San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

martes, 30 de junio de 2015

Primeros Santos Mártires de la Iglesia de Roma


La Iglesia celebra hoy a los protomártires de la Iglesia de Roma, víctimas de la persecución de Nerón después del incendio de Roma, que tuvo lugar el 19 de julio del año 64[1]. Entre los mártires más ilustres se encuentran el príncipe de los apóstoles, crucificado en el circo neroniano, en donde hoy está la Basílica de San Pedro, y el apóstol de los gentiles, san Pablo, decapitado en las “Acque Galvie” y enterrado en la vía Ostiense. Después de la fiesta de los dos apóstoles, el nuevo calendario romano universal quiere celebrar la memoria de los numerosos mártires que no pudieron tener un lugar especial en la liturgia[2].
¿Qué fue lo que sucedió y que dio origen a la persecución y matanza de estos primeros mártires? Está comprobado, por investigaciones de renombrados historiadores, que fue Nerón quien ordenó el incendio de Roma, pero debido a que odiaba a los cristianos, los culpó de su incendio, para tener un pretexto para encarcelarlos, enjuiciarlos por sedición al imperio y hacerlos asesinar. Así nos lo dice el famoso y renombrado historiador pagano romano Cornelio Tácito en el libro XV de los Annales: “Como corrían voces que el incendio de Roma había sido doloso, Nerón presentó como culpables, castigándolos con penas excepcionales, a los que, odiados por sus abominaciones, el pueblo llamaba cristianos”[3].
También el historiador Tertuliano confirma implícitamente la teoría de Cornelio Tácito, de que los cristianos fueron acusados injustamente del incendio de Roma, puesto que eran pacíficos y convivían pacíficamente con los demás paganos y con la comunidad hebrea romana. Según Tertuliano, el pueblo romano inició la hostilidad hacia los cristianos, culpándolos de todos sus males: “Los paganos atribuyen a los cristianos cualquier calamidad pública, cualquier flagelo. Si las aguas del Tíber se desbordan e inundan la ciudad, si por el contrario el Nilo no se desborda ni inunda los campos, si hay sequía, carestía, peste, terremoto, la culpa es toda de los cristianos, que desprecian a los dioses, y por todas partes se grita: ¡Los cristianos a los leones!”[4]. Y esta culpabilidad general, se convirtió en directa y concreta culpabilización, arresto y asesinato de los cristianos, luego del incendio de Roma, cuyo autor, como vimos, fue Nerón.  
Lo que sucede es que el cristianismo es tan fuerte, que cuando se enciende en la mente y en el corazón de una persona, ya no hay lugar para nadie más que no sea Jesucristo, el Hombre-Dios. Nerón se daba cuenta de esto y fue por este motivo que planeó un crimen tan alevoso como el incendio de Roma, para después atribuírselos injustamente a los cristianos, con la esperanza, infundada, de hacerlos desaparecer.
Algo que es llamativo, es la crueldad con la que fueron ejecutados los mártires cristianos: fueron transformados en antorchas humanas, luego de ser rociados con brea y fueron dejados ardiendo en los jardines de la colina Appia; a mujeres y niños se los vistió con pieles de animales y se los dejó a merced de las bestias feroces en el circo; otros fueron decapitados. Pero tanta crueldad, sólo sirvió para que los mismos romanos, que presenciaban tan horrendo espectáculo, se movieran a compasión, y cayeran en la cuenta de que quienes eran bárbaramente asesinados en la pista del Coliseo, eran en realidad inocentes, mientras que quien ordenó sus muertes, era quien había cometido el crimen del incendio de Roma. Dice el historiador Tácito: “Entonces se manifestó un sentimiento de piedad, aún tratándose de gente merecedora de los más ejemplares castigos, porque se veía que eran eliminados no por el bien público, sino para satisfacer la crueldad de un individuo”, Nerón[5]. Pero no solo se trató de un mero sentimiento de compasión y de horror ante la crueldad, la que se despertó en el noble pueblo romano: la contemplación de la muerte de los cristianos, fue la ocasión para la acción del Espíritu Santo, que fue en realidad quien conmovió a los corazones de los romanos, sembrando en ellos la gracia de la conversión y suscitando nuevos cristianos, con lo cual se comprueba el aserto de los Padres de la Iglesia: “La sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos”.
Sin embargo, la persecución a la Iglesia y a los cristianos, lejos de disminuir o desaparecer, no ha hecho más que aumentar y arreciar en nuestro siglo XXI. Hoy como ayer, asistimos horrorizados ante el avance del odio anti-cristiano, -el Santo Padre Francisco ha dicho que “no se puede callar ante esta persecución”[6]- que se ensaña con los cristianos por el solo hecho de ser cristianos, por el solo hecho de llevar en sus almas el sello indeleble de la cruz de Cristo, impresa con el Bautismo sacramental y en el corazón el Amor de Dios, donado por el Espíritu Santo. Hoy, asistimos horrorizados ante la espantosa carnicería que milicianos armados, integrantes de sectas satanistas disfrazadas de religiosas, como ISIS, Al Qaeda, Boko Haram y muchas otras más[7], desencadenan contra los cristianos, principalmente en Medio Oriente, aunque también en otras partes del mundo. Hoy asistimos horrorizados y vemos cómo se multiplican, de a millares, los mártires cristianos, que al igual que los Primeros Santos Mártires de Roma, son decapitados, envueltos en llamas y quemados vivos, y hechos destrozar por las fieras, que tal vez en nuestros días no sean como las del circo romano, como en el caso de los Primeros Mártires, pero no dejan de ser fieras, porque son seres humanos a quienes el odio anti-cristiano les ha enceguecido la capacidad de razonar, rebajándolos a un nivel más bajo que el de las bestias irracionales.
Pero el odio satánico no triunfa sobre el Amor de Dios, porque el Amor de Dios que asiste a los mártires es infinitamente más fuerte que el odio anti-cristiano y satánico que arrebata sus vidas terrenas: si los cuerpos de los cristianos –sean los de los Primeros Mártires, o los del siglo XXI- son decapitados, “sus voces entonan en el cielo cánticos de alabanza al Cordero, porque ellos son los que han vencido a la Bestia” (cfr. Ap 18, 24), porque son los “profetas y los santos, todos los que fueron degollados en la tierra por dar testimonio de Jesús (cfr. Ap 18, 24)[8]”; si los cuerpos de los cristianos son envueltos en llamas, para evitar que den testimonio de Jesús, sus corazones son envueltos en las llamas del Espíritu Santo y convertidos en imágenes vivientes del Sagrado Corazón de Jesús, que en el cielo adoran al Cordero que vive por los siglos; si sus cuerpos son destrozados por bestias salvajes o por seres humanos a quienes el odio satánico les ha quitado la capacidad de razonar, rebajándolos a bestias, sus almas son glorificadas en el cielo y presentadas por la Madre de Dios, para que reciban la ternura, la dulzura, el Amor y la gloria de parte del mismo Cordero, por quienes entregaron sus vidas, y esto es así en la realidad, porque, como dijimos, el Amor de Dios es infinitamente más fuerte que el odio de Satanás y de los hombres a él asociados, y no solo jamás podrá vencer a la muerte, sino que con su irracional acto de destruir las vidas de los cristianos, lo único que hace es multiplicar el Amor que se enciende en esos mismos cristianos y en miles de millares de cristianos que, por su testimonio, seguirán sus pasos y darán sus vidas, dando testimonio martirial del Ser y del Amor de Dios Uno y Trino, que en Cristo Jesús nos ha dado su Cuerpo y su Sangre para salvarnos y conducirnos al Reino de los cielos.



