San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

viernes, 28 de octubre de 2016

Fiesta de San Simón y San Judas Apóstoles


San Judas Tadeo martirizado

         ¿Qué nos dice San Judas Tadeo, en la carta del Nuevo Testamento atribuida a él? Nos advierte acerca de dos corrupciones: del cuerpo y de la fe. El mensaje principal es la lucha por la “fe que una vez fue entregada al pueblo santo”: “3. Queridos míos, yo tenía un gran deseo de escribirles acerca de nuestra común salvación, pero me he visto obligado a hacerlo con el fin de exhortarlos a combatir por la fe, que de una vez para siempre ha sido transmitida a los santos”. Esta fe, es la fe bimilenaria de la Iglesia, transmitida por el Magisterio de la Iglesia y expresada en el Credo de los Apóstoles.
         Advierte luego acerca de las infiltración de falsas doctrinas y falsos maestros, que utilizando la gracia de Dios de modo perverso, la usan cmo “pretexto para su libertinaje, renegando de Jesucristo”: “4. Porque se han infiltrado entre ustedes ciertos hombres, cuya condenación estaba preanunciada desde hace mucho tiempo. Son impíos que hacen de la gracia de Dios un pretexto para su libertinaje y reniegan de nuestro único Dueño y Señor Jesucristo”. Son los falsos profetas, los que utilizan la Iglesia Católica, sus estructuras y hasta sus fieles, para difundir ideologías contrarias al cristianismo, como el marxismo y el liberalismo.
Anuncio luego el castigo divino para quien pervierte la fe verdadera, y para ello toma el ejemplo del Pueblo Elegido, algunos de cuyos integrantes, los que se rebelaron contra Dios, murieron, y también el ejemplo de los ángeles caídos, “encadenados eternamente” por Dios a causa de su rebeldía: “5. Quiero recordarles, aunque ustedes ya lo han aprendido de una vez por todas, que el Señor, después de haber salvado al pueblo, sacándolo de Egipto, hizo morir en seguida a los incrédulos. 6. En cuanto a los ángeles que no supieron conservar su preeminencia y abandonaron su propia morada, el Señor los tiene encadenados eternamente en las tinieblas para el Juicio del gran Día”.
Luego advierte, de modo particular, acerca de la severidad del castigo del fuego eterno para quienes se dejan arrastrar por los pecados contra la Naturaleza (lo cual no quiere decir que “Jesús o la Iglesia rechazan a los homosexuales por ser homosexuales”, sino que se los acepta en su condición, pero se les pide lo que se le pide a todo heterosexual: la conversión y la vida de castidad): “7.También Sodoma y Gomorra, y las ciudades vecinas, que se prostituyeron de un modo semejante a ellos, dejándose arrastrar por relaciones contrarias a la naturaleza, han quedado como ejemplo, sometidas a la pena de un fuego eterno”.
Compara a los que pervierten la fe –por ejemplo, Hans Küng-, con quienes “profanan sus cuerpos”: “Los falsos maestros, profanan sus propios cuerpos y rechazan la autoridad del Señor: 8. Lo mismo pasa con estos impíos: en su delirio profanan la carne, desprecian la Soberanía e injurian a los ángeles gloriosos”.
Estos –los falsos maestros y los que profanan sus cuerpos, sean homosexuales o heterosexuales-, “blasfeman” (Versículos 9 y10), son “ambiciosos” (Versículos 11) y “profanadores, irreverentes”: “12. Ellos manchan las comidas fraternales, porque se dejan llevar de la glotonería sin ninguna vergüenza y sólo tratan de satisfacerse a sí mismos. Son nubes sin agua llevadas por el viento, árboles otoñales sin frutos, doblemente muertos y arrancados de raíz”.
A estos tales, “les espera el Castigo Eterno”: “13. olas bravías del mar, que arrojan la espuma de sus propias deshonras, estrellas errantes a las que está reservada para siempre la densidad de las tinieblas”.
De ellos habla el profeta Henoc, cuando advierte que Dios espera pacientemente y soporta los insultos y blasfemias contra Él, hasta que, cansado de tantas injusticias, llegue en el Juicio Final para dar a cada uno lo que se mereció con sus obras: “14. A ellos se refería Henoc, el séptimo patriarca después de Adán, cuando profetizó: “Ya viene el Señor con sus millares de ángeles, 15.para juzgar a todos y condenar a los impíos por las maldades que cometieron, y a los pecadores por las palabras insolentes que profirieron contra él”.
Quienes pervierten la fe y corrompen sus cuerpos, aun cuando sean religiosos –laicos o consagrados-, lo que buscan en la Iglesia es “satisfacer sus propias pasiones”: “Buscan satisfacer sus propias pasiones”, y para ello utilizan la adulación, para corromper a las almas y obtener lo que quieren: “16. Todos estos son murmuradores y descontentos que viven conforme al capricho de sus pasiones: su boca está llena de petulancia y adulan a los demás por interés”.
Luego, advierte a quienes aman a Jesucristo y desean mantenerse en su amistad y gracia, recordándoles que los últimos tiempos de la humanidad se caracterizará por quienes “se burlarán de todo y vivirán de acuerdo a sus pasiones” y no según la Ley de Dios: “17. En cuanto a ustedes, queridos míos, acuérdense de lo que predijeron los Apóstoles de nuestro Señor Jesucristo. 18. Ellos les decían: “En los últimos tiempos habrá gente que se burlará de todo y vivirá de acuerdo con sus pasiones impías”.
         Refrendando la Escritura, que afirma que “los que cosechan en la carne, siembran en la carne, esto es, corrupción”, así también, los que no tienen verdadera fe ni respetan sus cuerpos como “templos del Señor” –sean homosexuales o heterosexuales-, “provocan divisiones” con sus perversiones, habladurías y herejías, y es porque “no poseen el Espíritu” de Dios, que es fuente de unidad, amor, paz, sabiduría divina: “19. Estos son los que provocan divisiones, hombres sensuales que no poseen el Espíritu”.
Por último, exhorta a permanecer fieles a Cristo, siendo fieles a la fe de la Iglesia –expresada en el Catecismo y en el Credo-: “20. Pero ustedes, queridos míos, edifíquense a sí mismos sobre el fundamento de su fe santísima”, y la forma de permanecer fieles, es decir, de creer en la verdadera fe de Nuestro Señor Jesucristo, el Hombre-Dios crucificado, muerto y resucitado, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía, es por medio de la oración “en el Espíritu Santo”: “orando en el Espíritu Santo”.

