San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

jueves, 28 de julio de 2011

Santa Marta



“Yo soy la Resurrección y la vida” (cfr. Jn 11, 19-27). No es fácil determinar de qué se trate esta “vida de resucitados” que Jesús promete a Marta para su hermano Lázaro -y para toda la humanidad- puesto que, debido a que el conocimiento humano es eminentemente, al menos en sus inicios, experimental, y necesita de la experiencia para poder subir paulatinamente en grados de abstracción, por lo mismo, al no tener experiencia de la eternidad, se puede tener un conocimiento teórico y abstracto de la eternidad, pero de ninguna manera, un conocimiento experiencial. Podemos definir la vida eterna, pero no sabemos de qué se trata, porque no la hemos experimentado.
Sí sabemos, en cambio, qué es la vida humana, puesto que de la misma tenemos un conocimiento experiencial, al vivirla todos los días: una suma de percepciones aisladas, de sentimientos que se suceden, de imágenes y sonidos, de pensamientos que también se suceden unos a otros sin solución de continuidad, que a veces parecen ser inconexos pero que tienen unidad en el “yo” personal, todo desencadenado por el aparecerse del mundo que está fuera del espíritu y que es uno pero que ingresa, debido a la percepción subjetiva que cada uno posee, como fragmentado y en movimiento, aunque en realidad es uno solo.
Ese es el conocimiento de la vida humana, y la experiencia de vida que el ser humano tiene: una vida puramente humana.
La resurrección y vida eterna que nos trae Jesús es algo absolutamente distinto, porque se trata de una vida infinitamente más perfecta que la vida natural del espíritu humano, pues es la misma vida eterna que brota del Ser divino.
¿En qué consiste esta vida que nos trae Jesús? Es algo imposible de experimentar, hasta que se llegue a la eternidad. Mientras tanto, se puede saber, teóricamente, que la vida eterna es “inmutabilidad”, que es “posesión de la vida en un todo perfecto y simultáneo”, que es “Acto de Ser puro y perfectísimo”, pero no se sabe, experimentalmente, qué cosa sea la vida eterna.
Esta vida eterna, absolutamente inalcanzable para el hombre, imposible de ser experimentada naturalmente e imposible de ser apreciada con las solas fuerzas naturales, es la vida que Jesús nos concede, sin que nos demos cuenta, en la donación sacramental de sí mismo como Pan de Vida en el altar. Quien recibe la comunión en gracia recibe, aunque no la experimente, la vida eterna en germen, la cual aparecerá en todo su divino esplendor justo después de producido el ocaso de esta vida natural.

martes, 26 de julio de 2011

Santos Joaquín y Ana



Tuvieron la dicha inimaginable de ser los padres de Aquella destinada a ser, por designio divino, la Madre de Dios.

Sin embargo, no siempre supieron que su hija, María, iba a ser la Madre de Dios, ni qué era lo que Dios tenía pensado para ellos.

Aún cuando fueron santos y justos del Antiguo Testamento, porque creían en Dios y vivían su matrimonio casta y santamente, jamás podrían ni siquiera haber imaginado cuáles eran los planes de Dios para ellos. Con toda seguridad, habrían pensado y deseado para su hija todo aquello que los buenos padres piensan y desean: una educación religiosa, que le enseñara a amar a Dios por sobre todas las cosas; una niñez y una juventud al lado de ellos, para que pudiera aprender todo aquello que le serviría para luego formar una familia honrada, decente, y amante de Dios; un candidato a esposo que fuera serio, responsable, trabajador, que la amara y la respetara con todo su ser; una descendencia buena y santa, en donde pudiera alegrarse en los días de su vejez.

Todo esto era lo que los santos Joaquín y Ana deseaban para su hija, María, y confiaban en que Dios les escucharía sus ruegos, y les concedería lo que ellos pedían.

Pero los pensamientos de Dios son tan distantes de los pensamientos de los hombres, como dista el cielo de la tierra, y por eso ni siquiera podían imaginarse que Dios no sólo escucharía sus ruegos, si no que haría milagros tan grandes en su hija, que ni siquiera contados podrían ser creídos, tal es el asombro que producen.

Joaquín y Ana no podían ni siquiera imaginar que esa niña tan grácil, tan dulce y tierna, que educaron con tanto amor, era en realidad la Nueva Eva, la Madre de la Nueva Humanidad, la Madre de los hijos de Dios, nacidos al pie de la cruz por la gracia divina.