[1] http://es.catholic.net/op/articulos/31952/primeros-mrtires-de-la-santa-iglesia-romana-santos.html
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.
[6] Cfr. http://www.news.va/es/news/el-papa-pide-a-la-comunidad-internacional-que-no-p: “(RV).- Después de la oración a la Madre de Dios, el Papa Francisco saludó detalladamente a diferentes grupos de peregrinos e hizo una mención especial al Movimiento Shalom y su misión ante la persecución de los cristianos en el mundo, y pidió a la comunidad internacional que no mire hacia otro lado antes los conflictos que se están viviendo en diversos países del mundo. “Que no permanezca muda e inerte ante tales inaceptables crímenes, que constituyen una preocupante violación de los derechos humanos fundamentales. Pido verdaderamente que la comunidad internacional no mire hacia otro lado”, insistió”.
[7] Renombrados satanistas, como los padres Amorth y Fortea, afirman, sin dudarlo, que estas sectas militaristas y terroristas islamistas, son satánicas. También numerosos “imanes” musulmanes se han pronunciado en contra de la violencia irracional de estos grupos. Cfr.: http://observatorioantisectas.blogspot.com.ar/2015/04/famoso-exorcista-amorth-el-estado.html
[8] http://www.vatican.va/archive/catechism_sp/p4s1c1a3_sp.html

viernes, 26 de junio de 2015

San Josemaría Escrivá de Balaguer y la santificación en el trabajo de todos los días




