San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

martes, 31 de julio de 2012

San Ignacio de Loyola


31 de julio


Vida y milagros de San Ignacio de Loyola[1]
San Ignacio nació probablemente, en 1491, en el castillo de Loyola en Azpeitia, población de Guipúzcoa, cerca de los Pirineos. Murió el 31 de Julio de 1556 en Roma, Italia. Fue beatificado el 27 de Julio de 1609 por Pablo V. Fue canonizado el 12 de Marzo de 1622 por Gregorio XV.
Su padre, don Bertrán, era señor de Ofiaz y de Loyola, jefe de una de las familias más antiguas y nobles de la región. Y no era menos ilustre el linaje de su madre, Marina Sáenz de Licona y Balda. Iñigo (pues ése fue el nombre que recibió el santo en el bautismo) era el más joven de los ocho hijos y tres hijas de la noble pareja. Íñigo luchó contra los franceses en el norte de Castilla. Pero su breve carrera militar terminó abruptamente el 20 de mayo de 1521, cuando una bala de cañón le rompió la pierna durante la lucha en defensa del castillo de Pamplona. Después de que Iñigo fue herido, la guarnición española capituló.
Los franceses no abusaron de la victoria y enviaron al herido en una litera al castillo de Loyola (su hogar). Como los huesos de la pierna soldaron mal, los médicos consideraron necesario quebrarlos nuevamente. Iñigo se decidió a favor de la operación y la soportó estoicamente ya que anhelaba regresar a sus anteriores andanzas a todo costo. Pero, como consecuencia, tuvo un fuerte ataque de fiebre con tales complicaciones que los médicos pensaron que el enfermo moriría antes del amanecer de la fiesta de San Pedro y San Pablo. Sin embargo empezó a mejorar, aunque la convalecencia duró varios meses. No obstante la operación de la rodilla rota presentaba todavía una deformidad. Iñigo insistió en que los cirujanos cortasen la protuberancia y, pese a éstos le advirtieron que la operación sería muy dolorosa, no quiso que le atasen ni le sostuviesen y soportó la despiadada carnicería sin una queja. Para evitar que la pierna derecha se acortase demasiado, Iñigo permaneció varios días con ella estirada mediante unas pesas. Con tales métodos, nada tiene de extraño que haya quedado cojo para el resto de su vida.
Con el objeto de distraerse durante la convalecencia, Iñigo pidió algunos libros de caballería (aventuras de caballeros en la guerra), a los que siempre había sido muy afecto. Pero lo único que se encontró en el castillo de Loyola fue una historia de Cristo y un volumen de vidas de santos. Iñigo los comenzó a leer para pasar el tiempo, pero poco a poco empezó a interesarse tanto que pasaba días enteros dedicado a la lectura. Y se decía: “Si esos hombres estaban hechos del mismo barro que yo, bien yo puedo hacer lo que ellos hicieron”. Inflamado por el fervor, se proponía ir en peregrinación a un santuario de Nuestra Señora y entrar como hermano lego a un convento de cartujos.
Pero tales ideas eran intermitentes, pues su ansiedad de gloria y su amor por una dama, ocupaban todavía sus pensamientos. Sin embargo, cuando volvía a abrir el libro de la vida de los santos, comprendía la futilidad de la gloria mundana y presentía que sólo Dios podía satisfacer su corazón. Las fluctuaciones duraron algún tiempo. Ello permitió a Iñigo observar una diferencia: en tanto que los pensamientos que procedían de Dios le dejaban lleno de consuelo, paz y tranquilidad, los pensamientos vanos le procuraban cierto deleite, pero no le dejaban sino amargura y vacío. Finalmente, Iñigo resolvió imitar a los santos y empezó por hacer toda penitencia corporal posible y llorar sus pecados (de estas experiencias se servirá luego para volcarlas en los Ejercicios Espirituales, concretamente, para el discernimiento de espíritus).
Una noche, se le apareció la Madre de Dios, rodeada de luz y llevando en los brazos a Su Hijo. La visión consoló profundamente a Ignacio. Al terminar la convalecencia, hizo una peregrinación al santuario de Nuestra Señora de Montserrat, donde determinó llevar vida de penitente. Su propósito era llegar a Tierra Santa y para ello debía embarcarse en Barcelona que está muy cerca de Montserrat. La ciudad se encontraba cerrada por miedo a la peste que azotaba la región. Así tuvo que esperar en el pueblecito de Manresa, no lejos de Barcelona y a tres leguas de Montserrat. El Señor tenía otros designios más urgentes para Ignacio en ese momento de su vida. Lo quería llevar a la profundidad de la entrega en oración y total pobreza. Se hospedó ahí, unas veces en el convento de los dominicos y otras en un hospicio de pobres. Para orar y hacer penitencia, se retiraba a una cueva de los alrededores. Así vivió durante casi un año.
“A fin de imitar a Cristo nuestro Señor y asemejarme a Él, de verdad, cada vez más; quiero y escojo la pobreza con Cristo, pobre más que la riqueza; las humillaciones con Cristo humillado, más que los honores, y prefiero ser tenido por idiota y loco por Cristo, el primero que ha pasado por tal, antes que como sabio y prudente en este mundo”. Se decidió a “escoger el Camino de Dios, en vez del camino del mundo”, hasta lograr alcanzar su santidad.
A las consolaciones de los primeros tiempos sucedió un período de aridez espiritual; ni la oración, ni la penitencia conseguían ahuyentar la sensación de vacío que encontraba en los sacramentos y la tristeza que le abrumaba. A ello se añadía una violenta tempestad de escrúpulos que le hacían creer que todo era pecado y le llevaron al borde de la desesperación. En esa época, Ignacio empezó a anotar algunas experiencias que iban a servirle para el libro de los “Ejercicios Espirituales”. Finalmente, el santo salió de aquella noche oscura y el más profundo gozo espiritual sucedió a la tristeza.
Aquella experiencia dio a Ignacio una habilidad singular para ayudar a los escrupulosos y un gran discernimiento en materia de dirección espiritual. Más tarde, confesó al P. Laínez que, en una hora de oración en Manresa, había aprendido más de lo que pudiesen haberle enseñado todos los maestros en las universidades.
Luego de peregrinar a Tierra Santa y de estudiar en Barcelona por dos años, se trasladó a París, adonde llegó en febrero de 1528. En 1534, a los cuarenta y tres años de edad, Ignacio obtuvo el título de maestro en artes de la Universidad de París. Por aquella época, se unieron a Ignacio otros seis estudiantes de teología quienes, movidos por las exhortaciones de Ignacio, hicieron voto de pobreza, de castidad y de ir a predicar el Evangelio en Palestina, o, si esto último resultaba imposible, de ofrecerse al Papa para que los emplease en el servicio de Dios como mejor lo juzgase. La ceremonia tuvo lugar en una capilla de Montmartre, donde todos recibieron la comunión de manos de Pedro Fabro, quien acababa de ordenarse sacerdote. Era el día de la Asunción de la Virgen de 1534.
Dos años más tarde, se trasladaron a Roma en donde Paulo III les concedió a los que todavía no eran sacerdotes el privilegio de recibir las órdenes sagradas de manos de cualquier obispo. Después de la ordenación, se retiraron a una casa de las cercanías de Venecia, a fin de prepararse para los ministerios apostólicos. Resolvieron que, si alguien les preguntaba el nombre de su asociación, responderían que pertenecían a la Compañía de Jesús[2], porque estaban decididos a luchar contra el vicio y el error bajo el estandarte de Cristo. Durante el viaje a Roma, mientras oraba en la capilla de “La Storta”, el Señor se apareció a Ignacio, rodeado por un halo de luz inefable, pero cargado con una pesada cruz. Cristo le dijo: Ego vobis Romae propüius ero (Os seré propicio en Roma). Ignacio se dedicó a predicar los Ejercicios y a catequizar al pueblo. Ignacio y sus compañeros decidieron formar una congregación religiosa para perpetuar su obra. A los votos de pobreza y castidad debía añadirse el de obediencia para imitar más de cerca al Hijo de Dios, que se hizo obediente hasta la muerte. Además, había que nombrar a un superior general a quien todos obedecerían, el cual ejercería el cargo de por vida y con autoridad absoluta, sujeto en todo a la Santa Sede. A los tres votos arriba mencionados, se agregaría el de ir a trabajar por el bien de las almas adondequiera que el Papa lo ordenase. Paulo III aprobó la Compañía de Jesús por una bula emitida el 27 de septiembre de 1540. Ignacio fue elegido primer general de la nueva orden y su confesor le impuso, por obediencia, que aceptase el cargo. Empezó a ejercerlo el día de Pascua de 1541 y, algunos días más tarde, todos los miembros hicieron los votos en la basílica de San Pablo Extramuros. Ignacio pasó el resto de su vida en Roma, consagrado a la colosal tarea de dirigir la orden que había fundado. Con la ayuda del rey Juan III, Javier se trasladó a la India, donde empezó a ganar un nuevo mundo para Cristo. Los padres Goncalves y Juan Núñez Barreto fueron enviados a Marruecos a instruir y asistir a los esclavos cristianos. Otros cuatro misioneros partieron al Congo; algunos más fueron a Etiopía y a las colonias portuguesas de América del Sur. El Papa Paulo III nombró como teólogos suyos, en el Concilio de Trento, a los padres Laínez y Salmerón. Antes de su partida, San Ignacio les ordenó que visitasen a los enfermos y a los pobres y que, en las disputas se mostrasen modestos y humildes y se abstuviesen de desplegar presuntuosamente su ciencia y de discutir demasiado.
La prudencia y caridad del gobierno de San Ignacio le ganó el corazón de sus subditos. Era con ellos afectuoso como un padre, especialmente con los enfermos, a los que se encargaba de asistir personalmente procurándoles el mayor bienestar material y espiritual posible. Aunque San Ignacio era superior, sabía escuchar con mansedumbre a sus subordinados, sin perder por ello nada de su autoridad. En las cosas en que no veía claro se atenía humildemente al juicio de otros. Durante los quince años que duró el gobierno de San Ignacio, la orden aumentó de diez a mil miembros y se extendió en nueve países europeos, en la India y el Brasil. Como en esos quince años el santo había estado enfermo quince veces, nadie se alarmó cuando enfermó una vez más. Murió el 31 de julio de 1556. Fue canonizado en 1622, y Pío XI le proclamó patrono de los Ejercicios Espirituales y retiros.

