San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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martes, 1 de octubre de 2013

Qué hacen nuestros Ángeles en el cielo y en la tierra

         
    Debido a que están en contacto con la eternidad y el tiempo -enviando mensajes de Dios, desde la eternidad, a los hombres, que viven en el tiempo, y llevando la respuesta de los hombres a Dios-, los ángeles realizan, por así decirlo, dos tipos de actividades, en el cielo y en la tierra.
         ¿Qué hacen en el cielo? En el cielo, adoran al Cordero, que está en el trono de Dios, postrándose en su Presencia, cantando y exultando de alegría, y pasan de éxtasis en éxtasis de amor por siglos sin fin. También transmiten los mensajes de Dios a los hombres –y por eso “ángeles” quiere decir “mensajeros”-, pero su tarea principal es contemplar, adorar y amar al Cordero en su trono, el altar de los cielos.
         ¿Y en la tierra? En la tierra, nuestros Ángeles Custodios adoran al Cordero, que está en su trono, la Cruz sacrosanta, que se eleva majestuosa y radiante de gloria divina en el altar eucarístico y junto con el sacerdote ministerial, recogen en el cáliz, en cada Santa Misa, la Sangre preciosísima que mana de sus manos, de sus pies y de su costado traspasado, para darla de beber a quienes, como ellos, adoran y aman al Hombre-Dios. Nuestros Ángeles Custodios adoran también al Cordero en los sagrarios, sobre todo en los sagrarios en los que Él ha sido abandonado y dejado solo, y cuando no están adorando, van presurosos hasta los hombres que viven en las tinieblas, para susurrarles al oído que el Cordero está solo y esperando por ellos en su Prisión de Amor y, una vez entregado el mensaje, regresan a su puesto de adoración. Algunas veces, su mensaje es escuchado; otras, las más, es ignorado.

         

jueves, 29 de agosto de 2013

Santa Rosa de Lima y el don de la tribulación como participación a la Cruz de Cristo


Con mucha frecuencia sucede, entre los cristianos, que frente a las pruebas y tribulaciones de la vida, sobrevengan el desánimo y el desaliento, como consecuencia de la incomprensión del misterio pascual de Jesús, de Muerte y Resurrección. A raíz de esta incomprensión, los cristianos acuden a la oración para pedir a Dios que les sea quitada la tribulación y que la prueba finalice cuanto antes. Entre los escritos de Santa Rosa, existe un texto en el que Nuestro Señor no solo reafirma el valor de la tribulación y de la prueba, sino que advierte que es el único camino para acceder al cielo:
Así narra Santa Rosa las palabras de Jesús: “El divino Salvador, con inmensa majestad, dijo: «Que todos sepan que la tribulación va seguida de la gracia; que todos se convenzan que sin el peso de la aflicción no se puede llegar a la cima de la gracia; que todos comprendan que la medida de los carismas aumenta en proporción con el incremento de las fatigas. Guárdense los hombres de pecar y de equivocarse: ésta es la única escala del paraíso, y sin la cruz no se encuentra el camino para subir al cielo».
Las palabras de Jesús a Santa Rosa de Lima explicitan lo que Él nos reveló en el Evangelio: “Si alguien quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, que cargue su Cruz de todos los días, y me siga” (Lc 9, 22-25). ¿Por qué nos dice esto Jesús? Porque el cristiano está en esta vida para salvar su alma, pero la salvación solo viene por Cristo y Cristo crucificado, muerto y resucitado. De ahí la importancia de cargar la Cruz de cada día y de seguir a Jesús por el Camino Real de la Cruz, el Via Crucis; de ahí la importancia de la negación de uno mismo, porque en la cima del Calvario debe morir el hombre viejo, para que renazca el hombre nuevo, el hombre regenerado por la gracia; de ahí la importancia de aceptar las tribulaciones, las aflicciones, las fatigas, porque son dones del cielo que nos hacen participar de la Cruz de Jesús, porque la Cruz es tribulación -Suprema Tribulación-, aflicción -Suprema Aflicción-, fatiga -Suprema Fatiga-. Esto quiere decir que el cristiano no solo no debe jamás rechazar la tribulación -la que viene de la Cruz-, sino por el contrario, debe postrarse en acción de gracias por tan inmenso don, puesto que al ser una participación a la Cruz de Jesús, es un signo de predilección divina.
Esto es lo que explica también que en el camino opuesto al de la salvación, en el camino de la perdición, los réprobos no experimenten tribulación ni prueba alguna, porque allí no hay redención ni salvación. Es muy mala señal que alguien de rienda suelta a las pasiones y que su único objetivo en la vida sea obtener éxitos mundanos y bienes materiales: éste no es el camino de la Cruz, y no es el camino de la salvación, el camino que conduce al cielo.
Ahora bien, el cristiano debe saber que la tribulación no es un fin en sí mismo, y que nada termina en la tribulación; por el contrario, "a la tribulación", le dice Jesús a Santa Rosa de Lima, "le sigue la gracia"; "con el peso de la aflicción, se llega a la cima de la gracia"; "los carismas aumentan con el incremento de las fatigas", y esto es así porque a la Cruz le sigue la Luz, a la Muerte de Cristo en la Cruz, le sigue la Resurrección en la gloria divina. Y tal como le dice también Jesús a Santa Rosa, la tribulación de la Cruz no es un "camino alternativo" u "opcional", sino el único camino: "Ésta es la única escala del paraíso, y sin la Cruz no se encuentra el camino para subir al cielo".
Meditando sobre las palabras de Jesús, más adelante, Santa Rosa agrega: "¡Ojalá todos los mortales conocieran el gran valor de la divina gracia, su belleza, su nobleza, su infinito precio, lo inmenso de los tesoros que alberga, cuántas riquezas, gozos y deleites! Sin duda alguna, se entregarían, con suma diligencia, a la búsqueda de las penas y aflicciones. Por doquiera en el mundo, antepondrían a la fortuna las molestias, las enfermedades y los padecimientos, incomparable tesoro de la gracia. Tal es la retribución y el fruto final de la paciencia. Nadie se quejaría de sus cruces y sufrimientos, si conociera cuál es la balanza con que los hombres han de ser medidos".
Si las vidas de los santos son propuestas por la Iglesia para que aprendamos de ellos, la vida de Santa Rosa de Lima nos deja esta gran enseñanza: debemos agradecer la tribulación, signo de predilección del Amor divino, que nos hace participar de la Cruz de Jesús, Puerta abierta al cielo, a la eterna felicidad.


