San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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miércoles, 19 de agosto de 2015

San Expedito y su urgente respuesta a la gracia de la conversión


         San Expedito es el “santo de las causas urgentes”: así, en su día, se acercan miles de personas, a lo largo y ancho del país, para obtener algún favor del santo, como por ejemplo, curaciones, salud, trabajo, y muchas otras cosas más, que necesitan de una pronta solución. No está mal pedir esto al santo, pero hay una verdadera “causa urgente”, que por su naturaleza se antepone a cualquier otra causa, por urgente que sea. ¿Cuál es esta “causa urgente”, por la cual tenemos que pedir la intercesión de San Expedito en primer lugar? La verdadera “causa urgente” que se antepone a toda otra “causa urgente”, es la de la propia conversión y la conversión de nuestros seres queridos, porque si no nos convertimos a Dios de todo corazón, aun cuando obtengamos salud, trabajo, y la solución de cualquier otra situación, de nada nos servirá, según las palabras de Jesús: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo, si pierde su alma?” (Mt 16, 26). No hay causa más urgente que la conversión y San Expedito es ejemplo de esto, porque al presentársele la libre opción entre aceptar la gracia de la conversión para dejar su antigua vida de pagano, o continuar libremente con su vida de pagano, eligió, en el acto y sin dudarlo, la gracia de la conversión. Ésta es la verdadera y única “causa urgente” por la cual debemos pedirle al santo, porque así se cumplirán las palabras de Jesús en nuestras vidas: “Preocúpense primero por el Reino de los cielos y lo demás se les dará por añadidura” (Mt 6, 33), lo cual quiere decir que, si buscamos la conversión del corazón, es decir, si buscamos a Dios, que está en la cruz y en la Eucaristía, con todo el corazón, todo lo demás –todas las “causas urgentes” secundarias-, se nos dará por añadidura, incluso hasta sin pedirlas, porque Dios “sabe qué es lo que necesitamos”.
         A los santos los pone la Iglesia no sólo para que contemplemos sus virtudes, sino para que los imitemos y eso es lo que debemos hacer con San Expedito: imitarlo en su prontitud y celeridad para responder a la gracia de la conversión, sosteniendo la cruz de Jesucristo en lo alto y diciendo: “Hodie! ¡Hoy! ¡Hoy, ya, ahora, dejo mi vida de pagano, mi vida de hombre viejo, mi vida de falta de perdón, de rencores, de resentimientos, de apego a las cosas bajas del mundo, para abrazar la cruz de Jesucristo y unirme a su Sagrado Corazón, para comenzar a vivir la vida nueva de los hijos de Dios, la vida de la gracia! ¡Hoy dejo atrás, para siempre, por el poder de la cruz y de la Sangre de Jesucristo, toda malicia, todo mal deseo, todo mal pensamiento, toda mala palabra, toda mala obra, para ser bañado por la Sangre del Cordero y así vivir con la santidad de Jesucristo!”.

Ésta es la verdadera “causa urgente” que debemos pedir, para nosotros y para nuestros seres queridos; lo demás, se dará por añadidura.

martes, 11 de agosto de 2015

Santa Clara y la contemplación de Cristo en la Eucaristía, en el Pesebre y en la Cruz




         Santa Clara, en una carta[1] a Santa Inés de Praga, le recomienda que “atienda a la pobreza, humildad y caridad de Cristo”, para obtener la felicidad. Ahora bien, esta contemplación de Jesucristo debe ser realizada, según Santa Clara, en la Eucaristía, en el Pesebre de Belén y en la Cruz del Calvario.
En su carta, Santa Clara, despegándose de las cosas terrenas y elevando su alma a la contemplación de Jesús en la Eucaristía, afirma que la dicha está en Él, en la unión con su Sagrado Corazón, por medio del banquete escatológico, la Santa Misa, y la razón de esto es que Jesús Eucaristía, a quien adoran los ángeles en el cielo, sacia el alma con la bondad divina; Jesús en la Eucaristía es Aquél que resucitará a los muertos a la vida de Dios y hará felices a quien lo contemplen en la visión beatífica: “Dichoso, en verdad, aquel a quien le es dado alimentarse en el sagrado banquete y unirse en lo íntimo de su corazón a aquel cuya belleza admiran sin cesar las multitudes celestiales, cuyo afecto produce afecto, cuya contemplación da nueva fuerza, cuya benignidad sacia, cuya suavidad llena el alma, cuyo recuerdo ilumina suavemente, cuya fragancia retornará los muertos a la vida y cuya visión gloriosa hará felices a los ciudadanos de la Jerusalén celestial: él es el brillo de la gloria eterna”[2].
Luego Clara compara a Jesús, “reflejo de la luz eterna”, con un “espejo”, en el que el alma debe reflejarse cada hora de todos los días, porque al contemplar su Santa Faz, el alma queda adornada con las virtudes de Cristo, siendo convertida en una imagen de Cristo; es decir, Jesús es un espejo que, a la inversa de los espejos de la tierra, que reflejan la imagen propia, sin cambiar para nada el aspecto, Jesús por el contrario, es un espejo en el que el alma debe ver reflejada su rostro en el Rostro de Jesús, pero puesto que es un espejo vivo, que refleja en el alma la imagen de Jesús, y no solo la refleja, sino que la transforma en aquello que refleja, convirtiendo al alma en una prolongación de este espejo, es decir, en una prolongación del mismo Jesús, al infundirle al alma sus virtudes: “(Jesús es) un reflejo de la luz eterna, un espejo sin mancha, el espejo que debes mirar cada día, oh reina, esposa de Jesucristo, y observar en él reflejada tu faz, para que así te vistas y adornes por dentro y por fuera con toda la variedad de flores de las diversas virtudes, que son las que han de constituir tu vestido y tu adorno, como conviene a una hija y esposa castísima del Rey supremo”[3].
Ahora bien, en este divino espejo que es Cristo, brillan de un modo particular la pobreza de la cruz, la humildad del Cordero y la caridad de la Divina Misericordia: “En este espejo brilla la dichosa pobreza, la santa humildad y la inefable caridad, como puedes observar si, con la gracia de Dios, vas recorriendo sus diversas partes”[4].
Lo primero que destaca en este espejo que es Jesús, es la pobreza, que no es otra que la pobreza del Pesebre de Belén, porque siendo Dios, Jesús elige nacer en un pobre pesebre de Belén, en donde comenzó su dolorosa redención de la humanidad; la contemplar la pobreza voluntaria –y las penalidades que se siguen de esta pobreza-, el alma elige para sí misma esta pobreza del pesebre de Belén: “Atiende al principio de este espejo, quiero decir a la pobreza de aquel que fue puesto en un pesebre y envuelto en pañales. ¡Oh admirable humildad, oh pasmosa pobreza! El Rey de los ángeles, el Señor del cielo y de la tierra es reclinado en un pesebre”[5].
Junto a la pobreza, destaca en este espejo la humildad, que es la base de las virtudes de Dios Encarnado, y la humildad que Él pide que imitemos de su Sagrado Corazón –“Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón”[6]-; la pobreza y la humildad van juntas en el Hijo de Dios, y por eso mismo, deben ir juntas en el alma que lo contempla: “En el medio del espejo considera la humildad, al menos la dichosa pobreza, los innumerables trabajos y penalidades que sufrió por la redención del género humano”[7].
Por último, lo que el alma debe contemplar en este espejo que es Cristo, es la caridad, el Amor Divino, la Divina Misericordia, que se encarnan en Cristo Jesús y en Él se manifiestan visiblemente, sobre todo, en su sacrificio en cruz: “Al final de este mismo espejo contempla la inefable caridad por la que quiso sufrir en la cruz y morir en ella con la clase de muerte más infamante”[8].
Y quien contemple el dolor de Cristo en la cruz, será revestido de la divina caridad, del Divino Amor: “Este mismo espejo, clavado en la cruz, invitaba a los que pasaban a estas consideraciones, diciendo: ¡Oh vosotros, todos los que pasáis por el camino, mirad y ved si hay dolor semejante a mi dolor! Respondamos nosotros, a sus clamores y gemidos, con una sola voz y un solo espíritu: Mi alma lo recuerda y se derrite de tristeza dentro de mí. De este modo, tu caridad arderá con una fuerza siempre renovada, oh reina del Rey celestial”[9].
Quien contemple a Cristo en la Eucaristía, en el Pesebre de Belén y en la Cruz, se sentirá atraído por el “buen olor de Cristo”, y nada deseará, ni en esta vida ni en la otra, que no sea el Amor del Hombre-Dios, Cristo Jesús: “Contemplando además sus inefables delicias, sus riquezas y honores perpetuos, y suspirando por el intenso deseo de tu corazón, proclamarás: ‘Arrástrame tras de ti, y correremos atraídos por el aroma de tus perfumes, esposo celestial. Correré sin desfallecer, hasta que me introduzcas en la sala del festín, hasta que tu mano izquierda esté bajo mi cabeza y tu diestra me abrace felizmente y me beses con los besos deliciosos de tu boca’”[10].
Santa Clara, entonces, nos propone contemplar a Jesucristo -en la Eucaristía, en el Pesebre de Belén y en la Cruz-, como si fuera un espejo en el que debemos ver reflejadas nuestras almas, para quedar no solo revestidos de sus virtudes, sino para amarlo más que a cualquier otra cosa, en esta vida y en la eternidad.



