleses. Sin embargo, se permitió a Santa Juana emprender una campaña en el Loira con el duque de Alencon. La campaña fue muy breve y dio el triunfo aplastante sobre las tropas de Sir John Fastolf, en Patay. Santa Juana trató de coronar inmediatamente al delfín. El camino a Reims estaba prácticamente conquistado y el último obstáculo desapareció con la inesperada capitulación de Troyes.
Los nobles franceses opusieron cierta resistencia; sin embargo, acabaron por seguir a la santa a Reims, donde, el 17 de julio de 1429, Carlos VII fue solemnemente coronado. Durante la ceremonia, Santa Juana permaneció de pie con su estandarte, junto al rey. Con la coronación de Carlos VII terminó la misión que las voces habían confiado a la santa y también su carrera de triunfos militares.
Santa Juana se lanzó audazmente al ataque de París, pero la empresa fracasó por la falta de los refuerzos que el rey había prometido enviar y por la ausencia del monarca. La santa recibió una herida en el muslo durante la batalla y el duque de Alencon tuvo que retirarla casi a rastras. La tregua de invierno que siguió, la pasó Santa Juana en la corte, donde los nobles la miraban con mal disimulado recelo. Cuando recomenzaron las hostilidades, Santa Juana acudió a socorrer la plaza de Compiegne, que resistía a los borgoñones. El 23 de mayo de 1430, entró en la ciudad y ese mismo día organizó un ataque que no tuvo éxito. A causa del pánico, o debido a un error de cálculo del gobernador de la plaza, se levantó demasiado pronto el puente levadizo, y Santa Juana, con algunos de sus hombres, quedaron en el foso a merced del enemigo. Los borgoñeses derribaron del caballo a la doncella entre una furiosa gritería y la llevaron al campamento de Juan de Luxemburgo, pues uno de sus soldados la había hecho prisionera. Desde entonces hasta bien entrado el otoño, la joven estuvo presa en manos del duque de Borgoña. Ni el rey ni los compañeros de la santa hicieron el menor esfuerzo por rescatarla, sino que la abandonaron a su suerte. Pero, si los franceses la olvidaban, los ingleses en cambio se interesaban por ella y la compraron, el 21 de noviembre, por una suma equivalente a 23,000 libras esterlinas, actualmente. Una vez en manos de los ingleses, Santa Juana estaba perdida. Estos no podían condenarla a muerte por haberles derrotado, pero la acusaron de hechicería y de herejía. Como la brujería estaba entonces a la orden del día, la acusación no era extravagante. Además, es cierto que los ingleses y los borgoñeses habían atribuido sus derrotas a conjuros mágicos de la santa doncella.
Los ingleses la condujeron, dos días antes de Navidad, al castillo de Rouen. Según se dice sin suficiente fundamento, la encerraron, primero, en una jaula de acero, porque había intentado huir dos veces; después la trasladaron a una celda, donde la encadenaron a un poyo de piedra y la vigilaban día y noche. El 21 de febrero de 1431, la santa compareció por primera vez ante un tribunal presidido por Pedro Cauchon, obispo de Beauvais, un hombre sin escrúpulos, que esperaba conseguir la sede arquiepiscopal de Rouen con la ayuda de los ingleses. El tribunal, cuidadosamente elegido por Cauchon, estaba compuesto de magistrados, doctores, clérigos y empleados ordinarios. En seis sesiones públicas y nueve sesiones privadas, el tribunal interrogó a la doncella acerca de sus visones y "voces", de sus vestidos de hombre, de su fe y de sus disposiciones para someterse a la Iglesia. Sola y sin defensa, la santa hizo frente a sus jueces valerosamente y muchas veces los confundió con sus hábiles respuestas y su memoria exactísima. Una vez terminadas las sesiones, se presentó a los jueces y a la Universidad de Paría un resumen burdo e injusto de las declaraciones de la joven. En base a ello, los jueces determinaron que las revelaciones habían sido diabólicas y la Universidad la acusó en términos violentos.
