San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

martes, 26 de mayo de 2015

San Felipe Neri y la fuente de su alegría


         Algo que caracterizaba a San Felipe Neri era su permanente alegría y buen humor. ¿De dónde provenían esta alegría y este buen humor? Visto mundanamente, San Felipe Neri no tenía motivos para estar alegre ni para tener buen humor: desde muy joven, renunció no solo a toda riqueza terrena sino a todo proyecto de construir humanamente una riqueza terrena[1]. Luego de su conversión, a los 17 años, partió hacia Roma, para ingresar en la vida religiosa, y desde allí, hasta su muerte, vivió como religioso, observando fielmente los votos de pobreza, castidad y obediencia. No tenía riquezas materiales, no estaba dominado por la concupiscencia de la carne, había renunciado libremente a hacer su propia voluntad, por el voto de obediencia: visto mundanamente, San Felipe no tenía motivos ni para ser feliz ni para estar alegre, y sin embargo, como decimos al principio, lo que caracterizó su vida fueron, precisamente, la felicidad, la alegría y el buen humor.
         ¿Cómo se puede explicar esta aparente contradicción?
La explicación de la felicidad, la alegría y el buen humor de San Felipe Neri, se encuentran en su amor a Jesús y en la certeza de saber que esta vida habría de terminar más bien pronto –aun cuando falleció a los ochenta años- y que luego le esperaba una eternidad de gozos, de alegría, de dicha inconcebible, en compañía de Jesús.
Pero además, y esto es lo más importante en su vida de santidad, San Felipe sabía que Jesús se encontraba misteriosamente en el prójimo más necesitado, y es así que se dedicó por completo a las obras de misericordia. Es por esto que caeríamos en un error si dijéramos que la fuente de la felicidad de San Felipe Neri eran solo los éxtasis místicos: más que estos, encontraba su felicidad en dedicar el día entero a las obras de misericordia corporales y espirituales: corporales, porque visitaba enfermos de toda clase; espirituales, porque buscaba permanentemente la conversión de las personas, y se dedicó con tanta pasión a esta tarea de misericordia, que se lo llamó “el Apóstol de Roma”. Para dar impulso a unas y otras obras de caridad, fundó la Cofradía de la Santísima Trinidad, conocida como la cofradía de los pobres, que se encargaba de socorrer a los peregrinos necesitados. Por medio de esa cofradía San Felipe difundió la devoción de las cuarenta horas (adoración Eucarística), además de fundar el célebre hospital de Santa Trinitá dei Pellegrini[2]. Fundó también la Congregación del Oratorio (los oratorianos), regidos por una constitución muy sencilla escrita por el mismo santo.
San Felipe Neri conocía el Amor de Dios, que es fuente de felicidad y de alegría inagotables, que se manifiesta en la caridad y en la misericordia hacia el prójimo más necesitado. Pero otra forma de expresarse el Amor de Dios –mucho menos frecuentes y reservada solo a los grandes santos- es a través de las experiencias místicas, las cuales eran habituales en él. En su biografía, pueden leerse algunas de estas: “Felipe consagraba el día entero al apostolado; pero al atardecer, se retiraba a la soledad para entrar en profunda oración y, con frecuencia, pasaba la noche en el pórtico de alguna iglesia, o en las catacumbas de San Sebastián, junto a la Via Appia. Se hallaba ahí, precisamente, la víspera se Pentecostés de 1544, pidiendo los dones del Espíritu Santo, cuando vio venir del cielo un globo de fuego que penetró en su boca y se dilató en su pecho. El santo se sintió poseído por un amor de Dios tan enorme, que parecía ahogarle; cayó al suelo, corno derribado y exclamó con acento de dolor: ‘¡Basta, Señor, basta! ¡No puedo soportarlo más!’