[1] De la Carta de santa Clara, virgen, a la santa Inés de Praga, “scritos de santa Clara, edición Ignacio Omaechevarría. Madrid 1970, pp. 339-341.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.
[6] Cfr. Mt 11, 29.
[7] Cfr. ibidem.
[8] Cfr. ibidem.
[9] Cfr. ibidem.
[10] Cfr. ibidem.

viernes, 7 de agosto de 2015

Las elementos del Sagrado Corazón de Jesús y su significado


         ¿Cuáles son los elementos y del Sagrado Corazón y cuál es su significado?
         Los elementos son: el Corazón, las llamas, el Agua y la Sangre que brotaron de él, la corona de espinas que lo circunda, la cruz en la base, las espinas y la herida abierta de por la lanza y, finalmente, la relación entre los latidos y la corona de espinas.
El Corazón: El Corazón de Jesús no es un corazón más entre tantos: es un Corazón sagrado, por el hecho de ser el Corazón del Hombre-Dios. El Corazón de Jesús es sagrado porque todo Él está santificado por la unión hipostática, personal, del Corazón en la Persona del Hijo de Dios. Al estar unido en la Persona de Dios Hijo, el Corazón de Jesús –y toda su humanidad, Alma y Cuerpo- queda, por este contacto, pleno de la divinidad de la Persona del Verbo de Dios, y ésa es la razón por la cual el Corazón de Jesús es Sagrado, porque en Él inhabita la divinidad. El Corazón de Jesús es el corazón de Dios hecho hombre; es el Corazón de Dios, que se hace hombre para tener un corazón de hombre, pero como el que se hace hombre es Dios, sin dejar de ser Dios, entonces ese corazón se convierte en el Corazón de Dios-Hombre, que ama conjuntamente con amor humano perfectísimo y santificado por la divinidad, y con Amor Divino de la Persona del Verbo de Dios, unido al amor humano perfecto y santificado del Hombre Jesús. Jesús nos da este Sagrado Corazón suyo, pleno del Amor. Al ofrecernos su Sagrado Corazón, Jesús, el Hombre-Dios, nos ofrece la plenitud del Amor Divino y humano que en él inhabita, pero también significa que nos da su Vida, que es la vida misma de Dios Uno y Trino, porque el corazón en el hombre, además de representar la sede del amor, representa la vida misma del hombre, puesto que sin corazón no se puede vivir. Al darnos su Sagrado Corazón, Jesús nos ofrece entonces su Amor Divino y humano y su vida misma, la Vida eterna que brota de su Ser divino trinitario. Con su Sagrado Corazón, Jesús nos da todo lo que ES y todo lo que TIENE.
         Las Llamas: Como el Hijo de Dios espira el Espíritu Santo junto al Padre, tanto como Dios que como Hombre, el Corazón Sagrado de Jesús está inhabitado por el Espíritu Santo y ésa es la razón por la cual el Sagrado Corazón aparece envuelto en llamas: son las llamas del Divino Amor, el Espíritu Santo, que lo abrasan sin consumirlo, así como la zarza ardiente que vio Moisés, estaba envuelta en llamas pero no se consumía. Es el Amor de Dios el que abrasa en el Fuego de su Amor al Sagrado Corazón, y Él está deseoso de abrasar con estas llamas a todas las almas: Jesús quiere amar a todas las almas con el Fuego del Divino Amor; a todos quiere incendiar con estas llamas; a todos quiere ver convertidos en antorchas llameantes, que ardan con el Fuego del Amor Divino, un fuego que no solo no provoca dolor, sino que concede al alma que en este Divino Fuego se ve envuelta, la plenitud de su felicidad, de manera tal que el alma ya nada más quiere ni desea, que no sea al menos una chispa de este Fuego del Divino Amor. Al ofrecernos su Sagrado Corazón, inhabitado por el Espíritu Santo, Jesús nos ofrece, con la Carne de su Corazón empapada en el Divino Amor –así como una esponja está empapada por el agua del mar al ser arrojada en él-, la plenitud del Amor Divino de Dios Uno y Trino, para que el Amor de Dios sea de nuestra posesión personal, a todos y cada uno de los redimidos. Ésa es la razón por la cual quien consume la Carne glorificada del Cordero, Presente en el Pan Eucarístico, recibe de esta Carne, la Vida, el Amor y la Gloria de Dios en los que esta Carne del Cordero está empapada, y esto es lo que explica las palabras de Jesús: “El Pan que Yo daré es mi Carne, para la vida del mundo” (Jn 6, 51). La Carne gloriosa del Sagrado Corazón, empapada en el Fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo, está contenida en la Eucaristía, Pan Vivo bajado del cielo, que alimenta con el Amor de Dios a quien de este Pan, que es Carne glorificada del Cordero, asada en el Fuego del Espíritu Santo, lo comulga con fe y con amor. La Carne gloriosa del Sagrado Corazón de Jesús, envuelta en las llamas del Espíritu Santo, desean consumir y abrasar en el Fuego del Amor Divino a todos los corazones humanos, pero el corazón humano será abrasado en ese Amor sólo si está ávido de ese Amor, así como la madera seca o la hierba seca, al contacto con las llamas, se muestran ávidas del fuego. De la misma manera, nuestros corazones deben ser así, como una madera seca o como un hato de hierbas secas, para que se combustionen al instante, al contacto con la Brasa Ardiente de Amor que es el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús. De lo contrario, si nuestros corazones son como la roca fría, dura y húmeda, no podrá prender en ellos el Fuego de Amor, el Espíritu Santo.
