San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

jueves, 27 de enero de 2011

Santo Tomás y Cristo


Santo Tomás fue uno de los más grandes intelectos de la Iglesia Católica de todos los tiempos. Sus conocimientos en filosofía y en teología superan a casi todos los grandes maestros, cristianos y paganos, de la Antigüedad y de la Edad Media, y la elaboración de sus hallazgos conceptuales es tan sólida, que se mantienen hasta el día de hoy, proporcionando elementos y herramientas a los filósofos y teólogos de la Iglesia con los cuales no sólo puede la Iglesia enfrentar al pensamiento ateo contemporáneo, sino que le permite elaborar vías intelectuales y reflexivas que proporcionan al hombre de hoy caminos válidos en su búsqueda de Dios.

En el campo de la filosofía, el descubrimiento más grande de Santo Tomás, es el de la noción de “Acto de ser” o “esse ut actus”. Por esta noción, el “ser” no es una simple palabra, es decir, no tiene una mera existencia en la mente, sino que se pone en acto perfecto en la realidad, separando así la noción o concepto de “ser” de lo que es el ser en la realidad. El ser, como acto de ser, es a la vez la fuente de todas las perfecciones del ente –de la persona, en el caso de Dios Trinidad, o en los ángeles, o en el hombre-.

Por esta noción, el hombre puede salir del encierro de su propia mente, que tiende siempre a crear una realidad virtual, es decir, una realidad que sólo existe en su mente, y puede dirigirse a una realidad “real”, a una realidad que “está” y que “es” en acto fuera de sí. Si no hubiera tal noción, la realidad para el hombre sería sólo la creada por su propia mente, y no habría modo de salir de ella, dando lugar a la inmanencia, es decir, a la imposibilidad del hombre de salir de su propio yo y de su propia mente.

Por el contrario, por la noción del “Acto de ser”, Santo Tomás permite escapar de la realidad virtual de la imaginación, y situar al ente, que posee el ser, fuera de sí, lo cual abre paso a la trascendencia, ya que el ente “es” en la realidad por el acto de ser, que lo hace ser en la realidad, con una existencia y con un acto de ser independientes de la existencia y del acto de ser del propio yo.

Esto, que parecerían elucubraciones filosóficas abstractas reservadas a discusiones de entendidos, tiene una aplicación directa en el campo de la fe, y es tan importante su impacto, que su posesión y compenetración permiten construir una solidísima y firmísimo base intelectual racional, sobre la cual luego se construirán los cimientos y el edificio todo de la vida de la fe. El “Ser” de Dios, en Acto Puro y perfectísimo desde la eternidad, aparece así en el horizonte de la especulación del intelecto humano, sin posibilidad alguna de ser confundido con elucubraciones virtuales y puramente nominales, puesto que se presenta, al intelecto, como algo que “está” y que “es” fuera del hombre, con el agregado que, en su Perfección, el Ser divino se presenta como Increado, como Vivo, como fuente de toda perfección, y como Creador de todo ser creatural.

Santo Tomás aplica esta noción filosófica a la Revelación y a la Persona de Jesucristo, y como resultado, Jesucristo, que según la Revelación es Dios Hijo encarnado, aparece en el horizonte de la fe como un ser real, que existió en el tiempo, y cuya historia no fue una fábula, ni fue imaginación de discípulos exaltados, y como el portador en Acto Presente del misterio del Ser divino.

Aún más, esta noción, trasladada a la liturgia, abre las puertas a la admiración del alma, cuando se da cuenta que, en el altar, delante de sus ojos, se encuentra Presente ese mismo Ser divino y eterno, y que esa Presencia no depende ni de su fe ni de su imaginación, sino que “Es”, ahí, en el altar. A partir de esto, sólo hace falta la decisión libre del alma de trascender más allá de sus límites témporo-espaciales, lanzándose, con todas las fuerzas que su amor le permite, al encuentro con Cristo Dios Presente en la Eucaristía.

lunes, 24 de enero de 2011

La conversión de San Pablo


Jesús resucitado, por medio de una luz resplandeciente, se manifiesta a San Pablo. Por su Espíritu, le comunica a San Pablo, que hasta entonces era enemigo suyo, el conocimiento sobrenatural acerca de quién es Él, Dios encarnado, lo convierte en apóstol suyo, y lo envía a predicar el evangelio, a anunciar que Él ha resucitado y ha venido a llevar a toda la humanidad al seno de Dios Trinidad.