En la deliberación final el tribunal declaró que, si no se retractaba, debía ser entregada como hereje al brazo secular. La santa se negó a retractarse a pesar de las amenazas de tortura. Pero, cuando se vio frente a una gran multitud en el cementerio de Saint-Ouen, perdió valor e hizo una vaga retractación. Digamos, sin embargo, que no se conservan los términos de si retractación y que se ha discutido mucho sobre el hecho. La joven fue conducida nuevamente a la prisión, pero ese respiro no duró mucho tiempo.
Ya fuese por voluntad propia, ya por artimañas de los que deseaban su muerte, lo cierto es que Santa Juana volvió a vestirse de hombre, contra la promesa que le habían arrancado sus enemigos. Cuando Cauchon y sus hombres fueron a interrogarla en su celda sobre lo que ellos consideraban como una infidelidad, Santa Juana, que había recobrado todo su valor, declaró nuevamente que Dios la había enviado y que las voces procedían de Dios.
Según se dice, al salir del castillo, Cauchon dijo al Conde de Warwick: “Tened buen ánimo, que pronto acabaremos con ella”. El martes 29 de mayo de 1431, los jueces, después de oír el informe de Cauchon, resolvieron entregar a la santa al brazo secular como hereje renegada. Al día siguiente, a las ocho de la mañana, Santa Juana fue conducida a la plaza del mercado de Rouen para ser quemada en vida. Cuando los verdugos encendieron la hoguera, Santa Juana pidió a un fraile dominico que mantuviese una cruz a la altura de sus ojos. Murió rezando. Invocaba al Arcángel San Miguel, al cual siempre le había tenido gran devoción e invocando el nombre de Jesús tres veces, entregó su espíritu al Señor. La santa no había cumplido todavía los veinte años. Sus cenizas fueron arrojadas al río Sena. Más de uno de los espectadores debió haber hecho eco al comentario amargo de Juan Tressart, uno de los secretarios del rey Enrique: “¡Estamos perdidos! ¡Hemos quemado a una santa!”.
Veintitrés años después de la muerte de Santa Juana, su madre y dos de sus hermanos pidieron que se examinase nuevamente el caso, y el Papa Calixto III nombró a una comisión encargada de hacerlo. El 7 de julio de 1456, el veredicto de la comisión rehabilitó plenamente a la santa. Más de cuatro siglos y medio después, el 16 de mayo de 1920, Juana de Arco fue solemnemente canonizada por el Papa Benedicto XV[1].
Mensaje de santidad de Santa Juana de Arco

En un siglo caracterizado por la ideología atea y globalista, que busca hacer desaparecer el amor a Dios y a la Patria, Santa Juana de Arco es un precioso y valioso ejemplo de cómo amar, hasta el extremo de dar la vida, tanto a Dios como a la Patria: a Dios, por ser Él quien es, Dios de majestad infinita; a la Patria, por ser la Patria un regalo del Amor divino.
Pero esta muestra de amor a Dios y a la Patria no surge en Santa Juana por sí misma, sino que le es dada, como un don, por el cielo, y su mérito está en su docilidad a la gracia, aun cuando el camino que se le presentaba era el del sacrificio de la propia vida y el ser acusada de sacrílega y blasfema, hasta el punto de perder la vida por falsas acusaciones luego de un juicio inicuo.
Santa Juana ama a su Patria, a la cual rescata con la ayuda sobrenatural del cielo, y la prueba de la ayuda del cielo está en que cuando el cielo no la ayuda, fracasa en sus empresas militares, y ahí es cuando es capturada.
