San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

viernes, 29 de agosto de 2014

Santa Rosa de Lima y las vanidades de nuestro siglo XXI


         Cuando se lee la vida de Santa Rosa de Lima, a la luz de las categorías mundanas de nuestro siglo XXI, caracterizado por el avance tecnológico, científico e industrial, y dominado por la visión materialista, atea, agnóstica, hedonista, existencialista, subjetivista y relativista de la gran mayoría de la población, no solo no se entienden sus actitudes, sino que se las interpretan como propias de la Edad Media, o de una mentalidad “oscurantista”, ya superada, felizmente, por la razón del hombre, que ha sido capaz de, precisamente, ir más allá de tanto atraso para la civilización humana.
         De su vida se lee, por ejemplo, que siendo niña, en una oportunidad, su madre le hizo una guirnalda de flores con ocasión de la llegada unas visitas, pero Rosa, que aun siendo niña ya tenía conciencia de la vanidad, para hacer penitencia y para no caer precisamente en la vanidad, se clavó en la cabeza una de las ramas de la guirnalda en forma de horquilla y se clavó la rama de una manera tan profunda, que después fue difícil poder quitársela. Además, como las personas alababan con frecuencia su hermosura, Rosa solía restregarse la piel con pimienta para desfigurarse y no ser ocasión de tentaciones para nadie[1].
Más adelante, cuando ingresó en la tercera orden de Santo Domingo, vivió prácticamente recluida en una cabaña que había construido en el huerto y para aumentar su penitencia, llevaba sobre la cabeza una cinta de plata, en cuyo interior estaba lleno de puntas, con lo cual esta cinta hacía a modo de corona de espinas. 
Dios le concedió gracias extraordinarias, pero también permitió que sufriese durante quince años la persecución de sus amigos y conocidos, además de permitir que sufriera la más profunda desolación espiritual.
Tres años antes de morir, padeció una larga y penosa enfermedad, su oración frecuente era: “Señor, auméntame los sufrimientos, pero auméntame en la misma medida tu amor”[2].
         Por todo esto, Santa Rosa es contraria al espíritu de nuestro siglo XXI: es contraria al espíritu de belleza y cuidado corporales extremos, que vemos a diario; es contraria a la vanidad; es contraria al placer hedonista; es contraria al culto excesivo del cuerpo y de la juventud, estimada como un ideal del ser humano -hoy vivimos una especie de idolatría de la juventud, la cual se busca prolongarla por todos los medios posibles-: Santa Rosa desprecia todas estas cosas, haciendo grandes penitencias, ayunos, mortificaciones, y sacrificios.
Es en los escritos de Santa Rosa de Lima en donde se encuentran los verdaderos motivos que explican el por qué y la razón de su comportamiento, y es en estos escritos en donde se pone de relieve que, por un lado, los verdaderos oscurantistas, son los materialistas, relativistas, ateos y agnósticos de nuestros días, y por otro lado, se muestra que los grandes santos, como Santa Rosa de Lima, lo que hacían y que era tenido por necedad y locura, era en realidad muestra de sabiduría divina, porque eran penitencias, mortificaciones y sacrificios, tendientes todos a conservar y acrecentar la gracia santificante, única vía, junto con la cruz de Jesús, para llegar al cielo. Así lo expresa Nuestro Señor, según lo relata la misma Santa Rosa de Lima en sus escritos: “El salvador levantó la voz y dijo, con incomparable majestad: “¡Conozcan todos que la gracia sigue a la tribulación. Sepan que sin el peso de las aflicciones no se llega al colmo de la gracia. Comprendan que, conforme al acrecentamiento de los trabajos, se aumenta juntamente la medida de los carismas. Que nadie se engañe: esta es la única verdadera escala del paraíso, y fuera de la cruz no hay camino por donde se pueda subir al cielo!”. Oídas estas palabras, me sobrevino un ímpetu poderoso de ponerme en medio de la plaza para gritar con grandes clamores, diciendo a todas las personas, de cualquier edad, sexo, estado y condición que fuesen: “Oíd pueblos, oíd, todo género de gentes: de parte de Cristo y con palabras tomadas de su misma boca, yo os aviso: Que no se adquiere gracia sin padecer aflicciones; hay necesidad de trabajos y más trabajos, para conseguir la participación íntima de la divina naturaleza, la gloria de los hijos de Dios y la perfecta hermosura del alma”. Este mismo estímulo me impulsaba impetuosamente a predicar la hermosura de la divina gracia, me angustiaba y me hacía sudar y anhelar. Me parecía que ya no podía el alma detenerse en la cárcel del cuerpo, sino que se había de romper la prisión y, libre y sola, con más agilidad se había de ir por el mundo, dando voces: “¡Oh, si conociesen los mortales qué gran cosa es la gracia, qué hermosa, qué noble, qué preciosa, cuántas riquezas esconde en sí, cuántos tesoros, cuántos júbilos y delicias! Sin duda emplearían toda su diligencia, afanes y desvelos en buscar penas y aflicciones; andarían todos por el mundo en busca de molestias, enfermedades y tormentos, en vez de aventuras, por conseguir el tesoro último de la constancia en el sufrimiento. Nadie se quejaría de la cruz ni de los trabajos que le caen en suerte, si conocieran las balanzas donde se pesan para repartirlos entre los hombres”[3].
“Si conociesen los mortales qué gran cosa es la gracia (…) cuántas riquezas esconde en sí (…) andarían por todo el mundo en busca de molestias, enfermedades y tormentos, en vez de aventuras, por conseguir el tesoro último de la constancia en el sufrimiento”. En un momento de la historia humana dominado por el materialismo, el hedonismo y el ateísmo, las palabras de Santa Rosa de Lima no se comprenden, porque vienen del cielo, pero aunque no se comprendan, los cristianos deben propagarlas a los cuatro vientos, pero para propagarlas, deben ellos primero vivirlas y experimentarlas en carne propia. Lo que nos enseña Santa Rosa de Lima, con su vida admirable de santidad, es que todo lo que no sea penitencia, sacrificio y cruz –que es lo que da alegría, paz y serenidad al alma-, es “vanidad de vanidades y atrapar el viento”[4].




[1] Cfr. http://www.corazones.org/santos/rosa_lima.htm
[2] Cfr. ibidem.
[3] De los escritos de santa Rosa de Lima; cfr. http://www.corazones.org/santos/rosa_lima.htm
[4] Ecle 2, 11.

