San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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jueves, 15 de marzo de 2018

San José enseñó a su Hijo Dios a trabajar el madero con el que fabricaría la Santa Cruz



         Cuando Jesús era niño, San José le fabricaba juguetes de madera como regalos con los que le demostraba su amor a su Hijo Jesús. Luego, siendo ya joven, San José, ejerciendo su rol de padre adoptivo encomendado por Dios Padre, le enseñó el oficio que él sabía hacer, el oficio de carpintero. Si bien Jesús era Dios y en cuanto tal era omnisciente, en cuanto hombre era perfecto pero también debía adquirir las destrezas necesarias para la vida de todo hombre, entre ellas, la de un oficio que, en este caso, era el de carpintero. Con su padre adoptivo como maestro, Jesús aprendió a trabajar el leño, el mismo leño con el que luego habría de ser fabricado el instrumento de salvación de los hombres, la Santa Cruz del Calvario.
         Junto a su padre adoptivo, Jesús trabajó aprendiendo el oficio de carpintero hasta la edad de treinta años, edad establecida por Dios Padre para que comenzara su predicación pública y la parte final del misterio pascual de muerte y resurrección con el cual habría de salvarnos. Sin embargo, aun antes de comenzar su prédica pública, durante toda su niñez y juventud, mientras trabajaba la madera, Jesús no estaba ajeno a nuestra salvación. Como Él es Dios, Él nos tenía, a todos y a cada uno de nosotros, presentes en su Mente y en su Corazón, y nos tenía de tal modo presentes, que a cada instante nos nombraba y amaba a cada uno, como si cada uno de nosotros fuéramos los únicos habitantes de la tierra. Mientras aprendía el oficio de carpintero, mientras su padre adoptivo le enseñaba a trabajar la madera, Jesús pensaba en cada uno de nosotros, a cada instante, y a cada enseñanza de San José sobre cómo trabajar la madera, Jesús suspiraba por el día en el que no ya San José, su padre adoptivo, sino Dios Padre, fuera quien le confeccionara con el madero una Cruz, la Santa Cruz, sobre la cual Él habría de extender su Cuerpo Purísimo para ofrendarlo en sacrificio y salvación de toda la humanidad, incluidos todos y cada uno de nosotros.

Cuando era niño, San José, como padre adoptivo de Jesús, le regalaba juguetes de madera; cuando era joven, San José le enseñó a amar el madero y el oficio de carpintero y todo esto que hacía San José era para preparar a Jesús para que recibiera, en la edad adulta, el regalo que Dios Padre le tenía preparado desde la eternidad: una hermosísima cruz de madera para que sobre ella ofreciera su Cuerpo y derramara su Sangre por nuestra salvación. Entonces, cuando Dios Padre nos regala una cruz, eso significa que nos está tratando con el mismo Amor con el que trataba a su Hijo Jesús.

jueves, 30 de noviembre de 2017

San Andrés, Apóstol


         Vida de santidad[1].

San Andrés nació en Betsaida, población de Galilea, situada a orillas del lago Genesaret. Era hijo del pescador Jonás y hermano de Simón Pedro. La familia tenía una casa en Cafarnaúm, y era en esa casa en la que Jesús se hospedaba cuando predicaba en esta ciudad. Según la Tradición, San Andrés murió mártir bajo el reinado del cruel emperador Nerón, el 30 de noviembre del año 63.

         Mensaje de santidad.

Andrés tiene el honor de haber sido el primer discípulo que tuvo Jesús, junto con San Juan el evangelista. Los dos eran discípulos de Juan Bautista, y este al ver pasar a Jesús (cuando volvía el desierto después de su ayuno y sus tentaciones) exclamó: “He ahí el Cordero de Dios”. Al oír esto y movido por el Espíritu Santo, San Andrés fue, junto con Juan Evangelista, en busca de Jesús. Cuando lo alcanzaron, Jesús se volvió, entablándose el siguiente diálogo: “¿Qué buscan?”, les dijo Jesús. Ellos le dijeron: “Señor, ¿dónde vives?”. Jesús les respondió: “Vengan y verán”. El Evangelio relata que San Andrés y San Juan Evangelista fueron con Jesús y pasaron con Él aquella tarde. Luego de este encuentro, San Andrés, también iluminado por el Espíritu Santo, fue a ver a su hermano Simón y le dijo: “Hemos encontrado al Salvador del mundo, el Mesías”.
Andrés y Simón, pescadores, fueron llamados por Jesús, cuando se encontraban en su oficio. Jesús les dijo: “Síganme” y ellos, dejándolo todo, lo siguieron. De esa manera, Jesús elevaba su oficio de pescadores a un nivel sobrenatural: de ahora en adelante no serían más pescadores de peces, sino pescadores de almas, aquellas destinadas el Reino eterno de Dios.
Andrés, que vivió junto a Jesús por tres años, tuvo el privilegio de presenciar, con sus propios ojos, la gran mayoría de los milagros que hizo Jesús, además de escuchar, uno por uno, sus maravillosos sermones, con toda su sabiduría divina. En el milagro de la multiplicación de los panes, fue Andrés el que llevó a Jesús el muchacho que tenía los cinco panes.
En el día de Pentecostés, Andrés recibió junto con la Virgen María y los demás Apóstoles, al Espíritu Santo en forma de lenguas de fuego, y desde entonces se dedicó a predicar el Evangelio con la fortaleza y la sabiduría de Dios.
Una tradición muy antigua cuenta que el apóstol Andrés fue crucificado en Patrás, capital de la provincia de Acaya, en Grecia. Según esta tradición, lo amarraron a una cruz en forma de X, dejándolo padecer en esa posición durante tres días, los cuales aprovechó para predicar e instruir en la religión a todos los que se le acercaban. Dicen que cuando vio que le llevaban la cruz para martirizarlo, exclamó: “Yo te venero, oh cruz santa, que me recuerdas la cruz donde murió mi Divino Maestro. Mucho había deseado imitarlo a Él en este martirio. Dichosa hora en que tú al recibirme en tus brazos, me llevarán junto a mi Maestro en el cielo”.
La vida de San Andrés es modelo para nuestra vida cristiana, pero sobre todo a partir de su encuentro personal con Jesús, encuentro que habría de cambiar su vida, literalmente, para siempre. Como hemos visto, San Andrés tuvo el privilegio de haber escuchado el Nombre Nuevo dado por Juan el Bautista al Mesías: “Éste es el Cordero de Dios”, y de ser invitado por el mismo Jesús en Persona a su morada, luego de que San Andrés le preguntara “dónde vivía”: “Vengan y verán”.  Ahora bien, también nosotros, al igual que San Andrés, tenemos el mismo privilegio de San Andrés, y aún mayor: a nosotros no nos anuncia Juan el Bautista dónde está el Cordero de Dios, sino que es la Iglesia quien nos lo anuncia, a través del sacerdote ministerial cuando, luego de producida la transubstanciación –el cambio de la substancia del pan y del vino por la substancia del Cuerpo y la Sangre del Señor, la Eucaristía-, el sacerdote ministerial eleva la Hostia y la ostenta al Pueblo fiel para que este la adore, al tiempo que dice: “Éste es el Cordero de Dios”. Y al igual que Andrés, que fue adonde vivía Jesús para estar con Él, también nosotros somos llamados por el Espíritu Santo, para “estar con Él”, en donde Él vive, en el sagrario, por medio de la Adoración Eucarística y también recibimos el Espíritu Santo, no solo en la Confirmación, sino también en cada comunión eucarística, en la cual y por la cual Jesús, Dador del Espíritu junto al Padre, sopla sobre nuestras almas al Amor de Dios, la Tercera Persona de la Trinidad. Un último ejemplo de santidad es su amor a la cruz y el deseo de morir crucificado en ella, a imitación de Jesús, tal como lo dice en su oración a la cruz. Imitemos a San Andrés, y le pidamos a Nuestra Madre del cielo, la Virgen, la gracia de amar la cruz y de ser crucificados, como San Andrés, por amor a Jesús.