Y la mejor forma de “orar en el Espíritu Santo”, es hacerlo allí donde habita el Espíritu Santo y es en el Corazón Inmaculado de María

miércoles, 19 de octubre de 2016

De dónde obtuvo San Expedito la fuerza para vencer la tentación


         Cuando recibió la gracia de la conversión, inmediatamente, a San Expedito se le presentó el Demonio, tentándolo para que postergara la conversión, permaneciendo en su vida de pagano. Sin embargo, San Expedito, a pesar de la fuerte tentación que esto suponía –el Demonio no le decía que abandonara a Jesucristo, sino que postergara su conversión, lo cual no parecía nada malo-, rechazó de modo inmediato y enérgico esta tentación diabólica. ¿De dónde obtuvo San Expedito la fuerza necesaria para hacerlo? De la Santa Cruz de Jesús.
         En nuestros días, la tentación demoníaca se repite día a día, facilitada enormemente por la debilidad de nuestro espíritu y por la fuerza de nuestras pasiones, desviadas hacia la concupiscencia a causa del pecado original. Hoy el Demonio tienta a los jóvenes con el hedonismo, el exitismo, la pereza, el relativismo, el materialismo, el ateísmo, aunque en muchos casos, no hace falta que sea el Ángel caído el que los tiente, sino que los mismos jóvenes, llevados por la acedia, la indiferencia y el desamor hacia Dios y, sobre todo, hacia su Presencia Eucarística, caen por sí mismos en las seducciones y tentaciones, y la razón es que el alma, sin la fuerza que viene de Dios, es extremadamente débil y no puede mantenerse en pie por sí misma.
         Pero también los jóvenes, al igual que San Expedito, que obtuvo la fuerza sobrenatural de la cruz de Jesús, para no ceder a las tentaciones del Demonio, así también los jóvenes de hoy pueden y deben obtener la fuerza para no caer, si todavía no lo hicieron, o para salir, si ya lo están, de los submundos de violencia irracional, consumo de substancias tóxicas, ateísmo, relativismo, hedonismo, que conducen a la desesperación existencial y a la muerte, de la Santa Cruz de Jesucristo.

         Al recordar a San Expedito en su día, le pedimos su intercesión para que los jóvenes lo imiten y, levantando en alto la Cruz de Jesús, digan: “¡Hoy sigo a Cristo y dejo de lado mi vida de pecado!”.

martes, 18 de octubre de 2016

San Ignacio de Antioquía


         En sus escritos, San Ignacio nos ilumina acerca de tres grandes dogmas y verdades de nuestra fe católica, que a causa de la mentalidad relativista y agnóstica, se encuentran en grave crisis en los días en que vivimos: Cristo, la Eucaristía y el día Domingo.
Acerca de Jesucristo, San Ignacio afirma su condición de Hombre-Dios, es decir, Jesús es la Persona divina del Hijo de Dios en quien se unen sin confundirse las naturalezas humana y divina. Al igual que el Evangelista San Juan, y al igual que la doctrina bimilenaria de la Iglesia, San Ignacio nos describe un Jesucristo que no es mero hombre, sino Dios hecho hombre, sin dejar de ser Dios: “Hijo de María e hijo de Dios, primero pasible, después impasible, Jesucristo Nuestro Señor”[1]. De esta manera, su doctrina es una defensa contra dos graves errores de la época: por un lado algunos de los judaizantes negaban la encarnación y creían en un Jesús solo humano, lo cual es un error, porque la Persona de Jesús es la Segunda Persona de la Trinidad, el Hijo; por otro lado, los docetistas, quienes negaban la humanidad de Cristo, frente a lo cual San Ignacio afirma la humanidad real y perfecta de Jesús que es la que le permite ofrecer un holocausto perfecto a Dios Trino, porque es la humanidad que se ofrece en holocausto en el altar de la cruz y es la humanidad que es glorificada el Domingo de Resurrección; a su vez, es la humanidad que, habiendo pasado ya por el misterio pascual de Muerte y Resurrección, se ofrece en la renovación del Santo Sacrificio de la cruz, la Santa Misa, y que se dona gloriosa en el Pan de Vida eterna, la Eucaristía.
Con respecto a la Eucaristía -San Ignacio de Antioquía es el primero en usar la palabra “Eucaristía” para referirse al Santísimo Sacramento[2]-, el santo utiliza términos como “la carne de Cristo”, “Don de Dios”, “la medicina de inmortalidad”. Con estos términos, nos hace ver cómo la Eucaristía no es un trocito de pan bendecido, sino “algo” que se relaciona estrechamente con Jesucristo, como lo deja entrever uno de sus términos: “carne de Cristo”. No puede ser de otra manera, desde el momento en que la doctrina eucarística, de capital importancia para la fe católica, está estrechamente relacionada con la Cristología, de manera tal que podemos decir que una cristología errada conduce, invariablemente, a una doctrina eucarística errada, lejana a la fe de la Iglesia. También llama a Jesús “Pan de Dios” que ha de ser comido en el altar, dentro de “una única Iglesia”: de la única manera en que Jesús pueda ser “Pan de Dios” es que se entregue, todo Él, sin reservas, oculto en el Pan Eucarístico. Otro concepto importante en el que se relacionan la Cristología y la Eucaristía es que, para San Ignacio, en la Eucaristía están contenidos, literalmente, “todos los deleites”, de manera que ya no desea ningún alimento corruptible, sino la Eucaristía, y la razón es que la Eucaristía contiene al Ser trinitario divino, Fuente de la Alegría Increada: “No hallo placer en la comida de corrupción ni en los deleites de la presente vida. El pan de Dios quiero, que es la carne de Jesucristo, de la semilla de David; su sangre quiero por bebida, que es amor incorruptible”. El Pan del altar es la Carne de Jesucristo, y el Vino del cáliz eucarístico, la Sangre del Cordero, contiene al Amor de Dios –el “amor incorruptible” de Dios-, y esto es todo lo que San Ignacio desea como alimento. La fe en la Eucaristía, que es la fe en Jesucristo, concede al alma la inmortalidad, la vida eterna: “Reuníos en una sola fe y en Jesucristo. Rompiendo un solo pan, que es medicina de inmortalidad, remedio para no morir, sino para vivir por siempre en Jesucristo”.
A su vez, San Ignacio denuncia a quienes rechazan la fe católica sobre la Eucaristía, es decir, los herejes: “No confiesan que la Eucaristía es la carne de Jesucristo nuestro Salvador, carne que sufrió por nuestros pecados y que en su amorosa bondad el Padre resucitó”. Los herejes, puesto que no creen que Jesús sea Hombre-Dios –o no creen en Jesús como verdadero hombre, o no creen en Jesús como verdadero Dios, y por lo tanto no creen en Jesús como Hombre-Dios- no creen en Jesucristo crucificado, muerto y resucitado, que se entrega en la Santa Misa, por el misterio de la liturgia eucarística, renovando su Sacrificio en Cruz de modo sacramental e incruento y donándose en el Pan Eucarístico con su Cuerpo glorioso y resucitado.
Por último, acerca del día del Señor, el Domingo, afirma que los cristianos no se quedan en el pasado, observando el sábado, sino que celebran el Domingo, “el día del Señor”, llamado así porque todo Domingo participa del Domingo de Resurrección, día-símbolo de la eternidad, en el que el Hombre-Dios venció a la muerte y nos concedió la vida eterna: “Los que vivían según el orden de cosas antiguo han pasado a la nueva esperanza, no observando ya el sábado, sino el día del Señor, en el que nuestra vida es bendecida por El y por su muerte”[3].
Un santo –San Ignacio de Antioquía- que vivió en el siglo I d.C. nos habla, superando el espacio y el tiempo, desde la eternidad de Dios, para vivamos la verdadera fe en tres columnas esenciales de la Iglesia Católica, atacadas por el secularismo y la apostasía: la Persona divina de Jesucristo, el Hombre-Dios; la Eucaristía, Cuerpo y Sangre de Jesús; el Domingo, Día-símbolo de la eternidad, día de la Resurrección del Hombre-Dios y, por lo tanto, el día más importante de todos.