El encuentro de San Pablo con Jesucristo, su conversión de enemigo en apóstol y su misión de anunciar el evangelio, es un símbolo de lo que sucede en cada alma que recibe la gracia de Dios en el bautismo: de enemiga que era de Dios, a causa del pecado original, se hace hija adoptiva de Dios al recibir la gracia de la filiación divina y se convierte también en apóstol, es decir, en enviado, que tiene la misión de anunciar el evangelio, la buena noticia de la resurrección de Jesucristo.

San Pablo recibe el conocimiento de la divinidad de Jesucristo; Jesús se le manifiesta para hacerle saber que Él, Jesús, a quien Pablo perseguía con todas sus fuerzas, es el Hijo de Dios, Dios en Persona, y este conocimiento lo recibe por medio de una manifestación de Jesucristo, bajo forma de luz, que lo deja ciego, para luego recobrar la vista. A partir de esta manifestación sobrenatural, San Pablo adquiere un nuevo conocimiento de Jesucristo: antes, pensaba que era un agitador, un fundador de un movimiento pagano y sectario, un individuo peligroso, a quien había que combatir, en sus seguidores, por el medio que fuera posible, incluida la violencia. Ahora, luego del encuentro personal con Jesucristo, San Pablo sabe que Jesús es el Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Verbo y la Palabra del Padre, que se ha encarnado para morir en cruz, salvar a la humanidad, y llevarla al seno del Padre. San Pablo adquiere un nuevo conocimiento de Jesucristo, un conocimiento que no proviene ni de su razón, ni de su ciencia humana, sino que proviene de lo alto, directamente desde el cielo, del Espíritu de Dios.

Es en este nuevo conocimiento de Jesucristo en lo que consiste "la conversión de San Pablo", y es lo que lo lleva a San Pablo a cambiar radicalmente de vida: de enemigo de Cristo, a su más ferviente defensor, y de perseguidor de cristianos, a ser él mismo el primero entre los cristianos; de aprobar la muerte de los cristianos, para borrar el Nombre Santo de Jesucristo de la faz de la tierra, a donar su vida como mártir, para sellar el Nombre Santo de Jesucristo en los corazones de los hombres.

Es en este radical cambio de vida, en lo que consiste la conversión de San Pablo, conversión en la que debemos ver el anticipo y el modelo de nuestra propia conversión, la cual ya ha sido iniciada por el mismo Dios, al concedernos un milagro mucho más grande que ver una luz y que recuperar la vista de los ojos: nosotros hemos recibido algo infinitamente más grande que ver una luz y recuperar la vista: hemos recibido la luz de la fe, en germen, en el bautismo, por medio de la cual podemos ver a Cristo como luz del mundo, Presente y vivo en la Eucaristía.

A nosotros Jesús no se nos ha manifestado Jesús bajo la forma de una luz resplandeciente y enceguecedora; sin embargo, la gracia que hemos recibido en el bautismo, es una gracia similar e incomparablemente mayor que la que recibió San Pablo, porque la luz que lo hizo caer del caballo no le dio la filiación divina y no lo convirtió en hijo de Dios, en cambio a nosotros, la luz recibida en el bautismo, nos ha convertido en hijos adoptivos de Dios, y hemos recibido, en germen, la luz de la fe.

Es por esto que la conversión de San Pablo es modelo y anticipo de nuestra propia conversión: por la luz de la fe y de la gracia podemos ver, con los ojos del alma, a Cristo resucitado y glorioso, y así como San Pablo, con su conversión, recibió una misión, que era anunciar a Cristo muerto y resucitado, así también nosotros, en el bautismo, recibimos también una misión: anunciar el milagro eucarístico, signo sacramental de la Presencia de Cristo, muerto y resucitado, entre nosotros.