jueves, 28 de agosto de 2014

Martirio de San Juan Bautista


         Juan el Bautista muere decapitado por Herodes, pero aunque el Evangelio remarca el hecho de que el Bautista recriminaba a Herodes porque “tenía a la mujer de su hermano”, Herodías, su muerte no se debe a la mera pasión de odio que Herodías albergaba contra Juan, así como el reclamo de Juan contra Herodes no se limita a un simple llamado de atención contra la fidelidad conyugal y contra la castidad. Detrás de la recriminación de Juan el Bautista contra Herodes y detrás de la muerte de Juan el Bautista a manos de Herodes por instigación de Herodías, hay un misterio sobrenatural, que sobrepasa en mucho a las pasiones humanas y a las virtudes humanas matrimoniales, en este caso, las de la fidelidad conyugal y las de la castidad.
         Juan el Bautista muere por dar testimonio de Jesucristo, el Hombre-Dios, que en cuanto Dios, “hace nuevas todas las cosas”, tal como lo dice en el Apocalipsis[1], y una de las cosas que hace nuevas es, precisamente, el matrimonio, al cual le da el fundamento de la indisolubilidad, de la castidad y de la fidelidad, por cuanto Él mismo es, por el misterio de su Encarnación, el Hombre-Dios, que se esposa de modo místico con la Iglesia, y esa es la razón por la cual, uno de los nombres de Jesús es el de: “Esposo de la Iglesia”, y a su vez, uno de los nombres de la Iglesia, es “Esposa de Cristo”. Es de este desposorio místico entre Cristo Esposo con la Iglesia Esposa, de donde toman los esposos cristianos las características para su matrimonio –unidad, fidelidad, indisolubilidad, castidad conyugal-, de manera tal que los esposos cristianos, injertados por el sacramento del matrimonio en el connubio místico entre Cristo Esposo y la Iglesia Esposa, son como una ramificación de este ante los hombres y ante la sociedad.
Éste es el fundamento de porqué los esposos cristianos –católicos- no deben –no pueden- divorciarse; éste es el fundamento de porqué los esposos cristianos no pueden no amarse hasta la muerte de cruz, porque el fundamento de su amor esponsal no es su propio amor humano –limitado, egoísta, pequeño-, sino el Amor de Cristo Esposo, que da su vida por su Esposa, la Iglesia, desde la Cruz y desde la Cruz comunica de ese Amor a los esposos; éste es el fundamento por el cual los esposos cristianos deben ser fieles el uno al otro, porque su fidelidad esponsal se fundamenta y cimenta en la fidelidad mutua entre Cristo Esposo y la Iglesia Esposa -¿se puede pensar en un Cristo sin la Iglesia, o en una Iglesia sin Cristo?-; ésta es la razón por la cual los esposos cristianos deben ser prolíficos, porque la Iglesia Esposa, engendrada del costado traspasado de Jesús crucificado, engendra a su vez innumerables hijos de Dios por el  bautismo.
Cuando Juan el Bautista muere decapitado por Herodes, no muere debido al simple odio de una mujer; muere porque el Ángel caído persigue a quienes dan testimonio del Hombre-Dios, que “hace nuevas todas las cosas”, y entre las primeras cosas que hace nuevas, es el matrimonio, el matrimonio al cual Jesús viene a injertarlo en su unión esponsal con la Iglesia Esposa, para concederle características verdaderamente celestiales y es por eso que la decapitación de Juan el Bautista se debe a que el Demonio intenta, vanamente, detener la obra de la salvación de Jesús. La muerte de Juan el Bautista debe hacer recordar a los esposos –y a quienes estén por emprender el matrimonio- que la fidelidad, la indisolubilidad y la castidad conyugal, puesto que se fundamentan en el matrimonio místico de Cristo Esposo y de la Iglesia Esposa -y por lo tanto el fundamento es sagrado y divino y no dependen de disposiciones humanas-, no se pueden ni se deben, de ninguna manera, y bajo ningún punto vista, ni siquiera si la propia vida está en juego, ser puestos en riesgo.




[1] 21, 5.

miércoles, 27 de agosto de 2014

San Agustín y la Ciudad de Dios


San Agustín escribió una obra llamada “La Ciudad de Dios”, en la que describe la lucha entre las fuerzas del Bien, que provienen de Dios y que buscan construir una civilización cristiana -basada en los principios de Jesucristo- y las fuerzas del mal, encarnadas en la Ciudad pagana, construida sobre la base de las fuerzas decadentes del hombre caído en el pecado.
En esta obra, la “Ciudad de Dios” es la Iglesia Católica, en la cual y por la cual -según San Agustín en la obra citada- los planes de Dios se verán realizados en la medida en que las fuerzas del bien derroten a quienes se oponen a la Voluntad de Dios: “Por tanto dos ciudades han sido construidas por dos amores: la ciudad terrenal por el amor del ego hasta la exclusión de Dios; la ciudad celestial por el amor de Dios hasta la exclusión del ego. Una se vanagloria en sí mismo, la otra se gloría en el Señor. Una busca la gloria del hombre, la otra encuentra su mayor gloria en el testimonio de Dios”[1].
         Se confronta la Ciudad Celestial a la Ciudad Pagana; la ciudad celestial o Ciudad de Dios es la Iglesia Católica y representa al catolicismo con todo el depósito de la Verdad Revelada por Jesucristo y custodiado y explicitado por el Magisterio católico; la Ciudad Pagana representa, por el contrario, la decadencia y el pecado, es decir, el error, la falsedad, la mentira. De la confrontación entre la Verdad Absoluta revelada por Jesucristo, a través de la Ciudad de Dios, con la mentira, el vicio, el culto a los falsos dioses y el amor por los bienes terrenales, todo propagado por la Ciudad Pagana, no hay duda alguna del triunfo total y absoluto de la Ciudad de Dios, aunque de momento, mientras exista el tiempo y perdure la historia humana, ambas ciudades se vean mezcladas; el triunfo de la Ciudad de Dios, conseguido ya por Cristo en la cruz de modo definitivo, será visible y para siempre, sin embargo, solo en el Juicio Final, cuando ambas ciudades sean separadas y cada una siga el destino propio: la Ciudad de Dios, el Reino de los cielos, la Ciudad Pagana, el abismo en donde no hay redención. Dice así San Agustín: “La gloriosísima ciudad de Dios, que en el presente correr de los tiempos se encuentra peregrina entre los impíos viviendo de la fe, y espera ya ahora con paciencia la patria definitiva y eterna hasta que haya un juicio con auténtica justicia, conseguirá entonces con creces la victoria final y una paz completa”.
         “Dos ciudades han sido construidas por dos amores: la ciudad terrenal por el amor del ego hasta la exclusión de Dios; la ciudad celestial por el amor de Dios hasta la exclusión del ego”, dice San Agustín. Hoy, en nuestros días, parecen triunfar las fuerzas del mal, porque la ciudad del hombre, la ciudad del ego, parece haber triunfado sobre la Ciudad de Dios: hoy, la Nueva Era o Conspiración de Acuario, con sus criterios neo-paganos, que son los mandamientos de Satanás –“haz lo que quieras”, “cree en lo que quieras y como quieras”-, parece prevalecer y dominar, sobre los Mandamientos de Dios, dados por la Iglesia. Pero, como dice San Agustín, la Ciudad de Dios, es decir, la Iglesia, triunfará al final, porque así lo promete Jesús en el Evangelio: “Las puertas del Infierno no prevalecerán sobre mi Iglesia” (cfr. Mt 16, 18), y también la Virgen lo anunció en Fátima: “Al final, mi Inmaculado Corazón triunfará”. Las fuerzas del mal, las fuerzas de la ciudad del hombre, construida con la ayuda de las tinieblas del Abismo, no prevalecerán contra la Ciudad de Dios, la Iglesia Católica, que resplandecerá con la luz de Cristo y brillará triunfante, iluminada por la luz del Cordero, la Lámpara de la Jerusalén celestial (Ap 21, 22), la misma luz que ilumina a la Iglesia desde la Eucaristía, por los siglos sin fin.