miércoles, 21 de septiembre de 2016

San Mateo Evangelista


Según San Gregorio Magno, el Evangelista Mateo presenta a un Jesús desde su naturaleza humana, comenzando por su genealogía: “Mateo, en su evangelio presenta la genealogía de Cristo como hombre: “Genealogía de Jesús, Mesías, Hijo de David, Hijo de Abrahán: ...el nacimiento de Jesús fue así:..” (cfr. Mt 1, 1-18)”[1]. Este evangelio presenta a Cristo en su condición humana”. Continúa San Gregorio afirmando que el Cristo de San Mateo “está animado por sentimientos de humildad y ternura”: “Por esto encontramos en él a un Cristo animado siempre por sentimientos de humildad, siendo un hombre lleno de ternura”[2]. Es decir, San Mateo nos describe a un Jesús desde un punto de vista humano, pero esto no quiere decir que no lo describa como Dios Hijo encarnado, puesto que también relata numerosos milagros realizados por Jesús, milagros que sólo pueden ser hechos por Dios y que, por lo tanto, prueban que Jesús no es persona humana, sino quien Él dice ser, esto es, el Hijo de Dios encarnado, la Persona Segunda de la Santísima Trinidad.
En otras palabras, que San Mateo lo describa con elementos propios de la naturaleza humana, como por ejemplo, su genealogía –lo cual indica que existió realmente en el tiempo y en el espacio y que no fue un “mito” o un “fantasma”- y con virtudes propias humanas, como la humildad –se humilla ante los Apóstoles, por ejemplo, lavándoles los pies- y la ternura –la compasión que muestra al llorar por su amigo Lázaro, o por la ruina de Jerusalén-, no significa que San Mateo no lo describiera también en el aspecto de su divinidad. De hecho, la narración de su encuentro con Jesús y su inmediato seguimiento deja traslucir que San Mateo, iluminado por el Espíritu Santo, pudo ver en Jesús no a un hombre más entre tantos, ni a un hombre santo, ni al más santo entre los santos, sino al mismo Hombre-Dios: “Jesús, al pasar, vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado a la mesa de recaudación de impuestos, y le dijo: “Sígueme”. Él se levantó y lo siguió”. Es esto lo que dice San Jerónimo, que “que un cierto aire de majestad brillaron en la continencia de Nuestro Divino Redentor, y traspasó su alma y lo atrajo fuertemente”.
Podemos decir que la forma en que San Mateo sigue a Jesús –“Él se levantó y lo siguió”, dice el Evangelio, lo cual sugiere inmediatez-, no se explica por una mera atracción humana de un discípulo hacia su maestro, sino por el llamado de Dios Hijo a través de la naturaleza humana de Jesús de Nazareth. Es el Amor de Dios, encarnado en Jesucristo, quien llama a Mateo y es este Amor celestial el que lleva al apóstol a abandonar de modo inmediato todo lo que lo sujetaba a esta tierra: sus riquezas, su familia, su preocupaciones del mundo, sus placeres, y su profesión, dando así ejemplo de conversión sincera y perfecta.
“Sígueme”. También a nosotros nos repite Jesús, desde la Eucaristía, el mismo llamado que hiciera a San Mateo, diciéndonos: “Sígueme. Sígueme por el camino de la cruz, el único camino que lleva al cielo. Sígueme por el camino de la penitencia, la mortificación, la oración y la caridad. Sígueme, por el resto de tus días en la tierra, para que vivas luego en la eternidad en el Reino de Dios. Sígueme”. ¿Seguimos a Jesús, es decir, respondemos a su llamado a la santidad, como San Mateo, “inmediatamente”, o preferimos quedarnos con el hombre viejo, el hombre de la concupiscencia y de las pasiones?  



[1] San Ireneo de Lyon (c. 130-c. 208), Contra los herejes, III 11,8; 9,1.
[2] Cfr. ibidem.

miércoles, 24 de agosto de 2016

San Bartolomé, Apóstol


         Vida de santidad de San Bartolomé
San Bartolomé, a quien muchos autores consideran que es a quien el evangelista San Juan llama Natanael[1], tiene el privilegio de ser alabado por Nuestro Señor Jesucristo, quien queda admirado por su simplicidad, es decir, por su honradez y ausencia de falsedad:  “Ahí tienen a un israelita de verdad, en quien no hay engaño”. A esta pureza y simplicidad de su alma, se le agrega la pureza y la simplicidad -la perfección- de su fe en Jesucristo, según su exclamación en el mismo Evangelio: “¡Maestro, Tú eres el Hijo de Dios, Tú eres el Rey de Israel!”.
A partir de su encuentro personal con Jesús, la vida de San Bartolomé nunca fue la misma, y lo que sucedió luego, y lo que él, en cuanto santo, está viviendo ahora por la eternidad, no podía ni siquiera imaginarlo. En efecto, después de conocer personalmente al Mesías, como le dice Felipe: “Hemos encontrado al Mesías”, San Bartolomé no solo no se separó nunca de Jesús, sino que dio su vida por él, muriendo como mártir de la fe. Esa es la razón por la cual a este santo (que además fue uno de los doce apóstoles de Jesús) se lo retrataba con la piel en sus brazos como quien lleva un abrigo, porque la tradición cuenta que su martirio consistió en que le arrancaron la piel de su cuerpo, estando él aún vivo, es decir, que murió deshollado.

Mensaje de santidad de San Bartolomé
Además de sus cualidades naturales, que consistían en la “ausencia de doblez” o veracidad, puesto que en él “no había engaño”, como lo dice el mismo Jesús en Persona, San Bartolomé nos deja un gran mensaje de santidad, y es el de, una vez reconocido el Mesías –“Hemos encontrado al Mesías”, le dice Felipe-, proclama la fe en Jesús como Rey Mesías diciéndole: “¡Maestro, Tú eres el Hijo de Dios, Tú eres el Rey de Israel!”, pero esta proclamación no la hace solo con la palabra, sino que da su vida por esta verdad. Aunque tal vez no tengamos las cualidades naturales de San Bartolomé, sí hemos recibido, por el bautismo, el don de la fe, mediante la cual reconocemos en Jesús al Hijo de Dios encarnado, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía, y es por eso que, parafraseando a San Bartolomé, podemos decir: “¡Jesús Eucaristía, Tú eres el Hijo de Dios; Tú eres en la Eucaristía el Rey de los corazones, de las familias, de la Patria!”. Pero, al igual que San Bartolomé, que dio su vida por la verdad de Jesús como Rey Mesías, también nosotros debemos tener presente que debemos estar dispuestos a dar la vida por la defensa de esta verdad, la de Jesús Eucaristía como Dios encarnado y como Rey de los corazones.




