San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

domingo, 27 de febrero de 2011

San Isaías


“…vi al Señor sentado en un excelso trono y las franjas de sus vestidos llenaban el templo. Alrededor del solio estaban los serafines: cada uno de ellos tenía seis alas: con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían los pies y con dos volaban. Y con voz esforzada cantaban a coros, diciendo: Santo, Santo, Santo es el Señor Dios de los ejércitos, llena está toda la tierra de su gloria (Num 14, 21; Ap 4, 8). Y se estremecieron los dinteles y los quicios de las puertas a las voces de los que cantaban, y se llenó de humo el templo. (…) Y voló hacia mí uno de los serafines, y en su mano tenía un carbón ardiente que con las tenazas había tomado de encima del altar. Y tocó con ella mi boca, y dijo: He aquí la brasa que ha tocado tus labios, y será quitada tu iniquidad, y tu pecado será expiado”. (Is 6, 1-7).

Isaías es llevado a los cielos y allí un serafín –serafín quiere decir “ardiente”, porque son los que están más cerca de Dios, que es fuego de Amor eterno- toma una brasa del altar del cielo, y la aplica en los labios del profeta, con lo cual quedan expiadas sus culpas y perdonados sus pecados.

La experiencia de Isaías es única y asombrosa: es llevado a los cielos y, para poder estar en presencia de Dios, es purificado por un ángel de Dios.

Pero si la experiencia de Isaías nos parece asombrosa, los cristianos no necesitamos ser llevados a los cielos para tener una experiencia aún más grande que la del profeta, y estando todavía en esta tierra: la Santa Misa es para nosotros como ir al cielo, o como estar en el cielo, aún teniendo los pies en la tierra.

Al profeta Isaías, un ángel de Dios, un serafín, le purifica los labios, aplicándole una brasa ardiente que toma con unas tenazas, del altar del cielo; a nosotros, en la Santa Misa, no es un ángel el que nos quema los labios con un carbón ardiente, sino que es el sacerdote ministerial el que toma, del altar, un carbón ardiente, la Eucaristía, el Cuerpo de Jesús envuelto en las llamas del Espíritu Santo, y más que quemar nuestros labios, la deposita en la boca, para que Jesús inflame con su fuego de amor divino todo nuestro ser, purificando nuestra alma, así como el oro se purifica por el fuego, y santificándola con su Presencia.

Los Padres de la Iglesia usan la figura del carbón ardiente para graficar la misteriosa realidad de Jesús de Nazareth: Él es el Hombre-Dios, es decir, posee naturaleza humana perfecta, y posee la naturaleza divina, y es esta última la que le comunica a su Humanidad del ardor de la divinidad, inflamando su Cuerpo, su Sangre, su Alma, con el Fuego del Amor divino. Y si Jesús es el carbón ardiente, porque su Humanidad santísima recibe la comunicación de la plenitud de la divinidad, nosotros, con nuestra humanidad caída por el pecado original, somos como un carbón negro, frío, seco, que necesita, para arder, que le sea comunicada la Llama de Amor vivo que abrasa el Corazón y el Cuerpo de Jesús.

El Cuerpo de Cristo es el verdadero carbón del altar de los cielos, que está contenido en la Eucaristía, que abrasa con sus llamas a quien lo consume con fe y con amor. Es por eso que Jesús dice: “He venido a traer fuego, y ¡cómo quisiera ya verlo ardiendo!” (cfr. Lc 12, 49-53). El fuego que ha venido a traer es Él mismo en la Eucaristía, y quiere verlo arder en nuestros corazones; Él quiere comunicar del ardor de su divinidad a nuestros corazones, para que estos se inflamen y ardan de amor hacia Dios Uno y Trino.

Asistir a la Santa Misa, por lo tanto, es una experiencia más grandiosa y sublime que ser llevado a los cielos para ser purificado con un carbón ardiente traído por un ángel: por la Santa Misa, algo inmensamente más grande que los cielos, Jesús resucitado, Dios eterno, se hace Presente en nuestra tierra y en nuestro tiempo, y más que nuestros labios, nuestros corazones son purificados por ese carbón ardiente que es el Cuerpo de Cristo en la Eucaristía, que es llevado del altar a nuestra boca por las manos del sacerdote, que cumple las funciones del serafín que asistió a Isaías.