[1] San Ignacio de Antioquía, Efes., c. xvii
[2] San Ignacio de Antioquía, Esmir., c. viii
[3] San Ignacio de Antioquía, Magn. 9, 1.

sábado, 15 de octubre de 2016

Santa Teresa de Jesús


         En un mundo hedonista, materialista, relativista, como en el que vivimos hoy, en el que se exalta esta vida terrena como si fuera la única y en el que se empeña y hasta da la vida, literalmente, por “disfrutar” de sus placeres; en un mundo en el que el hombre ha construido su vida terrena sin pensar que existe una vida eterna, el poema de Santa Teresa de Ávila, escrito siglos atrás, nos concede la gracia de poder apreciar esta vida terrena en su justa medida: nada de este mundo es digno de ser deseado, sino solo el morir en gracia de Dios, para vivir en la eterna bienaventuranza en los cielos.
         Vivo sin vivir en mí.
(Poema – Santa Teresa de Ávila)
Vivo sin vivir en mí,
La santa vive esta vida terrena, pero vive “sin vivir en ella”, es decir, como si esta vida no fuese vida;
y tan alta vida espero,
La “alta vida” que espera es la vida eterna, la vida en el Reino de los cielos;
que muero porque no muero.
Es tanto el deseo de la vida eterna, que muere de ganas de morir a la vida terrena y al comprobar que todavía no ha muerto, muere porque no muere.
Esta divina unión
La razón del deseo de la vida eterna es la gracia santificante, que une al alma con el Ser divino trinitario y la hace partícipe de su vida divina; la “divina unión” se da por la gracia, y también por la fe pero, sobre todo, por el amor a Dios Trino.
del amor con que yo vivo
El Amor Eterno de Dios, que “es Amor”, es lo que le da vida divina ya en esta vida; la vida que vive con amor, estando viva en esta tierra, es el germen de la vida celestial con la que vivirá en los cielos: Dios es Amor y el Amor es Vida y vida eterna, y con esta vida eterna, concedida por la gracia, es que vive Santa Teresa en lo que le queda de vida terrena: “del amor con que yo vivo”.
hace a Dios ser mi cautivo
El amor a Dios en el corazón de la santa es tan intenso y fuerte, que lo convierte en una cárcel para Dios: tanto lo ama en su corazón, que no lo deja salir, y por eso “lo hace a Dios ser su cautivo”, su prisionero de amor: el corazón de Santa Teresa se ha convertido en un sagrario viviente, en donde está cautivo Dios y de ahí no lo deja salir.
y libre mi corazón;
Pero al mismo tiempo que encarcela a Dios en su corazón, su corazón se vuelve libre, porque nunca es más libre el corazón humano, que cuando está atado a Dios con las cadenas del Divino Amor.
mas causa en mí tal pasión
Ese Divino Amor, que encarcela a Dios en su corazón y libera el corazón de Santa Teresa al encadenarlo a Dios, le causa a la santa una ardiente pasión de amor, una pasión que es “más fuerte que la muerte”.
ver a Dios mi prisionero,
La pasión de amor de la santa por Dios, se enciende y aumenta cada vez, al ver a su Dios prisionero en su corazón, encarcelado por ella con barrotes más fuertes que el hierro, porque son barrotes hechos de amor.
que muero porque no muero.
El deseo de vivir en plenitud el amor que la apasiona, que encarcela a su Dios y hace libre a su corazón, le hace desear la muerte, y muere porque la muerte no le llega, muere porque no muere de una vez a esta vida terrena, para comenzar a vivir la vida celestial.
¡Ay! ¡Qué larga es esta vida!
Sin el gozo pleno de Dios, gozo que se dará en el Reino de los cielos, esta vida, por corta que sea, parece larga y tanto más larga se hace, cuanto más se ama a Dios, porque más se desea gozarle a todo Él, en su Trinidad amabilísima, sin las interrupciones, dificultades, distracciones y sequedades propias de este mundo y de la naturaleza humana.
¡Qué duros estos destierros,
Nada en este mundo es placentero, cuando se espera gozar de la Trinidad en el cielo, y así esta vida terrena, con todos sus gozos y placeres, no es más que un “destierro” y quien esta vida vive, vive como aquel que, lejos de su Patria amada, suspira por ella día y noche.
esta cárcel, estos hierros
La cárcel de este cuerpo y los hierros de este tiempo, que son los que nos separan de Dios, hacen que el alma experimente esta vida como si fuera la más dura prisión y que experimente lo que experimenta un encarcelado, imposibilitado de gozar de la libertad, a causa de los duros barrotes de hierro.
en que el alma está metida!
