San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

martes, 30 de septiembre de 2014

Santa Teresita del Niño Jesús y de la Santa Faz


         Santa Teresita del Niño Jesús tenía una gran devoción a la Santa Faz de Jesús, al punto que su nombre de religiosa era “Sor Teresa de Jesús y de la Santa Faz”, y como parte del amor y de su devoción, rezaba con frecuencia esta oración: “Oh Jesús, en Vuestra amarga Pasión, habéis sido el “Reproche de los hombres y el Hombre del Dolor”. Venero vuestra Santa Faz en la cual ha resplandecido la belleza y la mansedumbre de Vuestra Divinidad. En esas facciones tan desfiguradas, reconozco Vuestro Amor infinito; y anhelo amaros y haceros amar… ¡Concededme la dicha de contemplar Vuestra gloriosa Faz en el Cielo!”.
         Para poder comprender el amor que la atraía a Santa Teresita a la Santa Faz de Jesús, podemos detenernos un poco en la devoción que también experimentaba al Divino Rostro, otra religiosa, llamada Josefina de Micheli, cuyo nombre de religiosa, en la Congregación de las Hijas de la Inmaculada Concepción, fue el de “Sor María Pierini”. La devoción y el amor a la Santa Faz en Sor María Pierini comenzó a la edad de 12 años, en la Iglesia Parroquial de San Pedro in Sala, Milán, cuando el Viernes Santo, oyó una voz que le dijo: “¿Ninguno me da un beso de amor en el rostro, para reparar el beso de Judas?”.
         En su inocencia de niña, creyó que todos habían oído la voz, y observó con gran pena cómo todos continuaban, como es la costumbre del Viernes Santo, besando las llagas, pero no el Rostro de Jesús. Dentro de su corazón, exclamó: “¡Oh, Jesús, ten paciencia!”. Y cuando llegó su turno, le dio un beso en el Rostro con todo el ardor de su corazón. Ya de novicia, en la noche del Jueves al Viernes Santo de 1915, mientras hace oración delante del crucifijo, oye que le dice: “Bésame”. Sor Pierina obedece, y sus labios, en lugar de posarse sobre un rostro de yeso, sienten el contacto del verdadero Rostro de Jesús. Al día siguiente, siente en su corazón los padecimientos de Jesús y el deseo de reparar los ultrajes que recibió en su Rostro y también los que recibe cada día en el Santísimo Sacramento del altar. El 12 de abril de 1920, en la Casa Madre de Buenos Aires, Jesús se le presenta ensangrentado, con expresión de amargura y de dolor, “que jamás olvidaré”, y le dice: “Y Yo, ¿qué hice?”. Sor María Pierina comprende y a partir de entonces el Divino Rostro se vuelve su libro de meditación y la puerta de entrada al Sagrado Corazón. Con el tiempo, crece en ella el deseo de sufrir y de inmolarse por la salvación de las almas. En la oración nocturna del primer Viernes de Cuaresma de 1936, Jesús, después de haberla hecho partícipe de los dolores espirituales de la agonía de Getsemaní, con el rostro velado por la sangre y con profunda tristeza le dice: “Quiero que mi Rostro, el cual refleja las penas íntimas de mi ánimo, el dolor y el amor de mi Corazón, sea más honrado. Quien me contempla, me consuela”.
         El Martes de Pasión, Jesús le vuelve a decir: “Cada vez que se contemple mi Rostro, derramaré mi amor en los corazones y por medio de mi Divino Rostro, se obtendrá la salvación de tantas almas”.
         En 1937, mientras oraba, y “después de haberme instruido en la devoción de su Divino Rostro”, le dijo: “Podría ser que algunas almas teman que la devoción a mi Divino Rostro, disminuya aquella de mi Corazón. Diles que al contrario, será completada y aumentada. Contemplando mi Rostro las almas participarán de mis penas y sentirán el deseo de amar y reparar. ¿No es ésta, tal vez, la verdadera devoción a mi Corazón?”.
         En mayo de 1938, mientras reza, se presenta sobre la tarima del altar, en un haz de luz, una bella Señora: tenía en sus manos un escapulario, formado por dos paños blancos unidos por un cordón. Un paño llevaba la imagen del Divino Rostro de Jesús y escrito alrededor: Ilumina Domine Vultum Tuum super nos; la otra, una Hostia circundada por unos rayos y con la inscripción: Mane Nobiscum Domine. Lentamente se acerca y le dice: “Escucha bien y refiere al Padre Confesor. Este escapulario es un arma de defensa, un escudo de fortaleza, una prueba de misericordia que Jesús quiere dar al mundo en estos tiempos de sensualidad y de odio contra Dios y la Iglesia. Los verdaderos apóstoles son pocos. Es necesario un remedio divino y este remedio es el Divino Rostro de Jesús. Todos aquellos que lleven un escapulario como éste y hagan, si es posible, una visita cada martes al Santísimo Sacramento, para reparar los ultrajes que recibió el Divino Rostro de Jesús durante su Pasión y que recibe cada día en la Eucaristía, serán fortificados en la fe, prontos a defenderla y a superar todas las dificultades internas y externas. Además, tendrán una muerte serena bajo la mirada amable de mi Divino Hijo”.
         Luego se le apareció Jesús, manando Sangre de su Rostro y con mucha tristeza, y le dijo: “¿Ves cómo sufro? Y sin embargo, de poquísimos soy comprendido. ¡Cuántas ingratitudes de parte de aquellos que dicen amarme! He dado mi Corazón como objeto sensibilísimo de mi gran amor por los hombres y doy mi Rostro como objeto sensible de mi dolor por los pecados de los hombres: quiero que sea honrado con una fiesta particular el martes de la Quincuagésima, fiesta precedida de una novena en la que todos los fieles reparen conmigo, uniéndose a la participación de mi dolor”. En 1939, le dice: “Quiero que mi Rostro sea honrado de modo particular el martes”.
         La devoción y el amor a la Santa Faz, tanto de Santa Teresita como de Sor Pierina –y la de muchísimos santos-, se explica si se tiene en cuenta que Dios, que “es Amor”, es Invisible, y se hace visible y adquiere un Cuerpo y un Rostro en Cristo Jesús y que, por lo tanto, al contemplar el Rostro de Jesús, no se está contemplando el rostro de un hombre cualquiera, sino el Rostro del Hombre-Dios, el cual, por lo tanto, emana el Amor mismo de Dios y es lo que hace que quien contemple la Santa Faz, quede fascinado y atrapado por la hermosura del Ser trinitario que en la Santa Faz se refleja. En otras palabras, puesto que Jesús no es un hombre más entre tantos, sino el Hombre-Dios, Dios Hijo encarnado, la contemplación del rostro de Jesús no es la contemplación de un rostro humano cualquiera, sino la contemplación del Rostro mismo de Dios, de un Dios que es Invisible, que es Amor y que es la Majestad y la Gloria en sí misma, y que por lo mismo que se ha encarnado, se ha hecho visible y ha hecho visible su Amor, su Majestad y su Gloria, por lo que contemplar el Rostro Divino de Jesús, es contemplar al Dios Invisible, al Dios Amor, al Dios de majestad infinita, al Kyrios, al Dios de la Gloria, al Dios que nos ofrece su Sagrado Corazón traspasado en la cruz.
         Pero si esto es lo que sucede de parte de Dios, por la Encarnación, por parte del hombre, se da el mysterium iniquitatis, el “misterio de la iniquidad” (2 Tes 2, 7), misterio por el cual, ese Rostro hermosísimo de Dios, resplandeciente de Gloria, de Amor y de Majestad divinas, se ve cubierto de ignominia y de oprobio, porque los hombres lo insultan, lo cubren de salivazos, de escupitajos, de bofetadas, de trompadas, de cachetazos, de hematomas, de rasguños; a ese Divino Rostro, resplandeciente de Gloria y majestad divinas, los hombres lo bañan de Sangre, cuando coronan la Sagrada Cabeza con la corona de espinas, haciendo caer un río de Sangre sobre la Santa Faz, inundando sus ojos, sus oídos, su nariz, su boca; a ese Divino Rostro, los hombres lo cubren de insultos, de gritos, de blasfemias, de amenazas de muerte, de injurias, de maldiciones, de imprecaciones, de gritos de odio contra Dios y su Elegido. Y ésa es la razón por la cual Jesús pide reparación a Sor Pierina, y es la razón de la oración de Santa Teresita: “…en Vuestra amarga Pasión, habéis sido el “Reproche de los hombres y el Hombre del Dolor”.
         Al Amor de Dios, manifestado en la Encarnación y en la manifestación visible de su Amor en la Santa Faz, el hombre le responde con el odio deicida del misterio de la iniquidad, que busca destruir el Divino Rostro, crucificándolo y dándole muerte de cruz.
Por último, hay otro aspecto en la devoción a la Santa Faz, y es la relación que tiene con la Eucaristía: los ultrajes que recibe en el Rostro, son los ultrajes que recibe en la Eucaristía, porque el Divino Rostro está Presente, vivo y glorioso, irradiando Luz, Gloria, majestad, paz y Amor en la Eucaristía, pero al mismo tiempo, este Divino Rostro, en el Santísimo Sacramento, está también recibiendo, tal como les enseñara el Ángel de Portugal a los Pastorcitos en Fátima, los “continuos ultrajes, sacrilegios e indiferencias”, y es “horriblemente ultrajado” por los “hombres ingratos”. Esto es lo que explica que las reparaciones que se hacen a los ultrajes al Divino Rostro, sirven para reparar los ultrajes que recibe en la Eucaristía, tal como se lo hace ver la Virgen a Sor Pierina, cuando le revela el escapulario que lleva la Santa Faz: “Todos aquellos que lleven un escapulario como éste (…) hagan, si es posible, una visita cada martes al Santísimo Sacramento, para reparar los ultrajes que recibió el Divino Rostro de Jesús durante su Pasión y que recibe cada día en la Eucaristía”.


