San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

viernes, 30 de enero de 2015

Don Bosco y sus revelaciones durante los sueños: las confesiones y los lazos del demonio


         Dentro de todos los dones y gracias sobrenaturales que recibió Don Bosco de parte de Dios, uno de los más notables, fue el de recibir revelaciones (privadas) a través de los sueños. De hecho, luego de ser recopiladas sus obras, todo un capítulo de estas se conoce como “Los sueños de Don Bosco”. Sin embargo, debido a la vivacidad de los sueños, a la precisión de los términos y conceptos, diálogos e imágenes y a la conformación en un todo con la doctrina católica, los así llamados “sueños” de Don Bosco, más que sueños propiamente, son verdaderas revelaciones sobrenaturales. El sueño, por propia definición, se caracteriza por ser, ante todo, irracional, ya que en el sueño, la imaginación queda libre, sin el control de la razón. Nada de esto hay en los “sueños” de Don Bosco, por lo que estos, en realidad, son verdaderas manifestaciones y revelaciones sobrenaturales y no simples imaginaciones del santo.
         Una de estas revelaciones, acaecidas en uno de sus sueños, es la siguiente, relatada por él mismo en persona, y recopilada en sus “Memorias” [1]: “El día 4 de abril don Bosco contó el siguiente sueño a todos los jóvenes reunidos en el salón de estudio después de las oraciones de la noche: “Me encontraba cerca de la puerta de mi habitación, y al salir miré a mi alrededor y me vi en la iglesia, en medio de una muchedumbre tal de jóvenes, que el templo parecía completamente abarrotado. Estaban allí los alumnos del Oratorio de Turín, los de Lanzo, los de Mirabello y otros muchos a los cuales no conocía. No rezaban, sino que parecía que se estaban preparando para confesar. Una cantidad inmensa de ellos asediaba mi confesionario, esperándome, debajo del púlpito. Yo, después de haber observado un poco, me puse a considerar cómo conseguiría confesar a tantos muchachos. Pero después temí estar dormido, soñando, y, para cerciorarme de que no lo estaba, comencé a palmotear y sentía el ruido; y, para asegurarme aún más, alargué el brazo y toqué la pared, que está detrás de mi pequeño confesionario. Seguro ya de que estaba despierto, me dije: -Ya que estoy aquí, confesemos. Y comencé a confesar.
Pero pronto, al ver a tantos jóvenes, me levanté para ver si había otros confesores que me ayudasen; y, no encontrando ninguno, me dirigí a la sacristía en busca de algún sacerdote que quisiese escuchar confesiones. Y he aquí que vi por una parte y por otra a algunos jóvenes que llevaban al cuello una cuerda que les apretaba la garganta. -¿Por qué tenéis esa cuerda al cuello? Quitáosla, les dije. Pero no me respondían y se quedaban mirándome con fijeza. -Vamos, repetí a alguno; quítate esa cuerda. El joven, al cual yo había dado esta orden, se avino a ello, pero me dijo: -No me la puedo quitar; hay uno detrás que la sujeta. Venga a ver. Volví entonces la mirada con mayor atención hacia aquella multitud de muchachos y me pareció ver sobresalir por detrás de las espaldas de muchos de ellos dos larguísimos cuernos. Me acerqué un poco más para ver mejor, y, dando la vuelta por detrás del que tenía más cerca, vi un horrible animal, de hocico monstruoso, forma de gatazo y largos cuernos, que apretaba aquel lazo. La bestia aquella bajaba el hocico, lo escondía entre las patas delanteras, y se encogía como para que no le viesen. Yo me dirigí a