El alma anhela ser libre y algo de esta libertad saborea, cuando por la gracia, la fe y el amor, se une a su Dios que es todo Amor, que es Amor eterno, infinito, incomprensible, pero mientras está en la cárcel del cuerpo y encerrada por los barrotes de hierro del tiempo y la historia, no puede el alma más que lamentarse de su dura cárcel, que la separa de su Bienamado Dios.
Sólo esperar la salida
El alma sabe que algún día saldrá de la cárcel, porque el cuerpo se disgregará con la muerte terrena y los hierros del tiempo desaparecerán cuando la muerte termine con su vida en el tiempo y se abra así la puerta de la eternidad.
me causa dolor tan fiero,
Pero el solo hecho de esperar que la cárcel del cuerpo y los barrotes del tiempo desaparezcan con la muerte corpórea, sólo le aumenta el ardor del deseo de contemplar a Dios Trino en su esencia en los cielos y, al ver que este deseo no es aún cumplido, pues sigue el alma todavía viva en esta vida que es muerte, le provoca y le causa un dolor tan fiero, tan hondo, tan profundo, que solo desea morir, para vivir eternamente.
que muero porque no muero.
         Y cuando comprueba que aún no es llegada la hora, de gozar con el Bienamado, muere porque no muere.
¡Ay! ¡Qué vida tan amarga
La vida terrena es amarga como el ajenjo, porque aún sus placeres más grandes, son sólo ceniza y polvo, comparados con la delicia sin fin que es la contemplación de la Trinidad y el Cordero, de manos de María.
do no se goza el Señor!
La razón de la amargura de esta vida terrena es que “no se goza el Señor”, y cuando el alma se ve privada de las mieles del Amor de Dios.
y si es dulce el amor,
         El Amor a Dios, el Amor de Dios, es dulce y su dulzura deleita al alma de tal manera, que una vez saboreado, aunque sea una pequeñísima parte, todo lo que no sea este Dulce Amor, es ceniza, amargor y ajenjo.
no lo es la esperanza larga;
La esperanza, si es corta, no es dulce, y mucho menos, cuanto más larga es, porque más hace prolongar el encuentro con el Dulce Dios del Amor, Cristo Jesús.
quíteme Dios esta carga
Vivir esta vida sin el Amor de Dios, es carga muy pesada, que solo Dios, llamando al alma ante su Presencia, puede quitarla.
más pesada que el acero,
La vida sin Dios, o al menos, sin contemplarlo en su esencia, pesa más que mil toneladas de acero; preferible sería soportar mil años esta carga, que un segundo sin su Amor.
que muero porque no muero.
Pero como la vida terrena continúa y todavía no acaba, sólo se vislumbra el Amor eterna que al otro lado espera, y saber que todavía aquí se vive, sin morir, para así poder vivir la vida eterna, hace que el alma viva la vida en agonía, hasta que muriendo, comience a vivir en la eterna alegría.
Sólo con la confianza
Hay sólo una cosa que permite afrontar esta cárcel, estos hierros, este peso más pesado que el acero, y es la confianza en que pronto, más pronto que tarde, la vida terrena, porque es vida limitada y terrena, tiene que finalizar.
vivo de que he de morir,
Sólo el saber que pronto se ha de morir a esta vida terrena, para comenzar a vivir la vida eterna, hace que se viva en el tiempo, deseando morir para vivir.
porque, muriendo, el vivir
Es muriendo que se vive, porque al morir, se deja esta vida muerta y se inicia a vivir la vida plena y feliz, la vida bienaventurada en la adoración de la Trinidad y el Cordero.
me asegura mi esperanza;
Es esta certeza de que al morir la vida muerta, se llega a la vida plena, es lo que colma de esperanzas al alma que, por gozar del Amor trinitario, muere porque no muere.
muerte do el vivir se alcanza,
Por la muerte terrena, se alcanza la vida feliz, la vida bienaventurada del Reino de Dios, siendo así la muerte sólo el umbral que debe el alma atravesar, para abrazar y fundirse en el abrazo, con el Dios amado, Tres veces santo.
no te tardes que te espero,
El alma que ama a Dios con locura, espera la muerte con ansias, porque la llegada de la muerte terrena, significa el comienzo de la vida eterna y feliz, y por eso, la espera.
que muero porque no muero.
Y hasta que la muerte no llegue para quitarle esta vida terrena y así comenzar la vida sin fin en el Divino Amor, el alma muere porque no muere.
Vivo sin vivir en mí,
y tan alta vida espero,

que muero porque no muero. Amén.

sábado, 8 de octubre de 2016

El Beato Bartolomé Longo, “Apóstol del Rosario”