domingo, 28 de septiembre de 2014

San Jerónimo y la clave de la felicidad, para esta vida y para la vida eterna



¿Es posible que San Jerónimo, un asceta que vivió entre los siglos III y IV, es decir, en una época de la humanidad en la que no existían ninguno de los grandes inventos de los que hoy disfrutamos a diario, posea el secreto de la felicidad para todos los hombres de todos los tiempos? ¿Y que esa felicidad sea tan duradera, que se extienda desde esta vida hasta la vida eterna?
Sí, y no solo es posible, sino que es verdadero, es decir, San Jerónimo posee, efectivamente, la clave de la felicidad, para todo hombre, para esta vida y para la eterna, y veamos porqué.
San Jerónimo decía que no era posible “ignorar a la Escritura”, porque hacerlo equivalía a “ignorar a Cristo”: “Ignorar la Escritura es ignorar a Cristo”. Esto mismo lo llevaba a preguntarse cómo era posible vivir sin la Palabra de Dios Escrita, que es la Biblia, porque la Palabra de Dios Escrita es Cristo y Cristo es “la vida de los creyentes”: “¿Cómo es posible vivir sin la ciencia de las Escrituras, a través de las cuales se aprende a conocer al mismo Cristo, que es la vida de los creyentes?”.
         San Jerónimo, entonces, se asombraba de que hubiera cristianos que pudieran vivir sin alimentarse de la Palabra de Dios, puesto que la Palabra de Dios Escrita, esto es, la Escritura, es Cristo, y Cristo es la Vida Increada en sí misma y la fuente de toda vida creada y participada, y así es la vida, la gloria y el honor del hombre y por eso advertía: “Cumplo con mi deber, obedeciendo los preceptos de Cristo, que dice: ‘Estudiad las Escrituras’, y también: ‘Buscad, y encontraréis’, para que no tenga que decirme, como a los judíos: ‘Estáis muy equivocados, porque no comprendéis las Escrituras ni el poder de Dios’. Pues, si, como dice el apóstol Pablo, ‘Cristo es el poder de Dios y la sabiduría de Dios’, y el que no conoce las Escrituras no conoce el poder de Dios ni su sabiduría, de ahí se sigue que ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo”[1].
Ahora bien, siguiendo el consejo de San Jerónimo de  conocer las Escrituras, este conocimiento de las Escrituras, debe entonces conducirnos necesariamente a amar a Jesús en la Eucaristía y a alimentarnos del Pan eucarístico, porque quien conoce la Escritura, conoce que en Ella, Cristo dice de sí mismo: “Yo Soy el Pan Vivo bajado del cielo” (Jn 6, 51); quien conoce las Escrituras, conoce que Cristo dice de sí mismo: “Mi Carne es verdadera comida y mi Sangre es verdadera bebida” (Jn 6, 55); quien conoce las Escrituras, conoce que Cristo dice: “Quien come mi Carne y bebe mi Sangre, tiene vida eterna (…) permanece en Mí y Yo en él” (Jn 6, 56); quien conoce las Escrituras, conoce que Cristo dice, en la Última Cena: “Tomen y coman, Éste es mi Cuerpo…, Tomen y beban, Ésta es mi Sangre” (Mt 26, 26-30).
Por eso es que, al igual que San Jerónimo, que se preguntaba cómo era posible vivir sin la ciencia de las Escrituras, y que ignorarlas era ignorar a Cristo, porque la Escritura es la Palabra de Dios Escrita, también nosotros deberíamos preguntarnos: ¿cómo es posible vivir sin la Eucaristía, que es la Palabra encarnada? ¿Cómo es posible vivir sin la ciencia de la Eucaristía, puesto que ignorar la Eucaristía es ignorar a Cristo, que es la Palabra encarnada, viva, gloriosa y resucitada, Presente con todo el poder y la gloria de Dios, que se nos dona cada vez en la comunión, para comunicarnos su Amor?
Y a su vez, el que tenga la ciencia de la Eucaristía, acudirá a la Santa Misa, y allí será inmensamente feliz, porque allí recibirá la Nueva Bienaventuranza, la que proclama la Santa Madre Iglesia, desde el Nuevo Monte de las Bienaventuranzas, el altar eucarístico: “Bienaventurados los invitados al Banquete celestial; bienaventurados los que se alimentan del Pan Vivo bajado del cielo, Jesucristo, la Palabra de Dios encarnada, viva y gloriosa, resucitada, Presente en Persona en la Eucaristía”[2].
Esta es la razón por la que afirmamos que San Jerónimo posee la clave de la felicidad para todo hombre, de todo tiempo, y para una felicidad que no se termina en esta tierra, sino que continúa hasta la vida eterna: porque San Jerónimo nos conduce, por la lectura de la Palabra de Dios Escrita, por la Sagrada Escritura, a la Palabra de Dios Encarnada, gloriosa y resucitada, que nos dona todo su Amor, Jesús. Dios Eterno, en la Eucaristía.