[1] http://evangeliodeldia.org/main.php?language=SP&module=saintfeast&localdate=20160824&id=393&fd=1

viernes, 29 de julio de 2016

Santa Marta de Betania


“Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá” (Jn 11, 19-27). Jesús llega a casa de sus amigos Lázaro, Marta y María, para dar el pésame a Marta y María por la muerte de su hermano Lázaro. Mientras María permanece en el interior de la casa –siempre María en actitud contemplativa-, Marta en cambio, sale al encuentro de Jesús –recordemos que representa a la vida activa o apostólica de la Iglesia-. El diálogo que se desarrolla entre Marta y Jesús será el marco para una de las más grandes revelaciones del Hombre-Dios: Él es “la Resurrección y la  Vida” y el que “crea en Él, no morirá jamás”. En efecto, el marco de fondo para la escena evangélica es la muerte de Lázaro, cuyo cuerpo, depositado en el sepulcro, ha comenzado el proceso de descomposición orgánica que hará decir a los que Jesús les pida que quiten la piedra del sepulcro: “Señor, hace tres días que ha muerto; ya hiede”. La muerte es el signo más claro y evidente de la caída de la humanidad a causa del pecado original: los hombres fuimos creados por el Dios Viviente, que es la Vida Increada en sí misma y Causa Primera de toda vida participada y creatural y es por eso que no estamos preparados para la muerte, la cual no formaba parte de los planes originales de Dios. Como dice la Escritura, “por la envidia del diablo entró la muerte en el mundo” (Sab 1, 24). En el diálogo con Marta, Jesús se revela como el Dios Viviente, el Dios que da la Vida, una vida que no es mera vida natural, sino la Vida eterna en sí misma, la misma Vida divina. Es esa Vida, que irrumpirá en el Cuerpo muerto de Jesús en el sepulcro y le insuflará la vida gloriosa de la Trinidad, la que Jesús nos comunica por su Resurrección: “Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá”. La vida que nos comunica Jesús es la Vida misma de Dios Trino, una vida inimaginablemente superior a la vida natural que poseemos, y aunque debamos morir a la vida terrena, quien crea en Jesús, obtendrá la Vida eterna: “Todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás”. Jesús se revela entonces no solo como Aquel que destruye la muerte al precio de su Sangre derramada en la cruz, sino que su Amor por nosotros va mucho más allá que simplemente darnos la inmortalidad, al derrotar a la muerte: su Amor Misericordioso por nosotros lo lleva a comunicarnos de su Vida divina, para que no sólo vivamos para siempre, sino que vivamos con la vida misma de Dios Trino, y esto es un misterio absoluto, que revela las profundidades insondables del Amor de Dios por los hombres.

Y ese Dios Viviente, que es la Vida Increada en sí misma, está en la Eucaristía, listo para donarnos su Vida divina, una vida desconocida para el hombre, porque se trata de la vida misma de Dios, que brota del Ser divino trinitario. A ese Dios Viviente, el Dios de la Eucaristía, el Dios del sagrario, Cristo Jesús, que nos espera para hacernos partícipes de su vida divina por la comunión eucarística, le decimos junto con Santa Marta: “Jesús Eucaristía, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo”.

martes, 19 de julio de 2016

El ejemplo de San Expedito: elegir a Jesucristo y no al Diablo


         Cuando la Iglesia nos pone a un santo para que sea venerado, no pretende que nos quedemos en la mera veneración, sino que contemplemos su vida, para imitar sus virtudes. Y cuando el santo nos consigue alguna gracia que le hemos pedido, la mejor forma de agradecerlo, es imitar sus virtudes. Es decir, la veneración de un santo, por cualquier lado que se la considere, no debe quedar en la mera veneración, sino en el esfuerzo activo por imitar, sino todas, al menos alguna de sus virtudes.
         En el caso de San Expedito, su virtud más grande y la que lo llevó al cielo, fue la de responder, con celeridad, a la gracia de la conversión. Como sabemos, San Expedito era un soldado romano, pagano, es decir, no conocía a Jesucristo; en un momento determinado, recibió la gracia de la conversión, que consiste en una iluminación interior, que viene de lo alto –nunca de la propia persona-, del cielo, y esta gracia consiste en algo similar a lo que le sucedió a San Pablo: Jesús, el Hijo de Dios, se da a conocer al alma, de un modo misterioso, para que el alma lo acepte como su Salvador y Redentor. Puesto que somos libres, la decisión última de la conversión, si bien está dada la gracia que nos permite elegir a Jesucristo, radica en nosotros, ya que nadie, ni siquiera el mismo Dios en Persona, puede reemplazar nuestras libres decisiones. Al recibir la gracia de conocer a Jesucristo, y al recibir la gracia de desear elegir a Jesucristo como Salvador –son dos gracias distintas-, San Expedito respondió afirmativamente a ambas gracias, y por eso es ejemplo para nuestra conversión. Pero además, hay otra gracia en la que San Expedito es ejemplo, y es la de la celeridad en responder, porque también, como sabemos, en el mismo momento en que Jesús se daba a conocer a su alma, el Demonio se le apareció en forma de cuervo y trató de hacerlo desistir de su conversión, induciéndolo a que postergar la conversión “para mañana” (efectivamente, el Demonio comenzó a revolotear diciendo: “Cras”, que significa “mañana”). Pero San Expedito, alzando la Santa Cruz de Jesús, y recibiendo de la Cruz la fuerza misma de Jesús, rechazando la tentación del Demonio, dijo: “¡Hoy! ¡Hoy acepto a Jesucristo como mi Salvador y Redentor! ¡Hoy comienzo a seguir a Jesús, cargando mi cruz para ir detrás de suyo! ¡Hoy dejo de lado mis pasiones, mis pecados, mis vicios; hoy crucifico al hombre viejo, para nacer a la vida de la gracia, la vida de los hijos de Dios, los hijos de la luz!”. Y diciendo esto, aplastó al Demonio que, aún en forma de cuervo, había dejado de revolotear a su alrededor y se había acercado, desprevenido, a los pies de San Expedito, que con la fuerza de la Cruz, pisó su soberbia cabeza.

         También el Demonio nos tienta, para que sigamos en la vida de paganos, en la vida de confiar en las supersticiones –como el Gauchito Gil, la Difunta Correa, la cinta roja, o peor aún, la Santa Muerte-; el Demonio también nos tienta para que, en vez de elegir a Jesús crucificado y a la Virgen, elijamos los bienes materiales, el dinero, la brujería, en vez de los santos sacramentos de la Iglesia y la gracia de Jesús, aunque la mayoría de las veces, no es el Demonio el culpable, sino nuestra propia pereza espiritual, la que nos lleva a dejar de lado la Santa Misa, la Confesión sacramental y el rezo de oraciones que agradan a la Madre de Dios, como el Santo Rosario, y es por eso que necesitamos, de modo urgente, la gracia de la conversión. Le pidamos entonces a San Expedito que interceda por nosotros para que nosotros, al igual que él, digamos “No” al Demonio y a nuestras pasiones y le digamos “Sí” a Jesucristo y su gracia santificante, y comencemos a vivir la vida pura y santa de los hijos de Dios.