El Agua y la Sangre que brotaron del Corazón traspasado: El Sagrado Corazón está envuelto en las llamas del Divino Amor, y esas llamas pujan por salir, para incendiar a todos los corazones humanos con el Fuego de este Amor Santo de Dios Trino, pero no puede hacerlo, hasta que no es traspasado por la lanza del soldado romano. Sólo cuando el soldado romano traspasa al Sagrado Corazón, puede el Espíritu Santo, el Fuego del Divino Amor, derramarse sobre las almas y los corazones de los hombres, por medio de la Sangre y el Agua que brotan del Corazón traspasado, como de una fuente inagotable. Quien se acerca al Sagrado Corazón, que está suspendido en la cruz, y se arrodilla ante Él con un corazón contrito y humillado, y pide humildemente, con fe y con amor, que “su Sangre caiga sobre él”, no en un sentido blasfemo e impío, sino para que esta Sangre le lave sus pecados, obtiene del Sagrado Corazón lo que pide, y así el alma se ve bañada por la Sangre y el Agua que brotan de este Corazón Sagrado, quedando no solo limpia de toda mancha de pecado, sino santificada con la santidad misma de Dios, y envuelta toda ella en el Fuego del Divino Amor, comenzando así a arder sin ser consumida, tal como la zarza ardiente de Moisés, figura de los Sagrados Corazones de Jesús y de María, pero también de toda alma en gracia, que vive del Amor de Dios y en el Amor de Dios está envuelta.
         Las espinas: el Sagrado Corazón está envuelto y ceñido por una corona de espinas, gruesas, duras, filosas: son la materialización de nuestros pecados. Las espinas que oprimen al Sagrado Corazón, representan tanto los pecados personales de cada uno, como los pecados de toda la humanidad de todos los tiempos. Si el Sagrado Corazón es la ofrenda de la Trinidad hacia los hombres, la corona de espinas que atenaza y desgarra al Sagrado Corazón, es la ofrenda que a ese mismo Dios Trino hacemos los hombres, a cambio de su Amor. Dios Trino nos da su Amor, contenido en el Sagrado Corazón, y con su Amor, nos da su perdón, su vida divina, su luz y su alegría, y nos lo da sin reservas, para que el Sagrado Corazón sea nuestro único deleite y anhelo, en esta vida y en la otra. Las espinas representan nuestros pecados y es por eso que, al tomar conciencia del dolor moral que le provocamos con nuestros pecados, debemos hacer el propósito de no pecar de más, de huir de las ocasiones próximas de pecado y de vivir en la Presencia de Dios, creciendo en santidad y gracia cada vez más, antes de seguir ofendiendo y lastimando al Sagrado Corazón. Debemos buscar de quitar las espinas propias nuestras y las de nuestros seres queridos, con la penitencia, el ayuno y la oración, para no herir más al Sagrado Corazón.
         La cruz en la base: nos enseña que el Sagrado Corazón está suspendido en la cruz y que por lo tanto, quien desee obtenerlo, debe necesariamente subir a la Cruz para tomar a este Sagrado Corazón, así como un agricultor, recolector de frutas maduras, se sube a un árbol para recoger y cortar una fruta madura y gozar de su dulzor exquisito: el Sagrado Corazón es el fruto más dulce y exquisito del Árbol de la Vida, el Árbol de la Cruz, y quien se sube a este Árbol que es la cruz, para compartir con Jesucristo sus tormentos, dolores y amarguras y hasta su misma propia muerte, podrá tomar de este Árbol más preciado, la cruz, su fruto más exquisito, el Sagrado Corazón, para saborearlo Él solo con fruición y deleite.
         La herida abierta por la lanza: Del Costado traspasado de Jesús fluyen Sangre y Agua y, con ellos, va vehiculizado el Espíritu Santo. La lanzada del soldado romano, cuando Jesús ya estaba muerto en la cruz, es la última crueldad de los hombres hacia el Hombre-Dios; es el último ultraje que los hombres hacen al Hombre-Dios, estando ya Él muerto. Sin embargo, por un misterio incomprensible, ese Corazón traspasado, late con el Amor de Dios, porque la divinidad de Jesús nunca se separó, ni de su Cuerpo Sacratísimo, ni de su Alma Santísima, y es así que, paradójica y misteriosamente, aun estando ya muerto Jesús en la cruz, su Sagrado Corazón, traspasado por la lanza, puesto que late en con el ritmo y la fuerza del Amor de Dios, continúa bombeando Sangre, pero esta vez, no ya hacia su Cuerpo, sino hacia afuera, hacia los hombres, para que la Sangre y el Agua brotados de Él, caigan sobre la humanidad entera y les conceda el perdón de sus pecados y el don de la filiación divina.
         Los latidos del Sagrado Corazón y la corona de espinas: El Sagrado Corazón, si bien está estático en las imágenes, se encuentra dinámico en su realidad, lo que provoca que, al estar circundado por la corona de espinas, esta forme un anillo de punzantes espinas que le provocan inenarrables dolores, tanto en el movimiento de llenado del Corazón –diástole-, como en el movimiento de expulsión de sangre –sístole-: en la fase de llenado, al dilatarse el corazón, sea en sus aurículas como en sus ventrículos, las espinas, duras, gruesas y filosas, se clavan sin misericordia en las paredes cardíacas, mientras que en la fase de expulsión de la sangre, en la sístole, las paredes del Corazón se contraen con fuerza para expulsar la sangre, provocando las espinas otro tipo de dolor lacerante, consecuencia del desgarro que el filo de estas ocasiona en las paredes cardíacas. Puesto que el Sagrado Corazón late con la fuerza y el ritmo del Espíritu Santo, cada latido suyo dice, de parte de Dios  al hombres: “Amor”, mientas que la corona de espinas, puesta por nosotros, representa el odio deicida con el que matamos al Hombre-Dios con nuestra rebelión, con lo que cada latido representa, para el Sagrado Corazón, de parte de los hombres, una muestra de la malicia de sus corazones, que dicen: “Odio”. Al odio deicida de los hombres, Dios responde con el Amor de su Sagrado Corazón, que se dona en su totalidad en la Eucaristía.

         Estos son, entonces, los elementos del Sagrado Corazón y su respectivo significado.

