San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

jueves, 19 de marzo de 2015

Solemnidad de San José, Esposo de la Virgen María


         San José es uno de los más grandes santos, en quien Dios Uno y Trino deposita toda su confianza y lo elige, para cumplir una misión importantísima dentro de la historia de la salvación, y es la de la de formar una familia, la Sagrada Familia de Nazareth, la familia en la que se criaría y educaría el Hijo de Dios, el Verbo de Dios, desde su Concepción y Nacimiento, hasta su edad adulta, en la que comenzaría su vida pública, dando comienzo a su misterio pascual de muerte y resurrección. La Santísima Trinidad elige a San José para que constituya a la Sagrada Familia, para que cuide de ella en su etapa terrena, para que provea en sus necesidades materiales, para que eduque al Hijo de Dios en su aspecto humano, para que cuide de la Virgen, hasta que llegue el momento en que se manifieste el Hijo de Dios de modo público, para dar inicio a su misterio de salvación de la humanidad. Es por eso que San José es el modelo insuperable para todo varón que desee constituir una familia centrada en Dios Trino; una familia en la que todo esté santificado por Dios Trino y en la que Dios Trino y su Amor sea el objetivo primero y último de todos sus esfuerzos.
         Cuando la Santísima Trinidad decide la Encarnación del Verbo para la salvación de la humanidad, crea y elige a la Santísima Virgen María para ser la Madre de Dios, pero debido a que Dios había elegido ser concebido y nacer en el seno de una familia humana, Dios Uno y Trino necesitaba de un varón, para que cumpliera el rol de esposo y padre de esa familia, que sería la Sagrada Familia de Nazareth. Ese varón, no podía ser un varón cualquiera, porque debía ser bueno, pero no bastaba con ser bueno; debía ser santo, y no bastaba con fuera santo; debía ser el más santo entre todos los varones santos, porque debía reemplazar, dentro de la Sagrada Familia de Nazareth, a cada una de las Tres Divinas Personas. Había muchos candidatos en Israel, pero la elección, de parte de Dios, recayó en San José, varón justo, santo, casto, puro, que sobresalía en santidad, castidad y pureza por encima de los demás varones castos y santos, así como la montaña sobresale del llano.
         San José fue elegido por la Santísima Trinidad para ser el jefe de la Sagrada Familia de Nazareth, porque cumplía a la perfección con todos los requisitos de santidad, de castidad y de pureza que la Trinidad necesitaba en un hombre terreno, para que su proyecto de salvación se pudiera llevar a cabo.
         Es así como San José es elegido por Dios Padre, para ser su reemplazante perfecto en la tierra, porque a pesar de que San José no era el padre biológico de Jesús –la concepción de Jesús, como sabemos, fue virginal y milagrosa, por obra del Espíritu Santo, puesto que toda la naturaleza humana de Jesús, su alma y su cuerpo, fueron creadas en el momento de la Encarnación-, San José desempeñó a la perfección su rol de padre terreno de su Hijo adoptivo que, por el misterio de la Encarnación, al mismo tiempo que su Hijo, era su Dios. Así, San José acompañó a su Hijo Jesús en sus aprendizajes terrenos –aunque siendo Dios, todo lo sabía-, enseñándole, entre otras cosas, a trabajar la madera, al ser ya un poco más grande, la misma madera que habría de ser empapada con la Sangre del Cordero cuando Jesús, ya adulto, subiera a la cruz para entregar su Cuerpo y derramar su Sangre para la salvación del mundo. Al enseñar a su Hijo a trabajar la madera, madera que habría de ser empapada con la Sangre del Cordero, San José prepara nuestra alma y la dispone para que adoremos la Santa Cruz de Jesús, nuestro camino al cielo.
         San José es elegido por Dios Hijo, para tenerlo como padre adoptivo en su existencia terrena y si bien, como dijimos, San José no era padre biológico de Jesús, porque Jesús fue engendrado en la eternidad en el seno eterno del Padre, y en el tiempo, en el seno virginal de María por obra del Espíritu Santo, fue visto por Jesús como un verdadero padre, que estuvo siempre y en todo momento a su lado, desde el momento mismo de la concepción y nacimiento, y estuvo a lo largo de su niñez, de su adolescencia y juventud, y Jesús recompensó esta presencia paterna de San José, acompañándolo en su agonía y muerte, que según la Tradición, se produjo por haber contraído una neumonía luego de una tormenta de nieve, muriendo San José en los brazos de Jesús y María. San José fue un padre excelente para Jesús, que proveyó de todo lo necesario para su manutención, crecimiento y educación; buscó un lugar para su Nacimiento en Belén, proveyendo el fuego para atenuar el frío del Portal de Belén; huyó a Egipto, con la Virgen y el Niño, poniéndolos a salvo de la furia homicida de Herodes; en los tiempos calmos de Nazareth, trabajó para llevar siempre el sustento al hogar, para que nada faltara y, sobre todo, no dejó de dar a su Hijo su amor paterno, amor que iba acompañado de asombro y estupor sagrado, al comprobar que ese Niño, ese Adolescente, ese Joven, al que criaba y educaba, era, al mismo, el Dios Tres veces Santo, el Dios que lo había creado a él mismo. Así, San José es modelo de adorador eucarístico, porque así como San José adoraba a la Divinidad de su Hijo oculta bajo su Humanidad, así el adorador eucarístico adora la Divinidad de Jesús, oculta bajo la apariencia de pan en la Eucaristía.
         Finalmente, San José es elegido por Dios Espíritu Santo, para reemplazarlo en la tierra como Esposo casto y puro de María Virgen, porque si bien el matrimonio entre San José y María fue un matrimonio meramente legal –la relación entre ellos era como la de hermanos y jamás hubo entre ellos relación propiamente esponsal, puesto que la Virgen fue, es y será Virgen, antes, durante y después del parto-, era necesario que el Hijo de Dios, que había elegido nacer en el seno de una familia humana, al tener una Madre, tuviera un Padre; por lo tanto, era necesario que la Madre de Dios, tuviera un Esposo. Ahora bien, el Esposo “real” de la Madre de Dios, esto es, el Esposo que la fecundó con el Amor Divino, llevando virginal y milagrosamente al Verbo de Dios, desde el seno del Eterno Padre en los cielos, a su seno virginal, en la tierra, era el Espíritu Santo, pero como los hombres no estaban todavía preparados para estas sublimes y misteriosas verdades divinas –la prueba es que el mismo San José, en un primer momento, no lo entiende y repudia interiormente a María, hasta que el Ángel lo tranquiliza, avisándole en sueños que lo concebido en Ella viene del Espíritu Santo-, era necesario que, legalmente, formalmente, hubiera un varón, santo, casto, puro, justo, que hiciera las veces de Esposo meramente legal y formal de María Santísima, reemplazando así al Espíritu Santo, verdadero y Único Esposo de la Madre de Dios, y éste varón santo, casto, puro, justo, era San José. San José cumplió a la perfección el rol asignado por el Espíritu Santo, porque si bien, como decimos, jamás hubo relación marital con la Virgen, como se entiende entre los esposos terrenos, sí en cambio, San José se comportó como un esposo delicado, atento, que proveía a todas las necesidades de su Esposa y de su Hijo, de manera tal que nunca les faltó nada a la Virgen y a Jesús, porque San José trabajo duro para llevarles el pan de cada día, además de protegerlos, al riesgo de su propia vida, en la huida a Egipto, cuando Herodes quería asesinar al Niño y, si quería asesinar al Niño, quería asesinar también a la Madre. De esta manera, San José es modelo y ejemplo para todo esposo que desee amar con un amor casto y puro a su esposa, a la luz del Amor divino; y también es modelo de pureza y castidad para todo esposo que, por un motivo u otro, se queda sin esposa.