lunes, 25 de abril de 2016

San Marcos Evangelista


El Evangelio de San Marcos deja entrever una profunda credibilidad histórica, al tiempo que demuestra un inapreciable valor teológico: por un lado, Marcos se muestra como un espíritu observador, minucioso, detallista, preciso y exacto -lo cual es invalorable para elaborar un libro de historia, como lo es el Evangelio- desde el momento en que, por ejemplo, es el único que destaca el verdor de la hierba sobre la que Jesús hizo sentar a la muchedumbre hambrienta antes de multiplicar los panes y los pescados por primera vez[1]; por otra parte, también es sumamente valioso desde el punto de vista teológico, desde el momento en que el tema central de Marcos es el de Jesús como Mesías que, a pesar de ser presentado en secreto como tal, da sin embargo todo su fruto: Jesús, siervo humillado por la maldad y la ignorancia de los hombres que él había venido a rescatar, es exaltado por Dios, como ha de serlo todo el que a él se una de corazón y lo siga en el camino, el único que permite comprender esa "Buena Noticia de Jesús, Mesías, Hijo de Dios" que Marcos nos ha trasmitido en un lenguaje popular, muchas veces incorrecto en la forma, pero vivaz y lleno de encanto[2].
Marcos presenta a Jesús que es bien recibido por la gente, pero cuyo mesianismo humilde –no se presenta de modo ostentoso, al modo de los políticos humanos, para quienes, cuantas más gente atraigan, mejor es- y sobrenatural –viene a vencer al pecado, a la muerte y a las potestades sobrenaturales y no a las potencias terrenas, como el imperio romano- se encuentra en las antípodas de las expectativas de un pseudo-mesías terreno y político tal como lo esperaban los judíos, ocasiona pronto la decepción de la masa; Marcos muestra, en su Evangelio cómo, una vez apagado el entusiasmo primerizo de las masas, que esperaban este mesías meramente terreno, el Señor Jesús se retira de Galilea para dedicarse de lleno a la instrucción  de los discípulos, quienes por boca de Pedro confiesan la divinidad de su Maestro: Jesús no es un mesías político, que viene a liberar a Israel de potencias mundanas y su objetivo no es inmanente a la historia, sino trascendente: Jesús es el Hombre-Dios, que ha venido a derrotar a los tres grandes enemigos de la humanidad –el demonio, la muerte y el pecado-, para conducir a los hombres al Reino de Dios. A partir del reconocimiento de Jesús como el Mesías Dios, lo cual sucede en Cesarea, todo el relato de Marcos se orienta a Jerusalén, la ciudad santa, en donde la feroz oposición –humana y preternatural, la del ángel caído- crece hasta desembocar en su detención en el Huerto de los Olivos, las falsas acusaciones, el juicio inicuo y su dolorosa Pasión, la cual llega a su término con su gloriosa Resurrección, en la que Cristo Dios abandona su tumba, glorioso y resucitado, victorioso, de acuerdo con lo que había profetizado de sí mismo.
         En síntesis, la veracidad y objetividad histórica del Evangelio de Marcos, sumado a su visión sobrenatural de Jesús en cuanto Mesías Dios, hace de su lectura un ejercicio apasionado de la fe católica.



[1] https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Marcos_evangelista.htm
[2] Cfr. ibidem.

lunes, 25 de enero de 2016

La conversión de San Pablo


         Con su conversión, San Pablo testimonia el cambio radical que ocurre en una persona cuando se produce el encuentro personal con Jesús. En el camino a Damasco, mientras se encontraba en su tarea de perseguir cristianos para encarcelarlos y, eventualmente, darles muerte -como en el caso del diácono San Esteban-, Jesucristo se manifiesta a San Pablo, entonces todavía Saulo. ¿Cómo se produce la conversión? Jesús lo ilumina interiormente con su propia luz, con lo cual Saulo es capaz de ver no  sólo a la Fuente de Luz divina, que es Jesucristo –“Dios de Dios, Luz de Luz”-, sino que puede ver, en su alma, aquello que estaba oculto por su propia oscuridad: así como se pueden percibir los objetos en una habitación totalmente a oscuras cuando se enciende una candela o cuando se abre una ventana para que entre el sol, así San Pablo, al ser iluminado por la luz de la gloria de Jesús, se vuelve capaz de ver la tenebrosa condición de su alma, que hasta ese momento se encontraba inmersa en las tinieblas del pecado, sin otra luz que la débil luz de su razón humana. Una de las manifestaciones de la oscuridad en la que vivía San Pablo, antes de la conversión, es el odio hacia los cristianos y el convencimiento de que la persecución, el hostigamiento y hasta la muerte de quienes no profesen la religión que él profesa, están justificados por la Ley de Dios.
         Jesús ilumina sus tinieblas interiores, y así San Pablo se vuelve capaz de ver la miseria de su alma con todos los pecados cometidos hasta ese entonces; sin embargo, la iluminación que concede Jesús no se limita a simplemente hacer ver la tenebrosa realidad del pecado: cuando Jesús ilumina a un alma con su luz -es decir, con Él, que es “la luz del mundo” (Jn 8, 12)-, concede al mismo tiempo una nueva vida, porque la luz que emite el Ser divino trinitario de Jesús, es una luz viva, que hace vivir al alma que ilumina con la vida nueva de la gracia y es en esto en lo que consiste la conversión. En otras palabras, al ser iluminado por Jesús, con una luz viva, San Pablo no solo toma conciencia de su condición de pecador y de los pecados cometidos hasta ese entonces –incluida la participación en el asesinato por lapidación de San Esteban-, sino que, a partir de entonces, comienza a vivir una nueva vida, la vida de la gracia, la vida de los hijos de Dios. Deja de vivir con una ley muerta, la ley del Antiguo Testamento, para vivir con la Ley Nueva, la ley de la gracia, de la fe y del amor sobrenatural a Dios y al prójimo. En consecuencia, San Pablo pasa, de perseguidor de cristianos, a dar la vida por Jesús y sus hermanos; de no ver en absoluto sus propios pecados –aún más, de considerarlos como virtud de religión-, a detestar el pecado y a vivir en gracia.

En el camino a Damasco, a San Pablo se le concede el don más grandioso que una persona puede recibir en esta vida y es el encuentro personal con Jesús, el cual adviene de modo extraordinario para San Pablo, en tanto que, para el común de los bautizados, el encuentro con Jesús se produce por la oración, la meditación de la Palabra de Dios, la adoración eucarística, la ascesis cristiana y las obras de misericordia -todo esto constituye, para nosotros, cristianos comunes, nuestro "camino a Damasco", es decir, nuestro camino hacia el encuentro personal con Jesús-. Quien no se encuentra personalmente con Jesús, no puede decir que está “convertido”.

lunes, 28 de diciembre de 2015

San Esteban, protomártir


         San Esteban dio su vida por el testimonio de Nuestro Señor Jesucristo, reflejando así la naturaleza sobrenatural de la fe católica, puesto que su muerte no se debió a pasiones humanas, sino al intento de borrar de la tierra el Nombre del Salvador. Todo en la muerte de San Esteban indica la sobrenaturalidad de la religión revelada por Jesús y del carácter divino del Mesías y Redentor: primero, es acusado, con calumnias y mentiras, utilizando falsos testigos, de afirmar que Jesús “iba a destruir el templo y a acabar con las leyes de Moisés”[1]. Esta acusación falsa y calumniosa lleva el sello del Príncipe de las tinieblas, “el padre de la mentira” (Jn 8, 44), lo cual indica quién es el que está, verdaderamente, detrás de la muerte de San Esteban, y que su muerte no se debió a meras pasiones humanas, sino al odio contra la fe en Cristo como Dios hecho hombre.
Otros hechos sobrenaturales en la muerte de San Esteban son el resplandor sobrenatural de su rostro, que les hace recordar a quienes lo contemplan, al rostro “de un ángel”: “Y los del tribunal al observarlo vieron que su rostro brillaba como el de un ángel”, y la sabiduría divina que demostró frente al tribunal del Sanedrín, recordando la historia sagrada y el carácter divino del Mesías, Jesucristo; ambos hechos sobrenaturales se deben, según el Evangelio, a que Esteban se encontraba “lleno del Espíritu Santo” (cfr. Hch 6, 8-7). En el momento mismo de la muerte de San Esteban, se dieron otros hechos sobrenaturales: la visión que el santo tiene de Jesús, “el Hijo del hombre”, de pie a la derecha de Dios, y las palabras pronunciadas antes de morir, similares a las pronunciadas por Jesús: “Señor Jesús, recibe  mi espíritu” (cfr. Hch 7, 59) y “Señor, no les tengas en cuenta este pecado” (cfr. Hch 7,60). Estas palabras, en las que pide que Jesús reciba su espíritu, como el perdón que otorga a sus verdugos, además de implorar misericordia para quienes le quitan la vida, indican que San Esteban participa de la muerte en cruz de Jesús, muerte en la que Jesús perdona a los pecadores, que le quitan la vida, al tiempo que implora misericordia para ellos, alegando ignorancia en su maldad: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34), además de pedir al Padre que “reciba su espíritu” (Lc 23, 46).
La muerte de San Esteban, propiciada por el padre de la mentira, revela el triunfo fe Jesucristo, porque mientras los hombres cubren su rostro y su cuerpo de sangre, al lapidarlo, Jesús, el Hombre-Dios, lo premia con el cielo, cubriéndolo de luz y de gloria divina, como premio por ofrendar su vida por su Nombre. En nuestros días, en los que se intenta disminuir la condición divina de Jesús, reduciéndolo a un revolucionario social, cuando no de erradicar el Nombre de Jesús de la vida, la mente y el corazón del hombre contemporáneo, la muerte sobrenatural de San Esteban es más valiosa que nunca antes.