San Pablo cambió radicalmente su vida desde que fue llamado del judaísmo al cristianismo; los cristianos, los que hemos recibido el bautismo y la luz de la fe, estamos también llamados a la conversión, al testimonio de Cristo, muerto y resucitado; estamos llamados a ser "luz del mundo" (cfr. Mt 5, 14), a iluminar el mundo con la luz del amor y de la misericordia de Cristo, recibida en el bautismo, y es por eso que es un anti-testimonio el que un cristiano se comporte como un pagano, idolatrando al mundo y a sus placeres, en vez de adorar al Dios Uno y Trino revelado en Jesús de Nazareth.

Cotidianamente se repite ante nuestros ojos un milagro infinitamente más grande que la luz que cegó a San Pablo; un milagro infinitamente más grande que el más grande de todos los milagros realizados por los santos o por el mismo Cristo, un milagro más asombroso que dar vida a un muerto, que multiplicar panes, que convertir agua en vino, que recibir la curación de la ceguera corporal: es el milagro del altar, de la transubstanciación, por el cual el pan se convierte en el Cuerpo de Cristo y el vino en su Sangre, y por el cual el altar se convierte en el cielo en donde habita Dios en Persona.

Y es para anunciar este milagro del altar para el que debemos convertirnos y salir a anunciar a nuestros prójimos, ya que constituye la más alegre y la más hermosa noticia que el mundo haya podido escuchar desde sus comienzos, y que no escuchará otra más alegre y hermosa que esta: Cristo, Luz del mundo, está Resucitado en la Eucaristía, Presente en medio nuestro.

Convirtámonos a la luz de Cristo, a Cristo, luz del mundo (cfr. Jn 8, 12), para ser un reflejo de esa luz, y la comuniquemos a nuestros hermanos por medio de la misericordia, de la caridad y de la compasión.

miércoles, 19 de enero de 2011

Pidamos a San Expedito que intervenga urgentemente, intercediendo por nuestra conversión