No podían ni siquiera imaginar que esa hija de ellos, nacida de su amor esponsal, casto y puro, a la cual ellos querían con todo el amor del que eran capaces, era en realidad la Hija predilecta de Dios Padre, la Flor inmarcesible de los cielos que perfumaría con su aroma celestial el jardín de Dios; no podían imaginar que sería la alegría de Dios Padre, y que Dios Padre, al concebirla tan Sin mancha, tan Pura, tan Toda Hermosa, tan Grácil, la ensalzaría por encima de los cielos eternos, por encima de todas las jerarquías de los coros angélicos, y por encima de toda la humanidad, eligiéndola como Madre de su Hijo Dios, que habría de encarnarse en el tiempo, y la dotaría de tanto poder, que llegaría a ser llamada “Omnipotencia suplicante”, poder que quedaría demostrado en la plenitud de los tiempos cuando, en las bodas de Caná, ante la respuesta negativa de su Hijo a cambiar el agua en vino, “porque no había llegado la hora fijada por el Padre” para que Él se manifestara públicamente, sus ruegos de Madre amorosa cambian los designios divinos, haciendo que estos se adelanten, concediendo a los hombres la primera manifestación pública del Amor divino, la conversión del agua en vino (cfr. Jn 2, 4ss). Pero su poder también se manifestaría en una fuerza casi equivalente a la de Dios, pues con su pequeñito pie de doncella, aplastaría para siempre la cabeza del Dragón infernal (cfr. Gn 3, 15). No podían ni imaginarse que Ella sería la Hija de Dios Padre.

No podían ni siquiera creer, aún si se los hubiera contado un ángel, que su hija, para quienes ellos deseaban una descendencia hermosa, sana y fuerte, como es el deseo de los padres para los hijos de sus hijos, era concebida Inmaculada y Llena del Espíritu Santo, para que recibiera en su seno virginal, con un amor purísimo de Madre amorosa, a Dios Hijo, que habría de encarnarse en el tiempo para salvar a los hombres, y que la había elegido a Ella para que fuera su propia Madre en la tierra. No podían imaginarse, Joaquín y Ana, que su hija sería la Madre de Dios Hijo

No podían ni siquiera sospechar que esa jovencita, a quienes ellos querían casar con un esposo responsable y casto, que la amara y cuidara, tendría por Divino Esposo nada menos que al Espíritu Santo, quien amaría tanto a su Esposa, que la adornaría con más gracias y dones que a todos los ángeles y santos juntos, y que cuidaría de Ella con tanto esmero y cariño, que no sólo no permitiría que le sucediera algún mal, sino que la libraría a Ella del mal, de la mancha del pecado original, que contamina al alma con la suciedad de la idolatría y del pecado, y que además de esto, la dotaría de un Amor tan grande como el suyo, para que así María pudiera amar a su Hijo Jesús con su Corazón Inmaculado, que late con el mismo Amor divino. No podían ni imaginarse que Ella sería la Esposa de Dios Espíritu Santo.

Nada de esto podían imaginar los Santos Joaquín y Ana, porque los designios de Dios superan todo pensamiento humano y angélico.

lunes, 25 de julio de 2011

Santiago el Mayor

Martirio de Santiago el Mayor
Alberto Durero



“Manda que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu Reino” (cfr. Mt 20, 17-20).

En un primer momento, la petición de la madre de los Zebedeos –Santiago y Juan- puede parecer motivada por la vanagloria, ya que pide que sus hijos se sienten “a la derecha y a la izquierda” de Jesús, en su Reino.

De hecho, el resto de los discípulos así lo interpreta, puesto que se molestan con ella: “Al oír esto los otros diez, se indignaron contra los dos hermanos” (Mt 20, 24.

Pero Jesús, lejos de reprocharle su presunta falta de modestia, y antes de condenarla por lo atrevido del pedido, les dice: “Ustedes no saben lo que piden. ¿Pueden beber del cáliz que yo he de beber?”.

Jesús les dice que estén bien atentos a lo que piden, y que no saben qué es lo que piden, porque no se trata de puestos de honor, a los que se accede por vanagloria, por acomodo o por favores de parentesco, como sucede en la tierra, sino de algo bien distinto, porque se accede por medio del martirio, de fe o de sangre.

Ocupar puestos de privilegio en el Reino de los cielos no es igual a los puestos de privilegio en la tierra, en donde se llega, generalmente, por vías turbias, ninguna relacionada con el sacrificio y el don de sí.

Por el contrario, acceder al Reino de los cielos implica “beber del cáliz” de la Pasión de Jesús, lo cual quiere decir seguir los pasos del Redentor, quien fue traicionado, golpeado, insultado, apresado, condenado injustamente, y muerto en cruz. Sólo quien siga, literalmente, sus pasos, podrá acceder al privilegio de la bienaventuranza del Reino de los cielos, porque la muerte en cruz de Jesús no finaliza en el Calvario, sino que se continúa con la Resurrección, Ascensión e ingreso al Cielo.

Al preguntarles si pueden “beber del cáliz que Él ha de beber”, les está diciendo que recuerden lo que les acaba de decir: su misterio pascual comprende sufrimiento, dolor, traición, e incluso muerte en cruz, para luego alcanzar la resurrección: “Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y escribas; le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles, para burlarse de él, azotarle y crucificarle, y al tercer día resucitará” (cfr. Mt 20, 18-19).