[1] Cfr. https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Esteban.htm

miércoles, 25 de noviembre de 2015

La vida de Santa Catalina de Alejandría no fue una leyenda


         Cuando se reflexiona acerca de la vida de un santo o de un mártir, como es el caso de Santa Catalina de Alejandría, se corre el riesgo, si no se tiene fe, de creer que sus vidas –y muertes martiriales- son “leyendas”, es decir, relatos ficticios, imaginarios, cuya validez y autenticidad dependen de la imaginación de quienes escribieron sus biografías. Cuando no se tiene fe, se corre el riesgo de reducir lo sobrenatural de los santos y mártires, a hechos de fantasía y, por lo tanto, inexistentes; a lo sumo, se habla de ellos como de “buenas personas”, llenas de virtudes, pero nada de hechos sobrenaturales.
         La vida de Santa Catalina de Alejandría –y sobre todo su muerte martirial- no es –como la de todos los santos y mártires- una “historia bonita” pero inventada por la imaginación de algunos, y sus méritos no se reducen a los de ser personas virtuosas que se enfrentan –virtuosamente- a los poderes de turno para defender su fe: los santos y mártires participan, de un modo misterioso y sobrenatural, de la cruz de Nuestro Señor Jesucristo; es Él quien los anima con su Espíritu, el Espíritu Santo, el Espíritu de Dios, y es el Espíritu Santo quien, poseyendo por completo al cuerpo y el alma del santo y del mártir, actúa a través suyo, concediéndoles sabiduría y fortaleza sobrenatural, iluminándolos de manera tal que puedan dar testimonio de Cristo para que, cuando esto suceda, sus vidas sean efectivamente arrebatadas por sus verdugos y así puedan ingresar directamente a la eterna bienaventuranza.
         No hay otro fundamento, que la asistencia personal del Espíritu Santo, que los hace participar a la cruz de Jesús, Rey de Santos y Mártires, para explicar los hechos sobrenaturales que rodean ya sea a la vida de los santos o a la muerte de los mártires.
         En el caso de Santa Catalina de Alejandría, se sabe de ella que era “una joven de extremada belleza e inteligencia, perteneciente a una familia noble de Alejandría, versada en los conocimientos filosóficos de la época y defensora incansable de la Verdad”[1]. Fue esta defensa de la Verdad Encarnada, Jesucristo, frente al error pagano, lo que le valió ser martirizada por el emperador Maximino Daia, quien, habiendo fracasado en sus intentos de hacerle abandonar la fe en Cristo con sus razonamientos falsos, convocó a los sabios del imperio para que la hicieran abandonar la Verdad, es decir, Cristo, pero estos sabios no solo no la pudieron vencer con sus sofismas gnósticos, sino que muchos de ellos, hombres de buena voluntad, se convirtieron gracias a la sabiduría sobrenatural de Santa Catalina. Así, Santa Catalina venció al error y la mentira –el “Padre de la mentira es Satanás”-, por medio de la Sabiduría Encarnada, Jesucristo.
Frustrado por haber sido vencido en el terreno de la razón, el emperador Maximino, un “hombre semibárbaro, fiera salvaje del Danubio, que habían soltado en las cultas ciudades del Oriente”, según términos de Lactancio[2], ordenó que Santa Catalina fuera ejecutada, primero por medio de una rueda dentada, la cual inexplicablemente no le hizo nada, pero en cambio sí hirió a sus verdugos, al saltar por el aire las cuchillas, y luego por la espada, ya que al fracasar en su primer intento, el emperador ordenó que la santa fuera decapitada. Puesto que ya había dado testimonio de Cristo, el Espíritu Santo, que inhabitaba en ella, permitió que muriera por el golpe de la espada.
         De esta manera, Santa Catalina de Alejandría nos da ejemplo de amor a la Verdad, porque la buscó con toda pasión y cuando la encontró, no solo no la abandonó, sino que dio su vida por ella, por la Verdad Encarnada, Jesucristo, el Hombre-Dios.



[1] Cfr. http://es.catholic.net/op/articulos/32160/catalina-de-alejandra-santa.html
[2] Cfr. ibidem.