. Cuando recuperó plenamente la conciencia, descubrió que su pecho estaba hinchado, teniendo un bulto del tamaño de un puño; pero jamás le causó dolor alguno. A partir de entonces, San Felipe experimentaba tales accesos de amor de Dios, que todo su cuerpo se estremecía. A menudo tenía que descubrirse el pecho para aliviar un poco el ardor que lo consumía; y rogaba a Dios que mitigase sus consuelos para no morir de gozo. Tan fuertes era las palpitaciones de su corazón que otros podían oírlas y sentir sus palpitaciones, especialmente años más tarde, cuando como sacerdote, celebraba la Santa Misa, confesaba o predicaba. Había también un resplandor celestial que desde su corazón emanaba calor. Tras su muerte, la autopsia del cadáver del santo reveló que tenía dos costillas rotas y que éstas se habían arqueado para dejar más sitio al corazón”[3]. De esta forma, Dios le había respondido a una oración que con frecuencia hacía San Felipe: “¿Oh Señor que eres tan adorable y me has mandado a amarte, por qué me diste tan solo un corazón y este tan pequeño?”. Es decir, Dios le dilató el corazón, para que tuviera más capacidad para “almacenar” el Amor de Dios.
También en las Misas eran frecuentes los arrebatos místicos: “Como frecuentemente era arrebatado en éxtasis durante la misa, los asistentes acabaron por tomar la costumbre de retirarse al “Agnus Dei”. El acólito hacía lo mismo. Después de apagar los cirios, encender una lamparilla y colgar de la puerta un letrero para anunciar que San Felipe estaba celebrando todavía; dos horas después volvía el acólito, encendía de nuevo los cirios y la misa continuaba”[4].
Como vemos, San Felipe Neri había experimentado el Amor de Dios, por medio de las obras de misericordia, pero también a través de numerosos éxtasis místicos, en los cuales el alma se sumerge y se deleita de tal manera en el Amor de Dios, que ya nada más quiere saber en esta vida y nada quiere entender ni amar que no sea ir a la otra vida para gozar del Amor de Dios para siempre –es lo que decía Santa Teresa de Ávila: “Tan alta vida espero, que muero porque no muero”-, y por lo  tanto sabía que, manteniéndose fiel en el Amor a Jesús y a su gracia, una vez traspasado el umbral de la muerte terrena, comenzaría a vivir la Vida eterna, plena de Amor divino, fuente inagotable de dicha, de consuelo, de luz, de paz, y ese pensamiento era lo que lo mantenía permanentemente alegre y de buen humor, y era la fuente de su permanente felicidad. No es casualidad que su médico de cabecera declarara que el día que “más alegre lo vio”[5], fuera el día de su muerte, y esto es coherente con lo que decimos, pues San Felipe Neri había recibido un anuncio del cielo, por medio del cual sabía que ese día moriría y que por lo tanto, comenzaría inmediatamente a gozar de la visión de su amado Jesús.
Con toda seguridad, no tendremos los éxtasis místicos que tenía San Felipe Neri, y estos no dependen de nosotros, pero como hemos visto, estos no eran la única ni la principal causa de su felicidad, sino que esta radicaba en su incansable dedicación al prójimo por medio de las obras de misericordia, y esto sí depende de nosotros. Al conmemorar a San Felipe, le rogamos que interceda para que también nosotros encontremos la felicidad, la alegría y el buen humor, que se derivan de olvidarnos de nosotros mismos, para dedicarnos a las necesidades espirituales y materiales de nuestros prójimos, para que, también al igual que San Felipe, vivamos una eternidad de alegría y gozo, en la contemplación de Jesús, el Hombre-Dios, en el Reino de los cielos.




