San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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sábado, 28 de diciembre de 2013

Los Santos Mártires Inocentes




         Visto con la razón natural, el hecho histórico de la muerte de los Santos Inocentes, relatado en la Sagrada Escritura (cfr. Mt 2, 16-18), parecería un caso más entre tantos otros motivados por los celos de un gobernante: al enterarse de que ha nacido un niño que es rey, el rey gobernante manda asesinar a los niños menores de dos años, para eliminar cualquier amenaza a su posición de poder.
Sin embargo, el hecho dista mucho de ser un mero caso de pasiones humanas desordenadas. Aunque parezca inverosímil a primera vista, en la muerte de los Santos Mártires Inocentes, es decir, en la muerte de niños de menos de dos años, indefensos y desvalidos, se inicia en la tierra la lucha entre el Cielo y el Infierno, como continuación de la lucha comenzada en los cielos entre los ángeles de luz, fieles al Amor Divino, y los ángeles apóstatas, convertidos en seres de las tinieblas al negarse voluntariamente ser iluminados por la Luz eterna de Dios Uno y Trino.


Todavía más, en esta lucha, en la que las fuerzas del cielo, representadas en los Niños Mártires, aparecen como derrotadas, puesto que los niños son masacrados sin piedad, se inicia, también paradójicamente, el triunfo definitivo de las fuerzas al servicio de Dios –los ángeles de luz y los hombres de buena voluntad- sobre las fuerzas del Infierno. En otras palabras, a pesar de que la masacre de los Niños Mártires pareciera mostrar un triunfo apabullante de las fuerzas del mal, se trata en realidad de lo opuesto, ya que la muerte de los Niños Mártires señala el triunfo más rotundo del Bien y del Amor de Dios, que por medio suyo persigue y derrota a los ángeles caídos.
Sin embargo, alguien podría preguntarse, movido también por la razón natural: ¿cómo es posible que unos niños tan pequeños, de menos de dos años, venzan a los siniestros poderes del Averno? ¿De qué manera puede un niño, que apenas ha abandonado la lactancia y recién empieza a caminar, derrotar a un ángel, cuya naturaleza es notoriamente superior a la humana? ¿Cómo es posible que un niño, que ni siquiera sabe hablar, ponga en fuga a seres tan perversos como fuertes, como lo son los ángeles caídos con relación a la naturaleza humana?
La respuesta, que nos la da la fe en Cristo, nos dice que estos niños no vencen con sus propias fuerzas, ni es su sangre la que hace huir a los demonios, ni es su muerte la que los ahuyenta: los Niños Mártires vencen porque han sido bañados, de modo anticipado, en la Sangre del Cordero; los Niños Mártires vencen porque han sido lavados en la Sangre del Cordero y han quedado resplandecientes con la gracia divina; el Niño de Belén, que es Dios redentor y habrá de morir luego en la Cruz por ellos, anticipa el fruto del sacrificio de la Cruz y los asocia a su Pasión, de modo que los Niños asesinados por Herodes son, en cierta manera, el Cordero degollado del Apocalipsis (5, 6), que por medio de sus cuerpecitos atravesados por las espadas y lanzas de los soldados y por medio de la sangre que se derrama por las heridas abiertas, anticipa su Triunfo Victorioso en la Cruz, Triunfo glorioso obtenido por el don de su Cuerpo ofrecido en sacrificio en el Calvario y por el don de su Sangre, derramada desde sus heridas abiertas y desde el Costado traspasado por la lanza.
Los Niños Inocentes triunfan porque es el Cordero degollado quien, desde la Cruz, los asocia a su sacrificio y les hace partícipe de su Fuerza omnipotente, de su Gloria divina, de su Sabiduría celestial, de su Amor eterno, de su Triunfo Victorioso de la Cruz.


Esta es la razón primera y última del triunfo de los Mártires Inocentes, masacrados no solo por el celo enfermizo de un rey sin escrúpulos, sino por las fuerzas del infierno que, desencadenadas contra la humanidad, muestran de esta manera su poderío sobre el hombre cuando no lo protege Dios.
Pero la lucha contra las Puertas del Infierno continúa, y continuará hasta el fin de los tiempos, cuando el Supremo Juez vendrá a juzgar a la humanidad; mientras tanto, continúa la masacre de los Santos Mártires Inocentes, que mueren de a centenares de miles a lo largo y ancho del mundo, no ya bajo el hierro y el acero de soldados que obedecen a un rey de la Antigüedad, sino bajo el hierro y acero de modernos y afilados instrumentos quirúrgicos que se hunden sin piedad en los cuerpecitos de los niños por nacer, provocándoles la muerte por aborto y prolongando así la masacre del rey Herodes. Los niños abortados son los Santos Mártires Inocentes de nuestros días, que mueren a manos de los modernos Herodes, pero que también anticipan, con su muerte sangrienta, el triunfo definitivo y total del Cordero sacrificado en la Cruz sobre las fuerzas del mal.

domingo, 29 de septiembre de 2013

San Jerónimo


         Para San Jerónimo -llamado “Padre de las ciencias bíblicas” por el estudio erudito de la Sagrada Escritura, estudio al que consagró toda su vida-, el hecho de desconocer la Biblia –tanto por falta de lectura, como por falta de interpretación según la fe de la Iglesia-, es equivalente a desconocer al mismo Cristo en Persona: “Ignorar la Escritura es ignorar a Cristo”. Y en otro lugar: “¿Cómo es posible vivir sin la ciencia de las Escrituras, a través de las cuales se aprende a conocer al mismo Cristo, que es la vida de los creyentes?”. Aquel que desconoce las Escrituras, dice San Gerónimo, no tiene la vida de Dios en sí mismo, porque desconoce a Cristo, que es la Vida eterna en Persona. Y al revés, también es cierta esta afirmación: quien conoce la Escritura, no solo a través del estudio científico de la misma, sino ante todo por interpretarla de acuerdo a la fe de la Iglesia, conoce a Cristo y conoce por lo tanto el camino de salvación eterna que debe recorrer para llegar al Reino de los cielos.
Podemos decir entonces que el mensaje de santidad de San Jerónimo es el siguiente: “Si quieres tener vida eterna, aún viviendo en el tiempo, como anticipo de la plenitud de gloria que recibirás en el Reino de los cielos, aplícate al estudio de la Sagrada Escritura y así conocerás a Cristo, Camino, Verdad y Vida”. Y si este mensaje de santidad es válido para toda persona en cualquier época, es válido hoy más que nunca, en nuestros días, en el que los hombres están agobiados por un mundo materialista y sin Dios que los asfixia y les hace perder el rumbo. El mundo moderno, que ha proscripto a Dios y ha puesto su confianza en la ciencia y la tecnología, no ofrece respuestas frente a los interrogantes del hombre relativos a la vida eterna, y al no encontrar respuestas, el hombre sin Dios pretende vanamente encontrar las respuestas a las preguntas por el sentido de la vida y sobre el más allá, en lugares equivocados: tarot, ocultismo, metafísica esotérica, espiritismo, wicca, etc. Muchos cristianos consultan a adivinos, a astrólogos, a tarotistas, y a cuanto ocultista y vendedor de ilusiones se presenta, y esto lo hacen en vez de acudir a la Sagrada Escritura.