[1] Del prólogo al comentario de san Jerónimo sobre el libro del profeta Isaías, Nums. 1.2.
[2] Cfr. Misal Romano.

Fiesta de los Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael


Podemos determinar cuál es la función de los Santos Arcángeles en nuestras vidas, según el desempeño de estos Santos Arcángeles en las Escrituras.

De San Miguel Arcángel –que significa “Quién como Dios”-, principalmente, se habla en el Apocalipsis, en donde se narra su glorioso triunfo a las órdenes de Dios, comandando al ejército celestial, que derrotó y expulsó del cielo a la Antigua Serpiente y a sus inmundas huestes, luego de la rebelión angélica: “Se desató entonces una guerra en el cielo: Miguel y sus ángeles combatieron al dragón; éste y sus ángeles, a su vez, les hicieron frente, pero no pudieron vencer, y ya no hubo lugar para ellos en el cielo. Así fue expulsado el gran dragón, aquella serpiente antigua que se llama Diablo y Satanás, y que engaña al mundo entero. Junto con sus ángeles, fue arrojado a la tierra” (Ap 12, 7-9).

El Arcángel San Miguel, por lo tanto, nos asiste en esta vida en nuestra lucha diaria contra “los principados y las potestades de los cielos” (Ef 6, 12-14), los demonios, que habiendo perdido la batalla en el cielo luego de combatir contra San Miguel Arcángel, y habiendo sido precipitados “como un rayo” (cfr. L c 10, 18)hacia la tierra, vagan por el mundo “como un león rugiente, buscando a quien devorar” (1 Pe 5, 8), haciendo la guerra a los hijos de la luz, a los hijos de Dios y de la Virgen, porque desde su caída de los cielos, Dios puso “enemistad entre la Serpiente y los hijos de la Mujer” (Gn 3, 15), es decir, los hijos de la Virgen. 



Y San Miguel Arcángel, así como, bajo las órdenes de Dios, expulsó al demonio del cielo, así también, bajo las órdenes del Hombre-Dios Jesucristo, Rey de los Ángeles, y bajo las órdenes de la Madre de Dios, Reina de los ángeles, expulsará al demonio de nuestras vidas y las de nuestros seres queridos, para que libres de las acechanzas de la Antigua Serpiente, vivamos los días de nuestra vida terrena en alabanza y en adoración al Cordero de Dios, Jesús Eucaristía, como anticipo de la adoración que le tributaremos en el Reino de los cielos. Ésa es entonces la tarea de San Miguel Arcángel.


Con respecto al Arcángel San Gabriel –que significa “Mensajero de Dios”-, de él se habla en el glorioso pasaje de la Anunciación y Encarnación del Verbo de Dios: “Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo: ‘Salve, llena de gracia, el Señor está contigo’. Ella se conturbó por estas palabras, y preguntaba qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: ‘No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios. Vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin’. María respondió al ángel: ‘¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón? El ángel le respondió: ‘El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios... Dijo María: ‘He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.' Y el ángel dejándola se fue’. (Lc 1, 26-38).


Por su relación con la Santísima Virgen María, el Arcángel San Gabriel nos asiste en esta vida para que amemos a la Virgen como Madre de Dios y también como a nuestra Madre celestial, y también nos asiste para que la imitemos a la Virgen por la gracia santificante, para que, a igual que la Virgen, que fue concebida como la Inmaculada Concepción y llena del Espíritu Santo, con el fin de recibir el Cuerpo, la Sangre, el Alma, la Divinidad, es decir, su Hijo Jesús, la Eucaristía, también nosotros recibamos a su Hijo Jesús en la Eucaristía –su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad-, y el modo más perfecto de hacerlo, es imitando a la Virgen en su pureza virginal, lo cual lo logramos por medio de la gracia –alma pura- y con la castidad o la virginidad –cuerpo puro-. Para eso es que tenemos que imitarla a la Virgen, para que seamos puros para recibir a Jesús en la Eucaristía, con un cuerpo puro –castidad, virginidad- y con el alma en gracia, y esa es la tarea que realiza en nosotros el Arcángel San Gabriel.