[1] http://www.corazones.org/santos/felipe_neri.htm
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.

jueves, 21 de mayo de 2015

Santa Rita de Casia y su amor a Jesucristo hasta el extremo de lo imposible


         Se dice que Santa Rita de Casia es “Patrona de lo imposible” y es así como su figura viene asociada a peticiones de casos cuya solución parece, precisamente, imposible. Sin embargo, se presta poca atención a un hecho particular central en su vida, que la condujo, no solo a los altares, sino al cielo, y es el hecho de que Santa Rita amó a Jesucristo en condiciones que, humanamente, podríamos llamar “imposibles”.
         Santa Rita amó a Jesucristo hasta el final, hasta lo imposible, aun cuando ninguno de sus anhelos se cumplía ni realizaba, según puede verse en su vida, y aun así siguió amándolo, hasta lo imposible.
Desde niña, Santa Rita quería ser monja, pero sus padres no solo se negaron, sino que le impusieron un esposo y Santa Rita, por obedecerles y no contrariarlos, se casó[1]. Una vez casada, su esposo, lejos de ser un esposo dulce y amante, fue cruel y violento, causándole muchos sufrimientos, aunque ella devolvió su crueldad con oración y bondad. Con el tiempo, la bondad de Santa Rita para con su esposo dio sus frutos, ya que él se convirtió, llegando a ser un hombre con gran temor de Dios. Sin embargo, no terminaron aquí las tribulaciones matrimoniales de Santa Rita, pues tuvo que soportar un gran dolor cuando su esposo fue asesinado[2]. Como vemos, durante su dura etapa de niñez, de juventud y de vida matrimonial, aunque todos sus sueños fueron contrariados, cuando muchos otros hubieran desistido en el amor y en el seguimiento de Jesucristo, Santa Rita hizo lo que parecía imposible: se mantuvo fiel en el amor a Jesucristo, a pesar de todas las contrariedades.
Luego de la muerte de su esposo, Santa Rita se dio cuenta que sus dos hijos pensaban cometer un crimen para vengar el asesinato del padre, siguiendo la perversa y diabólica costumbre de la “vendetta” o venganza. Debido a que esto es un pecado mortal y si lo cometían se condenarían, perdiendo sus almas por toda la eternidad en el infierno, Santa Rita, demostrando un amor verdaderamente heroico y sobrenatural por sus almas, suplicó a Dios que se los llevara de esta vida antes de permitirles cometer este pecado mortal. Poco tiempo después, los dos hijos de Santa Rita murieron, no sin antes haber tenido tiempo de preparar sus almas para el encuentro con Dios.
Ya sin su esposo e hijos, Santa Rita se entregó a la oración, penitencia y obras de caridad, y luego de un tiempo, pidió ingresar al Convento Agustiniano en Casia[3], retomando su primigenia vocación religiosa. Pero tampoco aquí fue fácil para Santa Rita, ya que no fue aceptada en un primer momento: solo después de rezarle a sus tres especiales santos patronos - San Juan Bautista, San Agustín y San Nicolás de Tolentino - entró milagrosamente al convento, siendo finalmente admitida en la vida religiosa, alrededor del año 1411.
Una vez en el convento, la vida de Santa Rita fue marcada por su gran caridad y severas penitencias, al tiempo que sus oraciones obtuvieron para otros, curas notables, liberaciones del demonio y otros favores especiales de Dios. Podríamos pensar que, siendo Santa Rita una religiosa ejemplar y de gran caridad, sus tribulaciones pasadas en su vida laical deberían ya haber finalizado. Sin embargo, Nuestro Señor le concedió un don especialísimo, reservado para aquellos a quienes más ama: para que ella pudiera compartir el dolor de su Corona de Espinas, Nuestro Señor la hizo participar a Santa Rita –una vez que ella estaba meditando en la Pasión, delante de un crucifijo- de una de sus heridas de espinas en la frente, la cual le provocaba fuertes dolores. Sin embargo, la gracia no finalizaba aquí, porque Jesús no solo quería que Santa Rita participara del dolor de la coronación de espinas, sino que participara también de la humillación que Él sufrió durante su Pasión –pensemos cuán humillante y ultrajante fue para Jesús el ser condenado a muerte injusta, insultado, golpeado, desnudado, flagelado, salivado, cargado con una cruz, crucificado, y tantas otras humillaciones más, que nos son ocultas, debido a la humildad de Nuestro Señor-, y para eso, Jesús le concedió que la herida de la frente no solo fuera dolorosa y no cicatrizara nunca, sino que despidiera un olor sumamente desagradable, con lo cual Santa Rita debía vivir prácticamente sola. Esta herida duró por el resto de su vida y solo desapareció en una oportunidad, por unos días, en el que Santa Rita y sus hermanas de religión fueron a Roma en ocasión de una visita al Santo Padre. A pesar del dolor y la humillación que le provocaba la herida, el amor de Santa Rita a Jesús no solo no disminuyó, sino que aumentó cada vez más, pues ella la consideraba una “gracia divina”[4]. Santa Rita oraba así: “Oh amado Jesús, aumenta mi paciencia en la medida que aumentan mis sufrimientos”. El día de su muerte el 22 de Mayo de 1457, la herida purulenta de la frente desapareció y su cuerpo despidió una fragancia exquisita. Desde su muerte, acaecida a la edad de 76 años, Santa Rita ha intercedido innumerables veces desde el cielo, concediendo, como dijimos al principio, soluciones a casos considerados “imposibles”. Que la beata Santa Rita interceda para que, cuando agobiados por las pruebas, tribulaciones y persecuciones de este mundo, nos parezca desfallecer en el amor a Jesús, perseveremos en su amor y, llevados por María Virgen, seamos capaces, como Santa Rita de amar a Jesús hasta el extremo de lo imposible.