Cuando el cristiano quiere saber algo, ya sea algo relativo a los temas cotidianos, o si quiere indagar acerca de cómo obrar frente a un problema determinado, o si quiere conocer acerca de la vida eterna, no debe recurrir a la oscuridad sino, según San Jerónimo, a la Biblia, en donde encontrará la respuesta a cualquier interrogante que pueda surgir, porque según San Jerónimo, la Biblia es el instrumento “con el que cada día Dios habla a los fieles”, convirtiéndose así “en estímulo y manantial de la vida cristiana para todas las situaciones y para toda persona”. En otras palabras, según San Jerónimo, no hay ningún interrogante que no pueda ser respondido por la Sagrada Escritura, porque la Sagrada Escritura es la Palabra de Dios, Cristo, que se encarna en el alma cuando se la lee con fe y con amor.

jueves, 26 de septiembre de 2013

San Vicente de Paúl y la verdadera caridad para con los pobres


         San Vicente de Paúl, fundador de las Hijas de la Caridad, destinadas a la atención de los pobres y abandonados de la sociedad, es un ejemplo de cómo debe el cristiano obrar la verdadera caridad cristiana para con los pobres. La caridad no es un amor natural, que brote del corazón humano: es el Amor Divino que se expresa y manifiesta a través de la ternura y del amor humano, pero no es amor humano: es Amor Divino, y por lo tanto la caridad que ejerce el cristiano debe tener las mismas características del Amor Divino, características entre las cuales sobresale la gratuidad, es decir, el dar y el donarse a sí mismo sin esperar retribución a cambio.
Esto es lo que diferencia a la caridad cristiana de la beneficencia social, y es lo que impide que la caridad cristiana sea instrumentalizada a favor de mezquinos intereses particulares. Es necesario hacer esta distinción, porque muchos en la Iglesia pretenden utilizar a su favor la asistencia a los pobres, pensando que por asistirlos, Dios habrá de darles en recompensa algún favor, sea material o espiritual. Esta actitud egoísta, que usa del pobre para obtener favores, es lo que ha condenado recientemente el Santo Padre Francisco:
“Algunos alardean, se llenan la boca con los pobres, algunos instrumentalizan a los pobres por interés personal o de su grupo. Lo sé, es humano, pero no está bien”. Y no solo “no está bien”, sino que, el mismo Santo Padre lo dice, es “un grave pecado (…) Sería mejor que se quedasen en casa antes de usar a los pobres por su propia vanidad”[1].
Para combatir esta instrumentalización, el Santo Padre pide que se obre siempre, en este aspecto, “con ternura y humildad”, y son estas dos cosas precisamente las que caracterizan a San Vicente de Paúl, quien sostiene que el hombre de fe debe vivir dos amores: el amor afectivo –como el amor de un padre que acaricia a su hijo pequeño de dos años- y el amor eficaz –el amor de un hijo que corresponde con obras al amor de su padre, aún cuando no se sienta sensiblemente el amor paterno-. Así debe ser el amor del cristiano para con Cristo: afectivo y eficaz, pero como Cristo, además de estar con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en la Eucaristía, está misteriosamente Presente, también en Persona, en el pobre, en el prójimo pobre y abandonado, es en el pobre en donde se debe practicar y vivir, de modo concreto, la caridad cristiana. Esta Presencia misteriosa de Cristo en el pobre es lo que explica que aquello que se hace a un pobre, se hace a Jesucristo, tanto en el bien como en el mal: “¿Cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer? (…) ¿Cuándo te vimos hambriento y no te dimos de comer?” (…) Lo que hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, Conmigo lo hicisteis” (cfr. Mt 25, 35-45).
         San Vicente de Paúl nos enseña, entonces, a vivir el verdadero amor de caridad para con los pobres, un amor desinteresado, que no busca otra cosa que comunicar el Amor Divino, porque en los pobres está Cristo y al servirlos a ellos, se sirve a Cristo: “Al servir a los pobres, se sirve a Jesucristo” (C IX, 252).   



[1] Cfr. http://www.americaeconomia.com/node/101354: “El Papa Francisco critica a quien alardea de ayudar a los pobres”.

lunes, 23 de septiembre de 2013

El Padre Pío y los estigmas de Jesús


         El Padre Pío, fraile franciscano, recibió los estigmas, es decir, las llagas de la Pasión y crucifixión de Jesús, prolongando de esta manera el idéntico don recibido por San Francisco de Asís. Los estigmas del Padre Pío sangraron abundantemente, desde el momento en que los recibió, en septiembre de 1910, hasta dos días antes de su muerte, momento en que se cerraron.
         Más allá de lo asombroso que resultan en sí mismos, desde el punto de vista médico y científico –heridas abiertas producidas sin causa natural, sangrantes, que a pesar del tiempo transcurrido nunca se infectaron, lo cual contradice todas las reglas de la medicina-, lo más asombroso en los estigmas del Padre Pío está dado por el origen de los mismos y por su significado. En lo que respecta a su origen, los estigmas se originan en Cristo, y por eso deben ser llamados, con más propiedad, “estigmas de Cristo en el Padre Pío”, y representan un cumplimiento literal y material de la frase de San Pablo: “Completo en mi cuerpo lo que falta a la Pasión de Cristo”. Por esto, más que ser el Padre Pío el que sufre por los estigmas de Jesús, es Jesús quien continúa sufriendo su Pasión, a través del Padre Pío, y es este el significado de las llagas: puesto que de las heridas del primer sacerdote estigmatizado de la historia no son suyas, sino que son las de Jesús, la presencia de las heridas en el cuerpo de un sacerdote que vive distante veinte siglos de Jesús, significa que es el mismo Cristo Jesús quien, a través del Padre Pío, continúa derramando su Sangre redentora, por la salvación de las almas.
         De esta manera, el misterio de las llagas del Padre Pío se engrandece al infinito, superando ampliamente el mero interés científico o médico, ya que remiten, por su origen, al Hombre-Dios y a su Pasión salvadora. Y el misterio aumenta aún más, si se considera que las manos de Cristo, perforadas por las llagas, son las que consagran el pan y el vino en el altar, en cada Santa Misa, desde el momento en que el sacerdote ministerial actúa in Persona Christi. En otras palabras, si las manos llagadas del Padre Pío eran las manos llagadas de Jesús hechas visibles, esas mismas manos llagadas, pero ahora invisibles -desde el momento en que el sacerdote ministerial no posee los estigmas-, son las que consagran el pan y el vino en la transubstanciación. Si las llagas visibles del Padre Pío son un misterio insondable, las llagas invisibles de las manos de Cristo que consagran a través de las manos del sacerdote ministerial en la Santa Misa, constituyen un misterio absoluto que supera toda capacidad de comprensión humana y angélica, misterio ante el cual solo caben el asombro, la adoración y la acción de gracias a Dios Trino por tanta misericordia.