Con respecto al Arcángel San Rafael, que significa “Medicina de Dios”, algunas de sus palabras en la Escritura son: “Bendecid a Dios y glorificadle. Habéis hecho el bien y nada malo os pasará. Por eso me envió Dios a curarte a ti. Yo soy Rafael, uno de los siete santos ángeles que presentamos las oraciones de los justos” (Tb 12, 15). 


Puesto que el Arcángel San Rafael asiste a Tobías, joven justo y piadoso, que ama a Dios, obra la misericordia y ama a sus padres y a su esposa, la tarea del Arcángel San Rafael en esta vida es asistirnos para que, al igual que Tobías, crezcamos en el amor a Dios y en el amor a los padres, obremos las obras de misericordia para con  los más necesitados y cumplamos nuestro deber de estado con la perfección y el amor propio de los hijos de Dios, ya que esa es la manera más perfecta de bendecir y glorificar a Dios con nuestras vidas, en el tiempo, para luego hacerlo por toda la eternidad, en compañía de los Santos Arcángeles, Miguel, Gabriel y Rafael.
Los Santos Arcángeles, entonces, tienen asignada, por la Divina Providencia, la función de perfeccionarnos en todos los órdenes de la vida, para que cumplamos el pedido de Jesús, de "ser perfectos, como el Padre celestial es perfecto" (cfr. Mt 5, 48): nos asisten en nuestra lucha contra el Ángel caído, que quiere nuestra perdición; nos asisten en nuestro deber de amor, de obrar las obras de misericordia, corporales y espirituales, y de amar a nuestros padres y, finalmente, lo más importante, nos asisten en nuestra tarea de imitar a la Madre de Dios en su pureza de cuerpo y alma, ayudándonos a que vivamos en estado de gracia santificante para que, a semejanza de la Virgen en la Anunciación, recibamos, por la comunión eucarística, con un cuerpo puro y con un alma pura, al Verbo de Dios hecho carne, es decir, el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo.

viernes, 26 de septiembre de 2014

San Vicente de Paúl y el amor al prójimo como imagen viviente de Dios Encarnado


         San Vicente de Paúl se caracterizó por sus obras de misericordia corporales, especialmente las que se destinaban a la atención de los más necesitados e indigentes y para ello fundó la Congregación de la Misión, destinada a la formación del clero y también al servicio de los pobres y con la ayuda de santa Luisa de Marillac, fundó con ese mismo fin,la Congregación de Hijas de la Caridad. Esta predilección especial por los más carenciados se puede apreciar en algunas de sus frases: “Al servir a los Pobres se sirve a Jesucristo”[1]; “Por consiguiente, debe vaciarse de sí mismo para revestirse de Jesucristo”[2]; “No me basta con amar a Dios, si no lo ama mi prójimo”[3]; “¡Cómo! ¡Ser cristiano y ver afligido a un hermano, sin llorar con él ni sentirse enfermo con él! Eso es no tener caridad; es ser cristiano en pintura”[4]; “Si se invoca a la Madre de Dios y se la toma como Patrona en las cosas importantes, no puede ocurrir sino que todo vaya bien y redunde en gloria del buen Jesús, su Hijo...”[5]; “No puede haber caridad si no va acompañada de justicia”[6]; “Nada más grande que un sacerdote a quien Dios de todo poder sobre su Cuerpo natural y su Cuerpo místico”[7].  Sin embargo, no hay que pensar que estas eran frases vacías, ni dichas para la posteridad en discursos académicos; tampoco fueron pronunciadas en salones de té, o en ruedas de amigos, sino que fueron vividas por San Vicente de Paúl en su vida diaria y practicadas con el ejemplo.
         ¿Por qué se dedicó San Vicente de Paúl con tanto empeño a hacer obras de caridad? Porque San Vicente de Paúl entendió, con sabiduría sobrenatural, que era imposible la salvación, sin amar al prójimo, y sobre todo al prójimo más necesitado. San Vicente de Paúl entendió que lo que Jesús les reprochaba a los fariseos, que eran los hombres religiosos de su tiempo, no era su dedicación a la religión, sino que habían vaciado a la religión de su esencia, el amor y la misericordia, porque se habían apegado a los ritos inventados por los hombres, y se habían olvidado de la compasión, de la caridad, de la misericordia y del amor. San Vicente de Paúl comprendió que no se podía ser religiosos, es decir, ser cristianos, si no se vivía, de modo concreto, el amor al prójimo, y por eso mismo, llevó a la práctica, con obras concretas de misericordia, lo que Jesús dijo en el Evangelio, quien condicionó nuestra entrada en el Reino de los cielos, a nuestro amor de caridad para con nuestros hermanos más necesitados: “Venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; estuve enfermo y me socorristeis; estuve preso y me visitasteis…” (Mt 25, 31-40). Que es también lo mismo que dice el evangelista Juan: “Quien dice que ama a Dios a quien no ve, pero no ama a su prójimo, a quien ve, es un mentiroso” (1 Jn 4, 20).
         Nuestro prójimo es doblemente importante para nuestra salvación: primero, porque es “imagen  y semejanza de Dios”, porque fue creado a su imagen y semejanza, según el Génesis -y en la libertad y el amor está esa semejanza-, pero además, desde la Encarnación del Verbo, cada prójimo es imagen viviente de Dios encarnado, y Dios encarnado, en cierta manera, inhabita en cada prójimo y sobre todo, en el prójimo más desamparado y necesitado, y por eso, todo lo que hacemos a nuestro prójimo, en el bien y en el mal, se lo hacemos a Dios encarnado, que en él inhabita, y Dios nos lo devuelve al infinito, en el bien o en el mal. Esto lo comprendió muy bien San Vicente de Paúl, iluminado por la Sabiduría Divina y, movido por el Divino Amor, se decidió a socorrer a todas las imágenes vivientes de Dios encarnado que encontraba, deambulando en las calles, ateridas de frío, desamparadas, sin nada para comer, expuestas a los más grandes peligros, abandonadas por sus seres queridos y por la sociedad  y, con mucha frecuencia, por quienes ocupan bancos en las Iglesias. Que la conmemoración de San Vicente de Paúl nos recuerde que la religión no es recitar oraciones mecánicamente con los labios, sino elevar plegarias desde lo más profundo del corazón y acompañar esas plegarias con obras de misericordia, corporales y espirituales, atendiendo a los cristos sufrientes del camino, y que sólo así se gana el cielo.