aquel joven víctima del monstruo y a algunos otros preguntándoles sus nombres, pero no me quisieron responder; al preguntarle a aquel feo animal se encogió aún más. Entonces dije a un joven: -Mira, ve a la sacristía y dile al P. Merlone que te dé el acetre del agua bendita. El muchacho volvió pronto con lo que yo le había pedido, pero entre tanto yo había descubierto que cada uno de los jóvenes tenía a sus espaldas un servidor tan poco agraciado como el primero y que, éste, también se agazapaba. Yo temía estar aún dormido. Tomé entonces el hisopo y pregunté a uno de aquellos gatazos: -Dime: ¿quién eres? El animal, que no dejaba de mirarme, alargó el hocico, sacó la lengua y después se puso a rechinar los dientes como en actitud de arrojarse sobre mí. -Dime inmediatamente qué es lo que haces aquí ¡bestia horrible! Ya puedes enfurecerte todo lo que quieras, que no te temo. ¿Ves? Con esta agua te voy a dar un buen baño. El monstruo siempre agazapado me miraba; después comenzó a hacer contorsiones con el cuerpo de tal forma, que las patas de atrás le llegaban a tocar los hombros por delante. Y de nuevo quería arrojarse sobre mí. Al mirarlo detenidamente vi que tenía en la mano varios lazos. -¡Vamos! Dime: ¿qué haces aquí? Y al decir esto, levanté el hisopo. Hizo él unas contorsiones y quería huir. -No te escaparás, continué diciendo; te ordeno que te quedes aquí. Lanzó una serie de gruñidos y me dijo: -¡Mira! Y me enseñó los lazos. -Dime qué son esos tres lazos, añadí; ¿qué significan? -¿No lo sabes? Desde aquí, me dijo, con estos tres lazos obligo a los jóvenes a que se confiesen mal: de esta manera llevo conmigo a la perdición a la décima parte del género humano. -¿Cómo? ¿De qué manera? -¡Oh! No te lo diré porque tú se lo descubrirás. -¡Vamos! Quiero saber qué significan estos tres lazos. ¡Habla! De lo contrario te echaré encima el agua bendita. -Por favor, envíame al infierno pero no me eches esa agua. -En nombre de Jesucristo, pues. El monstruo, contorsionándose espantosamente, respondió: -El primer modo con que aprieto este lazo es haciendo callar a los jóvenes los pecados en la confesión. -¿Y el segundo? -El segundo, incitándoles a que se confiesen sin dolor. -Y el tercero: -El tercero no te lo quiero decir. -¿Cómo? ¿Que no me lo quieres decir? Entonces te rociaré con agua bendita. -No; no hablaré; y comenzó a gritar desaforadamente: ¿Es que no te basta? ¡Ya he dicho demasiado! Y tornó a enfurecerse. -Quiero que me lo digas para comunicárselo a los Directores. Y repitiendo la amenaza levanté el brazo. Entonces comenzó a despedir llamas por sus ojos, después unas gotas de sangre y dijo: -El tercero es no hacer propósito firme y no seguir los consejos del confesor. -¡Bestia horrible!, le grité por segunda vez. Y mientras quería preguntarle otras cosas e intimarle a que me descubriese la manera de remediar un mal tan grande y hacer vanas sus artimañas, todos los otros horribles gatazos, que hasta entonces habían procurado pasar desapercibidos, comenzaron a producir un sordo murmullo, después prorrumpieron en lamentos y gritos contra el que había hablado provocando una sublevación general. Yo, al contemplar aquella revuelta, y convencido de que no sacaría ya ventaja alguna de aquellos animales, levanté el hisopo y arrojando el agua bendita sobre el gatazo que había hablado, le dije: -¡Ahora, vete! Y desapareció. Después eché agua bendita por todas partes. Entonces, haciendo un grandísimo estrépito, todos