Su pasado ocultista y su conversión a Jesús por María[1]
Antes de su conversión, el Beato Bartolo Longo practicó el espiritismo y solo por una intervención de la Virgen, fue que se convirtió, y a partir de entonces, se convirtió en un entusiasta promotor del Rosario y la caridad cristiana.
En el año 1863, Bartolo Longo, va a la ciudad de Nápoles para perfeccionar sus estudios de derecho. Es allí en donde entra en contacto con ideas liberales anticristianas y comienza a leer a autores no cris cristianos como Renán, apartándose cada vez más de la fe en Cristo se difumina, al tiempo que experimenta un creciente sentimiento de odio contra el Papa y contra la Iglesia.
Comienza un activismo, pronunciando discursos contra el Papa, además de financiara a quienes insultan a los sacerdotes que pasan por la calle, y defender las ideas de los grupos más anticlericales.
Luego sucede lo que le sucede a quien voluntariamente se aparta de Dios y combate contra Él: quien se aparta del Amor de Dios, queda bajo la orbita del maligno, bajo sus negras alas, aprisionado por sus garras, y es así como ingresa en el siniestro y peligroso mundo del espiritismo, mundo oscuro en el que hace tan grandes progresos, que los miembros de la secta deciden “ordenarlo” como sacerdote del espiritismo. Pero el espiritismo, al igual que la brujería, la hechicería, o el culto al Gauchito Gil, la Difunta Correa o San La Muerte, implica no solo el contacto con seres malignos, sino ser dominados por ellos. Así, Bartolo comienza, a tener visiones y contactos con seres extraños-demonios disfrazados de ángeles de luz-, uno de los cuales se hace pasar por San Miguel y que, según interpretará Bartolo años más tarde, debería ser el mismo demonio. Sus “guías espirituales” del mundo de lo oculto le aconsejan que realice más ayunos para purificarse, para llegar a experiencias más profundas, para llegar a ser médium. El resultado es que Bartolo se introduce cada vez más y más en el siniestro mundo del espiritismo y la magia. Puesto que la brujería y el espiritismo conducen a la pérdida de la razón, comienzan a deteriorarse su salud física y mental, hasta el borde del colapso.
En esa situación, cuando más lejos de Dios se encuentra, y cuando más atrapado por el Demonio está, comienza a actuar la Virgen. Sucedió que Bartolo fue a ver al profesor Vincenzo Pepe, un amigo de familia y católico practicante. Al profesor le impresiona, más que la palidez de muerte, el estado de pecado mortal en el que se encuentra Bartolo, por practicar el espiritismo y la brujería. En un momento determinado de  la conversación, Vincenzo le advierte acerca del doble peligro de muerte en el que se encuentra, peligro de muerte corporal y peligro de la segunda muerte, la eterna condenación. En un momento, le dice: “¡Tú quieres morir en el manicomio, y, además, condenado!”.
Fue allí en que la Virgen le concedió la gracia de la conversión, ya que la advertencia de su amigo provocó en él el inicio del despertar espiritual a la vida de los hijos de Dios. Desde entonces, comienza a hacerse más intensa la luz de la, recibida en el bautismo pero abandonada demasiado ligeramente. Es así que toma la decisión de cambiar y buscar refugio y ayuda en los brazos de la Iglesia, separándose definitivamente del espiritismo. Pide ayuda a un sacerdote dominico y el día del Sagrado Corazón de 1865 se confiesa: la paz de Cristo entra de nuevo en su vida, al haber sido removido aquello que lo enemistaba con Dios: el pecado, y sobre todo el pecado de idolatría, porque se había dedicado al espiritismo, la brujería y la nigromancia.
Surge ahora la pregunta: ¿qué quiere Dios de Bartolo? Intensifica su servicio a los pobres, ingresa en la Tercera Orden de los dominicos, y reza cada tarde el rosario en casa de unos amigos. Tras haberse enfermado por comer poco y por vivir en una pobreza excesiva, sus amigos le invitan a hospedarse como pensionista en la casa de la condesa Mariana De Fusco, quien le pide que analice la situación en la que se encuentra la vieja ciudad, percibiendo allí la pobreza, la incultura y el abandono en el que vive la gente. En su discernimiento, Bartolo ve que Dios le sugiere difundir el rezo del Santo Rosario.
A partir de entonces, se dedicará a esta tarea: predica, promueve grupos para rezar el rosario, organiza a la gente para asistir a los enfermos. En 1875 propone al obispo de la zona erigir un altar en honor de la Virgen, aunque el obispo decide que se construya una iglesia, con lo que se prepara así lo que un día se convertirá en el Santuario de Nuestra Señora del Rosario de Pompeya.
Inaugurado el santuario en 1887, se construyen a su alrededor asilos para niños abandonados y para hijos de delincuentes, talleres para obreros, imprentas para difundir la doctrina católica.
Entre las otras iniciativas de Bartolo está la oración por la paz, casi como un precursor que intuye los horrores de la guerra (dos guerras mundiales en el siglo XX). Se construye, en la fachada del Santuario de Pompeya, un monumento a María, Reina de la paz, que será inaugurado en 1901. A la vez, promueve una especie de “referéndum” por la paz universal, con el que consigue 4 millones de firmas. 
Por la acción de María, Auxilio de los cristianos, Medianera de todas las gracias, Reina del Rosario, el Beato Bartolo Longo pasa de ser médium espiritista a promotor del Rosario, la caridad cristiana, la educación y la paz.
La vida del Beato Bartolo Longo es un ejemplo de lo que la Virgen hace por sus hijos, principalmente, aquellos que más lejos están de Ella y de su Hijo Jesucristo. Como un resumen de su propia vida, y como mensaje de santidad que nos deja a los cristianos de todos los tiempos, el Beato Bartolo Longo escribe diciendo que “no puede haber ningún pecador tan perdido, ni alma esclavizada por el despiadado enemigo del hombre, Satanás, que no pueda salvarse por la virtud y eficacia admirable del santísimo Rosario de María, aferrándose de esa cadena misteriosa que nos tiende desde el cielo la Reina misericordiosísima de las místicas rosas para salvar a los tristes náufragos de este borrascosísimo mar del mundo”[2].




[1] http://es.catholic.net/op/articulos/30497/cat/884/bartolo-longo-de-espiritista-a-beato.html
[2] Historia del Santuario de Pompeya, 76.