[1] C. IX, 252.
[2] C. XI 342.
[3] C. XII, 262.
[4] CXII, 271.
[5]  C.XIV, 126.
[6] C. II, 54.
[7] http://www.corazones.org/santos/vicente_paul.htm

domingo, 21 de septiembre de 2014

San Padre Pío de Pietrelcina y el significado de sus estigmas


Además de su vida de santidad extraordinaria y de los asombrosos milagros de todo tipo realizados –tanto en vida terrena como luego de su muerte-, lo que más se destaca en el Padre Pío de Pietrelcina, son sus estigmas, es decir, las llagas visibles que llevó durante muchos años, hasta su muerte. El Padre Pío es el primer sacerdote estigmatizado de la historia, porque hasta él, solo había recibido los estigmas visiblemente San Francisco de Asís, pero San Francisco no era sacerdote, sino hermano religioso. Otros santos recibieron los estigmas, como Santa Gemma Galgani, aunque de un modo invisible y no visible, como el Padre Pío. El hecho de que fueran visibles, nos lleva a preguntarnos por su significado y el significado es el de la participación en la Pasión de Jesús. En efecto, si bien Jesús, el Hombre-Dios, ya cumplió su misterio pascual de Muerte y Resurrección, y por lo tanto, ascendió a los cielos y allí se encuentra, vivo, glorioso y resucitado, y ya no muere más, sin embargo, su Pasión continúa en su Cuerpo Místico, los bautizados en la Iglesia Católica, hasta el fin de los tiempos. Así lo afirma el Magisterio de la Iglesia por la voz del Papa Pío XI: “La pasión expiadora de Cristo se renueva y en cierto modo se continúa y se completa en el Cuerpo místico, que es la Iglesia”[1] (…) “aunque la copiosa redención de Cristo sobreabundantemente ‘perdonó nuestros pecados’[2] (…) por (…) admirable disposición de la divina Sabiduría (…) ha de completarse en nuestra carne lo que falta en la pasión de Cristo por su cuerpo que es la Iglesia[3] (por lo tanto), a las oraciones y satisfacciones ‘que Cristo ofreció a Dios en nombre de los pecadores’ podemos y debemos añadir también las nuestras”[4].



Esto lo pide también la Iglesia en la Liturgia de las Horas, cuando en las preces reza para que “los fieles vean en sus enfermedades y tribulaciones una participación en la Pasión de Jesús”[5]. En la misma Misa del Padre Pío se pide, en la Oración Colecta, que los fieles nos asociemos "a los sufrimientos de Cristo", para luego participar de su Resurrección" (cfr. Misal Romano, pág. 757, Edición Típica Latina). Por eso, aun cuando no llevemos las llagas visiblemente, como el Padre Pío, ni tampoco invisiblemente, como Santa Gemma Galgani, todos los cristianos, todos los bautizados, estamos llamados a unirnos -con nuestras existencias cotidianas y comunes-, a la Pasión de Jesús, ofreciendo nuestras vidas de todos los días, nuestros sufrimientos, nuestras tribulaciones, nuestras enfermedades, nuestras derrotas y fracasos, pero también nuestras alegrías y nuestros triunfos, grandes o pequeños, y todo lo debemos ofrecer a Jesús, al pie de la cruz, por manos de la Virgen, porque la Virgen está de pie, al lado de la cruz de su Hijo Jesús. Y si lo debemos ofrecer al pie de la cruz, no hay otro momento y lugar más adecuado para hacerlo, que la Santa Misa, porque la Santa Misa es la renovación incruenta del Santo Sacrificio del Calvario. Es ahí entonces, en donde debemos, con toda la intensidad de la que es capaz nuestro amor, de elevar nuestras oblaciones y ofrecimientos a Jesús crucificado y a la Virgen que está al pie de la cruz, diciéndole a Jesús, por medio de la Virgen: “Señor, que seas carne en mi carne, alma en mi alma, para que todo aquel que me vea, te vea, me oiga, te oiga. Amén”.
La conmemoración del Padre Pío, entonces, nos debe recordar que, como miembros del Cuerpo Místico de Jesús, estamos llamados a participar de su Pasión y que, por lo tanto, debemos unirnos a Él en su cruz, en la Santa Misa, ofreciéndole en oblación toda nuestra vida y todo nuestro ser, en el tiempo, para la eternidad.





[1] Cfr. Miserentissimus Redemptor, n. 11.
[2] Col 2, 13.
[3] Col 2, 24.
[4] http://www.vatican.va/holy_father/pius_xi/encyclicals/documents/hf_p-xi_enc_08051928_miserentissimus-redemptor_sp.html
[5] Cfr. Liturgia de las Horas.