lunes, 18 de febrero de 2013

El Beato Álvaro de Córdoba y el Via Crucis, el Camino Real de la Cruz



         El mensaje de santidad que nos deja el Beato Álvaro de Córdoba es el mostrarnos el camino a la felicidad, el camino al cielo. Si el mundo nos dice que la felicidad está en la satisfacción del “yo” egoísta, en la búsqueda de placer, en la sensualidad, en el erotismo, en la obtención de bienes materiales, en el desenfreno de las pasiones, el Beato Álvaro de Córdoba, por el contrario, nos enseña que el camino a la felicidad, que es el camino al cielo, está en Cristo, y en Cristo que lleva la Cruz a cuestas, subiendo la cuesta del Monte Calvario. Por este motivo, una de las obras apostólicas de Álvaro de Córdoba fue introducir en Occidente la devoción al Via Crucis, para que aprendiéramos de Jesús cómo llegar al cielo.
El Beato Álvaro de Córdoba nos enseña –porque él lo aprendió a su vez de Jesús- que si queremos alcanzar la felicidad, el único camino posible es el Camino Real de la Cruz, el Via Crucis; veamos por lo tanto en qué consiste el Via Crucis que nos legó el Beato Álvaro. Ante todo, el Via Crucis no es un mero ejercicio de piedad; se trata de la contemplación de la culminación del misterio de la Pasión de Jesús, contemplación por la cual se alcanza, a través de la fe, la participación en ese mismo misterio de salvación. El Via Crucis es contemplación y participación en el misterio pascual redentor, porque en él se cumple a la perfección el consejo de Jesús: “Si alguien quiere venir en pos de Mí, tome su Cruz de cada día, niéguese a sí mismo, y me siga”. Para seguir a Jesús en el Via Crucis, en el Camino de la Cruz, es necesario querer seguir a Jesús, porque no se lo puede seguir camino del Calvario de modo obligado, a la fuerza, y esto Jesús mismo nos lo dice: “Si alguno quiere seguirme”; para seguir a Jesús en el Via Crucis, hay que tomar la Cruz de cada día, es decir, la tribulación, la enfermedad, las situaciones de angustia, que la Divina Providencia ha elegido como medio para acercarnos, subirnos y hacernos partícipes de la Cruz de Jesús, y esto es lo que Jesús quiere decir cuando dice: “que tome su cruz de cada día”; para seguir a Jesús en el Via Crucis, hay que negarse a uno mismo: “niéguese a sí mismo”, y “negarse a sí mismo” significa luchar contra uno mismo, contra nuestras pasiones desordenadas, contra nuestra tendencia a no obrar “el bien que queremos y obrar el mal que no queremos”; “negarse a sí mismos” es mortificarse uno mismo, rechazando la impaciencia, el trato hosco, áspero, el enojo, la pereza, etc.
Al introducir en Occidente el Via Crucis, el Beato Álvaro de Córdoba nos deja entonces su legado más preciado: el único camino para llegar al cielo, a la felicidad de la bienaventuranza, es el Camino Real de la Cruz, el Via Crucis.

