San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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sábado, 4 de febrero de 2012

San Pablo Miki y compañeros mártires



Vida y milagros de San Pablo Miki y compañeros mártires[1]
En el año 1597 eran varios los miles de cristianos en Japón. En ese año llegó al gobierno un emperador sumamente cruel y vicioso, el cual ordenó que todos los misioneros católicos abandonaran Japón en el término de seis meses. Pero los misioneros, en vez de huir del país, lo que hicieron fue esconderse, para poder seguir evangelizando. Fueron descubiertos y martirizados brutalmente. Los que murieron en este día en Nagasaki fueron 26. Tres jesuitas, seis franciscanos y 16 laicos católicos japoneses, que eran catequistas y se habían hecho terciarios franciscanos. La Iglesia Católica los declaró santos en 1862.
La muerte no fue instantánea. Lo primero que hicieron fue cortarles la oreja izquierda a los 26 católicos y llevarlos, así ensangrentados y sin ningún tipo de atención médica, de pueblo en pueblo, en pleno invierno y de a pie, durante un mes, para que los demás, viendo lo que les esperaba si se convertían al cristianismo, desistieran de sus propósitos de hacerse cristianos.
Al llegar a Nagasaki les permitieron confesarse con los sacerdotes, y luego los crucificaron, atándolos a las cruces con cuerdas y cadenas en piernas y brazos y sujetándolos al madero con una argolla de hierro al cuello. Entre una cruz y otra había la distancia de un metro y medio.
Testigos de su martirio y de su muerte lo relatan de la siguiente manera: “Una vez crucificados, era admirable ver el fervor y la paciencia de todos. Los sacerdotes animaban a los demás a sufrir todo por amor a Jesucristo y la salvación de las almas. El Padre Pedro estaba inmóvil, con los ojos fijos en el cielo. El hermano Martín cantaba salmos, en acción de gracias a la bondad de Dios, y entre frase y frase iba repitiendo aquella oración del salmo 30: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. El hermano Gonzalo rezaba fervorosamente el Padre Nuestro y el Avemaría”.
Al Padre Pablo Miki le parecía que aquella cruz era el púlpito o sitio para predicar más honroso que le habían conseguido, y empezó a decir a todos los presentes (cristianos y curiosos) que él era japonés, que pertenecía a la compañía de Jesús, o sociedad de los Padres jesuitas, que moría por haber predicado el evangelio y que le daba gracias a Dios por haberle concedido el honor tan enorme de poder morir por propagar la verdadera religión de Dios. A continuación añadió las siguientes palabras: “Llegado a este momento final de mi existencia en la tierra, seguramente que ninguno de ustedes va a creer que me voy a atrever a decir lo que no es cierto. Les declaro pues, que el mejor camino para conseguir la salvación es pertenecer a la religión cristiana, ser católico. Y como mi Señor Jesucristo me enseñó con sus palabras y sus buenos ejemplos a perdonar a los que nos han ofendido, yo declaro que perdono al jefe de la nación que dio la orden de crucificarnos, y a todos los que han contribuido a nuestro martirio, y les recomiendo que ojalá se hagan instruir en nuestra santa religión y se hagan bautizar”.
Luego, vueltos los ojos hacia sus compañeros, empezó a darles ánimos en aquella lucha decisiva; en el rostro de todos se veía una alegría muy grande, especialmente en el del niño Luis; éste, al gritarle otro cristiano que pronto estaría en el Paraíso, atrajo hacia sí las miradas de todos por el gesto lleno de gozo que hizo. El niño Antonio, que estaba al lado de Luis, con los ojos fijos en el cielo, después de haber invocado los santísimos nombres de Jesús, José y María, se pudo a cantar los salmos que había aprendido en la clase de catecismo. A otros se les oía decir continuamente: “Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía”. Varios de los crucificados aconsejaban a las gentes allí presentes que permanecieran fieles a nuestra santa religión por siempre.
Luego los verdugos sacaron sus lanzas y asestaron a cada uno de los crucificados dos lanzazos, con lo que en unos momentos pusieron fin a sus vidas.
El pueblo cristiano horrorizado gritaba: ¡Jesús, José y María!”.