Mensaje de santidad de San Ignacio de Loyola
            Una de las obras más famosas y fecundas de Ignacio fue el libro de los “Ejercicios Espirituales”. Empezó a escribirlo en Manresa y lo publicó por primera vez en Roma, en 1548, con la aprobación del Papa. Los Ejercicios cuadran perfectamente con la tradición de santidad de la Iglesia. Desde los primeros tiempos, hubo cristianos que se retiraron del mundo para servir a Dios, y la práctica de la meditación es tan antigua como la Iglesia. Lo nuevo en el libro de San Ignacio es el orden y el sistema de las meditaciones. Si bien las principales reglas y consejos que da el santo se hallan diseminados en las obras de los Padres de la Iglesia, San Ignacio tuvo el mérito de ordenarlos metódicamente y de formularlos con perfecta claridad. El fin específico de los Ejercicios es llevar al hombre a un estado de serenidad y despego terrenal para que pueda elegir “sin dejarse llevar del placer o la repugnancia, ya sea acerca del curso general de su vida, ya acerca de un asunto particular. Así, el principio que guía la elección es únicamente la consideración de lo que más conduce a la gloria de Dios y a la perfección del alma”. Como lo dice Pío XI, el método ignaciano de oración “guía al hombre por el camino de la propia abnegación y del dominio de los malos hábitos a las más altas cumbres de la contemplación y el amor divino”[3].
El elemento central de los Ejercicios Espirituales ignacianos, es la segunda semana, llamada “de la oblación del reino”, en donde el alma se encuentra sola frente a Cristo crucificado, Rey de cielos y tierra, que llama a todos para conquistar el universo[4].
San Ignacio presenta como materia para meditar a un rey temporal, que llama a sus súbditos, todos nobles y buenos caballeros, a realizar una empresa noble, conquistar a sus enemigos. Luego él mismo dice que esta figura del rey temporal, debe aplicarse, por analogía, al “rey eternal”, es decir, Jesucristo[5].
Ahora bien, este rey eternal, que es Jesucristo, tiene la particularidad de que reina desde la cruz, su corona no es de oro y diamantes, sino de espinas, y su cetro son los clavos que lo sujetan al madero de la cruz.
El alma, en la segunda semana de los Ejercicios, debe hacer un coloquio frente a Cristo crucificado, siendo movida por lo mismo que movió a ese rey a morir por el alma: el amor y movida por este amor, hacer la “oblación del reino”[6], es decir, el ofrecimiento de sí mismo al rey que cuelga del madero y que primero se donó a sí mismo al alma por amor.
Si el alma es movida por otros motivos diferentes al amor a Cristo crucificado –el temor al infierno o el deseo del cielo-, podrá evitar los castigos y alcanzar el cielo, pero la unión con Jesucristo será imperfecta. Será perfecta la unión con Cristo cuando el alma se una a Cristo crucificado en la oblación de sí misma por amor, al tomar conciencia que Cristo se ofreció a sí mismo por amor.
Los Ejercicios no son una ejercitación psicológica, sino una realidad espiritual, en la cual el alma se encuentra con Dios cara a cara, en la soledad de los Ejercicios.
Este encuentro, real y espiritual, entre el alma y Dios, que se produce en los Ejercicios, se renueva y actualiza realmente en la misa.
             En cada misa, se renueva ese encuentro entre Cristo crucificado y el alma que se encuentra de rodillas frente a Él, que se presenta en el altar. En cada misa, el rey de los cielos se presenta crucificado y derrama su sangre sobre el cáliz y entrega su cuerpo en la Eucaristía, y dona su ser divino al alma que lo recibe en la comunión.
            En cada misa, el alma debe hacer suyas las palabras de Santa Teresa de Ávila, que responde a su rey en la cruz no por temor al infierno ni por deseo del cielo, sino por amor a Jesús en la cruz: “No me mueve, mi Dios, para quererte/ el cielo que me tienes prometido,/ ni me mueve el infierno tan temido/ para dejar por eso de ofenderte./ Tú me mueves, Señor, muéveme el verte/ clavado en una cruz y escarnecido;/ muéveme ver tu cuerpo tan herido,/ muévenme tus afrentas y tu muerte./ Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,/ que aunque no hubiera cielo, yo te amara,/ y aunque no hubiera infierno, te temiera./ No me tienes que dar porque te quiera,/ pues aunque lo que espero no esperara,/ lo mismo que te quiero te quisiera./”
            En cada misa el Rey eternal, Jesucristo, se hace Presente sobre el altar, con su cruz, con sus heridas, con su corona de espinas, con su sangre, que vierte en el cáliz, con su cuerpo, que entrega en la Hostia, con su Ser divino, que deposita en el fondo del alma que lo recibe en la comunión, y en cada misa, renueva su llamado a conquistar las almas para su reino y ofrece, como medio de conquista, su cuerpo y su sangre en la cruz.
En respuesta al don de Sí que este Rey eternal hace al alma, el alma no puede sino responder con la respuesta de amor de Santa Teresa de Ávila a la pregunta de San Ignacio frente a Jesús crucificado: “¿Qué he de hacer por Cristo?”