lunes, 16 de septiembre de 2013

San Cipriano, obispo y mártir

          En las Actas del martirio de San Cipriano se lee, en el decreto por el cual se lo sentencia a muerte al santo obispo, que la causa de su sentencia a muerte es el haberse convertido en "enemigo de los dioses de Roma y de la antigua religión", además de ser el "culpable" de que otros imiten su ejemplo y adhieran a la "nefanda doctrina".
          Visto con los ojos humanos, la muerte de San Cipriano está justificada: es un "enemigo de la religión de Roma", y por lo tanto, es enemigo también del emperador, a quien se adora por medio de esta religión; es enemigo también de las costumbres y religiones ancestrales -que no es otra cosa que paganismo y brujería-, y además es un rebelde que altera la paz y el orden públicos y pone en peligro los cimientos mismos del Imperio Romano, desde el momento en que es culpable de que "muchos" abandonen la religión de Roma, el culto idolátrico al emperador y la religión antigua -la brujería-, para seguir la religión de un hombre crucificado y muerto hace cientos de años. En definitiva, a los ojos de los hombres sin fe y a los ojos del mundo, la sentencia a muerte de San Cipriano está justificada, porque es un enemigo del Imperio, un traidor, un rebelde y un instigador a la rebelión, y todo esto lo hace acreedor del "odio del mundo" (cfr. Jn 15, 18-21), el cual descarga sobre San Cipriano toda la fuerza de su poder, poder que es muerte y destrucción.
          Ahora bien, si el mundo, que está "bajo el poder del Príncipe de las tinieblas" (cfr. 1 Jn 5, 19), guiado por el odio del ángel caído, odia a San Cipriano, es porque antes odió a Cristo, Hijo de Dios, que ha venido para "destruir las obras del demonio" (1 Jn 3, 8). Es por esto que, a los ojos de Dios, San Cipriano no es enemigo sino amigo, y ya lo había dicho Jesús en la Última Cena: "Ya no os llamo siervos, sino amigos" (Jn 15, 15), y San Cipriano es amigo de Dios, porque Dios Padre ve en él la imagen de su Hijo Jesús, imagen tallada y esculpida a fuego por la gracia santificante, y al ver a su Hijo Jesús en San Cipriano, Dios Padre ve que no es San Cipriano quien se inmola, sino su Hijo Jesús quien, a través de San Cipriano, continúa su Pasión redentora, derramando su Sangre por la salvación de los hombres. Es así, entonces, que a los ojos de Dios, todo cambia: el enemigo del mundo es su amigo; el traidor a los ojos del mundo, es su hijo más fiel; el rebelde a los ojos del mundo, es su hijo más dócil a las mociones del Amor divino; el que es odiado por el mundo, es aquel a quien más ama Dios, enviándole el Espíritu Santo, el Amor de Dios, que inhabita en el alma del mártir y habla a través suyo.
          El mensaje de santidad de San Cipriano, entonces, es este: "Bienaventurados cuando os odien a causa del Hijo del hombre, porque eso significa que sois amados por el Padre y su Espíritu Divino".
         

          

domingo, 15 de septiembre de 2013

El Cura Brochero y la imitación de Cristo


          El Cura Brochero imitó a Cristo durante toda su vida y fue así como alcanzó la santidad. La imitación de Cristo se ve, ante todo, en la heroicidad de la práctica de las virtudes, heroicidad que fue, en definitiva, la que lo llevó al Reino de los cielos, y a ser proclamado beato en la tierra. Y puesto que en Brochero el sacerdocio ministerial se identificaba con él, de tal manera que no puede pensarse en Brochero sin pensar en "el Cura Brochero", la imitación de Cristo que lo llevó a los cielos se dio sobre todo en su vida sacerdotal, en la devoción y piedad con la que celebraba la Santa Misa -celebró hasta el final, aún cuando ya ciego y sin sensibilidad en los dedos, no podía leer el Misal ni saber si sostenía adecuadamente la Hostia-, o rezaba el Rosario, o confesaba, o predicaba los Ejercicios Espirituales que el Señor otorgó como preciosísimo don celestial a la Iglesia, por medio de San Ignacio de Loyola.  
          El Cura Brochero se distinguió, de modo particular, en su celo por las almas, buscando su salvación a toda costa, y uno de los medios sobrenaturales más eficaces que utilizó para este fin, fueron los Ejercicios Espirituales, para cuya realización dedicó gran parte de su vida. El Padre Brochero fue un predicador incansable de estos retiros, riquísimos en meditaciones espirituales de profundo contenido, y obtuvo la conversión de numerosas almas a través de estos retiros. Y fue en esto en lo que imitó a Cristo, porque era Cristo quien vivía en Él y obraba a través suyo, puesto que no era él quien salía a buscar ejercitantes para los Ejercicios Espirituales, sino que era Cristo en Persona el que, como el pastor de la parábola, que sale a buscar la oveja perdida y deja a las noventa y nueve (cfr. Lc 15, 1-10), y como la mujer que busca la dracma perdida hasta encontrarla, sale a buscar al pecador, pero esta vez ya no en la figura de una parábola, sino en el cuerpo y alma de un sacerdote totalmente entregado a Él e identificado con Él.
          El Cura Brochero imitó a Jesús en sus virtudes, en la vida cotidiana, y en su sacerdocio ministerial, pero también imitó a Cristo hasta el fin de sus días con la enfermedad, y lo hizo no como él quería, muriendo en plena actividad, "como el caballo Chesches, que murió en plena carrera", según él lo manifiesta en la carta al obispo Yáñez, sino con una enfermedad que lo consumió poco a poco, la lepra. La imitación de Cristo con esta enfermedad está en el hecho de que el leproso, en la Antigüedad, era llamado "maldito" y considerado como tal, pues vivía alejado de los poblados y todo el mundo evitaba su contacto, porque se lo consideraba repugnante incluso a la simple vista. Cristo muere en la Cruz, y con esto se hace maldito, como dice la Sagrada Escritura a quien muere en la Cruz: "Maldito el que cuelga del madero". Pero Cristo, no siendo maldito en sí mismo, se hace maldito por nosotros, para compartir nuestra suerte, que sí es maldita, desde el momento en que estamos caídos a causa del pecado original. Cristo se hace maldito para destruir la maldición por el sacrificio de la Cruz, la ofrenda de su Cuerpo y el derramamiento de su Sangre, que cancelan para siempre la maldición que desde Adán y Eva pesaba sobre la humanidad entera. Al contagiarse la lepra, llamada "enfermedad maldita" y que daba el nombre de "maldito" al que la contraía, el Cura Brochero exterioriza con su cuerpo humano la identificación espiritual interior, dada por la gracia, con la Pasión redentora del Hombre-Dios, que no duda en subir al leño de la Cruz para destruir allí la maldición que el pecado había traído sobre toda la humanidad.
          Por último, hay otra identificación del Cura Brochero con Cristo: el Cura Brochero se contagió la lepra al tomar mate en sus visitas a un leproso, ateo y blasfemo, de quien buscaba su conversión, y en esto imitó a Jesús, Buen Pastor, que para rescatar a su oveja perdida no duda en descender del cielo para ofrendar su Cuerpo en la Cruz por la salvación del pecador. por esto, no era José Gabriel del Rosario Brochero quien visitaba a ese leproso y tomaba mate con él, sino que era el mismo Jesús en Persona quien, a través del Cura Brochero, se acercaba al leproso para conquistar su alma y llevarla al Reino de los cielos. Al igual que el Cura Brochero, seamos entonces otros tantos "cristóforos", es decir, portadores de Cristo, para que Cristo los alcance con su Amor.
         