         Mensaje de santidad de San Pablo Miki y compañeros
Una de las cosas que sorprende en el martirio de San Pablo Miki y compañeros, es la extrema crueldad empleada por los verdugos, y esto es una muestra al mismo tiempo del origen sobrenatural de la religión cristiana y de la asistencia de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, el Espíritu Santo, a cada uno de los mártires, ya que no se explica de otra manera que 26 personas, de diferentes condiciones y estados sociales, y de diferentes edades y nacionalidades, sometidas a una tortura cruel e inhumana, no solo no se quejen y soporten pacientemente las torturas, sino que se muestren alegres y canten, llenas de esperanza en la vida eterna. En los mártires resplandecen, en medio de los tormentos, la fe en Cristo Dios, la esperanza de la vida eterna, y la caridad, el amor sobrenatural, que los lleva a dar la vida por amor a Dios Trino y a perdonar a sus verdugos. Nada de esto sucedería si los mártires no estuvieran inhabitados por el Espíritu Santo, quien no solo los conforta en el dolor, sino que les concede anticipadamente, antes de su entrada en el cielo, los gozos de la eternidad, y son estos gozos los que permiten a los mártires soportar y superar los tormentos crudelísimos que se les aplican. Si no estuvieran asistidos por el Espíritu Santo en Persona, los mártires se debatirían entre la desesperación, el dolor atroz y el odio a sus ejecutores; por este motivo, las palabras dichas por los mártires antes de morir, deben considerarse como inspiradas por el mismo Espíritu Santo.
En la muerte de los mártires se ve también cómo el demonio, aún cuando cree haber ganado, lo único que hace es morder el polvo de la derrota, porque si bien consigue la muerte física de 26 mártires de Cristo, y su consiguiente desaparición de este mundo, al mismo tiempo, su ejemplo de fe enciende la fe en otros, lo cual se ve en este caso, en el pueblo que contempla la ejecución de los mártires, que reciben la gracia de invocar a Jesús, a José y a María. Es decir, el pueblo no se rebela en protesta por la muerte de los mártires, sino que a su vez, se contagia de la fe de ellos, con lo que el demonio consigue lo opuesto a lo que quería: si pretendía hacerlos renegar de la fe en Cristo, no solo obtiene la confirmación de la fe, sino que esa fe se propaga a los demás, no solo a los que contemplan las torturas, sino también a muchas generaciones futuras.
Otro ejemplo que nos brindan los mártires es el perdón a aquellos que los torturan y les dan muerte. Lejos de todo rencor y resentimiento por el dolor y la muerte que reciben, los mártires, desde la cruz, perdonan a sus verdugos, empezando por el emperador, con lo cual imitan a Cristo quien, desde la Cruz, nos perdonó nuestro deicidio: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34).

domingo, 1 de enero de 2012

San Basilio



Nació en Cesárea de Capadocia, alrededor del año 330 en una familia de santos, que vivía en un clima de profunda fe. Es uno de los tres Padres Capadocios, y es considerado como el Padre del monasticismo oriental. 
Estudió con los mejores maestros de Atenas y Constantinopla, y llegó a adquirir una gran cultura. A pesar de este brillo y éxito intelectual en los ambientes mundanos, al darse cuenta de que había perdido mucho tiempo en vanidades, él mismo confiesa: “Un día, como despertando de un sueño profundo, me dirigí a la admirable luz de la verdad del Evangelio…, y lloré sobre mi miserable vida”[1].
El proceso de conversión lo lleva no solo a desviar su mirada del mundo, sino a ser atraído por Cristo, el único para el cual tiene ojos y  al único al cual escucha, según sus palabras[2].
Se dedicó a la vida monástica en la oración, en la meditación de las Sagradas Escrituras y de los escritos de los Padres de la Iglesia y en el ejercicio de la caridad[3], siguiendo también el ejemplo de su hermana, santa Macrina, quien ya vivía el ascetismo monacal. Después fue ordenado sacerdote y, por último, en el año 370, consagrado obispo de Cesarea de Capadocia, en la actual Turquía[4]
El mensaje que San Basilio nos deja, con su ejemplar vida cristiana, es el enseñarnos a ser cristianos, principalmente para quienes vivimos en un mundo materialista, hedonista, y profundamente egoísta, en donde la acumulación de bienes importa más que el prójimo; en donde Cristo, el Hombre-Dios, es rebajado a un personaje de fantasía, y en donde el Espíritu Santo es un animador de misas convertidas en celebraciones mundanas.
Frente al materialismo individualista y egoísta de nuestro tiempo, que lleva a querer poseer cada vez más bienes materiales, de modo avaro y codicioso, San Basilio nos enseña cómo debe ser nuestra caridad para con los pobres. En una de cartas ellas, anticipa aquello que sería la Doctrina Social de la Iglesia: “¿A quién he perjudicado, dices tú, conservando lo que es mío? Dime, sinceramente, ¿qué te pertenece? ¿De quién recibiste lo que tienes? Si todos se contentaran con lo necesario y dieran el resto a los pobres, no habría ni ricos ni pobres”.
En otra carta, se dirige duramente, tratándolos de ladrones, a los cristianos que, de modo egoísta, no comparten sus bienes con los más necesitados: “Óyeme cristiano que no ayudas al pobre: Tú eres un verdadero ladrón.  El pan que no necesitas le pertenece al hambriento.  Los vestidos que ya no usas le pertenecen al necesitado.  El calzado que ya no empleas le pertenece al descalzo.  El dinero que gastas en lo que no es necesario es un robo que le estás haciendo al que no tiene con qué comprar lo que necesita.  “Si pudiendo ayudar no ayudas, eres un verdadero ladrón”.
Frente a las sectas, que desde dentro y fuera de la Iglesia intentan destruir la verdad acerca de la divinidad de Jesucristo, rebajándolo a un simple hombre, San Basilio combatió a los herejes, quienes negaban que Jesucristo fuera Dios como el Padre[5].
Frente a quienes rebajan al Espíritu Santo a un animador de encuentros, defiende su divinidad: afirmó que también el Espíritu Santo es Dios y “tiene que ser colocado y glorificado junto al Padre y el Hijo”[6]. Por este motivo, Basilio es uno de los grandes padres que formularon la doctrina sobre la Trinidad: el único Dios, dado que es Amor, es un Dios en tres Personas, que forman la unidad más profunda que existe, la unidad divina. 
Finalmente San Basilio nos enseña también cómo debe ser nuestra muerte: muere, en el año 379, según sus mismas palabras, “con la esperanza de la vida eterna, a través de Jesucristo, nuestro Señor”[7].