[1] Ciudad de Dios, Libro 14.

martes, 26 de agosto de 2014

Santa Mónica, modelo de madre y esposa católica


         En un mundo secularizado como el nuestro, el modelo ideal para la inmensa mayoría de las madres del siglo XXI, para sus hijos, es el que les presentan los medios masivos de comunicación: para muchas madres de hoy, un hijo debe aspirar, en la vida, a cursar una carrera universitaria con mucho prestigio social, para luego conseguir el mejor trabajo posible y así lograr reconocimiento profesional, el cual debe ir acompañado de una excelente remuneración económica; a esto, se le debe agregar una buena esposa, hijos, casa, auto, vacaciones –pagadas, mejor, y a los lugares más exóticos posibles-; si a todo esto se le suma, por algún motivo -no importa cuál sea-, un reconocimiento mediático –apariciones en programas de televisión, entrevistas radiales, etc.-, estas madres del siglo XXI, así influenciadas por el pensamiento materialista, existencialista, hedonista y ateo de nuestros días, ven prácticamente colmadas sus ansias y expectativas acerca de lo que consideran “el éxito” para sus hijos, aunque debido a que estas ansias no se satisfacen nunca, no terminan nunca de estar contentas, por lo que siempre están exigiendo y pidiendo a sus hijos más y más triunfos y éxitos mundanos.
         Santa Mónica es, por el contrario, el ejemplo de madre a la cual estas cosas mundanas nada le importan, porque solo le importa una sola cosa para su hijo: que salve su alma y llegue a la vida eterna, porque todas estas cosas mundanas, y todos estos éxitos que el mundo otorga, “pasan como un soplo”[1], y así como llegan, así se van ya que todo eso es, como dice el Eclesiastés, “vanidad de vanidades y atrapar vientos”[2]. Lo único que deseaba Santa Mónica para su hijo San Agustín era verlo convertido en “cristiano católico” y que “renunciara a la felicidad terrena”; después de eso, nada de este mundo le importaba, y así se lo dijo a su hijo antes de morir, según lo narra el mismo San Agustín[3]: “Hijo, por lo que a mí respecta, ya nada me deleita en esta vida. Qué es lo que hago aquí y por qué estoy aún aquí, lo ignoro, pues no espero ya nada de este mundo. Una sola cosa me hacía desear que mi vida se prolongara por un tiempo: el deseo de verte cristiano católico, antes de morir. Dios me lo ha concedido con creces, ya que te veo convertido en uno de sus siervos, habiendo renunciado a la felicidad terrena. ¿Qué hago ya en este mundo?”.
         Este deseo de la eternidad y de contemplar a Dios Uno y Trino se expresa en el diálogo que tienen Santa Mónica y San Agustín días antes de su muerte; en este diálogo se refleja la maravillosa en el amor entre el hijo y la madre, pero sobre todo, se expresa la comunión en la fe y en el amor entre San Agustín y Santa Mónica. Dice así San Agustín: “Cuando ya se acercaba el día de su muerte –día por ti conocido, y que nosotros ignorábamos–, sucedió, por tus ocultos designios, como lo creo firmemente, que nos encontramos ella y yo solos, apoyados en una ventana que daba al jardín interior de la casa donde nos hospedábamos, allí en Ostia Tiberina, donde, apartados de la multitud, nos rehacíamos de la fatiga del largo viaje, próximos a embarcarnos. Hablábamos, pues, los dos solos, muy dulcemente y, olvidando lo que queda atrás y lanzándonos hacia lo que veíamos por delante, nos preguntábamos ante la verdad presente, que eres tú, cómo sería la vida eterna de los santos, aquella que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar. Y abríamos la boca de nuestro corazón, ávidos de las corrientes de tu fuente, la fuente de vida que hay en ti. Tales cosas decía yo, aunque no de este modo ni con estas mismas palabras; sin embargo, tú sabes, Señor, que, cuando hablábamos aquel día de estas cosas –y mientras hablábamos íbamos encontrando despreciable este mundo con todos sus placeres–…”[4].
Días después de este diálogo con San Agustín, Santa Mónica cae enferma y muere. Por su desprecio de la vida mundana y por su ardiente deseo de la vida eterna para su esposo y para sus hijos, Santa Mónica es modelo inigualable para las esposas y sobre todo para las madres cristianas porque ella, a fuerza de años enteros pasados en oración y sacrificios pidiendo por la conversión de su familia, principalmente de su hijo San Agustín –oró por treinta años pidiendo por su conversión-, y al final de sus días obtuvo la gracia de ver el fruto de tantos ruegos y de tantos sacrificios y penitencias, porque su hijo no solo se convirtió, sino que alcanzó tal grado de santidad, que llegó a ser uno de los más grandes santos de la Iglesia Católica.
Al conmemorar a Santa Mónica en su día, pidamos por todas las madres del mundo, para que deseen para sus hijos no el “éxito mundano”, que pasa “como un soplo”, sino la sabiduría divina, la vida eterna y el Amor de Dios, que se nos dan, aquí, contenidos, condensados, en el misterio insondable de la Eucaristía. Que Santa Mónica interceda por todas las madres del mundo, para que todas las madres del mundo deseen, con todo el ardor del amor maternal que las caracteriza, que sus hijos den sus vidas por recibir la Eucaristía, anticipo, ya en la tierra, de la vida eterna y de la feliz bienaventuranza del Reino de los cielos.





[1] Al igual que nuestra vida, como dice el libro de Job; cfr. Job 7, 7.
[2] Cfr. 2, 26.
[3] Confesiones, Libro 9, 10, 23-11, 28.
[4] Cfr. Confesiones, ibidem.