viernes, 7 de octubre de 2016

El Sagrado Corazón se nos entrega en la Eucaristía


         En una de sus apariciones, Jesús le pidió a Santa Margarita su corazón; la santa se lo entregó y Jesús, luego de colocarlo en su pecho, lo sacó de allí convertido en una llama de fuego. Así lo relata Santa Margarita: “Me pidió el corazón, el cual yo le suplicaba tomara y lo cual hizo, poniéndome entonces en el suyo adorable, desde el cual me lo hizo ver como un pequeño átomo que se consumía en el horno encendido del suyo, de donde lo sacó como llama encendida en forma de corazón, poniéndolo a continuación en el lugar de donde lo había tomado, diciéndome al propio tiempo: “He ahí, mi bien amada, una preciosa prenda de mi amor, que encierra en tu costado una chispa de sus más vivas llamas, para que te sirva de corazón y te consumas hasta el último instante y cuyo ardor no se extinguirá ni enfriará”[1]. Jesús le concede una gracia extraordinaria a Santa Margarita, porque transforma su corazón –“pequeño como un átomo”, tal como lo describe ella misma-, humano, en una “llama encendida en forma de corazón”, es decir, ese mismo corazón humano de Santa Margarita, pero formado por una “chispa” de sus “más vivas llamas”, la cual habría de funcionar como corazón: “para que te sirva de corazón”, de modo de poder así amar a Jesús con un amor inextinguible: “cuyo ardor nunca se extinguirá”.
         Si esto se puede considerar –y lo es- como una gracia especialísima, concedida por Jesús a quienes más ama, sin embargo, con todo, es una gracia ínfima, en comparación con el don que Jesús nos hace a cada uno de nosotros, en cada comunión eucarística, porque en la comunión, más que convertir nuestros pobres corazones en “llamas” de su Amor, nos da ese “horno encendido” que es el suyo; es decir, en vez de tomar nuestros corazones e introducirlos en el suyo, para devolvérnoslos convertidos en llamas de Amor, nos da en cada Eucaristía su propio Corazón, la totalidad de su Sagrado Corazón Eucarístico, envuelto en las llamas del Divino Amor, para encender nuestros corazones en el Amor de Dios, para que nuestros pobres corazones se fundan -así como el hierro se funde por el fuego y se convierte en el mismo fuego, cuando se pone incandescente-, en su Sagrado Corazón, que arde con las llamas del Amor Divino.
         Vivimos tan lejos del Amor de Dios, que este don suyo de su Sagrado Corazón Eucarístico, en cada comunión eucarística, o nos pasa desapercibido, o nos tiene sin cuidado.




[1] http://www.corazones.org/santos/margarita_maria_alacoque.htm

martes, 4 de octubre de 2016

San Francisco de Asís, imagen viviente de Jesús pobre y crucificado


La vida de santidad de San Francisco se caracteriza por la imitación viviente de Jesucristo, por medio de la pobreza y por las llagas.
Por la pobreza, porque siendo rico materialmente, renuncia voluntariamente a su herencia y así se vuelve pobre como Cristo, que siendo rico por ser Dios, se hizo pobre al asumir hipostáticamente, personalmente –sin dejar de ser Dios- nuestra naturaleza humana, para enriquecernos con su divinidad; por las llagas, porque según la tradición franciscana, Jesús se le apareció crucificado, con alas de querubín y le imprimió sus llagas en su cuerpo y así San Francisco comienza a llevar en su cuerpo las llagas de Jesús. De esta manera es como San Francisco se convierte en imagen viviente de Jesucristo, porque tanto la pobreza  como las llagas, recuerdan a Jesús: la pobreza es la pobreza de la Cruz -por lo que la misma no tiene ninguna connotación ideológica, sino sobrenatural, porque es la misma pobreza que vivió Jesús, en toda su vida, pero especialmente en la Cruz-: así como Jesús no tiene nada propio materialmente hablando, ya que los “bienes” materiales que tiene –los clavos de hierro, la corona de espinas, el leño mismo de la Cruz, el letreo que dice “Jesús Nazareno, Rey de los judíos”, le han sido prestados por Dios Padre, para que lleve a cabo su sacrificio redentor-, así también San Francisco no tiene nada, materialmente hablando; las llagas, a su vez, son las llagas de Jesús, las llagas por las cuales Jesús nos salvó –no de una crisis financiera, ni emocional, ni existencial, sino que nos salvó del Demonio, del pecado, del eror y de la muerte eterna-.
Así, solo con su vida y sin necesidad de homilías y prédicas, San Francisco se convierte en imagen viviente de Jesucristo y nos da la verdadera y única dimensión que para el cristiano tienen que tener la pobreza y la Cruz: ser pobres como Jesús, es decir que lo que salva no es la pobreza en sí misma, sino en tanto y en cuanto configura al alma con Jesús pobre en la Cruz; y estar crucificados con Jesús -la Cruz está representada en las llagas-, lo cual logra el cristiano cuando participa, con sus tribulaciones y sufrimientos, de la Pasión de Jesús, para la salvación de los hombres.
Al recordar a San Francisco pobre y llevando las llagas de la Pasión, se le revela entonces al cristiano que solo en Jesucristo, el Hombre-Dios, adquieren sentido sobrenatural la pobreza y las llagas, lo cual quiere decir que la pobreza y la Cruz solo son buenas si se unen a Jesús, por la fe y el amor, para salvar almas de la “eterna condenación”[1] y llevarlas al cielo, que es lo que hizo San Francisco. Fuera de esta revelación e interpretación sobrenatural, se cae en interpretaciones ideológicas y extrañas al Evangelio, que por propia naturaleza no vienen de Dios, sino de los hombres.



[1] Cfr. Misal Romano, Plegaria Eucarística I.