Así, de esta manera, San José cumplió, con amor, a la perfección, el rol de Esposo y de Padre, encomendado por la Santísima Trinidad, siendo el Jefe perfecto de la Sagrada Familia de Nazareth, y por este motivo, es el Patrono para todos los varones, jefes de familia, que deseen que sus familias sean una imitación y prolongación de la Sagrada Familia de Nazareth, en donde todo gire en torno a Jesús, el Hijo de Dios.

miércoles, 18 de marzo de 2015

Los Siete Dolores y Gozos de San José – Séptimo Dolor y Séptimo Gozo de San José


Los dolores de San José son una participación a los dolores de la Cruz de su Hijo adoptivo Jesús; los gozos, son los gozos celestiales, y a todos los encontramos en la Sagrada Escritura. En preparación a su fiesta, el 19 de marzo, ofrecemos estas meditaciones, inspiradas en las ilustraciones del Santuario de Torreciudad. San Josemaría de Escrivá de Balaguer, entre otros santos, tenía gran devoción a San José.

Séptimo Dolor y Séptimo Gozo de San José

El Séptimo Dolor de San José se origina cuando, al regresar desde Jerusalén, y luego de una marcha de tres días, creyendo cada uno que el Niño está con el otro, José y María se dan cuenta de que han perdido a Jesús. Con gran pesar, al darse cuenta de que el Niño no está con ellos, la Virgen y San José comienzan a buscarlo “entre parientes y conocidos” en la caravana; al no encontrarlo, regresan a Jerusalén para continuar su búsqueda: “Le estuvieron buscando entre los parientes y conocidos, y al no hallarle, volvieron a Jerusalén en su busca” (Lc 2, 44-45). El Séptimo Dolor de San José se origina al perder de vista a Jesús; se confía en que Jesús, de algún modo y en algún lugar, está, y al cabo de un tiempo, cuando quiere tenerlo cerca suyo, se da cuenta de que lo ha extraviado. Muchas veces nos sucede lo mismo que a San José: perdemos de vista a Jesús. Lo extraviamos en el horizonte de nuestras vidas, y no sabemos dónde está; vamos en una dirección opuesta adonde se encuentra Jesús. Caminamos en un sentido contrario adonde se encuentra Jesús. San José iba en una dirección, pensando que en esa dirección estaba Jesús, pero Jesús estaba en la dirección opuesta.
El Séptimo Gozo de San José se produce cuando encuentra a Jesús en el templo, al cabo de tres días de búsqueda, en medio de los doctores de la ley: “Al cabo de tres días lo hallaron en el Templo, sentado en medio de los doctores, escuchándoles y haciéndoles preguntas” (Lc 2,46). Al igual que San José, que encuentra a Jesús haciéndoles preguntas dando respuestas a los doctores de la ley, también nosotros tenemos que saber que hemos de encontrar a Jesús en el templo, en el tabernáculo, en el sagrario, y allí nos dará las respuestas a todas las preguntas que le hagamos, la primera de todas, el sentido de esta existencia y de esta vida terrena, que es la de seguirlo por el camino de la cruz, para ganar la vida eterna. Y así como San José lo encontró en el templo “haciéndoles preguntas” a los doctores de la ley, así también a nosotros, cuando lo encontremos a Jesús en el templo, en el sagrario, desde la Eucaristía, Jesús nos hará una pregunta: “¿Me amas?”.

Oración para el Séptimo Dolor y Séptimo Gozo de San José

Oh amado San José modelo de toda santidad: por el dolor que sufriste al pensar que habías perdido al Niño durante tres días, y por el gozo y la alegría que experimentaste al encontrarlo en el templo entre los doctores; te suplico me alcances dolor cada vez que por mi culpa pierda a Cristo, y el gozo de encontrarlo en el sagrario, y de no perderlo nunca, para vivir siempre en gracia y morir felizmente, bajo su patrocinio, en los brazos de Jesús y María, para cantar eternamente sus misericordias. Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo, como era en el principio ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.
-Ruega por nosotros padre nuestro San José

-Para que seamos dignos de alcanzar las promesas y gracias de Nuestro Señor Jesucristo. Amén.

sábado, 14 de marzo de 2015

Los Siete Dolores y Gozos de San José - Sexto Dolor y Sexto Gozo de San José


Los dolores de San José son una participación a los dolores de la Cruz de su Hijo adoptivo Jesús; los gozos, son los gozos celestiales, y a todos los encontramos en la Sagrada Escritura. En preparación a su fiesta, el 19 de marzo, ofrecemos estas meditaciones, inspiradas en las ilustraciones del Santuario de Torreciudad. San Josemaría de Escrivá de Balaguer, entre otros santos, tenía gran devoción a San José.