         San Josemaría Escrivá de Balaguer sostenía que como cristianos, podíamos alcanzar la santidad, no haciendo cosas extraordinarias, sino todo lo contrario: por medio de las cosas ordinarias, por medio de las cosas de todos los días[1]. Él decía que el cristiano podía lograr la santidad a través del trabajo cotidiano, pero para poder alcanzar la santidad de esa manera, se necesita ser un alma de profunda vida interior, de mucha oración: “Cuando se vive de este modo, todo es oración, todo puede y debe llevarnos a Dios, alimentando ese trato continuo con Él, de la mañana a la noche. Todo trabajo puede ser oración, y todo trabajo, que es oración, es apostolado”[2]. Es decir, San Josemaría sostenía que el cristiano lograba la santidad de esta manera: oración, vida interior, trabajo –estudio, etc.-, santidad y apostolado, porque el trabajo hecho santamente, como producto de la oración, se convierte en testimonio de vida cristiana.
         De esta manera, se convierte el deber de estado en un altar en donde se ofrecen a Dios las labores de cada día, las cuales, por ser ofrecidas a Él, no pueden ser ofrecidas de cualquier manera, sino que deben ser realizadas con la mayor perfección posible, para que se cumpla el pedido de Jesús: “Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48). El trabajo así realizado, no se convierte en “perfeccionismo”, puesto que la perfección de la que habla Jesús es en el Amor, ya que “Dios es Amor” (1 Jn 4, 8), y ve el grado de amor que ponemos en la realización de las obras que le dirigimos a Él, y no la obra en sí misma. Así, al ver Dios -que es Amor-, que le damos una obra hecha con amor –este deseo surge a su vez de la vida de oración-, nos devolverá más amor, lo cual nos hará crecer en santidad, y es en eso en lo que consiste la santificación en el trabajo cotidiano, según San Josemaría. Alcanzamos la santidad, entonces, cuando convertimos a nuestro estado de vida –trabajo, estudio, etc.-, en un altar que es prolongación del altar interior, en donde se elevan cánticos y oraciones de alabanzas en honor de Dios, sólo que el cántico y la alabanza -esto es, la oración interior-, fruto del Amor a Dios, se convierte en trabajo o en estudio, en cumplimiento del deber de estado, fruto también del Amor a Dios. La santidad por el cumplimiento del deber de estado es cumplir este deber de estado a la perfección, pero se trata de cumplirlo a la perfección no por la perfección en sí misma, sino para “ser perfectos en el Amor”.



[1] http://www.vatican.va/news_services/liturgy/saints/ns_lit_doc_20021006_escriva_sp.html
[2] Cfr. ibidem.

miércoles, 24 de junio de 2015

Solemnidad del Nacimiento de San Juan Bautista


Nacimiento de Juan el Bautista
(ícono)

         San Juan Bautista es uno de los más grandes santos de la Iglesia, pues así lo llamó nuestro Señor: “no hay más grande entre los nacidos de mujer” (Mt 11, 11), y su grandeza y gloria fue la de anunciar, desde su nacimiento, hasta su muerte, con sus palabras, sus obras y su martirio, la Llegada del Mesías.
         Juan el Bautista anuncia la llegada del Mesías desde el vientre materno, cuando, antes de nacer, “salta de alegría” ante la Presencia de Jesús que viene, a su vez, en el seno materno de la Virgen, al visitar a su prima Santa Isabel: “Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno” (Lc 1, 39-56), y así el cristiano, está llamado a testimoniar, con la alegría de su vida, aun en medio de las tribulaciones, que Cristo en la Eucaristía, es el Mesías venido en carne, para la salvación del mundo.
         Juan el Bautista anuncia la llegada del Mesías al señalar con el dedo al Cordero de Dios, viendo en Jesús al Hijo de Dios encarnado, mientras otros veían solo a un hombre más: “Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29), y así el cristiano, está llamado a señalar en la Eucaristía al Cordero de Dios, y no a un pan bendecido, diciendo, cuando contempla la Eucaristía, las mismas palabras que pronuncia el sacerdote ministerial luego de la transubustanciación: “Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (cfr. Misal Romano).
         Juan el Bautista anuncia la llegada del Mesías con su testimonio de vida, yendo al desierto, predicando la austeridad, vistiendo con piel de camello y alimentándose con miel y langostas (cfr. Mt 3, 4ss); de la misma manera, el cristiano está llamado a anunciar que la Eucaristía es el verdadera manjar del cielo, y no los manjares terrenos y que como hijo de Dios que es, debe procurar alimentarse, más que con los manjares terrenos, con el banquete celestial, la Carne del Cordero de Dios; el Pan Vivo bajado del cielo y el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, la Eucaristía.
         Juan el Bautista anuncia la llegada del Mesías denunciando la inmoralidad de Herodes y pagando con el martirio de su vida la del misterio del Cordero de Dios (Mt 14 1, ss): del mismo modo, el cristiano está llamado a defender, aun al precio de su vida, tanto la santidad del matrimonio, que es reflejo, imitación y prolongación de la santidad y de la unión esponsal mística entre Cristo Esposo y la Iglesia Esposa, así como también la fidelidad en todo amor verdaderamente cristiano, puesto que tanto el matrimonio, como todo amor verdaderamente cristiano, deben ser castos, puros, fieles, únicos, indisolubles, santos y puros, por fundarse en el Amor Santo y Puro de Cristo, el Esposo Fiel y Santo de la Iglesia Santa y Fiel, de manera tal que el cristiano debe renunciar a todo amor impuro, con tal de poder mantenerse fiel al Amor de los amores, Cristo en la Eucaristía.
         Es importante entonces conocer la figura del Bautista, porque todo cristiano está llamado a imitar al Bautista, en su proclamación del Advenimiento de Cristo, el Mesías, en su reinado eucarístico.


miércoles, 17 de junio de 2015

San Antonio de Padua y el milagro de la mula que se arrodilla ante Jesús Eucaristía