sábado, 1 de octubre de 2016

Santa Teresita del Niño Jesús y su camino para ir al cielo


Santa Teresita del Niño Jesús, proclamada Doctora de la Iglesia, propone un “camino” para ir al cielo: “Mi caminito es el camino de una infancia espiritual, el camino de la confianza y de la entrega absoluta”. La Iglesia reconoce la enseñanza profunda y valiosa del “caminito” de Santa Teresita, que implica el aceptar nuestras propias limitaciones, y el dar de todo corazón –con amor- lo que tengamos, no importa lo pequeña que sea la ofrenda[1].
¿En qué consiste esta “infancia espiritual” de Santa Teresita? Escuchémoslo de la propia santa: “Mi constante deseo ha sido siempre llegar a santa, mas ¡ay! cuantas veces me he comparado con los santos, he constatado siempre que entre ellos y yo existe la misma diferencia que observamos en la naturaleza entre una montaña cuya cumbre se pierde en las nubes y el obscuro grano de arena, pisado por los viandantes”[2]. Santa Teresita se compara con los grandes santos, y constata que la diferencia entre ella y esos santos, es enorme. Sin embargo, esto no la desalienta: sostiene que, a pesar de su pequeñez, puede igualmente aspirar a la santidad y el modo es encontrar un “ascensor” que la conduzca hasta Jesús: “En vez de desalentarme, me he dicho: Dios no inspira deseos irrealizables; puedo, pues, a pesar de mi pequeñez, aspirar a la santidad. ¡Engrandecerme, es imposible! He de soportarme tal como soy, con mis innumerables imperfecciones; pero quiero buscar la manera de ir al cielo, por un caminito muy recto, muy corto, por un caminito enteramente nuevo. Estamos en un siglo de inventos; hoy día, no es menester ya fatigarse en subir los peldaños de una escalera; en las casas ricas hay un ascensor que lo sustituye con ventaja. Quiero también encontrar un ascensor para remontarme hasta Jesús, puesto que soy demasiado pequeña para subir por la ruda escalera de la perfección”. Santa Teresita utiliza dos figuras, para graficar la perfección espiritual que se desea alcanzar: una escalera –ardua para ella, en la que hay que ascender peldaño por peldaño- y un ascensor, por medio del cual, obviamente, se asciende de modo rápido a las cumbres de la perfección cristiana y sin prácticamente fatiga alguna, de igual manera a como alguien que, estando en la planta baja de un edificio, se traslada hasta la terraza del mismo en pocos segundos, usando el ascensor.
Escuchemos cómo nos refiere la Santa la manera cómo ella encontró este camino o ascensor que nos enseña, para que podamos subir hasta Jesús, aunque seamos pequeños y débiles en la virtud: “He pedido entonces, a los Libros Santos, que me indiquen el ascensor deseado, y he encontrado estas palabras pronunciadas por boca de la misma Sabiduría eterna: “Si alguno es pequeñito que venga a mí” (Prov 9, 4). Aquí hay un primer indicio, y es la pequeñez del alma. Luego dice: “Me he acercado, pues, a Dios, adivinando que había encontrado lo que buscaba y, al querer saber lo que hará Dios con el pequeñito, he proseguido buscando, y he aquí lo que he encontrado: ‘Como una madre acaricia a su hijito, así os consolaré yo: a mi pecho seréis llevados, y os acariciaré sobre mis rodillas’ (Is 66, 12-13)”. Buscando en las Escrituras cuál sería el “ascensor” que la llevara a la cumbre de la santidad, Santa Teresita encuentra que es la “pequeñez” del alma, y cuanto más pequeña sea el alma, tanto más alto llegará a la perfección de la santidad, porque estará en los brazos mismos de Dios, así como un niño, cuanto más pequeño, más cerca está del corazón de su madre, al estar entre sus brazos.
Continúa: “¡Ah!, nunca habían venido a alegrar mi alma unas palabras tan tiernas y tan melodiosas. El ascensor, que me ha de subir al cielo, son vuestros brazos, ¡oh, Jesús! Para esto, no tengo ninguna necesidad de crecer, antes, al contrario, conviene que continúe siendo pequeña y, cada día, lo sea más. ¡Oh Dios mío!, habéis ido más lejos de lo que yo esperaba, y quiero cantar vuestras misericordias: Vos me habéis instruido desde mi juventud, y hasta ahora he publicado vuestras maravillas: yo continuaré publicándolas hasta mi extrema vejez”. Pero a diferencia del niño, que a medida que pasa el tiempo crece, en la vida espiritual, no es necesario pasar a una edad adulta, sino que basta con permanecer siempre pequeños: “conviene que continúe siendo pequeña”.
Cuando se le preguntó a Santa Teresita qué es lo que significar en esta frase, la de “permanecer niño pequeño delante de Dios”, respondió así: “Es reconocer su nada, esperarlo todo del buen Dios, como un niño pequeño lo espera todo de su padre, es no inquietarse de nada, no buscar fortuna. Hasta entre los pobres se da al niño lo que le es necesario pero en cuanto se hace mayor, su padre ya no quiere mantenerle más y le dice: “Trabaja ahora, tú te puedes ya bastar a ti mismo”. Para no oír jamás tales palabras, por eso no he querido ser nunca mayor, sintiéndome incapaz de ganarme la vida, la vida eterna del Cielo. Me he quedado siempre pequeña, no teniendo otra ocupación que la de coser flores, las flores del amor y del sacrificio y ofrecerlas al buen Dios para complacerle”. A diferencia del hombre que, a medida que crece, se independiza de sus padres porque adquiere progresivamente la capacidad de ganarse el sustento de la vida diaria por sí mismo, en la infancia espiritual de Santa Teresita esto no es necesario; por el contrario, permaneciendo siempre pequeños, se está siempre dependiendo del Amor y de la Vida de Dios, así como el niño pequeño depende de su madre para alimentarse y vivir.
Pero “ser pequeño” delante de Dios, implica humildad del alma, la cual, lejos de ensoberbecerse por sus cualidades o virtudes, atribuyéndoselas a sí mismo, no se envanece por nada de esto, pues todo adelante en la vida de perfección lo atribuye a Dios: “Ser pequeño, es también no atribuirse a sí mismo las virtudes que uno practica, creyéndose capaz de alguna cosa, antes bien reconocer que el buen Dios pone este tesoro de la virtud en la mano de su pequeño hijo para que se sirva de él cuando lo necesite; pero siempre es el tesoro del buen Dios”. También consiste en no desanimarse por las faltas, pues a los niños pequeños les sucede que caen a menudo en su intento de aprender a caminar, siendo sostenidos en todo momento por el amor materno y paterno: “En fin, es no desanimarse poco ni mucho por sus faltas, porque los niños caen a menudo, pero son demasiado pequeños para hacerse mucho daño”. Es decir, la humildad implica reconocer que somos débiles y fallamos y caemos, pero, al igual que un niño pequeño, que en su aprendizaje del caminar, cae con frecuencia y se levanta porque lo mueve el amor de su madre hacia la cual se dirige, así también sucede con el alma que ama a Dios y que, a pesar de eso, cae con mayor o menor frecuencia. Es parte de la humildad de la infancia espiritual el aceptarse en las debilidades, aunque eso implica también la lucha para corregirlas.