aquellos monstruos se dieron a una precipitada fuga, unos por una parte, otros por otra. Y al producirse aquel ruido me desperté y me encontré en mi lecho. ¡Oh, queridos jóvenes, cuántos de los que yo jamás habría sospechado, tenían el lazo al cuello y el gatazo a las espaldas! Ya sabéis qué simbolizan esos tres lazos. El primero, que sujeta a los jóvenes por el cuello, simboliza el callar pecados en la confesión. El lazo les obliga a cerrar la boca para que no se confiesen del todo: o bien para que digan de ciertos pecados que cometieron cuatro veces que solamente incurrieron en ellos tres. El que tal hace, falta contra la sinceridad de la misma manera que el que calla pecados. El segundo lazo es la falta de dolor; y el tercero la falta de propósito. Por tanto, si queremos romper estos lazos y arrebatarlos de las manos del demonio, confesemos todos nuestros pecados y procuremos sentir un verdadero dolor de ellos y hagamos un firme propósito de obedecer al confesor. Aquel monstruo, poco antes de montar en cólera, me dijo también: -Observa el fruto que los jóvenes sacan de las confesiones. El fruto principal de ellas debe ser la enmienda; si quieres conocer si yo tengo a los jóvenes sujetos con los lazos, observa si se enmiendan o no. Debo añadir que quise también que el demonio me dijera por qué se ponía detrás, a las espaldas de los jóvenes, y me respondió: -Para que no me vean y poderlos arrastrar más fácilmente a mi reino. Pude comprobar que eran muchísimos los que tenían a las espaldas aquellos monstruos, más de los que yo hubiera sospechado. Dad a este sueño el alcance que queráis; lo cierto es que he querido observar y comprobar si era cierto cuanto he soñado y he sacado como consecuencia que se nos ofrece una verdadera realidad. Hagamos, pues, una buena confesión y una santa comunión para vernos libres de estos lazos del demonio. Mientras tanto mirad si, tiempo atrás, habéis cumplido las condiciones necesarias para hacer una buena confesión: yo os encomendaré a todos el domingo en la santa misa”.
En esta revelación, tenida durante el sueño, Don Bosco nos previene acerca de cómo la ligereza en la confesión sacramental acarrea graves daños para el alma, pudiendo incluso ser causa de eterna condenación.
No fue dada, sin embargo, esta revelación, para que alguien quede con escrúpulos, sino, todo lo contrario, para que revisemos nuestras confesiones y nuestra vida espiritual, y para que tomemos conciencia del valor del Sacramento de la Penitencia, poniendo el acento en la contrición del corazón y en el propósito de enmienda. El propósito de enmienda incluye el deseo de morir a la vida física, terrenal, antes de cometer un pecado mortal o venial deliberado. La contrición del corazón, a su vez, hace perfecta a la confesión, porque revela el dolor del corazón, que se da cuenta, por un lado, de la maldad y fealdad extrema del pecado y, por otro lado, se da cuenta de la hermosura de Amor Divino, injustamente ofendido por la malicia del pecado. La contrición lleva al propósito de enmienda y a cumplir la penitencia, y así el alma recibe las gracias del Sacramento de la Penitencia, lo cual la hace crecer en santidad, y de tal manera, que este sacramento puede llamarse “fábrica de santos”.
Éste es el fin por el cual la Divina Providencia concedió a Don Bosco estas admirables revelaciones durante sus sueños: para hacernos crecer en la santidad, que quiere decir crecer en su Amor, por medio de santas confesiones.