[1] Cfr. http://santopedia.com
[2] San Ignacio no empleó jamás el nombre de “jesuita”. Originalmente fue este un apodo más bien hostil que se dio a los miembros de la Compañía de Jesús.
[3] Cfr. Butler, Vidas de los Santos de Butler, Tomo III, 223-228.
[4] Cfr. Ejercicios Ignacianos, 147.
[5] http://deangelesysantos.blogspot.com
[6] Cfr. Ejercicios Ignacianos, 98.

miércoles, 25 de julio de 2012

Santiago Apóstol




         “¿Podéis beber del cáliz que Yo he de beber?” (Mt 20, 20-28). La madre de los hijos de Zebedeo –Santiago y Juan-, pide a Jesús un puesto de honor para sus hijos. Aunque a primera vista parece ser una pretensión mundana, lo que pide esta madre para sus hijos, es la Cruz de Jesús, lo cual se ve confirmado con la respuesta que ellos dan a la pregunta de Jesús de si pueden beber del cáliz que Él ha de beber: “Podemos”.
         Éste es el ejemplo que nos deja Santiago Apóstol: en vez de pretender puestos de honor mundano; en vez de pretender acercarnos a los poderosos del mundo para obtener de ellos indignas prebendas de un cristiano, como poder, riqueza, bienes materiales, honor y fama mundana, los cristianos debemos postrarnos ante Jesús para pedir beber del cáliz de la amargura y participar de sus mismas penas. En otras palabras, debemos pedir participar de la Cruz de Jesús, porque es eso lo que colma al corazón de felicidad, en esta vida y en la otra, y no por las penas, las amarguras y la cruz en sí mismas, sino porque el Hombre-Dios las ha dulcificado al asumirlas para sí y ponerlas en contacto con su Divina Persona.
         Como a Santiago Apóstol, también a nosotros nos pregunta Jesús: “¿Podéis beber del cáliz que Yo he de beber?”. Junto a Santiago Apóstol, decimos: “Podemos”.

domingo, 22 de julio de 2012

Santa Brígida, el fuego del infierno y el fuego del Amor divino


         
 En nuestra época, caracterizada por el relativismo religioso, en donde cada uno quiere creer en lo que mejor le parece, y en donde cada uno se construye su propia religión y su propio sistema de creencias, según mejor le parece, es necesario regresar a las fuentes, es necesario escuchar la voz de aquellos que, desde el más allá, contemplan el rostro de Dios por la eternidad y se alegran en su presencia, es decir, los santos.
Es necesario escuchar su voz, porque hoy se levantan múltiples voces que niegan las realidades ultraterrenas, realidades que se reducen a dos fuegos: el fuego del infierno, para quienes en esta vida, haciendo mal uso de su libertad, prefirieron rechazar los Mandamientos de Dios y seguir en cambio los de Lucifer, y el fuego del Amor divino, que enciende los corazones en un océano infinito de paz, de amor y de alegría, para quienes eligieron el empinado y pedregoso camino de la Cruz.
En una época como la nuestra, dominada por la confusión religiosa, en donde la mayoría de los cristianos, que deberían ser “sal de la tierra y luz del mundo” han apostatado, porque han abandonado voluntariamente las armas espirituales de la oración, de la penitencia, del sacrificio y del ayuno, para pasarse en masa al enemigo, adoptando toda clase de vicios, es necesario entonces, repetimos, escuchar a los santos, como Santa Brígida de Suecia.
Dice así esta santa, comentando la respuesta enojada de un soldado ante la prédica de un sacerdote, en el que hablaba acerca de la severidad del juicio divino[1]: “Predicando el maestro Matías de Suecia, que compuso el prólogo de este libro, un soldado le dijo lleno de furor: ‘Si mi alma no ha de ir al cielo, vaya como los animales a comer tierra y las cortezas de los árboles. Larga demora es aguardar hasta el día del juicio, pues antes de ese juicio ningún alma verá la gloria de Dios’. Al oír esto santa Brígida que se hallaba presente, dio un profundo gemido, diciendo: ‘Oh Señor, Rey de la gloria, sé que sois misericordioso y muy paciente; todos los que callan la verdad y desfiguran la justicia, son alabados en el mundo, mas los que tienen y muestran tu celo, son despreciados. Así, pues, Dios mío, dad a este maestro constancia y fervor para hablar’.
Entonces la Santa en un arrobamiento vio abierto el cielo y el infierno ardiendo, y oyó una voz que le decía: ‘Mira el cielo, mira la gloria de que se hallan revestidas las almas, y di a tu maestro: ‘Lo dice esto Dios tu Criador y Redentor. Predica con confianza, predica continuamente, predica a tiempo o fuera de tiempo, predica que las almas bienaventuradas y que ya han purgado ven la cara de Dios; predica con fervor, pues recibirás la recompensa del hijo que obedece la voz de su padre.

Y si dudas quién soy Yo que te estoy hablando, has de saber que soy el que apartó de ti tus tentaciones”.
Después de oír esto vio otra vez la Santa el infierno, y horrorizada de espanto, oyó una voz que decía: “No temas los espíritus que ves, pues sus manos, que son su poderío, están atadas, y sin permiso mío no pueden hacer más que una brizna de polvo delante de tus pies. ¿Qué piensan los hombres, confiando que no me he de vengar de ellos, Yo, que sujeto a mi voluntad los mismos demonios?”.
Entonces respondió la Santa: 2No os enojéis, Señor, si os hablo. Vos, que sois misericordiosísimo, ¿castigaréis acaso perpetuamente al que perpetuamente no puede pecar? No creen los hombres que semejante proceder corresponde a vuestra divinidad, que en el juzgar manifestáis sobre todo la misericordia, y ni aun los mismos hombres castigan perpetuamente a los que delinquen contra ellos”.
Y dijo el Espíritu: “Yo soy la misma verdad y justicia, que doy a cada cual según sus obras, veo los corazones y las voluntades, y tanto como el cielo dista de la tierra, así distan mis caminos y mis juicios de los consejos y de la inteligencia de los hombres. Por tanto, el que no corrige su mal mientras vive y puede, ¿qué es de extrañar si es castigado cuando no puede? ¿Ni cómo deben permanecer en mi eternidad purísima los que desean vivir eternamente para siempre pecar? Por consiguiente, el que corrige su pecado cuando puede, debe permanecer conmigo por toda la eternidad, porque yo eternamente lo puedo todo, y eternamente vivo”.
         Más allá de esta vida, esperan a todo hombre dos fuegos: el del infierno, y el del Amor divino. Lo que el hombre elija, ya desde esta vida, eso se le dará, pues Dios es profundamente respetuoso de la libertad humana, y da a cada uno lo que cada uno elige: si elige el pecado y la impenitencia, se le da lo que elige, que en la otra vida se llama “infierno”, y si elige la virtud y la gracia, se le da lo que elige, que en la otra vida se llama “Cielo”.
Y además, es infinitamente justo y al mismo tiempo misericordioso, porque sino, no sería Dios.


[1]Cfr. Santa Brígida de Suecia, Profecías y revelaciones, Capítulo 52; http://verdadescristianas.blogcindario.com/2010/05/04487-profecias-y-visiones-de-santa-brigida-de-suecia-sobre-las-revelaciones.html

jueves, 19 de julio de 2012

San Simón Stock, ermitaño, monje y sacerdote, recibe el Escapulario de manos de la Virgen del Carmen


16 de julio


            Vida y milagros de San Simón Stock
            Nació en el año 1165 en el condado de Kent, Inglaterra. Ingresa a la Orden carmelita, llevando allí una vida ejemplar y piadosa; años más tarde, es nombrado General de la Orden del Carmelo, cargo que desempeñará hasta la muerte. Era muy devoto de la Virgen María, por lo que se le ha llamado “el amado de María”. Le componía himnos que luego recitaba. Cada día rezaba así pidiendo por su Orden: “Flor del Carmelo, Viña florida, esplendor del cielo; Virgen fecunda y singular; oh Madre dulce de varón no conocida; a los carmelitas proteja tu nombre, Estrella del mar".
            Fundó diversos conventos en las principales ciudades universitarias como por ejemplo Oxford, Cambridge, Bologna y París.
            La Virgen se le apareció el 16 de julio de 1251, y le entregó el escapulario diciéndole: “Toma este hábito, el que muera con él no padecerá el fuego eterno”.
            Muere en Burdeos (Francia) el 16 de mayo de 1265, haciendo una visita pastoral. Es enterrado allí. En el año 1951 es trasladado a Aylesford.
Aunque es venerado por los Carmelitas desde por lo menos 1564 nunca ha sido oficialmente canonizado, aunque el Vaticano aprueba que los carmelitas celebren esta fiesta.

