San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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sábado, 20 de septiembre de 2014

San Andrés Kim Taegon y compañeros mártires


         Las palabras de los mártires, pronunciadas en los instantes previos antes de morir, tienen un enorme valor, porque son palabras inspiradas por el Espíritu Santo, y deben tenerse como tales, y como inspiradas por el Espíritu Santo, como venidas del mismo Espíritu de Dios, deben ser escuchadas, meditadas en el corazón, guardadas, custodiadas como un tesoro de valor inapreciable, inestimable, incalculable, con más celo que un avaro custodia sus monedas de oro. Un mártir, antes de morir, está asistido por el Espíritu Santo, y esto se puede comprobar por muchos indicios, uno de los cuales, es la extraordinaria y sobrenatural fortaleza, que los lleva a soportar la extrema ferocidad con la que los verdugos se ensañan contra ellos; una ferocidad que no se explica por meros apasionamientos humanos, sino por la incitación demoníaca, que busca hacer apostatar al mártir, es decir, lo que busca el verdugo con sus torturas es que el mártir reniegue de la fe en Jesucristo, porque ése es el objetivo del Demonio, pero como el mártir está asistido por el Espíritu Santo, es el Espíritu Santo el que le concede ya, como anticipo, una fortaleza sobrehumana, como un anticipo de la glorificación del cuerpo que el mártir recibirá como premio en los cielos, y es así que provocan admiración, a los mismos verdugos y ejecutores de las torturas y penas de muertes, la entereza y la serenidad de ánimo, e incluso hasta la alegría, con la cual los mártires soportaban las crudelísimas torturas a las que los sometían, hasta provocarles la muerte. Por ejemplo, entre los que acompañaban a San Andrés Kim Taegon, está un niño de 13 años, Pedro Ryou, a quien le destrozaron la piel de tal manera que podía tomar pedazos de ella y tirarla a los jueces[1]; a Columba Kim, soltera de 26 años, la quemaron con herramientas calientes y carbones y finalmente la decapitaron; y como estos, miles de ejemplos más, que muestran claramente que es imposible que los mártires soporten con sus solas fuerzas naturales la brutal agresión de los verdugos y que su fortaleza física no tiene otra explicación que un origen celestial.
Pero más que la fortaleza física, lo que asombra son el amor y la sabiduría sobrenatural que demuestran los mártires, signos ambos, más que elocuentes, también de la inhabitación en sus almas, del Espíritu Santo. Con respecto a San Andrés Kim Taegon, sus últimas palabras, dichas con serenidad y valentía, antes de ser decapitado, fueron: “¡Ahora comienza la eternidad!”. Estas palabras nos sirven para nosotros, hombres del siglo XXI, porque nuestro siglo, caracterizado por el materialismo, el relativismo, el ateísmo y el hedonismo, nos ha llevado a olvidar, precisamente, que existe una eternidad que nos espera; nos ha llevado a pensar que esta vida es para siempre, con su materialismo, con su dinero, con sus placeres mundanos, y como esta vida está llena de miserias, de rapiña, de codicia y de toda clase de cosas bajas y mundanas, nuestro corazón, al olvidarse que le espera un destino de eternidad –que puede ser en el amor o en el dolor-, se olvida de la eternidad y se aferra a la tierra, a la materia, al tiempo, a las cosas, al dinero, a lo que es caduco, a lo que se pudre y se descompone, a lo que no da ni puede dar, nunca jamás -porque no la tiene-, la felicidad.
“¡Ahora comienza la eternidad!”. Que las últimas palabras de San Andrés Kim Taegon, inspiradas por el Espíritu Santo, no encuentren en nosotros una tierra reseca por el sol ardiente, cubierta de espinas y de piedras, sino una tierra fértil, en donde germine y de fruto del ciento por uno, frutos de vida eterna. Que estas palabras nos ayuden a despegarnos de lo caduco y temporal, y nos hagan fijar la vista en lo que es eterno y que, siendo eterno, está en nuestro tiempo: la Eucaristía, porque la Eucaristía es Cristo, Dios Eterno e inmortal.