San Expedito es conocido como el santo de las "causas urgentes", porque él mismo, en su conversión, obró de manera rápida, urgente, sin dilatar su "sí" a Jesucristo: cuando recibió en su alma la gracia de la conversión, proveniente del Espíritu Santo, no dudó ni un instante, abandonando en el acto su vida de pagano, y abrazando la fe cristiana.
Como pagano, San Expedito llevaba una vida alejada de Dios, porque no conocía al Dios verdadero y, muy probablemente, creía en ídolos y en supersticiones, como hacían los romanos de su tiempo, que adoraban a muchos dioses. Vivía en la oscuridad, y alejado de la Verdad Absoluta, que es Dios.
Pero en el instante en el que San Expedito recibió la gracia de la conversión, en el instante en el que su alma fue iluminada por la luz de la gracia, donada por el Espíritu Santo, San Expedito no dudó ni un instante, y dando su asentimiento a la gracia, permitió que esta lo iluminara desde lo más profundo de su ser, y fue así como se convirtió. Rechazó las tinieblas del paganismo, y abrazó la luz eterna de Dios, revelada y manifestada en la cruz de Cristo y en su resurrección.
Esta conversión del santo está graficada en el episodio por el cual lo conocemos: cuando recibió la iluminación interna que lo llamaba a abrazar la cruz de Cristo, y a dejar el mundo de las tinieblas, del pecado, y del rechazo de Dios, se le apareció en ese momento la bestia del Averno, el demonio, bajo la forma de un horrible cuervo negro, que comenzó a sobrevolar sobre San Expedito, diciéndole con graznidos: "Cras, cras", que significa: "Mañana, mañana". El demonio buscaba tentar al santo proponiéndole postergar su conversión, dejándola para otro día. Si San Expedito aceptaba la propuesta del demonio, cayendo en su trampa, el demonio tendría la oportunidad de tentarlo con mucha más fuerza, aprovechando la negación que San Expedito haría de la gracia. Pero San Expedito, enamorado de la luz eterna de Dios, Jesucristo, y encendido su corazón en el Amor divino, demostrado en el sacrificio de Cristo en la cruz, rechazó en el acto la tentación demoníaca, y aprovechando que el demonio, en figura de cuervo, se le había acercado a sus pies, lo aplastó con la fuerza de Cristo crucificado, diciendo: "Hodie", que significa: "Hoy". Es decir, al "mañana" incierto del demonio, San Expedito le responde "hoy", con el eterno y seguro presente de Cristo, sin posponer en absoluto su conversión.
Debemos aprender del ejemplo de la aceptación de la gracia de San Expedito, porque Dios concede a todos la gracia de la conversión, pero también debemos aprender de su rechazo de las tentaciones del demonio, porque, al igual que en los tiempos del santo, el demonio también se presenta hoy, buscando engañarnos.
Hoy, más que nunca, el demonio se manifiesta en múltiples formas, bajo múltiples tentaciones, pues estamos inmersos en una cultura satánica, que posee manifestaciones del infierno, ya sea en la música, en el cine, en la televisión, en internet, en la cultura, en la ciencia, en la educación, es decir, en prácticamente todas las manifestaciones del hombre: aborto, eutanasia, educación sexual anti-natural para niños, eugenesia, películas con contenido pagano -Avatar- o demoníaco -Harry Potter-, programas televisivos en donde se incita a la lujuria y a la lascivia, música con mensajes subliminales, espectáculos con contenido abiertamente satánico, etc., que nos proponen dejar de lado la conversión, no sólo para un incierto mañana -no sabemos si moriremos esta noche-, sino para "nunca": la propuesta del demonio para nuestros días no es dejar la conversión para mañana, sino posponerla para siempre, para que, adormecidos en su tentación, cerremos los ojos en esta vida, y los abramos en el infierno.
Los cristianos, que vivimos en una cultura cada vez más satánica -es la cultura de la muerte, que busca la muerte corporal y también la espiritual del hombre-, estamos tentados, y lo somos cada vez más, y es por eso que el ejemplo de San Expedito es totalmente válido para nuestros días: como San Expedito, también nosotros debemos decir: "Hoy", "ya", "ahora" decido la conversión; "Hoy" rechazaré esta tentación; "Hoy" lucharé contra mi defecto dominante; "Hoy" viviré el amor cristiano con mi prójimo; "Hoy" perdonaré a quien me ofendió; "Hoy" pediré perdón por el daño o las ofensas cometidas. "Hoy" y no mañana, como San Expedito.
Es esta la "causa urgente" que debemos pedir al Santo -no hay ninguna otra "causa urgente" más importante, ni el trabajo, ni la salud, ni el pan para comer- para que interceda por nosotros y por nuestros seres queridos: la conversión del corazón, "ahora", "ya", "urgente", porque no sabemos si habremos de morir esta noche, y así la muerte nos sorprenderá con el corazón vuelto hacia la luz eterna de Cristo.

viernes, 14 de enero de 2011

San Blas


Cuenta la Tradición que el obispo mártir San Blas, camino del martirio, imponiendo las manos a un niño que estaba muriendo por habérsele atravesado una espina en la garganta, lo curó milagrosamente.

En esta curación milagrosa, efecto de la gracia, debemos detenernos. Es cierto que a San Blas podemos lícitamente pedirle que nos cure y nos prevenga de enfermedades graves, pero lo que San Blas puede darnos es infinitamente más grande que la mera salud corporal. Ante todo, su ejemplo de vida, su martirio que, como todo martirio, es una imitación y una continuación de la Pasión del Rey de los mártires, Jesucristo. Ya con su sola muerte martirial, San Blas se constituye en fuente de gracias para la comunidad eclesial, ya que el martirio es comunión en la muerte en cruz del Hombre-Dios, y la muerte en cruz del Hombre-Dios es la Puerta por donde se derrama el caudal inagotable de la vida divina.