Si recibimos un Carbón Ardiente, incandescente por el fuego del Espíritu Santo, el Cuerpo de Jesús en la Eucaristía, entonces que nuestros corazones sean como un leño seco, o como el pasto seco, para que ardan de amor al primer contacto.

viernes, 25 de febrero de 2011

Los ángeles adoran al Cordero en los cielos y en la tierra


¿Qué son los ángeles? ¿Para qué están? ¿Interactúan con los hombres? Hoy en día se enseñan muchas cosas erróneas acerca de los ángeles, sobre todo desde la secta llamada “Nueva Era” o “Conspiración de Acuario”. Esta secta enseña que los ángeles son seres que viven en otra dimensión, y cuya función es intervenir en el mundo de los hombres para ayudarlos a estos a conseguir poder, riqueza, fortuna, bienestar material. También enseña la Nueva Era que los ángeles son entidades espirituales a las que se debe invocar para que favorezcan el contacto con la divinidad cósmica; además, para la Nueva Era, los ángeles serían todos seres buenos, sin maldad, o, a lo sumo, serían seres neutros, que nada malo harían al hombre.

Ninguna de estas enseñanzas es verdadera, porque todo pertenece al paganismo de la Nueva Era, pero aún así, muchos cristianos católicos se dejan llevar por estas falsas creencias, y dejan de lado la verdad acerca de los ángeles.

Según la enseñanza de la Iglesia Católica, los ángeles no son todos buenos[1]: hay ángeles malos, perversos, cuya única actividad consiste en hacer el mal, en engañar, en seducir a los hombres con la mentira y el error, para tratar de conducir sus almas al lugar de perdición eterna en donde habitan, el infierno. Los ángeles malos son seres que provienen de la oscuridad, que solo tienen odio dentro suyo, y a quienes los mueve no el amor a Dios y a los hombres, sino el odio que los consume desde la raíz de su ser. Aún más, en su afán por conducir a los hombres al infierno, los ángeles malos buscan la complicidad de hombres y mujeres malos y perversos, los brujos y las brujas, los hechiceros y los magos, y con esta complicidad tratan de poseer los cuerpos humanos y de engañar la mente y el corazón de los hombres y, muchas veces, con la permisión divina –Dios puede permitir un mal para conseguir un bien-, consiguen sus propósitos.

Para la Iglesia Católica, hay ángeles malos, y también ángeles buenos, pero esos ángeles buenos no están para traer fortuna, buena suerte o bienes materiales a los hombres, sino para protegerlos de los ángeles malos, y sobre todo para ayudar a los hombres a evitar los peligros que se presentan a lo largo del camino de la vida, que pueden desviar a los hombres de su meta final, el cielo.

Los ángeles buenos, creados y enviados por Dios, están en la tierra no para traer fortuna y bienestar, sino para iluminar las mentes y los corazones con la luz de Cristo Dios, para que Cristo Dios sea conocido y amado por todos; los ángeles buenos, los ángeles custodios, fueron creados por Dios y enviados a custodiar a las almas de los hombres para que estos fueran cuidados del más grande de todos los males, el olvido de la cruz de Cristo, y el olvido y el rechazo de Cristo crucificado y resucitado. Ésta es la tarea más importante de los ángeles buenos, los ángeles custodios: no permitir que los hombres se aparten de Cristo y su cruz, porque Cristo en la cruz es el camino, el único camino, que conduce al cielo, a la comunión de vida y de amor con las Personas de la Trinidad.

Es en la misa en donde se unen el cielo y la tierra, el tiempo y la eternidad, y es por lo tanto en la misa en donde los ángeles buenos adoran, en la tierra, en el altar eucarístico, al Cordero de Dios, así como lo adoran en el cielo. A ellos debemos pedirles que nos enseñen y ayuden a adorar al Cordero que viene en medio nuestro, en el sacramento del altar, como anticipo de la adoración eterna en el cielo.


[1] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, Compendio, 74.

martes, 22 de febrero de 2011

El martirio de San Policarpo y la Santa Misa


A la edad de más de ochenta años, y con fama de ser un santo en vida, San Policarpo, al negarse a renunciar a Jesucristo y a ofrecer sacrificios a los ídolos, es sentenciado a ser quemado en la hoguera, pero en el momento en el que los verdugos encienden el fuego, sucede un milagro: “Apenas concluida su súplica, los ministros de la pira prendieron fuego a la leña. Y levantándose una gran llamarada, vimos una gran prodigio aquellos a quienes fue dado verlo; aquellos que hemos sobrevivido para poder contar a los demás lo sucedido. El fuego, formando una especie de bóveda, rodeó por todos lados el cuerpo del mártir como una muralla, y estaba en medio de la llama no como carne que se abrasa, sino como pan que se cuece o como el oro y la plata que se acendra al horno. Percibíamos un perfume tan intenso como si se levantase una nube de incienso o de cualquier otro aroma precioso.