domingo, 14 de octubre de 2012

Santa Teresa de Ávila y el Amor perfecto



No me mueve, mi Dios, para quererte 
el cielo que me tienes prometido, 
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, Señor, muéveme el verte 
clavado en una cruz y escarnecido, 
muéveme ver tu cuerpo tan herido, 
muévenme tus afrentas y tu muerte.
Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera, 
que aunque no hubiera cielo, yo te amara, 
y aunque no hubiera infierno, te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera, 
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

                En un breve pero maravilloso poema, Santa Teresa de Ávila, a quien se le atribuye su autoría, describe cuál la cima de la perfección cristiana; en pocas palabras, Santa Teresa alcanza la más alta sabiduría divina, aquella que solo se puede alcanzar a los pies de la Cruz: el Amor a Dios, por parte del cristiano, el amor más perfecto y puro, que más que abrir las puertas del cielo, abre las puertas del Sagrado Corazón de Jesús, es el que se tiene, no por temor al infierno, ni por deseos del cielo, sino por compasión a Jesús crucificado, llagado y herido de amor en la Cruz.
         Es Amor perfecto, porque amar a Dios por temor al infierno, es más temer al dolor que ser movido por el amor; amar a Dios por deseo del cielo, es más amor a sí mismo por el disfrute de lo bello y santo, que amar a Dios por ser quien Es, Dios infinitamente perfecto y santo. Uno y otro son buenos amores, pero muy imperfectos, porque miran más, uno, al infierno, y el otro, al cielo, antes que a Cristo crucificado. Sólo el Amor que surge de la contemplación de Cristo crucificado, de sus llagas, de sus golpes, de su humillación, de su dolor, de su Sangre derramada, es el Amor perfecto, el Amor puro, el Amor que se enciende en el corazón del hombre como fuego de Amor vivo, porque es Amor que desciende directamente del Sagrado Corazón al corazón de quien lo contempla.
         Pero también es perfecto de toda perfección, el Amor que surge de la contemplación de la Presencia Eucarística de Dios Hijo encarnado, y por eso podríamos parafrasear a Santa Teresa y decir:

Oh Dios de la Eucaristía,
no me mueve, para quererte,
el cielo prometido,
ni me mueve, para no ofenderte,
el infierno tan temido.
Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
oculto en el blanco silencio
De la Hostia santa y pura;
Muéveme, y en tal manera,
Que aunque infierno no hubiera,
Y aunque cielo no esperara,
Lo mismo, 
Por tu Amor de infinita caridad,
por tu Amor Eterno,
Por tu Amor Santo,
Por tu Amor incomprensible,
Lo mismo, Te amara y adorara,
En el tiempo y en la eternidad. Amén.

