
Bienaventurados habitantes del cielo, Ángeles y Santos, vosotros que os alegráis en la contemplación y adoración de la Santísima Trinidad, interceded por nosotros, para que algún día seamos capaces de compartir vuestra infinita alegría.
San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
martes, 1 de octubre de 2013
Qué hacen nuestros Ángeles en el cielo y en la tierra

jueves, 29 de agosto de 2013
Santa Rosa de Lima y el don de la tribulación como participación a la Cruz de Cristo
lunes, 18 de febrero de 2013
El Beato Álvaro de Córdoba y el Via Crucis, el Camino Real de la Cruz
domingo, 14 de octubre de 2012
Santa Teresa de Ávila y el Amor perfecto
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.
no me mueve, para quererte,
el infierno tan temido.
Por tu Amor de infinita caridad,
lunes, 23 de julio de 2012
Santa Brígida, el fuego del infierno y el fuego del Amor divino
jueves, 19 de julio de 2012
San Simón Stock, ermitaño, monje y sacerdote, recibe el Escapulario de manos de la Virgen del Carmen
domingo, 28 de agosto de 2011
La muerte de Juan el Bautista
La muerte de Juan el Bautista revela que la historia humana está inmersa en medio de una lucha sobrenatural entre las fuerzas del infierno y las fuerzas del cielo. Su decapitación no corresponde a una mera pasión humana, así como la advertencia del Bautista a Herodes acerca de su adulterio no es una mera reprensión de orden moral. Al ser decapitado, el infierno trata de acallar la voz de Dios, que habla a través de él, anunciando la llegada del Redentor y Mesías, que habrá de vencer al Príncipe de las tinieblas para siempre. A su vez, la reprensión del Bautista a Herodes, advirtiéndole de su mal proceder por medio del adulterio, anticipa la llegada del sacramento del matrimonio, signo ante los hombres y la historia de la mística unión nupcial entre Cristo Esposo y
Es por eso que, lo que pareciera ser material para una crónica policial, es en realidad la actuación, en el tiempo y en la historia humana, de la lucha iniciada en los cielos a causa de la rebelión de los ángeles apóstatas contra la majestad de Dios Uno y Trino.
También en la vida cotidiana, y en hechos que parecieran poco trascendentes por su repetición, la lucha continúa: tanto en los corazones de los hombres, como en los hechos y acontecimientos de la historia, se lleva a cabo la misma batalla librada en el cielo, ganada en el cielo, pero no todavía en su totalidad en la tierra.
Por el momento, parecen triunfar de modo avasallador aquellos que propician una nueva antropología, un nuevo hombre colocado en las antípodas del Hombre Nuevo nacido por la gracia de Cristo. Parecen triunfar quienes pretenden instalar, contra todo derecho natural y divino, una nueva humanidad, radicalmente alejada de la humanidad creada por Dios. Han triunfado, en una hora que parece ser “la hora de las tinieblas” (cfr. Lc 22, 53), aquellos que quieren educar a los niños con una nueva antropología, en donde nada es definitivo, porque todo puede cambiar según el parecer y el querer de cada cual.
Así como la muerte del Bautista no es debida a la pasión humana fuera de control de un rey adúltero, sino a la continuación, en la tierra, de la lucha entablada en los cielos, así también las citas electorales de una nación, en donde se decide el nuevo modelo de hombre para los tiempos venideros, un hombre contrario a los planes divinos, es algo más profundo de lo que aparece a simple vista.
Para quienes se felicitan con triunfos aplastantes en su pretensión de instaurar esta nueva antropología radicalmente anti-cristiana, y para quienes creen que instalarán esta nueva humanidad, contraria a los planes divinos, cabe recordarles la advertencia de Jesús: “Non prevalebunt”, no prevalecerán, “las puertas del infierno no prevalecerán” (cfr. Mt 16, 13-18).
lunes, 6 de junio de 2011
La Cruz del Sagrado Corazón

Además del fuego y las espinas, el Sagrado Corazón posee una cruz, que está implantada en el extremo superior del Corazón, y en su base está envuelta en llamas.
¿Por qué la cruz en el Sagrado Corazón? Si el Corazón es la sede del amor, entonces la cruz en el Corazón de Jesús simboliza el amor a la cruz del Corazón de Jesús. La cruz está en el Sagrado Corazón, porque es la cruz que acompaña toda la vida terrena del Hombre-Dios, desde el primer instante de su Encarnación, hasta su muerte; es la cruz que fue empapada con su sangre; es la cruz con la que habrá de salvar a la humanidad; es la cruz por la cual Jesús nació, vivió y murió; es la cruz deseada por Jesús, como objetivo y meta de su existencia terrena; es la cruz por la cual los hombres ascenderán a los cielos, al seno del Padre; es la cruz que se convertirá en cátedra de
Es la cruz a la cual Jesús habla, en los escritos de Luisa Piccarreta: “Cruz adorada, por fin te abrazo… Tú eras el suspiro de mi Corazón, el martirio de mi Amor; pero tú, oh Cruz, tardaste hasta ahora, en tanto que mis pasos siempre se dirigían hacia ti… Cruz Santa, tú eras la meta de mis deseos, la finalidad de mi existencia acá abajo. En ti concentro todo mi ser; en ti pongo a todos mis hijos… Tú será su vida y su luz, su defensa, su protección, su fuerza… Tú los sostendrás en todo y me los conducirás gloriosos al Cielo. Oh Cruz, cátedra de Sabiduría, sólo tú formarás los héroes, los atletas, los mártires, los santos… Cruz hermosa, tú eres mi trono, y teniendo Yo que abandonar la tierra, quedarás tú en mi lugar… A ti te entrego en dote a todas las almas: ¡Custódiamelas, sálvamelas… te las confío!”[1].
La Cruz está en el Sagrado Corazón porque por ella el Corazón de Jesús latió y suspiró de amor, desde su Encarnación, y durante toda su existencia terrena; en ella dejó de latir, cuando ya muerto, dio hasta la última gota de sangre; la Cruz está en el Sagrado Corazón, porque muriendo en ella, comenzó a latir en los cielos, en donde late por la eternidad.
[1] Piccarreta, Luisa, Las horas de