Viendo los impíos que el cuerpo de Policarpo no podía ser consumido por el fuego, dieron orden al confector para que le diese el golpe de gracia, hundiéndole un puñal en el pecho. Se cumplió la orden y brotó de la herida una paloma y tal cantidad de sangre que apagó el fuego de la pira, y el gentío quedó pasmado de que hubiera tal diferencia entre la muerte de los infieles y la de los escogidos”[1].

Policarpo, el mártir, dio su vida en la hoguera, y el fuego que lo abrasó era un fuego material aplicado por los hombres, y al arder su cuerpo, en vez de quedar su cuerpo carbonizado, este se volvió como la plata o el oro que se ponen al fuego, y en vez de despedir el olor a carne quemada, como sucede con todo cuerpo humano que se incinera, despidió aroma a suaves perfumes, como señal de que su sacrificio era grato a Dios; antes que él, el Rey de los mártires, Jesucristo, entregó su vida en la cruz, con su Cuerpo siendo abrasado por un fuego que no venía de los hombres, sino del seno mismo del Padre, el Espíritu Santo, y su Cuerpo así sublimado por el fuego del Espíritu, era infinitamente más precioso que el oro o la plata refinados por el fuego, y si Policarpo desprendió olor a perfumes, como signo de la Presencia del Espíritu en él, la sublimación del Cuerpo de Cristo desprendió una fragancia suavísima, porque estaba inhabitado por el Espíritu Santo. Lo dice así Santa Brígida: “…como un haz de mirra, elevado a lo alto de la Cruz, la muy fina y delicada Carne Vuestra fue destrozada”[2].

Según Santa Brígida, el Cuerpo de Jesús fue inmolado y sublimado por el fuego del Espíritu, desprendiendo la suave fragancia del Espíritu Santo, fragancia más exquisita que el incienso y la mirra.

Y esta sublimación del Cuerpo del Rey de los mártires, ocurrida en la cruz, por parte del Espíritu Santo -de la cual la sublimación del cuerpo de Policarpo fue una continuación y una prolongación-, se da en cada Santa Misa: por las palabras del sacerdote ministerial, el Espíritu Santo, como llama de fuego divino, convierte la materia inerte del pan y del vino en el luminoso y resplandeciente Cuerpo y Sangre de Cristo en la Eucaristía.


[1] Cfr. Miglioranza, C., Actas de los mártires, Colección Espiritualidad, Ediciones San Pablo, Buenos Aires 2001, 13-14.

[2] Cfr. Santa Brígida, Las Quince Oraciones. Jesús promete, entre otras cosas, para quien rezare las quince oraciones todos los días, en memoria y honor de sus Santas Llagas, la salvación eterna.

sábado, 5 de febrero de 2011

Don Bosco y la juventud


Cuando se analiza la obra de Don Bosco, en relación a la juventud, se destacan numerosos logros, como por ejemplo, el rescatar a jóvenes en situación de riesgo social, o el de haber elaborado todo un sistema educativo todavía válido para nuestros días.

Otro aspecto a destacar, es el hecho de que el sistema educativo de Don Bosco ha permitido educar en las virtudes a decenas de miles de niños y de jóvenes contribuyendo, de esta manera, a construir una sociedad más culta y educada.

Por otra parte, los numerosos colegios e institutos que dependen de su obra, sumados a los institutos que capacitan a los jóvenes para el mundo laboral, no hacen otra cosa que confirmar la grandeza de su emprendimiento a favor de los más necesitados de la sociedad, en este caso, los jóvenes.

Pero si nos detenemos en estos logros de Don Bosco, corremos el riesgo de reducir su obra a la nada, pues nada separaría a Don Bosco de un filántropo más, o de cualquier otro benefactor de la juventud.

La obra de Don Bosco no se limita a la educación de los jóvenes, ni siquiera a decenas de miles de ellos.

Lo más grandioso de la obra de Don Bosco no fue ampliarles el horizonte de trabajo, ni tampoco el haber educado en la virtud a los jóvenes; lo más grandioso fue el haberles hecho ver, a los jóvenes, que hay otro horizonte, más allá del horizonte humano, y es el horizonte de eternidad, y más que educarlos en las virtudes, los educó en el amor de Cristo y en su seguimiento.