[1] https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Rita_de_Casia_5_22.htm
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.

martes, 19 de mayo de 2015

San Expedito y la verdadera causa urgente


         ¿Cuál es el mensaje de santidad que nos da San Expedito? Para saberlo, tenemos que observar su imagen y conocer su historia. Al contemplar su imagen, podemos constatar que San Expedito sostiene en alto la cruz de Jesucristo con su mano derecha, mientras que con su pie, aplasta a un cuervo negro; en la cruz, hay una inscripción en latín que dice: “hodie” y que traducida significa “hoy”; a su vez, el cuervo, aplastado bajo el pie de San Expedito, sostiene en su pico la inscripción latina “cras”, que significa “mañana”. Según narra el martirologio romano, San Expedito, que era un oficial del imperio romano[1], en un momento determinado de su vida, recibió una gracia de parte de Jesucristo, para que abandonara su vida de pagano y comenzara a vivir la vida nueva de los hijos de Dios, la vida de la gracia. Sin embargo, en ese mismo momento, se le apareció el Demonio en forma de cuervo negro, que comenzó a revolotear alrededor suyo, graznando y repitiendo con voz gutural: “cras, cras, cras”. Es decir, mientras Jesucristo lo llamaba a la conversión, a abrazar la cruz y la vida de la gracia, el demonio lo tentaba y lo seducía, diciéndole falsamente que ya tendría tiempo de convertirse, que dejara la conversión para mañana, que continuara con su vida de pagano, alejado de la vida de la gracia. Pero San Expedito, aferrándose a la cruz de Jesucristo, obteniendo la fuerza divina de la cruz de Jesús, dijo con firmeza: “Hodie, hoy! ¡Hoy me convertiré en cristiano! ¡Hoy, ya responderé a la gracia, y no mañana! ¡Hoy seguiré a Jesucristo y no mañana! ¡Hoy cargaré mi cruz para ir detrás de Jesús y no mañana!”. Y diciendo esto, movió su pie con toda velocidad y aplastó con fuerza al Demonio en forma de cuervo, que desprevenidamente había dejado de volar y se le había acercado caminando hasta quedar a pocos centímetros de distancia, convirtiéndose en blanco fácil para San Expedito.
         A todo ser humano se le presenta, a cada momento de la vida, la misma oportunidad de San Expedito: o la vida de pecado, o la vida de la gracia. A cada momento, podemos elegir, entre la cruz de Jesucristo y su gracia, o la vida de pecado y su consecuencia, el ser esclavos de Satanás. A San Expedito se le presentaron dos vidas muy bien diferenciadas, y la que él eligiera, esa le sería dada: o la vida de la gracia, que brotaba del Árbol de la cruz de Jesús, que era la vida eterna del Ser divino, o la vida del pecado, que surgía como un líquido pestilente, de su propio corazón, manchado por el pecado original, y del Ángel caído, y que lo llevaba a vivir dominado por sus pasiones -ira, lujuria, pereza, gula, avaricia, envidia, soberbia- y a cometer toda clase de pecados: borrachera, asesinatos, robos, brujería, etc. San Expedito, sin dudarlo un solo instante, contemplando la belleza del Ser trinitario de Dios, que habitaba en su plenitud en Jesucristo, el Hombre-Dios, dijo: “Hodie!”, “¡Hoy!” y, con la fuerza de la cruz, aplastó velozmente la cabeza del cuervo, comenzando así su vida cristiana, la que lo llevaría poco tiempo después al Reino de los cielos por medio del martirio. Al conmemorar a San Expedito, le pedimos por la verdadera causa urgente: la conversión del corazón, para nosotros y para nuestros seres queridos, puesto que todo lo demás, comparada con esta gracia, carece de importancia.