jueves, 29 de agosto de 2013

Santa Rosa de Lima y el don de la tribulación como participación a la Cruz de Cristo


Con mucha frecuencia sucede, entre los cristianos, que frente a las pruebas y tribulaciones de la vida, sobrevengan el desánimo y el desaliento, como consecuencia de la incomprensión del misterio pascual de Jesús, de Muerte y Resurrección. A raíz de esta incomprensión, los cristianos acuden a la oración para pedir a Dios que les sea quitada la tribulación y que la prueba finalice cuanto antes. Entre los escritos de Santa Rosa, existe un texto en el que Nuestro Señor no solo reafirma el valor de la tribulación y de la prueba, sino que advierte que es el único camino para acceder al cielo:
Así narra Santa Rosa las palabras de Jesús: “El divino Salvador, con inmensa majestad, dijo: «Que todos sepan que la tribulación va seguida de la gracia; que todos se convenzan que sin el peso de la aflicción no se puede llegar a la cima de la gracia; que todos comprendan que la medida de los carismas aumenta en proporción con el incremento de las fatigas. Guárdense los hombres de pecar y de equivocarse: ésta es la única escala del paraíso, y sin la cruz no se encuentra el camino para subir al cielo».
Las palabras de Jesús a Santa Rosa de Lima explicitan lo que Él nos reveló en el Evangelio: “Si alguien quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, que cargue su Cruz de todos los días, y me siga” (Lc 9, 22-25). ¿Por qué nos dice esto Jesús? Porque el cristiano está en esta vida para salvar su alma, pero la salvación solo viene por Cristo y Cristo crucificado, muerto y resucitado. De ahí la importancia de cargar la Cruz de cada día y de seguir a Jesús por el Camino Real de la Cruz, el Via Crucis; de ahí la importancia de la negación de uno mismo, porque en la cima del Calvario debe morir el hombre viejo, para que renazca el hombre nuevo, el hombre regenerado por la gracia; de ahí la importancia de aceptar las tribulaciones, las aflicciones, las fatigas, porque son dones del cielo que nos hacen participar de la Cruz de Jesús, porque la Cruz es tribulación -Suprema Tribulación-, aflicción -Suprema Aflicción-, fatiga -Suprema Fatiga-. Esto quiere decir que el cristiano no solo no debe jamás rechazar la tribulación -la que viene de la Cruz-, sino por el contrario, debe postrarse en acción de gracias por tan inmenso don, puesto que al ser una participación a la Cruz de Jesús, es un signo de predilección divina.
Esto es lo que explica también que en el camino opuesto al de la salvación, en el camino de la perdición, los réprobos no experimenten tribulación ni prueba alguna, porque allí no hay redención ni salvación. Es muy mala señal que alguien de rienda suelta a las pasiones y que su único objetivo en la vida sea obtener éxitos mundanos y bienes materiales: éste no es el camino de la Cruz, y no es el camino de la salvación, el camino que conduce al cielo.
Ahora bien, el cristiano debe saber que la tribulación no es un fin en sí mismo, y que nada termina en la tribulación; por el contrario, "a la tribulación", le dice Jesús a Santa Rosa de Lima, "le sigue la gracia"; "con el peso de la aflicción, se llega a la cima de la gracia"; "los carismas aumentan con el incremento de las fatigas", y esto es así porque a la Cruz le sigue la Luz, a la Muerte de Cristo en la Cruz, le sigue la Resurrección en la gloria divina. Y tal como le dice también Jesús a Santa Rosa, la tribulación de la Cruz no es un "camino alternativo" u "opcional", sino el único camino: "Ésta es la única escala del paraíso, y sin la Cruz no se encuentra el camino para subir al cielo".
Meditando sobre las palabras de Jesús, más adelante, Santa Rosa agrega: "¡Ojalá todos los mortales conocieran el gran valor de la divina gracia, su belleza, su nobleza, su infinito precio, lo inmenso de los tesoros que alberga, cuántas riquezas, gozos y deleites! Sin duda alguna, se entregarían, con suma diligencia, a la búsqueda de las penas y aflicciones. Por doquiera en el mundo, antepondrían a la fortuna las molestias, las enfermedades y los padecimientos, incomparable tesoro de la gracia. Tal es la retribución y el fruto final de la paciencia. Nadie se quejaría de sus cruces y sufrimientos, si conociera cuál es la balanza con que los hombres han de ser medidos".
Si las vidas de los santos son propuestas por la Iglesia para que aprendamos de ellos, la vida de Santa Rosa de Lima nos deja esta gran enseñanza: debemos agradecer la tribulación, signo de predilección del Amor divino, que nos hace participar de la Cruz de Jesús, Puerta abierta al cielo, a la eterna felicidad.