            Mensaje de santidad de San Simón Stock
El mensaje de santidad de San Simón Stock está ligado indisolublemente al Escapulario de la Virgen del Carmen. ¿Cuál es su significado?
Ante todo, tiene un profundo significado mariano, porque es el equivalente a llevar puesto el hábito de la Virgen del Carmen. En otras palabras, es como si una madre, al ver que su hijo, que ha empezado a recorrer un largo camino, está desprotegido y pasando frío porque al comenzar a caminar se desencadenó una fuerte tormenta de agua y nieve, se quitara su manto, que es de buena lana y bien abrigado, y se lo da, para que su hijo no solo recupere la temperatura corporal que había perdido a causa del frío, sino para que lleve, sano y salvo, y bien calentito, a su destino final.
En este ejemplo, la madre es la Virgen, su manto es el escapulario del Carmen, el hijo que debe recorrer un camino con tormenta de nieve y frío es el hombre que peregrina por el mundo, en dirección a la vida eterna. Con el manto de la Virgen, puede el hombre evitar el frío del desamor, y llegar al cielo con su corazón ardiendo de amor a Dios y al prójimo.
El escapulario, entonces, es un signo de la protección maternal y amorosa de la Virgen, que por este medio garantiza una muerte en gracia y ser librados del infierno y, si el alma va al Purgatorio, el escapulario tiene también la promesa de que la Virgen la liberará al primer sábado después de su muerte. Sin embargo, conviene tener presente que el escapulario no es un amuleto o protector mágico, puesto que llevarlo puesto implica el firme compromiso de vivir en forma mariana, o sea, imitando las virtudes de la Santísima Virgen. En otras palabras, no se puede llevar el escapulario y al mismo tiempo vivir en el pecado. Se necesita el propósito de buscar en todo momento la conversión del corazón.

El escapulario de la Virgen del Carmen
            Al nacer Jesús, el Hombre-Dios, en Belén, María lo cubrió con su manto para protegerlo del intenso frío; cuando su Hijo Jesús murió en la cruz y fue descendido de ella, María lo cubrió también con su manto, antes de que Jesús fuera depositado en el sepulcro.
            María cubre con su manto a su Hijo Jesús al nacer y al morir, en un claro y ejemplar gesto maternal.
            Pero Jesús no es el único hijo que tiene María: María tiene muchos hijos adoptivos, engendrados virginalmente por el Espíritu Santo, al pie de la cruz. María engendra espiritualmente a esos hijos al pie de la cruz, en la persona de Juan, cuando Jesús, antes de morir, le dice: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” (cfr. Jn 19, 26). María adopta a Juan, y en la persona de Juan, adopta a toda la humanidad; al pie de la cruz, todo ser humano se convierte en hijo adoptivo de María, y María, como Buena Madre, quiere también, con un gesto maternal, abrazar y cubrir a sus hijos adoptivos con su manto.
            Es para cumplir este deseo de María, de cubrir maternalmente a sus hijos espirituales con su manto, que María dona a San Simón Stock el escapulario del Monte Carmelo.
            El gesto de María no es sino continuación y cumplimiento del encargo dado por Jesús antes de morir en la cruz, de adoptar a los hombres como hijos de María. Al señalar a Juan, Jesús le dijo a María: “Mujer, he ahí a tu hijo”, y desde ese momento, Juan, y en él, que estaba representada toda la humanidad, fueron tomados todos los seres humanos bajo el manto protector de María, y para eso el escapulario del Monte Carmelo.
            Este gesto protector de María es un gesto maternal, un gesto que pertenece a toda madre, pero tratándose de la Madre de Dios, hay un contenido misterioso, sobrenatural, escondido.
Debido a que el escapulario contiene la promesa central de que quien muera con él no irá al infierno, es decir, no será dominado por Satanás, la aparición de María y el don del escapulario es continuación del gesto de protección maternal que María tiene para con su Hijo Jesús, a quien libra del ataque del dragón infernal, según el Apocalipsis: “Cuando el dragón se vio precipitado a la tierra, persiguió a la mujer (María) que había dado a luz (virginalmente) al varón. Pero a la mujer le fueron dadas las dos alas del águila grande para que volase al desierto (…)”[1].
María había protegido a su Hijo Jesús al nacer en Belén, y lo cubrió con su manto en el momento de descenderlo de la cruz; y lo protegió también durante su vida, aunque el dragón no tenía poder su Hijo, pero quería arrebatárselo: “La mujer y el niño huyeron al desierto (…) del dragón”. Aunque lo perseguía, de ninguna manera podía llevarse al Hijo de María, el Hombre-Dios.
            En cambio a sus hijos adoptivos sí los puede arrebatar el dragón infernal, y es para protegerlos de este peligro mortal para el alma, para lo cual María ofrece su manto de Virgen del Carmen a sus hijos adoptivos.
            El dragón infernal no es un personaje de un libro religioso, la Escritura, que está descripto para que creamos en él pero como si fuera una fábula, sin entidad real; el dragón infernal, que persiguió a María y a Jesús, se presenta en nuestros días bajo la apariencia de cosas buenas, y tiene en la masonería y en la Nueva Era sus representantes visibles en la tierra.
            La Virgen, al darnos el escapulario del Monte Carmelo, nos cubre con su manto. Nos corresponde a nosotros, como hijos suyos, permanecer bajo este manto.


[1] Cfr. 12, 14.

jueves, 12 de julio de 2012

Santa Teresa de los Andes: "Dios es amor y alegría"



“Dios es amor y alegría y El nos la comunica. Solo Dios basta. Fuera de El no hay felicidad posible”, dice Santa Teresa de los Andes en una de sus cartas, revelando cuál es el conocimiento verdadero del Verdadero Dios que tienen los santos. Este conocimiento, que lleva al amor de Dios, es dado a los santos por su intensa e íntima comunión de vida y amor con Cristo Jesús, el Hombre-Dios, Dios hecho hombre sin dejar de ser Dios. Es Jesucristo quien muestra el verdadero rostro de Dios; es Jesucristo quien muestra el verdadero ser del Ser divino, que es, como lo dicen los santos como Santa Teresa de los Andes, “amor y alegría que se dona”, fuera del cual “no hay alegría ni amor posibles”.
Precisamente, este conocimiento y amor de Dios es el que no tiene el mundo, puesto que el mundo presenta a Dios como a un ser distante, frío, indiferente del destino de sus criaturas, cuando no lo presenta como a un ser duro, incapaz de la sonrisa y de la alegría, e incluso, en sus caracterizaciones más alejadas de la realidad, lo presentan como un ser cruel, justiciero y vengativo. El mundo ateo no conoce al Dios verdadero, que es “amor y alegría”, y por eso presenta una visión deformada de Él, falsificando su imagen.
Sin embargo, no es el mundo ateo y materialista el único en presentar una visión deformada de Dios. Muchos cristianos, incluidos en primer lugar, religiosos y consagrados, sacerdotes y monjas, laicos de terceras órdenes, y hasta instituciones enteras, presentan esta visión falsificada de Dios, y lo hacen toda vez que, en vez de reflejar a los hombres, sobre todo a los enfermos y a los desvalidos, el amor misericordioso del Hombre-Dios, la compasión, la caridad, el amor fraterno, en los cuales están incluidos, como soporte de la naturaleza sobre el cual actúa la gracia, el amor y la alegría humanos, muestran por el contrario ausencia de caridad y compasión, que es a su vez ausencia de amor y alegría.
Así, el cristiano –sea sacerdote o laico- que viendo a su prójimo pasar necesidad, no lo socorre, deforma más la imagen de Dios que el ateo que no cree en Él; el cristiano, laico o sacerdote, o incluso la institución que se llame a sí misma “católica”, que no solo no es capaz de vivir la alegría, la afabilidad en el trato cotidiano, el respeto por el otro, sino que muestra un rostro endurecido, un carácter agrio y amargo, reflejos de un corazón todavía más endurecido y avinagrado y de una soberbia que lo vuelve incapaz de perdonar y de pedir perdón, ese tal, debería leer y releer cómo describen al verdadero Dios los santos, entre ellos, Santa Teresa de los Andes: “amor y alegría”.