[1] http://www.corazones.org/santos/andrew_kim_taegon.htm

jueves, 1 de mayo de 2014

San Atanasio, obispo y doctor de la Iglesia


San Atanasio se opuso a la herejía de Arrio, sacerdote de Alejandría, hereje que propagaba un error fundamental acerca de Jesucristo: sostenía que Jesucristo no era Dios por naturaleza, sino que era simplemente un hombre. Arrio sostenía la herejía de que Cristo era el Unigénito de Dios, en el sentido de que era la primera creatura creada por Dios, y que había sido creada con atributos divinos, pero que no era Dios por naturaleza, es decir, para Arrio, Jesús no era Dios Hijo por naturaleza, no tenía la naturaleza y el Ser divino, y por lo tanto, no era Dios Hijo, y eso es una herejía. San Atanasio comprendió de inmediato que eso minaba en su base la doctrina católica y junto con otros sacerdotes, diáconos y obispos fieles a la Verdad, celebraron el Concilio de Nicea, en el año 325, en donde se aprobó el Credo propuesto por San Atanasio, en donde se defendía la divinidad de Jesucristo y se condenaba la herejía de Arrio, que sostenía que Jesús no era Dios por naturaleza.
         La cuestión de si Cristo es o no es Dios por naturaleza, no es menor; por el contrario, es central, y es tan central, que determina las bases, la estructura, el credo y los dogmas de la religión católica. Si Cristo es Dios, la religión es católica; la Virgen es la Madre de Dios; la Iglesia es la Esposa Mística de Cristo; la Eucaristía es el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Cristo y en cada comunión eucarística, Cristo infunde su Espíritu Santo, su Amor divino, al alma que lo recibe con amor y con fe, haciendo de cada comunión un pequeño Pentecostés; el Santo Padre es el Vicario de Cristo; los fieles son el templo del Espíritu Santo; los sacerdotes ministeriales actúan in Persona Christi en cada Santa Misa, consagrando y transubstanciando el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, y en la confesión sacramental perdonan los pecados de los hombres con el poder mismo del Hombre-Dios Jesucristo.
         Pero si Cristo no es Dios, entonces toda la fe de la Iglesia es vana, Cristo no ha resucitado, nosotros adoramos un poco de pan bendecido, y somos unos idólatras que creemos en cosas vanas y en inventos de hombres.

         Sin embargo, gracias a santos como San Atanasio, nuestra fe es firme y creemos firmemente que Cristo es Dios por naturaleza, el Hombre-Dios, Dios Hijo hecho hombre, el Verbo de Dios, encarnado en una naturaleza humana, sin dejar de ser Dios, sin mezcla ni confusión alguna con la naturaleza humana, que murió y resucitó para nuestra salvación, que está, vivo y glorioso, resucitado, en la Eucaristía, que nos dona su Sagrado Corazón Eucarístico en cada comunión eucarística y que ha de venir, al fin de los tiempos, a juzgar a vivos y muertos.

jueves, 13 de febrero de 2014

San Valentín dio la vida por el amor puro y santo de los novios en Cristo


         Según la tradición, el sacerdote San Valentín arriesgaba su vida para casar cristianamente a las parejas durante el tiempo de persecución. Con San Mario y su familia socorría a los presos que iban a ser martirizados durante la persecución de Claudio el Godo. Precisamente, se encontraba en esta tarea cuando fue aprehendido y enviado por el emperador al prefecto de Roma, quien al comprobar que sus intentos de hacerlo renunciar a la fe en Jesucristo eran vanos, mandó que lo golpearan con mazas y después lo decapitaran. Esto ocurrió el 14 de febrero del año 269, según el martirologio romano.
         Puede afirmarse que San Valentín dio su vida por Cristo y por el amor puro y santo de los novios en Cristo porque, como vimos más arriba, arriesgaba su vida para que recibieran el sacramento del matrimonio las parejas en tiempos en que arreciaba la persecución por parte del emperador romano. El emperador, que era pagano, además de oponerse al sacramento cristiano por motivos de su creencia pagana, lo hacía por conveniencia estratégica: necesitaba hombres para su ejército y veía en el matrimonio un impedimento para engrosar sus filas. Pero San Valentín se oponía principalmente a la convivencia concubinaria de los novios por el hecho de ser opuesta al verdadero amor de novios, al amor casto y puro de Cristo que emana de la Cruz y que prepara para el amor esponsal. Cuando el amor que une a los novios es el amor casto y puro de Cristo, tanto más se acerca al amor esponsal y tanto más los prepara para el sacramento del matrimonio, y como este amor es más espiritual que carnal y pasional, se asemeja mucho a la perfección del amor esponsal, aún sin serlo, y por lo tanto concede a los novios no solo una gran estabilidad emocional y psíquica, sino ante todo serenidad, paz, confianza mutua, alegría y, principalmente, la seguridad de saber de que se ha encontrado el amor que Dios había destinado desde la eternidad para uno mismo.
         Por el contrario, cuando los novios no se aman en Cristo, sino egoístamente, en sí mismos, todo cambia: ni siquiera pueden ser llamados “novios”, porque esa palabra se aplica a quienes se aman con el amor puro y casto de Cristo, por lo que deben buscarse otra palabra que los identifique, como “amantes”, o algo por el estilo; el amor tampoco es espiritual ni se eleva a la perfección del amor esponsal, sino que desciende y se degrada a la imperfección de la pasión carnal y de la satisfacción genital; lejos de la estabilidad emocional y psíquica, hay desequilibrio de las pasiones y lejos de la seguridad de haber encontrado al amor de la vida, se tiene la certeza de haber encontrado a alguien que no sabe dónde va ni a qué fines.
         El celo sacerdotal de San Valentín es sumamente valioso y tanto más en nuestros días, cuando el noviazgo católico se ha desvirtuado al colmo de la perversión, al extremo de que se piensa que estar de novios es tener relaciones prematrimoniales y que “festejar” el noviazgo es enviarse fotos sexuales[1].
         En las antípodas de esta perversión que degrada al hombre a un estadio más bajo que las bestias -en efecto, las bestias irracionales nada malo hacen cuando usan de su sexualidad animal, porque así lo ha dispuesto el Creador; en cambio, cuando el hombre usa su sexualidad fuera del plan divino de salvación y fuera del amor casto y puro de Cristo, se degrada más bajo que los animales-, San Valentín deseaba que los novios se amaran con el amor casto y puro de Cristo, como modo de alcanzar el amor perfecto de los esposos, el amor esponsal, que es el amor con el cual Cristo Esposo ama a la Iglesia Esposa por la eternidad, y que es el amor con el cual la amó desde la cruz. 
       El amor casto y puro que llega hasta la muerte de cruz es el signo de que los novios se aman con amor puro y verdadero, el amor de Cristo. 