Santa Juana ama a Dios y a sus ángeles y santos y da testimonio público de Jesucristo, porque cuando recibe las locuciones de San Miguel Arcángel y de los santos, se muestra dócil a ellos y obedece a sus órdenes, obediencia mediante la cual obtiene resonantes triunfos sobre sus enemigos. La lucha contra los enemigos terrenos de la Patria, que amenazan su existencia, representa la lucha contra los enemigos del alma, las “siniestras potestades de los aires”, que amenazan la vida del alma buscando la eterna condenación.
Santa Juana enarbola con amor y valentía el estandarte que el cielo le manda confeccionar: los nombres de Jesús y de María y una imagen del Padre Eterno, a quien dos ángeles le presentan, de rodillas, una flor de lis. El estandarte, que flamea victorioso al viento, es una representación del corazón de Santa Juana: por acción de la gracia, en el corazón de Santa Juana de Arco inhabitan Jesús y María, y ella misma está representada en la flor de lis, cuya belleza y aroma agradan a Dios Padre y a sus ángeles.
Santa Juana de Arco no sabía leer ni escribir, pero sin embargo poseía la sabiduría venida de lo alto, pues sabía discernir entre el Bien y el mal y su alma pura y cristalina por la acción de la gracia santificante, era capaz de escuchar las voces del cielo, voces que la guiaron, por el camino del amor y de la fidelidad a Dios y a la Patria, a lo más alto del cielo.
Santa Juana cumplió fielmente la misión que Dios le encomendó: ser en la tierra la conductora de un ejército victorioso, y para eso le envió como instructor y guía al Príncipe de la Milicia celestial, San Miguel Arcángel, cuya protección siempre invocó, hasta momentos antes de espirar.
Santa Juana imitó a Jesús, ya que dio la vida por Dios, por su Patria y por sus compatriotas, cumpliendo con su gesto las palabras de Jesús: “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos”. También como Jesús, que siendo Dios en Persona y por lo tanto Tres veces Santo, fue acusado falsamente de estar inspirado por Beelzebul, Santa Juana, estando en estado de gracia santificante, fue acusada falsamente de hechicería y brujería, pero al igual que Jesús, que triunfó sobre el infierno en la Cruz, así Santa Juana triunfó sobre sus enemigos, “las potestades siniestras de los aires”.
Santa Juana siguió fielmente el camino de la Cruz, en la imitación de Jesús, porque compartió con Jesús el amargo sabor del abandono y de la traición de aquellos mismos por quienes daba su vida, participando de esta manera de la traición que sufrió Jesús a manos de Judas Iscariote, ya que de la misma manera a como Jesús fue vendido por treinta monedas de plata, así Santa Juana fue comprada por 23.000 libras esterlinas, pero así como Jesús fue reconocido como el Hijo de Dios, Tres veces Santo, luego de su muerte, al dar la lanzada el soldado romano y exclamar: “Verdaderamente, este era el Hijo de Dios”, así también Santa Juana, luego de ser quemada en la hoguera, fue reconocida como santa, tal como lo expresó Juan Tressart, secretario del Rey Enrique: “¡Hemos quemado a una santa!”.
Se mantiene fiel en todo momento a Jesús y a la Iglesia, y por esa fidelidad, se muestra capaz de vencer a los enemigos de su Patria y liberarla, pero también por esa fidelidad soporta la traición y el juicio inicuo que la conducen a la hoguera, y por esa fidelidad a Cristo y a su Iglesia en la hora de la prueba, de la tribulación y del dolor, es premiada con la corona de la gloria eterna en los cielos. Santa Juana es así ejemplo de amor a Dios y a la Patria, y constituye un glorioso arquetipo de héroe y de santo para todas las generaciones.
Santa Juana se mantiene fiel a Jesucristo hasta la muerte, porque pide al verdugo morir elevando sus ojos a Cristo crucificado, y expira luego de invocar su nombre por tres veces, para luego pasar a la vida eterna y seguir entonando el dulce Nombre de Jesús, Dios Tres veces Santo.


[1] Cfr. Alan Butler, Vidas de los Santos de Butler, Vol. II, Collier’s International, México 1964.