martes, 10 de julio de 2012

San Benito de Nursia, abad


11 de julio


         Vida y milagros de San Benito de Nursia, Abad[1]
Nació de familia rica en Nursia, región de Umbría, Italia, en el año 480. Su hermana gemela,Escolástica, también alcanzó la santidad. 
Lo poco que se conoce acerca de sus primeros años, proviene de los “Diálogos” de San Gregorio, quien no proporciona una historia completa, sino solamente una serie de escenas para ilustrar los milagrosos incidentes de su carrera. Benito fue de noble alcurnia, nació y creció en el antiguo pueblo de Sabino en Nursia. De su hermana gemela, Escolástica, leemos que desde su infancia se había consagrado a Dios, pero no volvemos a saber nada de ella hasta el final de la vida de su hermano. El fue enviado a Roma para su “educación liberal”, acompañado de una nodriza, que habría de ser, probablemente, su ama de casa. Sin embargo, en Roma, el ambiente era de franca decadencia, no solo entre los paganos, sino también entre los cristianos, e incluso hasta en las escuelas y en los colegios, los jóvenes imitaban los vicios de sus mayores y Benito, asqueado por la vida licenciosa de sus compañeros y temiendo llegar a contaminarse con su ejemplo, decidió abandonar Roma. Se fugó, sin que nadie lo supiera, excepto su nodriza, que lo acompañó.
Luego, ya completamente solo, en busca de soledad, Benito partió una vez más, solo, para remontar las colinas hasta que llegó a un lugar conocido como Subiaco (llamado así por el lago artificial formado en tiempos de Claudio, gracias a la represión de las aguas del Anio). En esta región rocosa y agreste se encontró con un monje llamado Romano, al que abrió su corazón, explicándole su intención de llevar la vida de un ermitaño. Romano mismo vivía en un monasterio a corta distancia de ahí; con gran celo sirvió al joven, vistiéndolo con un hábito de piel y conduciéndolo a una cueva en una montaña rematada por una roca alta de la que no podía descenderse y cuyo ascenso era peligroso, tanto por los precipicios como por los tupidos bosques y malezas que la circundaban. En la desolada caverna, Benito pasó los siguientes tres años de su vida, ignorado por todos, menos por Romano, quien guardó su secreto y diariamente llevaba pan al joven recluso, quien lo subía en un canastillo que izaba mediante una cuerda. San Gregorio dice que el primer forastero que encontró el camino hacia la cueva fue un sacerdote quien, mientras preparaba su comida un domingo de Resurrección, oyó una voz que le decía: “Estás preparándote un delicioso platillo, mientras mi siervo Benito padece hambre”.
El sacerdote, inmediatamente, se puso a buscar al ermitaño, al que encontró al fin con gran dificultad. Después de haber conversado durante un tiempo sobre Dios y las cosas celestiales, el sacerdote lo invitó a comer, diciéndole que era el día de Pascua, en el que no hay razón para ayunar. Benito, quien sin duda había perdido el sentido del tiempo y ciertamente no tenía medios de calcular los ciclos lunares, repuso que no sabía que era el día de tan grande solemnidad. Comieron juntos y el sacerdote volvió a casa. Poco tiempo después, el santo fue descubierto por algunos pastores, quienes al principio lo tomaron por un animal salvaje, porque estaba cubierto con una piel de bestia y porque no se imaginaban que un ser humano viviera entre las rocas. Cuando descubrieron que se trataba de un siervo de Dios, quedaron gratamente impresionados y sacaron algún fruto de sus enseñanzas. A partir de este momento, empezó a ser conocido y mucha gente lo visitaba, proveyéndolo de alimentos y recibiendo de él instrucciones y consejos.
Aunque vivía apartado del mundo, San Benito, como los padres del desierto, tuvo que padecer las tentaciones de la carne y del demonio, algunas de las cuales han sido descritas por San Gregorio. “Cierto día, cuando estaba solo, se presentó el tentador. Un pequeño pájaro negro, vulgarmente llamado mirlo, empezó a volar alrededor de su cabeza y se le acercó tanto que, si hubiese querido, habría podido cogerlo con la mano, pero al hacer la señal de la cruz el pájaro se alejó. Una violenta tentación carnal, como nunca antes había experimentado, siguió después. El espíritu maligno le puso ante su imaginación el recuerdo de cierta mujer que él había visto hacía tiempo, e inflamó su corazón con un deseo tan vehemente, que tuvo una gran dificultad para reprimirlo. Casi vencido, pensó en abandonar la soledad; de repente, sin embargo, ayudado por la gracia divina, encontró la fuerza que necesitaba y, viendo cerca de ahí un tupido matorral de espinas y zarzas, se quitó sus vestiduras y se arrojó entre ellos. Ahí se revolcó hasta que todo su cuerpo quedó lastimado. Así, mediante aquellas heridas corporales, curó las heridas de su alma”, y nunca volvió a verse turbado en aquella forma.
Tres años después, se fue con los monjes de Vicovaro, pero se tuvo que ir luego de que intentaran envenenarlo a causa de la disciplina que les exigía: quería que todos vivieran en celdas horadadas en la roca. Los monjes pusieron vino en su vaso y cuando San Benito hizo el signo de la cruz sobre el vaso, como era su costumbre, éste se rompió en pedazos como si una piedra hubiera caído sobre él. “Dios os perdone, hermanos”, dijo el abad con tristeza. “¿Por qué habéis maquinado esta perversa acción contra mí? ¿No os dije que mis costumbres no estaban de acuerdo con las vuestras? Id y encontrad un abad a vuestro gusto, porque después de esto yo no puedo quedarme por más tiempo entre vosotros”. El mismo día retornó a Subiaco, no para llevar por más tiempo una vida de retiro, sino con el propósito de empezar la gran obra para la
que Dios lo había preparado durante estos tres años de vida oculta.
Empezaron a reunirse a su alrededor los discípulos atraídos por su santidad y por sus poderes milagrosos, tanto seglares que huían del mundo, como solitarios que vivían en las montañas.
Fundó así, en el año 529, con un grupo de jóvenes, su primer monasterio en Monte Cassino. Escribió la Regla, cuya difusión le valió el título de “Patriarca del monaquismo occidental”. Fundó luego otros monasterios para propagar la fe en Cristo Jesús. Se caracterizó por llevar una intensa vida de oración y de trabajo (su lema será, precisamente: “Ora et labora”, “Reza y trabaja”): se levantaba a las dos de la madrugada a rezar los salmos, y se pasaba horas rezando y meditando. Puesto que a la luz de la doctrina de la Iglesia, veía el trabajo como algo honroso, hacía también largas horas de trabajo manual, imitando a Jesucristo. Su dieta era vegetariana y ayunaba diariamente, sin comer nada hasta la tarde. Recibía a muchos para dirección espiritual. Algunas veces acudía a los pueblos con sus monjes a predicar. Era famoso por su trato amable con todos. 
Su gran amor y su fuerza fueron la Santa Cruz con la que hizo muchos milagros, como por ejemplo el realizado con un rudo campesino: San Gregorio habla de un rudo e inculto godo que acudió a San Benito, fue recibido con alegría y vistió el hábito monástico. Enviado con una hoz para que quitara las tupidas malezas del terreno desde donde se dominaba el lago, trabajó tan vigorosamente, que la cuchilla de la hoz se salió del mango y desapareció en el lago. El pobre hombre estaba abrumado de tristeza, pero tan pronto como San Benito tuvo conocimiento del accidente, condujo al culpable a la orilla de las aguas, le arrebató el mango y lo arrojó al lago. Inmediatamente, desde el fondo, surgió la cuchilla de hierro y se ajustó automáticamente al mango. El abad devolvió la herramienta, diciendo: “¡Toma! Prosigue tu trabajo y no te preocupes”. No fue el menor de los milagros que San Benito hizo para acabar con el arraigado prejuicio contra el trabajo manual, considerado como degradante y servil. Creía que el trabajo no solamente dignificaba, sino que conducía a la santidad y, por lo tanto, lo hizo obligatorio para todos los que ingresaban a su comunidad, nobles y plebeyos por igual.
No sabemos cuanto tiempo permaneció el santo en Subiaco, pero fue lo suficiente para establecer su monasterio sobre una base firme y fuerte. Su partida fue repentina y parece haber sido impremeditada. Vivía en las cercanías un indigno sacerdote llamado Florencio quien, viendo el éxito que alcanzaba San Benito y la gran cantidad de gente que se reunía en torno suyo, sintió envidia y trató de arruinarlo. Pero como fracasó en todas sus tentativas para desprestigiarlo mediante la calumnia y para matarlo con un pastel envenenado que le envió (que según San Gregorio fue arrebatado milagrosamente por un cuervo), trató de seducir a sus monjes, introduciendo una mujer de mala vida en el convento. El abad, dándose perfecta cuenta de que los malvados planes de Florencio estaban dirigidos contra él personalmente, resolvió abandonar Subiaco por miedo de que las almas de sus hijos espirituales continuaran siendo asaltadas y puestas en peligro. Dejando todas sus cosas en orden, se encaminó desde Subiaco al territorio de Monte Cassino[2].
La población de Monte Cassino, en otro tiempo lugar importante, había sido aniquilada por los godos y los pocos habitantes que quedaban, habían vuelto al paganismo o mejor dicho, nunca lo habían dejado. Estaban acostumbrados a ofrecer sacrificios en un templo dedicado a Apolo, sobre la cuesta del monte. Después de cuarenta días de ayuno, el santo se dedicó, en primer lugar, a predicar a la gente y a llevarla a Cristo. Sus curaciones y milagros obtuvieron muchos conversos, con cuya ayuda procedió a destruir el templo, su ídolo y su bosque sagrado. Sobre las ruinas del templo, construyó dos capillas y alrededor de estos santuarios se levantó, poco a paco, el gran edificio que estaba destinado a convertirse en la más famosa abadía que el mundo haya conocido. Los cimientos de este edificio parecen haber sido echados por San Benito, alrededor del año 530. De ahí partió la influencia que iba a jugar un papel tan importante en la cristianización y civilización de la Europa post-romana. No fue solamente un museo eclesiástico lo que se destruyó durante la segunda Guerra Mundial, cuando se bombardeó Monte Cassino.
Tal vez fue durante ese período cuando comenzó su “Regla”, de la que San Gregorio dice que da a entender “todo su método de vida y disciplina, porque no es posible que el santo hombre pudiera enseñar algo distinto de lo que practicaba”. Aunque primordialmente la regla está dirigida a los monjes de Monte Cassino, como señala el abad Chapman, parece que hay alguna razón para creer que fue escrita para todos los monjes del occidente, según deseos del Papa San Hormisdas.
Está dirigida a todos aquellos que, renunciando a su propia voluntad, tomen sobre sí “la fuerte y brillante armadura de la obediencia para luchar bajo las banderas de Cristo, nuestro verdadero Rey”, y prescribe una vida de oración litúrgica, estudio, (“lectura sacra”) y trabajo llevado socialmente, en una comunidad y bajo un padre común. Entonces y durante mucho tiempo después, sólo en raras ocasiones un monje recibía las órdenes sagradas y no existe evidencia de que el mismo San Benito haya sido alguna vez sacerdote.
La gran visión en la que Benito contempló, como en un rayo de sol, a todo el mundo alumbrado por la luz de Dios, resume la inspiración de su vida y de su regla. El santo abad, lejos de limitar sus servicios a los que querían seguir su regla, extendió sus cuidados a la población de las regiones vecinas: curaba a los enfermos, consolaba a los tristes, distribuía limosnas y alimentó a los pobres y se dice que en más de una ocasión resucitó a los muertos. Cuando la Campania sufría un hambre terrible, donó todas las provisiones de la abadía, con excepción de cinco panes. “No tenéis bastante ahora”, dijo a sus monjes, notando su consternación, 2pero mañana tendréis de sobra”. A la mañana siguiente, doscientos sacos de harina fueron depositados por manos desconocidas en la puerta del monasterio. Otros ejemplos se han proporcionado para ilustrar el poder profético de San Benito, al que se añadía el don de leer los pensamientos de los hombres.
Fue un poderoso exorcista. Este don para someter a los espíritus malignos lo ejerció utilizando como sacramental la famosa Cruz de San Benito.
San Benito predijo el día de su propia muerte, que ocurrió el 21 de marzo del 547, pocos días después de la muerte de su hermana, santa Escolástica. El santo que había vaticinado tantas cosas a otros, fue advertido con anterioridad acerca de su próxima muerte. Lo notificó a sus discípulos y, seis días antes del fin, les pidió que cavaran su tumba. Tan pronto como estuvo hecha fue atacado por la fiebre. El último día recibió el Cuerpo y la Sangre del Señor.
Después, mientras las manos cariñosas de sus hermanos sostenían sus débiles miembros, murmuró unas pocas palabras de oración y murió de pie en la capilla, con las manos levantadas al cielo. Fue enterrado junto a Santa Escolástica, su hermana, en el sitio donde antes se levantaba el altar de Apolo, que él había destruido.
Por su gran labor evangelizadora, y por los enormes frutos de santidad que dieron  a lo largo de los siglos –y lo continúan haciendo hoy-, San Benito fue nombrado Patrón de Europa y Patriarca del monasticismo occidental.
        