Pero hay otra cosa que nos enseña San Blas, y es el poder de la gracia. Más allá de poder curar o prevenir alguna enfermedad grave, veamos no el efecto, la curación, sino la causa, la gracia. La gracia santificante, cuyo canal son los sacramentos y los santos, obra en la debilidad de nuestra naturaleza prodigios infinitamente superiores a la curación de cualquier enfermedad corporal, por graves que sean. Refiriéndose justamente a la acción de la gracia, dice Casiano: “(La gracia) convierte el endurecido corazón de un usurero en un corazón generoso (...); transforma su corazón incontinente en una persona suave, delicada, severa y penitente, que abraza con alegría la pobreza voluntaria y las mortificaciones. Éstas son las obras verdaderas de Dios; éstos son los verdaderos milagros, que convierten, en un momento, como en el caso de Mateo, a un publicano en un Apóstol, y como en San Pablo, a un perseguidor en el más celoso predicador del Evangelio. (...) ¿Quién no admira –continúa Casiano- el poder de la gracia, cuando alguien ve la glotonería y el amor por los placeres sensuales tan mortificados en sí mismo, que se contenta con la comida insípida y desabrida; cuando percibe que el fuego de la concupiscencia, que él consideraba inextinguible, se ha enfriado de tal manera que ya casi ni lo percibe; cuando, siendo una persona irritable e impaciente, que se sentía inclinado a la ira aún ante las muestras de ternura, verse tan manso y humilde que no sólo no lo inmutan los insultos, sino que, por el contrario, se goza de ellos? (Coll. 12, 12)[1]. Y San Agustín dice que el alma que se entrega con confianza a Dios, sobre todo en la oración, tiene en la asistencia de la divina gracia más poder para someter a la carne que el poder que tiene la carne para encender el fuego de la concupiscencia (Sermo 155, n. 2)[2].

La gracia de Jesucristo en el alma hace que el alma camine sin esfuerzos en el camino de la perfección, porque infunde una nueva vida que revitaliza en tal manera la debilidad del cuerpo y la flojera del alma, que el hombre se siente capaz no sólo de cumplir perfectamente las obras propias de la naturaleza, sino de hacer obras propias de Dios, porque está unido al Hombre-Dios.

Esto es lo que debemos pedir a San Blas, que como mártir adora con nosotros, en el sacrificio del altar, al Rey de los mártires, Jesucristo.


[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, The glories of divine grace, TAN Books and Publishers, Illinois 2000, 256-257.

[2] Cfr. Scheeben, ibidem, 258.

jueves, 6 de enero de 2011

El Sagrado Corazón, el Amor divino y la ingratitud humana


Muchos, erróneamente, tildan a la devoción al Sagrado Corazón de sensiblera y superficial. Muchos, erróneamente, creen que una devoción así, en esta época hipertecnológica y cientificista, que todo lo explica con el rasero de la razón científica, es propio de señoras grandes, que se quedaron en el pasado, y que por lo tanto nada útil puede aportar para el progreso del hombre. El hombre del siglo XXI, dicen muchos, fascinado por el progreso de la ciencia y de la tecnología, no puede obtener nada útil de una devoción sensiblera y anticuada.

¿Cómo evitar caer en la deformación de la verdadera devoción al Corazón de Jesús? ¿De qué manera podemos al menos intuir el alcance de las apariciones de Jesús a Santa Margarita, apariciones que son para la Iglesia toda?

No se comprende la devoción al Sagrado Corazón, si no se tienen en cuenta, por un lado, la inmensidad inabarcable y la profundidad insondable del Amor divino, expresado y manifestado en el amor del Hombre-Dios Jesucristo y, por otro, la inmensidad de la ingratitud y de la malicia del corazón del hombre sin Dios.

Ambos aspectos aparecen figurados en la segunda aparición de Jesús a Santa Margarita: “El divino Corazón se me presentó en un trono de llamas, mas brillante que el sol, y transparente como el cristal, con la llaga adorable, rodeado de una corona de espinas y significando las punzadas producidas por nuestros pecados, y una cruz en la parte superior, la cual significaba que, desde los primeros instantes de su Encarnación, es decir, desde que se formó el Sagrado Corazón, quedó plantado en él la cruz, quedando lleno, desde el primer momento, de todas las amarguras que debían producirle las humillaciones, la pobreza, el dolor, y el menosprecio que su Sagrada Humanidad iba a sufrir durante todo el curso de su vida y en Su Santa Pasión”.