martes, 4 de febrero de 2014

Santa Águeda




En las persecuciones a los cristianos del año 250, el emperador Quinciano le ofreció a Santa Águeda la posibilidad de salvar su vida a cambio de hacer una ofrenda a los dioses paganos. La misma consistía simplemente en quemar unos pocos granos de incienso en los pebeteros que ardían delante de las imágenes de los ídolos paganos y en participar de las comidas que se hacían en su honor[1]. Si Santa Águeda hubiera cedido, habría salvado su vida terrena, porque el emperador no la habría ejecutado, pero habría perdido su vida eterna, porque con esto habría indicado que elegía al Príncipe de las tinieblas y no a Jesucristo. Todos sabemos, por las Actas del martirio, que Santa Águeda se negó a quemar incienso a los ídolos y a participar en sus banquetes, con lo cual perdió su vida terrena, porque fue ejecutada por el emperador, pero la ganó para la vida eterna, porque así manifestó que elegía como Rey a Jesucristo, salvando su alma al ser recibida por el Rey de la gloria.
Los mártires como Santa Águeda tienen muy presentes, a lo largo de la vida, pero sobre todo en la hora del martirio, las palabras de Cristo: “El que quiera salvar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por Mí, la encontrará” (Mt 16, 21-27). En este sentido, los mártires iluminan nuestro paso por la vida porque quienes no sufrimos persecuciones cruentas, como Santa Águeda, sí en cambio debemos elegir, a cada paso, entre la muerte o la vida, entre el pecado o la gracia, entre los ídolos neo-paganos del mundo moderno, o Cristo. Al celebrar la memoria de Santa Águeda, le pedimos que interceda para que nuestra elección sea siempre perder la vida por Cristo para ganarla para la vida eterna.


[1] De modo análogo, equivaldría en nuestros días a encender una vela en alguno de los altares de los ídolos neopaganos llamados Gauchito Gil o San La Muerte y participar en sus procesiones y en sus bailes y posteriores beberajes.

sábado, 28 de diciembre de 2013

Los Santos Mártires Inocentes




         Visto con la razón natural, el hecho histórico de la muerte de los Santos Inocentes, relatado en la Sagrada Escritura (cfr. Mt 2, 16-18), parecería un caso más entre tantos otros motivados por los celos de un gobernante: al enterarse de que ha nacido un niño que es rey, el rey gobernante manda asesinar a los niños menores de dos años, para eliminar cualquier amenaza a su posición de poder.
Sin embargo, el hecho dista mucho de ser un mero caso de pasiones humanas desordenadas. Aunque parezca inverosímil a primera vista, en la muerte de los Santos Mártires Inocentes, es decir, en la muerte de niños de menos de dos años, indefensos y desvalidos, se inicia en la tierra la lucha entre el Cielo y el Infierno, como continuación de la lucha comenzada en los cielos entre los ángeles de luz, fieles al Amor Divino, y los ángeles apóstatas, convertidos en seres de las tinieblas al negarse voluntariamente ser iluminados por la Luz eterna de Dios Uno y Trino.