sábado, 11 de julio de 2015

San Benito Abad y la cruz


         Uno de los legados más preciados de San Benito Abad es su famosa “Cruz de San Benito”. Analicémosla, para conocer a fondo el significado y el valor de tan precioso legado.
         “Crux Sancta sit mihi lux”: “La Cruz Santa sea mi luz”. La cruz es luz, porque el que pende de la cruz, es Jesucristo, el Hombre-Dios, y Él luz, porque es “Dios de Dios, Luz de Luz”. Jesucristo es luz, pero no luz natural, como la del sol, ni artificial, como la luz eléctrica o la luz de las velas; Él es luz divina, eterna, sobrenatural, inaccesible; Él es luz viva, que concede la vida eterna a quien ilumina, porque su luz brota de su Ser trinitario divino y ésa es la razón por la cual, quien es iluminado por Jesucristo desde la cruz, no solo se ve libre de toda tiniebla –“quien vive en Mí no vivirá en tinieblas”, dice Jesús-, sino que se ve iluminado por Cristo, “Luz del mundo”, y al ser iluminado por Él, recibe de Él toda su vida, que es la Vida del Ser divino trinitario. En el cielo, los ángeles y santos, que habitan en la Jerusalén celestial, son iluminados por la “Lámpara de la Jerusalén celestial”, la luz que brota del seno del Cordero de Dios, Jesucrsto. Ésa es la razón por la cual el cristiano se aferra a la cruz de Cristo y proclama: “Crux Sancta sit mihi lux”: “La Cruz Santa sea mi luz”, para que sea la luz, que brota de la cruz de Jesús, la que ilumine sus días de existencia terrena, para que continúe iluminándolo y vivificándolo por toda la eternidad, en la otra vida, en el Reino de los cielos.
         “Non draco sit mihi dux”: “No sea el Dragón mi guía”. El Dragón es el Demonio; el cristiano tiene un solo Conductor, que lo conduce al cielo por el Camino Real de la Cruz, el Via Crucis, y ése es Jesucristo, el manso Cordero de Dios; el cristiano rechaza, con todas sus fuerzas, que el Dragón infernal sea su guía, su conductor, porque el Dragón conduce a las almas por un camino ancho, sin dificultades, que finaliza en una puerta ancha, una puerta que no es otra puerta que la puerta del Infierno, por lo que, al abrirse esta puerta, las almas se precipitan sin remedio hacia el Abismo de fuego, del cual no se sale. El camino, ancho y espacioso, por el cual el Demonio conduce a las almas, es un camino fácil de recorrer, porque consiste en dar rienda suelta a las pasiones, satisfaciéndolas a todas, sin dar cuentas a nadie, y mucho menos a Dios; el camino por el que guía el falso conductor, que es la Serpiente Antigua, Satanás, es fácil, de recorrer, porque consiste en cumplir el Primer Mandamiento de la ley satánica: “Haz lo que quieras”, y es así como las almas, desprevenidas, olvidándose de los Mandamientos de la Ley de Dios, cumplen su propia voluntad, que es ya voluntad de condenados, en anticipo, porque nadie puede salvarse fuera de la Voluntad de Dios, expresada en sus Mandamientos. El Dragón, como conductor falso, conduce a las almas por un camino ancho, espacioso, fácil de recorrer, espaciado, en el que todo son risotadas, carcajadas, despreocupación de deberes de estado y de observancia de los Mandamientos divinos, para cumplir la propia voluntad, pero al final de este ancho y espacioso camino, se encuentra una puerta, también ancha, la Puerta del Infierno, que al abrirse, lleva a la precipitación de todos los que transitaron por el camino de la Bestia, del Falso Profeta, del Anticristo y del Demonio. Es por esto que el cristiano, aferrándose a la Cruz Santa de nuestro Salvador Jesucristo, rechaza rotundamente que el conductor de su alma sea la Serpiente Antigua, Satanás, y proclama, desde lo más profundo de su corazón, que el Demonio jamás será su conductor, porque el cristiano sabe que el camino ancho y espacioso lleva a la puerta ancha, que conduce a la eterna perdición, y aferrado a la cruz de Jesús, el cristiano exclama: “Non draco sit mihi dux”.
         “Vade retro Satana”: “Retírate Satanás”. Iluminado por la luz del Espíritu Santo, que le da a conocer todas estas cosas, el cristiano, aferrada cada vez más fuertemente a la cruz de Nuestro Salvador, conjura al Demonio a que se retire de su vida y que se vuelva a los infiernos, para que no salga de ahí nunca jamás, para que deje de engañar a las almas de los hombres. El cristiano empuña la cruz del Salvador y así, hace frente a la Serpiente Antigua, la cual retrocede ante la fuerza divina que surge, potentísima, del crucifijo, haciéndolo retroceder. Jesús había dicho en el Evangelio: “Las fuerzas del Infierno no prevalecerán sobre mi Iglesia”, y así se cumplen, de esta manera, las palabras de Jesús. Pero todavía más, no solo no prevalecen sobre su Iglesia, sino que la fuerza de la cruz de Jesús es tan poderosa, porque es la fuerza del mismo Dios, que arrincona al Demonio en el Infierno, hasta su última madriguera, llenándolo de espanto y de pavor, pues hasta ahí, hasta el último rincón del Infierno, llega el poderosísimo influjo de la cruz de Jesucristo.
         “Nunquam suadeam mihi vana”: “No me aconsejes cosas vanas”. El cristiano que ama la cruz de Jesús, tiene el oído adiestrado para escucha la sibilina y serpentina voz del Demonio, que le aconseja cosas vanas: ira, gula, pereza, soberbia, mentira, lujuria, rebelión contra los Mandatos divinos, cumplimiento de la propia voluntad antes que la voluntad de Dios, desprecio de la cruz, soberbia en lugar de humildad, ira en vez de mansedumbre, corazón de lobo en vez de corazón de cordero, para que el cristiano no tenga un corazón a imitación del Cordero de Dios, Jesucristo. El cristiano, en vez de dejarse aconsejar por los venenosos consejos del Demonio, escucha la voz del Pastor de las ovejas, Jesucristo y, reconociéndola, obedece en el Amor todo lo que Jesús le dice: ama a tus enemigos, bendice a los que te persiguen, da de tu pan al hambriento, imita mi Corazón, manso y humilde, obra la misericordia para con los más necesitados, y así alcanzarás el Reino de los cielos.
         “Sunt mala quae libas”: “Es malo lo que sirves”. El Demonio sirve manjares terrenos y placeres carnales, y así se cumple lo que dice la Escritura: “El que siembra en el cuerpo, cosecha corrupción”. El Demonio, mona de Dios, sirve un banquete a sus seguidores, o a quienes quiere seducir, y ese banquete está compuesto por toda clase de manjares terrenos, pero que solo sirven para estimular la gula y para estimular las pasiones más bajas del hombre; el Demonio lo hace con el objetivo de hacer caer al hombre, por medio del pecado de la gula y por medio del pecado carnal, y así convertirlo en fácil presa suya para que, al momento de la muerte, pueda llevárselo consigo al Abismo del que no se retorna. Por el contrario, Jesucristo sirve un manjar celestial, un manjar no preparado en ningún lugar de la tierra, sino en el cielo; un manjar super-substancial, un manjar delicioso, un manjar de ángeles, preparado exclusivamente para las almas de más exquisito paladar: Carne de Cordero de Dios, asada en el Fuego del Espíritu Santo; Pan Vivo bajado del cielo, cocido en el horno ardiente de caridad, que es el seno de la Virgen Madre, la Iglesia Católica, la Eucaristía; y Vino de la Alianza Eterna, la Sangre del Cordero de Dios, que brota de su Corazón traspasado en la cruz; todo, aderezado con hierbas amargas, las hierbas amargas de la tribulación, que no pueden faltar nunca a quienes son verdaderos hijos de Dios; el banquete se come de rodillas y se reciben los manjares en la boca, y se agradecen al cielo en profundo recogimiento y agradecimiento a Dios Padre por tan exquisito manjar. Si lo que sirve el Demonio, mona de Dios, en los banquetes terrenos y lujuriosos del mundo es malo y, más que malo, pésimo, lo que sirve Dios Padre en su banquete escatológico, la Santa Misa, la Carne asada del Cordero de Dios, el Pan Vivo bajado del cielo y el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, es un manjar tan delicioso, que no bastan eternidades de eternidades, para degustar su exquisito y sublime sabor celestial, desconocido por completo en la tierra.
         “Ipsae venena bibas”: “Bebe tú tus mismos venenos”. Todos los venenos espirituales que el Demonio prepara para las almas, para hacerlas caer en el pecado mortal, en la desesperación y finalmente en el infierno, se vuelven contra él y los termina bebiendo él, porque los cristianos, aferrados a la cruz de Jesús, saben que beber de esos venenos, es condenarse no solo a una muerte física, sino, lo peor de todos, a una muerte eterna. Y Jesucristo ha venido, como dice el Misal Romano, a librarnos de la “eterna condenación”: “Líbranos de la condenación eterna”, pedimos en la Santa Misa, en la Plegaria Eucarística I del Misal Romano. Es por esto que, lejos de beber los pestilentes y asquerosos brebajes venenosos del Demonio, los cristianos, que amamos a Jesús, bebemos su Preciosísima Sangre, la Sangre que brota de sus heridas, de su Cabeza coronada de espinas, de sus manos y pies traspasadas por gruesos clavos de hierro y de su Costado perforado por la lanza del soldado romano, porque esta Sangre es recogida por los ángeles en cálices de oro y es vertida luego en los cálices de cada una de las Santas Misas –renovación incruenta del Santo Sacrificio del altar-, para que su preciosísimo contenido sea libado y derramado en los corazones que aman al Cordero de Dios.