El Sagrado Corazón aparece en un "trono de llamas", “transparente como el cristal”, con la “llaga adorable”, lo cual significa que el corazón humano del hombre Jesús de Nazareth, el corazón compuesto por músculo cardíaco, se encuentra unido a la divinidad, al corazón único de Dios, y está envuelto en el Amor de Dios, todo lo cual está significado por la transparencia del cristal, símbolo de la pureza del Ser divino, y por las llamas, símbolo del Amor divino. El corazón humano de Cristo, que late con la fuerza de su humanidad perfecta, sin pecado, santificada al infinito por el contacto con la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, late además con el Amor de esa misma Segunda Persona de la Santísima Trinidad, que es el Amor de Dios Trino, el Espíritu Santo. La transparencia del corazón y las llamas, presentes en esta segunda aparición, significan la santidad y el Amor sin manchas del Ser divino, que se comunican y transmiten a través de la santidad y del amor humano del corazón de Jesús de Nazareth.

El otro elemento de la aparición son la cruz y la corona de espinas, las cuales significan los dolores producidos por los pecados de los hombres, y la ingratitud y el menosprecio que recibiría el Amor de Dios, manifestado y donado en Cristo Jesús.

En el Corazón de Jesús, se ven entonces los dos elementos necesarios para comprender el alcance de la devoción: el Amor eterno, infinito, insondable, inabarcable, de un Dios que, en el extremo de locura de amor por su criatura, el hombre, se auto-dona a sí mismo por medio del amor humano del corazón humano de Jesús de Nazareth; por otro lado, se ve la ingratitud, el desprecio, la indiferencia, el rechazo, la maldad, del corazón humano, que al Amor de Dios le responde abofeteando su rostro, escupiéndolo en la cara, coronando de espinas su cabeza, y crucificándolo. Y no conforme con esto, estando ya muerto el Hombre-Dios, la maldad del hombre lo lleva a perforar su costado con una lanza, para asegurarse de que está bien muerto en la cruz, y que no volverá a vivir, pero Dios, en su locura de amor, responde con amor al odio deicida, porque en el momento en el que el soldado le traspasa su Corazón Sagrado, suspendido en la cruz, derrama su sangre sobre la humanidad, y con la efusión de su sangre, efunde su Espíritu Santo, su Espíritu de Amor. Al extremo odio deicida del hombre, que traspasa su cuerpo ya muerto, Dios responde derramando su sangre, y con su sangre, su Amor, el Espíritu Santo.

¿Qué hacer, entonces, no sólo para no desvirtuar a la devoción al Sagrado Corazón, pensando que es una devoción sentimentalista reservada a señoras grandes, pasada de moda, inútil para el mundo científico, racionalista, e hipertecnológico en el que vivimos?

El mismo Sagrado Corazón nos da la respuesta. Le dice así a Santa Margarita. “De Jueves a viernes haré que participes de aquella mortal tristeza que Yo quise sentir en el huerto de los olivos; tristeza que te reducirá a una especie de agonía mas difícil de sufrir que la muerte”. Es decir, la adoración al Santísimo Sacramento, en donde late, vivo y glorioso, el Sagrado Corazón, y la expiación y reparación por aquellos que no creen, ni esperan, ni adoran, ni aman. Nuevamente el Sagrado Corazón: “Una vez, estando expuesto el Santísimo Sacramento, se presentó Jesucristo resplandeciente de gloria, con sus cinco llagas que se presentaban como otro tanto soles, saliendo llamaradas de todas partes de Su Sagrada Humanidad, pero sobre todo de su adorable pecho que, parecía un horno encendido. Habiéndose abierto, me descubrió su amabilísimo y amante Corazón, que era el vivo manantial de las llamas. Entonces fue cuando me descubrió las inexplicables maravillas de su puro amor con que había amado hasta el exceso a los hombres, recibiendo solamente de ellos ingratitudes y desconocimiento. ‘Eso, le dice Jesús a Margarita, fue lo que más me dolió de todo cuanto sufrí en mi Pasión, mientras que si me correspondiesen con algo de amor, tendría por poco todo lo que hice por ellos y, de poder ser, aún habría querido hacer más. Mas sólo frialdades y desaires tienen para todo mi afán en procurarles el bien. Al menos dame tú el gusto de suplir su ingratitud de todo cuanto te sea dado conforme a tus posibilidades’”.