viernes, 19 de septiembre de 2014

San Andrés Kim Taegon y compañeros mártires


         Las palabras de los mártires, pronunciadas en los instantes previos antes de morir, tienen un enorme valor, porque son palabras inspiradas por el Espíritu Santo, y deben tenerse como tales, y como inspiradas por el Espíritu Santo, como venidas del mismo Espíritu de Dios, deben ser escuchadas, meditadas en el corazón, guardadas, custodiadas como un tesoro de valor inapreciable, inestimable, incalculable, con más celo que un avaro custodia sus monedas de oro. Un mártir, antes de morir, está asistido por el Espíritu Santo, y esto se puede comprobar por muchos indicios, uno de los cuales, es la extraordinaria y sobrenatural fortaleza, que los lleva a soportar la extrema ferocidad con la que los verdugos se ensañan contra ellos; una ferocidad que no se explica por meros apasionamientos humanos, sino por la incitación demoníaca, que busca hacer apostatar al mártir, es decir, lo que busca el verdugo con sus torturas es que el mártir reniegue de la fe en Jesucristo, porque ése es el objetivo del Demonio, pero como el mártir está asistido por el Espíritu Santo, es el Espíritu Santo el que le concede ya, como anticipo, una fortaleza sobrehumana, como un anticipo de la glorificación del cuerpo que el mártir recibirá como premio en los cielos, y es así que provocan admiración, a los mismos verdugos y ejecutores de las torturas y penas de muertes, la entereza y la serenidad de ánimo, e incluso hasta la alegría, con la cual los mártires soportaban las crudelísimas torturas a las que los sometían, hasta provocarles la muerte. Por ejemplo, entre los que acompañaban a San Andrés Kim Taegon, está un niño de 13 años, Pedro Ryou, a quien le destrozaron la piel de tal manera que podía tomar pedazos de ella y tirarla a los jueces[1]; a Columba Kim, soltera de 26 años, la quemaron con herramientas calientes y carbones y finalmente la decapitaron; y como estos, miles de ejemplos más, que muestran claramente que es imposible que los mártires soporten con sus solas fuerzas naturales la brutal agresión de los verdugos y que su fortaleza física no tiene otra explicación que un origen celestial.
Pero más que la fortaleza física, lo que asombra son el amor y la sabiduría sobrenatural que demuestran los mártires, signos ambos, más que elocuentes, también de la inhabitación en sus almas, del Espíritu Santo. Con respecto a San Andrés Kim Taegon, sus últimas palabras, dichas con serenidad y valentía, antes de ser decapitado, fueron: “¡Ahora comienza la eternidad!”. Estas palabras nos sirven para nosotros, hombres del siglo XXI, porque nuestro siglo, caracterizado por el materialismo, el relativismo, el ateísmo y el hedonismo, nos ha llevado a olvidar, precisamente, que existe una eternidad que nos espera; nos ha llevado a pensar que esta vida es para siempre, con su materialismo, con su dinero, con sus placeres mundanos, y como esta vida está llena de miserias, de rapiña, de codicia y de toda clase de cosas bajas y mundanas, nuestro corazón, al olvidarse que le espera un destino de eternidad –que puede ser en el amor o en el dolor-, se olvida de la eternidad y se aferra a la tierra, a la materia, al tiempo, a las cosas, al dinero, a lo que es caduco, a lo que se pudre y se descompone, a lo que no da ni puede dar, nunca jamás -porque no la tiene-, la felicidad.
“¡Ahora comienza la eternidad!”. Que las últimas palabras de San Andrés Kim Taegon, inspiradas por el Espíritu Santo, no encuentren en nosotros una tierra reseca por el sol ardiente, cubierta de espinas y de piedras, sino una tierra fértil, en donde germine y de fruto del ciento por uno, frutos de vida eterna. Que estas palabras nos ayuden a despegarnos de lo caduco y temporal, y nos hagan fijar la vista en lo que es eterno y que, siendo eterno, está en nuestro tiempo: la Eucaristía, porque la Eucaristía es Cristo, Dios Eterno e inmortal.




[1] http://www.corazones.org/santos/andrew_kim_taegon.htm

jueves, 18 de septiembre de 2014

San Jenaro, obispo y mártir


         San Jenaro fue martirizado por la secta de los arrianos, por defender la fe del Concilio de Nicea[1]; en ese Concilio, se afirmaba la divinidad de Jesucristo, porque se sostenía la misma fe de los Apóstoles, en la que se afirmaba que Jesús era “de la misma substancia –divina- que Dios Padre”, y que era “engendrado” y “no creado”, es decir, se afirmaba claramente que Jesús no era una “creatura”. Así decía el texto del Concilio de Nicea, por el cual San Jenaro dio su vida: “Creemos en un solo Dios, Padre Todopoderoso, Creador de todas las cosas visibles e invisibles; y en un solo Señor Jesucristo, el unigénito del Padre, esto es, de la sustancia [ek tes ousias] del Padre, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre [homoousion to patri]”. También este Concilio rechazaba todas las teorías que negaban la divinidad de Jesucristo: “Aquellos que dicen: hubo un tiempo en el que Él no existía, y Él no existía antes de ser engendrado; y que Él fue creado de la nada (ex ouk onton); o quienes mantienen que Él es de otra naturaleza o de otra sustancia [que el Padre], o que el Hijo de Dios es creado, o mudable, o sujeto a cambios, [a ellos] la Iglesia Católica los anatematiza”[2]
       Este Concilio de Nicea fue tan importante, que la Iglesia tomó el Credo que el Concilio redactó y lo incorporó al Misal y es el que rezamos todos los domingos; en él afirmamos nuestra fe en Jesucristo como Dios Hijo encarnado, como “Dios de Dios”, como Dios Hijo que proviene de Dios Padre: por eso en el Credo de los domingos  rezamos el Credo de Nicea, el que le costó la vida a San Jenaro, diciendo: “Dios de Dios, Luz de Luz, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre”.
         Como estaba iluminado por el Espíritu Santo, San Jenaro sabía muy bien que no es indistinto afirmar que “Cristo es Dios”, tal como lo sostiene la Iglesia, a decir: “Cristo no es Dios”, porque si decimos que Cristo no es Dios, entonces, nada de nuestra fe tiene sentido. Si Cristo no es Dios, entonces la Eucaristía es solo un pancito bendecido, los pecados no se perdonan en la confesión, el matrimonio no es indisoluble, no hay resurrección de los muertos, y el Infierno es el destino final e irreversible de todo hombre que nace en esta tierra, por lo que la desesperación y el sinsentido deberían dominar toda la vida del ser humano. Sin embargo, San Jenaro, al morir mártir por la fe del Concilio de Nicea, negando la herejía arriana, que sostenía falsamente que Jesús no era Dios sino una creatura, perfecta, eso sí, pero solo una creatura, nos confirma en la fe verdadera, la fe de los Apóstoles, la fe de la Santa Iglesia Católica: Jesucristo de Nazareth es Dios Hijo encarnado, que se hace hombre sin dejar de ser Dios, para perdonarnos nuestros pecados, por medio de la oblación de su Cuerpo y de su Sangre, de su Alma y de su Divinidad, en el Santo Sacrificio de la Cruz, y renueva, de modo incruento, ese sacrificio, en el Santo Sacrificio del Altar, la Santa Misa, y porque Cristo es Dios, los católicos creemos firmemente que la Eucaristía es el mismo Jesús, Dios Hijo en Persona, y no un pan bendecido; creemos que hay perdón de los pecados en la confesión sacramental; creemos que el matrimonio es indisoluble; creemos que hay resurrección de los muertos y creemos que el Infierno ha sido vencido, de una vez y para siempre, por Cristo en la cruz, y que por lo tanto el Infierno no es el destino irreversible de la humanidad, sino solo de aquellos que “libremente elijan morir en pecado mortal”[3], ya que Jesús nos ha abierto las puertas del cielo, de par en par, con su sacrificio en cruz, para todo aquel que quiera seguirlo por el camino de la cruz.
         El testimonio martirial de San Jenaro es un faro de luz divina en medio de las tinieblas del siglo en el que vivimos.