         Por todas estas maravillas, los cristianos amamos la Santa Cruz de San Benito Abad.

martes, 28 de abril de 2015

San Luis María Grignon de Montfort y el camino a la santidad


En su “Carta a los Amigos de la Cruz”[1], San Luis María Grignon de Montfort nos hace contemplar la cruz no con ojos humanos, como lo hacemos habitualmente, sino con los ojos mismos de la Virgen. De esa manera, al ver la cruz con los ojos de la Virgen, que es como la ve Dios, no solo nos ayuda a no rechazar la cruz, sino que nos anima a imitar a Jesús en la cruz, con lo cual quedamos a un paso del cielo.
En su Carta, San Luis María dice así: “Un Amigo de la Cruz es un hombre escogido por Dios, entre diez mil personas que viven según los sentidos y la sola razón, para ser un hombre totalmente divino, que supere la razón y se oponga a los sentidos con una vida y una luz de pura fe y un amor vehemente a la cruz”. Para San Luis María, quien ama a Cristo crucificado, es alguien que ha sido elegido por Dios para dejar de vivir según el mundo y sus vanidades, y ya no vive según las pasiones –“el amor de la cruz supera los sentidos”-, sino según la gracia, porque es un hombre nuevo, un hombre “totalmente divino”, que vive por la fe y el amor de Jesús en la cruz.  
Para San Luis María, quien ama a Jesús crucificado, vence a los tres grandes enemigos del alma, el demonio, el mundo y la carne, y por lo tanto, es un héroe, porque participa del triunfo de Cristo Rey Victorioso, pero también es un santo, porque es la santidad de Cristo la que vence a esos tres enemigos mortales de la humanidad. Dice así San Luis María: “Un Amigo de la Cruz es un rey todopoderoso, un héroe que triunfa del demonio, del mundo y de la carne en sus tres concupiscencias”.
Quien ama a Jesús crucificado, ama las humillaciones, porque ve a su Rey máximamente humillado en la cruz, y ya esto es comenzar a vencer la propia soberbia y es comenzar a pisotear el propio orgullo, que hacen al alma parecerse a Satanás. Al amar las humillaciones, el alma comienza a parecerse a Jesucristo, y a diferenciarse del Ángel caído, cuyo sello distintivo es el orgullo: “Al amar las humillaciones, arrolla el orgullo de Satanás”.
Quien ama a Jesús en la cruz, ama la pobreza de la cruz y desprecia los bienes materiales, porque se da cuenta que los únicos bienes materiales que hay que atesorar, son los que tiene Jesús en la cruz: la corona de espinas, los clavos de hierro, el letrero que dice: “Rey de los judíos”, el paño con el que está cubierto Jesús, y la cruz misma de madera. Quien ama la cruz, ama la pobreza de la cruz y desprecia los bienes materiales que ofrece el mundo, bienes que encienden el corazón en la avaricia, apartándolo de Dios: “Al amar la pobreza, triunfa de la avaricia del mundo”.
Quien ama a Jesús, no solo desprecia la sensualidad, sino que ama el dolor, porque Jesús en la cruz santifica el dolor y lo convierte en camino al cielo: “Al amar el dolor, mortifica, la sensualidad de la carne”.
Quien ama a Jesús, se aparta del mundo porque se acerca a la cruz y está al lado de la cruz y no quiere estar en otro lado que no sea la cruz, porque en la cruz está Jesús agonizando: “Un Amigo de la Cruz es un hombre santo y apartado de todo lo visible”.
Quien ama a Jesús en la cruz, ve purificado su corazón de los amores mundanos, al tiempo que lo ve colmado del Amor Santo de Dios, y esto lo hace ya vivir en el cielo, de modo anticipado, aun cuando siga viviendo en la tierra: “Su corazón se eleva por encima de todo lo caduco y perecedero”.
Quien ama a Jesús crucificado, ya no habla de cosas mundanas, sino del cielo que le espera y de la feliz eternidad a la que está destinado, y no habla con nadie del mundo, porque sus interlocutores son Jesús, que está en la cruz, y la Virgen, que está al pie de la cruz, y así su conversación ya no solo no es mundana, porque nada de esta tierra le atrae ni le apetece, sino que es toda del cielo que le espera: “Su conversación está en los cielos. Pasa por esta tierra como extranjero y peregrino, sin apegarse a ella; la mira de reojo, con indiferencia, y la huella con desprecio”.
Quien ama a Jesús en la cruz, es porque ha sido conquistado por el Amor de Dios derramado con la Sangre de Jesús, desde su Corazón traspasado, y porque ha sido bañado con la Sangre de Jesús, que ha caído sobre él, muere al mundo para vivir para Dios, oculto en el Corazón traspasado de Jesús: “Un Amigo de la Cruz es una conquista señalada de Jesucristo, crucificado en el Calvario en unión con su santísima Madre. Es un «Benoni» o Benjamín, nacido de su costado traspasado y teñido con su sangre. A causa de su origen sangriento, no respira sino cruz, sangre y muerte al mundo, a la carne y al pecado, a fin de vivir en la tierra oculto en Dios con Jesucristo”.
Por último, quien ama a Jesús en la cruz, dice San Luis María, se vuelve un “cristóforo”, un “portador de Cristo”, y más que eso, se vuelve “otro cristo”, porque el Amor de Cristo es el que lo convierte en una imagen viviente del mismo Jesús, de manera tal que Dios Padre, al ver al alma arrodillada a los pies de Jesús, ya no ve a esa alma, sino a su mismo Hijo, y así el Padre ama al alma con el mismo Amor con el que ama a Jesús, el Espíritu Santo: “Por fin, un Amigo de la Cruz es un verdadero porta-Cristo, o mejor, es otro Cristo, que puede decir con toda verdad: Ya no vivo yo, vive en mí Cristo (Gal 2,20)”.
El otro paso al cielo lo completamos cuando, para imitar a Jesús crucificado, debemos hacerlo consagrándonos a la Virgen, para lo cual nos propone su conocido método de consagración a María.
Podemos decir entonces que San Luis María Grignon de Montfort nos proporciona el camino a la santidad –y por lo tanto, al cielo-, con una sencillez y una sabiduría que asombra y que por la profundidad y sobrenaturalidad de sus enseñanzas, proviene del cielo mismo. En pocas palabras, si alguien se decidiera ir al cielo,  y quisiera saber qué es lo que hay que hacer, sólo tendría que seguir estos dos admirables consejos de San Luis María: la contemplación y el amor de Cristo crucificado y la consagración de sí mismo al Inmaculado Corazón de María, como esclavo de amor, para lograr reproducir la imagen de Jesús crucificado en cada uno. Con estos dos sencillos pasos, nos dice San Luis María, estamos más que seguros que alcanzaremos el cielo.