[1] http://es.wikipedia.org/wiki/Expedito

jueves, 14 de mayo de 2015

San Isidro Labrador y su amor por la Santa Misa y la Sagrada Comunión


         San Isidro fue un agricultor de grandes contrastes: de muy escasa instrucción en ciencias humanas, era al mismo tiempo muy sabio en sabiduría divina, pues dedicaba gran parte de su tiempo a la oración; era muy pobre humanamente, ya que no poseía prácticamente ningún bien material, pero poseía, desde niño, y hasta su muerte, un gran amor a la Santa Misa y a la Santa Eucaristía, y así, siguiendo el consejo de Nuestro Señor, “atesoró tesoros en el cielo” (cfr. Mt 6, 20), pues se consiguió una mansión en el Reino de los cielos, en donde habita para siempre.     Sus padres le inculcaron, desde muy pequeño, un gran amor a la oración, a la Santa Misa y a la Eucaristía[1], y esa es la razón por la cual, ya de adulto, cuando su oficio era el de agricultor, llegaba tarde a su lugar de labranza y por eso fue denunciado, por envidia, por algunos de sus compañeros, a pesar de lo cual, su producción como labrador fue siempre el doble que la de sus compañeros, porque mientras San Isidro asistía a Misa, el que araba los bueyes, para que él asistiera a Misa, era su ángel de la guarda, y ésa es la razón por la cual se lo representa, en las imágenes y esculturas, con un ángel que está arando con los bueyes.
         ¡Cuán diferentes son los hombres de hoy, que desprecian todo lo que amaba San Isidro Labrador, la oración, la Santa Misa y la Eucaristía! Los hombres de hoy, prefieren las diversiones mundanas, la televisión, internet, el fútbol, el deporte, las carreras, la política, los paseos, cualquier cosa, antes que elevar la mente y el corazón en oración a Nuestro Señor Jesucristo, Presente en Persona en la Eucaristía; los hombres de hoy prefieren pasar horas ante un aparato que emite sonidos y que mira a través de una pantalla multicolor y que presenta la vida llena de risas, de carcajadas, de cosas para comprar, para disfrutar, de pecados para gozar y de mandamientos divinos para evitar, pero que en el fondo es un ídolo muerto, inerte, que a la hora de la muerte está ausente y que no puede evitar la eterna condenación. El hombre de hoy ama la televisión, la computadora, el estadio de fútbol, las carreras, los paseos, las diversiones y los placeres ilícitos, y evita la oración, la Santa Misa y la Eucaristía, evitándolos como si fueran la peste, y no se da cuenta que son la fuente de vida y de vida eterna. El hombre de hoy no ama la oración, no ama la Santa Misa y no ama la Eucaristía, como lo hacía San Isidro Labrador, que era un campesino analfabeto y pobre a los ojos de los hombres, pero sabio y rico para el cielo, porque San Isidro Labrador amaba la oración, la Eucaristía y la Santa Misa, porque comprendía que allí se encontraba la fuente inagotable de la Sabiduría divina y de la riqueza que da la verdadera felicidad al hombre, una felicidad que, comenzando en esta vida, se extiende a la otra vida, a la vida eterna, y no finaliza más, porque continúa para siempre, en el Reino de los cielos. Muchos, en nuestros días, tienen por cosa de poca monta aquello que hizo sabio y rico, a los ojos de Dios, a San Isidro Labrador: la oración, la Eucaristía y la Santa Misa. Que San Isidro Labrador interceda para que también nosotros seamos, como él, ignorantes en las cosas del mundo, pero sabios con la Sabiduría divina, y pobres de riquezas materiales, pero ricos por poseer tesoros en el cielo: obras buenas, oración, Eucaristías y Santas Misas asistidas con devoción y amor.




