San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

jueves, 31 de marzo de 2011

El Sagrado Corazón en el Huerto de Getsemaní


El Sagrado Corazón en el Huerto de Getsemaní

El Corazón de Jesús, es decir, su órgano físico, constituido por músculo cardíaco, que en su Cuerpo ejerce la función de hacer circular la sangre por todo el organismo, como lo hace el corazón de cualquier ser humano, está unido, en su realidad metafísica y espiritual, al Corazón único de Dios Uno y Trino, porque fue asumido hipostáticamente, es decir, personalmente, por la Persona de Dios Hijo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad.

Este hecho, el hecho de ser el corazón del Hombre-Dios -esto es, un corazón humano unido al Corazón único de Dios Trino- es lo que explica qué es lo que siente Jesús en su Corazón, y cuál es el alcance de sus sentimientos y afectos humanos.

Jesús es Hombre-Dios, es Dios hecho hombre, sin dejar de ser Dios, por lo tanto, su corazón humano, posee todos los afectos y los sentimientos que posee todo corazón humano, por supuesto que sin mezcla alguna de maldad, de pecado: alegría, gozo, tristeza, dolor, angustia; a la vez, estos afectos y sentimientos humanos, están divinizados por el contacto con el Corazón único de la Trinidad, a través de la Persona Segunda, Dios Hijo. Esto quiere decir que sus afectos y sentimientos humanos, nacidos de su Corazón humano, poseen un alcance y una dimensión de eternidad, de divinidad, de santidad, que no se dan en ningún otro corazón humano.

Al poseer un corazón humano, como cualquier otro corazón humano, poseía Jesús también todos los sentimientos que todo corazón humano tiene: así, sintió tristeza, hasta el llanto, por la muerte de su amigo Lázaro (cfr. Jn 11, 33-35); sintió tristeza, hasta el llanto, por la ruina de Jerusalén (cfr. Lc 19, 41-44); sintió tristeza, hasta el llanto, en el Huerto de Getsemaní, ante el abandono de sus discípulos y la cercanía de sus enemigos, que deseaban darle muerte (cfr. Lc 22, 39-46).

¿Qué expresa el llanto del Sagrado Corazón de Jesús? Si era hombre, y lloraba, ¿esto es signo de debilidad? El llanto no es sinónimo de debilidad en ningún hombre, y mucho menos en Jesús: es expresión exterior de la amargura, de la tristeza y del dolor que experimenta el Sagrado Corazón en el Huerto, al contemplar la muerte de las almas por el pecado mortal, aceptado libre y voluntariamente, gustosamente, y proclamado como un derecho humano; el llanto expresa el dolor, la tristeza y la amargura, de ver la ruina de tantas almas que, habiendo recibido el amor de Dios por el sacramento del Bautismo, de la Comunión, de la Confirmación, abandonan la práctica sacramental, pisoteando de esta manera la Sangre del Redentor, y volviendo vanos sus esfuerzos por salvarlos; el llanto expresa el dolor, la tristeza y la amargura, de ver en el Huerto, con la visión de su divinidad, a todas las almas que en el curso del tiempo habrían de condenarse, a pesar del sacrificio y del don de su vida en la cruz.

El Sagrado Corazón de Jesús lloró ante la tumba de su amigo Lázaro; lloró ante la ruina de Jerusalén; lloró en el Huerto, ante la condenación de quienes lo desprecian y lo rechazan. Debido a que la Pasión de Jesús está en acto presente, hasta el fin de los tiempos, y si bien no puede sufrir ya físicamente, sí sufre moralmente por la indiferencia, el rechazo, los ultrajes, hacia el Santísimo Sacramento del altar. Jesús llora y sufre, y llora lágrimas de sangre, por tantos hijos suyos que prefieren el mundo a la Eucaristía, a la Misa dominical.

Pero el Corazón de Jesús también experimenta consuelo y alegría, al saber que a lo largo del tiempo habrían almas piadosas y compasivas, llenas de amor hacia Él y hacia su Madre, que con su amor iban a reparar por los que no creen, ni esperan, ni adoran, ni aman.

Consolemos al Sagrado Corazón, que llora y sufre en el Huerto de Getsemaní, ofreciéndole sacrificios, ayunos, obras de misericordia, reparación, y amor.

martes, 22 de marzo de 2011

San Ignacio de Antioquía

San Ignacio de Antioquía pidió, antes de morir,
ser alimentado con el Cuerpo y la Sangre de Cristo

Las palabras de los mártires dichas poco tiempo antes del martirio, pueden ser consideradas como inspiradas por el Espíritu Santo; por eso es que la Iglesia las custodia y las venera como sagradas, como si hubieran sido pronunciadas por el mismo Espíritu Santo.