miércoles, 20 de agosto de 2014

San Pío X, el Papa que amaba la Eucaristía


De entre todas las admirables virtudes que caracterizaron a San Pío X, sobresale su gran amor a la Eucaristía y puesto que amaba tanto a Jesús en la Eucaristía, quería que todos participaran de ese amor, de modo que promulgó un decreto[1] permitiendo la comunión diaria, en un momento en el que la comunión diaria era muy poco frecuente; además, por este decreto, amplió la recepción de la Eucaristía a los enfermos y a los niños, a partir de los 7 años, cuando ya tuviesen uso de razón.
En el decreto, San Pío X daba la razón por la cual permitía la comunión diaria, que no es “ni el honor ni la reverencia” a Jesús, “ni el premio a la virtud”, sino “el fortalecimiento interior por la gracia”: “La finalidad primera de la Santa Eucaristía no es garantizar el honor y la reverencia debidos al Señor, ni que el Sacramento sea premio a la virtud, sino que los fieles, unidos a Dios por la Comunión, puedan encontrar en ella fuerza para vencer las pasiones carnales, para purificarse de los pecados cotidianos y para evitar tantas caídas a que está sujeta la fragilidad humana”[2].
Continúa San Pío X afirmando que la comunión diaria era una práctica común entre los primeros cristianos, en la Iglesia primitiva, y que también lo hacían los Apóstoles y así lo enseñaban los escritores eclesiásticos, y que esto daba grandes frutos de santidad[3].
Éste es el deseo de Jesús, dice San Pío X, al instituir la Eucaristía, porque Él quería que todos los hombres se alimentaran, más que con alimentos materiales, con su Cuerpo y con su Sangre, y para demostrarlo, hace una exégesis de la cita del Evangelio de Juan en la Última Cena, en donde Jesús se proclama a sí mismo como Pan Vivo bajado del cielo: “Estos deseos coinciden con los en que se abrasaba nuestro Señor Jesucristo al instituir este divino Sacramento. Pues El mismo indicó repetidas veces, con claridad suma, la necesidad de comer a menudo su carne y beber su sangre, especialmente con estas palabras: “Este es el pan que descendió del Cielo; no como el maná que comieron vuestros padres y murieron: quien come este pan vivirá eternamente”[4]. De la comparación del Pan de los Ángeles con el pan y con el maná fácilmente podían los discípulos deducir que, así como el cuerpo se alimenta de pan diariamente, y cada día eran recreados los hebreos con el maná en el desierto, del mismo modo el alma cristiana podría diariamente comer y regalarse con el Pan del Cielo. A más de que casi todos los Santos Padres de la Iglesia enseñan que el pan de cada día, que se manda pedir en la oración dominical, no tanto se ha de entender del pan material, alimento del cuerpo, cuanto de la recepción diaria del Pan Eucarístico”.
Luego, San Pío X, por medio del decreto, establece libertad para que “1º- los fieles cristianos de cualquier clase y condición que sean, comulguen frecuente y diariamente, pues así lo desean ardientemente Cristo nuestro Señor y la Iglesia Católica: de tal manera que a nadie se le niegue, si se halla en estado de gracia y tiene recta y piadosa intención.
2º – La rectitud de intención consiste en que el que comulga no lo haga por rutina, vanidad o respetos humanos, sino por agradar a Dios, unirse más y más con Él por el amor y aplicar esta medicina divina a sus debilidades y defectos.
3º – Aunque convenga en gran manera que los que comulgan frecuente o diariamente estén libres de pecados veniales, al menos de los completamente voluntarios, y de su afecto, basta, sin embargo, que estén limpios de pecados mortales y tengan propósito de nunca más pecar; y con este sincero propósito no puede menos de suceder que los que comulgan diariamente se vean poco a poco libres hasta de los pecados veniales y de la afición a ellos.
4º – Como los Sacramentos de la Ley Nueva, aunque produzcan su efecto ex opere operato, lo causan, sin embargo, más abundante cuanto mejores son las disposiciones de los que los reciben, por eso se ha de procurar que preceda a la
Sagrada Comunión una preparación cuidadosa y le siga la conveniente acción de gracias, conforme a las fuerzas, condición y deberes de cada uno”[5].
La Iglesia, posteriormente, resumirá las disposiciones para comulgar, en las siguientes: vivir de acuerdo a las enseñanzas de la Iglesia, estar en estado de gracia y libres de pecado mortal, y hacer una preparación espiritual adecuada antes de recibir la sagrada comunión, es decir, saber a quién se va a recibir. Esto se complementa con una adecuada acción de gracias luego de la comunión sacramental.
         Entonces, al conmemorar a San Pío X, recordemos que su intención era que comulguemos diariamente; sin embargo, en nuestros días, se ha caído tal vez en el error opuesto, en la comunión por rutina, en la comunión mecánica, en la que no se piensa en lo que se está recibiendo, ni en Quién es Aquél a quien se recibe en la Eucaristía; en nuestros días, tal vez se piensa en la Eucaristía como en un derecho o en un premio, más que como en lo que Es en verdad, Dios Hijo encarnado y oculto en algo que parece un poco de pan, pero ya no es más pan, porque es el Cuerpo, la Sangre, el Alma, la Divinidad y el Amor de Jesús, el Hijo de Dios. Entonces, la conmemoración de San Pío X, es una muy buena oportunidad para que pensemos en cómo vivimos nuestra comunión diaria –los que comulgamos diariamente-, es una muy buena oportunidad para que pensemos que nuestra comunión diaria nunca puede ser rutinaria, porque no comulgamos un trozo de pan material: comulgamos al Pan Vivo bajado del cielo: comulgamos al Sagrado Corazón de Jesús, envuelto en las llamas del Amor de Dios, que quiere incendiarnos en el Amor Divino, y por lo tanto nuestros corazones, deben estar en gracia, y no deben estar cerrados al Amor, por la oscuridad del pecado mortal; comulgamos al Sagrado Corazón de Jesús, que está inmerso en un mar de dolores, por nuestros pecados, y por lo tanto, no podemos estar distraídos, pensando en nuestros asuntos temporales, terrenos, banales, materiales, ya que Jesús quiere hacernos partícipe de sus dones, de sus gracias, y la gran mayoría de las veces debe retirarse, entristecido, sin haber podido dejar sus gracias, debido a nuestra distracción, tal como Él mismo se lo dijo a Sor Faustina Kowalska; comulgamos a Jesús, vivo, resucitado y glorioso, y por eso debemos vivir de acuerdo a las enseñanzas de la Santa Iglesia Católica, para mantenernos unidos a Él y para no separarnos de Él por los falsos atractivos del pecado, del mundo y de la carne, para estar, en todo momento, preparados para el encuentro cara a cara, porque el Jesús al cual comulgamos, oculto en la Eucaristía, y del cual recibimos el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico, es el Jesús al cual veremos, cara a cara, el día de nuestra muerte, el día en el que, por su Divina Misericordia, esperamos ingresar en la feliz eternidad. Para ese día, para ese feliz día, en el que deseamos verlo cara a cara, es que nos preparamos en cada comunión eucarística, acumulando en nuestros corazones, como un avaro acumula monedas de oro en su arcón, el Amor que Jesús deposita en nuestros corazones en cada comunión eucarística y por eso la comunión eucarística diaria, deseada por San Pío X, nunca puede, ni debe ser, para nosotros, rutinaria.




[1] Cfr. “Sacra tridentina synodus” (Decreto), SAGRADA CONGREGACIÓN DEL CONCILIO, Sobre la comunión frecuente y cotidiana, 20 de diciembre de 1905.
[2] Cfr. Sacra tridentina synodus, 3.
[3] Cfr. ibidem, 4.
[4] Jn 6, 51-58
[5] Cfr. ibidem, 10.

martes, 19 de agosto de 2014

San Bernardo abad y su frase que condensa el Evangelio del Amor: "Amo porque amo, amo por amar"


         San Bernardo de Claraval escribió una frase en un sermón, en el que condensa el Evangelio de Jesucristo: “Amo porque amo, amo por amar”[1]. En efecto, el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo se basa en el Amor, en la caridad, porque “Dios es Amor” (1 Jn 4, 8), y todo lo que hace Dios Uno y Trino, lo hace movido por el Amor: no hay otro motor en Él que no sea el Amor. Por lo tanto, todo el misterio pascual de Jesucristo, desde la Encarnación, hasta su Pasión, Muerte y Resurrección, está impregnado por el Amor, pero no por un amor humano, sino por el Amor Divino, que es el Amor de Dios Uno y Trino, el Amor que une a las Tres Divinas Personas desde la Eternidad, el Espíritu Santo: es el Amor que el Padre espira al Hijo y que el Hijo espira al Padre; es el Amor tan absolutamente perfecto, que constituye a una Persona, la Tercera de la Trinidad, el Espíritu Santo. Y es este Amor, tan absolutamente perfecto, tan admirablemente santo, que une a las Tres Divinas Personas desde la eternidad, el que lleva a las Tres Personas a obrar la Redención, la obra de la salvación de la humanidad.  Cuando contemplamos la Encarnación de la Palabra de Dios en el seno virginal de la Madre de Dios, cuando contemplamos el Nacimiento virginal del Verbo Eterno hecho Niño, cuando contemplamos la Pasión del Hombre-Dios, cuando contemplamos todos y cada uno de los misterios del Hombre-Dios, estamos contemplando el desplegarse de ese Amor Eterno en el tiempo y en la historia, que lo único que quiere es donársenos a todos y cada uno de nosotros, sin reservas, con toda la plenitud del Ser trinitario divino, para que nos gocemos de Él, en nuestro tiempo terreno y, luego de nuestra muerte, por toda la eternidad. Por eso dice San Bernardo de Claraval, en su sermón citado, que cuando la creatura responde con su amor humano, creatural, al Amor divino, aun cuando su amor sea muy pequeño, Dios se da por satisfecho, porque el amor es lo único con lo cual puede la creatura corresponderle a Dios –o “pagarle”, si podría caber el término, aunque la deuda en este caso es infinita y por lo tanto imposible de saldar-. Dice así San Bernardo: “Amo porque amo, amo por amar. (…) Entre todas las mociones, sentimientos y afectos del alma, el amor es lo único con lo que la criatura puede corresponder a su Creador, aunque en un grado muy inferior, lo único con lo que puede restituirle algo semejante a lo que él le da. En efecto, cuando Dios ama, lo único que quiere es ser amado: si él ama, es para que nosotros lo amemos a él, sabiendo que el amor mismo hace felices a los que se aman entre sí (…)”[2].
         Luego, San Bernardo se pregunta si, sabiendo la creatura que su amor creatural es pequeñísimo, comparado con el de Dios, no sentirá que su amor no vale nada y que por lo tanto “no tiene ningún valor ni eficacia su deseo nupcial”[3], y responde que no, porque –dice San Bernardo- “siempre en el caso de que se tenga por cierto que el Verbo es el primero en amar al alma, y que la ama con mayor intensidad (…) aunque la criatura, por ser inferior, ama menos, con todo, si ama con todo su ser, nada falta a su amor, porque pone en juego toda su facultad de amar. Por ello, este amor total equivale a las bodas místicas, porque es imposible que el que así ama sea poco amado, y en esta doble correspondencia de amor consiste el auténtico y perfecto matrimonio”[4].
“Amo porque amo, amor por amar”. Por último, no olvidemos que, por el misterio de la liturgia eucarística, el Amor de Jesús, de su Sagrado Corazón Eucarístico, continúa donándose en cada eucaristía; no olvidemos que en cada Eucaristía está Jesús con su Sagrado Corazón Eucarístico, envuelto en las llamas del Amor Divino, deseoso de hacer arder en el Amor de Dios a todo aquel que quiera recibir su Amor; no olvidemos que en la Eucaristía está vivo y Presente, glorioso y resucitado Aquél que dijo: “He venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo quisiera ya verlo ardiendo!”[5]. A ese Fuego de Amor que se nos ofrece en cada Eucaristía, entonces, le digamos, en el momento de la comunión, junto con San Bernardo de Claraval: “Jesús Eucaristía, Te amo porque te amo, te amo por amar”.