[1] https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Isidro_labrador5_15.htm

San Matías Apóstol, elegido por el Espíritu para ser testigo de la Resurrección de Jesús


San Matías fue Apóstol, pero un apóstol particular por tres motivos: fue elegido directamente por el Espíritu Santo; fue agregado al grupo de los Doce en sustitución de Judas[1] (y por eso es llamado “apóstol póstumo”) y fue agregado para una tarea específica, particular: ser, con los demás apóstoles, “testigo de la resurrección del Señor” [2], tal como se lee en los Hechos de los apóstoles[3]. San Clemente y San Jerónimo dicen que San Matías fue uno de los 72 discípulos que Jesús mandó una vez a misionar, de dos en dos y una antigua tradición cuenta que murió crucificado, razón por la cual aparece en las imágenes con la palma del martirio y una cruz de madera en su mano[4], aunque en otras, aparece con un hacha a sus pies, sugiriendo una muerte por decapitación.
Comentando la elección de San Matías, San Juan Crisóstomo[5] dice: “Es, pues, preciso que elijamos a uno de ellos para que, junto con nosotros, dé testimonio de la verdad de la resurrección. No dice: “Para que dé testimonio de la verdad de las demás cosas”, sino taxativamente: Para que dé testimonio de la verdad de la resurrección. En efecto, había de ser más digno de crédito uno que pudiera afirmar: “Aquel mismo que comía, bebía y fue crucificado es el que ahora ha resucitado”. Por lo tanto, interesaba un testigo no de lo del tiempo pasado ni de lo del futuro ni de los milagros, sino escuetamente de la resurrección. Porque todas aquellas cosas eran patentes y manifiestas; la resurrección, en cambio, era algo oculto que sólo ellos conocían. Y todos juntos oraron, diciendo: Tú, Señor, que conoces los corazones de todos, muéstranos. “Tú, no nosotros”. Muy acertadamente invocan al que conoce los corazones, ya que él, y nadie más, era el que tenía que hacer la elección. Y hablan a Dios con esta confianza, porque saben que la elección es algo absolutamente necesario. Y no dicen: “Escoge”, sino: “Muéstranos al elegido” -a quién has elegido, dice el texto-, pues saben que Dios lo tiene todo determinado ya de antemano. Echaron suertes entre ellos. Es que aún no se consideraban dignos de hacer por sí mismos la elección, y por esto deseaban alguna señal que les diera seguridad”[6].
Como vemos, según San Juan Crisóstomo, es el mismo Espíritu Santo quien elige a San Matías, y lo elige para algo muy específico: para ser “testigo de la Resurrección de Jesús”.
Ahora bien, nos podemos preguntar: puesto que San Matías fue elegido, como dice San Juan Crisóstomo, para ser “testigo de la Resurrección”, ¿qué significa ser “testigo de la Resurrección de Jesús”? ¿Sólo San Matías, elegido tan especialmente, puede ser testigo de la Resurrección?
Ser “testigo de la Resurrección” significa ser testigo de que la vida de la gracia, recibida en el bautismo, se expande con toda la fuerza de su plenitud divina, más allá de la muerte, venciendo a la muerte, glorificando el alma y el cuerpo, puesto que de esto se trata, precisamente, la resurrección: el germen de gloria ha sido injertado en nuestras almas en el momento del bautismo sacramental, por la gracia santificante, y lo único que tiene que suceder, para que ese germen de gloria que es la gracia de Jesucristo, se expanda con toda su fuerza divina, es que este cuerpo de arcilla se deshaga por la muerte corporal, para que renazca a la vida del Reino de los cielos.
Pero ser “testigos de la Resurrección” implica no solo esperar la muerte corporal, para comprobar la realidad de la glorificación del alma y del cuerpo por medio de la gracia santificante, recibida en germen por la gracia bautismal; ya en esta vida terrenal, durante toda la existencia terrena del cristiano, desde que se recibió la gracia del bautismo, ya se es “testigo de la Resurrección”, desde el momento en que se posee en el alma ese germen de gloria que es la gracia santificante, que nos hace participar en la vida trinitaria de Dios Uno y Trino.
Con respecto a la otra pregunta, de que si solo San Matías podía ser “testigos de la Resurrección”, es negativa, porque no es un privilegio reservado sólo a grandes santos como San Matías: todo bautizado es un “testigo de la Resurrección”, porque lleva en sí mismo la gracia santificante del bautismo sacramental, y por esa gracia, que al morir glorificará su alma y su cuerpo con la gloria divina, en la resurrección de los cuerpos, el cristiano tiene el deber de amor de dar testimonio de su fe en la Resurrección, no solo rechazando las obras de las tinieblas, las obras del mal, sino ante todo, obrando las obras de Jesucristo, que son las obras de misericordia. De esa manera, más que con palabras, dará testimonio de la futura resurrección en la que espera, pero de la cual es portador, en su alma, por la gracia bautismal sacramental, recibida en el día de su bautismo.
Como San Matías Apóstol, todo cristiano está llamado a ser testigo, incluso con su vida, de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús.