[1] Cfr. Memorias Biográficas de Don Bosco, Volumen 9, Capítulo 47.

martes, 27 de enero de 2015

Santo Tomás de Aquino y el Amor Divino como motor de la Pasión de Cristo


         Uno de los aportes más significativos de ese gran filósofo, teólogo y santo que fue Santo Tomás de Aquino, es el relativo a la Cristología, porque gracias a su metafísica del Acto de Ser, profundiza en la divinidad de la Persona de Cristo, según la dirección que ya había sido dada por el Concilio de Calcedonia: “una única persona en dos naturalezas, humana y divina”[1]. Santo Tomás afirma que la Persona en la que se unen las dos naturalezas, es la divina –es decir, la Segunda de la Santísima Trinidad-, y para hacerlo, recurre a su metafísica del ser: puesto que lo que da realidad y unidad a toda cosa es el acto de ser, entonces, el acto de ser –actus essendi- de la Persona divina de Cristo es el mismo acto de ser que da realidad a su naturaleza humana[2]. Pero el valor  de la cristología de Santo Tomás no reside solo en su precisión filosófica y teológica, sino también en su dimensión espiritual y mística, puesto que Santo Tomás coloca al Amor de Dios como el motor principal y exclusivo de la Pasión de Jesucristo, y lo hace de tal manera, es decir, le da un puesto tan central al Amor en la Pasión y Muerte en cruz de Jesucristo, que la cristología se califica como “cristología de la cruz” y “cristología del amor”.
         Para Santo Tomás, la cruz y el amor, el amor y la cruz, son los elementos sobrenaturales que explican el misterio pascual de Jesucristo: Jesucristo crucificado revela, de parte de Dios, su amor infinito, porque al deicidio de su Hijo por parte de los hombres –somos todos los hombres quienes matamos a Jesús en la cruz, con nuestros pecados-, Dios no responde fulminándonos con un rayo de su Justa Ira, como bien podría hacerlo, satisfaciendo así a la Justicia Divina, sino que responde con su Divina Misericordia, porque Jesús en la cruz es el signo del perdón divino y su Sangre derramada es el sello con el cual Dios nos besa y nos perdona; de parte del hombre, Jesucristo crucificado pone al descubierto la extrema miseria y maldad que anidan en el corazón humano, y esto como consecuencia del pecado original, porque si Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado, está crucificado, cubierto de llagas, coronado de espinas y es dejado morir luego de tres horas de dolorosísima agonía, es a causa de la maldad del corazón de los hombres, que llevados por la ceguera que produce esta misma maldad, crucifican a la Divina Misericordia encarnada, Jesucristo, a pesar de haber obrado, esta Divina Misericordia, milagros, señales y prodigios de todo tipo, en favor de los mismos hombres que la crucifican.
         La Encarnación del Verbo de Dios y su Pasión son, por lo tanto, en la cristología de Santo Tomás, una muestra del amor infinito de Dios, que todo lo hace movido por su Amor infinito hacia el hombre, su creatura predilecta: “Dios quiso hacerse hombre, porque nada demuestra tanto su amor por el hombre como el unirse a él personalmente, siendo una propiedad del amor el unir al amante con el amado, todo lo que sea posible”[3]. Y también: “No hay otro signo más evidente de la caridad divina que esto: Dios, creador de todo, se hace creatura; nuestro Señor se convierte en nuestro hermano, el Hijo de Dios se convierte en Hijo del hombre; Dios ha amado tanto al mundo, al punto de darle su Hijo Unigénito”[4]. Y este mismo Dios que se encarna y muere en la cruz por Amor, será luego el que, en cada Santa Misa, prolongue y continúe su Encarnación, en la Eucaristía, también pro Amor.
         Quien contempla a Cristo según la cristología de Santo Tomás, no ve a un hombre común dando su vida por un ideal utópico e inexistente, la fraternidad humana: contempla a la Persona Segunda de la Santísima Trinidad que, movida por el Amor Divino, se encarna en una naturaleza humana, sufre la Pasión, muere en cruz, resucita y prolonga los misterios de su Pasión, Muerte y Resurrección en la Santa Misa, con el único objetivo de salvar al hombre y comunicarle su Amor infinito y eterno. En la cristología de Santo Tomás, es el Amor de Dios, el Espíritu Santo, el motor que explica los misterios de la vida de Jesús de Nazareth.




[1] Cfr. Battista Mondini, La Cristologia di San Tomasso d’Aquino, Origine, dottrine principali, attualitá, Urbaniana University Press, Roma 1997, 232.
[2] Cfr. ibidem.
[3] S. C. Gent. IV, 54, n. 3926.
[4] In Symb. a. 3, n. 907.