miércoles, 21 de agosto de 2013

San Pío X y la pureza de la fe, necesaria para entrar en el Reino de los cielos


          San Pío X  se caracterizó, además de por su vida de santidad, por combatir contra un movimiento teológico llamado "modernismo", según el cual tanto la Iglesia como sus dogmas son solo instituciones creadas por el hombre. Según esta concepción, si la Iglesia y sus dogmas son creaciones de la mente humana -que los crea de acuerdo al contexto histórico en el que vive al momento de la creación-, entonces, como tales, como creaciones humanas, necesitan ser revisadas y reformadas constantemente, de acuerdo a la evolución de la historia, de la cultura, del pensamiento y de los hábitos de los hombres.
          Si lo que sostiene el modernismo fuera verdad, entonces nada en la Iglesia subsistiría y ninguno de sus dogmas sería inmutable, y la Iglesia se conmovería en sus cimientos, porque no existiría una Verdad absoluta divina, en sí misma, fuente de las verdades dogmáticas sobre las que asienta el edificio espiritual de la Iglesia. Así, la Iglesia no sería la "Esposa del Cordero", Cristo no sería el Hombre-Dios que murió en la cruz y resucitó para salvarnos, no existirían ni cielo ni infierno -o si este existe, estaría vacío-, etc. etc., porque si los dogmas dependen de las elucubraciones de la mente humana, todo puede cambiar, porque el hombre de inicios de la vida cristiana no piensa lo mismo que el de la Edad Media, y este a su vez no piensa lo mismo que el hombre del siglo XXI. Si se siguieran los postulados del modernismo, la Iglesia sufriría una revolución radical desde sus cimientos, en donde perdería toda referencia a lo sagrado, con lo cual se reemplazaría a la Esposa de Cristo por una institución religiosa de origen humano, como tantas otras, puesto que el modernismo basa sus postulados en el racionalismo, el subjetivismo y el relativismo, es decir, todas deformaciones del pensamiento humano que no tiene por guía a la Verdad en sí misma, revelada en Jesucristo, sin dar cabida, al mismo tiempo, a todo aquello que en la Iglesia es de origen divino.
          San Pío X fue capaz de entrever el peligro mortal que para la Iglesia -y, por lo tanto, para las almas- significaba el modernismo, y por ello dedicó gran parte de los esfuerzos de su pontificado para combatir a este movimiento, llevado a cabo sin duda por personas de buenas intenciones, pero que habían perdido el horizonte de la fe y ponían por tanto en riesgo la salvación eterna propia y la de centenares de miles de almas.
          Dentro de los elementos con los cuales San Pío X combatió al modernismo, se encuentra el denominado "Juramento Antimodernista", que asegura, a quien lo cumple, una fe limpia, pura, simple -por perfecta-, sin contaminación de ninguna clase.
         El Juramento puede servir como un examen de conciencia para el católico, para determinar cuán pura es su fe -y así adecuar las obras a la fe-, puesto que no es lo mismo creer en los postulados del modernismo, que en los postulados del Juramento Antimodernista de San Pío X.
          Según el Juramento Antimodernista, el católico cree en Dios como principio y fin de todas las cosas, que puede ser conocido por la razón, por medio de la Creación -obra de la Sabiduría y del Amor divino-, así como la causa se conoce por el efecto. Con esto se descarta de raíz el planteamiento central del gnosticismo de la Nueva Era, según el cual Dios es en realidad "energía cósmica impersonal".
          Para el católico, los milagros y las profecías no son "fabulaciones de la mente", sino signos certísimos del origen divino de la religión cristiana, signos los cuales son acordes a los hombres de todos los tiempos.
          El católico cree que la Iglesia ha sido instituida de modo próximo y directo por Cristo en persona, y que está edificada sobre Pedro, jefe de la jerarquía, y sobre sus sucesores hasta el fin de los tiempos. Al mismo tiempo, solo la Iglesia es guardiana y maestra de la Palabra revelada, porque está guiada por el Espíritu Santo.
          El católico recibe y cree, con el mismo y sentido y la misma interpretación, la doctrina de la fe transmitida por los Apóstoles a través de los Padres ortodoxos. En consecuencia, rechaza la suposición herética de que los dogmas "evolucionan", pudiendo cambiar de sentido para constituirse en otro diferente al dado por la Iglesia.
          El católico cree que "la fe no es un sentido religioso ciego que surge de las profundidades del subconsciente, bajo el impulso del corazón y el movimiento de la voluntad", sino el asentimiento libre por el cual se cree a Dios que se revela y que en cuanto tal es Verdad absoluta en sí misma, lo cual quiere decir que no puede enseñar nada falso o engañoso.
          El católico sostiene que su fe no contradice a la historia, y que sus dogmas se corresponden con el origen real de la religión cristiana.
          El católico rechaza la "doble personalidad", como si su fe de creyente contradijera a los hechos históricos, y también se niega a sostener cosas que contradigan la fe de la Iglesia, como así también a establecer premisas que, sin negar directamente los dogmas, llevarían a concluir que los dogmas son o bien falsos, o dudosos.
          El católico juzga e interpreta la Sagrada Escritura según la Tradición de la Iglesia, la analogía de la fe y las normas de la Sede Apostólica, al tiempo que rechaza los errores de los racionalistas que eliminan de raíz el misterio divino.
          El católico cree firmemente en el origen sobrenatural de la Tradición católica y en la promesa divina de preservar por siempre toda la Verdad revelada.
          El católico se declara "opuesto al error de los modernistas que sostienen que no hay nada divino en la Sagrada Tradición", aunque también rechaza el sentido panteísta, según el cual "un grupo de hombres por su propia labor, capacidad y talento han continuado durante las edades subsecuentes una escuela comenzada por Cristo y sus apóstoles".
          El católico promete, ayudado por Dios y los Santos Evangelios, mantener su fe incontaminada con los errores modernistas.
          San Pío X nos ayuda, entonces, a mantener pura nuestra fe católica, para que, obrando según lo que creemos, alcancemos la eterna felicidad en el Reino de los cielos.
         


viernes, 9 de agosto de 2013

Santa Teresa Benedicta de la Cruz


         Representa, en su persona y en su vida, a todo lo humano asumido y redimido en Cristo: es de raza hebrea y de religión judía, y se convierte a Cristo, en quien ya no hay “ni judío ni gentil”; es filósofa, y por el camino del Amor a la Verdad Absoluta abre su mente y prepara su espíritu para el don de la gracia, que la hará partícipe de la Sabiduría de Dios, Jesús de Nazareth; es  laica y abraza la vida religiosa en el Carmelo, entregando su vida como esposa del Cordero; finalmente, al ser apresada y ejecutada por el paganismo nazi, entrega todo su ser, cuerpo y alma, en un doble holocausto: en el holocausto de la Shoá, el sufrido por todo el pueblo hebreo, y en el Holocausto del Cordero, al ser consumida en las llamas del Fuego del Amor divino que brota del Sagrado Corazón traspasado de Jesús.