[1] http://es.catholic.net/op/articulos/25141/enviado25141.html

miércoles, 22 de abril de 2015

San Jorge, mártir


Según la tradición, San Jorge, que era capitán del ejército[1], al llegar a una ciudad de Oriente, se encontró con un dragón de un pantano –otros dicen que era un caimán de enorme tamaño-, que devoraba a mucha gente y nadie se atrevía a acercársele. San Jorge lo enfrentó valientemente y acabó con tan feroz animal, luego de lo cual reunió a todos los vecinos del pueblo, que estaban llenos de admiración y de emoción, y les habló tan fervorosamente de Jesucristo, que muchos de ellos se convirtieron y se hicieron cristianos.
Fue en esa época que el emperador Diocleciano ordenó que todos los súbditos, en su imperio, debían adorar a los ídolos o dioses falsos, prohibiendo al mismo tiempo la adoración al verdadero y único Dios Jesucristo. Lejos de acatar tan sacrílega e impía orden, San Jorge declaró que él nunca dejaría de adorar a Cristo y que jamás adoraría ídolos. Entonces Diocleciano decretó la pena de muerte contra el santo. Según las actas del martirio, cuando San Jorge era conducido hacia el lugar de su ejecución, fue llevado al templo de los ídolos, para tentarlo y ver si los adoraba, pero al entrar San Jorge en el templo, en su presencia varias de esas estatuas cayeron derribadas por el suelo y se despedazaron. En su muerte martirial, imitó a Nuestro Señor Jesucristo en muchos aspectos, como todo mártir, pero sobre todo en dos momentos: como Jesús, fue azotado y mientras lo azotaban, meditaba en la flagelación de Nuestro Señor, uniéndose a Jesús sin pronunciar un solo quejido; y también como Jesús, antes de morir, encomendó su alma a Dios, pues se le oyó decir: “Señor, en tus manos encomiendo mi alma”. Su última alegría en la tierra, preludio de la alegría eterna de la cual ya goza eternamente en el Reino de los cielos, fue saber que iba a ser decapitado por su fe en Jesucristo, pues de esa manera conquistaría inmediatamente un puesto de honor junto al Rey de los mártires, Jesús. Su entereza y valentía al momento de morir y su testimonio de fe en Jesús, llevaron a muchos a la conversión, porque al verlo con tanta fortaleza interior, decían: “Es valiente. En verdad que vale la pena ser seguidor de Cristo”.
La vida y la muerte martirial de San Jorge, es un ejemplo para todos nosotros: así como San Jorge luchó y venció al dragón en nombre de Cristo, así también nosotros, armados con la armadura de la fe y levantando en alto el estandarte ensangrentado de la cruz de Jesús, así nosotros venceremos al dragón infernal, que pretende arrebatarnos la vida de la gracia con sus tentaciones. El ejemplo de un gran santo y mártir como San Jorge, que movido por el amor del Espíritu Santo, prefirió morir antes que postrarse ante los ídolos, es sumamente necesario en nuestros días, en los que abundan los ídolos neo-paganos: la vida de santos como San Jorge nos recuerda que el único Dios verdadero ante el cual debemos doblar las rodillas en adoración, es Nuestro Señor Jesucristo, el Cordero de Dios, Presente en la Cruz y en la Eucaristía.




[1]https://www.ewtn.com/spanish/saints/Jorge_4_23.htm;cfr.https://www.aciprensa.com/santos/santo.php?id=124

martes, 20 de enero de 2015

San Expedito y la celeridad en la respuesta a la gracia



         San Expedito es conocido por ser el “patrono de las causas urgentes”. Pero, ¿dónde se origina esta condición suya de ser patrono de las causas urgentes? Se origina en su misma conversión. Según narra la Tradición, San Expedito era un soldado romano pagano; un día, recibió la gracia de la conversión; es decir, Dios tocó su alma con su Amor, concediéndole el conocimiento y el amor sobrenatural por Jesús, el Hombre-Dios. Junto con esta gracia, San Expedito recibió el conocimiento infuso de que debía abandonar inmediatamente y para siempre, su antigua vida de pagano, para poder abrazar la vida nueva de la gracia, la vida de los hijos de Dios. La conversión, que implica, por definición, vivir no ya con la vida natural –la cual, por otra parte, está sometida a la concupiscencia, como consecuencia de la herida del pecado original-, sino con la vida misma de Dios Uno y Trino, participada por la gracia y comunicada ésta por Jesucristo; la conversión implica, por lo tanto, el libre deseo de apartarse de toda mínima ocasión de pecado y de preferir la muerte física, terrena, corporal, antes que volver a la vida antigua, es decir, antes que cometer un pecado, sea mortal o venial deliberado. Por otra parte, esto es lo que se dice en la fórmula de la Penitencia, no como una simple fórmula, sino como la expresión sincera, nacida del arrepentimiento profundo y de la contrición del corazón, que se duele de haber ofendido la bondad infinita de Dios, con la malicia del pecado: “…pero mucho más me pesa, porque pecando ofendí, a un Dios tan grande y tan bueno como Vos; antes querría haber muerto que haberos ofendido, y propongo firmemente no pecar más y evitar toda ocasión próxima de pecado”. La tentación de volver a la antigua vida de pecado, o de permanecer en esta, sin dar lugar a la conversión, se presenta en la vida de San Expedito por medio del mismo Demonio en persona, quien se le aparece bajo la forma de un negro cuervo, que mientras revolotea a su alrededor, le dice: “Mañana, mañana”, es decir: “Deja para mañana tu conversión, postérgala, continúa hoy, con tu vida de pagano; tienes tiempo, todo el tiempo del mundo, ¿para qué preocuparte por responder a la gracia? Ya lo harás mañana, continúa hoy deleitándote con mis placeres, ya tendrás tiempo, otro día, de convertirte”. Sin embargo, ante la tentación de la no-conversión, de la no-respuesta a la gracia, San Expedito, levantando la cruz en alto, responde con toda celeridad: “Hodie”, es decir: “Hoy”, lo cual quiere decir: “Hoy, aquí y ahora, respondo a la gracia, dando libremente mi “Sí” a Jesucristo, mi Salvador y Redentor, que por la gracia me llama a una vida nueva, la vida de los hijos de Dios; hoy, y no mañana, respondo a la gracia de la conversión y por lo tanto, entablo una lucha a muerte contra el hombre viejo, contra sus concupiscencias, contra sus vicios y sus pecados; hoy y no mañana, enarbolo el estandarte ensangrentado de la Santa Cruz, el estandarte triunfante y glorioso del Cordero de Dios, que por mí y por mi salvación, dio su vida en la cruz, y me propongo a dejar la vida en el empeño de no caer nunca más en el pecado; hoy y no mañana, comienzo a vivir la Ley de la caridad de Jesucristo, y no la ley del demonio, que es “haz lo que quieras”; hoy y no mañana, comienzo a alimentarme del Pan de los ángeles, y dejo para siempre el alimento del demonio, las tentaciones consentidos; hoy y no mañana, comienzo a vivir los Mandamientos de Dios y no más los mandamientos del demonio”. Y dicho esto, San Expedito, llevado por la fuerza sobrenatural que emana de la cruz de Jesucristo, le aplastó la cabeza al cuervo, que incautamente había dejado de sobrevolar y se le había acercado peligrosamente a sus pies. Éste es el origen del patronato de San Expedito sobre las causas urgentes y por esto mismo, la primera causa urgente por la cual le debemos pedir que interceda, es por nuestra propia conversión, la conversión de nuestros seres queridos, y la de todo el mundo, sobre todo, los pecadores más empedernidos.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