domingo, 25 de enero de 2015

Santos Timoteo y Tito


Fueron colaboradores y discípulos de predilección de Pablo. De Timoteo se cree que su madre Eunice, su abuela Lois y él mismo abrazaron el cristianismo y se hicieron bautizar durante la primera visita de San Pablo a Listra[1]. Fue su familia quien lo había introducido en la lectura de las Sagradas Escrituras, desde muy pequeño, como lo recuerda Pablo: “...Que esa fe se conserve en ti, ya que desde tu más tierna edad te hicieron leer y meditar las Sagradas Escrituras” (1Tim 1, 5; 4, 14). Cuando Pablo regresó donde vivían Timoteo y su familia, en su segundo viaje misionero, los cristianos de allí le dieron maravillosas recomendaciones acerca de Timoteo; esto llevó a Pablo a confiarle la misión de predicar. Desde ese momento, y debido a la fidelidad y amistad de Timoteo, Pablo lo eligió como colaborador, gran amigo y compañero de misiones, además de considerarlo siempre como un “hijo suyo”, tal como lo llama en la primera Carta a los Corintios: “Timoteo, mi hijo amado” (1 Corintios); y lo llama de la misma manera en las dos cartas que le escribió a él.
Es en el lugar donde vivían Timoteo y su familia, en donde ocurre uno de los milagros más portentosos de Pablo, relatados en la Escritura, la curación del hombre paralítico. También relata la Escritura que, tras dicha curación, la gente del lugar los confundió con dioses disfrazados de hombres, pretendiendo adorarlos y ofrecerles sacrificios. Sin embargo Pablo no se los permitió de ninguna manera, aclarándoles que eran tan sólo criaturas igual que ellos. Pasado este episodio, los judíos incitan al pueblo contra Pablo y Bernabé: los apedrean y los abandonan casi muertos, pero los cristianos los conducen a la casa de Timoteo, en donde son atendidos.
Hacia el año 53, Pablo envía a Timoteo a las Iglesias de Macedonia y de Corinto. Trabajaron juntos nuevamente los años siguientes en Macedonia, en el Peloponeso y en la Tróada. Y cuando Pablo les escribe a los romanos, desde su prisión, les menciona que lo acompaña Timoteo, su fiel discípulo[2].
La primera carta que le escribió San Pablo a Timoteo fue en el año 65, desde Macedonia; y la segunda, desde Roma, mientras se encontraba preso, aguardando su ejecución. En una de las cartas del apóstol a Timoteo, le dice: “Que nadie te desprecie por tu juventud. Muéstrate en todo como un modelo para los creyentes, por la palabra, la conducta, la caridad, la pureza y la fe” (2 Tim 2). En otro pasaje, Pablo le recomienda que no tome sólo agua sino también un poco de vino, debido a los continuos malestares estomacales de Timoteo (cfr. 1Tim 5, 23); ésta es la razón por la cual Timoteo es patrono de los afectados por malestares estomacales.
El historiador Eusebio cuenta que S. Pablo nombró a Timoteo primer obispo de la Iglesia de Éfeso, en donde sufrió el martirio en el año 97 –fue apaleado y apedreado- por orden del emperador Diocleciano, al oponerse a un festival pagano en honor de Diana.
         ¿Cuál es el mensaje de santidad de Timoteo? Su mensaje de santidad es que Timoteo da su vida no solo por oponerse al culto idolátrico y pagano de la diosa Diana, sino ante todo por defender la Verdad de la divinidad del Cordero de Dios, Jesucristo: con su sacrificio martirial, Timoteo nos está diciendo que no solo el culto pagano a la diosa es radicalmente falso, sino que el Único Dios Verdadero, al cual se debe adorar y al cual se le debe rendir culto, es Jesucristo. Por este hecho, su ejemplo es muy valedero para nuestros días, en el que miles de católicos abandonan la Iglesia, apostatando de la verdadera fe, para seguir y postrarse ante los ídolos neo-paganos del mundo de hoy, tanto los que ofrece la secta luciferina de la Nueva Era -la wicca, la brujería, el ocultismo, el tarot, el gnosticismo, etc.-, como los ídolos neo-paganos del mundo moderno –el hedonismo, el materialismo, el relativismo, el ateísmo teórico y práctico, etc.-; unos y otros ídolos serán, para los católicos apóstatas de hoy, siempre más atractivos que Jesús resucitado, vivo y glorioso en la Eucaristía.
         En nuestros días, asistimos a un fenómeno inverso al del martirio, el anti-martirio, si podemos decirlo así: mientras que Timoteo dio la vida por Jesucristo, oponiéndose al falso culto de una deidad pagana, hoy, por el contrario, millones de católicos no solo niegan a Jesucristo en la Eucaristía, sino que entregan literalmente sus vidas –toda su existencia- a los ídolos neo-paganos: las estrellas del rock, del cine, de la música, de la política, del fútbol, del deporte en general, porque mientras el Día del Señor, el Domingo, dejan vacías las Iglesias, acuden en cambio en masa a cuanta actividad propongan estos verdaderos ídolos con pies de barro. Así, rinden culto y pleitesía a hombres, que nada hicieron y nada harán por su salvación, mientras dejan solo y abandonado a Jesús, que en cada Santa Misa desciende del cielo sobre el altar eucarístico, para renovar sacramental e incruentamente su sacrificio en cruz, obrando en el altar la misma obra del Calvario: así como entregó su Cuerpo y derramó su Sangre en la cruz, así en la Santa Misa entrega su Cuerpo en la Eucaristía y derrama su Sangre en el cáliz del altar.
         Según las actas del martirio, Timoteo recibió golpes mortales dados con palos y piedras, para dar testimonio de Jesucristo; hoy, son una multitud de cristianos quienes propinan golpes mucho más violentos a Jesús, con sus ultrajes, sacrilegios e indiferencias hacia la Santa Misa y hacia su Presencia Real Eucarística.
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[1] http://www.corazones.org/santos/timoteo_tito.htm
[2] Cfr. ibidem.