         Por todo esto, Santa Teresa Benedicta de la Cruz representa a la Nueva Humanidad, la humanidad regenerada por la gracia divina, la humanidad que está y estará delante del Cordero, alegrándose en su Presencia, cantando junto a los ángeles loas de alabanza, y cánticos de acción de gracias, adorándolo y amándolo por toda la eternidad.

jueves, 30 de mayo de 2013

Santa Juana de Arco, arquetipo de héroe y santo, modelo de amor a Dios y a la Patria



Santa Juana de Arco nació en día de la Epifanía de 1412, cerca de Champagne, Francia. Se caracterizó por su gran bondad y por su laboriosidad en el hogar, pero nunca aprendió a leer ni a escribir.
Los vecinos de la familia, en el proceso de rehabilitación de la santa, dejaron testimonios conmovedores de la piedad y ejemplar conducta de la joven. Tanto los sacerdotes que la conocieron como sus compañeros de juegos, atestiguaron que le gustaba ir a orar a la Iglesia, que recibía con frecuencia los sacramentos, que se ocupaba de los enfermos y era particularmente bondadosa con los peregrinos, a los que más de una vez, cedió su lecho. Según uno de los testigos “era tan buena, que todo el pueblo la quería”.
Santa Juana era todavía muy niña cuando Enrique V de Inglaterra invadió Francia, asoló Normandía y reclamó la corona de Carlos VI. Francia se hallaba en aquel momento dividida por la guerra civil entre los partidarios del duque de Borgoña y el duque de Orleáns, de suerte que no había podido organizar rápidamente la resistencia. Por otra parte, después de que el duque de Borgoña fue traidoramente asesinado por los hombres del delfín, los borgoñeses se aliaron con los ingleses, que apoyaban su causa. El duque de Bedford, regente del monarca inglés, prosiguió vigorosamente la campaña y las ciudades cayeron, una tras otra, en manos de los aliados. Entre tanto, Carlos VII, o el delfín, como se insistía en llamarle, consideraba la situación perdida sin remedio y se entregaba a frívolos pasatiempos en su corte.
A los catorce años de edad, Santa Juana tuvo la primera de las experiencias místicas que habían de conducirla por el camino del patriotismo hasta la muerte en la hoguera. Primero oyó una voz, parecía hablarle de cerca, y vio un resplandor; más tarde, las voces se multiplicaron y la joven empezó a ver a sus interlocutores, que eran, entre otros, San Miguel Arcángel, Santa Catalina y Santa Margarita. Poco a poco, le explicaron la abrumadora misión a la que el cielo la tenía destinada: ¡Ella, una simple campesina debía salvar a Francia! Para no despertar la cólera de su padre, Santa Juana mantuvo silencio. Pero, en mayo de 1428, las voces se hicieron imperiosas y explícitas: la joven debía presentarse ante Roberto de Baudricourt, comandante de las fuerzas reales, en la cercana población de Vaucouleurs. Santa Juana consiguió que un tío suyo que vivía en Vaucouleurs, la llevase consigo. Pero Baudricourt se burló de sus palabras y despidió a la doncella, diciéndole que lo que necesitaba era que su padre le diese unas buenas nalgadas.
En aquel momento, la posición militar del rey era desesperada, pues los ingleses atacaban Orleáns, el último reducto de la resistencia. Santa Juana volvió a Domrémy, pero las voces no le dieron descanso. Cuando la joven respondió que era una campesina que no sabía ni montar a caballo, ni hacer la guerra, las voces le replicaron: "Dios te lo manda."  Incapaz de resistir a este llamamiento, Santa Juana huyó de su casa y se dirigió nuevamente a Vaucouleurs. El escepticismo de Baudricourt desapareció cuando recibió la noticia oficial de una derrota que Santa Juana había predicho; así pues, no sólo consintió en mandarla a ver al rey, sino que le dio una escolta de tres soldados. Santa Juana pidió que le permitieran vestirse de hombre para proteger su virtud. 
Los viajeros llegaron a Chinon, donde se hallaba en monarca, el 6 de marzo de 1429; pero Santa Juana no consiguió verle sino hasta dos días después. Carlos se había disfrazado para desconcertar a Santa Juana; pero la doncella le reconoció al punto por una señal secreta que le comunicaron las voces y que ella transmitió sólo al rey. Ello bastó para persuadir a Carlos VII del carácter sobrenatural de la misión de la doncella. Santa Juana le pidió un regimiento para ir a salvar Orleáns. El favorito del rey, la Trémouille, y la mayor parte de la corte, que consideraban a Santa Juana como una visionaria o una impostora, se opusieron a su petición. El rey decidió enviar a Santa Juana a Poitiers a que la examinara una comisión de sabios teólogos.
Al cabo de un interrogatorio que duró tres semanas por lo menos, la comisión declaró que no encontraba nada que reprochar a la joven y aconsejó que el rey se valiese, prudentemente, de sus servicios. Santa Juana volvió entonces a Chinon, donde se iniciaron los preparativos para la expedición que ella debía encabezar. El estandarte que se confeccionó especialmente para ella, tenía bordados los nombres de Jesús y de María y una imagen del Padre Eterno, a quien dos ángeles le presentaban, de rodillas, una flor de lis. La expedición partió de Blois, el 27 de abril. Santa Juana iba al a cabeza, revestida con una armadura blanca.
A pesar de algunos contratiempos, el ejército consiguió entrar en Orleáns, el 29 de abril y su presencia obró maravillas. Para el 8 de mayo, ya habían caído los fuertes ingleses que rodeaban la ciudad y, al mismo tiempo, se levantó el sitio. Santa Juana recibió una herida de flecha bajo el hombro. Antes de la campaña, había profetizado todos estos acontecimientos, con las fechas aproximadas. La doncella hubiese querido continuar la guerra, pues las voces le habían asegurado que no viviría mucho tiempo. Pero La Trémouille y el arzobispo de Reims, que consideraban la liberación de Orleáns como obra de la buena suerte, se inclinaban a negociar con los ingleses. Sin embargo, se permitió a Santa Juana emprender una campaña en el Loira con el duque de Alencon. La campaña fue muy breve y dio el triunfo aplastante sobre las tropas de Sir John Fastolf, en Patay. Santa Juana trató de coronar inmediatamente al delfín. El camino a Reims estaba prácticamente conquistado y el último obstáculo desapareció con la inesperada capitulación de Troyes.
Los nobles franceses opusieron cierta resistencia; sin embargo, acabaron por seguir a la santa a Reims, donde, el 17 de julio de 1429, Carlos VII fue solemnemente coronado. Durante la ceremonia, Santa Juana permaneció de pie con su estandarte, junto al rey. Con la coronación de Carlos VII terminó la misión que las voces habían confiado a la santa y también su carrera de triunfos militares.
Santa Juana se lanzó audazmente al ataque de París, pero la empresa fracasó por la falta de los refuerzos que el rey había prometido enviar y por la ausencia del monarca. La santa recibió una herida en el muslo durante la batalla y el duque de Alencon tuvo que retirarla casi a rastras. La tregua de invierno que siguió, la pasó Santa Juana en la corte, donde los nobles la miraban con mal disimulado recelo. Cuando recomenzaron las hostilidades, Santa Juana acudió a socorrer la plaza de Compiegne, que resistía a los borgoñones. El 23 de mayo de 1430, entró en la ciudad y ese mismo día organizó un ataque que no tuvo éxito. A causa del pánico, o debido a un error de cálculo del gobernador de la plaza, se levantó demasiado pronto el puente levadizo, y Santa Juana, con algunos de sus hombres, quedaron en el foso a merced del enemigo. Los borgoñeses derribaron del caballo a la doncella entre una furiosa gritería y la llevaron al campamento de Juan de Luxemburgo, pues uno de sus soldados la había hecho prisionera. Desde entonces hasta bien entrado el otoño, la joven estuvo presa en manos del duque de Borgoña. Ni el rey ni los compañeros de la santa hicieron el menor esfuerzo por rescatarla, sino que la abandonaron a su suerte. Pero, si los franceses la olvidaban, los ingleses en cambio se interesaban por ella y la compraron, el 21 de noviembre, por una suma equivalente a 23,000 libras esterlinas, actualmente. Una vez en manos de los ingleses, Santa Juana estaba perdida. Estos no podían condenarla a muerte por haberles derrotado, pero la acusaron de hechicería y de herejía. Como la brujería estaba entonces a la orden del día, la acusación no era extravagante. Además, es cierto que los ingleses y los borgoñeses habían atribuido sus derrotas a conjuros mágicos de la santa doncella.
Los ingleses la condujeron, dos días antes de Navidad, al castillo de Rouen. Según se dice sin suficiente fundamento, la encerraron, primero, en una jaula de acero, porque había intentado huir dos veces; después la trasladaron a una celda, donde la encadenaron a un poyo de piedra y la vigilaban día y noche. El 21 de febrero de 1431, la santa compareció por primera vez ante un tribunal presidido por Pedro Cauchon, obispo de Beauvais, un hombre sin escrúpulos, que esperaba conseguir la sede arquiepiscopal de Rouen con la ayuda de los ingleses. El tribunal, cuidadosamente elegido por Cauchon, estaba compuesto de magistrados, doctores, clérigos y empleados ordinarios. En seis sesiones públicas y nueve sesiones privadas, el tribunal interrogó a la doncella acerca de sus visones y "voces", de sus vestidos de hombre, de su fe y de sus disposiciones para someterse a la Iglesia. Sola y sin defensa, la santa hizo frente a sus jueces valerosamente y muchas veces los confundió con sus hábiles respuestas y su memoria exactísima. Una vez terminadas las sesiones, se presentó a los jueces y a la Universidad de Paría un resumen burdo e injusto de las declaraciones de la joven. En base a ello, los jueces determinaron que las revelaciones habían sido diabólicas y la Universidad la acusó en términos violentos.
En la deliberación final el tribunal declaró que, si no se retractaba, debía ser entregada como hereje al brazo secular. La santa se negó a retractarse a pesar de las amenazas de tortura. Pero, cuando se vio frente a una gran multitud en el cementerio de Saint-Ouen, perdió valor e hizo una vaga retractación. Digamos, sin embargo, que no se conservan los términos de si retractación y que se ha discutido mucho sobre el hecho. La joven fue conducida nuevamente a la prisión, pero ese respiro no duró mucho tiempo.
Ya fuese por voluntad propia, ya por artimañas de los que deseaban su muerte, lo cierto es que Santa Juana volvió a vestirse de hombre, contra la promesa que le habían arrancado sus enemigos. Cuando Cauchon y sus hombres fueron a interrogarla en su celda sobre lo que ellos consideraban como una infidelidad, Santa Juana, que había recobrado todo su valor, declaró nuevamente que Dios la había enviado y que las voces procedían de Dios.
Según se dice, al salir del castillo, Cauchon dijo al Conde de Warwick: “Tened buen ánimo, que pronto acabaremos con ella”. El martes 29 de mayo de 1431, los jueces, después de oír el informe de Cauchon, resolvieron entregar a la santa al brazo secular como hereje renegada. Al día siguiente, a las ocho de la mañana, Santa Juana fue conducida a la plaza del mercado de Rouen para ser quemada en vida. Cuando los verdugos encendieron la hoguera, Santa Juana pidió a un fraile dominico que mantuviese una cruz a la altura de sus ojos. Murió rezando. Invocaba al Arcángel San Miguel, al cual siempre le había tenido gran devoción e invocando el nombre de Jesús tres veces, entregó su espíritu al Señor. La santa no había cumplido todavía los veinte años. Sus cenizas fueron arrojadas al río Sena. Más de uno de los espectadores debió haber hecho eco al comentario amargo de Juan Tressart, uno de los secretarios del rey Enrique: “¡Estamos perdidos! ¡Hemos quemado a una santa!”.
Veintitrés años después de la muerte de Santa Juana, su madre y dos de sus hermanos pidieron que se examinase nuevamente el caso, y el Papa Calixto III nombró a una comisión encargada de hacerlo. El 7 de julio de 1456, el veredicto de la comisión rehabilitó plenamente a la santa. Más de cuatro siglos y medio después, el 16 de mayo de 1920, Juana de Arco fue solemnemente canonizada por el Papa Benedicto XV[1].
Mensaje de santidad de Santa Juana de Arco