Es decir, Jesús les dice que el privilegio que implica entrar a formar parte del Reino de los cielos no se consigue fácilmente y con acomodos, como sucede en los reinos de la tierra, sino que se alcanza por medio de su misterio pascual, que es misterio de dolor, de sufrimiento, de muerte y luego de resurrección. Sólo si están dispuestos a “beber de ese cáliz”, sólo entonces podrán acceder al Reino de los cielos. Jesús no esconde que a la gloria de la resurrección le precede el dolor de la Pasión.

La respuesta de Santiago y Juan es: “Sí podemos”. Es decir, están dispuestos a seguir a su Maestro camino de la cruz; están dispuestos a acompañarlo en las amargas horas de la Pasión –si bien luego defeccionarán momentáneamente, al inicio de la Pasión, pues se dormirán en el Huerto mientras Jesús suda sangre (cfr. Lc 20, 44-46), y luego, cuando Él sea apresado, huirán-; están dispuestos a renunciar a sus propias vidas –aunque Juan no haya muerto mártir, es considerado como mártir-, en pos del seguimiento de Jesús.

Esta disposición de Santiago y Juan, la disposición a “beber el cáliz” amargo de la Pasión, esto es, a compartir la cruz de Jesús para acceder al Reino, es la disposición espiritual que debe tener todo cristiano, en todo momento, y en toda situación, comenzando desde el asistir a misa, porque esta disposición espiritual cambia toda la perspectiva vital. Así, “beber del cáliz” al acudir a misa no es llegar a horario y ocupar un asiento, para asistir pasivamente; asistir a misa para “beber del cáliz” es ofrecer el propio ser, la propia vida, la propia existencia, con el pasado, el presente y el futuro, a Cristo que se inmola en la cruz, tal como lo hicieron los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan.

Asistir a Misa y “beber del cáliz” implica dar testimonio de Cristo y de su cruz en todo momento, y es estar dispuesto a dar la vida por Cristo, si fuera necesario.

jueves, 21 de julio de 2011

Santa María Magdalena



“Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?” (cfr. Jn 20, 1.11-18). El Domingo por la mañana, María Magdalena acude al sepulcro, en donde se encontrará con Cristo resucitado. No es casualidad que el evangelista destaque que a esa hora, a pesar de estar amaneciendo, “aún estaba oscuro”. La oscuridad del día cósmico es una metáfora de la oscuridad en la que se encuentra envuelta el alma de María Magdalena, que acude sin fe en Cristo resucitado.

La ausencia de fe de María Magdalena –es decir, la oscuridad de su alma- se exterioriza por varios detalles: está “llorando”, triste, acongojada, porque busca a un Jesús muerto, y no al Jesús resucitado; busca al Jesús que murió en la cruz, pero las palabras de Jesús anunciando su resurrección –“El Hijo del hombre sufrirá pero resucitará al tercer día” (cfr. Mt 17, 23)- no constituyen para ella, al menos en este momento, ni luz ni consuelo espiritual.

La otra oscuridad espiritual se patentiza en su diálogo con los dos ángeles, sentados a la cabecera y a los pies del sepulcro: dialoga con ellos, quienes le preguntan el motivo de su llanto: “¿Por qué lloras?”. En su respuesta, María Magdalena no encuentra consuelo, porque el único Cristo al que ella busca, el Cristo muerto, no está.

Alejada de la fe en la Resurrección, razona con pensamientos humanos, y su inteligencia humana le dice que lo único que puede haber pasado es que “alguien” se ha “llevado el cuerpo” de su Señor, y como no sabe dónde lo está, eso le provoca la angustia y el llanto.

Su falta de fe le lleva también a desconocer a Jesús, que está ahí, de pie en el sepulcro, resucitado, quien le pregunta lo mismo que los ángeles: “Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién estás buscando?”. En la oscuridad y en el laberinto de sus razonamientos humanos, María Magdalena confunde a Jesús con el jardinero, y deduciendo que es él quien se ha llevado el cuerpo, le pide que le diga dónde lo ha dejado.

Jesús entonces la llama por su nombre: “María”, y es en ese momento en el que sus ojos, recibiendo la luz de Cristo, se abren a la luz de la fe, y es así como lo reconoce como resucitado, llamándolo “Rabboní” o “Maestro”, arrojándose a sus pies en señal de adoración.

Muchos cristianos viven como María Magdalena antes de recibir la luz de la fe: buscan en la Iglesia a un Cristo muerto, y no a un Cristo resucitado, porque no tienen fe en la Presencia real de Cristo en la Eucaristía.

Frente al misterio eucarístico, se guían con sus razonamientos humanos, dejando de lado lo sobrenatural, y es así como sus vidas transcurren lejos de la fe: sin cruz, sin oración, sin sacrificios, sin esperanzas del encuentro definitivo en la eternidad con las Tres Personas de la Trinidad, buscando siempre a un cadáver en un sepulcro, y no a Cristo resucitado en la Eucaristía.