La verdadera devoción al Sagrado Corazón consiste en esto: en corresponder a su infinito amor con la adoración al Santísimo Sacramento, y con la expiación y reparación por los que no creen, ni esperan, ni adoran, ni aman.

martes, 4 de enero de 2011

Hemos encontrado al Mesías


“Hemos encontrado al Mesías” (Jn 1, 45-51). Dentro del contexto del diálogo en general, en esta frase de Felipe a Natanael, en la que le anuncia que en Jesús ha encontrado al Mesías, parecería ser sólo una frase más, que da pie a que se siga desarrollando el diálogo, y sin embargo, esta frase –“Hemos encontrado al Mesías”-, encierra en sí misma toda la sabiduría, toda la alegría y toda la felicidad de la que es capaz el ser humano, y aún más, porque se trata del encuentro personal con Dios encarnado, con la Palabra de Dios humanada.

“Hemos encontrado al Mesías”. Acostumbrados a nuestro modo humano de pensar y de ver las cosas y el mundo, creemos que la sabiduría se encuentra en las ciencias humanas, y que la alegría y la felicidad se limitan a aquello que puede ser alcanzado con el dinero, con la buena salud y con el sentirse bien. De hecho, en los augurios de los festejos de fin de año, lo que más se desea y se pide es: “salud, dinero y amor”. Sin embargo, no es en el dinero, en la salud, o en el amor humano, en donde se encuentra la verdadera felicidad. La verdadera felicidad se encuentra en la frase de Felipe: “Hemos encontrado al Mesías”. Quien encuentra al Mesías, encuentra la fuente de la verdadera felicidad, la felicidad que no se agota, que no se termina, la felicidad que empieza en el cielo y continúa en el cielo para siempre.

“Hemos encontrado al Mesías”. Cuando Felipe le anuncia esto a Natanael, es porque ve en Jesús aquello que los demás no ven: ve en Jesús al Mesías, es decir, a Aquel de quien hablaban los profetas, y Aquel a quien el Pueblo Elegido esperaba ansioso, porque estaba escrito que la venida del Mesías significaría una extraordinaria y maravillosa intervención de Dios en medio de los hombres, por la cual se inauguraría una nueva era para la humanidad, la era mesiánica, caracterizada por la Presencia de Dios en medio de los hombres. Felipe no ve en Jesús a un hombre más, común y corriente; no ve en Jesús a un hombre santo, ni siquiera al más santo entre los santos; Felipe no ve en Jesús al “hijo del carpintero”, tal y como lo veían sus contemporáneos. Felipe ve a Jesús y encuentra en Él la divinidad, oculta bajo una naturaleza humana.

“Hemos encontrado al Mesías”. ¿Por qué Felipe encontró al Mesías, mientras que otros no? ¿Fue una intuición genial de Felipe? ¿O alguna señal dada a Felipe por Jesús, señal no dada a los demás, y por eso no era reconocido por los demás? En el momento de este diálogo, Jesús no se había transfigurado, como en el Monte Tabor o en la Resurrección; es decir, su divinidad y su gloria no eran visibles.

Todavía más, Jesús se presentaba, ante todos, como un hombre más, cuya apariencia y aspecto no difería de la apariencia y del aspecto de ningún otro hombre de raza semita. No había nada en su aspecto exterior que delatara su ser interior divino; exteriormente, era un hombre de raza hebrea, como todos los hombres de raza hebrea.

¿Por qué Felipe puede decir “Hemos encontrado al Mesías”, sabiendo que lo que decía era verdad, y que Jesús era en verdad Dios encarnado?

Porque Felipe ha recibido, de parte del mismo Jesús, una capacidad nueva, sobrehumana, sobrenatural; el don de la gracia, que hace al hombre participar en la vida de Dios. Y porque participa de la vida de Dios, participa de su modo de conocer[1]. Por la gracia, el hombre se vuelve capaz de conocer y de amar a Dios como Dios se conoce y se ama a sí mismo. Y es así que conoce a Jesús como sólo Dios Padre lo conoce desde la eternidad: como su Hijo eterno, que ahora se ha encarnado y camina entre los hombres.