Todavía más, en esta lucha, en la que las fuerzas del cielo, representadas en los Niños Mártires, aparecen como derrotadas, puesto que los niños son masacrados sin piedad, se inicia, también paradójicamente, el triunfo definitivo de las fuerzas al servicio de Dios –los ángeles de luz y los hombres de buena voluntad- sobre las fuerzas del Infierno. En otras palabras, a pesar de que la masacre de los Niños Mártires pareciera mostrar un triunfo apabullante de las fuerzas del mal, se trata en realidad de lo opuesto, ya que la muerte de los Niños Mártires señala el triunfo más rotundo del Bien y del Amor de Dios, que por medio suyo persigue y derrota a los ángeles caídos.
Sin embargo, alguien podría preguntarse, movido también por la razón natural: ¿cómo es posible que unos niños tan pequeños, de menos de dos años, venzan a los siniestros poderes del Averno? ¿De qué manera puede un niño, que apenas ha abandonado la lactancia y recién empieza a caminar, derrotar a un ángel, cuya naturaleza es notoriamente superior a la humana? ¿Cómo es posible que un niño, que ni siquiera sabe hablar, ponga en fuga a seres tan perversos como fuertes, como lo son los ángeles caídos con relación a la naturaleza humana?
La respuesta, que nos la da la fe en Cristo, nos dice que estos niños no vencen con sus propias fuerzas, ni es su sangre la que hace huir a los demonios, ni es su muerte la que los ahuyenta: los Niños Mártires vencen porque han sido bañados, de modo anticipado, en la Sangre del Cordero; los Niños Mártires vencen porque han sido lavados en la Sangre del Cordero y han quedado resplandecientes con la gracia divina; el Niño de Belén, que es Dios redentor y habrá de morir luego en la Cruz por ellos, anticipa el fruto del sacrificio de la Cruz y los asocia a su Pasión, de modo que los Niños asesinados por Herodes son, en cierta manera, el Cordero degollado del Apocalipsis (5, 6), que por medio de sus cuerpecitos atravesados por las espadas y lanzas de los soldados y por medio de la sangre que se derrama por las heridas abiertas, anticipa su Triunfo Victorioso en la Cruz, Triunfo glorioso obtenido por el don de su Cuerpo ofrecido en sacrificio en el Calvario y por el don de su Sangre, derramada desde sus heridas abiertas y desde el Costado traspasado por la lanza.
Los Niños Inocentes triunfan porque es el Cordero degollado quien, desde la Cruz, los asocia a su sacrificio y les hace partícipe de su Fuerza omnipotente, de su Gloria divina, de su Sabiduría celestial, de su Amor eterno, de su Triunfo Victorioso de la Cruz.


Esta es la razón primera y última del triunfo de los Mártires Inocentes, masacrados no solo por el celo enfermizo de un rey sin escrúpulos, sino por las fuerzas del infierno que, desencadenadas contra la humanidad, muestran de esta manera su poderío sobre el hombre cuando no lo protege Dios.
Pero la lucha contra las Puertas del Infierno continúa, y continuará hasta el fin de los tiempos, cuando el Supremo Juez vendrá a juzgar a la humanidad; mientras tanto, continúa la masacre de los Santos Mártires Inocentes, que mueren de a centenares de miles a lo largo y ancho del mundo, no ya bajo el hierro y el acero de soldados que obedecen a un rey de la Antigüedad, sino bajo el hierro y acero de modernos y afilados instrumentos quirúrgicos que se hunden sin piedad en los cuerpecitos de los niños por nacer, provocándoles la muerte por aborto y prolongando así la masacre del rey Herodes. Los niños abortados son los Santos Mártires Inocentes de nuestros días, que mueren a manos de los modernos Herodes, pero que también anticipan, con su muerte sangrienta, el triunfo definitivo y total del Cordero sacrificado en la Cruz sobre las fuerzas del mal.

domingo, 29 de septiembre de 2013

San Jerónimo


         Para San Jerónimo -llamado “Padre de las ciencias bíblicas” por el estudio erudito de la Sagrada Escritura, estudio al que consagró toda su vida-, el hecho de desconocer la Biblia –tanto por falta de lectura, como por falta de interpretación según la fe de la Iglesia-, es equivalente a desconocer al mismo Cristo en Persona: “Ignorar la Escritura es ignorar a Cristo”. Y en otro lugar: “¿Cómo es posible vivir sin la ciencia de las Escrituras, a través de las cuales se aprende a conocer al mismo Cristo, que es la vida de los creyentes?”. Aquel que desconoce las Escrituras, dice San Gerónimo, no tiene la vida de Dios en sí mismo, porque desconoce a Cristo, que es la Vida eterna en Persona. Y al revés, también es cierta esta afirmación: quien conoce la Escritura, no solo a través del estudio científico de la misma, sino ante todo por interpretarla de acuerdo a la fe de la Iglesia, conoce a Cristo y conoce por lo tanto el camino de salvación eterna que debe recorrer para llegar al Reino de los cielos.
Podemos decir entonces que el mensaje de santidad de San Jerónimo es el siguiente: “Si quieres tener vida eterna, aún viviendo en el tiempo, como anticipo de la plenitud de gloria que recibirás en el Reino de los cielos, aplícate al estudio de la Sagrada Escritura y así conocerás a Cristo, Camino, Verdad y Vida”. Y si este mensaje de santidad es válido para toda persona en cualquier época, es válido hoy más que nunca, en nuestros días, en el que los hombres están agobiados por un mundo materialista y sin Dios que los asfixia y les hace perder el rumbo. El mundo moderno, que ha proscripto a Dios y ha puesto su confianza en la ciencia y la tecnología, no ofrece respuestas frente a los interrogantes del hombre relativos a la vida eterna, y al no encontrar respuestas, el hombre sin Dios pretende vanamente encontrar las respuestas a las preguntas por el sentido de la vida y sobre el más allá, en lugares equivocados: tarot, ocultismo, metafísica esotérica, espiritismo, wicca, etc. Muchos cristianos consultan a adivinos, a astrólogos, a tarotistas, y a cuanto ocultista y vendedor de ilusiones se presenta, y esto lo hacen en vez de acudir a la Sagrada Escritura.