[1] Cfr. http://es.catholic.net/santoral/articulo.php?id=521
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, Compendio, n. 212.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Santos Cipriano y Cornelio, mártires


Los Santos Cornelio, Papa, y Cipriano, Obispo, junto a la Virgen y el Niño.
Miniatura del Siglo XVII en un libro de heráldica alemán

San Cipriano, obispo de Cartago, murió decapitado el 14 de septiembre del año 258, durante la persecución del emperador Valeriano. Junto con el Papa Cornelio fueron mártires porque dieron sus vidas y derramaron su sangre, como lo dice el mismo Cipriano en una carta a Cornelio, “confesando el nombre de Cristo”[1]. En el caso de estos santos mártires, la confesión de Cristo revistió características particulares, sobre todo la de San Cipriano, según se puede deducir, al leer las Actas de su martirio. En efecto, de su lectura, se puede constatar que mientras San Cornelio se enfrentó a la herejía de los Novacianos[2], San Cipriano, por el contrario, se caracterizó por defender la Santa Misa, al negarse a quemar incienso a los ídolos.
El testimonio de ambos mártires, pero particularmente el de San Cipriano, es particularmente válido para nuestros días, en el que la Santa Misa, que es la renovación incruenta del Santo Sacrificio del Calvario –por eso se llama “Santo Sacrificio del Altar”- es menospreciada, infravalorada, ultrajada, despreciada, pospuesta, dejada de lado, a cambio de los ídolos del mundo moderno, por la inmensa mayoría de los católicos.
Dice así el Acta de martirio de San Cipriano:
“Juez: “El emperador Valeriano ha dado órdenes de que no se permite celebrar ningún otro culto, sino el de nuestros dioses. ¿Ud. Qué responde?” Cipriano: “Yo soy cristiano y soy obispo. No reconozco a ningún otro Dios, sino al único y verdadero Dios que hizo el cielo y la tierra. A Él rezamos cada día los cristianos”. El 14 de septiembre una gran multitud de cristianos se reunió frente a la casa del juez. Este le preguntó a Cipriano: “¿Es usted el responsable de toda esta gente?” Cipriano: “Si, lo soy”. El juez: “El emperador le ordena que ofrezca sacrificios a los dioses”. Cipriano: “No lo haré nunca”. El juez: “Píenselo bien”. Cipriano: “Lo que le han ordenado hacer, hágalo pronto. Que en estas cosas tan importantes mi decisión es irrevocable, y no va a cambiar”. El juez Valerio consultó a sus consejeros y luego de mala gana dictó esta sentencia: “Ya que se niega a obedecer las órdenes del emperador Valeriano y no quiere adorar a nuestros dioses, y es responsable de que todo este gentío siga sus creencias religiosas, Cipriano: queda condenado a muerte. Le cortarán la cabeza con una espada”. Al oír la sentencia, Cipriano exclamó: “¡Gracias sean dadas a Dios!” Toda la inmensa multitud gritaba: “Que nos maten también a nosotros, junto con él”, y lo siguieron en gran tumulto hacia el sitio del martirio. Al llegar al lugar donde lo iban a matar Cipriano mandó regalarle 25 monedas de oro al verdugo que le iba a cortar la cabeza. Los fieles colocaron sábanas blancas en el suelo para recoger su sangre y llevarla como reliquias. El santo obispo se vendó él mismo los ojos y se arrodilló. El verdugo le cortó la cabeza con un golpe de espada. Esa noche los fieles llevaron en solemne procesión, con antorchas y cantos, el cuerpo del glorioso mártir para darle honrosa sepultura. A los pocos días murió de repente el juez Valerio. Pocas semanas después, el emperador Valeriano fue hecho prisionero por sus enemigos en una guerra en Persia y esclavo prisionero estuvo hasta su muerte”[3].
Como se lee en las Actas de su martirio, San Cipriano se deja decapitar antes que renunciar a la Santa Misa y antes que quemar incienso a los ídolos, es decir, antes que cometer el pecado de apostasía, todo lo contrario a lo que sucede con ingentes masas de católicos, que se inclinan ante los ídolos neo-paganos del mundo de hoy, ídolos presentados por los medios de comunicación masiva y que a pesar de la estridencia de sus gritos; a pesar del volumen ensordecedor de la música que embota el cerebro y los sentidos de quienes los idolatran, y a pesar de las vestimentas y espejos multicolores con los cuales se disfrazan, son ídolos mudos, sordos y ciegos, que prometen una felicidad vana y pasajera, y que esconden, detrás de una sonrisa de cartón, la amargura, la tristeza y el dolor provocados por la ausencia de Dios, porque el objetivo principal de estos ídolos neo-paganos –fútbol, música, espectáculos, deportes, política, y todo lo que el hombre moderno inventa para olvidarse de Dios-, es apartar al hombre del Domingo y de la Santa Misa.
Por este motivo, el Acta del martirio de San Cipriano, es de suma actualidad y valor para nuestros días, en el que la Santa Misa ha sido dejada de lado por estos ídolos neo-paganos, construidos por los medios masivos de comunicación. Al conmemorar a los Santos Cornelio y Cipriano, pidamos por su intercesión, la gracia de no solo rechazar a los modernos ídolos neo-paganos, sino ante todo y en primer lugar, de saber apreciar y amar, cada vez más, la Santa Misa, el Santo Sacrificio del Altar, hasta dar la vida en sacrificio por el Hombre-Dios, que en la Misa se sacrifica por nosotros, entregando su Cuerpo Sacratísimo en la Eucaristía y derramando su Sangre Preciosísima en el Cáliz, para donarnos el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico, cada vez que lo recibimos en la sagrada comunión.