San Expedito y la fuerza de la cruz


         San Expedito fue un soldado romano que se convirtió del paganismo al cristianismo y en su proceso de conversión, experimentó un amor tan ardiente por Jesucristo y su gracia, que no dudó ni un instante entre el permanecer en su antiguo estado de vida pagana y el adherirse a la nueva vida cristiana, y por ese motivo es que la Iglesia lo propone como modelo de vida y de imitación para sus hijos.
         Antes de su conversión, San Expedito era pagano, lo cual quiere decir que no conocía a Jesucristo y por lo tanto, no solo no era hijo adoptivo de Dios, sino que se encontraba bajo los efectos del pecado original, es decir, se encontraba bajo el dominio de las pasiones –la concupiscencia de la carne- y además, se encontraba bajo el poder y el dominio del Príncipe de las tinieblas, el Ángel caído. Recordemos que Jesús, en el Evangelio, dice: “Vi caer a Satanás como un rayo” (Lc 10, 18): Jesús ve caer a Satanás desde el cielo hacia la tierra cuando San Miguel Arcángel, a la cabeza del Ejército celestial y luchando a las órdenes de Dios, expulsa al Ángel caído y a los ángeles apóstatas del cielo, los cuales son precipitados a la tierra, en donde, desde entonces, “rondan como leones rugientes buscando a quien devorar”, como dice la Escritura (cfr. 1 Pe 5, 8), y andan “dispersos por el mundo” buscando “la perdición (eterna) de las almas”, como reza la oración exorcista del Papa León XIII (la misma que el Papa Francisco ha pedido que se vuelva a rezar).
         Precisamente, es el demonio quien, bajo la forma de cuervo, es quien se le aparece a San Expedito, en el momento en el que el santo recibe la gracia de la conversión, para impedirle la conversión. Es decir, el demonio, viendo que el santo recibe la gracia por medio de la cual iba a dejar de estar bajo sus garras y bajo su dominio, para pasar a pertenecer a Jesucristo, se disfraza de cuervo negro y comienza a volar en torno al santo, gritando: “Cras, cras!”, que significa: “¡Mañana, mañana!”, es decir: “¡Deja la conversión para mañana; continúa con tu vida de pagano; continúa con los placeres que yo te ofrezco; sigue con la concupiscencia de la carne; sigue postrándote ante mí y ante los placeres del mundo; no renuncies ni al dinero ni a las pasiones; continúa bajo el dominio de tus pasiones; continúa hablando mal de tu prójimo; continúa yendo al circo, para divertirte con tus amigos, sin preocuparte por la religión ni por tus deberes de estado; continúa con el alcohol y con toda clase de excesos; no te preocupes por convertirte; deja que tus pasiones te dominen; no perdones ni ames a tus enemigos; déjate llevar por la venganza y por la maldad, yo me ocuparé de tranquilizar tu conciencia; conviértete mañana, que ya tendrás tiempo de sobra para convertirte”. Así le decía el Demonio, mientras, dejando de revolotear a su alrededor, se le acercaba delante de San Expedito, a poca distancia de sus pies.
         San Expedito, iluminado por la luz de la gracia, y sosteniendo en alto la cruz de Cristo, dijo con voz fuerte y clara: "¡Hodie!", que significa: “¡Hoy!". Luego agregó: ¡Hoy me convertiré en cristiano! ¡Hoy me convertiré en hijo de Dios! ¡Hoy dejaré atrás mi vida de pagano! ¡Hoy dejaré atrás el pecado! ¡Hoy viviré en gracia hasta el día de mi muerte! ¡Hoy perdonaré y amaré a mis enemigos! ¡Hoy me abrazaré a la cruz para seguir al Cordero de Dios hasta el Calvario, para morir al hombre viejo y resucitar a la vida de la gracia!”. Y diciendo esto, como el Demonio, sin darse cuenta, había dejado de revolotear a su alrededor y se había colocado cerca de sus pies, quedando a corta distancia, San Expedito, animado con una fuerza y una velocidad sobrenaturales, con su pie derecho le aplastó la cabeza al cuervo, quien así quedó vencido con la fuerza de la cruz de Jesucristo.

         Éste es el ejemplo que nos brinda San Expedito y es la explicación de porqué la Iglesia nos lo presenta para que meditemos y reflexionemos en su vida e imitemos sus virtudes, principalmente en su velocidad para convertirse y en su amor por la gracia y por Jesucristo. San Expedito es el “santo de las causas urgentes”, y la primera “causa urgente” es la conversión, la propia y la de los seres queridos, y eso es lo que debemos pedirle al santo en el día en el que lo conmemoramos.

lunes, 13 de octubre de 2014

Santa Teresa de Jesús y el Verdadero y Único Árbol de la Vida, la Santa Cruz de Nuestro Señor Jesús