[1] Cfr. Carta 223: PG 32,824.
[2] Cfr. “Moralia” 80,1: PG 31,860bc.
[3] Cfr. Cartas. 2 y 22.
[5] Cfr. Basilio, Carta 9,3: PG 32,272a; Carta 52,1-3: PG 32,392b-396a; “Adversus Eunomium” 1,20: PG 29,556c.
[6] Cfr. “De Spiritu Sancto”: SC 17bis, 348.
[7] “De Bautismo” 1, 2, 9.

martes, 23 de agosto de 2011

San Bartolomé


Martirologio romano: "San Bartolomé predicó el evangelio en la India. Después pasó a Armenia y allí convirtió a muchas gentes. Los enemigos de nuestra religión lo martirizaron quitándole la piel, y después le cortaron la cabeza".

Jesús encuentra a Bartolomé y, luego de alabar su sinceridad y pureza de alma y de corazón, le dice, ante el asombro de Bartolomé ante la capacidad de Jesús de leer los pensamientos y de ver a distancia, que verá algo más grande, porque verán a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el hijo del hombre. Esta imagen recuerda a la escalera de Jacob, y es por eso que para entender entonces qué es lo que Jesús le dice a Bartolomé y a los discípulos, tenemos que saber cuál es su significado. Jacob, en un momento de su vida tiene una revelación en forma de sueño, una escalera que une cielo y tierra, por donde suben y bajan los ángeles, y en cuyo extremo superior se encuentra Dios.

La escalera es una imagen de la cruz de Cristo: así como la escalera del sueño de Jacob unía el cielo y la tierra, así del mismo modo la cruz de Cristo une al hombre con Dios, permitiéndole contemplarlo y gustar de su amor y misericordia.

Jesús le anuncia entonces a Bartolomé que verá su crucifixión en el Calvario, porque es ahí en donde la Escalera mística que es la cruz, será erguida, para que no solo los ángeles suban y bajen, sino ante todo para que el hombre suba al cielo, al encuentro con Dios Uno y Trino.

Pero esta acción de subir y bajar de los ángeles por esa “Nueva Escalera de Jacob” que es la cruz, se da ante todo en la Santa Misa, según lo dice el mismo Misal Romano en la Plegaria Eucarística I: “Te pedimos, Señor, que esta ofrenda –la Eucaristía, el cuerpo glorioso de Cristo, el Hombre Dios, cuyo nacimiento fue anunciado por el ángel a la Virgen María- sea llevada a Tu Presencia, por manos de tu ángel, hasta el altar del Cielo, para que cuantos participamos del cuerpo y de la sangre de Tu Hijo, seamos colmados de gracia y bendición”[1].