Mensaje de santidad de San Benito de Nursia, Abad[3]
         Además del mensaje común a todo santo que se santificó en la vida consagrada, el mensaje de santidad de San Benito está íntimamente ligado a la medalla que lleva su nombre, por lo que nos detendremos en su origen y significado. En un lado se encuentra la Cruz, y en el otro, la imagen del Santo Patriarca. El lado de la Cruz suele estar encabezado ya sea por el monograma del Salvador: “I.H.S.”, en latín: “Iesus Hominum Salvator”, que significa: “Jesús Salvador de los hombres”, o por el lema de la orden benedictina: “Pax”, que significa: “Paz”.
En los cuatro ángulos de la Cruz se encuentran grabadas las siguientes iniciales: C.S.P.B., “Crux Sancti Patris Benedicti”, o sea: “Cruz del Santo Padre Benedicto”, las cuales son como un anuncio de la medalla y no forman parte del exorcismo. En la línea vertical y horizontal y alrededor de la Cruz, se leen, en el siguiente orden, estas otras iniciales, cuyas palabras componen la oración o exorcismo que tanto teme Satanás, y que conviene repetir frecuentemente:
Crux Sancti Patris Benedicto/Cruz del Santo Padre Benito
Crux Sacra Sit Mihi Lux/Mi luz sea la cruz santa,
Non Draco Sit Mihi Dux/No sea el demonio mi guía
Vade Retro Satana/¡Apártate, Satanás!
Numquam Suade Mihi Vana/No sugieras cosas vanas,
Sunt Mala Quae Libas/Pues maldad es lo que brindas
Ipse Venena Bibas/Bebe tú mismo el veneno.
La difusión de esta medalla comenzó a raíz de un proceso por brujería en Baviera, en 1647. En Natternberg, unas mujeres fueron juzgadas por hechiceras, y en el proceso declararon que no habían podido dañar a la abadía benedictina de Metten, porque estaba protegida por el signo de la Santa Cruz. Se buscó entonces en el monasterio y se encontraron pintadas antiguas representaciones de esta cruz, con la inscripción antes explicada, la que siempre acompaña a la medalla. Pero esas iniciales misteriosas no pudieron ser interpretadas, hasta que, en un manuscrito de la biblioteca, iluminado en el mismo monasterio de Metten en 1414 y conservado hoy en la Biblioteca Estatal de Munich, se vio una imagen de San Benito, con esas mismas palabras. Un manuscrito anterior, del siglo XIV y procedente de Austria, que se encuentra en la biblioteca de Wolfenbüttel, parece haber sido el origen de la imagen y del texto. En el siglo XVII J. B. Thiers, erudito francés, la juzgó supersticiosa, por los enigmáticos caracteres que la acompañan, pero el Papa Benedicto XIV la aprobó en 1742 y la fórmula de su bendición se incorporó al Ritual Romano.
Debido a la necesidad de ser protegidos del demonio, todo cristiano debería llevar la Cruz de San Benito, además de colocarla en las puertas de entrada de sus casas, pero ante todo, la Cruz debe llevarse en el corazón, para impedir la entrada del demonio, a fin de que solo sea Cristo quien habite en él.
Otro mensaje de santidad está dado por su lema “Ora et Labora”, representado emblemáticamente por el arado y la Cruz: el arado simboliza el trabajo, con el cual el hombre gana el pan de todos los días mediante el sudor de su frente, y la Cruz, significa que este mismo trabajo, sin importar cuál sea, ofrecido a Cristo, se convierte en fuente de santidad y en camino abierto al cielo.