lunes, 23 de julio de 2012

Santa Brígida, el fuego del infierno y el fuego del Amor divino


         
 En nuestra época, caracterizada por el relativismo religioso, en donde cada uno quiere creer en lo que mejor le parece, y en donde cada uno se construye su propia religión y su propio sistema de creencias, según mejor le parece, es necesario regresar a las fuentes, es necesario escuchar la voz de aquellos que, desde el más allá, contemplan el rostro de Dios por la eternidad y se alegran en su presencia, es decir, los santos.
Es necesario escuchar su voz, porque hoy se levantan múltiples voces que niegan las realidades ultraterrenas, realidades que se reducen a dos fuegos: el fuego del infierno, para quienes en esta vida, haciendo mal uso de su libertad, prefirieron rechazar los Mandamientos de Dios y seguir en cambio los de Lucifer, y el fuego del Amor divino, que enciende los corazones en un océano infinito de paz, de amor y de alegría, para quienes eligieron el empinado y pedregoso camino de la Cruz.
En una época como la nuestra, dominada por la confusión religiosa, en donde la mayoría de los cristianos, que deberían ser “sal de la tierra y luz del mundo” han apostatado, porque han abandonado voluntariamente las armas espirituales de la oración, de la penitencia, del sacrificio y del ayuno, para pasarse en masa al enemigo, adoptando toda clase de vicios, es necesario entonces, repetimos, escuchar a los santos, como Santa Brígida de Suecia.
Dice así esta santa, comentando la respuesta enojada de un soldado ante la prédica de un sacerdote, en el que hablaba acerca de la severidad del juicio divino[1]: “Predicando el maestro Matías de Suecia, que compuso el prólogo de este libro, un soldado le dijo lleno de furor: ‘Si mi alma no ha de ir al cielo, vaya como los animales a comer tierra y las cortezas de los árboles. Larga demora es aguardar hasta el día del juicio, pues antes de ese juicio ningún alma verá la gloria de Dios’. Al oír esto santa Brígida que se hallaba presente, dio un profundo gemido, diciendo: ‘Oh Señor, Rey de la gloria, sé que sois misericordioso y muy paciente; todos los que callan la verdad y desfiguran la justicia, son alabados en el mundo, mas los que tienen y muestran tu celo, son despreciados. Así, pues, Dios mío, dad a este maestro constancia y fervor para hablar’.
Entonces la Santa en un arrobamiento vio abierto el cielo y el infierno ardiendo, y oyó una voz que le decía: ‘Mira el cielo, mira la gloria de que se hallan revestidas las almas, y di a tu maestro: ‘Lo dice esto Dios tu Criador y Redentor. Predica con confianza, predica continuamente, predica a tiempo o fuera de tiempo, predica que las almas bienaventuradas y que ya han purgado ven la cara de Dios; predica con fervor, pues recibirás la recompensa del hijo que obedece la voz de su padre.

Y si dudas quién soy Yo que te estoy hablando, has de saber que soy el que apartó de ti tus tentaciones”.
Después de oír esto vio otra vez la Santa el infierno, y horrorizada de espanto, oyó una voz que decía: “No temas los espíritus que ves, pues sus manos, que son su poderío, están atadas, y sin permiso mío no pueden hacer más que una brizna de polvo delante de tus pies. ¿Qué piensan los hombres, confiando que no me he de vengar de ellos, Yo, que sujeto a mi voluntad los mismos demonios?”.
Entonces respondió la Santa: 2No os enojéis, Señor, si os hablo. Vos, que sois misericordiosísimo, ¿castigaréis acaso perpetuamente al que perpetuamente no puede pecar? No creen los hombres que semejante proceder corresponde a vuestra divinidad, que en el juzgar manifestáis sobre todo la misericordia, y ni aun los mismos hombres castigan perpetuamente a los que delinquen contra ellos”.
Y dijo el Espíritu: “Yo soy la misma verdad y justicia, que doy a cada cual según sus obras, veo los corazones y las voluntades, y tanto como el cielo dista de la tierra, así distan mis caminos y mis juicios de los consejos y de la inteligencia de los hombres. Por tanto, el que no corrige su mal mientras vive y puede, ¿qué es de extrañar si es castigado cuando no puede? ¿Ni cómo deben permanecer en mi eternidad purísima los que desean vivir eternamente para siempre pecar? Por consiguiente, el que corrige su pecado cuando puede, debe permanecer conmigo por toda la eternidad, porque yo eternamente lo puedo todo, y eternamente vivo”.
         Más allá de esta vida, esperan a todo hombre dos fuegos: el del infierno, y el del Amor divino. Lo que el hombre elija, ya desde esta vida, eso se le dará, pues Dios es profundamente respetuoso de la libertad humana, y da a cada uno lo que cada uno elige: si elige el pecado y la impenitencia, se le da lo que elige, que en la otra vida se llama “infierno”, y si elige la virtud y la gracia, se le da lo que elige, que en la otra vida se llama “Cielo”.
Y además, es infinitamente justo y al mismo tiempo misericordioso, porque sino, no sería Dios.