Cuando San Ignacio de Antioquía expresa sus deseos camino al martirio: “Permitid que imite la Pasión de mi Dios”, no se está refiriendo a una simple imitación extrínseca del martirio de Jesús. Es verdad que lo imitará en lo exterior, porque, como Jesús, entregará su vida para una muerte cruenta, derramará su sangre, su sangre cubrirá su cuerpo, del mismo modo a como la sangre de Jesús bañó su cuerpo colgado de una cruz. Imitará a Jesús en el martirio cruento, pero su imitación va más allá de ser una mera imitación exterior.

Como todo mártir, San Ignacio de Antioquia, siendo parte del Cuerpo Místico de Cristo por haber sido incorporado a Él por el bautismo, es Cristo que continúa su Pasión, inmolándose en este mártir que es un miembro de su Cuerpo Místico. Como todo mártir, San Ignacio continúa y prolonga la Pasión de Cristo, y como en todo mártir, Cristo prolonga su Pasión redentora, muriendo en el tiempo en su Cuerpo Místico así como murió en la cruz en su Cuerpo real. Por eso no es una simple imitación exterior, porque es Cristo quien misteriosamente muere en este mártir.

“No encuentro ya deleite en el alimento material ni en los placeres de este mundo. Lo que deseo es el pan de Dios, que es la carne de Jesucristo... y la bebida de su sangre, que es la caridad incorruptible”.

Lo que pide San Ignacio antes de morir es asistir al Banquete escatológico, a la Mesa celestial servida por el Padre para sus hijos adoptivos, la Santa Misa. Rechaza los alimentos terrenos para ser alimentado con la Eucaristía: “el pan de Dios, que es la carne de Jesucristo”. La Eucaristía es el Pan vivo bajado del cielo, el pan con el que el Padre alimenta nuestras almas, la carne gloriosa y resucitada de su Hijo Jesucristo. Siendo la carne gloriosa del Cordero de Dios, la Eucaristía alimenta al alma con el alimento substancial de la divinidad; incorporando la substancia de la naturaleza humana de Cristo, resucitada y gloriosa y por eso llena de la substancia divina, el alma se alimenta con un alimento espiritual exquisito, se alimenta con la misma divinidad. Por eso es que San Ignacio no quiere ser alimentado con los manjares terrenos, porque le parecen despreciables en comparación al manjar substancial eucarístico, la Carne gloriosa del Cordero, asada con el fuego del Espíritu Santo. Pide ser alimentado con la Carne santa del Cordero, y pide además beber su Sangre, que él con toda razón llama “la caridad increada”, porque la Sangre de Cristo contiene y lleva en sí el Amor substancial de Dios, el Espíritu Santo, que es el Amor Increado, la Caridad Increada. Bebiendo la Sangre del Cordero Degollado, bebe el Espíritu de Dios en ella contenida.

Para imitar y unirse a Cristo en su martirio, San Ignacio pide comer la Carne del Cordero y beber su Sangre, es decir, antes de morir, pide asistir a la Misa, en donde el Padre sirve a sus hijos este banquete celestial.

jueves, 17 de marzo de 2011

San Isidro Labrador y San Isidoro de Sevilla



San Isidro Labrador
Si ser santos comienza por conocer a Dios, ¿eso quiere decir que hay que estudiar mucho para tener un alto grado de santidad? ¿Y si pasa que por uno u otro motivo, no podemos estudiar? ¿No vamos a poder llegar a ser santos? ¿Se puede ser un simple labrador y ser santo?
Para demostrarnos que se puede llegar a la santidad por el trabajo o por el estudio, están los santos San Isidro Labrador y San Isidoro de Sevilla. San Isidoro de Sevilla estaba considerado como el hombre más sabio de su época, porque estudiaba, escribía y sabía mucho, casi todo lo que se sabía en su tiempo[1].
San Isidoro de Sevilla
San Isidro Labrador, en cambio, no escribió nunca ni un solo libro, porque pasaba todo el día trabajando en el campo. Estos dos santos nos enseñan que se puede ser santos, más allá de lo que seamos.
En el caso de San Isidro Labrador, su santificación vino no por el estudio, sino por el trabajo. A San Isidro sus papás le pusieron ese nombre en honor a San Isidoro de Sevilla, el obispo que fue considerado como el más sabio de su época. San Isidoro era muy estudioso, y escribió muchos libros, y tal vez –no lo sabemos- los papás de San Isidro Labrador le pusieron el mismo nombre de San Isidoro de Sevilla, esperando que fuera tan estudioso como San Isidoro de Sevilla.
Pero San Isidro y San Isidoro de Sevilla eran muy distintos: uno era sacerdote, el otro laico; uno estudiaba y leía mucho, el otro, pasaba todo el día en el campo, y nunca escribió nada; uno era célibe, el otro, estaba casado con su esposa en matrimonio y vivió con ella hasta la muerte; uno, trabajaba con el estudio y la predicación, el otro, trabajaba con el arado y con la pala.
Había muchas diferencias entre San Isidoro de Sevilla, el doctor, y San Isidro de Madrid, el labrador.
Pero, a pesar de las diferencias, había una gran coincidencia: los dos amaban mucho a Jesucristo y por eso los dos son santos[2]; los dos recibían a Jesús en la Eucaristía, porque San Isidoro era sacerdote, mientras que San Isidro, que era campesino, iba todos los días a misa, antes de ir al campo.
¿Cómo serán nuestras vidas? ¿Más parecidas a San Isidoro de Sevilla, o más parecidas a San Isidro Labrador?
En realidad, no importa si somos doctores o si somos labradores, lo que importa es que, en nuestro trabajo, en nuestra profesión, en nuestra vida, amemos siempre y llevemos con nosotros a Jesús, como San Isidoro de Sevilla y como San Isidro de Madrid.