Sexto Dolor y Sexto Gozo de San José

El Sexto Dolor de San José se produce cuando, una vez muerto Herodes y desaparecido, por lo tanto, el peligro de la persecución injusta, puede volver a su patria con María y el Niño, siendo advertido por el ángel en sueños de que ya podía regresar: “"Levántate, toma al niño y a su madre, y vete a la tierra de Israel; porque han muerto ya los atentaban contra la vida del niño" (Mt 2, 19-20)”. Sin embargo, al enterarse de que reinaba Arquelao, hijo de Herodes, en Judea, vuelven a San José los temores por la vida de su Hijo y la seguridad de su familia: “Él se levantó, tomó al niño y a su madre y regresó a la tierra de Israel. Pero al oír que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, temió ir allá” (Mt 2, 21-22). El Sexto Dolor de San José, que es este temor que experimenta ante la noticia del reinado de Arquelao, se origina porque confía en su propia razón humana y en su propia capacidad humana, más que en los designios divinos: a pesar de haber recibido la indicación, de parte del cielo, de regresar, porque Herodes había muerto, la noticia de la presencia de Arquelao paraliza a San José porque, por un momento, confía más en sus planes humanos y en sus razonamientos humanos, antes que en la Divina Providencia, y es así como, un obstáculo –Arquelao-, que en realidad no es un obstáculo, se le presenta como un muro infranqueable, y le provoca un gran temor y dolor. El dolor y el temor de San José se originan entonces porque se olvida de que es Dios quien nos sostiene en el ser a cada segundo, a cada instante, y que sin Él “nada podemos hacer” (cfr. Jn 15, 5); San José se olvida que es Dios quien dirige nuestras vidas, que es Él quien “humilla y enaltece”; San José piensa, por un momento, que es él, y no Dios, quien puede gobernar el universo, y por eso teme y el temor le provoca dolor, el Sexto Dolor. Al confiar excesivamente en su propia razón y en sus propias fuerzas, San José se olvida que no hay que temer a los hombres, sino “a Aquel que puede condenar a la Gehena” (cfr. Mt 10, 24-33), y es así que teme a Arquelao, un simple hombre, que ni siquiera puede respirar por sí mismo, que no subsistir ni permanecer en el ser, si Dios no se lo permite. Al confiar en sí mismo y olvidarse de Dios, por un momento, San José exagera la figura y el poder del hombre, que no es más que una simple creatura, que no tiene más capacidad que la que le concede Dios, y es así como se origina en San José el Sexto Dolor, que le provoca temor.
Pero al Sexto Dolor, producto de la excesiva confianza en su razón y en la desconfianza en la Divina Providencia y en los planes de Dios, le sucede el Sexto Gozo de San José, cuando regresa la confianza en los planes de Dios y la desconfianza en su propio parecer, obrando la voluntad de Dios, al ser tranquilizado por el ángel, quien le dice que vaya a Nazareth: “Y fue a vivir a una ciudad llamada Nazaret, para que se cumpliera lo dicho por los profetas: será llamado Nazareno” (Mt 2, 23).

Oración para el Sexto Dolor y Sexto Gozo de San José


Ángel de la tierra, que tuviste a tus órdenes al Rey del cielo, glorioso San José: Por el dolor que te infundió el temor de Arquelao, y por el gozo con que te tranquilizó el Ángel, de volver a Nazareth; te suplico me alcances dolor por mis cobardías y respetos humanos, y el gozo de confesar a Cristo en toda mi vida pública y privada. Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo, como era en el principio ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén. 

jueves, 12 de marzo de 2015

Los Siete Dolores y Gozos de San José - Quinto Dolor y Quinto Gozo de San José


Los dolores de San José son una participación a los dolores de la Cruz de su Hijo adoptivo Jesús; los gozos, son los gozos celestiales, y a todos los encontramos en la Sagrada Escritura. En preparación a su fiesta, el 19 de marzo, ofrecemos estas meditaciones, inspiradas en las ilustraciones del Santuario de Torreciudad. San Josemaría de Escrivá de Balaguer, entre otros santos, tenía gran devoción a San José.

Quinto Dolor y Quinto Gozo de San José

El Quinto Dolor de San José se origina a causa de un doble misterio de iniquidad: la malicia del corazón del hombre, azuzada y atizada por el demonio, puesto que Herodes quiere matar al Niño, tal como se lo advierte el ángel, apareciéndosele en sueños a San José: “El ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: Levántate, toma al niño y a su madre, y huye a Egipto, y estate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo” (Mt 2,13). Herodes quiere matar al Niño, porque se ha enterado de que ha nacido, y teme por su sucesión real, teme que el Niño sea nombrado rey en su lugar. Esto, que podría parecer un caso de intriga política y de palacios reales, es en realidad una continuación de la lucha entablada en el cielo entre el Demonio y Dios Trino, cuando el Demonio, en la ceguera que le provocaba su soberbia, dijo de sí mismo: “¡Yo soy como Dios!”, recibiendo al instante la respuesta de San Miguel Arcángel, quien con grito poderoso lo hizo callar diciendo. “¿Quién como Dios? ¡Nadie como Dios!”. Y fue en ese momento que “se entabló una lucha en los cielos”, peleando el Demonio y sus ángeles, contra San Miguel Arcángel y los ángeles de luz, y como dice el Apocalipsis, Satanás y los suyos “no prevalecieron” y ya “no hubo lugar para ellos” (cfr. Ap 7, 9), por lo que fueron expulsados del cielo para siempre, cayendo Satanás “como un rayo”, como lo vio Nuestro Señor Jesucristo (cfr. Lc 10, 18). Herodes quiere matar al Niño porque el Demonio se vale de su negro corazón y de sus mezquinas ambiciones políticas –por un poco de poder y de dinero, que no habrán de durarle más que unos pocos años, antes de tener que rendir cuentas a Dios en su Juicio particular-, no duda en intentar asesinar a un pobre niño recién nacido. La locura de Herodes y su desmedida sed de poder, lo lleva a cometer unos de los más atroces y brutales asesinatos en masa: la matanza de los Inocentes, porque da la orden de asesinar a todo niño menor de dos años, con la siniestra esperanza de que, entre todos esos niños muertos, se encuentre el Niño Dios, el Niño que, en su paranoia criminal, creía que habría de arrebatarle su trono. Es así entonces como este anuncio del ángel provoca a San José su Quinto Dolor, un dolor que le estruja el corazón y que lo lleva a tomar inmediatamente al Niño y a la Virgen para huir en dirección a Egipto, cumpliendo las disposiciones divinas. Al decidir huir a Egipto, con la Virgen que lleva al Niño en sus brazos, San José da cumplimiento a la escena descripta por el Apocalipsis: “La Mujer tomó en brazos a su hijo recién nacido y lo llevó al desierto, para que el Dragón no lo devorara apenas naciera” (cfr. Ap 12, 4-5). Hoy ya no está Herodes, pero sí existen los modernos Herodes, sus sucesores, quienes asesinan a los niños, inexplicablemente, a los niños en el vientre materno, pero también en las guerras, por la droga, por el crimen, por la pornografía. La locura asesina y el delirio paranoico de Herodes se continúa en sus modernos herederos, quienes asesinan a los niños por nacer, aunque estos no representen, en absoluto, ninguna amenaza de ningún tipo para sus vidas. Para estos modernos Herodes también hay un juicio particular esperándolos, un juicio que será inflexible y sin misericordia, si no cambian a tiempo. Pero en el Apocalipsis relata cómo el Dragón intenta matar a la Mujer y a su Hijo, vomitando un río de su boca, con el objetivo de ahogarlos, aunque no lo consigue, porque la tierra se abre y absorbe el agua del Dragón y porque a la Mujer se le dan “dos alas de águila” con las que “huye al desierto” para poner a salvo a su Hijo: “Y la serpiente arrojó de su boca, tras la mujer, agua como un río, para que fuese arrastrada por el río. Pero la tierra ayudó a la mujer, pues la tierra abrió su boca y tragó el río que el dragón había echado de su boca” (Ap 12, 16-17) (…) “Y se le dieron a la mujer dos alas de águila, para que volase de delante de la serpiente al desierto” (Ap 12, 14). Hoy el Dragón ahoga y mata la inocencia de los niños con un río de impureza, que no afecta solo al cuerpo, porque no se trata solo de la impureza de la pornografía, sino que el Dragón intenta ahogar la pureza de los niños, con el agua infecta del culto dedicado a él, y es así como promociona el satanismo, la brujería, las supersticiones de todo tipo y las sectas ocultistas, por medio de programas televisivos, espectáculos teatrales y películas de difusión masiva, en las que se enseña la magia y se presenta a la brujería, el acto de malicia más grande que una persona pueda realizar, como una cosa buena. Sin embargo, asi como al Niño Jesús San José lo puso a salvo, conduciéndolo con la Virgen, que lo llevaba en sus brazos, a Egipto, hoy también San José vela por los hijos de Dios, conduciéndolos a la Virgen, quien refugia a sus hijos en su Corazón Inmaculado, para preservarlos del vómito de impureza corporal y espiritual en el que el Dragón del infierno quiere hundirlos.
Luego del Quinto Dolor, sucede el Quinto Gozo: “Y estuvo allí hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliera lo que dice el Señor por el profeta: ‘De Egipto llamé a mi hijo’” (Mt 2,15). No significa que San José se alegrara por la muerte de un ser humano, como Herodes; se alegra porque, con su muerte –la muerte, en este caso, es un hecho secundario-, finaliza la injusta persecución que Herodes había desencadenado contra su Hijo. Al alegrarse, no por la muerte de Herodes, sino porque con la muerte del tirano cesaba la injusta persecución contra su Hijo Dios, que merecía ser amado, adorado, bendecido y glorificado y no perseguido para ser asesinado, San José, hombre justo, se hace merecedor de una de las Bienaventuranzas: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia” (Mt 5, 6). El Quinto Gozo de San José se produce entonces, con la muerte de Herodes, con lo cual el Rey de toda justicia, Jesucristo, puede regresar en paz a su tierra natal, para continuar con su misterio pascual de muerte y resurrección, misterio por el cual salvará a la humanidad cuando suba a la cruz y derrame su Sangre y entregue su Cuerpo como Víctima santa y pura. Con su Quinto Gozo, San José nos enseña a desear la justicia del Reino de Dios, que triunfa sobre toda injusticia humana, y a amar al Rey de justicia, Jesucristo, antes que a los (injustos) reyes de la tierra.