jueves, 23 de julio de 2015

Santa Brígida de Suecia



Santa Brígida de Suecia, Patrona de Europa, recibió abundantes locuciones y apariciones de Nuestro Señor Jesucristo, las cuales fueron puestas por escrito por la santa, y compiladas en un libro que se llama: “El Libro de las revelaciones celestiales”.
En el Capítulo 1 de dicho libro, Nuestro Señor se refiere a Santa Brígida como “su elegida y muy querida esposa”, le dice quién Es, le relata su Encarnación, condena la violación profana y el abuso de confianza que hacemos de nuestra fe y bautismo, e invita a su “querida esposa” a que lo ame.
Jesús comienza sus alocuciones a Santa Brígida relatando su origen divino y su Encarnación por obra del Amor de Dios en el seno de María Virgen, comparando su admirable y prodigiosa Encarnación con la de un rayo de sol que atraviesa un cristal -al igual que los Padres de la Iglesia- y relatando además que asume nuestra naturaleza, pero no por eso deja de ser Dios: “Yo soy el Creador del Cielo y de la tierra, uno en divinidad con el Padre y el Espíritu Santo. Yo soy el que habló a los profetas y patriarcas, y a quien ellos esperaban. Para cumplir sus deseos y de acuerdo con mi promesa, tomé carne sin pecado ni concupiscencia, entrando en el cuerpo de la Virgen, como el brillo del sol a través de un clarísimo cristal. Igual que el sol no daña al cristal entrando en él, tampoco se perdió la virginidad de mi Madre cuando tomé la humana naturaleza. Tomé carne pero sin abandonar mi divinidad”[1].
Luego relata de qué manera Él, siendo Dios, se encarnó en la Virgen, y siguió siendo Dios en el seno de María –en la etapa gestacional, desde cigoto, pasando por embrión, hasta el Niño de nueve meses y compara a esta unión de la divinidad con su humanidad, a la unión del fuego con el resplandor: “No fui menos Dios, todo lo gobernaba y abastecía con el Padre y el Espíritu Santo, pese a que, con mi naturaleza humana, estuve en el vientre de la Virgen. Igual que el resplandor nunca se separa el fuego, tampoco mi divinidad se separó de mi humanidad, ni siquiera en la muerte”. Jesús le dice a Santa Brígida que inmediatamente después de la Encarnación, deseó sufrir la Pasión; es decir, adquirió un Cuerpo para que sea sacrificado en la cruz, por nuestra salvación: “Lo siguiente que deseé para mi cuerpo puro y sin mancha fue ser herido desde la planta de mis pies hasta la coronilla de mi cabeza, por los pecados de todos los hombres, y ser colgado en la Cruz”. Y ese mismo Cuerpo, que fue crucificado en el Monte Calvario, se ofrece ahora, por la Santa Misa, en la Eucaristía, para poder Él ser adorado y amado cada día más: “Ahora mi cuerpo se ofrece cada día en el altar, para que las personas puedan amarme más y recordar mis favores con más frecuencia”[2]. Pero luego se queja amargamente no solo por el abandono e indiferencia hacia su Presencia sacramental, que recibe de parte de los cristianos, sino porque estos, despreciándolo en su condición de Rey, que quiere reinar en los corazones de los hombres, han elegido al demonio por su amo y señor: “Ahora, sin embargo, estoy totalmente olvidado, ignorado y despreciado, como un rey desterrado de su reino en cuyo lugar ha sido elegido un perverso ladrón al que se colma de honores. Yo quise que mi reino estuviera dentro del ser humano, y por derecho yo debería ser Rey y Señor de él, dado que Yo lo creé y lo redimí. Ahora, sin embargo, él ha roto y profanado la fe que me prometió en el bautismo. Ha violado y rechazado las leyes que establecí para él. Ama su propia voluntad y despectivamente se niega a escucharme. Encima, exalta al más malvado de los ladrones, el demonio, por encima de mí y en él deposita su fe”[3].
Jesús le dice que no rechazará a quien, arrepentido, se vuelva a su Misericordia, pero quienes persistan en su alejamiento voluntario, les aplicará su Justicia Divina, porque es como Él mismo le dijo a Santa Faustina: “Quien no quiera pasar por mi Misericordia, pasará por mi Justicia” y quienes lo desprecien, se lamentarán de haberlo hecho. Dice así Jesús: “Pese a que ahora soy tan menospreciado, aún soy tan misericordioso que perdonaré los pecados de cualquiera que pida mi misericordia y se humille a sí mismo, y lo liberaré del perverso ladrón. Pero aplicaré mi justicia sobre aquellos que perseveren en menospreciarme, y los que la oigan temblarán, mientras que los que la experimenten dirán: ‘¡Ay de nosotros, que fuimos nacidos o concebidos! ¡Ay, que hemos provocado la ira del Señor de la majestad!’”[4].
Por último, Jesús le habla a Santa Brígida, animándola a que lo ame “más que a cualquier cosa en el mundo”, puesto que Él ha sufrido la Pasión por su amor, y que si esto hace, se gozará y alegrará “por toda la eternidad”: “Pero tú, hija mía, a quien he elegido para mí y con quien hablo en el Espíritu, ¡ámame con todo tu corazón, no como amas a tu hijo o a tu hija o a tus padres sino más que cualquier cosa en el mundo! Yo te creé y no evité que ninguno de mis miembros sufriera por ti. Aún amo tanto a tu alma que, si fuera posible, me dejaría ser de nuevo clavado en la cruz antes que perderte. Imita mi humildad: Yo, que soy el Rey de la gloria y de los ángeles, fui vestido de pobres harapos y estuve desnudo en el pilar mientras mis oídos oían todo tipo de insultos y burlas. Antepón mi voluntad a la tuya porque mi Madre, tu Señora, desde el principio hasta el final, nunca quiso nada más que lo que yo quise. Si haces esto, entonces tu corazón estará con el mío y lo inflamaré con mi amor, de la misma forma que lo árido y seco se inflama fácilmente ante el fuego (...) Si crees en mis palabras y las cumples, ni el gozo ni la alegría te faltarán jamás en toda la eternidad”[5].
Ahora bien, puesto que las palabras dichas a Santa Brígida se aplican a toda alma, debemos tomarlas como dichas también a nosotros; por lo tanto, hagamos el propósito de no solo no dejar a Jesús Eucaristía en el abandono y la indiferencia, sino de adorarlo y amarlo cada vez más en su Presencia Eucarística, para que Él sea el único Rey de nuestros corazones, en el tiempo y en la eternidad.




[1] Cfr. Santa Brígida de Suecia, El Libro de las Revelaciones celestiales, Capítulo 1.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.

miércoles, 22 de julio de 2015

Santa María Magdalena: del llanto de la muerte a la alegría de la Resurrección


“Mujer, ¿por qué lloras?” (Jn 20,1-2.11-18). María Magdalena, de quien Jesús había expulsado “siete demonios”, va temprano al sepulcro, movida por el amor que le tenía a Jesús, como lo dice San Gregorio Magno[1]. No se resignaba a su muerte y su amor ardiente, es el que la conduce hasta el sepulcro, para estar más cerca de su Señor, aunque sea de su cuerpo muerto y frío. Al llegar, nota con sorpresa que la piedra del sepulcro había sido removida y, al asomarse al interior del sepulcro, observa que el Cuerpo de Jesús ya no está, y esto le produce una profunda tristeza; tanta, que comienza a llorar. Es en ese momento en el que dos ángeles le preguntan por la causa de su llanto: “Mujer, ¿por qué lloras?”. Y María Magdalena responde, sumergida en la tristeza: “Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto”. En ese momento, Jesús se le aparece y le hace la misma pregunta que le habían hecho los ángeles: “Mujer, ¿por qué lloras?”. María Magdalena, confundiendo a Jesús con el cuidador del jardín, le dice, pensando que es él quien ha trasladado el Cuerpo de Jesús a otro lugar: “Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo iré a buscarlo”. Como dice San Gregorio Magno, era el “intenso amor ardiente” que María Magdalena experimentaba por su Salvador, lo que la llevaba a buscar al que no encontraba, pero ahora que lo encuentra, no lo reconoce. Reconocerá a Jesús, es decir, su mente y su corazón se abrirán a la luz de Jesús resucitado, cuando Él la llame por su nombre, tocando con su palabra la raíz más profunda del acto de ser de María Magdalena: “¡María!”. En ese mismo instante, iluminada desde lo más profundo de su ser, sus sentidos espirituales son plenificados por la gracia santificante y así se vuelve capaz de reconocer con su mente y de amar con su corazón a Jesús resucitado y, reconociéndolo, le dice: “¡Rabboní!”, que significa “maestro”. Al reconocerlo ya como al Hombre-Dios resucitado, y al contemplarlo en la gloria de su Resurrección, María Magdalena se arroja a sus pies para adorarlo. Luego Jesús le encomienda a María Magdalena la misión más importante de su vida, que será la misión de la misma Iglesia, que vaya a anunciar a los demás que Él ha resucitado: “Ve a decir a mis hermanos: subo a mi Padre y Padre de ustedes; a mi Dios y Dios de ustedes”.
“Mujer, ¿por qué lloras?”. Es de destacar que tanto los dos ángeles, como el mismo Jesús, dirigen a María la misma pregunta: “Mujer, ¿por qué lloras?”. Y la causa del llanto de María Magdalena es que busca a Jesús, pero a un Jesús muerto: María va al sepulcro a buscar a un Jesús que no existe, porque el Jesús muerto del Viernes Santo, ya no está más en el sepulcro, el Domingo de Resurrección, porque ha resucitado. La causa del llanto de María Magdalena es que ha olvidado las palabras de Jesús, de que Él resucitaría “al tercer día” y por esta razón, busca a un Jesús que no existe. Eso sucede cuando racionalizamos la fe y oscurecemos así la luz de la gracia: sólo la luz de la gracia, que ilumina nuestra fe, nos hace capaces de contemplar a Jesús resucitado. De manera análoga, muchos en la Iglesia, tienen la fe de María Magdalena antes del encuentro con Jesús resucitado: buscan a un Jesús que no existe, creen en Jesús, pero en un Jesús muerto el Viernes Santo, pero que no ha resucitado y que mucho menos, prolonga y actualiza su misterio pascual, en la Eucaristía, porque no creen que Jesús resucitado esté, en Persona, con su Cuerpo y Alma humanos glorificados, en el Santo Sacramento del altar. Y porque no creen ni en Jesús resucitado ni en su Presencia gloriosa en la Eucaristía, frente a las tribulaciones, se derrumban como María Magdalena, sin saber dónde está Jesús.
Es por eso que debemos pedir la gracia de la fe: “Señor, auméntanos la fe” (Lc 17, 5), la fe en Cristo muerto y resucitado, que prolonga su misterio pascual en la Eucaristía. Como María Magdalena luego del encuentro con Jesús, también nosotros debemos ir a anunciar a nuestros hermanos que Jesús ha resucitado y que por eso el sepulcro está vacío, pero nuestro anuncio no se detiene en el hecho de que Jesús sólo ha resucitado y ha dejado el sepulcro vacío, porque su Cuerpo muerto ya no está más allí, tendido sobre la loza fría sepulcral: debemos anunciar que Jesús ha dejado el sepulcro vacío, para ir a ocupar los altares y los sagrarios, con su Cuerpo glorificado, en la Eucaristía. A diferencia de María Magdalena, que “no sabía dónde estaba el Cuerpo del Señor”, nosotros sí sabemos dónde está el Cuerpo de Jesús glorificado: en la Eucaristía, en los altares, en los sagrarios, y es allí adonde debemos ir a adorarlo.