[1] https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Mat%C3%ADas_5_14.htm
[2] La Biblia narra de la siguiente manera su elección: “Después de la Ascensión de Jesús, Pedro dijo a los demás discípulos: Hermanos, en Judas se cumplió lo que de él se había anunciado en la Sagrada Escritura: con el precio de su maldad se compró un campo. Se ahorcó, cayó de cabeza, se reventó por medio y se derramaron todas sus entrañas. El campo comprado con sus 30 monedas se llamó Haceldama, que significa: “Campo de sangre”. El salmo 69 dice: “Su puesto queda sin quién lo ocupe, y su habitación queda sin quién la habite”, y el salmo 109 ordena: “Que otro reciba su cargo”. “Conviene entonces que elijamos a uno que reemplace a Judas. Y el elegido debe ser de los que estuvieron con nosotros todo el tiempo en que el Señor convivió con nosotros, desde que fue bautizado por Juan Bautista hasta que resucitó y subió a los cielos”. Los discípulos presentaron dos candidatos: José, hijo de Sabas y Matías. Entonces oraron diciendo: “Señor, tú que conoces los corazones de todos, muéstranos a cuál de estos dos eliges como apóstol, en reemplazo de Judas”. Echaron suertes y la suerte cayó en Matías y fue admitido desde ese día en el número de los doce apóstoles” (Hechos de los Apóstoles 1, 15-26).
[3] http://www.liturgiadelashoras.com.ar/
[4] https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Mat%C3%ADas_5_14.htm
[5] De las Homilías de san Juan Crisóstomo, obispo, sobre los Hechos de los apóstoles; Homilía 3, 1. 2. 3: PG 60, 33-36. 38.
[6] https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Mat%C3%ADas_5_14.htm