Oración para el Cuarto Dolor y Cuarto Gozo de San José

Oh Amado San José, vigilante y santo custodio del Hijo de Dios hecho hombre: por el dolor que sufriste al saber que Herodes quería matar al Niño, y por el gozo que te confortó al huir con Jesús y María a Egipto; te suplico me alcances dolor de mis pecados de escándalo, y el gozo de apartarme de las ocasiones de ofender a Dios para agradar a los hombres por respetos humanos. Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo, como era en el principio ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.


miércoles, 11 de marzo de 2015

Los Siete Dolores y Gozos de San José - Cuarto Dolor y Cuarto Gozo de San José



Los dolores de San José son una participación a los dolores de la Cruz de su Hijo adoptivo Jesús; los gozos, son los gozos celestiales, y a todos los encontramos en la Sagrada Escritura. En preparación a su fiesta, el 19 de marzo, ofrecemos estas meditaciones, inspiradas en las ilustraciones del Santuario de Torreciudad. San Josemaría de Escrivá de Balaguer, entre otros santos, tenía gran devoción a San José.

Cuarto Dolor y Cuarto Gozo de San José

El Cuarto Dolor de San José se produce al ingresar al templo, junto con María, para hacer la Presentación del Niño, según lo prescribía la Ley. Allí se encuentran con el anciano Simeón, quien había sido llevado al templo por el Espíritu Santo. Simeón era un hombre santo, estaba inhabitado por el Espíritu de Dios, conocía profundamente las Escrituras y las profecías mesiánicas, y anhelaba ardientemente la llegada del Mesías, y había pedido no morir sin antes ver al Mesías en Persona, y ese día, Dios habría de cumplirle su deseo, como un premio a su santidad de vida. Al ver llegar a San José y la Virgen con Jesús en sus brazos, el Espíritu Santo iluminó el alma, la mente y el corazón de Simeón, para que reconociera en el Niño de María al Mesías, el Redentor de la humanidad. Simeón tomó al Niño entre sus brazos y lleno del Espíritu Santo, lo bendijo y profetizó acerca de su futura misión mesiánica y acerca del inmenso e inabarcable dolor que habrían de sufrir, tanto Él, como su misma Madre, al anunciarle a la Virgen que, siendo su Hijo un signo de contradicción, una espada de dolor le atravesaría el corazón: “Simeón los bendijo, y dijo a María, su madre: Mira, éste ha sido puesto... como signo de contradicción... para que se descubran los pensamientos de muchos corazones. Y a ti, una espada te atravesará el corazón” (Lc 2, 34-35). Simeón se refería al crudelísimo dolor que inundaría al Inmaculado Corazón de María en la Pasión, al ver a su Hijo tan duramente golpeado, coronado de espinas, azotado casi hasta la muerte, insultado, y finalmente crucificado. Sería un dolor tan grande –en él estaría concentrado todo el dolor del mundo- que la Virgen moriría de dolor, si Dios no la asistiera con su omnipotencia. La profecía de Simeón provoca el Cuarto Dolor de San José, porque aunque la espada no va dirigida a él, va dirigida a quienes más ama en la vida, su Esposa legal, María Santísima, y su Hijo adoptivo, Jesús, el Verbo de Dios, y por eso es que es como si también a él esa espada le traspasara su casto corazón, y lo traspasara doblemente, como esposo y como padre. Al meditar en el Cuarto Dolor de San José, que recibamos la gracia de comprender que son nuestros pecados personales los que forman el frío y duro acero de la espada que atraviesa el Inmaculado Corazón de María, y que son también nuestros pecados los que dirigen la empuñadura y el golpe hacia el Corazón de la Madre, provocándole un dolor mortal, compartido por San José. Que esta consideración, nos lleve a evitar el pecado, para no herir más al Inmaculado Corazón de María y para aliviar a San José en su Cuarto Dolor.
Al Cuarto Dolor de San José, le sigue el Cuarto Gozo, que se produce cuando oye, de labios de Simeón, la revelación de que su Hijo Jesús es el Salvador, la Luz del mundo, que iluminará a las naciones, que viven “en tinieblas y en sombras de muerte” (cfr. Mt 4, 16; Is 9, 2), para comunicarles de su vida eterna: “Porque han visto mis ojos tu salvación, la que preparaste ante todos los pueblos; luz para iluminar a las naciones” (Lc 2, 30-31). Jesús es luz, pero no una luz inerte, sin vida, como la luz creada; Él es la Luz Increada, que proviene del Padre eternamente, y por eso dice de sí mismo: “Yo Soy la luz del mundo, el que me sigue no andará en tinieblas” (Jn 8, 12), porque la luz que es Él, es Vida y Vida eterna, divina, que comunica de esa vida divina a quien ilumina. Quien se deja iluminar por Jesús, que irradia su luz de modo especial desde su sacrificio en cruz y que continúa irradiando su luz desde su Presencia Eucarística, recibe de Él su Vida divina, como anticipo de la vida eterna que recibirá en el Reino de los cielos. Que al igual que San José, que se alegró al contemplar a Jesús, luz del mundo, también nosotros nos alegremos al contemplar a Jesús Eucaristía, luz que desde el tabernáculo ilumina a nuestro mundo, sumergido en “tinieblas y en sombras de muerte”.