[1] De las Homilías de san Gregorio Magno, papa, sobre los Evangelios; Homilía 25, 1-2. 4-5: PL 76, 1189-1193.

martes, 26 de mayo de 2015

San Felipe Neri y la fuente de su alegría


         Algo que caracterizaba a San Felipe Neri era su permanente alegría y buen humor. ¿De dónde provenían esta alegría y este buen humor? Visto mundanamente, San Felipe Neri no tenía motivos para estar alegre ni para tener buen humor: desde muy joven, renunció no solo a toda riqueza terrena sino a todo proyecto de construir humanamente una riqueza terrena[1]. Luego de su conversión, a los 17 años, partió hacia Roma, para ingresar en la vida religiosa, y desde allí, hasta su muerte, vivió como religioso, observando fielmente los votos de pobreza, castidad y obediencia. No tenía riquezas materiales, no estaba dominado por la concupiscencia de la carne, había renunciado libremente a hacer su propia voluntad, por el voto de obediencia: visto mundanamente, San Felipe no tenía motivos ni para ser feliz ni para estar alegre, y sin embargo, como decimos al principio, lo que caracterizó su vida fueron, precisamente, la felicidad, la alegría y el buen humor.
         ¿Cómo se puede explicar esta aparente contradicción?
La explicación de la felicidad, la alegría y el buen humor de San Felipe Neri, se encuentran en su amor a Jesús y en la certeza de saber que esta vida habría de terminar más bien pronto –aun cuando falleció a los ochenta años- y que luego le esperaba una eternidad de gozos, de alegría, de dicha inconcebible, en compañía de Jesús.
Pero además, y esto es lo más importante en su vida de santidad, San Felipe sabía que Jesús se encontraba misteriosamente en el prójimo más necesitado, y es así que se dedicó por completo a las obras de misericordia. Es por esto que caeríamos en un error si dijéramos que la fuente de la felicidad de San Felipe Neri eran solo los éxtasis místicos: más que estos, encontraba su felicidad en dedicar el día entero a las obras de misericordia corporales y espirituales: corporales, porque visitaba enfermos de toda clase; espirituales, porque buscaba permanentemente la conversión de las personas, y se dedicó con tanta pasión a esta tarea de misericordia, que se lo llamó “el Apóstol de Roma”. Para dar impulso a unas y otras obras de caridad, fundó la Cofradía de la Santísima Trinidad, conocida como la cofradía de los pobres, que se encargaba de socorrer a los peregrinos necesitados. Por medio de esa cofradía San Felipe difundió la devoción de las cuarenta horas (adoración Eucarística), además de fundar el célebre hospital de Santa Trinitá dei Pellegrini[2]. Fundó también la Congregación del Oratorio (los oratorianos), regidos por una constitución muy sencilla escrita por el mismo santo.
San Felipe Neri conocía el Amor de Dios, que es fuente de felicidad y de alegría inagotables, que se manifiesta en la caridad y en la misericordia hacia el prójimo más necesitado. Pero otra forma de expresarse el Amor de Dios –mucho menos frecuentes y reservada solo a los grandes santos- es a través de las experiencias místicas, las cuales eran habituales en él. En su biografía, pueden leerse algunas de estas: “Felipe consagraba el día entero al apostolado; pero al atardecer, se retiraba a la soledad para entrar en profunda oración y, con frecuencia, pasaba la noche en el pórtico de alguna iglesia, o en las catacumbas de San Sebastián, junto a la Via Appia. Se hallaba ahí, precisamente, la víspera se Pentecostés de 1544, pidiendo los dones del Espíritu Santo, cuando vio venir del cielo un globo de fuego que penetró en su boca y se dilató en su pecho. El santo se sintió poseído por un amor de Dios tan enorme, que parecía ahogarle; cayó al suelo, corno derribado y exclamó con acento de dolor: ‘¡Basta, Señor, basta! ¡No puedo soportarlo más!’. Cuando recuperó plenamente la conciencia, descubrió que su pecho estaba hinchado, teniendo un bulto del tamaño de un puño; pero jamás le causó dolor alguno. A partir de entonces, San Felipe experimentaba tales accesos de amor de Dios, que todo su cuerpo se estremecía. A menudo tenía que descubrirse el pecho para aliviar un poco el ardor que lo consumía; y rogaba a Dios que mitigase sus consuelos para no morir de gozo. Tan fuertes era las palpitaciones de su corazón que otros podían oírlas y sentir sus palpitaciones, especialmente años más tarde, cuando como sacerdote, celebraba la Santa Misa, confesaba o predicaba. Había también un resplandor celestial que desde su corazón emanaba calor. Tras su muerte, la autopsia del cadáver del santo reveló que tenía dos costillas rotas y que éstas se habían arqueado para dejar más sitio al corazón”[3]. De esta forma, Dios le había respondido a una oración que con frecuencia hacía San Felipe: “¿Oh Señor que eres tan adorable y me has mandado a amarte, por qué me diste tan solo un corazón y este tan pequeño?”. Es decir, Dios le dilató el corazón, para que tuviera más capacidad para “almacenar” el Amor de Dios.
También en las Misas eran frecuentes los arrebatos místicos: “Como frecuentemente era arrebatado en éxtasis durante la misa, los asistentes acabaron por tomar la costumbre de retirarse al “Agnus Dei”. El acólito hacía lo mismo. Después de apagar los cirios, encender una lamparilla y colgar de la puerta un letrero para anunciar que San Felipe estaba celebrando todavía; dos horas después volvía el acólito, encendía de nuevo los cirios y la misa continuaba”[4].
Como vemos, San Felipe Neri había experimentado el Amor de Dios, por medio de las obras de misericordia, pero también a través de numerosos éxtasis místicos, en los cuales el alma se sumerge y se deleita de tal manera en el Amor de Dios, que ya nada más quiere saber en esta vida y nada quiere entender ni amar que no sea ir a la otra vida para gozar del Amor de Dios para siempre –es lo que decía Santa Teresa de Ávila: “Tan alta vida espero, que muero porque no muero”-, y por lo  tanto sabía que, manteniéndose fiel en el Amor a Jesús y a su gracia, una vez traspasado el umbral de la muerte terrena, comenzaría a vivir la Vida eterna, plena de Amor divino, fuente inagotable de dicha, de consuelo, de luz, de paz, y ese pensamiento era lo que lo mantenía permanentemente alegre y de buen humor, y era la fuente de su permanente felicidad. No es casualidad que su médico de cabecera declarara que el día que “más alegre lo vio”[5], fuera el día de su muerte, y esto es coherente con lo que decimos, pues San Felipe Neri había recibido un anuncio del cielo, por medio del cual sabía que ese día moriría y que por lo tanto, comenzaría inmediatamente a gozar de la visión de su amado Jesús.
Con toda seguridad, no tendremos los éxtasis místicos que tenía San Felipe Neri, y estos no dependen de nosotros, pero como hemos visto, estos no eran la única ni la principal causa de su felicidad, sino que esta radicaba en su incansable dedicación al prójimo por medio de las obras de misericordia, y esto sí depende de nosotros. Al conmemorar a San Felipe, le rogamos que interceda para que también nosotros encontremos la felicidad, la alegría y el buen humor, que se derivan de olvidarnos de nosotros mismos, para dedicarnos a las necesidades espirituales y materiales de nuestros prójimos, para que, también al igual que San Felipe, vivamos una eternidad de alegría y gozo, en la contemplación de Jesús, el Hombre-Dios, en el Reino de los cielos.