miércoles, 21 de enero de 2015

Santa Inés, virgen y mártir


         Santa Inés, virgen y mártir, fue martirizada a los doce años, pero no solo por defender su virginidad, sino ante todo, por mantenerse fiel en el amor a Jesucristo. La virginidad corporal, es decir, la preservación intacta del cuerpo, no basta, por sí misma, para que una persona alcance el Reino de los cielos. La virginidad corporal es sólo el prolegómeno y la figura de otra virginidad, la espiritual, aquella en la que el alma no solo no se contamina con los hedores de las idolatrías paganas rendidas a los falsos dioses, sino que se conserva intacta en su capacidad de amar a Jesucristo, Dios encarnado y, por su intermedio, a las Tres Divinas Personas de la Santísima Trinidad.
         El cuerpo virgen, en el consagrado, es la consecuencia del alma virgen, es decir, del alma no solo no contaminada por amores impuros y mundanos, sino consagrada en su amor puro –y por lo tanto, virginal- a Jesucristo y a Dios Uno y Trino.
         Es esta doble virginidad la que caracteriza a la vida consagrada, porque el religioso consagra, dedica, para toda la vida terrena y para la eternidad, su cuerpo y su alma, no a un amor humano –que pueden ser santos y puros, como el amor materno, el amor paterno, el amor filial, el amor fraternal y el amor de amistad-, sino al Amor de los amores, Jesucristo, la Misericordia Divina encarnada.
         Santa Inés, con doce años, consiguió una doble corona: la de la virginidad y la del martirio, y por esta doble corona ahora goza, por la eternidad, del Amor del Cordero, por cuyo Amor conservó intactos su cuerpo y su alma, y por cuyo Amor entregó su cuerpo al verdugo que la decapitó.
         Ahora bien, existe una “virginidad secundaria”, la otorgada por la gracia santificante, que devuelve la pureza, el candor y la inocencia al alma, y existe un “martirio no cruento”, el que consiste en dar testimonio de la fe en el Hombre-Dios Jesucristo, cotidianamente, en un mundo ateo, racionalista y hedonista como el nuestro, y ésa es la razón por la cual el cristiano común puede –y debe, como obligación de amor a Jesucristo- imitar a Santa Inés en su virginidad y en su martirio.

         