Oración para el Cuarto Dolor y Cuarto Gozo de San José

Amado y fiel San José, elegido por Dios para ser Custodio del Verbo de Dios hecho Niño: por el dolor que traspasó tu corazón al escuchar en la profecía de Simeón lo que habían de sufrir Jesús y María en la Pasión, por nuestra salvación, y por el gozo y alegría que experimentaste al saber que tu Hijo era la Luz del mundo, que derrotaría para siempre a las tinieblas del error, del pecado y del infierno y así salvaría a la humanidad desde la cruz; te suplico me alcances dolor de haber crucificado a Cristo con mis culpas, y el gozo de llevarle los hombres mediante mi ejemplo y mi palabra. Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo, como era en el principio ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.


Los Siete Dolores y Gozos de San José - Tercer Dolor y Tercer Gozo de San José


Los dolores de San José son una participación a los dolores de la Cruz de su Hijo adoptivo Jesús; los gozos, son los gozos celestiales, y a todos los encontramos en la Sagrada Escritura. En preparación a su fiesta, el 19 de marzo, ofrecemos estas meditaciones, inspiradas en las ilustraciones del Santuario de Torreciudad. San Josemaría de Escrivá de Balaguer, entre otros santos, tenía gran devoción a San José.

Tercer Dolor y Tercer Gozo de San José

El Tercer Dolor de San José se produjo cuando, a pocos días de nacer, circuncidaron a su Hijo Jesús: “Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de que fuera concebido en el seno materno” (Lc 2,21). Aunque los dolores de su Hijo –incalculables, como las estrellas; inmensos, como el océano- comenzaron desde el momento mismo de la Encarnación, con la circuncisión se produjo el primer derramamiento de su Preciosísima Sangre, para proteger a los jóvenes contra el primer pecado mortal y expiando de esa manera por los primeros pecados mortales, según Santa Brígida de Suecia. San José sufre al ver derramar la Sangre de su Hijo en la circuncisión, porque aunque todavía es pequeño, anticipa ya el derramamiento de su Sangre que brotará no ya de una pequeña herida, sino de miles de ellas, cuando siendo adulto, en la Pasión, su Cuerpo quede cubierto de golpes, hematomas, heridas abiertas, producto de los bastonazos, trompadas, patadas, flagelaciones, puntapiés, patadas, arañazos, bofetadas, e injurias de todo tipo, que recibirá desde el momento en que sea apresado en el Huerto de los Olivos, hasta ser crucificado en el Monte Calvario. San José sufre el Tercer Dolor porque la circuncisión anticipa el diluvio de Sangre que caerá desde el Cuerpo de Jesús, cuando no quede en Él ni una parte sana, desde la cabeza a los pies, a causa de la flagelación,  la corona de espinas y, por último, la crucifixión, culminando este Sagrado Diluvio de la Sangre del Cordero, con la lanzada del soldado romano, que traspasará su Costado, dejando escapar el torrente inagotable de la Misericordia Divina contenida en la Sangre y el Agua del Corazón de Jesús. Hoy el mundo vive sumergido en una ola de impureza y de impudicia, que asombra incluso al mismo infierno; hoy el mundo comete pecados que degradan a la naturaleza humana, rebajándola más bajo que las bestias, porque las bestias están movidas por su instinto y por lo tanto nada malo hacen, mientras que el hombre, ofuscada su razón por el pecado e inficionado su corazón por el veneno de la lujuria demoníaca, ha deformado tanto su naturaleza con estas aberraciones, que la han dejado irreconocible; hoy el mundo acepta las perversidades más atroces, como si se tratara de derechos humanos, sin tener en cuenta que así profana el cuerpo, creado para ser templo del Espíritu Santo y morada de la Santísima Trinidad, ofendiendo gravemente a Dios Trino, que lo ha creado para inhabitar en él y no para ser usado como mercancía de placer. Que San José, entonces, nos haga partícipes de su Tercer Dolor, para así participar también de la Redención del Salvador.
Pero el dolor que le provoca la circuncisión de su Hijo, se dulcifica y desaparece cuando recuerda en su corazón el nombre que el ángel le había dicho que debía ponerle a su Hijo, el Dulce Nombre de Jesús, el Único Nombre dado para la salvación de la humanidad: “Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1, 21), y es así como al Tercer Dolor,le sucede el Tercer Gozo de San José. El Nombre Santísimo de Jesús es el Nombre más dulce de la tierra, porque es el nombre del Hombre-Dios; su sola pronunciación, evoca su Presencia, que es la Presencia de Dios Hijo hecho hombre; pronunciar el nombre de Jesús no es pronunciar un nombre vacío: es evocar la Presencia de la Persona de Jesús, y como Jesús es la Persona Segunda de la Santísima Trinidad, se hace Presente, o más bien, se hace más presente, porque en cuanto Dios es omnipresente, y su Presencia se hace tanto más fuerte para el que lo invoca, cuanto más fuerte es el amor con el que pronuncia su nombre, porque Jesús escucha su Nombre cuando es el Amor el mueve al corazón el desear pronunciarlo. San José exulta de gozo, porque al ser su Hijo adoptivo Jesús, el Salvador, puede nombrarlo tantas veces quiera, y como su corazón de padre amoroso –y a la vez, de hijo de Dios piadoso, porque el mismo es hijo de su Hijo Dios, que es su Creador, Redentor y Santificador- ama con locura a su Hijo Dios, aunque no pronuncie su Nombre verbalmente, lo está pronunciando interiormente, en su corazón, de modo que cada latido del corazón de San José dice: “Jesús, Jesús”, y así su gozo sin límites se extiende hasta el cielo y va más allá todavía, hasta el trono mismo de Dios, en donde reposa. Que San José nos comunique de su amor por su Hijo Jesús, para que también nosotros pronunciemos el Santo Nombre de Jesús, el Único Nombre dado para nuestra salvación, con el mismo amor con el que lo pronunciaba San José.