Cuando el cristiano quiere saber algo, ya sea algo relativo a los temas cotidianos, o si quiere indagar acerca de cómo obrar frente a un problema determinado, o si quiere conocer acerca de la vida eterna, no debe recurrir a la oscuridad sino, según San Jerónimo, a la Biblia, en donde encontrará la respuesta a cualquier interrogante que pueda surgir, porque según San Jerónimo, la Biblia es el instrumento “con el que cada día Dios habla a los fieles”, convirtiéndose así “en estímulo y manantial de la vida cristiana para todas las situaciones y para toda persona”. En otras palabras, según San Jerónimo, no hay ningún interrogante que no pueda ser respondido por la Sagrada Escritura, porque la Sagrada Escritura es la Palabra de Dios, Cristo, que se encarna en el alma cuando se la lee con fe y con amor.

jueves, 26 de septiembre de 2013

San Vicente de Paúl y la verdadera caridad para con los pobres


         San Vicente de Paúl, fundador de las Hijas de la Caridad, destinadas a la atención de los pobres y abandonados de la sociedad, es un ejemplo de cómo debe el cristiano obrar la verdadera caridad cristiana para con los pobres. La caridad no es un amor natural, que brote del corazón humano: es el Amor Divino que se expresa y manifiesta a través de la ternura y del amor humano, pero no es amor humano: es Amor Divino, y por lo tanto la caridad que ejerce el cristiano debe tener las mismas características del Amor Divino, características entre las cuales sobresale la gratuidad, es decir, el dar y el donarse a sí mismo sin esperar retribución a cambio.
Esto es lo que diferencia a la caridad cristiana de la beneficencia social, y es lo que impide que la caridad cristiana sea instrumentalizada a favor de mezquinos intereses particulares. Es necesario hacer esta distinción, porque muchos en la Iglesia pretenden utilizar a su favor la asistencia a los pobres, pensando que por asistirlos, Dios habrá de darles en recompensa algún favor, sea material o espiritual. Esta actitud egoísta, que usa del pobre para obtener favores, es lo que ha condenado recientemente el Santo Padre Francisco:
“Algunos alardean, se llenan la boca con los pobres, algunos instrumentalizan a los pobres por interés personal o de su grupo. Lo sé, es humano, pero no está bien”. Y no solo “no está bien”, sino que, el mismo Santo Padre lo dice, es “un grave pecado (…) Sería mejor que se quedasen en casa antes de usar a los pobres por su propia vanidad”[1].
Para combatir esta instrumentalización, el Santo Padre pide que se obre siempre, en este aspecto, “con ternura y humildad”, y son estas dos cosas precisamente las que caracterizan a San Vicente de Paúl, quien sostiene que el hombre de fe debe vivir dos amores: el amor afectivo –como el amor de un padre que acaricia a su hijo pequeño de dos años- y el amor eficaz –el amor de un hijo que corresponde con obras al amor de su padre, aún cuando no se sienta sensiblemente el amor paterno-. Así debe ser el amor del cristiano para con Cristo: afectivo y eficaz, pero como Cristo, además de estar con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en la Eucaristía, está misteriosamente Presente, también en Persona, en el pobre, en el prójimo pobre y abandonado, es en el pobre en donde se debe practicar y vivir, de modo concreto, la caridad cristiana. Esta Presencia misteriosa de Cristo en el pobre es lo que explica que aquello que se hace a un pobre, se hace a Jesucristo, tanto en el bien como en el mal: “¿Cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer? (…) ¿Cuándo te vimos hambriento y no te dimos de comer?” (…) Lo que hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, Conmigo lo hicisteis” (cfr. Mt 25, 35-45).
         San Vicente de Paúl nos enseña, entonces, a vivir el verdadero amor de caridad para con los pobres, un amor desinteresado, que no busca otra cosa que comunicar el Amor Divino, porque en los pobres está Cristo y al servirlos a ellos, se sirve a Cristo: “Al servir a los pobres, se sirve a Jesucristo” (C IX, 252).   