Para Santa Teresita, la infancia espiritual es la misma perfección y santidad, que no consiste en prácticas de virtudes, sino en la disposición del corazón para, desde la pequeñez del corazón, amar a Dios con toda la capacidad de amor de la que se sea capaz, no importando lo pequeña que sea esa capacidad: “La santidad no consiste en tal o cual práctica; consiste en una disposición del corazón, que nos hace humilde y pequeño, en manos de Dios, consciente de nuestra debilidad y confiado, hasta la audacia, en su bondad de Padre”.
La infancia espiritual, en el concepto de Santa Teresita, significa que hemos de tener en nuestro corazón un vivo sentimiento y un claro conocimiento de nuestra debilidad, lo cual ha de hacernos humildes y pequeños en manos de Dios. Pero, además, hemos de conocer y sentir igualmente, en nuestro corazón, la inmensa bondad paternal de Dios; hemos de confiar en Él hasta la audacia, y para confiar en Él, hace falta amor. La infancia espiritual, entonces, consiste en humildad, confianza en el Amor de Dios y amor a Dios, porque la confianza y el abandono en Dios es tanto mayor, cuanto más se lo ama. Es por esto que el Papa Benedicto XV decía que la infancia espiritual está formada de confianza en Dios y de abandono absoluto en sus manos.
Según este Papa, la infancia espiritual excluye la soberbia de pensar que, por nosotros mismos, podemos alcanzar el fin sobrenatural de la santidad: “La infancia espiritual -dice este Papa­ excluye de hecho el sentimiento soberbio de sí mismo, la presunción de conseguir, por medios humanos, un fin sobrenatural y la engañosa pretensión de bastarse a sí mismo, en la hora del peligro y de la tentación. Por otra parte, supone una fe viva en la existencia de Dios, un práctico homenaje a su poder y a su misericordia, un confiado recurso en la providencia de Aquel que nos da la gracia, para evitar todos los males y obtener todos los bienes. Así, las cualidades de esta infancia espiritual son admirables, lo mismo si se miran en su aspecto negativo que si se estudian en su aspecto positivo y, entonces se comprende que Nuestro Señor Jesucristo la haya indicado como condición necesaria, para obtener la vida eterna”. Así se comprenden las palabras del Señor: “El que no se haga como niño, no puede entrar en el Reino de los cielos” (Mt 18, 3). La infancia espiritual es así el comienzo y la consumación de la santidad: el comienzo, porque Jesús nos dice que, si no nos hacemos como niños, no entraremos en el reino de los cielos, y la consumación, porque Él mismo nos dice que el que se humille como un pequeño, éste será el mayor en el reino de los cielos”[3].
Bien podemos decir que es la voz de nuestra Santa Madre Iglesia la que nos propone solemnemente la infancia evangélica, tal como la entendió, propuso y practicó Santa Teresita.
El papa Pío XI, que beatificó y canonizó a Santa Teresita, dijo así en la homilía del día de la canonización: “Como le preguntasen sus discípulos quien sería el mayor en el reino de los cielo, llamando a un niño, lo puso en medio de ellos y les dijo estas memorables palabras: En verdad os digo que si no os cambiáis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos”. La nueva Santa Teresa se penetró de esta doctrina y la trasladó a la práctica cotidiana de su vida. Más aun, ella, con sus palabras y con sus ejemplos, enseñó a las novicias de su monasterio este camino de la infancia espiritual, y lo reveló a todo el mundo, con sus escritos (…) Esta cándida niña (Santa Teresita) copió en si misma la imagen viviente del Niño Jesús; y así podemos afirmar que quienquiera que venere a Teresa, venera, al mismo tiempo, al divino Modelo, que ella reproduce”.
El Papa –y por eso, la voz de la Iglesia- desea que los cristianos tengamos “avidez” por conseguir esta infancia espiritual, que consiste en sentir y obrar como un niño, con su inocencia y su confianza en su padre o madre: “Por esto hoy, Nos concebimos la esperanza de ver nacer, en las almas de los fieles de Cristo, como una santa avidez de adquirir esta infancia evangélica, la cual consiste en sentir y obrar, bajo el imperio de la virtud, tal como siente y obra un niño llevado de su natural”.
El Papa Pío XI nos anima a seguir el camino de Santa Teresita, es decir, a ser como niños, en el aspecto de inocencia que estos tienen porque, a pesar de estar afectados por el pecado original, en la niñez –sobre todo en la primera infancia- se conserva la inocencia en su estado más puro, y la razón última de este “ser niños” está en el consejo del mismo Jesús: “De la misma manera que los niños pequeños, a los cuales ninguna sombra de pecado ciega, ni ninguna concupiscencia de pasiones mueve, gozan de la tranquila posesión de su inocencia, e, ignorando toda malicia y disimulo, hablan y obran según piensan, y se revelan en su exterior tal como son en realidad, de la misma manera, Teresa aparece más angélica que humana y dotada de una sencillez de niña, en la práctica de la verdad y de la justicia. La virgen de Lisieux tenía siempre presentes, en la memoria, estas invitaciones y estas promesas del divino Esposo: Si alguno es pequeño, que venga a Mí. Seréis llevados sobre mi pecho y acariciados sobre mis rodillas. Como una madre acaricia a sus hijos, así yo os consolaré”. Con estas palabras, Pío XI da la definición exacta de la infancia espiritual, cuando dice que esta consiste en “hacer por virtud sobrenatural lo mismo que hace el niño por natural sentimiento”.
Ahora bien, ser como niños, recorrer el camino de la infancia espiritual, no es lo mismo que ser infantiles: “Desde el fondo de su claustro (Santa Teresita) encanta al mundo con la magia de su ejemplo, ejemplo de santidad, que todos pueden y deben seguir. Porque todos han de entrar por este camino ­camino de una simplicidad de corazón, que no tiene de infantil más que el nombre­, por este camino de infancia espiritual, lleno de pureza, de transparencia de espíritu y de corazón, de amor irresistible, de la bondad, de la verdad y de la sinceridad. Y esta virtud de la infancia espiritual, que reside en la voluntad del alma tiene, como más bello fruto, el amor”. Aunque también podemos decir que la infancia espiritual el amor no solo es fruto, sino también su motor y la razón de su ser.
Por último, este camino de infancia espiritual es un camino seguro para la santidad, puesto que es la voz de la misma Iglesia, Esposa de Jesucristo –en la persona de los Papas y por el Magisterio eclesiástico-, quien nos propone el camino espiritual enseñado por Santa Teresita, como modo de seguir fielmente la doctrina evangélica del mismo Jesús.




[1] https://www.ewtn.com/therese/spanish/sp_therese1.htm
[2] Histoire d'une âme, c. IX, 153.
[3] http://www.mercaba.org/Espiritualidad/camino_de_la_infancia_espiritual.htm