[1] Cfr. Butler, Vidas de los Santos, Tomo I, 379-384.
[2] Cfr. Butler, ibidem.

jueves, 5 de julio de 2012

Santa Brígida y el Sagrado Corazón



         Mucho antes de que se apareciera a Santa Margarita para pedirle que su solemnidad se celebrara en toda la Iglesia, el Sagrado Corazón se le apareció a Santa Brígida de Suecia y, al igual que con Santa Margarita, los destinatarios principales de sus amargas quejas no eran los paganos, sino los cristianos católicos, los bautizados en la Iglesia Católica.
         Debido a la náusea y al disgusto que los católicos tibios le producen, en una ocasión Jesucristo amenaza con abandonar a los malos cristianos y llamar en su lugar a los gentiles[1].
Dice así el Sagrado Corazón a Santa Brígida: “Yo soy como el escultor, dice Jesucristo a la Santa, que de la arcilla hace una hermosa imagen, para dorarla con lucimiento. Después de algún tiempo, examinando el escultor la imagen, la vió húmeda y como desfigurada con el agua; perdida todo su hermosura, la boca había quedado como la de un perro, las orejas colgando, arrancados los ojos, y hundidas las mejillas y la frente. Entonces dijo el artista: No eres digna de que te cubra con mi oro, Y tomándola, la destrozó, e hizo otra digna de ser cubierta con él.
Yo soy el Divino escultor, que de tierra hice al hombre, para realzarlo con el oro de mi divinidad. Mas ahora el amor del placer y de la codicia lo han afeado de tal manera, que es indigno de mi oro; porque la boca, que fue creada para mi alabanza, no habla más que de lo que le agrada y es perjudicial al prójimo; sus oídos no oyen sino cosas de la tierra; sus ojos no ven sino lo deleitable; de su frente ha desaparecido la humildad, y se halla erguida con la soberbia.
Por consiguiente, escogeré para mí los pobres, esto es, los paganos menospreciados, a quienes diré: Entrad a descansar en el brazo de mi amor. Pero a vosotros que deberíais ser míos y lo menospreciasteis, vivid ahora según vuestra voluntad, y cuando llegare mi tiempo, que es el del juicio, os diré: Se os darán tantos tormentos, cuanto fue vuestro amor en querer el placer más que a vuestro Dios. Este, pues, vino a mí como el cachorro que presenta su cabeza y cuello para que le pongan el collar, y se tiene por un siervo; por tanto se le han perdonado sus culpas”.

Cuando se piensa que son cristianos la inmensa mayoría de los que domingo a domingo llenan paseos comerciales, estadios de fútbol, salas de cine, de espectáculos; cuando se piensa que son jóvenes cristianos los que los fines de semana se embriagan en bailes con músicas indecentes; cuando se piensa que son cristianos católicos los que consumen programas televisivos y de Internet inmorales e indecentes; cuando se piensa que son cristianos católicos los que protagonizan delitos de todo tipo todos los días, se puede comprobar cuánta razón tiene el Sagrado Corazón.


[1] Cfr. Visiones y revelaciones, Capítulo 25.

miércoles, 4 de julio de 2012

Sierva de Dios Hna. María Chambón y la Devoción a las Llagas de Jesús


21 de marzo
Sierva de Dios Hermana María Martha Chambon



            Vida y milagros de María Martha Chambon[1]
            Nació el 6 de marzo 1841 en Croix-Rouge (Chambéry), y murió el 21 de marzo 1907 en Chambéry. Hija de pobres campesinos de condición humildísima, logró realizar su vida de unión con Cristo, a través de una experiencia de inmensa profundidad y trabajo espiritual. Pobre, de escasa inteligencia, de aspecto poco agradable, sin saber leer ni escribir, es escogida por Jesús para hacerla su confidente privilegiada y mostrarle los tesoros de su amor. Cuando era una niñita, la mandaban a pastorear la única cabra que sus padres poseían. Aquellos momentos eran una posibilidad de estar en la presencia de Dios. Siempre sola con el Señor.
Después de la Primera Comunión, el Niño Jesús en persona la acompañaba en los trabajos del campo y pasaba con ella las jornadas, tal como hacen los niños con sus compañeros de juegos. Su familia no podía permitirse nada, ni menos perder dos brazos robustos para el trabajo, por esto su entrada en el monasterio fue vista como una dura prueba, de parte de sus padres, pero el Señor los recompensó en otra forma.
Entró a la Visitación, porque en el Carmelo no la habían recibido a causa de su débil salud; supo realizarse cómo verdadera hija de los santos Fundadores. Fueron frecuentes sus íntimos coloquios con san Francisco de Sales, durante los cuales él la animaba a ser fiel a la Regla, por él redactada. Se caracterizó siempre por su humildad y por estar disponible a las necesidades de las religiosas y de las alumnas, prodigándose de mil maneras por el bien material y espiritual de su comunidad, aún a costo de sufrimientos e incomodidades. Precisamente, la humildad unida al amor fue un rasgo distintivo de la vida de sor María Martha. Permaneció siempre sin relevancia y oculta, sólo los superiores estaban al tanto cuánto sucedía en su alma, mientras toda la comunidad desconocía tantas gracias, y sólo después de su muerte los manuscritos sobre sus experiencias fueron revelados a sus compañeras.
De aquí en adelante, toda la comunidad se sintió más unida al recibir y transmitir el mensaje recibido y vivido verdaderamente por la humilde conversa, e hizo propia su misión, la de difundir la devoción a las santas Llagas.
Recibió de Dios la misión de difundir la devoción a las santas Llagas, como fuente de bendición y de beneficio espiritual por los méritos de la Pasión del Señor, a través de la entrega de sí misma al sacrificio y a los dolores de Cristo.
Sor María Martha se inserta a título pleno en la tradición de la Orden, que ha sido privilegiada de Dios por haber concedido a santa Margarita María Alacoque ser la depositaria de los tesoros de su Sagrado Corazón. Por esto, sor María Martha continúa difundiendo entre las almas los tesoros de la Pasión de Cristo, enriqueciendo la Iglesia con el don de las santas Llagas, a las cuales el Señor concedió muchos privilegios.
La corona de espinas será la Llaga más apreciada por ella y la que le dará los más grandes favores de Dios, injertándose así admirablemente en la estela del santo fundador, Quién “cada día se retiraba espiritualmente en una de las llagas de Nuestro Señor Jesucristo, comenzando y terminando la semana en el Sagrado Costado, en el Corazón del Salvador”.
No debemos olvidar la extraordinaria experiencia mística tenida por esta sencilla conversa, que vive cerca de cuatro años y medio de sola Eucaristía: el Pan del Cielo fue para ella alimento no sólo del espíritu, sino también del cuerpo; cuando sus fuerzas la abandonaban, se confiaba en el poder de Dios; cuando la debilidad se apoderaba de su físico, ella invocaba el auxilio de Dios y cuando el demonio la asaltaba, ella se refugiaba en las santas Llagas del Señor.
Y el Señor mismo reveló a la hermana las grandes potencialidades de las santas Llagas, tanto para los pecadores cómo para la Iglesia y para las almas del Purgatorio. Ella se complacía contemplándolas y honrándolas en la siguiente forma: Primero, la llaga de los pies, después el Costado, enseguida la mano izquierda, la mano derecha y por último, la cabeza coronada de espinas. Ninguna parte del Sagrado Cuerpo de Cristo debía contemplarse sino en la directa coparticipación y compasión, hasta la identificación por amor.
Un día, Jesús le reveló: “Yo concederé todo cuánto se me pida por la invocación de mis santas Llagas. Hay que difundir la devoción”, y ella fiel a la solicitud del Señor por toda la vida tendrá en sus labios la invocación enseñada por Él mismo: “Jesús mío, perdón y misericordia, por los méritos de las Santas Llagas”. Obsérvese bien este nexo: las Llagas vividas en la propia persona son el don y el perdón, las arras de la misericordia, que es el pacto de salvación.