Los numerosos santos, niños y jóvenes, que surgieron de sus oratorios, dan cuenta de este hecho: quienes se acercaban a Don Bosco, no permanecían nunca los mismos, pues se despertaba en ellos la sed de Dios y de su eternidad, y toda su vida era un prepararse continuo para atravesar el umbral de la muerte y poder ver, cara a cara, con el corazón limpio y el alma en gracia, a Jesucristo, a quien, gracias a Don Bosco, habían aprendido a conocer y amar.

miércoles, 2 de febrero de 2011

El martirio de San Blas


El martirio de San Blas, es decir, la etapa final de la vida terrena del santo, estuvo signada por hechos prodigiosos y por numerosos milagros, incluido el de la curación del niño agonizante por una espina atravesada en la garganta, que fue el que dio origen a su devoción popular y a su condición de protector contra las enfermedades de garganta.

Habiéndose iniciado a principios del siglo IV la persecución en Sebaste, Armenia, en donde tenía su sede episcopal, San Blas, siguiendo el consejo de Cristo, huye a las montañas, refugiándose en el monte Armeo. Se cuenta que estando el santo en su cueva –pues hacía vida eremítica-, las bestias salvajes se reunían mansamente a la entrada de la gruta, esperando con respeto que terminase su oración, para recibir su bendición y también para ser curadas. Unos soldados, que organizaban una cacería, testimonian del hecho al prefecto, el cual ordena que lleven al obispo a su presencia.

La noche anterior a su encarcelamiento, se le aparece Jesús por tres veces, animándolo a que ofrezca el sacrificio, lo cual entiende San Blas que es un llamado de Jesús para ofrecer su vida como mártir.

Después de celebrar la misa, se presentan los soldados, y le dicen que salga de su gruta. Él les responde, sabiendo que iba a ser martirizado: “Bienvenidos seáis, hijitos míos. Me traéis una buena nueva. Vayamos prontamente. y sea con nosotros mi Señor Jesucristo que desea la hostia de mi cuerpo”.

Al ser trasladado al lugar del martirio, lo acompaña una multitud, incluidos los paganos, que quieren alcanzar de San Blas su bendición, la curación de las dolencias, el remedio de todo tipo de males, a lo cual todo atendía el santo, olvidándose que iba camino del cadalso.

Es en este momento en el que se le acerca una madre con su hijo moribundo, debido a una espina que le atravesaba la garganta, diciéndole: “¡Siervo de Nuestro Salvador Jesucristo, apiádate de mi hijo; es mi único hijo!”. San Blas impone la mano sobre el niño que agonizaba, le hace la señal de la cruz en la garganta, reza por él, y el niño, milagrosamente, se restablece por completo. Pide también que cuantos recurran a su intercesión en situaciones parecidas, obtengan la protección del cielo.

Es llevado ante el prefecto romano, quien trata de persuadirlo para que renuncie al cristianismo y para que adore a los dioses, respondiendo San Blas negativamente y con santa indignación a la propuesta. En los días sucesivos, lo castigan brutalmente y lo suspenden de un madero colgado con garfios de hierro, para tratar de hacerlo renegar de la fe, sin obtener por supuesto ningún resultado, y cuando San Blas vuelve a su celda, regando el suelo con su sangre, siete mujeres cristianas recogen su sangre y se ungen con ella, con lo cual ellas mismas son también torturadas, para luego ser finalmente decapitadas. Una de ellas le encomienda sus dos hijos pequeños, que habían manifestado el deseo de seguirla en el martirio, y los dos niños serán luego decapitados junto a San Blas en las afueras de la ciudad, en el año 316.

Es por la curación milagrosa del niño agonizante a causa de una espina en la garganta, que se lo invoca especialmente en las enfermedades de la garganta[1], y así lo reconoce el ritual.

Legítimamente, entonces, podemos invocar al santo para que nos asista en nuestras necesidades, sobre todo en las enfermedades de la garganta, pero si nos limitáramos a pedirle al santo nada más que esto, estaríamos casi injuriando su memoria, y dejando en el olvido su glorioso martirio.

Si San Blas es el patrono de las enfermedades de la garganta, tanto corporales como espirituales, debemos pedirle que, ya que por nuestra garganta pasa la Sangre de Cristo, y ya que por nuestra garganta pasa la Carne del Cordero, asada en el fuego del Espíritu, debemos pedirle a San Blas que nuestra garganta no solo no se abra nunca para injuriar al prójimo, ni mucho menos para blasfemar, o para disfrazar los pecados mortales, sino que por ella pase solo y únicamente, permanentemente, primero en el tiempo, y luego en la eternidad, un continuo canto de alabanza, de adoración, y de acción de gracias al Cordero de Dios que dio su sangre para redimirnos.

[1] Es considerado como especial protector de los niños: “San Blas bendito, que se ahoga este angelito”.