En la Misa, el ángel de la Iglesia, el Espíritu Santo, lleva la ofrenda, la Hostia consagrada, ante el altar y la majestad de Dios Uno y Trino, y luego desciende, para dar esa misma ofrenda, la Eucaristía, a los participantes de la asamblea, para que estos sean “colmados de gracia y bendición”.

La misión del ángel de Dios —mencionado en la “Plegaria Eucarística I”, del Misal Romano— es, entonces, llevar ante la Presencia de Dios Uno y Trino el fruto milagroso de las entrañas virginales de la Iglesia, el Cuerpo y la Sangre, el Alma y la Divinidad de Dios Hijo, nacido en Belén como Niño, muerto en la cruz en el Calvario y aparecido en el altar, en medio de su Iglesia, como Cordero de Dios.

Esto que decimos no es retórica ni figura simbólica; es lo que rezamos con el Misal, como Iglesia, como Cuerpo Místico de Cristo, luego de la consagración, y es por lo tanto en lo que creemos como católicos.

“Veréis cosas más grandes (…) veréis a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre”, le dice Jesús a Bartolomé, anticipándole el sacrificio de la cruz. Lo que Jesús le promete a Bartolomé, nos lo da la Iglesia, la Santa Misa.

[1] Cfr. Misal Romano, Plegaria Eucarística I.

viernes, 28 de enero de 2011

Santo Tomás y Cristo


Santo Tomás fue uno de los más grandes intelectos de la Iglesia Católica de todos los tiempos. Sus conocimientos en filosofía y en teología superan a casi todos los grandes maestros, cristianos y paganos, de la Antigüedad y de la Edad Media, y la elaboración de sus hallazgos conceptuales es tan sólida, que se mantienen hasta el día de hoy, proporcionando elementos y herramientas a los filósofos y teólogos de la Iglesia con los cuales no sólo puede la Iglesia enfrentar al pensamiento ateo contemporáneo, sino que le permite elaborar vías intelectuales y reflexivas que proporcionan al hombre de hoy caminos válidos en su búsqueda de Dios.

En el campo de la filosofía, el descubrimiento más grande de Santo Tomás, es el de la noción de “Acto de ser” o “esse ut actus”. Por esta noción, el “ser” no es una simple palabra, es decir, no tiene una mera existencia en la mente, sino que se pone en acto perfecto en la realidad, separando así la noción o concepto de “ser” de lo que es el ser en la realidad. El ser, como acto de ser, es a la vez la fuente de todas las perfecciones del ente –de la persona, en el caso de Dios Trinidad, o en los ángeles, o en el hombre-.

Por esta noción, el hombre puede salir del encierro de su propia mente, que tiende siempre a crear una realidad virtual, es decir, una realidad que sólo existe en su mente, y puede dirigirse a una realidad “real”, a una realidad que “está” y que “es” en acto fuera de sí. Si no hubiera tal noción, la realidad para el hombre sería sólo la creada por su propia mente, y no habría modo de salir de ella, dando lugar a la inmanencia, es decir, a la imposibilidad del hombre de salir de su propio yo y de su propia mente.

Por el contrario, por la noción del “Acto de ser”, Santo Tomás permite escapar de la realidad virtual de la imaginación, y situar al ente, que posee el ser, fuera de sí, lo cual abre paso a la trascendencia, ya que el ente “es” en la realidad por el acto de ser, que lo hace ser en la realidad, con una existencia y con un acto de ser independientes de la existencia y del acto de ser del propio yo.

Esto, que parecerían elucubraciones filosóficas abstractas reservadas a discusiones de entendidos, tiene una aplicación directa en el campo de la fe, y es tan importante su impacto, que su posesión y compenetración permiten construir una solidísima y firmísimo base intelectual racional, sobre la cual luego se construirán los cimientos y el edificio todo de la vida de la fe. El “Ser” de Dios, en Acto Puro y perfectísimo desde la eternidad, aparece así en el horizonte de la especulación del intelecto humano, sin posibilidad alguna de ser confundido con elucubraciones virtuales y puramente nominales, puesto que se presenta, al intelecto, como algo que “está” y que “es” fuera del hombre, con el agregado que, en su Perfección, el Ser divino se presenta como Increado, como Vivo, como fuente de toda perfección, y como Creador de todo ser creatural.