[1] http://www.corazones.org/santos/felipe_neri.htm
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.

sábado, 25 de octubre de 2014

Santos Simón y Judas, Apóstoles


Los santos Simón y Judas fueron elegidos por Jesús para que fueran Apóstoles de su Iglesia; tuvieron la dicha de formar el grupo selecto de amigos que compartió con Jesús la Última Cena y, si bien defeccionaron brevemente en la durísima prueba que significó para todos los Apóstoles la Pasión de Jesús, pues al igual que todos los demás Apóstoles, huyeron a causa del miedo cuando los romanos apresaron a Jesús, sin embargo repararon largamente esta defección, al donar sus vidas martirialmente por Jesús, años más tarde. Según la Tradición, a San Simón lo mataron aserrándolo por la mitad del cuerpo y a San Judas Tadeo lo decapitaron y por ese motivo es representado con un hacha en la mano. La Iglesia de Occidente los celebra juntos[1], aunque la Iglesia de Oriente los celebra por separado.
Simón es “el Zelote” para distinguirlo de Simón Pedro, el príncipe del Colegio Apostólico; Judas es llamado “Tadeo” para distinguirlo de Judas el traidor; San Juan le llama expresamente “Judas, no el Iscariote”.
         Además de esto, es poco lo que se sabe de estos santos Apóstoles.
Con respecto a San Simón, es, de todos los Apóstoles, el menos conocido. Se sabe que pertenecía al partido hebreo religioso de los zelotes, caracterizados por su fidelidad a la ley mosaica y por su férrea oposición a la dominación romana y a sus costumbres paganas[2]. Los zelotes, partido al que pertenecía el Apóstol San Simón, esperaban a un mesías, que sería el Libertador de Israel; este Libertador al que ellos esperaban con ansias, era el anunciado por los profetas, por lo que escrutaban las Escrituras y los profetas y eran grandes conocedores de las mismas, ya que esperaban al Mesías que allí se anunciaba. Sin embargo, en los zelotes, el Mesías esperado es más bien de orden terrenal y nacional (en esto consistía su error, en que el Mesías que esperaban era de orden terrenal, político y nacional), y por eso la tensión se orienta hacia lo político y terreno, y es lo que hace que se desencadene lo que se conoce como “guerras judías”[3]. San Simón pertenece a este partido religioso-político hebreo, en donde el nacionalismo se mezcla con lo político y lo religioso y en donde la espera del Mesías se orienta hacia un horizonte más bien terreno. Es en estas circunstancias, en donde se da su conversión hacia el verdadero y Único Mesías, Jesucristo, el Hombre-Dios (Hech 21, 20).
         Según la Tradición, luego de su conversión, predicó la doctrina evangélica en Egipto, luego en Mesopotamia y después en Persia, ya en compañía de San Judas. En la lista de los apóstoles aparece ya al final, junto a su compañero San Judas (cfr. Mt 10, 3-4; Mc 3, 16, 19; Lc 6,13; Hch 1,13).
Con respecto a San Judas, de él los Evangelios registran solamente una intervención, y es durante la Última Cena, en el marco del mandamiento muevo de Jesús[4]; apenas finaliza Jesús de dar su mandamiento nuevo, interviene San Judas, diciendo: “Señor, ¿cómo ha de ser esto, que te has de mostrar a nosotros, y no al mundo?” (Jn 14, 22). En su pregunta hay ya un ardor apostólico y un deseo por dar a conocer a los demás el Amor de Jesús: si Jesús se da a conocer a ellos, San Judas quiere que se dé a conocer también a todos los hombres: es el deseo de quien verdaderamente conoce y ama al Sagrado Corazón, porque quien lo conoce y lo ama, no descansa hasta que no lo hace conocer y amar por todos sus hermanos.
¿Cómo fue el martirio de ambos Apóstoles?
Según la tradición, recogida en los martirologios romanos, el de Beda y Adón, y a través de San Jerónimo y San Isidoro, nos dicen que San Simón y San Judas fueron martirizados en Persia[5], en la ciudad de Suamir, cuyos templos estaban repletos de ídolos. En ese lugar fueron hechos prisioneros los santos apóstoles. Simón fue conducido al templo del Sol y Judas al de la Luna, para que los adoraran, pero ante la presencia de los Santos Apóstoles los ídolos se derrumbaron estrepitosamente y de sus figuras desmoronadas salieron, dando gritos de odio, los demonios. Esto concuerda con lo que dice San Pablo: “Los ídolos de los gentiles son demonios” (cfr. 1 Cor 10, 19-21). Al ver esto, los sacerdotes paganos se volvieron contra los apóstoles y los martirizaron. Entonces, el cielo, que se encontraba en esos momentos, sereno y despejado, se cubrió repentinamente de oscuras y densas nubes, que desencadenaron una gran tempestad, la cual provocó la muerte de muchos de los presentes. El rey, que ya se había convertido al cristianismo por la predicación de los santos apóstoles, levantó un templo majestuoso, donde reposaron sus cuerpos hasta que fueron trasladados a la iglesia de San Pedro de Roma[6].
Al conmemorar a los santos apóstoles en su fiesta, podemos pedirles las siguientes gracias: a Simón, el zelote, que cambió la pasión de una causa terrena por el amor al Mesías verdadero, el Hombre-Dios Jesucristo, al punto de dar la vida y derramar su sangre por él, le pedimos que interceda por nosotros, para que tengamos siempre presente que esta vida terrena es finita y se termina pronto y que nos espera una eternidad de felicidad si somos fieles a la gracia y al Amor de Jesucristo; a San Judas, que movido por la caridad ardiente hacia el prójimo, le pidió a Jesús que también se manifestara a los demás (cfr. Jn 14, 22), y como prueba de su amor a Jesús, no se quedó en la pregunta, sino que ofreció a Jesús, para que a través suyo, Jesús se manifestara “al mundo” –porque la sangre derramada de los mártires es semilla de nuevos cristianos y por lo tanto es manifestación del Espíritu de Cristo a través del mártir-, le pedimos que interceda para que también Jesús se manifieste “al mundo” a través nuestro, y así le decimos a Jesús, por intermedio de San Judas: “Jesús, que seas carne en mi carne, sangre en mi sangre, alma en mi alma, para que todo aquel que me vea, Te vea, y todo aquel que me oiga, Te oiga. Amén”.




[1] http://www.corazones.org/santos/judas_tadeo.htm
[2] http://www.mercaba.org/SANTORAL/Vida/10/10-28_S_Simon_y_Judas.htm
[3] Cfr. ibidem.
[4] http://www.mercaba.org/SANTORAL/Vida/10/10-28_S_Simon_y_Judas.htm
[5] Cfr. ibidem.
[6] Cfr. ibidem.