         Dentro de la vida de santidad de San Antonio de Padua, se destaca un episodio, que se califica dentro de los denominados “milagros eucarísticos”, y dentro de los milagros eucarísticos, uno de los más asombrosos de todos los ocurridos a lo largo de todos los siglos en la historia de la Iglesia.
         Sucedió que un hereje, llamado Bonino, que no creía en la Presencia real y verdadera de Nuestro Señor en la Eucaristía, desafió públicamente a San Antonio, quien era un ferviente defensor de la Presencia real, verdadera y substancial de Jesús en la Hostia consagrada. El desafío consistía en lo siguiente: Bonino poseía una mula, entonces, él la sometería a un ayuno total de alimentos y de agua durante tres días y tres noches, al cabo de los cuales, la soltaría en la plaza pública. Pero para comprobar que Bonino tenía razón, es decir, que Jesús no estaba Presente en la Eucaristía, él y San Antonio harían lo siguiente: él se colocaría en un extremo  de la plaza, con alfalfa fresca y abundante, y además con mucha agua fresca; a su lado, estaría, de pie, San Antonio de Padua, con la custodia, portando el Santísimo Sacramento del altar. Según el impío razonamiento de Bonino, puesto que Jesús no estaba Presente en la Eucaristía, el animal, llevado por su instinto racional, lo único que haría, sería dirigirse directamente hacia la alfalfa y el agua, ignorando por completo a San Antonio y la custodia, puesto que allí no había nada de interés para el animal. San Antonio aceptó el desafío y el animal fue puesto ayuno durante tres días y tres noches. Llegada la hora de la verdad, se colocaron, tal como lo habían pactado, Bonino con la alfalfa y el agua, de un lado, y San Antonio de Padua, con la custodia y el Santísimo Sacramento, al lado. En el otro extremo de la plaza, llevaron a la mula, debilitada casi al extremo luego de tanto tiempo de estar privada de alimento. A la orden de Bonino, soltaron al animal; en ese momento, San Antonio realizó la siguiente oración:  “En virtud y en nombre del Creador, que yo, por indigno que sea, tengo de verdad entre mis manos, te digo, oh animal, y te ordeno que te acerques rápidamente con humildad y le presentes la debida veneración, para que los malvados herejes comprendan de este gesto claramente que todas las criaturas están sujetas a su Creador, tenido entre las manos por la dignidad sacerdotal en el altar”[1]. Incluso antes de que San Antonio hubiera finalizado la oración, la mula, en vez de dirigirse al alimento, tal como se lo hubiera indicado su instinto irracional, ignorando por completo el alimento, se dirigió directamente hacia donde se encontraba el santo con la custodia y al llegar a él, dobló sus patas delanteras, se arrodilló, y bajó la cabeza, en evidente señal de adoración al Santísimo Sacramento del altar, que portaba San Antonio en la custodia. Bonino, que en el fondo era una buena persona, viendo el prodigio, cumplió su palabra y regresó a la fe católica, creyendo en la Presencia real, verdadera y substancial de Nuestro Señor Jesucristo en la Eucaristía, en virtud de la Transubstanciación.
         Ahora bien, este clamoroso milagro eucarístico, nos lleva a hacernos algunas preguntas: si un animal irracional fue capaz de doblar sus patas para adorar a Nuestro Señor, Presente en la Eucaristía, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, ¿por qué no doblan sus rodillas ante Jesús Sacramentado, imitando, de la misma manera, a la mula de Bonino, cientos de miles de jóvenes, como seres racionales que son que, además de estar dotados de razón, se les concede el don de la gracia santificante? ¿Y por qué, en vez de no sólo no doblar sus rodillas ante Jesús Sacramentado, se postran ante los modernos ídolos neo-paganos del mundo de hoy, ídolos vacíos de toda vacuidad –el fútbol, la política, la música anti-cristiana, el dinero, la violencia, la droga, la sensualidad, las estrellas de cine-, que sólo les provocan tristeza, dolor, angustia y muerte? Si tan solo siguieran el ejemplo de la mula de Bonino y doblaran sus rodillas y adoraran a Jesús Sacramentado, ¡cuán diferentes serían sus vidas!



[1] Cfr. Benignitas, 16, 6-17.