Oración para el Tercer Dolor y Tercer Gozo de San José

Amado Padre adoptivo de Jesús, glorioso San José: por el dolor que te produjo en la circuncisión ver derramar la primera sangre al Mesías, sangre con la que expiaba los primeros pecados mortales y por el gozo que sentiste al oír su nombre de Jesús, Salvador, y por la alegría y el amor que experimentabas en tu corazón cada vez que lo pronunciabas; te suplico me alcances dolor de mis vicios y sensualidades, y el gozo de purificar mi espíritu practicando la mortificación y de nombrar con amor a Jesús, Presente en la Eucaristía, para mi consuelo y salvación. Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo, como era en el principio ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.


martes, 10 de marzo de 2015

Los Siete Dolores y Gozos de San José - Segundo Dolor y Segundo Gozo de San José


Los dolores de San José son una participación a los dolores de la Cruz de su Hijo adoptivo Jesús; los gozos, son los gozos celestiales, y a todos los encontramos en la Sagrada Escritura. En preparación a su fiesta, el 19 de marzo, ofrecemos estas meditaciones, inspiradas en las ilustraciones del Santuario de Torreciudad. San Josemaría de Escrivá de Balaguer, entre otros santos, tenía gran devoción a San José.

Segundo Dolor y Segundo Gozo

El evangelio relata el segundo dolor de San José cuando dice: “Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron” (Jn 1, 11). Este segundo dolor se produce en San José al comprobar que su Hijo adoptivo, el Verbo Divino, Dios Hijo, que se había encarnado por amor a los hombres, para salvarlos, para dar su vida por su salvación, era rechazado por esos mismos hombres, de quienes se había hecho hermano, siendo Dios, al asumir su naturaleza humana en la Encarnación. A San José se le estruja el corazón de dolor al comprobar que, estando María encinta y a punto de dar a luz, al buscar un albergue, “no había lugar para ellos” en las ricas posadas de Belén, colmadas de gentes, llenas de comida, de bullicio, de cantos, de risas, de bailes mundanos, pero vacíos de amor a Dios. El Niño Dios, que ya estaba a punto de nacer, “venía a los suyos” –porque se había hecho uno de ellos, al encarnarse en el seno virgen de María Santísima, sin dejar de ser Dios-, y venía para salvarlos, para dar la vida por ellos, que tan despreocupadamente bailaban y se divertían mundanamente en las ricas posadas de Belén, símbolos y figuras del corazón humano henchido de soberbia y de pecado, y los suyos, aquellos por quienes el Verbo se había encarnado y para quienes estaba dispuesto a dar la vida en sacrificio de cruz, “no lo recibieron”, porque prefirieron sus diversiones mundanas, sus amores paganos y sus idolatrías vanas, antes que adorar a su Dios hecho Niño. El Verbo se encarnó y vino a los suyos, a sus hermanos, los hombres, pero estos no lo recibieron, porque no tenían espacio para alojar a un Dios, que para mendigar su amor, se había hecho pequeño, muy pequeño, tan pequeño, como un niño en el vientre de su madre. San José comprueba, con amargura y dolor en el corazón, que en las ricas posadas de Belén -símbolo del corazón humano henchido de soberbia-, en donde abunda la comida, en donde la gente baila y se divierte despreocupadamente por su suerte eterna, no hay lugar para Dios que se ha hecho Niño sin dejar de ser Dios. Luego de golpear en vano las puertas de las ricas hosterías y albergues de Belén, San José, con su corazón acongojado, debe partir a las afueras de Belén, llevando a María que, sentado en un borrico, está a punto de dar a luz al Niño Dios. Mientras caminan en busca de un lugar en donde pueda nacer el Niño, San José piensa en sus hermanos, los hombres, que inmersos en los placeres del mundo, no se preocupan por su destino eterno, dirigiéndose así a su eterna perdición, y se duele por ellos, y también por su Hijo adoptivo, al ver cómo es despreciado por aquellos mismos por quienes ha venido a dar su vida en rescate.
Pero al Segundo Dolor de San José le sobreviene el Segundo Gozo, cuando luego del nacimiento virginal y milagroso de su Hijo, el Niño Dios, lo contempla y lo adora, extasiado y maravillado, junto a los pastores, a los ángeles y a la Madre de Dios, que no caben en sí de la alegría, al comprobar que ese Niño recién nacido en un pobre portal de Belén, no es un niño más entre tantos, sino Dios Hijo hecho Niño, sin dejar de ser Dios. El Nacimiento del Niño Dios en la gruta de Belén, oscura y fría, símbolo y figura del corazón humano sin Dios, pero que en su pobreza y oscuridad clama por su Dios y lo espera para recibirlo, aun sin saber que vendrá, llena a San José de un gozo sobrenatural que le hace olvidar por completo el segundo dolor, el dolor que le había producido el comprobar el rechazo de los hombres a su Hijo Dios, y este gozo y esta alegría es mucho más grande que ese dolor, porque el amor de los corazones de los humildes que reciben al Niño Dios con un corazón de niño, es inmensamente más grande que el desprecio de los corazones de los soberbios que lo rechazan. El Segundo Gozo de San José está descripto así en el Evangelio: “Fueron deprisa y encontraron a María, a José y al niño reclinado en el pesebre” (Lc 2,16).

Oración para el Segundo Dolor y Gozo de San José

Amado San José, bendito padre virginal del Verbo de Dios hecho Carne, glorioso San José: por la tristeza y el dolor que te produjo comprobar la frialdad y la dureza del corazón humano que rechazaba el Amor de tu Hijo adoptivo, que venía a los suyos para rescatarlos y no lo recibieron, y por el gozo y la alegría sobrenaturales que inundaron tu alma purísima al contemplarlo ya nacido, como Niño Dios, en el Portal de Belén, símbolo del corazón humano que desea recibir a su Dios como su Salvador, y por la dicha que experimentaste al adorarlo, junto a los pastores, a los ángeles y a la Madre de Dios; te suplico, amado San José, me alcances el dolor por ser tan mundano, codicioso y egoísta, y por alegrarme por las cosas del mundo, y no por la Presencia Eucarística del Verbo de Dios hecho carne, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía. Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo, como era en el principio ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.