[1] Sermón 83, 4-6: Opera omnia, edición cisterciense.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Lc 12, 49.

jueves, 14 de agosto de 2014

San Maximiliano Kolbe


          Cuando San Maximiliano Kolbe tenía seis años de edad, sucedió un hecho sobrenatural que imprimió a su vida terrena una fuerte impronta mariana, lo preparó para el martirio, y lo predestinó, ya desde niño, a la vida eterna. Lo que sucedió fue que se le apareció nada menos que la Santísima Virgen María en persona, y le mostró dos coronas, una blanca, que significaba la pureza del alma y del cuerpo –la pureza del alma, es decir, su mente se vería libre de errores doctrinales y dogmáticos, propios de las herejías, que son los que terminan alejando a las almas de la pureza de la Verdad Absoluta contenida en el tesoro de la Revelación Católica donada por Jesucristo, y la pureza del cuerpo, pureza con la cual imitaría a la Inmaculada Concepción y al Cordero Inmaculado, pureza corporal necesaria para tener un corazón indiviso, que habría de amar a Dios Uno y Trino y sólo a Él y a nadie más- y otra roja, que significaba el martirio –es decir, la efusión de sangre, sacrificio y efusión de sangre con los cuales se haría partícipe del sacrificio de Jesucristo en la cruz, sacrificio con el cual habría de redimir a toda la humanidad, haciéndose de esa manera San Maximiliano corredentor, uniendo su vida al sacrificio de Jesús en la cruz, inmolándose y ofreciéndose en el ara santa de la cruz, por la salvación de todos los hombres-. Es la madre de San Maximiliano quien relata la milagrosa aparición de la Madre de Dios al niño San Maximiliano -aparición con la cual lo prepararía para la suprema oblación de su vida-, con estas palabras: “Sabía yo de antemano, en base a un caso extraordinario que le sucedió en los años de la infancia, que Maximiliano moriría mártir. Solo no recuerdo si sucedió antes o después de su primera confesión. Una vez no me gustó nada una travesura, y se la reproche: Niño mío, ¡quién sabe lo que será de ti! Después, yo no pensé más, pero observe que el muchacho había cambiado tan radicalmente, que no se podía reconocer más. Teníamos un pequeño altar escondido ente dos roperos, ante el cual el a menudo se retiraba sin hacerse notar y rezaba llorando. En general, tenía una conducta superior a su edad, siempre recogido y serio, y cuando rezaba, estallaba en lágrimas. Estuve preocupada, pensando en alguna enfermedad, y le pregunte: ¿te pasa algo? ¡Has de contar todo a tu mamita!”. Temblando de emoción y con los ojos anegados en lágrimas, me contó: “Mamá, cuando me reprochaste, pedí mucho a la Virgen me dijera lo que sería de mí. Lo mismo en la iglesia, le volví a rogar. Entonces se me apareció la Virgen, teniendo en las manos dos coronas: una blanca y otra roja. Me miró con cariño y me preguntó si quería esas dos coronas. La blanca significaba que perseveraría en la pureza y la roja que sería mártir. Contesté que las aceptaba... (las dos). Entonces la Virgen me miró con dulzura y desapareció”[1].
Todas estas promesas, contenidas en la aparición de la Virgen, se habrían de cumplir en San Maximiliano Kolbe en su vida, hasta el fin, puesto que llevaría, en grados elevados de santidad, hasta su muerte, la corona de la pureza de cuerpo, con su consagración religiosa, y la del alma, porque con su periódico de la Milicia de la Inmaculada divulgaría la doctrina católica de modo fiel a las enseñanzas del Magisterio, sin errores de ninguna clase, y hacia el fin de su vida, en los últimos instantes, le sería dada como premio la corona del martirio, reservada a los “que siguen al Cordero adonde vaya”, y así San Maximiliano entró en el cielo con las dos coronas, la blanca de la pureza y la roja del martirio, las dos que le había ofrecido la Virgen en su niñez, y las cuales Él había aceptado con mucho amor.
A nosotros, no se nos apareció la Virgen, como a San Maximiliano, pero sí le podemos pedir a la Virgen que nos conceda las gracias que le concedió a San Maximliano: la gracia de la pureza del cuerpo, para tener un corazón indiviso, que solo ame a las Tres Personas de la Santísima Trinidad, y solo a Ellas, y la gracia de la pureza del alma, para no aceptar ningún error que nos aparte de la Verdad Encarnada, la Sabiduría Divina, Cristo Jesús, tal como nos la enseña la Santa Iglesia Católica, a través del Magisterio del Santo Padre y de los Obispos, y la gracia del martirio cotidiano de la fe, para dar testimonio de Jesús ante los hombres, para no callar en nuestros ámbitos cotidianos –la familia, el trabajo, la escuela, la oficina, la empresa, etc.-, un testimonio que, si bien no es con la efusión de sangre, como en el caso de San Maximiliano Kolbe, en algunos casos puede constituir un verdadero martirio, y es por eso necesaria la asistencia de la gracia.
Además, es conveniente tener siempre presentes las palabras proféticas de San Maximiliano a sus religiosos, al desencadenarse la guerra y al ser inminente la invasión de las tropas alemanas: tres días antes de estallar la guerra prepara así los corazones: “Trabajar, sufrir y morir caballerescamente, y no como un burgués en la propia cama. He ahí: recibir una bala en la cabeza, para sellar el propio amor a la Inmaculada. Derramar valientemente la sangre hasta la última gota, para acelerar la conquista de todo el mundo para Ella. Esto les deseo a Uds. Y me deseo a mí mismo”.
Por último, hay que recordar que las apariencias engañan: mientras los nazis alemanes (y luego los comunistas rusos) invadieron y aplastaron Polonia, con lo cual parecían triunfar las fuerzas de la oscuridad –los nazis eran ocultistas y esotéricos, mientras que el comunismo es intrínsecamente perverso, puesto que aleja al hombre de Dios-, sin embargo Polonia triunfó sobre sus enemigos, gracias a hombres y mujeres, santos y mártires como San Maximiliano, porque estaban animados por la Luz, es decir, el Espíritu Santo.