viernes, 12 de junio de 2015

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús


Muchos caracterizan, injustamente, a la devoción del Sagrado Corazón de Jesús, de ser una devoción “sensiblera” o “afectiva”, que consiste simplemente en afectos o sentimientos; para sostener estas falsas acusaciones, se basan en una interpretación errónea tanto del simbolismo del corazón humano como del simbolismo y significado del Corazón de Jesús. En la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, no hay nada que se parezca mínimamente a la sensiblería o a la afectividad superficial, puesto que el objeto central de esta devoción, el Sagrado Corazón de Jesús, no es el corazón de un hombre más entre tantos, sino el Corazón del Hombre-Dios Jesucristo, Persona Segunda de la Santísima Trinidad. Intentaremos explicar, brevemente, por qué nada tienen que ver, en esta devoción, la sensiblería y la afectividad superficial.
En las Apariciones, Jesús se presenta ante Santa Margarita y le muestra un Corazón, que es, obviamente, el suyo, en la mano, rodeado de espinas, envuelto en llamas, traspasado, y con una cruz en su base, y le dice: “He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres y que no ha ahorrado nada hasta el extremo de agotarse y consumirse para testimoniarles su amor. Y, en compensación, sólo recibe, de la mayoría de ellos, ingratitudes por medio de sus irreverencias y sacrilegios, así como por las frialdades y menosprecios que tienen para conmigo en este Sacramento de amor. Pero lo que más me duele es que se porten así los corazones que se me han consagrado”.
Quienes contemplen y escuchen a Jesús hasta aquí, podrían preguntarse lo siguiente: su Corazón, y por lo tanto el amor con el cual Él ha amado a los hombres y no ha sido correspondido; ¿es el corazón de un mero hombre? ¿Divinizado, santificado por la gracia, puesto que ahora es santo, pero es nada más que el corazón de un hombre? De hecho, lo que Jesús muestra a Santa Margarita, es un corazón humano. Si bien presenta elementos que pueden considerarse sobrenaturales –está estrechado por una corona de espinas, se encuentra traspasado y fluye sangre y agua, está envuelto en llamas, es transparente como el cristal y brillante como el sol y tiene en su base una cruz-, no deja de ser un corazón humano[1].
Y la respuesta es que sí, es verdad de que se trata de un corazón físico humano, y de que por lo tanto, se encuentra comprendido su doble amor humano, el sensible y el espiritual, vivificados por la caridad infusa, más el Amor divino, debido al misterio de la unión hipostática, es decir, al misterio de la unión de la naturaleza humana de Jesús en la Persona del Verbo de Dios[2].
Esto tiene una gran importancia para la vida espiritual, desde el momento entonces, en que no se trata de un mero corazón humano, sino de un corazón humano unido hipostáticamente, personalmente, a la Persona Segunda de la Trinidad y, por lo tanto, que se encuentra en relaciones con las otras Divinas Personas, con lo que se puede decir que el Corazón de Jesús, si bien es el “Corazón del Hijo”, se puede decir, en cierta manera, por la relación con las otras personas de la Trinidad, que es el “Corazón de Dios”. De manera tal que las quejas presentadas por Jesús con relación a su Sagrado Corazón –ingratitudes, irreverencias, sacrilegios, sumados a las frialdades, menosprecios en el Sacramento del Amor , es decir, la Eucaristía-, son quejas presentadas por la Trinidad en pleno, debido a la relación entre el misterio de la Santísima Trinidad y el culto al Sagrado Corazón de Jesús.
Por un lado, el Corazón físico del  Redentor es símbolo e imagen de la Caridad Divina[3], lo cual significa que el culto al Sagrado Corazón se  identifica con el culto al amor divino y humano del Verbo de Dios Encarnado y con el amor mismo con el que el Padre y el Espíritu Santo aman a los hombres. Vemos entonces cómo, en las apariciones a Santa Margarita, no solo no se trata de mero amor humano, sino del amor trinitario, tal como se lo dice el mismo Sagrado Corazón a Santa Margarita: “Mi Divino Corazón arde con un amor tan grande por los hombres y particularmente por ti que no puede retener más en sí las llamas de este fuego. Por lo tanto, a través tuyo, debe manifestarse para enriquecer a los hombres con los maravillosos tesoros que te revelo a ti”[4].