[1] Cfr. http://www.americaeconomia.com/node/101354: “El Papa Francisco critica a quien alardea de ayudar a los pobres”.

lunes, 23 de septiembre de 2013

El Padre Pío y los estigmas de Jesús


         El Padre Pío, fraile franciscano, recibió los estigmas, es decir, las llagas de la Pasión y crucifixión de Jesús, prolongando de esta manera el idéntico don recibido por San Francisco de Asís. Los estigmas del Padre Pío sangraron abundantemente, desde el momento en que los recibió, en septiembre de 1910, hasta dos días antes de su muerte, momento en que se cerraron.
         Más allá de lo asombroso que resultan en sí mismos, desde el punto de vista médico y científico –heridas abiertas producidas sin causa natural, sangrantes, que a pesar del tiempo transcurrido nunca se infectaron, lo cual contradice todas las reglas de la medicina-, lo más asombroso en los estigmas del Padre Pío está dado por el origen de los mismos y por su significado. En lo que respecta a su origen, los estigmas se originan en Cristo, y por eso deben ser llamados, con más propiedad, “estigmas de Cristo en el Padre Pío”, y representan un cumplimiento literal y material de la frase de San Pablo: “Completo en mi cuerpo lo que falta a la Pasión de Cristo”. Por esto, más que ser el Padre Pío el que sufre por los estigmas de Jesús, es Jesús quien continúa sufriendo su Pasión, a través del Padre Pío, y es este el significado de las llagas: puesto que de las heridas del primer sacerdote estigmatizado de la historia no son suyas, sino que son las de Jesús, la presencia de las heridas en el cuerpo de un sacerdote que vive distante veinte siglos de Jesús, significa que es el mismo Cristo Jesús quien, a través del Padre Pío, continúa derramando su Sangre redentora, por la salvación de las almas.
         De esta manera, el misterio de las llagas del Padre Pío se engrandece al infinito, superando ampliamente el mero interés científico o médico, ya que remiten, por su origen, al Hombre-Dios y a su Pasión salvadora. Y el misterio aumenta aún más, si se considera que las manos de Cristo, perforadas por las llagas, son las que consagran el pan y el vino en el altar, en cada Santa Misa, desde el momento en que el sacerdote ministerial actúa in Persona Christi. En otras palabras, si las manos llagadas del Padre Pío eran las manos llagadas de Jesús hechas visibles, esas mismas manos llagadas, pero ahora invisibles -desde el momento en que el sacerdote ministerial no posee los estigmas-, son las que consagran el pan y el vino en la transubstanciación. Si las llagas visibles del Padre Pío son un misterio insondable, las llagas invisibles de las manos de Cristo que consagran a través de las manos del sacerdote ministerial en la Santa Misa, constituyen un misterio absoluto que supera toda capacidad de comprensión humana y angélica, misterio ante el cual solo caben el asombro, la adoración y la acción de gracias a Dios Trino por tanta misericordia.


lunes, 16 de septiembre de 2013

San Cipriano, obispo y mártir

          En las Actas del martirio de San Cipriano se lee, en el decreto por el cual se lo sentencia a muerte al santo obispo, que la causa de su sentencia a muerte es el haberse convertido en "enemigo de los dioses de Roma y de la antigua religión", además de ser el "culpable" de que otros imiten su ejemplo y adhieran a la "nefanda doctrina".
          Visto con los ojos humanos, la muerte de San Cipriano está justificada: es un "enemigo de la religión de Roma", y por lo tanto, es enemigo también del emperador, a quien se adora por medio de esta religión; es enemigo también de las costumbres y religiones ancestrales -que no es otra cosa que paganismo y brujería-, y además es un rebelde que altera la paz y el orden públicos y pone en peligro los cimientos mismos del Imperio Romano, desde el momento en que es culpable de que "muchos" abandonen la religión de Roma, el culto idolátrico al emperador y la religión antigua -la brujería-, para seguir la religión de un hombre crucificado y muerto hace cientos de años. En definitiva, a los ojos de los hombres sin fe y a los ojos del mundo, la sentencia a muerte de San Cipriano está justificada, porque es un enemigo del Imperio, un traidor, un rebelde y un instigador a la rebelión, y todo esto lo hace acreedor del "odio del mundo" (cfr. Jn 15, 18-21), el cual descarga sobre San Cipriano toda la fuerza de su poder, poder que es muerte y destrucción.
          Ahora bien, si el mundo, que está "bajo el poder del Príncipe de las tinieblas" (cfr. 1 Jn 5, 19), guiado por el odio del ángel caído, odia a San Cipriano, es porque antes odió a Cristo, Hijo de Dios, que ha venido para "destruir las obras del demonio" (1 Jn 3, 8). Es por esto que, a los ojos de Dios, San Cipriano no es enemigo sino amigo, y ya lo había dicho Jesús en la Última Cena: "Ya no os llamo siervos, sino amigos" (Jn 15, 15), y San Cipriano es amigo de Dios, porque Dios Padre ve en él la imagen de su Hijo Jesús, imagen tallada y esculpida a fuego por la gracia santificante, y al ver a su Hijo Jesús en San Cipriano, Dios Padre ve que no es San Cipriano quien se inmola, sino su Hijo Jesús quien, a través de San Cipriano, continúa su Pasión redentora, derramando su Sangre por la salvación de los hombres. Es así, entonces, que a los ojos de Dios, todo cambia: el enemigo del mundo es su amigo; el traidor a los ojos del mundo, es su hijo más fiel; el rebelde a los ojos del mundo, es su hijo más dócil a las mociones del Amor divino; el que es odiado por el mundo, es aquel a quien más ama Dios, enviándole el Espíritu Santo, el Amor de Dios, que inhabita en el alma del mártir y habla a través suyo.
          El mensaje de santidad de San Cipriano, entonces, es este: "Bienaventurados cuando os odien a causa del Hijo del hombre, porque eso significa que sois amados por el Padre y su Espíritu Divino".
         