[1]Cfr. Santa Brígida de Suecia, Profecías y revelaciones, Capítulo 52; http://verdadescristianas.blogcindario.com/2010/05/04487-profecias-y-visiones-de-santa-brigida-de-suecia-sobre-las-revelaciones.html

jueves, 19 de julio de 2012

San Simón Stock, ermitaño, monje y sacerdote, recibe el Escapulario de manos de la Virgen del Carmen


16 de julio


            Vida y milagros de San Simón Stock
            Nació en el año 1165 en el condado de Kent, Inglaterra. Ingresa a la Orden carmelita, llevando allí una vida ejemplar y piadosa; años más tarde, es nombrado General de la Orden del Carmelo, cargo que desempeñará hasta la muerte. Era muy devoto de la Virgen María, por lo que se le ha llamado “el amado de María”. Le componía himnos que luego recitaba. Cada día rezaba así pidiendo por su Orden: “Flor del Carmelo, Viña florida, esplendor del cielo; Virgen fecunda y singular; oh Madre dulce de varón no conocida; a los carmelitas proteja tu nombre, Estrella del mar".
            Fundó diversos conventos en las principales ciudades universitarias como por ejemplo Oxford, Cambridge, Bologna y París.
            La Virgen se le apareció el 16 de julio de 1251, y le entregó el escapulario diciéndole: “Toma este hábito, el que muera con él no padecerá el fuego eterno”.
            Muere en Burdeos (Francia) el 16 de mayo de 1265, haciendo una visita pastoral. Es enterrado allí. En el año 1951 es trasladado a Aylesford.
Aunque es venerado por los Carmelitas desde por lo menos 1564 nunca ha sido oficialmente canonizado, aunque el Vaticano aprueba que los carmelitas celebren esta fiesta.

            Mensaje de santidad de San Simón Stock
El mensaje de santidad de San Simón Stock está ligado indisolublemente al Escapulario de la Virgen del Carmen. ¿Cuál es su significado?
Ante todo, tiene un profundo significado mariano, porque es el equivalente a llevar puesto el hábito de la Virgen del Carmen. En otras palabras, es como si una madre, al ver que su hijo, que ha empezado a recorrer un largo camino, está desprotegido y pasando frío porque al comenzar a caminar se desencadenó una fuerte tormenta de agua y nieve, se quitara su manto, que es de buena lana y bien abrigado, y se lo da, para que su hijo no solo recupere la temperatura corporal que había perdido a causa del frío, sino para que lleve, sano y salvo, y bien calentito, a su destino final.
En este ejemplo, la madre es la Virgen, su manto es el escapulario del Carmen, el hijo que debe recorrer un camino con tormenta de nieve y frío es el hombre que peregrina por el mundo, en dirección a la vida eterna. Con el manto de la Virgen, puede el hombre evitar el frío del desamor, y llegar al cielo con su corazón ardiendo de amor a Dios y al prójimo.
El escapulario, entonces, es un signo de la protección maternal y amorosa de la Virgen, que por este medio garantiza una muerte en gracia y ser librados del infierno y, si el alma va al Purgatorio, el escapulario tiene también la promesa de que la Virgen la liberará al primer sábado después de su muerte. Sin embargo, conviene tener presente que el escapulario no es un amuleto o protector mágico, puesto que llevarlo puesto implica el firme compromiso de vivir en forma mariana, o sea, imitando las virtudes de la Santísima Virgen. En otras palabras, no se puede llevar el escapulario y al mismo tiempo vivir en el pecado. Se necesita el propósito de buscar en todo momento la conversión del corazón.