[1] Cfr. http://www.corazones.org/santos/maximiliano.htm

viernes, 8 de agosto de 2014

Santo Domingo de Guzmán y el don del Rosario dado por la Virgen


         En nuestros tiempos, caracterizados por el relativismo y el subjetivismo, es decir, por el predominio de la razón humana, que pretende tener razón –valga la redundancia- aun por encima de la Sabiduría Divina, se utilizan argumentos racionales, humanos, para todo, incluidos y en primer lugar, los principios que deben regir la vida espiritual. Por ejemplo, el rezo del Santo Rosario, uno de los principales legados de Santo Domingo de Guzmán. Muchos católicos, para no rezarlo, se excusan diciendo que es una oración “repetitiva”, “mecánica”, en la que “no sienten nada”, y que por lo tanto, como ellos se encuentran en una fase espiritual “superior”, prefieren “espiritualidades” acordes a su “avanzado estado espiritual”, y es así como –lamentablemente- abandonan, aún antes de empezar siquiera, el rezo del Rosario, y se introducen en prácticas literalmente “non sanctas”, como las espiritualidades orientales, como las promovidas por la Nueva Era (yoga, budismo, meditación zen, etc.). Son prácticas “non sanctas”, en el sentido de que no acercan a la gracia y no forman parte del tesoro de la Revelación de la Iglesia Católica, por lo que, quienes se dejan guiar por estos equívocos pensamientos y razonamientos, literalmente pierden la filiación divina por un plato de lentejas.
         Quienes así piensan, sobre todo acerca del Santo Rosario –esto es, que el Rosario es una oración mecánica, repetitiva, aburrida, etc.-, se olvidan que fue la mismísima Madre de Dios en persona, es decir, la Santísima Virgen María, quien le dio el Santo Rosario a Santo Domingo de Guzmán -fundador de la Orden Dominicana, que dio a la Iglesia numerosísimos santos, entre ellos, Santo Tomás de Aquino- en el año 1208, para que él lo transmitiera a la Iglesia[1]. En otras palabras, el Santo Rosario, tal como lo conocemos –una oración que consiste en la repetición de Padrenuestros, Avemarías y Glorias-, no es, de ninguna manera, una oración “mecánica”, “repetitiva”, “aburrida”, “insensible”, ni nada por el estilo; decir esto, es contrariar a la Sabiduría Divina, que es quien nos regaló el Rosario, como una oración pensada por el mismo cielo para nosotros, pobres pecadores que peregrinamos en la tierra hacia la Morada Santa, el seno de Dios Padre. Si nosotros menospreciamos el Rosario, dado por la Santísima Virgen en Persona, entonces estamos menospreciando a la Santísima Virgen, a Jesucristo,  a Dios Padre y a Dios Espíritu Santo, que son quienes, con infinito Amor y con infinita Sabiduría, pensaron para nosotros una oración, la más maravillosa de todas, con la cual, a la par que glorificamos a la Santísima Trinidad –el rezo del Gloria-, veneramos a la Madre de Dios –el rezo del Avemaría-, honramos al Padre –el rezo del Padrenuestro-, dedicamos un espacio de tiempo para la meditación y contemplación de los misterios de la vida de Jesucristo –el tiempo que dura la recitación de los diez Avemarías-, espacio de tiempo en el cual la gracia de Dios, obrando a través de la Virgen María, modela nuestro corazón, haciéndolo igual al Sagrado Corazón de Jesús y al Inmaculado Corazón de María, de manera tal que, cuantos más Rosarios recemos, tanto más parecidos serán nuestros corazones, a los Sagrados Corazones de Jesús y de María. Ésta es la finalidad última del rezo del Santo Rosario, donado por la Santísima Virgen, por encargo de la Santísima Trinidad, a Santo Domingo de Guzmán –aparte de combatir las herejías de los cátaros, albigenses y valdenses, que negaban el Papado, los sacramentos y la Redención de Jesucristo-: que por el rezo del Rosario, nuestros corazones se conviertan en copias vivientes, por la gracia que actúa a través de la Virgen, Mediadora de todas las gracias, de los Sagrados Corazones de Jesús y de María.
         Pero además de todo esto, hay que recordar que fue también la Madre de Dios quien se le apareció, dos siglos después, al beato Alano de la Roche[2], para darle las Quince Promesas, para quien rezare devotamente el Santo Rosario todos los días. Estas promesas son las siguientes:
         1. Quien rece constantemente mi Rosario, recibirá cualquier gracia que me pida.
2. Prometo mi especialísima protección y grandes beneficios a los que devotamente recen mi Rosario.
3. El Rosario es el escudo contra el infierno, destruye el vicio, libra de los pecados y abate las herejías.
4. El Rosario hace germinar las virtudes para que las almas consigan la misericordia divina. Sustituye en el corazón de los hombres el amor del mundo con el amor de Dios y los eleva a desear las cosas celestiales y eternas.
5. El alma que se me encomiende por el Rosario no perecerá.
6. El que con devoción rece mi Rosario, considerando sus sagrados misterios, no se verá oprimido por la desgracia, ni morirá de muerte desgraciada, se convertirá si es pecador, perseverará en gracia si es justo y, en todo caso será admitido a la vida eterna.
7. Los verdaderos devotos de mi Rosario no morirán sin los Sacramentos.
8. Todos los que rezan mi Rosario tendrán en vida y en muerte la luz y la plenitud de la gracia y serán partícipes de los méritos bienaventurados.
9. Libraré bien pronto del Purgatorio a las almas devotas a mi Rosario.
10. Los hijos de mi Rosario gozarán en el cielo de una gloria singular.
11. Todo cuanto se pida por medio del Rosario se alcanzará prontamente.
12. Socorreré en sus necesidades a los que propaguen mi Rosario.
13. He solicitado a mi Hijo la gracia de que todos los cofrades y devotos tengan en vida y en muerte como hermanos a todos los bienaventurados de la corte celestial.
14. Los que rezan Rosario son todos hijos míos muy amados y hermanos de mi Unigénito Jesús.
15. La devoción al Santo Rosario es una señal manifiesta de predestinación de gloria.
         En pocas palabras, la Virgen nos está diciendo que si rezamos el Rosario todos los días, devotamente, tenemos el cielo asegurado, no solo para nosotros, sino para todos nuestros seres queridos.
         De esto se sigue, entonces, el enorme daño espiritual que se hacen –y hacen a los demás- aquellos que se niegan a rezar el Santo Rosario, anteponiendo sus erróneos razonamientos humanos; se sigue también cuánto ofenden a la Sabiduría Divina y al Amor Divino, al menospreciar una oración tan sencilla cuan profunda, y cuánto más ofenden a la Santísima Trinidad, quienes, además de despreciar este inmenso tesoro, se internan en espiritualidades que nada tienen para ofrecer al alma, sino tinieblas y sombras, en comparación con la Luz Eterna, Jesucristo, la Lámpara de la Jerusalén celestial, que alumbra a su Iglesia Peregrina con la luz de la gracia, de la fe y de la Verdad; Luz Eterna que ilumina con su resplandor divino a todo aquel que reza el Santo Rosario.