En un siglo caracterizado por la ideología atea y globalista, que busca hacer desaparecer el amor a Dios y a la Patria, Santa Juana de Arco es un precioso y valioso ejemplo de cómo amar, hasta el extremo de dar la vida, tanto a Dios como a la Patria: a Dios, por ser Él quien es, Dios de majestad infinita; a la Patria, por ser la Patria un regalo del Amor divino.
Pero esta muestra de amor a Dios y a la Patria no surge en Santa Juana por sí misma, sino que le es dada, como un don, por el cielo, y su mérito está en su docilidad a la gracia, aun cuando el camino que se le presentaba era el del sacrificio de la propia vida y el ser acusada de sacrílega y blasfema, hasta el punto de perder la vida por falsas acusaciones luego de un juicio inicuo.
Santa Juana ama a su Patria, a la cual rescata con la ayuda sobrenatural del cielo, y la prueba de la ayuda del cielo está en que cuando el cielo no la ayuda, fracasa en sus empresas militares, y ahí es cuando es capturada.
Santa Juana ama a Dios y a sus ángeles y santos y da testimonio público de Jesucristo, porque cuando recibe las locuciones de San Miguel Arcángel y de los santos, se muestra dócil a ellos y obedece a sus órdenes, obediencia mediante la cual obtiene resonantes triunfos sobre sus enemigos. La lucha contra los enemigos terrenos de la Patria, que amenazan su existencia, representa la lucha contra los enemigos del alma, las “siniestras potestades de los aires”, que amenazan la vida del alma buscando la eterna condenación.
Santa Juana enarbola con amor y valentía el estandarte que el cielo le manda confeccionar: los nombres de Jesús y de María y una imagen del Padre Eterno, a quien dos ángeles le presentan, de rodillas, una flor de lis. El estandarte, que flamea victorioso al viento, es una representación del corazón de Santa Juana: por acción de la gracia, en el corazón de Santa Juana de Arco inhabitan Jesús y María, y ella misma está representada en la flor de lis, cuya belleza y aroma agradan a Dios Padre y a sus ángeles.
Santa Juana de Arco no sabía leer ni escribir, pero sin embargo poseía la sabiduría venida de lo alto, pues sabía discernir entre el Bien y el mal y su alma pura y cristalina por la acción de la gracia santificante, era capaz de escuchar las voces del cielo, voces que la guiaron, por el camino del amor y de la fidelidad a Dios y a la Patria, a lo más alto del cielo.
Santa Juana cumplió fielmente la misión que Dios le encomendó: ser en la tierra la conductora de un ejército victorioso, y para eso le envió como instructor y guía al Príncipe de la Milicia celestial, San Miguel Arcángel, cuya protección siempre invocó, hasta momentos antes de espirar.
Santa Juana imitó a Jesús, ya que dio la vida por Dios, por su Patria y por sus compatriotas, cumpliendo con su gesto las palabras de Jesús: “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos”. También como Jesús, que siendo Dios en Persona y por lo tanto Tres veces Santo, fue acusado falsamente de estar inspirado por Beelzebul, Santa Juana, estando en estado de gracia santificante, fue acusada falsamente de hechicería y brujería, pero al igual que Jesús, que triunfó sobre el infierno en la Cruz, así Santa Juana triunfó sobre sus enemigos, “las potestades siniestras de los aires”.
Santa Juana siguió fielmente el camino de la Cruz, en la imitación de Jesús, porque compartió con Jesús el amargo sabor del abandono y de la traición de aquellos mismos por quienes daba su vida, participando de esta manera de la traición que sufrió Jesús a manos de Judas Iscariote, ya que de la misma manera a como Jesús fue vendido por treinta monedas de plata, así Santa Juana fue comprada por 23.000 libras esterlinas, pero así como Jesús fue reconocido como el Hijo de Dios, Tres veces Santo, luego de su muerte, al dar la lanzada el soldado romano y exclamar: “Verdaderamente, este era el Hijo de Dios”, así también Santa Juana, luego de ser quemada en la hoguera, fue reconocida como santa, tal como lo expresó Juan Tressart, secretario del Rey Enrique: “¡Hemos quemado a una santa!”.
Se mantiene fiel en todo momento a Jesús y a la Iglesia, y por esa fidelidad, se muestra capaz de vencer a los enemigos de su Patria y liberarla, pero también por esa fidelidad soporta la traición y el juicio inicuo que la conducen a la hoguera, y por esa fidelidad a Cristo y a su Iglesia en la hora de la prueba, de la tribulación y del dolor, es premiada con la corona de la gloria eterna en los cielos. Santa Juana es así ejemplo de amor a Dios y a la Patria, y constituye un glorioso arquetipo de héroe y de santo para todas las generaciones.
Santa Juana se mantiene fiel a Jesucristo hasta la muerte, porque pide al verdugo morir elevando sus ojos a Cristo crucificado, y expira luego de invocar su nombre por tres veces, para luego pasar a la vida eterna y seguir entonando el dulce Nombre de Jesús, Dios Tres veces Santo.