martes, 12 de mayo de 2015

Edel Quinn y su santificación en la Legión de María


Edel Quinn, uno de los primeros miembros de la Legión de María, fue enviada en 1936 desde Dublín para establecer la Legión en el Este y el Centro de África[1]. Desde un primer momento, las dificultades que se presentaron fueron enormes, pero ella respondió a cada dificultad con fe y coraje inquebrantables. Cuando otros vacilaban, su respuesta invariable era: “¿Por qué no podemos confiar en Nuestra Señora?” o “Nuestra Señora se hará cargo de todas las cosas”. Por casi ocho años, con su salud deteriorándose constantemente, Edel trabajó en los extensos territorios que le habían sido asignados. Como resultado de su labor apostólica, se establecieron de manera permanente cientos de præsidia de la Legión y muchos consejos superiores; de esa manera,  su trabajo misionero sirvió de efecto multiplicador para la difusión del Evangelio por medio de la Legión de María, con lo cual fueron evangelizados miles de almas en el continente africano.
Una anécdota refleja la gran confianza que Edel Quinn tenía en la Virgen: “Un día de 1937 un sacerdote alemán llevaba a una joven a una reunión de la Legión de María, alejándose algunos kilómetros de su misión en África.  Llegaron a un río tan crecido que el puente que lo atravesaba ni siquiera se alcanzaba a ver.  Él estaba a punto de dar marcha atrás cuando la joven le dijo: “Padre, por favor, siga adelante, estoy segura que Nuestra Señora nos va a proteger”. El padre decidió hacerle caso, y unos hombres se sujetaron en una cadena humana para verificar que el puente aún seguía allí. Efectivamente seguía allí, así que él condujo a ciegas.  El agua inundó el motor y lo apagó, pero el impulso permitió llevar el vehículo hasta el otro lado. Una vez en la otra orilla, secó los contactos y arrancó el motor. El vehículo volvió a funcionar y llegaron a tiempo a la reunión.  La joven era Edel Quinn y el incidente era uno más entre tantos de su historia de santidad.
¿Cuál era la fuente de la energía que animaba a Edel? ¿Cuál era el Motor que movía su alma? ¿Qué sostenía a Edel en un ambiente como el africano, tan diferente a su Irlanda natal? ¿Qué era lo que la llevaba a querer comunicar el Evangelio a lugares tan lejanos y a culturas tan diferentes? ¿De dónde obtenía Edel la energía para tanta actividad apostólica?
         La respuesta está en que la fuente de toda la actividad de Edel radicaba no en sus propias fuerzas, sino en su profunda unión en el Amor con Dios, unión que se cimentaba, a su vez, en dos pilares fundamentales del legionario: la Eucaristía y el Santo Rosario. Tal como afirman sus biógrafos y quienes la conocieron, “la Eucaristía fue el centro de su vida”[2], y así lo expresaba continuamente: “Qué desolada sería la vida sin la Eucaristía”, escribió. Devoción a la Eucaristía significa amor al Sagrado Corazón de Jesús, que está Presente, vivo, latiendo, glorioso y resucitado, en la Eucaristía y es de ahí, del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, de donde Edel Quinn tomaba, más que las fuerzas, el Amor Divino más que necesario, para cumplir su misión de legionaria. Pero quien ama al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, lo hace no por sí mismo, sino porque es la Madre del Sagrado Corazón, la Virgen, quien antes lo ha presentado ante su Hijo y lo hecho amarlo, porque nadie puede acercarse -y mucho menos amar- al Hijo, si no es llevado por la Madre. Es por eso que, además de la devoción y el amor a la Eucaristía, Eden Quinn tenía una gran devoción y amor a la Virgen, demostrada tanto en una “confianza filial”, como en una “generosidad absoluta”, según afirman los que la conocieron[3]. La “confianza filial”, la confianza de hija, la demostraba Edel rezando el Rosario todos los días, porque Rosario es el ramo de rosas espirituales que todo hijo de María le regala a su Madre del cielo en acción de gracias por su protección maternal y en reconocimiento por su protección maternal. Rezaba el Santo Rosario continuamente, de manera tal que “parecía tener siempre en su mano el Rosario de María”[4]. La “generosidad absoluta” hacia la Virgen, la demostraba Edel haciendo cualquier cosa, por ardua y dificultosa, al saber que era para la Virgen: Edel decía que “nunca se rehusaría a nada que ella pensara que necesitara Nuestra Señora”. Es decir, bastaba que Edel supiera que alguna obra era para la Virgen, para que ella no solo no pusiera reparos, sino que se pusiera inmediatamente en acción y con toda diligencia, para cumplirla con la mayor perfección posible.
         Su vida de santidad quedó plasmada en hechos y no solo en palabras o escritos. De acuerdo a los testimonios recogidos para su proceso de beatificación, lo que caracterizaba a Edel eran el amor, la alegría y la paz, tal como lo testimonió el Vicario General de la isla Mauricio: “Quiero hacer énfasis especial en su alegría constante; ella siempre estaba sonriente; nunca se quejó; siempre estaba a disposición de las personas, nunca escatimó su tiempo con ellos”[5]. Pero esto no porque fueran virtudes humanas, desarrolladas por ella: esto quiere decir que Edel estaba llena del Espíritu Santo –recordemos que ése es el fin de la Legión- y el Espíritu Santo es Amor, Alegría y Paz en sí mismo, entre otras infinitas virtudes-, y colma, no solo con sus virtudes a sus santos, sino con su Presencia Personal, con su inhabitación, porque el Espíritu Santo inhabita en quienes viven en gracia. Y ésa es la razón por la cual Edel –y todos los santos- irradiaba amor, alegría y paz: porque el Espíritu Santo inhabitaba en ella. Y, como dijimos, ése es el fin de la Legión: que, por medio de la Virgen, el alma sea inhabitada por el Espíritu Santo, para que el Espíritu obre a través del alma, “renovando la faz de la tierra” con su santidad.
         Edel Quinn vivió y cumplió a la perfección el espíritu de la Legión de María: se santificó consagrándose a la Virgen, se alimentó del Amor del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, vivió inhabitada por el Espíritu Santo, quien se sirvió de ella como dócil instrumento para “renovar la faz de la tierra” y sirvió al prójimo, siendo un foco de amor, alegría y paz para los que la rodeaban. Por ese motivo, Edel Quinn es un luminoso ejemplo para todo legionario que busca la santificación en la Legión de María.




[1] http://legiondemariabogota.org.co/edel-quinn/
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.