[1] http://www.corazones.org/santos/domingo_guzman.htm
[2] http://www.corazones.org/maria/rosario_historia.htm

jueves, 7 de agosto de 2014

San Cayetano y la misteriosa Presencia de Jesús en el prójimo más necesitado


        A San Cayetano se lo asocia, invariablemente, con el pan y el trabajo, y con esto se lo reduce a una imagen estereotipada, y no está bien que sea así, porque si bien es bueno que cuantos más hombres y mujeres consigan pan y trabajo por medio de nuestro santo -porque todo ser necesita, para su subsistencia, y por su dignidad humana, alimentarse y trabajar-, sin embargo, como católicos, no podemos quedarnos meramente en esta imagen estereotipada de San Cayetano y tampoco debemos pedirle al santo simplemente, pan y trabajo. San Cayetano, como todo santo que está ya en el cielo, y que pasó su vida en la tierra aferrado a la cruz y luchando por vivir en gracia, tiene un mensaje de santidad que es muchísimo más profundo que la mera horizontalidad humanista del pan y del trabajo, por bueno y necesario que sea alimentarse y trabajar. 
        Dentro de todo su sobreabundante mensaje de santidad, San Cayetano decía: “En el oratorio rendimos a Dios el homenaje de la adoración, en el hospital le encontramos personalmente”[1]. Con esto, quería decirnos dos cosas: que en la Eucaristía, encontramos a Dios en Persona, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, y por eso debemos adorarlo, porque está ahí, en Persona, pero en el hospital, cuando nos encontramos con un prójimo enfermo, que está yaciendo en su cama, afiebrado, inmovilizado a causa de su dolencia, tal vez abandonado porque no tiene nadie quien lo acompañe, en ese prójimo nuestro, ahí también está, misteriosamente Presente, Jesucristo, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad. San Cayetano dice que a Jesús lo encontramos en la Eucaristía –en el “oratorio”, dice él-, y por eso debemos adorarlo, pero nos dice que también encontramos a Jesucristo en el enfermo, no de cualquier manera, sino “en Persona” –“personalmente”, dice San Cayetano- y esto lo demostraba con su ejemplo personal, pues según testigos presenciales, él acudía a los hospitales para cuidar de los enfermos que se encontraban afectados por las patologías que causaban más rechazo a causa de su aspecto[2].
El Papa Francisco nos dice algo muy parecido: “Cuando das a alguien limosna, ¿arrojas la moneda, o lo miras a los ojos? Si solo tiras la moneda, y no miras a los ojos, entonces quiere decir que no has encontrado a Dios”.
Esto es acorde a las palabras de Jesús en el Evangelio, que serán las que Él dirá a los que se salven y a los que se condenen, en el Día del Juicio Final: “Venid a Mí, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me disteis de comer (…) sed y me disteis de beber (…) enfermo y me socorristeis (…) preso y me visitasteis (…)”; y a los que se condenen, les dirá: “Apartaos de Mí, malditos, al fuego eterno, porque tuve hambre y no me disteis de comer (…) sed y no me disteis de beber (…) enfermo y no me socorristeis (…) preso y no me visitasteis (…)”. Y tanto los que se salven, como los que se condenen, le preguntarán: “¿Cuándo, Señor, te vimos hambriento, sediento, enfermo, preso?” Cada vez que no lo hicisteis con uno de estos pequeños, Conmigo no lo hicisteis” (o Conmigo lo hicisteis) (Mt 25, 31-40). Esto quiere decir que Jesús, además de estar Presente en la Eucaristía, está Presente, misteriosamente, en el prójimo más necesitado, de manera tal que todo –todo- lo que hacemos a nuestro prójimo, sea en el bien como en el mal, y sobre todo a nuestro prójimo más desvalido y necesitado, se lo hacemos a Jesús, y Jesús recompensa las obras buenas, y castiga las malas. No en vano la Santa Iglesia Católica aconseja[3] –no obliga, sino aconseja, por nuestro bien- realizar las obras de misericordia, corporales y espirituales, porque quiere que todos sus hijos se salven, pero nadie se salvará si no practica su fe, y la fe se demuestra por medio de las obras (cfr. St 2, 18ss), porque la fe sin obras es una fe muerta, que demuestra un corazón muerto a la gracia, sin la vida de Dios en él.
“En el oratorio rendimos a Dios el homenaje de la adoración, en el hospital le encontramos personalmente”. El verdadero adorador de Jesús Eucaristía, como San Cayetano, adora a Jesús no solo en la Eucaristía, sino también a Jesús misteriosamente oculto –oculto, pero misteriosamente oculto y Presente en Persona, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad- en sus hermanos llagados, afiebrados, ulcerados, encarcelados, enfermos, marginados, hambrientos, sedientos, perseguidos, incomprendidos, desesperados, bombardeados, lacerados, golpeados.
“En el oratorio rendimos a Dios el homenaje de la adoración, en el hospital le encontramos personalmente”. San Cayetano nos dice, entonces, que a Jesús lo adoramos en la Eucaristía, y lo veneramos en su imagen, nuestro prójimo más necesitado; San Cayetano no nos dice que debemos adorar a nuestro prójimo, sino a Jesús, misteriosamente Presente en nuestro prójimo, porque nuestro prójimo viene a ser como si fuera un sacramento de Jesús. Como nos dice San Cayetano, adoremos a Jesús en la Eucaristía y veneremos a nuestro prójimo como la imagen viva de Jesús en la tierra, y adoremos su misteriosa Presencia en nuestros hermanos más necesitados, y así alcanzaremos el Reino de los cielos.





[1] http://www.corazones.org/santos/cayetano.htm
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2447.

lunes, 4 de agosto de 2014

El Santo Cura de Ars y el secreto de la felicidad


         Al igual que San Agustín, Santo Tomás, y muchos otros hombres santos a lo largo de la historia, el Santo Cura de Ars buscó y encontró el secreto de la felicidad para el hombre, para todo hombre, tanto para esta vida, como para la vida eterna.
Según el Cura de Ars, la felicidad del hombre está en el orar, porque por la oración, el hombre se une a Dios y de Dios recibe su Amor y en el Amor de Dios está toda la felicidad que el hombre puede siquiera imaginar: “El hombre tiene un hermoso deber y obligación: orar y amar. Si oráis y amáis, habréis hallado la felicidad en este mundo.  La oración no es otra cosa que la unión con Dios. Todo aquel que tiene el corazón puro y unido a Dios experimenta en sí mismo una suavidad y dulzura que lo embriaga, se siente como rodeado de una luz admirable. En esta íntima unión, Dios y el alma son como dos trozos de cera fundidos en uno solo, que ya nadie puede separar. Es algo muy hermoso esta unión con Dios con su pobre creatura; es una felicidad que supera toda comprensión”[1].
Y si la felicidad del hombre está en la oración, porque la oración lo une con Dios y le comunica su Amor, entonces la fuente inagotable de la felicidad es la Santa Misa, porque allí se dona en Persona, en la Eucaristía, el Dios a quien el hombre busca por la oración como causa de su felicidad, porque en ella, por Jesús, la humanidad se une íntimamente a Dios –por su unión hipostática, personal, con el Verbo- y a su vez Dios se dona en su totalidad, con toda la plenitud de su Ser trinitario y de su Amor trinitario, a la humanidad, causándole una felicidad que supera en grado infinito a la de todos los ángeles juntos y superando en grado infinito a cualquier felicidad que pudiera obtener la naturaleza humana en sí misma, porque la felicidad que le otorga el Verbo es la felicidad misma de la Trinidad. Por esta unión hipostática, lejos de ser un ritualismo vacío y formalista, carente de sentido, o válido solo para mentes pietistas de siglos pasados, la Santa Misa es la oración en la que el hombre se une del modo más íntimo posible con Dios, porque en ella la humanidad se une, a través del Hombre-Dios Jesucristo, del modo más íntimo y sobrenatural posible, porque la humanidad está unida personalmente, hipostáticamente, a la Persona del Verbo de Dios.
Esto quiere decir que si alguien se une a Cristo, en cuerpo y en espíritu, es decir, por la fe y por la comunión eucarística –comulgando el Cuerpo de Cristo y uniéndose a Él por la fe-, es unido a Él por el Espíritu Santo a su Cuerpo y a su Alma, a su Humanidad Santísima, y como su Cuerpo y su Alma están unidos hipostáticamente –personalmente-, a la Persona del Verbo, quien se une al Cuerpo de Cristo glorificado, es decir, quien comulga en gracia la Eucaristía, se une máximamente, de la mayor manera que un hombre mortal se puede unir, a Dios, aquí en la tierra, todavía sin vivir en el cielo, obteniendo así el máximo grado de felicidad, aún sin estar en el Reino de los cielos.
Es por esto que, si el hombre buscara la felicidad en donde ésta se encuentra, es decir, en la Santa Misa, en la comunión eucarística –esto es, en la unión por la fe, con el Cuerpo, la Sangre, el Alma, la Divinidad y el Amor de Jesucristo-, no tendría en absoluto necesidad de recurrir a los falsos dioses del mundo, tal como lamentablemente vemos que lo hace en nuestros días.
Es esto lo que el Santo Cura de Ars quiere decir cuando dice que la felicidad del hombre está en la oración.