[1] Cfr. Alan Butler, Vidas de los Santos de Butler, Vol. II, Collier’s International, México 1964.

lunes, 18 de febrero de 2013

El Beato Álvaro de Córdoba y el Via Crucis, el Camino Real de la Cruz



         El mensaje de santidad que nos deja el Beato Álvaro de Córdoba es el mostrarnos el camino a la felicidad, el camino al cielo. Si el mundo nos dice que la felicidad está en la satisfacción del “yo” egoísta, en la búsqueda de placer, en la sensualidad, en el erotismo, en la obtención de bienes materiales, en el desenfreno de las pasiones, el Beato Álvaro de Córdoba, por el contrario, nos enseña que el camino a la felicidad, que es el camino al cielo, está en Cristo, y en Cristo que lleva la Cruz a cuestas, subiendo la cuesta del Monte Calvario. Por este motivo, una de las obras apostólicas de Álvaro de Córdoba fue introducir en Occidente la devoción al Via Crucis, para que aprendiéramos de Jesús cómo llegar al cielo.
El Beato Álvaro de Córdoba nos enseña –porque él lo aprendió a su vez de Jesús- que si queremos alcanzar la felicidad, el único camino posible es el Camino Real de la Cruz, el Via Crucis; veamos por lo tanto en qué consiste el Via Crucis que nos legó el Beato Álvaro. Ante todo, el Via Crucis no es un mero ejercicio de piedad; se trata de la contemplación de la culminación del misterio de la Pasión de Jesús, contemplación por la cual se alcanza, a través de la fe, la participación en ese mismo misterio de salvación. El Via Crucis es contemplación y participación en el misterio pascual redentor, porque en él se cumple a la perfección el consejo de Jesús: “Si alguien quiere venir en pos de Mí, tome su Cruz de cada día, niéguese a sí mismo, y me siga”. Para seguir a Jesús en el Via Crucis, en el Camino de la Cruz, es necesario querer seguir a Jesús, porque no se lo puede seguir camino del Calvario de modo obligado, a la fuerza, y esto Jesús mismo nos lo dice: “Si alguno quiere seguirme”; para seguir a Jesús en el Via Crucis, hay que tomar la Cruz de cada día, es decir, la tribulación, la enfermedad, las situaciones de angustia, que la Divina Providencia ha elegido como medio para acercarnos, subirnos y hacernos partícipes de la Cruz de Jesús, y esto es lo que Jesús quiere decir cuando dice: “que tome su cruz de cada día”; para seguir a Jesús en el Via Crucis, hay que negarse a uno mismo: “niéguese a sí mismo”, y “negarse a sí mismo” significa luchar contra uno mismo, contra nuestras pasiones desordenadas, contra nuestra tendencia a no obrar “el bien que queremos y obrar el mal que no queremos”; “negarse a sí mismos” es mortificarse uno mismo, rechazando la impaciencia, el trato hosco, áspero, el enojo, la pereza, etc.
Al introducir en Occidente el Via Crucis, el Beato Álvaro de Córdoba nos deja entonces su legado más preciado: el único camino para llegar al cielo, a la felicidad de la bienaventuranza, es el Camino Real de la Cruz, el Via Crucis.