Los siete dolores y gozos de San José - Primer Dolor y Primer Gozo

Primer dolor: Estando desposada su madre María con José, antes de vivir juntos se halló que había  concebido en su seno por obra del Espíritu Santo (Mt 1,18). Primer gozo: El ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir  a María, tu esposa, pues lo concebido en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le  pondrás por nombre Jesús (Mt 1, 20-21).

Los dolores de San José son una participación a los dolores de la Cruz de su Hijo adoptivo Jesús; los gozos, son los gozos celestiales, y a todos los encontramos en la Sagrada Escritura. En preparación a su fiesta, el 19 de marzo, ofrecemos estas meditaciones, inspiradas en las ilustraciones del Santuario de Torreciudad. San Josemaría de Escrivá de Balaguer, entre otros santos, tenía gran devoción a San José.

         Primer dolor y primer gozo

         El Primer Dolor de San José está relacionado con la concepción de Jesús, porque hasta que San José entiende el designio divino de la concepción virginal y milagrosa de Jesús, debe pasar por la dura y dolorosa prueba de creer que el hijo que crece en el seno de María proviene de otro hombre. Este dolor se prolonga hasta que es el mismo cielo el que se encarga de aclararle que la concepción es virginal y milagrosa, pues no ha intervenido ningún hombre, sino el Espíritu Santo en Persona: “Estando desposada su madre, María, con José, antes de vivir juntos se halló que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo” (Mt 1, 18). El Evangelio es sumamente claro y explícito acerca del origen celestial y no humano de Jesús, el hijo del matrimonio legal de la Virgen y San José: “antes de vivir juntos se halló que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo”. El Evangelio aclara que en la concepción de Jesús no interviene hombre alguno, sino solo única y exclusivamente, Dios Trino, porque la concepción de Jesús es obra de la Trinidad: es Dios Padre quien pide a su Hijo que se encarne para la salvación de los hombres; es Dios Hijo quien acepta, libremente y por Amor al Padre y a los hombres, encarnarse en el seno de María Santísima; es Dios Espíritu Santo quien lleva a Dios Hijo, del seno del Padre, en el cielo, al seno de María Virgen, en la tierra. Es el Espíritu Santo, en unión de voluntades y acción con el Padre y el Hijo, quien crea la naturaleza humana de Jesús, esto es, su alma y su cuerpo -que en ese momento tiene el tamaño de una célula, un cigoto, porque la célula germinal del varón fue creada en el mismo instante de la Encarnación, ya que no la aportó ningún varón- y es el mismo Espíritu Santo, el Amor Divino, quien, además de conducir al Hijo al seno de María, une en la Persona divina del Hijo a este cigoto y a esta alma, llevando a cabo la Encarnación –por ese motivo, la Encarnación fue obrada por Amor y no por obligación ni por ningún otro motivo-, al tiempo que introduce, milagrosamente, al cigoto que ya ES el Verbo de Dios encarnado, en el seno virginal de María Santísima, dando así origen a la Encarnación del Verbo y a la salvación de la humanidad. Entonces, como decíamos, es el mismo Evangelio, la misma Palabra de Dios quien revela que la concepción de Jesús es celestial y no humana; sobrenatural y no terrena; divina y no proveniente de varón alguno, y sin embargo, San José no lo sabe, por lo que su dolor se origina y crece al ver que en su Esposa, María, hay una concepción que él piensa que es de otro varón.
         Aunque San José suspende todo juicio temerario acerca de María, su dolor se produce porque no puede ver la acción del Espíritu Santo y ve lo que en María es lo que, considerado exteriormente y sin saber las causas profundas, parece la consecuencia de un pecado, y eso es lo que lo lleva a repudiar en su interior a la Virgen, decidiéndola abandonar en secreto, puesto que como es un varón justo, no quiere repudiarla públicamente. Así se origina su primer dolor. Con su actitud, San José nos enseña a no emitir juicios temerarios sobre nuestros prójimos y a no atribuirles malicia, sino, por el contrario, a buscar siempre el justificar sus acciones, siendo siempre misericordiosos con nuestros hermanos. Si emitimos juicios temerarios, nos equivocaremos siempre, además de colocarnos en un lugar que no nos corresponde, porque el que juzga las conciencias es solo Dios; por otra parte, si somos misericordiosos, recibiremos misericordia, y seremos semejantes a nuestro Padre Dios, que es misericordioso.
         Sin embargo, a este primer dolor, le sucede el Primer Gozo de San José, el cual se produce cuando el Ángel le anuncia, en sueños, que lo que ha sido concebido en María, su esposa legal, viene del Espíritu Santo: “El ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: ‘José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, pues lo concebido en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús’” (Mt 1, 20-21). La aparición del Ángel en sueños y la revelación de que el Niño concebido en el seno virginal de María no es de origen humano sino divino, no solo hace desaparecer el dolor de San José, sino que le provoca un gran gozo, de origen celestial, porque no solo le confirma todo lo que él sabía acerca de la pureza y el candor de María y de que era imposible de que María hubiera cometido un pecado, sino que le abre su mente y su corazón a la revelación del Redentor, haciéndole saber, por añadidura, que él ha sido elegido para ser nada menos que el Custodio y el Padre adoptivo de Dios Hijo en la tierra, reemplazando a Dios Padre, además de ser el esposo legal de la Madre de Dios. La alegría celestial de San José proviene de la revelación angélica, revelación que le permita contemplar el fruto de las entrañas virginales de María Santísima, Jesús, no con ojos humanos, sino como lo ve Dios, como lo que ES en realidad, el Pan de Vida Eterna, el Hijo de Dios que se encarna el seno virgen de María Santísima, para donarse al mundo como Pan Vivo bajado del cielo. Que San José, entonces, interceda para que también nosotros nos alegremos no con alegrías pasajeras, sino con la alegría que proviene de contemplar a su hijo adoptivo, Jesús, Presente en la Eucaristía con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad.