[1] Catechisme sur la priére, A. Monnin, Esprit du Curé d’Ars, Paris 1899, 87-89.

viernes, 1 de agosto de 2014

San Alfonso María de Ligorio


         ¿En qué consiste la santidad y la perfección? Dice San Alfonso María de Ligorio que “la santidad y la perfección del alma consiste en el amor a Jesucristo, nuestro Dios, nuestro sumo bien y redentor”[1]. Ahora bien, una vez conocido esto, se plantea el siguiente interrogante: por un lado, tenemos al hombre, ser inteligente y libre, creado con una profunda sed de amor; por otro lado, tenemos a Dios Uno y Trino, Ser creador, que es el Amor en sí mismo, libre también Él, que desea ser amado por su creatura, pero cuyo libre albedrío respeta tanto, que no puede obligarlo a amarlo. A su vez, Dios Trino sabe que el hombre, creado a su imagen y semejanza, solo será feliz si el hombre lo ama a Él con todo su ser, con todas sus fuerzas, con toda su alma, con todo su corazón; pero sabe también, que no puede obligarlo a amarlo, porque el hombre lleva la impronta de su semejanza, que es el libre albedrío. ¿Cómo puede hacer Dios para que el hombre, ser libre, sea feliz, amándolo a Él? En otras palabras: ¿cómo puede Dios, Creador del hombre, hacer que su creatura más preciada, el hombre, sea feliz –felicidad que sólo logrará en el amor a Él, Dios Uno y Trino-, sin forzar su libertad, puesto que la libertad es la imagen sagrada que lleva el hombre en su ser? La Divina Sabiduría y el Divino Amor encontraron la respuesta: colmando al hombre de dones, de manera tal que, viéndose el hombre colmado de tantos dones por parte de su Creador, Dios Uno y Trino, no tuviera más opción que enamorarse de su Creador y amarlo con todo su ser, con toda su alma, con todas sus fuerzas, con todo su corazón.
Dice así San Alfonso: “Dios, sabiendo que al hombre se lo gana con beneficios, quiso llenarlo de dones para que se sintiera obligado a amarlo”[2], y luego, para explicar de qué se trata esto, pone estas palabras en boca del mismo Dios: “Quiero atraer a los hombres a mi amor con los mismos lazos con que habitualmente se dejan seducir: con los vínculos del amor”[3]. Más adelante, continúa San Alfonso: “Y éste es el motivo de todos los dones que concedió al hombre. Además de haberle dado un alma dotada, a imagen suya, de memoria, entendimiento y voluntad, y un cuerpo con sus sentidos, no contento con esto, creó, en beneficio suyo, el cielo y la tierra y tanta abundancia de cosas, y todo ello por amor al hombre, para que todas aquellas creaturas estuvieran al servicio del hombre, y así el hombre lo amara a Él en atención a tantos beneficios. Y no sólo quiso darnos aquellas creaturas, con toda su hermosura, sino que además, con el objeto de conquistarse nuestro amor, llegó al extremo de darse a sí mismo por entero a nosotros. El Padre eterno llegó a darnos su Hijo único (…) Llevado por su amor inmenso, mejor aún, excesivo, como dice el Apóstol, nos envió a su Hijo amado para satisfacer por nuestros pecados y para restituirnos a la vida, que habíamos perdido por el pecado. Dándonos al Hijo, al que no perdonó, para perdonarnos a nosotros, nos dio con él todo bien: la gracia, la caridad y el paraíso, ya que todas estas cosas son ciertamente menos que el Hijo[4]”.
Según San Alfonso, entonces, Dios Padre nos colmó no sólo de toda clase de bienes y dones naturales, sino sobre todo, de bienes sobrenaturales –la gracia, la caridad- y, en el exceso de su amor, nos dio a su Hijo único, para que nos viéramos obligados a amarlo.
Y ese Hijo único de Dios, Jesucristo -en cuyo amor está la máxima felicidad del hombre-, se encuentra, vivo, glorioso y resucitado, Presente en Persona, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, y con su Amor -que es el Amor que une al Padre y al Hijo en la eternidad, el Espíritu Santo-, en la Eucaristía, porque el Hijo de Dios renueva su sacrificio en la cruz, cada vez, de modo incruento, en la Santa Misa, y es por eso que la Eucaristía y la Santa Misa son las dos obras del Amor Trinitario que nos obligan a amar a Dios Uno y Trino con todas nuestras fuerzas, con todo nuestro ser, con toda la potencia de que sean capaces nuestros corazones, porque no hay obra de amor más grande que “dar la vida por los amigos” (Jn 15, 13), y Jesús, en la Santa Misa, da la vida por nosotros, derramando su Sangre en el cáliz y entregando su Cuerpo en la Eucaristía.
Pero además de la Misa y de la Eucaristía, Jesús -cuyo amor hace máximamente feliz al hombre-, también se encuentra Presente, misteriosamente, en el prójimo más necesitado, de ahí la necesidad imperiosa de hacer obras de misericordia, si queremos alcanzar el cielo: “…tuve hambre, tuve sed…, estuve preso…, estuve enfermo….” (cfr. Mt 25, 35-46).
En síntesis, según San Alfonso María de Ligorio, Dios nos creó libre para amarlo, y en el amor suyo está nuestra máxima felicidad, pero como no podía forzar nuestra libertad, se vio en la “necesidad” –por así decirlo- de colmarnos de dones –naturales y sobrenaturales-, para que nos viéramos “obligados” a amarlo. Y para asegurarse de que no tuviéramos ninguna excusa para no amarlo, nos envió a su Hijo único, Jesucristo, para que no sólo muriera en cruz para nuestra salvación, sino para que perpetuara el don de sí mismo en la cruz en la Santa Misa –llamada por esto ‘renovación incruenta del santo sacrificio de la cruz’- y para que permaneciera con nosotros “todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20) y el modo de cumplir esta hermosa y consoladora promesa, es el don admirable de la Eucaristía, don por el cual permanece y permanecerá con nosotros, en todos los sagrarios del mundo, hasta el fin del mundo. Y por último, también está Jesús misteriosamente presente en nuestros hermanos más necesitados, para que podamos demostrar, con obras, nuestro amor hacia Dios, socorriendo al prójimo, imagen viviente de Dios, porque el hombre es creado “a imagen y semejanza de Dios” (Gn 1, 26).
De esta manera, así, al colmarnos de tantos dones, Dios Uno y Trino conseguía su objetivo: por un lado, respetaba nuestro libre albedrío, y por otro, se aseguraba que fuéramos máximamente felices, al amar a Jesús, única fuente de felicidad y de amor, en la Eucaristía, en la Santa Misa y en el prójimo más necesitado.



[1] Cfr. Tratado sobre la práctica del amor a Jesucristo, edición latina, Roma 1909, 9-14.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.