[1] Carta 60, 1-2. 5: CSEL 3,691-692. 694-695.
[2] Doctrina rigorista surgida en el seno de la Iglesia en el siglo III, según la cual se debe negar la absolución a los lapsos, ya que afirma que la Iglesia no puede perdonar a los que renegaron de la fe en la persecución. Esta doctrina rigorista fue perdiendo adeptos hasta desaparecer en el siglo VII.
[3] https://www.ewtn.com/spanish/saints/Cornelio_y_San_Cipriano.htm




jueves, 4 de septiembre de 2014

El significado de las espinas, las llamas y la cruz del Sagrado Corazón de Jesús


         El Sagrado Corazón, el corazón del Hombre-Dios, posee tres elementos, que no están presentes en ningún corazón humano: las espinas, que forman una corona alrededor suyo; el fuego, cuyas llamas lo envuelven, y la cruz, que se yergue, triunfante, en su base.
         ¿Qué significan estos tres elementos?
Las espinas son la materialización de nuestros malos deseos, de nuestros malos  pensamientos, y la realización de nuestras malas obras; es decir, la corona de espinas que rodea al Sagrado Corazón, es la materialización de nuestros pecados, lo cual quiere decir que todo aquello que para nosotros no representa dolor -o, por el contrario, representa placer, como por ejemplo, el placer que provoca la ira homicida en un acto de venganza-, en Jesús, se convierte en dolor, y en máximo dolor, puesto que la corona de espinas que rodea al Sagrado Corazón, lo rodea en todo momento apretándolo contra sí misma, de manera tal que las espinas hieren la musculatura del Corazón de Jesús en los dos movimientos propios del Corazón, tanto en la fase de llenado -diástole porque las espinas se hunden de lleno contra las paredes cardíacas-, como en la fase de expulsión de la sangre, es decir, en la fase de la contracción cardíaca -sístole, porque en la retracción de las paredes ventriculares, las espinas desgarran la musculatura ventricular-. De esta manera, en cada latido, el Corazón de Jesús dice: “Amor, dolor”, Amor, que es lo que Él da, en cada latido, a las creaturas ingratas; dolor, por lo que El recibe de las creaturas, a cambio de su Amor. Entonces, las espinas que rodean al Sagrado Corazón de Jesús deben recordarnos, por un lado, el Amor infinito y eterno de Dios Uno y Trino, que se nos dona a través del Corazón de Jesús, Amor que está contenido en cada Eucaristía; por otro lado, debe recordarnos el dolor que nuestros pecados le provocan al Sagrado Corazón de Jesús -que si bien ha muerto y resucitado, continúa su Pasión en su Cuerpo Místico, hasta el fin de los tiempos-, y esto debe servir para que evitemos el pecado y hagamos el propósito de morir antes de cometer un pecado mortal o venial deliberado, es decir, antes de provocar un dolor de tal magnitud a Jesús.
Las llamas de fuego que envuelven al Sagrado Corazón significan el Amor de Dios que inhabita en el Sagrado Corazón desde la Encarnación misma del Verbo. El Amor de Dios se representa con fuego, porque es ardiente como el fuego y abrasa como el fuego, pero a diferencia del fuego material, no solo no provoca dolor, sino que provoca en el alma amor, dulzor, alegría, paz, y dicha sin fin, y envuelve al Sagrado Corazón porque el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo y al encarnarse el Hijo, este Espíritu Santo, que procede eternamente del Padre y del Hijo, comienza a inhabitar en el Sagrado Corazón de Jesús, santificando su Humanidad santísima, glorificándola y haciéndola arder en el fuego del Amor Divino. Y como este Fuego es el que abrasa a Jesús en la cruz y es el que le hace exclamar: “Tengo sed” (Jn 19, 28), Jesús arde en deseos de comunicar el Amor que vuelve a su Corazón incandescente como una brasa; ese Fuego es el que desde el Sagrado Corazón quiere expandirse y comunicarse a los hombres y lo hará a través de la efusión de Sangre, cuando el Corazón de Jesús sea traspasado por la lanza, y es esto lo que explica que, sobre todo aquel sobre quien cae esta Sangre, ve lavados sus pecados y ve su corazón arder en el Amor de Dios, porque la Sangre del Cordero “como degollado” (cfr. Ap 5, 7-14) es vehículo del Espíritu Santo, y es por eso que el Cordero de Dios, “quita los pecados del mundo” (Jn 1, 29) y concede la Vida eterna y enciende al alma en el Amor de Dios.
En la base del Sagrado Corazón, está la cruz, y esto es para significar que el Corazón del Hombre-Dios está crucificado y que por lo tanto, quien quiera acceder a los tesoros inagotables del Amor Divino, no tiene otro camino que el camino de la cruz; también quiere decir que quien quiera gozar del Amor Eterno de Dios Uno y Trino, del Amor de un Dios que “es Amor” (cfr. 1 Jn 4, 8) en sí mismo, no debe temer, ni debe desconfiar, ni debe pensar que Dios no lo ama, porque precisamente, para que el hombre no tema, ni desconfíe, ni piense que Dios Trino no lo ama, es que Dios se ha encarnado por Amor al hombre, se ha dejado crucificar por Amor al hombre y ha dejado su Sagrado Corazón en la cruz, traspasado, con su Sangre fluyendo y con su Amor vivo, latiendo, deseoso de ser recibido por un corazón contrito y humillado, humilde, piadoso, fervoroso y necesitado de su Amor Divino. Viendo al Sagrado Corazón traspasado en la cruz, que deja fluir, inagotable, su Sangre Preciosísima, y con su Sangre, el Espíritu Santo, el Amor Divino, para donarlo a quien quiera recibirlo, ¿quién puede dudar del Amor de Dios?
Por último, el Sagrado Corazón se le apareció a Santa Margarita María de Alacquoque, y le mostró estos tres elementos, que no están en ningún corazón humano, pero con toda la gracia que significa tan maravillosa aparición, Jesús no se le dio en alimento; a nosotros, diariamente, se nos da en alimento en la Eucaristía y allí, en la Eucaristía, está latiendo, vivo y glorioso, el Sagrado Corazón de Jesús, envuelto en las llamas del Amor Divino, Amor que se comunica en el silencio y en la intimidad del alma que comulga con fe, con humildad, con piedad y con amor.