martes, 20 de enero de 2015

San Expedito y la celeridad en la respuesta a la gracia



         San Expedito es conocido por ser el “patrono de las causas urgentes”. Pero, ¿dónde se origina esta condición suya de ser patrono de las causas urgentes? Se origina en su misma conversión. Según narra la Tradición, San Expedito era un soldado romano pagano; un día, recibió la gracia de la conversión; es decir, Dios tocó su alma con su Amor, concediéndole el conocimiento y el amor sobrenatural por Jesús, el Hombre-Dios. Junto con esta gracia, San Expedito recibió el conocimiento infuso de que debía abandonar inmediatamente y para siempre, su antigua vida de pagano, para poder abrazar la vida nueva de la gracia, la vida de los hijos de Dios. La conversión, que implica, por definición, vivir no ya con la vida natural –la cual, por otra parte, está sometida a la concupiscencia, como consecuencia de la herida del pecado original-, sino con la vida misma de Dios Uno y Trino, participada por la gracia y comunicada ésta por Jesucristo; la conversión implica, por lo tanto, el libre deseo de apartarse de toda mínima ocasión de pecado y de preferir la muerte física, terrena, corporal, antes que volver a la vida antigua, es decir, antes que cometer un pecado, sea mortal o venial deliberado. Por otra parte, esto es lo que se dice en la fórmula de la Penitencia, no como una simple fórmula, sino como la expresión sincera, nacida del arrepentimiento profundo y de la contrición del corazón, que se duele de haber ofendido la bondad infinita de Dios, con la malicia del pecado: “…pero mucho más me pesa, porque pecando ofendí, a un Dios tan grande y tan bueno como Vos; antes querría haber muerto que haberos ofendido, y propongo firmemente no pecar más y evitar toda ocasión próxima de pecado”. La tentación de volver a la antigua vida de pecado, o de permanecer en esta, sin dar lugar a la conversión, se presenta en la vida de San Expedito por medio del mismo Demonio en persona, quien se le aparece bajo la forma de un negro cuervo, que mientras revolotea a su alrededor, le dice: “Mañana, mañana”, es decir: “Deja para mañana tu conversión, postérgala, continúa hoy, con tu vida de pagano; tienes tiempo, todo el tiempo del mundo, ¿para qué preocuparte por responder a la gracia? Ya lo harás mañana, continúa hoy deleitándote con mis placeres, ya tendrás tiempo, otro día, de convertirte”. Sin embargo, ante la tentación de la no-conversión, de la no-respuesta a la gracia, San Expedito, levantando la cruz en alto, responde con toda celeridad: “Hodie”, es decir: “Hoy”, lo cual quiere decir: “Hoy, aquí y ahora, respondo a la gracia, dando libremente mi “Sí” a Jesucristo, mi Salvador y Redentor, que por la gracia me llama a una vida nueva, la vida de los hijos de Dios; hoy, y no mañana, respondo a la gracia de la conversión y por lo tanto, entablo una lucha a muerte contra el hombre viejo, contra sus concupiscencias, contra sus vicios y sus pecados; hoy y no mañana, enarbolo el estandarte ensangrentado de la Santa Cruz, el estandarte triunfante y glorioso del Cordero de Dios, que por mí y por mi salvación, dio su vida en la cruz, y me propongo a dejar la vida en el empeño de no caer nunca más en el pecado; hoy y no mañana, comienzo a vivir la Ley de la caridad de Jesucristo, y no la ley del demonio, que es “haz lo que quieras”; hoy y no mañana, comienzo a alimentarme del Pan de los ángeles, y dejo para siempre el alimento del demonio, las tentaciones consentidos; hoy y no mañana, comienzo a vivir los Mandamientos de Dios y no más los mandamientos del demonio”. Y dicho esto, San Expedito, llevado por la fuerza sobrenatural que emana de la cruz de Jesucristo, le aplastó la cabeza al cuervo, que incautamente había dejado de sobrevolar y se le había acercado peligrosamente a sus pies. Éste es el origen del patronato de San Expedito sobre las causas urgentes y por esto mismo, la primera causa urgente por la cual le debemos pedir que interceda, es por nuestra propia conversión, la conversión de nuestros seres queridos, y la de todo el mundo, sobre todo, los pecadores más empedernidos.