El escapulario de la Virgen del Carmen
            Al nacer Jesús, el Hombre-Dios, en Belén, María lo cubrió con su manto para protegerlo del intenso frío; cuando su Hijo Jesús murió en la cruz y fue descendido de ella, María lo cubrió también con su manto, antes de que Jesús fuera depositado en el sepulcro.
            María cubre con su manto a su Hijo Jesús al nacer y al morir, en un claro y ejemplar gesto maternal.
            Pero Jesús no es el único hijo que tiene María: María tiene muchos hijos adoptivos, engendrados virginalmente por el Espíritu Santo, al pie de la cruz. María engendra espiritualmente a esos hijos al pie de la cruz, en la persona de Juan, cuando Jesús, antes de morir, le dice: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” (cfr. Jn 19, 26). María adopta a Juan, y en la persona de Juan, adopta a toda la humanidad; al pie de la cruz, todo ser humano se convierte en hijo adoptivo de María, y María, como Buena Madre, quiere también, con un gesto maternal, abrazar y cubrir a sus hijos adoptivos con su manto.
            Es para cumplir este deseo de María, de cubrir maternalmente a sus hijos espirituales con su manto, que María dona a San Simón Stock el escapulario del Monte Carmelo.
            El gesto de María no es sino continuación y cumplimiento del encargo dado por Jesús antes de morir en la cruz, de adoptar a los hombres como hijos de María. Al señalar a Juan, Jesús le dijo a María: “Mujer, he ahí a tu hijo”, y desde ese momento, Juan, y en él, que estaba representada toda la humanidad, fueron tomados todos los seres humanos bajo el manto protector de María, y para eso el escapulario del Monte Carmelo.
            Este gesto protector de María es un gesto maternal, un gesto que pertenece a toda madre, pero tratándose de la Madre de Dios, hay un contenido misterioso, sobrenatural, escondido.
Debido a que el escapulario contiene la promesa central de que quien muera con él no irá al infierno, es decir, no será dominado por Satanás, la aparición de María y el don del escapulario es continuación del gesto de protección maternal que María tiene para con su Hijo Jesús, a quien libra del ataque del dragón infernal, según el Apocalipsis: “Cuando el dragón se vio precipitado a la tierra, persiguió a la mujer (María) que había dado a luz (virginalmente) al varón. Pero a la mujer le fueron dadas las dos alas del águila grande para que volase al desierto (…)”[1].
María había protegido a su Hijo Jesús al nacer en Belén, y lo cubrió con su manto en el momento de descenderlo de la cruz; y lo protegió también durante su vida, aunque el dragón no tenía poder su Hijo, pero quería arrebatárselo: “La mujer y el niño huyeron al desierto (…) del dragón”. Aunque lo perseguía, de ninguna manera podía llevarse al Hijo de María, el Hombre-Dios.
            En cambio a sus hijos adoptivos sí los puede arrebatar el dragón infernal, y es para protegerlos de este peligro mortal para el alma, para lo cual María ofrece su manto de Virgen del Carmen a sus hijos adoptivos.
            El dragón infernal no es un personaje de un libro religioso, la Escritura, que está descripto para que creamos en él pero como si fuera una fábula, sin entidad real; el dragón infernal, que persiguió a María y a Jesús, se presenta en nuestros días bajo la apariencia de cosas buenas, y tiene en la masonería y en la Nueva Era sus representantes visibles en la tierra.
            La Virgen, al darnos el escapulario del Monte Carmelo, nos cubre con su manto. Nos corresponde a nosotros, como hijos suyos, permanecer bajo este manto.


[1] Cfr. 12, 14.

domingo, 28 de agosto de 2011

La muerte de Juan el Bautista




La muerte de Juan el Bautista revela que la historia humana está inmersa en medio de una lucha sobrenatural entre las fuerzas del infierno y las fuerzas del cielo. Su decapitación no corresponde a una mera pasión humana, así como la advertencia del Bautista a Herodes acerca de su adulterio no es una mera reprensión de orden moral. Al ser decapitado, el infierno trata de acallar la voz de Dios, que habla a través de él, anunciando la llegada del Redentor y Mesías, que habrá de vencer al Príncipe de las tinieblas para siempre. A su vez, la reprensión del Bautista a Herodes, advirtiéndole de su mal proceder por medio del adulterio, anticipa la llegada del sacramento del matrimonio, signo ante los hombres y la historia de la mística unión nupcial entre Cristo Esposo y la Iglesia Esposa.

Es por eso que, lo que pareciera ser material para una crónica policial, es en realidad la actuación, en el tiempo y en la historia humana, de la lucha iniciada en los cielos a causa de la rebelión de los ángeles apóstatas contra la majestad de Dios Uno y Trino.