Santo Tomás aplica esta noción filosófica a la Revelación y a la Persona de Jesucristo, y como resultado, Jesucristo, que según la Revelación es Dios Hijo encarnado, aparece en el horizonte de la fe como un ser real, que existió en el tiempo, y cuya historia no fue una fábula, ni fue imaginación de discípulos exaltados, y como el portador en Acto Presente del misterio del Ser divino.

Aún más, esta noción, trasladada a la liturgia, abre las puertas a la admiración del alma, cuando se da cuenta que, en el altar, delante de sus ojos, se encuentra Presente ese mismo Ser divino y eterno, y que esa Presencia no depende ni de su fe ni de su imaginación, sino que “Es”, ahí, en el altar. A partir de esto, sólo hace falta la decisión libre del alma de trascender más allá de sus límites témporo-espaciales, lanzándose, con todas las fuerzas que su amor le permite, al encuentro con Cristo Dios Presente en la Eucaristía.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Santa Clara eligió la pobreza, junto a San Francisco, para imitar a Cristo pobre en el Pesebre y en la Cruz


  


En el Directorio Franciscano, puede leerse cuál es la última voluntad de San Francisco, en relación a la rama femenina franciscana, en la cual se encontraba Santa Clara de Asís: “Yo, el hermano Francisco, pequeñuelo, quiero seguir la vida y la pobreza del altísimo Señor nuestro Jesucristo y de su santísima Madre, y perseverar en ella hasta el fin; y os ruego, mis señoras, y os doy el consejo de que siempre viváis en esta santísima vida y pobreza. Y protegeos mucho, para que de ninguna manera os apartéis jamás de ella por la enseñanza o consejo de alguien”.
Como se ve, San Francisco, en su última voluntad, dictada a Santa Clara, hace mucho hincapié en que “no se aparten de la pobreza”. ¿Por qué esta insistencia en vivir la pobreza?
Visto con ojos humanos, la riqueza parece mucho más conveniente que la pobreza, incluso para la difusión del Reino de Dios: por ejemplo, con riqueza material, se poseen medios en mayor cantidad y calidad, se puede llegar a más cantidad de gente, y se pueden hacer muchas obras de beneficencia. Con la pobreza en cambio, todo esto se hace, si no imposible, muy difícil de alcanzar.
Sin embargo, a pesar de las aparentes conveniencias de poseer riquezas materiales, San Francisco recomienda con insistencia a Santa Clara “no apartarse de la pobreza”.
El motivo es que San Francisco recomienda la pobreza material, porque así el cristiano –y mucho más, el alma consagrada, como Santa Clara- se acerca más a Cristo pobre, en su Encarnación y en la cruz.
Cristo es pobre en la Encarnación, porque siendo Dios omnipotente, Dueño absolutamente de todo el universo, riquísimo en la abundancia exuberante de su Ser divino, se vuelve pobre, al asumir nuestra condición humana, tan limitada y tan necesitada de todo. Siendo Él el Dios Todopoderoso, decide encarnarse y asumir una naturaleza humana, que comparada con la inagotable riqueza del Ser divino, es igual a la nada. En la Encarnación, el Hijo de Dios, el Esplendor del Padre, el reflejo de la gloria del Padre, Aquel que fue engendrado entre esplendores celestiales en la eternidad, Aquel que es adorado por los ángeles y por los santos, posee en la Encarnación nada más que un cuerpo y un alma humana, un pobre pesebre hecho por su padre terreno adoptivo, San José, y una delicada manta tejida por su Madre, que es la Madre de Dios, para atenuar un poco el intenso frío de la Noche de Belén. Esos son todos los bienes materiales que posee Cristo Dios en la Encarnación.
Cristo es pobre también en la cruz, porque en la cruz está despojado de todo: no tiene nada, salvo unas pocas posesiones: el madero de la cruz, la inscripción “Éste es el Rey de los judíos”, tres clavos de hierro, una corona de gruesas espinas, un poco de tela para cubrir sus partes íntimas. Ésos son todos los bienes de Cristo en la cruz, no tiene más, y tampoco quiere más, porque con estos escasos bienes materiales, Cristo entrará en la gloria del Padre, y desde allí viene en cada Eucaristía para llevarnos con Él.
Cristo pobre en la Encarnación, Cristo pobre en la cruz. Santa Clara eligió la pobreza, no para ejercitarse en la virtud, ni para perfeccionarse en la carencia de todo. Santa Clara eligió la pobreza, junto a San Francisco, para ser pobre junto a Cristo pobre en Belén, y pobre en la Cruz.