Pero también entre los grandes místicos del Medioevo ya había habido revelaciones de la relación entre el Corazón del Redentor y su Amor Increado, como por ejemplo, con Santa Matilde y Santa Gertrudis la Grande. Santa Matilde escribe, recordando una de las comunicaciones del Redentor: “Él se inclinó y me dijo: ‘Toma todo mi Corazón divino’. Y sentí entrar en el alma como un torrente, con gran ímpetu…que provenían del Corazón de Dios”. Santa Gertrudis: “Dirigida hacia el amorosísimo Corazón de Dios, vio cómo el Corazón divino, en el cual está escondido todo bien, se le abría un enorme Paraíso, pleno de delicias y beatitudines”.
En otras palabras, cuando Jesús se presenta con su Sagrado Corazón, no está simbolizando con él su solo amor creado humano; pero ni siquiera tampoco su amor teándrico, es decir, su amor creado humano divinizado en virtud de su unión con la Persona del Verbo. No, el Amor del Sagrado Corazón no es solo el amor teándrico, es decir, humano por su naturaleza y divinizado porque pertenece a la Persona Divina del Verbo, sino que sería además y principalmente el Amor Increado[5] del Hijo de Dios hecho hombre[6].
La relación entre el Corazón físico de Jesús y su Amor divino es directo y explícito, en virtud de la unión hipostática, personal, con la Segunda Persona de la Trinidad; en cambio, el simbolismo del Corazón de Jesús en relación al Amor del Padre y del Espíritu Santo es explícito con motivo de la naturaleza y de la íntima inmanencia o compenetración de las Divinas Personas entre sí (circuminsessio), pero sobre todo indirecto o correlativo, por la distinción y oposición relativa que siempre permanece, aun en la simultaneidad real y conceptual entre las Divinas Personas.
Sobre la base de los principios de la teología trinitaria, se puede concluir que en realidad el Corazón de Cristo, por el hecho mismo que es símbolo natural del Amor increado subsistente en el Verbo, es decir del Verbo como Amante, es también símbolo del Padre y del Espíritu Santo como Amantes en el Verbo y con el Verbo a la humanidad. Decir entonces “Amor Increado”, equivale a decir Dios amante: Padre, Hijo y Espíritu Santo[7].
Esto quiere decir que el Sagrado Corazón de Jesús nos ama no solo con su amor humano divinizado, debido a su unión con la Persona Segunda de la Trinidad, el Hijo, sino que nos ama con el Amor Increado de la Trinidad, el Espíritu Santo, el Amor con el cual el Padre y el Hijo se aman desde la eternidad. Es decir, al presentarnos su Sagrado Corazón, Jesús nos presenta aquello que simboliza el corazón, que es vida y amor, y en este caso, se trata de la Vida y del Amor de Dios Uno y Trino. Pero en la comunión eucarística, nos comunica realmente aquello que está simbolizado en su Sagrado Corazón: la Vida y el Amor trinitarios.
De esto resulta también la magnitud del desprecio y de la ofensa, los ultrajes y sacrilegios al Sagrado Corazón de Jesús, porque se trata de despreciar, ofender y cometer sacrilegio contra el Amor Trinitario que se ofrece, sin reservas, en el Santísimo Sacramento del altar, la Eucaristía. Ésta es la razón del pedido de Jesús a Santa Margarita, de la comunión reparadora de la Solemnidad del Primer Viernes después de Corpus: “Por eso te pido que el primer viernes después de la octava del Corpus se celebre una fiesta especial para honrar a mi Corazón, y que se comulgue dicho día para pedirle perdón y reparar los ultrajes por él recibidos durante el tiempo que ha permanecido expuesto en los altares. También te prometo que mi Corazón se dilatará para esparcir en abundancia las influencias de su divino amor sobre quienes le hagan ese honor y procuren que se le tribute”.
Finalmente, si, como vemos, lo que Jesús nos entrega en la devoción no es un mero corazón humano, sino el Corazón mismo de Dios, con su contenido, el Amor Increado de Dios Uno y Trino, y ese don de su Sagrado Corazón nos lo renueva, oculto bajo las especies sacramentales eucarísticas, ¿no deberíamos replantearnos, como mínimo, la frialdad e indiferencia con la que recibimos la Eucaristía en cada comunión?




