San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

lunes, 31 de octubre de 2011

La Cruz y la Eucaristía, causa de la felicidad eterna de los Santos



Para celebrar a los habitantes del cielo, a sus miembros que ya gozan eternamente de la visión de Dios Uno y Trino, la Iglesia escoge el Evangelio de las Bienaventuranzas, y no por casualidad, sino porque las Bienaventuranzas son las que conducen directamente al cielo, a la unión en la eternidad con Dios Uno y Trino.

El santo es aquel que en la tierra vivió las Bienaventuranzas, porque siguió a Cristo camino de la cruz, y la cruz es la Bienaventuranza que las resume a todas: Cristo en la cruz tiene alma de pobre, porque nada material tiene, y porque necesita a Dios; sufre la aflicción y la pena que le causa ver a la humanidad extraviada en el pecado y en la rebelión a Dios; es paciente, porque sufre con infinita paciencia todos y cada uno de los dolores de todos los hombres; tiene hambre y sed de justicia, porque su sacrificio restaura la majestad divina, mancillada por la malicia del hombre; es misericordioso, porque solo lo mueve su infinita misericordia; es puro, porque es el Cordero de Dios, Tres veces Santo, es pacífico, porque con su Cuerpo crucificado derriba el muro de odio que separa a los hombres y les da la paz de Dios; es perseguido por practicar la justicia, por hacer justicia al Nombre de Dios, para que el nombre de Dios sea alabado y ensalzado de un confín a otro de la tierra.

La Iglesia celebra a quienes siguieron a Cristo con la cruz a cuestas, hasta el Calvario, y murieron a sí mismos, para resucitar a la vida eterna.

La cruz entonces es la causa de la felicidad de la que ahora gozan los santos por la eternidad, y por este motivo los devotos de los santos deben pedirles su intercesión, ante todo, no para “pasarla bien” en este mundo, sino para convertir el corazón y así, con el corazón convertido, contrito y humillado, tomar la cruz de cada día y seguirlo camino del Calvario.

Pero hay otra causa de Bienaventuranza, o sea, de felicidad eterna, que también resume en sí a todas, y es proclamada por la Iglesia en la Santa Misa: “Felices –es decir, dichosos, bienaventurados- los invitados a la cena del Señor”. La Eucaristía, al igual que la cruz, es causa de bienaventuranza, de felicidad y de alegría eterna, y si los santos son bienaventurados ahora y por la eternidad, es porque dieron sus vidas por la Eucaristía.

También debemos pedirle, al santo de nuestra devoción, esta gracia.

jueves, 6 de octubre de 2011

Por qué sufre el Corazón de Jesús



En una de sus apariciones, Jesús le hace saber a Santa Margarita la inmensidad de su amor por los hombres, y el dolor que le provocan las ingratitudes e indiferencias, principalmente a su Presencia en el Santísimo Sacramento, sobre todo de las almas consagradas: He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres, que nada ha reservado hasta agotarse y consumirse para mostrarles su amor. Tú, al menos, dame este consuelo: suplir cuanto puedas a su ingratitud (…) Mira este corazón mío, que a pesar de consumirse en amor abrasador por los hombres, no recibe de los cristianos otra cosa que sacrilegio, desprecio, indiferencia e ingratitud, aún en el mismo sacramento de mi amor. Pero lo que traspasa mi Corazón más desgarradoramente es que estos insultos los recibo de personas consagradas especialmente a mi servicio”.

¿Pero cuál es el motivo de su sufrimiento? El motivo por el cual Jesús sufre –no físicamente, sino moralmente, como un padre que ve que su hijo está por desbarrancarse en un abismo- es que Él es la santidad y el Amor en sí mismos, y ante su Presencia, no puede haber nada que no sea como Él.

Las pequeñas faltas de caridad, como el enojo, la impaciencia, y mucho más las faltas más serias, como la ira, se diferencian y resaltan ante la mansedumbre de su Corazón como el grito estridente en medio del silencio profundo.

Lo mismo sucede con cualquier otra falta, sobre todo las relacionadas con la castidad y pureza: cualquiera de estas faltas en este campo, aún las más pequeñas, aparecen ante Él, que es la santidad y la pureza en sí mismas, como la más inmunda de las cloacas y la más sucia de las pestilencias, que hace insoportable su permanencia ante Él por la pestilencia inaguantable de su olor.

Dice así Jesús: “Sabed que soy un Maestro santo, y enseño la santidad. Soy puro, y no puedo sufrir la más pequeña mancha. Por lo tanto, es preciso que andes en mi presencia con simplicidad de corazón en intención recta y pura. Pues no puedo sufrir el menor desvío, y te daré a conocer que si el exceso de mi amor me ha movido a ser tu Maestro para enseñarte y formarte en mi manera y según mis designios, no puedo soportar las almas tibias y cobardes, y que si soy manso para sufrir tus flaquezas, no seré menos severo y exacto en corregir tus infidelidades”.

Porque el Sagrado Corazón es infinitamente puro y santo, y llama a la pureza y a la santidad a los hombres, es que no puede soportar la visión de lo impuro y de lo que no sea santo.

Jesús sufre enormemente al ver que aquellos a quienes ha llamado a alimentarse con su purísimo Corazón, que late en la Eucaristía envuelto en las llamas del Amor divino, se deleitan en el barro de los placeres terrenos.

martes, 4 de octubre de 2011

Santas Marta y María



Jesús va a casa de sus amigos Marta, María y Lázaro, y sucede que mientras Marta “se multiplicaba para dar abasto con el servicio”, María, “sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra” (cfr. Lc 10, 38-42).

¿Qué significa este episodio con las hermanas? No quiere decir lo que parece a simple vista, que Marta es más hacendosa que María, y que María es desconsiderada con su hermana, porque la deja sola con las tareas de la casa.

El ingreso de Jesús a una casa real, material, representa el ingreso al alma, porque es la Iglesia misma la que aplica la analogía, al tomar para sí las palabras del centurión, antes del momento de la comunión: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa” (Mt 8, 5-11), le dice el centurión, y la Iglesia lo aplica para el que está por comulgar.

También en el Apocalipsis el alma se equipara con una casa, a la que Jesús golpea a su puerta para entrar: “Estoy a la puerta (de la casa); si alguno me oye y abre, entraré y cenaré con él y él conmigo” (3, 20).

El ingreso de Jesús a la casa de las hermanas Marta y María representa entonces el ingreso de Jesús al alma en el momento de la comunión.

Por lo tanto, las dos hermanas, bien pueden representar a dos estados del alma, frente a la Presencia de Jesús en ella. Así, Marta representaría al alma que, luego de comulgar, en vez de atender a su ilustre invitado, Jesús, se pone a pensar en los interminables asuntos del quehacer cotidiano, perdiéndose en estos, mientras deja a Jesús olvidado en algún rincón de la casa.

María, por el contrario, representaría al alma que, cuando Jesús ingresa en ella por la comunión, atraída por la majestuosidad de su Ser divino y de su Presencia, se postra en adoración y lo contempla y lo adora, sin hacer otra cosa.

Es en este contexto, es decir, en el ámbito de la comunión sacramental, que se entiende la respuesta de Jesús: “María ha escogido la mejor parte, y no le será quitada”, ante el reclamo de Marta: “Dile a mi hermana que no me deje sola con el servicio”.

En otro contexto, en el de la vida cotidiana -con toda justicia-, se puede dar la razón a Marta.