          

domingo, 15 de septiembre de 2013

El Cura Brochero y la imitación de Cristo


          El Cura Brochero imitó a Cristo durante toda su vida y fue así como alcanzó la santidad. La imitación de Cristo se ve, ante todo, en la heroicidad de la práctica de las virtudes, heroicidad que fue, en definitiva, la que lo llevó al Reino de los cielos, y a ser proclamado beato en la tierra. Y puesto que en Brochero el sacerdocio ministerial se identificaba con él, de tal manera que no puede pensarse en Brochero sin pensar en "el Cura Brochero", la imitación de Cristo que lo llevó a los cielos se dio sobre todo en su vida sacerdotal, en la devoción y piedad con la que celebraba la Santa Misa -celebró hasta el final, aún cuando ya ciego y sin sensibilidad en los dedos, no podía leer el Misal ni saber si sostenía adecuadamente la Hostia-, o rezaba el Rosario, o confesaba, o predicaba los Ejercicios Espirituales que el Señor otorgó como preciosísimo don celestial a la Iglesia, por medio de San Ignacio de Loyola.  
          El Cura Brochero se distinguió, de modo particular, en su celo por las almas, buscando su salvación a toda costa, y uno de los medios sobrenaturales más eficaces que utilizó para este fin, fueron los Ejercicios Espirituales, para cuya realización dedicó gran parte de su vida. El Padre Brochero fue un predicador incansable de estos retiros, riquísimos en meditaciones espirituales de profundo contenido, y obtuvo la conversión de numerosas almas a través de estos retiros. Y fue en esto en lo que imitó a Cristo, porque era Cristo quien vivía en Él y obraba a través suyo, puesto que no era él quien salía a buscar ejercitantes para los Ejercicios Espirituales, sino que era Cristo en Persona el que, como el pastor de la parábola, que sale a buscar la oveja perdida y deja a las noventa y nueve (cfr. Lc 15, 1-10), y como la mujer que busca la dracma perdida hasta encontrarla, sale a buscar al pecador, pero esta vez ya no en la figura de una parábola, sino en el cuerpo y alma de un sacerdote totalmente entregado a Él e identificado con Él.
          El Cura Brochero imitó a Jesús en sus virtudes, en la vida cotidiana, y en su sacerdocio ministerial, pero también imitó a Cristo hasta el fin de sus días con la enfermedad, y lo hizo no como él quería, muriendo en plena actividad, "como el caballo Chesches, que murió en plena carrera", según él lo manifiesta en la carta al obispo Yáñez, sino con una enfermedad que lo consumió poco a poco, la lepra. La imitación de Cristo con esta enfermedad está en el hecho de que el leproso, en la Antigüedad, era llamado "maldito" y considerado como tal, pues vivía alejado de los poblados y todo el mundo evitaba su contacto, porque se lo consideraba repugnante incluso a la simple vista. Cristo muere en la Cruz, y con esto se hace maldito, como dice la Sagrada Escritura a quien muere en la Cruz: "Maldito el que cuelga del madero". Pero Cristo, no siendo maldito en sí mismo, se hace maldito por nosotros, para compartir nuestra suerte, que sí es maldita, desde el momento en que estamos caídos a causa del pecado original. Cristo se hace maldito para destruir la maldición por el sacrificio de la Cruz, la ofrenda de su Cuerpo y el derramamiento de su Sangre, que cancelan para siempre la maldición que desde Adán y Eva pesaba sobre la humanidad entera. Al contagiarse la lepra, llamada "enfermedad maldita" y que daba el nombre de "maldito" al que la contraía, el Cura Brochero exterioriza con su cuerpo humano la identificación espiritual interior, dada por la gracia, con la Pasión redentora del Hombre-Dios, que no duda en subir al leño de la Cruz para destruir allí la maldición que el pecado había traído sobre toda la humanidad.
          Por último, hay otra identificación del Cura Brochero con Cristo: el Cura Brochero se contagió la lepra al tomar mate en sus visitas a un leproso, ateo y blasfemo, de quien buscaba su conversión, y en esto imitó a Jesús, Buen Pastor, que para rescatar a su oveja perdida no duda en descender del cielo para ofrendar su Cuerpo en la Cruz por la salvación del pecador. por esto, no era José Gabriel del Rosario Brochero quien visitaba a ese leproso y tomaba mate con él, sino que era el mismo Jesús en Persona quien, a través del Cura Brochero, se acercaba al leproso para conquistar su alma y llevarla al Reino de los cielos. Al igual que el Cura Brochero, seamos entonces otros tantos "cristóforos", es decir, portadores de Cristo, para que Cristo los alcance con su Amor.
         