También en la vida cotidiana, y en hechos que parecieran poco trascendentes por su repetición, la lucha continúa: tanto en los corazones de los hombres, como en los hechos y acontecimientos de la historia, se lleva a cabo la misma batalla librada en el cielo, ganada en el cielo, pero no todavía en su totalidad en la tierra.

Por el momento, parecen triunfar de modo avasallador aquellos que propician una nueva antropología, un nuevo hombre colocado en las antípodas del Hombre Nuevo nacido por la gracia de Cristo. Parecen triunfar quienes pretenden instalar, contra todo derecho natural y divino, una nueva humanidad, radicalmente alejada de la humanidad creada por Dios. Han triunfado, en una hora que parece ser “la hora de las tinieblas” (cfr. Lc 22, 53), aquellos que quieren educar a los niños con una nueva antropología, en donde nada es definitivo, porque todo puede cambiar según el parecer y el querer de cada cual.

Así como la muerte del Bautista no es debida a la pasión humana fuera de control de un rey adúltero, sino a la continuación, en la tierra, de la lucha entablada en los cielos, así también las citas electorales de una nación, en donde se decide el nuevo modelo de hombre para los tiempos venideros, un hombre contrario a los planes divinos, es algo más profundo de lo que aparece a simple vista.

Para quienes se felicitan con triunfos aplastantes en su pretensión de instaurar esta nueva antropología radicalmente anti-cristiana, y para quienes creen que instalarán esta nueva humanidad, contraria a los planes divinos, cabe recordarles la advertencia de Jesús: “Non prevalebunt”, no prevalecerán, “las puertas del infierno no prevalecerán” (cfr. Mt 16, 13-18).

lunes, 6 de junio de 2011

La Cruz del Sagrado Corazón

La Cruz está en el Sagrado Corazón
porque por la Cruz latió
durante su vida terrena;
en la Cruz dejó de latir;
y por la Cruz comenzó a latir
en la eternidad.


Además del fuego y las espinas, el Sagrado Corazón posee una cruz, que está implantada en el extremo superior del Corazón, y en su base está envuelta en llamas.

¿Por qué la cruz en el Sagrado Corazón? Si el Corazón es la sede del amor, entonces la cruz en el Corazón de Jesús simboliza el amor a la cruz del Corazón de Jesús. La cruz está en el Sagrado Corazón, porque es la cruz que acompaña toda la vida terrena del Hombre-Dios, desde el primer instante de su Encarnación, hasta su muerte; es la cruz que fue empapada con su sangre; es la cruz con la que habrá de salvar a la humanidad; es la cruz por la cual Jesús nació, vivió y murió; es la cruz deseada por Jesús, como objetivo y meta de su existencia terrena; es la cruz por la cual los hombres ascenderán a los cielos, al seno del Padre; es la cruz que se convertirá en cátedra de la Verdad, que enseñará a los hombres el destino de vida eterna.

Es la cruz a la cual Jesús habla, en los escritos de Luisa Piccarreta: “Cruz adorada, por fin te abrazo… Tú eras el suspiro de mi Corazón, el martirio de mi Amor; pero tú, oh Cruz, tardaste hasta ahora, en tanto que mis pasos siempre se dirigían hacia ti… Cruz Santa, tú eras la meta de mis deseos, la finalidad de mi existencia acá abajo. En ti concentro todo mi ser; en ti pongo a todos mis hijos… Tú será su vida y su luz, su defensa, su protección, su fuerza… Tú los sostendrás en todo y me los conducirás gloriosos al Cielo. Oh Cruz, cátedra de Sabiduría, sólo tú formarás los héroes, los atletas, los mártires, los santos… Cruz hermosa, tú eres mi trono, y teniendo Yo que abandonar la tierra, quedarás tú en mi lugar… A ti te entrego en dote a todas las almas: ¡Custódiamelas, sálvamelas… te las confío!”[1].

La Cruz está en el Sagrado Corazón porque por ella el Corazón de Jesús latió y suspiró de amor, desde su Encarnación, y durante toda su existencia terrena; en ella dejó de latir, cuando ya muerto, dio hasta la última gota de sangre; la Cruz está en el Sagrado Corazón, porque muriendo en ella, comenzó a latir en los cielos, en donde late por la eternidad.


[1] Piccarreta, Luisa, Las horas de la Pasión, Edición privada, México 1991, 151.