[1] Cfr. Luigi M. Ciappi, La SS, Trinitá e il Cuore SS. Di Gesú. Natura dei rapporti tra i due misteri e loro importanza per la vita spirituale,117,
[2] Cfr. ibidem.
[3] –y no de mero amor humano-: “la misma Divina Caridad se propone para ser honorada con especial culto y las riquezas de su bondad se desvelan en la devoción con la cual honoramos al Corazón sacratísimo de Jesús, en el cual se esconden todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia”.Cfr. Encíclica Misererentiissimus Redemptor; Annum Sacrum.
[4] Santa Margarita, Vita e Rivelazione, 75, cit. Da Jossef Stierli, Cor Salvatoris, Morcelliana, 1956, 128.
[5] Decir “”Amor Increado”, equivale a decir Dios Amante: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
[6] Cfr. Luigi M. Ciappi, La SS, Trinitá e il Cuore SS. Di Gesú. Natura dei rapporti tra i due misteri e loro importanza per la vita spirituale,117,
[7] El simbolismo del Corazón de Jesús es de una trascendencia absoluta, puesto que alcanza a las Tres Divinas Personas de la Santísima Trinidad, aunque no se trata sino de una representación analógica, infinitamente distante de la realidad significada. Cfr. ibidem.

jueves, 11 de junio de 2015

San Bernabé Apóstol


De origen judío, el Apóstol San Bernabé se caracteriza, además de por ser el gran acompañante de los viajes misioneros de San Pablo, por su relación con el Espíritu Santo: es el Espíritu Santo en Persona quien lo elige, junto a San Pablo, para la misión a los paganos: dice la Escritura que, estando los cristianos de Antioquía en oración, fue el Espíritu Santo en Persona quien habló por medio de algunos de estos cristianos, que eran profetas, y dijo: “Separen a Bernabé y Saulo, que los tengo destinados a una misión especial”. Siguiendo las indicaciones del Espíritu Santo, los cristianos rezaron por ellos, les impusieron las manos, y los dos, después de orar y ayunar, partieron para su primer viaje misionero por las ciudades y naciones del Asia Menor[1]. En otro lugar, se destaca de él que estaba “lleno del Espíritu Santo”, lo cual es un elogio difícil de encontrar para cualquier otro personaje en la Biblia. Con respecto a la inhabitación del Espíritu Santo en San Bernabé, dice así la Sagrada Escritura: “Bernabé era un hombre bueno, lleno de fe y de Espíritu Santo” (Hch 11, 24)[2].
De la vida de santidad de San Bernabé podemos destacar dos enseñanzas: una, en ocasión de un milagro sucedido en la ciudad de Listra, en donde al llegar, él y San Pablo curaron milagrosamente a un paralítico. El sorprendente prodigio, sumado al hecho de que los habitantes de la ciudad eran paganos, los condujo a estos a confundirlos con los dioses paganos Zeus y Mercurio y a ofrecerles un toro en sacrificio, a lo cual se negaron rotundamente. En la actualidad, sucede lo mismo con numerosos cristianos que, ignorantes de su fe, cuando reciben un verdadero milagro, del orden que sea, en vez de atribuirlo a Jesucristo -o a la intercesión de la Virgen, o a los santos que están en el cielo-, debido a que estos cristianos han caído en el neo-paganismo, cometen el mismo error que los paganos de la ciudad de Listra, que confundieron a San Pablo y a San Bernabé con Zeus y Mercurio, y es así como atribuyen los milagros –cuando son verdaderos- a los ídolos demoníacos como el Gauchito Gil, la Difunta Correa o San La Muerte. San Pablo y San Bernabé obran un milagro porque están inhabitados por el Espíritu Santo; la enseñanza que nos deja este episodio de la vida de San Bernabé es que atribuir la bondad del milagro del Espíritu Santo a dioses paganos, como los ciudadanos de Listra, o a ídolos neo-paganos, como hacen muchos cristianos paganizados de nuestros días –sea por ignorancia o por malicia-, es cometer una afrenta al Espíritu Santo.
La otra enseñanza que nos deja San Bernabé, es el consejo que él y San Pablo dan a los cristianos de las ciudades por las que ya habían estado evangelizando: “es necesario pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios” (Hch 14, 22). Es decir, San Pablo y San Bernabé nos recuerdan que al Reino de Dios no se llega por otro camino que no sea por el Camino de la Cruz, que es el camino en donde abundan las tribulaciones. Si estas faltan, es señal de que no nos estamos dirigiendo al cielo.
En el día en el que conmemoramos a San Bernabé, le pidamos que interceda para que, como él, apreciemos el valor inestimable de la gracia que, como a él, “nos llena del Espíritu Santo”, convierte al cuerpo en “templo del Espíritu Santo” (1 Cor 6, 19), al alma en santuario de la Trinidad y al corazón en altar de la Jesús Eucaristía y, aunque con toda seguridad, no haremos milagros prodigiosos como los que hizo él en compañía con San Pablo, si vivimos en gracia, no nos hará falta nada, porque quien vive en gracia, tiene a Dios y, como dice Santa Teresa, “quien a Dios tiene nada le falta”, porque tiene al Amor y el Amor, que “es Dios” (1 Jn 4, 8), lo es Todo.





[1] http://www.ewtn.com/spanish/Saints/Bernab%C3%A9_6_11.htm 
[2] Cfr. ibidem.

miércoles, 3 de junio de 2015

El Sagrado Corazón se nos dona en la Eucaristía


        Jesús se le apareció a Santa Margarita como el Sagrado Corazón de Jesús, lo cual supone una de las gracias más extraordinarias y sublimes que jamás santo alguno pueda haber recibido. Además, en la Primera revelación, acaecida el 27 de diciembre de 1673, Jesús le concedió otra gracia extraordinaria, que consistió en tomar el corazón de Santa Margarita e introducirlo en el suyo, para devolvérselo en forma de “llama encendida en forma de corazón”. Así relata Santa Margarita esta gracia extraordinaria: “Luego, me pidió el corazón, el cual yo le suplicaba tomara y lo cual hizo, poniéndome entonces en el suyo adorable, desde el cual me lo hizo ver como un pequeño átomo que se consumía en el horno encendido del suyo, de donde lo sacó como llama encendida en forma de corazón, poniéndolo a continuación en el lugar de donde lo había tomado, diciéndome al propio tiempo: “He ahí, mi bien amada, una preciosa prenda de mi amor, que encierra en tu costado una chispa de sus más vivas llamas, para que te sirva de corazón y te consumas hasta el último instante y cuyo ardor no se extinguirá ni enfriará””[1]. Es decir, lo que hace Jesús es tomar el corazón de Santa Margarita, introducirlo en su pecho y en su Sagrado Corazón, encenderlo en el Fuego de su Amor, y devolvérselo convertido en una llama de amor, en forma de corazón.
         Ahora bien, si esta gracia nos parece y es extraordinaria, con todo, es muy inferior a la que recibimos, cada uno de nosotros, sin manifestaciones sensibles de ningún tipo, en la comunión eucarística, porque allí, Jesús, más que tomar nuestro corazón para introducirlo en las llamas de Fuego que envuelven al suyo, nos entrega su propio Sagrado Corazón Eucarístico, envuelto en las llamas del Amor Divino, y lo introduce en nuestros corazones por la comunión eucarística y esto es una gracia incomparablemente más grande que la concedida a Santa Margarita María de Alacquoque. En otras palrabras, a Santa Margarita, lo que hizo Jesús fue encenderle su corazón en su Amor, introduciéndolo en su Sagrado Corazón; con nosotros, hace al revés: introduce en nosotros su Sagrado Corazón Eucarístico, envuelto en las llamas del Fuego del Espíritu Santo, para encender nuestro corazón, nuestra alma y todo nuestro ser, en el Fuego Santo del Divino Amor. Santa Margarita respondió a la gracia que le concedió Jesús, amándola con todas las fuerzas de su ser; ¿cómo respondemos nosotros al Amor del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús? Nuestro corazón, ¿es como hierba seca, que se enciende al instante, al contacto con las llamas del Divino Amor que envuelven al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús? ¿O, por el contrario, nuestro corazón es como una piedra, fría y dura, que resiste al Fuego del Amor de Dios que se nos dona en la comunión  eucarística, y continúa siendo tan frío en el amor y tan negligente en el servicio a Jesús y a la Virgen, como antes de comulgar?