[1] Cfr. Bernardette McCarver Snyder, 115 Anécdotas en la vida de los santos, Editorial Lumen, Buenos Aires 2003, 88.
[2] Cfr. McCarver Snyder, ibidem, 89.

jueves, 3 de marzo de 2011

El Sagrado Corazón y la Adoración Eucarística


¿Por qué motivo las cofradías del Sagrado Corazón están integradas, en su gran mayoría, por señoras de edad, y en tan escaso número? ¿No vino Jesús para todos, es decir, para varones y mujeres, para niños y jóvenes, para adultos y ancianos?

El motivo principal es el haber desvirtuado la devoción al Sagrado Corazón, confundiéndola con un sentimentalismo religioso vacío de contenido sobrenatural, y de esa manera, así desnaturalizado el verdadero sentido de las apariciones de Jesús, las cofradías se ven vacías.

Nada tiene que ver esta devoción con el sentimentalismo; por el contrario, su verdadero sentido se enmarca en las más duras pruebas que una persona puede afrontar en su vida, porque se trata de acompañar a Jesús en los momentos más duros de su Gran Tribulación, la oración en el Huerto y la Pasión en el Calvario. Es el mismo Jesús quien, en una de las apariciones, le dice a Santa Margarita que debe ir a hacer adoración, para reparar por las ingratitudes que recibe de los hombres, y para consolar y hacer más llevadera la dura agonía sufrida por Él en el Huerto de Getsemaní.

Es eso lo que dice Jesús, y es lo que constituye el núcleo de las revelaciones del Sagrado Corazón: “Todas las noches del jueves a viernes haré que participes de aquella mortal tristeza que Yo quise sentir en el huerto de los olivos; tristeza que te reducirá a una especie de agonía mas difícil de sufrir que la muerte. Para acompañarme en la humilde oración que hice entonces a mi Padre en medio de todas mis congojas, te levantaré de once a doce de la noche para postrarte durante una hora conmigo; el rostro en el suelo, tanto para calmar la cólera divina, pidiendo misericordia para los pecadores, como para suavizar, en cierto modo, la amargura que sentí al ser abandonado por mis apóstoles, obligándome a echarles en cara el no haber podido velar una hora conmigo”.

La devoción al Sagrado Corazón no se limita entonces a participar de una cofradía que se reúne los primeros viernes para asistir a misa: la devoción implica un espíritu de penitencia, de mortificación, de ayuno, al menos los viernes, para acompañar a Jesús que, misteriosa pero realmente, sigue, actualmente, sufriendo en el Huerto de Getsemaní, y seguirá en ese estado hasta el fin de los tiempos, aún cuando sea verdad, como lo es, que Él ha resucitado.

Ser devoto del Sagrado Corazón implica mucho más que el mero asistir pasivo a la Santa Misa: implica la adoración eucarística, con el deseo de unión íntima, personal, espiritual, con Cristo que sufre en el Huerto de Getsemaní, y que se entrega en la cruz, en el sacrificio del altar, la Santa Misa, para reparar por los pecados de los hombres, para consolar a Jesús que sufre, y para aplacar la ira divina.

Así como Jesús en el Huerto de los Olivos sufrió una agonía de muerte, junto a una tristeza mortal, que lo llevó a sudar sangre, ante la vista de las almas que, a pesar de su sacrificio, habrían de condenarse, así Jesús, misteriosamente, prolonga su sufrimiento y lo hace actual, por medio del misterio eucarístico, de modo que quien hace adoración eucarística, hace adoración frente al Cristo que sufre en el Huerto de Getsemaní.

“(…) sólo frialdades y desaires tienen para todo mi afán en procurarles el bien. Al menos dame tú el gusto de suplir su ingratitud de todo cuanto te sea dado conforme a tus posibilidades”.

El verdadero sentido de la devoción al Sagrado Corazón está en el acompañamiento, por medio de la adoración eucarística, que el alma hace de Jesús orante y sufriente, con agonía de muerte, en el Huerto de Getsemaní”.

¿Por qué hay tan poca gente en las cofradías del Sagrado Corazón? ¿Será que es una devoción demasiado exigente, y que es mejor seguir durmiendo, sin que Jesús nos despierte de nuestro letargo?