En nuestros días de este siglo XXI -dominados por la oscuridad y las tinieblas espirituales más densas que jamás la humanidad haya conocido- se infiltran, entre los mismos católicos, símbolos, imágenes, conceptos, ideas, provenientes de la oscuridad y del gnosticismo, que se oponen frontalmente a la Sabiduría y al Divino Amor de Nuestro Señor Jesucristo.
Uno de esos símbolos paganos es el denominado “Árbol de la vida”[1], símbolo gnóstico y cabalístico, usado como amuleto por los jóvenes y adolescentes católicos.
         Sin embargo, el Verdadero y Único “Àrbol de la vida”, es el Árbol de la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, al cual Santa Teresa de Ávila le dedica su poema: “La Cruz”[2]. Dice así el poema de Santa Teresa:
         “En la cruz esta la vida
Y el consuelo,
Y ella sola es el camino
Para el cielo”.
Para Santa Teresa, la Cruz es el Verdadero y Único Árbol de la Vida, y es la Cruz de Jesús en donde está la Vida –y no el “Árbol de la vida” cabalístico-, porque en la Cruz está suspendido Aquel que es la Vida Increada en sí misma y Fuente de toda vida creada, y como Él es la Vida Increada, es la Vida Eterna en Persona, por eso, aunque muere con su vida terrena, Jesús destruye a la muerte del hombre con su Vida Divina, que es Él mismo, para donar, a  todo aquel que se le acerque a la Cruz con un corazón contrito y humillado, su Vida Divina, la Vida que emanando de su Ser Trinitario divino, fluye con su Sangre, que es la Sangre del Cordero, la Sangre del Hombre-Dios Jesucristo, que porta la Vida Eterna consigo y ésa es la razón por la cual la Cruz, y sólo la Cruz, es el Verdadero y Único “Árbol de la Vida”. 
“En la cruz está el Señor
De cielo y tierra.
Y el gozar de mucha paz,
Aunque haya guerra,
Todos los males destierra
En este suelo,
Y ella sola es el camino
Para el cielo”.
La Cruz de Jesús es el Verdadero y Único Árbol de la Vida, porque en ella está, dice Santa Teresa, "el Señor de cielo y tierra", y Él es "Señor de cielo y tierra", porque ante su Nombre, toda rodilla se dobla, en el cielo -en donde resplandece eternamente la cruz victoriosa, brillante, que irradia la gloria divina-; en la tierra -en el altar eucarístico, en donde se renueva de modo incruento y sacramental el mismo y Único Santo Sacrificio de la Cruz, sobre cuyas especies eucarísticas este Santo Sacrificio imprime su fuerza y su virtud, haciendo presente al Santo Sacrificio de la Cruz en la Santa Misa-; y en los abismos, en donde la fuerza omnipotente de la Cruz se manifiesta con toda su fuerza divina, haciendo sentir el rigor y el furor de la Ira y de la Justicia Divina contra el Ángel Rebelde y sus secuaces, aplastándolos contra la última madriguera del Infierno. Y porque por la Cruz, que es el Único Árbol de la Vida, vino la paz a los hombres, porque en ella fueron derrotados los tres enemigos mortales de la humanidad, el Demonio, la Muerte y el Pecado, y porque el que está en la Cruz es la Paz Increada, porque es Dios Hijo en Persona, dice Santa Teresa que en es la Cruz la que "da mucha paz", aunque haya guerra, es decir, aunque nos hagan guerra nuestros enemigos, porque quien se une a la Cruz Victoriosa del Salvador, de Él obtiene todo triunfo y toda gloriosa paz, la paz que sólo Él, como Dios Encarnado, puede dar.
         "De la cruz dice la Esposa
         A su Querido
         Que es una palma preciosa
         Donde ha subido,
         Y su fruto le ha sabido
         A Dios del cielo,
         Y ella sola es el camino
         Para el cielo".
         Para Santa Teresa, la Cruz es el Único y Verdadero Árbol de la Vida, porque en ella el alma-esposa encuentra a su Dios Esposo, que por ella cuelga del madero y por salvarla de la muerte eterna, le da su Vida, que fluye incontenible y eterna, contenida hasta en la última gota de su Preciosísima Sangre. La Cruz es el Árbol de la Vida, cuyo fruto exquisito y dulcísimo es el mismo Dios, y por eso no hay fruto que pueda comparársele, para el alma que a este Árbol Santo se sube, para probar de él los dulzores incomparables de su fruto admirable. Quien se sube a este Árbol de la Vida, porque quiere probar el fruto de tan admirable Árbol, prueba el sabor exquisito del Fruto de este Árbol Único, el Único Árbol de la Vida, y ese fruto exquisito, es “Dios mismo”, como dice Santa Teresa, al hablar del alma que sube a este Árbol: “Y su fruto le ha sabido a Dios del cielo”.  
         "Es una oliva preciosa
         La santa cruz,
         Que con su aceite nos unta
         Y nos da luz.
         Toma, alma mía, la cruz
         Con gran consuelo,
         Y ella sola es el camino
         Para el cielo".
      La Cruz es el Único Árbol de la Vida, y el Árbol es un Olivo Santo, que al ser exprimido en la Pasión, da el aceite sagrado, la “santa luz”, la luz que brotando del Ser trinitario del Dios Encarnado que en la Cruz cuelga, filtra sus rayos a través de su Costado, abierto por la lanza, para iluminar y dar Vida eterna a quien se acerca a la Cruz; por eso la Cruz, dice Santa Teresa, es “una oliva preciosa”, cuyo “aceite nos unta y nos da luz”, y el que es ungido por el Aceite de este Árbol de la Cruz, esta Oliva preciosa, recibe en su alma la luz del Espíritu Santo, el Espíritu que lo conduce al Hijo y, por el Hijo, al seno del Padre Eterno.         
         La Cruz es el Único y Verdadero Árbol de la Vida, es un Árbol Santo que da reposo y sombra, al alma que a Dios Hijo ama y a la sombra de sus alas se refugia. El Árbol Santo de la Cruz, dice Santa Teresa, protege al alma con su sombra, y la protege del sol ardiente de las pasiones y del calor aplastante del Dragón infernal, que con su ardiente odio deicida y homicida, quiere agostar al alma y hacerla morir de sed, en el desierto calcinante del mundo sin Dios, pero la Cruz, como dice Santa Teresa, “es el Árbol verde (...) que da sombra al alma Esposa que bajo su sombra se ha sentado, para gozar de su Amado”. Quien se refugia a la sombra del Árbol de la Cruz, no solo es protegido del ardor calcinante de las pasiones sin control y del acoso de la Serpiente infernal, sino que goza de la Paz y del Amor Divinos que de Dios Hijo encarnado y crucificado, brotan sin descanso, y así lo dice Santa Teresa: "Es la cruz el árbol verde
                  Y deseado
                  De la Esposa que a su sombra
                  Se ha sentado
                   Para gozar de su Amado,
                  El Rey del cielo,
                   Y ella sola es el camino
                   Para el cielo".
         La Cruz es el Verdadero y Único Árbol de la Vida, dice Santa Teresa, porque el alma que muere al mundo y a sus pompas, y se encuentra a los pies de Dios rendida, postrada y humillada, con un corazón contrito, para esa tal alma, que está muerta al mundo, recibe sin embargo, de su Dios, que está crucificado en el Árbol de la Vida y es Él la Vida Increada misma, en Persona, toda la vida eterna y gloriosa del Ser trinitario y divino que brota del Corazón traspasado de Dios Hijo crucificado, y que para dar su vida, por Amor, está en el Árbol de la Vida, la Santa Cruz, crucificado. Dice así Santa Teresa:
         "El alma que a Dios está
         Toda rendida,
         Y muy de veras del mundo
         Desasida
         La cruz le es árbol de vida
         Y de consuelo,
         Y un camino deleitoso
         Para el cielo".
         La Cruz es el Único y Verdadero Árbol de la Vida, dice Santa Teresa, porque en ella padeció el Salvador, y por eso en ella está "la gloria y el honor", y por eso mismo, quien en ella padece, no encuentra tortura y muerte, sino "vida y consuelo", porque el Dios Omnipotente, con su poder transforma, en la Cruz, al odio y la muerte del hombre caído en pecado y unido al Ángel rebelde, en Amor y Vida, y por eso la Cruz es el Verdadero y Único Árbol de la Vida. 
         Después que se puso en cruz
         El Salvador,
         En la cruz esta la gloria
         Y el honor,
         Y en el padecer dolor
         Vida y consuelo,
         Y el camino más seguro
         Para el cielo.
        Y la Cruz es “el camino más seguro para el cielo” y sólo la Cruz es el camino para el cielo, porque en Ella está suspendido Aquél que dijo de sí mismo: “Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida”, y nadie va al Padre sino es por Mí” (Jn 14, 6).



[1]  Del mismo, dice así Wikipedia: “El árbol de la vida es uno de los símbolos cabalísticos más importantes del judaísmo. Está compuesto por 10 esferas (sefirot) y 22 senderos, cada uno de los cuales representa un estado (sefirá) que acerca a la comprensión de Dios y a la manera en que él creó el mundo. La Cábala desarrolló este concepto como un modelo realista que representa un «mapa» de la Creación. Se le considera la cosmología de la Cábala. Algunos creen que este «Árbol de la Vida» de la Cábala corresponde al Árbol de la Vida mencionado en la Biblia (Génesis 2, 9). Este concepto gnóstico fue adoptado más tarde por algunos cristianos, hermetistas, y aun paganos (…) El Árbol de la Vida se representa en el conocido Árbol Sefirótico. El mismo se compone de diez emanaciones espirituales por parte de Dios, a través de las cuales dio origen a todo lo existente. Estas diez emanaciones, para formar el Árbol de la Vida, se intercomunican con las 22 letras del alfabeto hebreo (…) En el gnosticismo, el sefirot del Árbol de la Vida posee muchas semejanzas con el concepto gnóstico cristiano del Pléroma, emanaciones que autoprovienen del inefable Padre Divino y que ofrecen el mejor medio posible de describir a Dios. Cada emanación en el Pléroma es nacida de una emanación anterior a ésta, más compleja. De estas dos alegorías, la más notable es el final del sefirá en el árbol, Malkuth, y la última emanación en el Pléroma, Sofía, cuya caída de la gracia causó el mundo físico”; cfr. http://es.wikipedia.org/wiki/%C3%81rbol_de_la_vida_(C%C3%A1bala)
[2] http://www.corazones.org/santos/teresa_avila.htm