[1] http://www.corazones.org/santos/margarita_maria_alacoque.htm

martes, 2 de junio de 2015

San Carlos Lwanga y sus compañeros mártires dieron sus vidas por una doble pureza: del cuerpo y de la fe


         En el año 1885, había en Uganda un rey llamado llamado Muanga, quien además de ser contrario al Sexto Mandamiento, tenía como primer ministro a un brujo llamado Katikiro, el cual odiaba profundamente a los que se convertían al catolicismo, pues ya no se dejaban engañar por sus brujerías[1]. Fue este brujo quien le propuso -y finalmente convenció-, al rey de que debía hacer morir a todos los que se declararon cristianos.
Desde ese momento, el rey Muanga, cruel y sanguinario, siguiendo el consejo del brujo, comenzó a perseguir a todos los que se declararan cristianos católicos. Reunió a todos sus mensajeros y empleados y les dijo: “De hoy en adelante queda totalmente prohibido ser cristiano, aquí en mi reino. Los que dejen de rezar al Dios se los cristianos, y dejen de practicar esa religión, quedarán libres. Los que quieran seguir siendo cristianos irán a la cárcel y a la muerte”. Y luego les dio esta orden: “Los que quieran seguir siendo cristianos darán un paso hacia adelante”. Inmediatamente Carlos Luanga, que desempeñaba el cargo de jefe de todos los empleados y mensajeros del palacio, dio el paso hacia adelante. Lo siguió el más pequeño de los mensajeros, que se llamaba Kisito. Y enseguida 22 jóvenes más dieron el paso decisivo. Inmediatamente entre golpes y humillaciones fueron llevados todos a prisión, dando así comienzo a su calvario, que finalizaría luego en el martirio que los conduciría al cielo[2]. Una vez en la prisión, y antes de ser ejecutado, Carlos Luanga alcanzó a administrar el bautismo a algunos de los jóvenes que no habían recibido todavía este sacramento que los convertía en hijos de Dios y les abría las puertas del Reino de los cielos.
El rey Muanga los volvió a reunir y les preguntó: “¿Siguen decididos a seguir siendo cristianos?”. Y ellos respondieron a coro: “Cristianos hasta la muerte”. Entonces por orden del cruel ministro Katikiro fueron llevados prisioneros a 60 kilómetros de distancia por el camino, y allí mismo fueron asesinados por los guardias[3]. El 3 de junio del año 1886, día de la Ascensión, los envolvieron en esteras de juncos muy secos, y haciendo un inmenso montón de leña seca los colocaron allí y les prendieron fuego. Entre las llamas salían sus voces aclamando a Cristo y cantando a Dios, hasta el último aliento de su vida. Por el camino se llevaron los verdugos a dos mártires más, ya mayores de edad. El uno por haber convertido y bautizado a unos niños (San Matías Kurumba) y el otro por haber logrado que su esposa se hiciera cristiana (San Andrés Kawa). Ellos se unieron a los otros mártires (de los cuales 17 eran jóvenes mensajeros) y en total murieron en aquel año 26 mártires católicos[4].
El rey Muanga estaba doblemente contrariado con San Carlos Luanga y el resto de los mártires: porque no querían ceder a sus insinuaciones contrarias a la castidad y porque no querían adorar a los falsos dioses de la brujería. San Carlos Luanga y los demás mártires defendieron con sus vidas su fe y su castidad; defendieron con sus vidas la verdad de que “el cuerpo es templo del Espíritu Santo” (1 Cor 6, 19) y de que Jesucristo es Dios Hijo encarnado y que por lo tanto, es el Único Dios que debe ser adorado. De esa manera, San Carlos Luanga y sus compañeros mártires se convierten en luminosos ejemplos para nuestros oscuros días, en donde la marea de impureza corporal –se aceptan las faltas a la castidad y a la pureza como norma de vida- y espiritual –la impureza espiritual consiste en adorar a ídolos neo-paganos, en vez de adorar al Único Dios verdadero, Jesucristo, en la Eucaristía-, representada en la secta neo-pagana y luciferina de la Nueva Era, amenaza con conducir a toda la humanidad al Abismo del cual no se retorna.
San Carlos Luanga y compañeros mártires defendieron con sus vidas las dos verdades arrasadas hoy por la impureza carnal y por el neo-paganismo satanista de la Nueva Era: la castidad del cuerpo y la pureza inmaculada de la fe en Jesucristo como Hombre-Dios, Presente con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en la Eucaristía. Prefirieron perder sus vidas antes que perder la comunión de vida y amor con el Cordero de Dios, y por ese motivo, gozan por la eternidad de su Presencia y lo adoran por siglos sin fin en el Reino de los cielos.



[1] https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Carlos%20Luanga_6_3.htm
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.