“Hemos encontrado al Mesías”. Llevados por nuestra tendencia a la racionalización de nuestra fe, también a nosotros se nos escapa la Presencia del Mesías en medio nuestro. ¿Quién podría decir, al contemplar la Eucaristía: “Hemos encontrado al Mesías”? ¿Acaso no parece la Eucaristía nada más que un pedazo de pan tratado en modo especial, pero al fin de cuentas sólo un pedazo de pan?

A los contemporáneos de Jesús, se les escapaba la divinidad de Cristo, escondida bajo su humanidad. Que no se nos escape a nosotros la misma divinidad de Cristo, escondida bajo la apariencia de pan.


[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Las maravillas de la gracia, Ediciones Desclée de Brower, Buenos Aires 1954, ...

lunes, 3 de enero de 2011

Juan el Bautista y la Iglesia dicen: "Este es el Cordero de Dios"


“Este es el Cordero de Dios” (cfr. Jn 1, 29-34). Juan el Bautista ve pasar a Jesús, y lo señala, diciéndole: “Este es el Cordero de Dios”. Esto constituye una novedad para los judíos, porque el cordero de Dios, el cordero de Yahvéh, era el que se inmolaba en el templo. Juan, iluminado por el Espíritu Santo, revela que el verdadero y único Cordero de Dios es Jesús. Mientras otros ven en Jesús al “hijo del carpintero” (cfr. Mt 13, 54-58), Juan ve en Jesús a Dios Hijo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, que ha venido a derramar su sangre por los hombres.

El Cordero que señala Juan, Jesús, es el verdadero Cordero, porque es Dios en Persona, que ha asumido un cuerpo y un alma humanos, para ofrendarlos en la cruz. Juan el Bautista ve en Cristo al Hombre-Dios, a Dios que, sin dejar de ser Dios, se hace Hombre, para entregar su vida en la cruz y así conducir a los hombres al seno del Padre en la eternidad.

La Iglesia, tomando las palabras de Juan, inspiradas por el Espíritu, e inspirada Ella misma por el Espíritu Santo, reconoce, en la Eucaristía, a ese mismo Dios en Persona, que en el Evangelio se manifestaba revestido de una naturaleza humana, y por eso, en la ostentación eucarística, dice: “Éste es el Cordero de Dios”.

Así como para Juan Cristo no era un hombre común, sino que era el Hombre-Dios, así para la Iglesia la Eucaristía no es un pan bendecido, sino el mismo Hombre-Dios, que como Cordero se inmola en la cruz y en el sacrificio del altar[1].

La Iglesia adora al Cordero en el altar eucarístico, en el sacramento de la Eucaristía, y es a Él, al Cordero que está en la Eucaristía, a quien se los hombres le deben tributar honor, majestad, alabanzas, adoración y gloria: “Al que está sentado en el trono, y al Cordero, la gloria y el poder por todos los siglos” (Ap 5, 13).

El cristiano debe pedir, constantemente, la luz del Espíritu, para ser iluminado con la luz divina, y así poder adorar al Verdadero y único Cordero, Cristo Eucaristía, porque según el Apocalipsis, al fin de los tiempos vendrá una Iglesia ecuménica, que hará adorar a una bestia con apariencia de cordero, una bestia que intentará hacerse pasar por un cordero: “Vi luego otra bestia que surgía de la tierra y tenía dos cuernos de cordero, pero hablaba como dragón” (Ap 13, 11).

La bestia con cuernos de cordero, que habla como dragón, será una falsa iglesia, una iglesia ecuménica, universal, en donde no existirán dogmas, en donde Cristo no será Dios, y en donde la Eucaristía no será Cristo, el Cordero. El falso cordero, la falsa iglesia, hará adorar a la Bestia, el Anticristo, en lugar de Cristo, y dará muerte a quienes no se postren su adoración.

“Este es el Cordero de Dios”. Juan contempló en Jesús de Nazareth, el misterio del Hombre-Dios, y lo proclamó y lo adoró como a su Dios. La Iglesia, en la Santa Misa, y en la Eucaristía, contempla, con los ojos de la fe, al Cordero de Dios, lo proclama y lo adora, en la espera de su Venida.


[1] Cfr. Misal Romano.