jueves, 29 de agosto de 2013

Santa Rosa de Lima y el don de la tribulación como participación a la Cruz de Cristo


Con mucha frecuencia sucede, entre los cristianos, que frente a las pruebas y tribulaciones de la vida, sobrevengan el desánimo y el desaliento, como consecuencia de la incomprensión del misterio pascual de Jesús, de Muerte y Resurrección. A raíz de esta incomprensión, los cristianos acuden a la oración para pedir a Dios que les sea quitada la tribulación y que la prueba finalice cuanto antes. Entre los escritos de Santa Rosa, existe un texto en el que Nuestro Señor no solo reafirma el valor de la tribulación y de la prueba, sino que advierte que es el único camino para acceder al cielo:
Así narra Santa Rosa las palabras de Jesús: “El divino Salvador, con inmensa majestad, dijo: «Que todos sepan que la tribulación va seguida de la gracia; que todos se convenzan que sin el peso de la aflicción no se puede llegar a la cima de la gracia; que todos comprendan que la medida de los carismas aumenta en proporción con el incremento de las fatigas. Guárdense los hombres de pecar y de equivocarse: ésta es la única escala del paraíso, y sin la cruz no se encuentra el camino para subir al cielo».
Las palabras de Jesús a Santa Rosa de Lima explicitan lo que Él nos reveló en el Evangelio: “Si alguien quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, que cargue su Cruz de todos los días, y me siga” (Lc 9, 22-25). ¿Por qué nos dice esto Jesús? Porque el cristiano está en esta vida para salvar su alma, pero la salvación solo viene por Cristo y Cristo crucificado, muerto y resucitado. De ahí la importancia de cargar la Cruz de cada día y de seguir a Jesús por el Camino Real de la Cruz, el Via Crucis; de ahí la importancia de la negación de uno mismo, porque en la cima del Calvario debe morir el hombre viejo, para que renazca el hombre nuevo, el hombre regenerado por la gracia; de ahí la importancia de aceptar las tribulaciones, las aflicciones, las fatigas, porque son dones del cielo que nos hacen participar de la Cruz de Jesús, porque la Cruz es tribulación -Suprema Tribulación-, aflicción -Suprema Aflicción-, fatiga -Suprema Fatiga-. Esto quiere decir que el cristiano no solo no debe jamás rechazar la tribulación -la que viene de la Cruz-, sino por el contrario, debe postrarse en acción de gracias por tan inmenso don, puesto que al ser una participación a la Cruz de Jesús, es un signo de predilección divina.
Esto es lo que explica también que en el camino opuesto al de la salvación, en el camino de la perdición, los réprobos no experimenten tribulación ni prueba alguna, porque allí no hay redención ni salvación. Es muy mala señal que alguien de rienda suelta a las pasiones y que su único objetivo en la vida sea obtener éxitos mundanos y bienes materiales: éste no es el camino de la Cruz, y no es el camino de la salvación, el camino que conduce al cielo.
Ahora bien, el cristiano debe saber que la tribulación no es un fin en sí mismo, y que nada termina en la tribulación; por el contrario, "a la tribulación", le dice Jesús a Santa Rosa de Lima, "le sigue la gracia"; "con el peso de la aflicción, se llega a la cima de la gracia"; "los carismas aumentan con el incremento de las fatigas", y esto es así porque a la Cruz le sigue la Luz, a la Muerte de Cristo en la Cruz, le sigue la Resurrección en la gloria divina. Y tal como le dice también Jesús a Santa Rosa, la tribulación de la Cruz no es un "camino alternativo" u "opcional", sino el único camino: "Ésta es la única escala del paraíso, y sin la Cruz no se encuentra el camino para subir al cielo".
Meditando sobre las palabras de Jesús, más adelante, Santa Rosa agrega: "¡Ojalá todos los mortales conocieran el gran valor de la divina gracia, su belleza, su nobleza, su infinito precio, lo inmenso de los tesoros que alberga, cuántas riquezas, gozos y deleites! Sin duda alguna, se entregarían, con suma diligencia, a la búsqueda de las penas y aflicciones. Por doquiera en el mundo, antepondrían a la fortuna las molestias, las enfermedades y los padecimientos, incomparable tesoro de la gracia. Tal es la retribución y el fruto final de la paciencia. Nadie se quejaría de sus cruces y sufrimientos, si conociera cuál es la balanza con que los hombres han de ser medidos".
Si las vidas de los santos son propuestas por la Iglesia para que aprendamos de ellos, la vida de Santa Rosa de Lima nos deja esta gran enseñanza: debemos agradecer la tribulación, signo de predilección del Amor divino, que nos hace participar de la Cruz de Jesús, Puerta abierta al cielo, a la eterna felicidad.