Oración para el Primer Dolor y el Primer Gozo

Casto esposo de María Santísima, glorioso San José, por el dolor que te provocó la duda de no saber en un primer momento acerca de la concepción virginal y milagrosa de Jesús, duda que te llevó a tener que abandonar a tu querida esposa, y por el gozo que te causó el ángel de Dios al revelarte el misterio de la Encarnación del Verbo Eterno; te suplico me alcances dolor de mis juicios temerarios e indebidas críticas al prójimo, y el gozo de ejercer la caridad viendo en él a Cristo. Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo, como era en el principio ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.

jueves, 5 de marzo de 2015

Las tres armas espirituales que el Sagrado Corazón le dio a Santa Margarita para que alcanzara la santidad


Santa Margarita María de Alacquoque recibió del Sagrado Corazón de Jesús tres armas espirituales, necesarias e indispensables para alcanzar su santidad[1]. Estas armas eran: una conciencia delicada y odio y dolor ante la más pequeña falta; la santa obediencia y el amor a la Santa Cruz. Si bien Santa Margarita era religiosa y por lo tanto estas armas espirituales le correspondían con mayor razón, no deja de ser cierto que estas armas espirituales son válidas para cualquier alma, en cualquier estado de vida, por lo que las consideraremos como un preciosísimo tesoro dado por el mismo Jesús en Persona.
La primera arma espiritual consistía, como dijimos, en una conciencia delicada y un profundo odio y dolor ante la más pequeña falta. Una vez le dijo el Señor cuando había Margarita cometido una falta: “Sabed que soy un Maestro santo, y enseño la santidad. Soy puro, y no puedo sufrir la más pequeña mancha. Por lo tanto, es preciso que andes en mi presencia con simplicidad de corazón en intención recta y pura. Pues no puedo sufrir el menor desvío, y te daré a conocer que si el exceso de mi amor me ha movido a ser tu Maestro para enseñarte y formarte en mi manera y según mis designios, no puedo soportar las almas tibias y cobardes, y que si soy manso para sufrir tus flaquezas, no seré menos severo y exacto en corregir tus infidelidades”. Esto se debe a que Jesús, siendo Dios, es la santidad personificada, por lo que cualquier no ya pequeño pecado venial, sino imperfección, queda en gran evidencia. Para darnos una idea, imaginemos un mar de un cristal limpidísimo, en el cual arrojáramos una pequeñísima gota de tinta negra: inmediatamente, la gota negra resaltaría; ese mar de cristal limpidísimo, es Dios en su santidad; la gota de tinta negra, es cualquier imperfección; de esta manera, nos damos cuenta de cómo, frente a Dios, no ya nuestros pecados, sino nuestras imperfecciones, quedan completamente al descubierto. Cuando Santa Margarita cometía una imperfección, acudía a pedir penitencia a su superiora cuando cometía una falta, pues sabía que Jesús solo se contentaba con las penitencias impuestas por la obediencia.
La segunda arma espiritual que le dio el Sagrado Corazón era la santa obediencia y si bien Santa Margarita, al ser religiosa, tenía superiores inmediatos a quien obedecer, un laico también puede obedecer a sus superiores. Por ejemplo, un hijo, a sus padres, o un fiel bautizado, a su director espiritual, o los parroquianos, a su párroco, etc.
Santa Margarita sostiene que lo que más severamente le reprendía Jesús a ella eran sus faltas en la obediencia, ya sea a sus superiores o a su regla y que no le agradaba cuando Santa Margarita lograba, a costa de su terquedad, doblegar la voluntad de sus superiores. Una vez, Jesús le dijo: “Te engañas creyendo que puedes agradarme con esa clase de acciones y mortificaciones en las cuales la voluntad propia, hecha ya su elección, más bien que someterse, consigue doblegar la voluntad de las superioras. ¡Oh! yo rechazo todo eso como fruto corrompido por el propio querer, el cual en un alma religiosa me causa horror, y me gustaría mas verla gozando de todas sus pequeñas comodidades por obediencia, que martirizándose con austeridades y ayunos por voluntad propia”.

Es decir, a Jesús le agrada más lo que se hace con la mortificación de la obediencia, que con la satisfacción de la propia voluntad, porque al hacer una obra por obediencia, mortificando a la propia voluntad, obtenemos una victoria espiritual, porque doblegamos nuestro orgullo; por el contrario, cuando hacemos una obra satisfaciendo nuestra propia voluntad, en contra de la obediencia, lo único que hacemos es hacer crecer nuestra soberbia. De ahí el gran valor que el Sagrado Corazón le concede a las obras hechas por obediencia.
Por último, la tercera arma espiritual concedida por el Sagrado Corazón, era el amor a su Santa Cruz, el más precioso de todos sus regalos. Un día después que ella recibió la comunión, se hizo presente ante los ojos de ella una gran cruz, cuya extremidad no podía ver; estaba la cruz toda cubierta de flores. Y el Señor le dijo: “He ahí el lecho de mis castas esposas, donde te haré gustar las delicias de mi amor; poco a poco irán cayendo esas flores, y solo te quedarán las espinas, ocultas ahora a causa de tu flaqueza, las cuales te harán sentir tan vivamente sus punzadas, que tendrás necesidad de toda la fuerza de mi amor para soportar el sufrimiento”.
Junto con la cruz, vinieron para Santa Margarita toda clase de humillaciones, enfermedades, desprecios, injurias, tribulaciones todas permitidas y queridas por el Sagrado Corazón de Jesús, para hacerla partícipe de sus propias amarguras, tribulaciones, humillaciones e injurias, sufridas en la Pasión. Fue humillada por sus compañeras y por sus superioras. De su paso por la enfermería, dijo: “Sólo Dios sabe lo que tuve que sufrir allí”. Como Santa Margarita era callada, lenta y juiciosa, su superiora, estando ella delante del obispo, dijo de ella: “Es una tonta”. Es por eso que se equivoca quien piensa que el seguimiento de Jesús crucificado es un camino de diversión; Jesús nos quiere desapegar de todos los afectos terrenos, para que apeguemos nuestros corazones a su Sagrado Corazón, que está en la cruz, que es la Puerta abierta al cielo, y es la única forma en que podremos alcanzar la eternidad. Si no crucificamos nuestros corazones junto con el Sagrado Corazón de Jesús, nunca podremos ingresar en la feliz eternidad; para hacerlo, para que entremos a gozar del Reino de los cielos, no hay otro camino que ser crucificados junto al Sagrado Corazón de Jesús. Eso es lo que hizo Jesús con Santa Margarita, al regalarle la tercera arma espiritual, la Santa Cruz, para despegar su alma y su corazón del apego y del afecto a las cosas de esta tierra y sobre todo a sí misma, y por eso permitió que le sobreviniesen continuas humillaciones y desprecios, como a Él en la Pasión, aunque al mismo tiempo, no dejaba de asistirla con toda clase de gracias. Lo mismo hace con todos nosotros y con todo aquel que quiera tomar su cruz de cada día y seguirlo camino del Calvario, para crucificar su corazón junto al Sagrado Corazón de Jesús.
Una vez le dijo Jesús a Santa Margarita: “Has de querer como si no quisieras, debiendo ser tus delicias agradarme a mí. No debes buscar nada fuera de mí pues de lo contrario injuriarías a mi poder y me ofenderías gravemente, ya que yo quiero ser solo todo para ti”. Querer algo fuera del Sagrado Corazón, es injuriarlo: todo se debe querer por Él, en Él y para Él.
Conciencia delicada, santa obediencia, amor a la Santa Cruz: las tres armas espirituales que nos da a todos el Sagrado Corazón de Jesús para que alcancemos el cielo.



[1] http://www.corazones.org/santos/margarita_maria_alacoque.htm