viernes, 16 de enero de 2015

San Antonio, Abad


         San Antonio es considerado “padre del monaquismo”: decidió iniciar su vida de total entrega a Jesucristo cuando, en una celebración eucarística, escuchó la voz de Jesús que le decía: “Si quieres ser perfecto, ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres”[1]. Tomada esta decisión, al morir sus padres, San Antonio entregó su hermana al cuidado de las vírgenes consagradas, distribuyó sus bienes entre los pobres y se retiró al desierto, donde comenzó a llevar una vida de penitencia. Hizo vida eremítica en el desierto y organizó comunidades de oración y trabajo, pero prefirió retirarse de nuevo al desierto, en donde logró conciliar la vida solitaria con la dirección de un monasterio. Viajó a Alejandría para apoyar la fe católica ante la herejía arriana[2].
         En un mundo como el nuestro, caracterizado por el materialismo, el ateísmo, el hedonismo, el relativismo y por la negación de lo trascendente y sobrenatural, propio de la mentalidad pseudo-cientificista del iluminismo racionalista, aunque el mismo tiempo se afirma la religiosidad panteísta, neo-pagana e irracional de la Nueva Era, la vida de San Antonio y, sobre todo, su condición de monje y eremita, no se comprenden. Más aun, se toman como algo sin sentido, como algo sin razón: en efecto, al ver a San Antonio abad, que se retira al desierto no solo a orar, sino a llevar una vida de oración, de ascesis, de dura penitencia, de mortificación, de sacrificio, renuncia a todo bienestar, a todo bien material, a toda comodidad, en definitiva, llevando una vida de renuncia a este mundo, entonces el mundo y los mundanos se preguntan: si hay tanto para “disfrutar” en el mundo de hoy, con su avance tecnológico y si los Nuevos Movimientos Religiosos de la Nueva Era, que están al alcance de todos, ofrecen una espiritualidad “a la carta”, en donde cada uno puede escoger lo que quiera, para creer en lo que quiera y como quiera, para hacer lo que quiera, ¿qué sentido tiene una elección como la de San Antonio abad? Además, el mundo no puede entender la vida monástica, a la que tacha de antisocial, porque el monje se aparta de la sociedad de los hombres, viviendo una vida aislada. Entonces, para el mundo ateo y relativista, pagano y hedonista, hombres como San Antonio abad son escándalo y necedad, y son los más infelices del mundo, porque no son capaces de “disfrutar” lo que el mundo ofrece, además de ser un reflejo de su incapacidad de entablar relaciones humanas.
Sin embargo, a los ojos de Dios, que es lo que importa, San Antonio abad es el hombre más feliz del mundo, porque su elección, la elección de una vida monástica, eremítica, que significa de oración y de oración contemplativa, es la respuesta al llamado de Dios Uno y Trino a una mayor intimidad con Él, que es Trinidad de Personas. La vida monástica, como toda vida consagrada, pero de modo aún más intenso, anticipa, en esta vida terrena, lo que será la vida en el Reino de los cielos, porque en la vida monástica el alma se aparta del mundo y de los hombres, para intensificar la oración contemplativa, que es el diálogo de amor con las Tres Divinas Personas. En otras palabras, cuanto menos contacto con el mundo y con los hombres, el monje tiene más vida de oración y como la oración es diálogo de amor con las Personas de la Trinidad, cuanto más oración hace el monje, más diálogos de enamorados entabla con cada una de las Tres Divinas Personas. Es decir, si el monje se retira del mundo, no lo hace porque sea incapaz de establecer relaciones humanas, ni porque sea antisocial; todo lo contrario, movido por la gracia, su capacidad de vivir en comunión de vida y amor con las personas se ve elevada a una dimensión celestial, sobrenatural, de manera que se vuelve capaz de entablar una verdadera vida de comunión, en la fe y en el amor, con las Tres Divinas Personas. Y ante las Tres Divinas Personas, el monje intercede por las personas humanas, que son sus hermanos, pidiendo por su conversión y por su eterna salvación, que son los dones más grandes que toda persona pueda recibir en esta vida. Así, el monje, con su vida austera, sacrificada, penitente, se convierte en un don para sus hermanos, los hombres, porque se convierte en un permanente intercesor ante la Trinidad, pidiendo por su conversión y su salvación; y ante los hombres, se convierte en un don de la Trinidad, porque el monje no es el producto de una auto-realización al estilo gnóstico, sino un alma elegida por las Tres Divinas Personas, entre cientos de miles, para establecer con ella una relación de vida y amor de privilegio, reservada a muy pocos, para que sean, precisamente, faros de la luz y del amor trinitarios en medio de un mundo sumergido en las “tinieblas de muerte” (cfr. Lc 1, 68-79) y acechado por las sombras vivientes, los ángeles caídos.
La vida de San Antonio abad -la vida monacal, vida de oración, de penitencia, sacrificio, de ayuno, de caridad-, es, entonces, en nuestro siglo XXI -un siglo dominado por la tecnología, el racionalismo y el cientificismo, por un lado, y por otro, por la espiritualidad mágica e irracional de la Nueva Era-, un faro de luz que ilumina, con la luz de Jesucristo, que es la luz eterna de la Trinidad, la luz de la Jerusalén celestial, las tinieblas más densas que jamás hayan conocido la humanidad, a la vez que señala y anticipa ya desde esta vida, otra vida, una vida gloriosa, la vida en la eterna bienaventuranza: la vida feliz en la contemplación de la Santísima Trinidad, en el Reino de los cielos.




[1] http://www.corazones.org/santos/antonio_abad.htm
[2] Cfr. ibidem.