Mensaje de santidad de la Sierva de Dios Hermana María Martha Chambón
Para apreciar el mensaje de santidad de la Hermana María Chambón, ligado indisolublemente a las llagas de Jesús, podemos meditar en la Transfiguración, que tiene estrecha relación con la Pasión. Jesús hace este milagro, la transfiguración, para que los discípulos, cuando lo vean todo desfigurado por los golpes, y cubierto de sangre, con el aspecto de un gusano, del cual todos dan vuelta el rostro, recuerden que en el Monte Tabor resplandeció la luz de su divinidad. Jesús resplandece en el Monte Tabor, con el fulgor esplendoroso de su divinidad, para que en el Via Crucis, y en el Calvario, cuando lo vean cubierto de sangre, de heridas, de golpes, de hematomas, de magullones, de salivazos, coronado de espinas, flagelado, todo su cuerpo lleno de polvo y de tierra, extenuado, cansado al extremo, abandonado de todos, menos de su Madre, recuerden que Él es Dios, que a pesar de este su aspecto tan miserable, es Dios Hijo en Persona, que ha quedado reducido así, a este estado tan lamentable, porque se ha puesto en lugar de los hombres, porque se ha interpuesto entre la Justicia divina y cada uno de los hombres, y ha recibido el castigo que merecíamos todos y cada uno de los seres humanos.
            Jesús se transfigura al subir al Monte Tabor, dejando resplandecer la luz de su gloria divina, para que cuando suba al otro monte, el Monte Calvario, cubierto no ya de luz, sino de sangre y de heridas abiertas, los discípulos no desfallezcan y recuerden que ese Hombre, que aparece, tal como lo describe el profeta Isaías en sus visiones del Siervo Sufriente de Yahvéh, “varón de dolores y sabedor de dolencias, como uno ante quien se oculta el rostro, despreciable” (53,2-3), es Dios Hijo, que ha asumido los pecados de todos los hombres, para redimirlos, y es por eso que dice el mismo profeta Isaías: “Por sus llagas hemos sido curados” (Is 23, 5; Pe 2, 24).
Puede decirse que las Llagas del Señor eran su única defensa, la riqueza de su vida, su salvación permanente. Es este el camino del amor: anhelar totalmente el Amado, quererlo, conocerlo, experimentarlo completamente, no aceptar ningún otro fuera de Él, vivir siempre y únicamente en espera del encuentro, sufrir terriblemente por cada retardo. Desesperar de su posible ausencia o distanciamiento. Ni siquiera el enemigo podía abrirse caminos en aquella alma bendita y perfectamente rendida a su único Señor.
Toda la experiencia espiritual de la hermana María Martha se centra en torno a la Pasión del Señor, que la impulsa a colocarlo a Él en primer plano y la redención como base de toda la existencia. El Señor la conduce poco a poco hacia Él, como un excelente pedagogo, le enseña cómo amarlo y cómo vivir para Él y de Él, y ella se deja conducir de “su” Jesús, permanece tantas veces por horas, simplemente en silencio delante del tabernáculo, sólo por amarlo.
Ninguna soledad la preocupa, sólo la de estar a solas con Dios, la cual no es soledad propiamente dicha.
A quién le preguntaba qué hacía en las horas que pasaba inmóvil delante del Santísimo Sacramento, ella respondía que miraba a Jesús y así se intercambiaban el amor, un amor verdadero y profundo y no una simple exaltación o un hecho emotivo, sentimental.
El Señor enseñó a la hermana a valorizar todas las pequeñas cosas cotidianas, los sencillos trabajos domésticos, como atender el refectorio del pensionado o recoger las frambuesas del huerto, todo se convertía en un momento de glorificación a Dios, sea por su presencia, sea por la alabanza que ofrecía a su Señor. El trabajo, la oración, la meditación, los quehaceres diarios: todo puede ser camino hacia lo eterno.
Rosario de las Santas Llagas de Nuestro Señor Jesucristo[2]
Nuestro Señor mismo enseñó estas dos invocaciones a la Hermana María Marta Chambon. Nuestro Señor se dignó hacerle, en favor de las almas que rezaren dichas invocaciones, promesas consoladoras y regaladísimas. Escuchemos al Divino Maestro:
“Concederé todo cuanto se me pida con la invocación de mis Santas Llagas”.
“Es necesario propagar esta devoción”.
“Debéis repetir con frecuencia cerca de los enfermos esta aspiración: Jesús mío, perdón y misericordia por los méritos de Vuestras Santas Llagas. Esta oración aliviará a su alma y a su cuerpo”.
“Muchas personas experimentarán la eficacia de esta aspiración”.
“El pecador que dijese la oración siguiente ‘Padre eterno, yo os ofrezco las Llagas de Nuestro Señor Jesucristo para curar las de nuestras almas’, obtendrá su conversión”.
“No habrá muerte para el alma que expire en mis Llagas. Ellas dan la verdadera vida”.
“Un alma que durante su vida ha honrado y aplicado las Llagas de Nuestro Señor Jesucristo, ofreciéndolas al Padre Eterno por las almas del Purgatorio, será acompañada en el momento de su muerte por la Santísima Virgen María y los Ángeles, y Nuestro Señor Jesucristo en la Cruz, resplandeciente de gloria, la recibirá y la coronará”.
“Mis Llagas repararán las vuestras”.
“Mis Llagas cubrirán todas vuestras faltas”.
“Los que las honraren tendrán un verdadero conocimiento de Jesucristo”.
Modo de rezarlo (se usa el Rosario de la Santísima Virgen): 1) Hacemos la señal de la cruz. 2) Rezamos el Acto de Contrición. (Pedimos perdón por nuestros pecados y por los de todo el mundo). 3) Sobre la cruz y en las tres primeras cuentas decimos:
I. Oh Jesús, divino Redentor, ten misericordia de nosotros y del mundo entero. R Amén. II. Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ten misericordia de nosotros y del mundo entero. R Amén. III. Perdón y misericordia, Jesús mío, en los peligros presentes cúbrenos con tu preciosísima Sangre. R Amén. IV. Padre Eterno, ten misericordia por la Sangre de tu querido hijo, ten misericordia de  nosotros, te lo suplicamos. R Amén. 4) Enunciamos la llaga que corresponda: (Después de cada llaga rezamos una vez): Padre Eterno, yo te ofrezco las Llagas de Nuestro Señor Jesucristo. R Para curar las de nuestras almas. (Diez veces): Jesús mío, perdón y misericordia. R Por los méritos de tus Santas Llagas.
            Llagas de los pies: Señor mío crucificado, adoro las sagradas llagas de tus pies. Por el dolor que en ellas sufriste y por la sangre que derramaste, concédeme la gracia de evitar el pecado y de seguir constantemente, hasta el fin de mi vida, el camino de las virtudes cristianas.
            Llaga del sagrado costado: Señor mío crucificado, adoro la llaga de tu sagrado costado. Por la sangre que en ella derramaste, te ruego encienda en mi corazón el  fuego de tu divino amor y me concedas la gracia de amarte por toda la eternidad.
            Llaga de la mano izquierda: Señor mío crucificado, adoro la llaga sagrada de la mano izquierda. Por el dolor que sufriste y la sangre que derramaste, te ruego que no me encuentre a tu izquierda con los condenados en el día del juicio final.
            Llaga de la mano derecha: Señor mío crucificado, adoro la llaga sagrada de la mano derecha. Por el dolor que en ella sufriste y la sangre que derramaste, te ruego que me bendigas y me conduzcas a la vida eterna.
            Llagas de la cabeza: Señor mío crucificado, adoro las llagas de tu santa cabeza. Por el dolor que en ella sufriste y la sangre que derramaste, te ruego que me concedas constancia en servirte a ti y a los demás.
            Otras intenciones para cada llaga
            - Por los que viven en pecado y lejos de Dios para que se conviertan y se salven.
            - Por los buenos, que viven en la gracia y amistad de Dios, para que perseveren.
            - Por los que viven en peligro y tentaciones, para que no caigan.
            - Por nuestros hermanos difuntos, para que el Señor les conceda el premio y la gloria eterna.
            - Por la unión de todos los cristianos en la fe y en el amor.
            Al terminar el Rosario se dice tres veces:
            -Padre Eterno, yo te ofrezco las llagas de Nuestro Señor Jesucristo. R Para curar las de nuestras almas.


[1] http://es.catholic.net/religiosas/420/2464/articulo.php?id=21857; cfr. Gori, Incola, Tratado de la vida de Sor María Martha Chambón.
[2] La Congregación para la doctrina de la Fe, con decreto del 23 de marzo de 1999, ha establecido que: “Se concede a las religiosas del monasterio de la Visitación, así como a las personas que deseen orar en unión con ellas, la facultad de venerar la Pasión de Cristo con las plegarias siguientes, que corresponden a las invocaciones sugeridas por la Sierva de Dios Sor María Martha Chambón”.